El fin del autoodio - Virginia Gawel - E-Book

El fin del autoodio E-Book

Virginia Gawel

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Beschreibung

Este libro revoluciona el modo en el que nos vemos y creamos nuestra vida. La palabra autoodio existe en nuestra lengua, pero nadie la pronuncia. Y esto se debe a que es el cimiento sobre el que estamos parados y, por eso, no lo vemos.   Virginia Gawel lo ilumina con una luz directa y revela de qué manera determina nuestra relación con nosotros mismos, con nuestro cuerpo, con los vínculos que elegimos... Además, cuestiona el concepto de autoestima como algo cultural y personalmente nocivo, ofreciendo para ello antídotos específicos.   El fin del autoodio une conceptos y prácticas de las psicologías de Oriente y de Occidente con poemas que nos hacen comprender más allá del intelecto; no implica solo una lectura, sino un proceso íntimo.   Es un libro de esos a los que hace bien volver, en busca de la propia brújula interior.

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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www.editorialelateneo.com.ar

/editorialelateneo

@editorialelateneo

“Si eres como eres, si estás leyendo estas palabras, si tienes este empeño en evolucionar, en crecer, en comprender, estoy segura de que te antecedieron personas valientes, que portaron la antorcha que te es legada, capaz de iluminar cualquier sombra de vergüenza del pasado que no te pertenezca”.

Virginia Gawel

Invitación a la práctica

Para acompañarte en el proceso íntimo que este libro propone, he grabado algunas de sus prácticas, de modo que pueda guiarte mi propia voz. Aquellas prácticas que cuentan con este recurso online tienen, al final de este libro, la aclaración acerca de con qué título podrás encontrarlas gratuitamente en YouTube.

Ojalá que te resulten un modo afectuoso de peregrinar juntos, con todos los otros lectores que vayan volviendo vivo este camino hacia el comienzo del Autoamor Consciente. Pues quienes hacemos un mismo camino vamos entrelazados, no importan las distancias, vamos transformándonos a nosotros mismos y, poquito a poco, inspirando a quienes nos rodean.

¡Que así sea!

Virginia

“I’ve spent too many years at war with myself

The doctor has told me it’s no good for my health

The search for perfection is all very well

But to look for heaven is to live here in hell”.1

STING

1 “He pasado demasiados años en guerra conmigo mismo / El doctor me ha dicho que no es bueno para mi salud / La búsqueda de la perfección podrá estar muy bien / Pero pasársela buscando el cielo termina convirtiéndose en un infierno”.

Vivimos en una era impensable hace apenas 30 años. Nos comunicamos a una velocidad que reduce el mundo a una pequeña casa donde habitamos todos juntos: todo lo que hay que hacer es caminar dos pasos digitales para estar en contacto con quien sea en donde sea. Esto conlleva una democratización muy bienvenida de recursos culturales; hoy, cualquiera de nosotros puede tener en la palma de su mano más información, entretenimiento y alimento espiritual de la que un rey de hace quinientos años podía soñar con juntar en toda su vida. ¿Por qué tenemos, sin embargo, esta inquietud, esta comezón continua, la sensación de que algo falta?

Hacemos, vemos y decimos en un solo día lo que hasta hace poco nos llevaba un mes. Atrapados en el hacer, el ser se nos escapa entre los dedos. La imagen se hizo nuestro verdadero amo y la servimos religiosamente, un culto de pixeles donde validar nuestra identidad tambaleante, como si la aprobación de los demás fuera el suero que nos mantiene con vida.

Escapamos de nosotros mismos con la urgencia de quien huye del juez más salvaje, y la sensación de “no dar la nota” está siempre un paso más adelante. Algo nos dice que no somos lo suficiente, y encontramos prueba de ello a cada paso. Como un corredor que quisiera ganarle al tiempo en su propio, implacable juego, yendo cada vez más rápido para atravesar la frontera entre lo acotado y lo infinito, nos convertimos en un ladrón que huye con un magro botín sin saber que él mismo está hecho del material más precioso que existe.

La infancia, cuando es vivida en un entorno de amor, es un lugar lleno de magia, donde ninguna cosa es apenas “una cosa”, donde el significado muta y se multiplica al ritmo del juego y la imaginación. Estamos, todavía, en el Jardín, una tierra de anchos senderos del cual la palabra limitante aún no nos ha expulsado. Ese sentido de posibilidad, de camino abierto, de disponer de un océano de tiempo para sentir y dejarse acontecer sin límites es un buen sextante para reencontrar nuestra estrella guía.

Nuestra idea de que solo la perfección nos hará merecedores de la valoración de los otros es una estafa emocional a la que accedimos por no poder reconocernos como seres únicos e irrepetibles, facetas de una joya tan intangible como hermosa y omnipresente.

En El fin del autoodio, Virginia expone con mirada exhaustiva y sabia las numerosas maneras que encontramos de traicionar la fe en nosotros mismos, y pone a nuestra disposición valiosas herramientas para despejar esas nieblas.

Decir nuestra voz, amar y expresar nuestra singularidad, ofrendar nuestras vocaciones y habilidades (que se suelen dar en combinaciones únicas en cada persona, dotándonos de capacidades muy particulares de interrelacionar las visiones aparentemente más dispares) no son solo aportes esenciales a la comunidad y al tiempo que nos toca vivir, sino el ejercicio de ahondar en nosotros mismos, de devolvernos, después del duro viaje heroico de “ganar el mundo”, a nuestra verdadera casa, ese país sin bandera, bordes ni papeles, el lugar de donde venimos y adonde vamos, de donde jamás, en realidad, nos hemos ido.

Pedro Aznar, Mar de las Pampas, diciembre de 2019

“Los momentos más difíciles para muchos de nosotros son los que nos damos a nosotros mismos”.

PEMA CHÖDRÖN

Esto es lo que nos sucede (más secretamente o de un modo muy visible): no nos caemos bien.

No nos conforma nuestro cuerpo frente al espejo...

No estamos de acuerdo con cómo procedimos en el pasado: fuimos torpes, estúpidos, inadecuados, demasiado x y muy poco z...

Detestamos muchos rasgos de nuestro modo de ser, nuestra manera de pensar, cómo nos relacionamos o dejamos de relacionarnos con los demás, emociones que preferiríamos no sentir y conductas que no podemos evitar.

Nos despreciamos por no estar a la altura de lo que esperábamos de nosotros mismos (o de lo que esperaban nuestro papá, nuestra pareja, la sociedad).

Nos reprochamos a perpetuidad cada error, cada elección fallida, cada fracaso, como si no fueran pasos naturales en el aprendizaje de la vida. Sentimos que, más que haber obrado de manera eventualmente equivocada, somos equivocados, nacimos equivocados. Y no tenemos remedio, ni a corto ni a largo plazo, con lo cual la autotortura no tiene fecha de caducidad.

Decretamos la condena de la culpa (también de por vida) no solo para crear nuestro propio infierno acerca de asuntos del pasado (a veces no congruentes con nuestros valores… pero otras, ni siquiera eso); también nos inoculamos de su hiel para amargar el disfrute del logro, de la dicha, de la buena fortuna, dictaminando desde nuestro sentir que no nos merecemos nada bueno.

Nos descalificamos para aquello que anhelaríamos emprender, evaluando que no somos lo suficientemente inteligentes, lo suficientemente habilidosos, lo suficientemente atractivos, lo suficientemente evolucionados. La calificación es esta: no somos suficiente.

A solas, nos decimos las cosas más crueles, incluso las que jamás le diríamos a ser sintiente alguno. Despiadados, ejercemos la autocrítica y la exigencia más feroz como no lo haríamos con nadie.

Puede que nos volvamos mendicantes de amor, y que, sin embargo, si alguien nos lo da sintamos que no lo merecemos –porque si alguien nos ama está cometiendo un error al darnos ese amor a nosotros, ¡que somos tan poca cosa!–. Así, nos sometemos a ser anémicos de afecto: no nos lo brindamos a nosotros mismos, no lo tomamos con naturalidad de quienes nos lo dan, y hasta puede que seamos tan ingeniosos como para encontrar a las personas adecuadas que nos maltraten con tanto empeño como nosotros nos maltratamos.

Sé que esta lista de actitudes puede cortar la respiración y hacer un nudo de acero en el estómago a quien le calce. Pero necesito decir que la lista es mucho, mucho más larga. (Por prudencia me detendré aquí, e iré desarrollando el resto a lo largo de los capítulos de este libro).

Mi experiencia, al trabajar por más de treinta y cinco años en Psicología, me ha mostrado que, en particular, las personas más apreciables, más buenas, más nobles, suelen ser las que más se detestan a sí mismas. Acompañarlas a salir de ese laberinto de autoodio me fue resultando posible a medida que, con el tiempo, fui advirtiendo que en ese mismo laberinto yo había construido mi morada. Y que un impulso vital tremendo nacido desde mi hondura me envolvió en su espiral para que pudiera mudarme hacia el aire fresco en el que uno puede convivir consigo mismo siendo para sí una entrañable compañía. Aún el proceso no terminó, pues quizá sean más y más peldaños hasta el último día de la vida, pero sé que es posible, en tanto uno haga el trabajo adecuado.

“Me odié a mí misma y no fui correspondida”. Un día me encontré pronunciando esa frase, que nació en lo más íntimo de mí. Recuerdo nítidamente la postura de mi cuerpo, mi ropa leve pesando sobre mi piel, las personas de mi entorno y la tibia luz crepuscular que me envolvía, como quien abriga a una recién nacida…

Comprender el significado radical de esa frase me tomaría años. Y dar los pasos para plasmarla como realidad me demandaría un constante trabajo de alfarera (de mí misma y de otros, en mi tarea como psicoterapeuta y docente). De hecho, cada evento que acontece me hace comprenderla de un modo más completo.

Ojalá que este libro pueda acompañar a quien lo lea a generar un proceso de autorreconciliación para lograr una buena convivencia consigo mismo. Tal vez en ese vínculo tenga su más cabal aplicación lo que en los votos matrimoniales se enuncia así: “Prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, amarte y respetarte todos los días de mi vida“. Que así sea.

Occidente: amor propio y… ¿odio propio?

Curiosamente, la expresión “amor propio” en nuestro idioma alude al sentimiento de orgullo de sí más que al verdadero amor. La Real Academia Española lo define como “amor que se profesa a sí mismo, especialmente al propio prestigio”. O sea, ¡un asunto del ego, más que del amor!

¿No será que, tengamos o no amor propio, nuestro sustento basal es el de un odio propio que necesitamos ver hasta sus raíces más íntimas?

El psicólogo Jack Kornfield, uno de los primeros en traer la Psicología Budista a Occidente, suele relatar una anécdota que en una ocasión expresó así:

“En una reunión con el Dalai Lama, algunos budistas le comentamos que en Occidente había mucho autoodio: queríamos saber cómo actuar. El traductor necesitó cinco minutos para hacerle entender a qué nos referíamos, porque en tibetano ni existe esa palabra. Cuando finalmente lo entendió, su rostro se ensombreció: ‘¡Qué gran error!’, dijo. Aprender a cuidarse uno mismo con atención y compasión ayuda a cuidar de los demás y a relacionarse bondadosamente. La verdadera compasión incluye siempre a los demás y a uno mismo”.

Hay algo que es bien sabido entre los lingüistas y sociólogos: cuando, en una cultura, hay una determinada palabra que no existe (y deben, en cambio, utilizarse muchos términos para definir eso que la palabra describiría por sí sola), significa que ese concepto está negado por la cultura en cuestión, aún no se ha visibilizado.

Por ejemplo, hasta que el psiquiatra y neurólogo francés Boris Cyrulnik mencionó la palabra “resiliencia” (la capacidad de los seres humanos para superar los efectos de una adversidad, e incluso salir fortalecidos de ella), esa cualidad no había sido tenida en cuenta con tanta precisión en ámbitos donde se vuelve esencialmente necesaria, tales como la psicoterapia, la educación, y la ponderación de los fenómenos sociales en los que se da una resiliencia colectiva (como en los pueblos diezmados por la guerra que luego resurgen a partir de su valentía).

La mayoría de nosotros hemos ido construyendo cimientos de resiliencia a partir de grandes dolores, muy personales, muy íntimos, y gracias a ellos (más que a pesar de ellos) desplegamos aspectos muy valiosos de nuestra identidad. El hecho de que exista la palabra “resiliencia” para designar tal proceso vital, nos permite verlo mucho más fácilmente, y así apreciarlo, cultivando esa habilidad para cualquier otra dificultad que nos toque afrontar.

“Autoestima”: la palabra más patética

Si aplicamos estos principios al espacio que debiera dársele a la palabra “autoodio” para que se visibilice, nos encontramos con esto: existe en el castellano, y sin embargo rara vez la decimos, la escuchamos o la leemos. ¿Por qué? Porque todo el sistema está organizado para que ese autoodio sirva a intereses mezquinos. (Ya veremos cómo a una persona que se autoodia es más fácil venderle desde objetos hasta ideologías).

Puesto que la palabra “autoodio” está socialmente acallada (y sería mi modesta aspiración sumar con este libro a que ese acallamiento se erradique), también su opuesto es tan opaco como la tecla de un piano con sordina. Y aquí voy a tener que darle espacio a una de las expresiones más patéticas de Occidente, no solo del castellano, sino de muchos otros idiomas en los que guarda equivalencia: la palabra “autoestima”.

Detengámonos un momento: los estantes de las librerías, los videos de internet y aun el vocabulario de los terapeutas tienden a este pobre término como si fuera gran cosa. “Desarrolle su autoestima con prácticos ejercicios”, o “Tengo la autoestima por el suelo”. Por favor, seamos sinceros: ¿qué sentiríamos si la persona de quien estamos enamorados nos dijera algo así como: “Bien sabes que yo te estimo mucho”? ¿Qué emociones nos produciría el hecho de que usaran esa palabra hacia nosotros nuestro mejor amigo, nuestros hermanos, nuestros padres? Lo que me resulta obvio es que no nos sentiríamos amados, precisamente, ¿verdad? Bien: ¿por qué nos parece entonces tan natural aplicar este sustantivo de tan tibio aprecio cuando hablamos de nuestra relación con nosotros mismos?

Tal palabra revela así, de manera casi imperceptible (y eso no es casual) el profundo autorrechazo que en Occidente predomina en el vínculo que tenemos con quienes somos.

Así, en la mayoría de los idiomas de Occidente existen múltiples palabras que enuncian esa mala relación con nosotros mismos, y ninguna de ellas nos llama la atención: autoboicot, autoflagelación, autoagresión, autosabotaje, autoexigencia, autocrítica, autotortura, autodestructividad… y la lista podría alargarse. Esto obedece a una verdadera hipnosis colectiva: una Matrix que hace que todos, desde pequeños, vayamos absorbiendo expresiones que luego nos llevarán a mirarnos con desaprobación y hasta con autodesprecio.

En paralelo, existe el fenómeno cultural opuesto: cuando buscamos en nuestro idioma palabras amables referidas a la íntima relación con quienes somos, la tibia “autoestima” apenas es seguida por otra palabra bastante devaluada (sobre todo cuando de géneros literarios se trata): la dudosa “autoayuda”, frecuentemente sospechada de ayudar muy poco. La mayoría del resto de las palabras que debieran representar un trato afectuoso hacia sí, a veces hasta parecen significar mero narcisismo e inclusive alguna recóndita patología: autoerotismo, autoconfianza, autocentramiento, autorreferencial...

Si queremos promover un cambio individual y comunitario en el vínculo que tenemos con quienes somos, necesitamos darles consistencia saludable a palabras que tengan el mismo peso que cuando las pronunciamos hacia otro ser querido. Porque de eso se trata: de que necesitamos convertirnos, más allá de todo narcisismo, en un ser querido para y por nosotros mismos. Es preciso que se vuelvan naturales desde el momento de la crianza palabras que impliquen actitudes valorativas en la relación intrapersonal: autoamor, autoternura, autocuidado, autoapoyo, autoafecto... Autoamistad.

Sé que estas palabras resultan extrañas todavía. Algo así como si hubiese un cierto error en ellas, aunque más no sea gramatical. Sin embargo, gramaticalmente no hay tal yerro. Y ojalá que un día no tan lejano quien lea este libro encuentre que en su cultura esas palabras se hayan vuelto muy comunes y repetidas, y lo que en cambio le resulte extraño sean todos estos párrafos que hablen de un pasado generador de muchísimo dolor individual y colectivo (más del que nadie pueda imaginar).

El fin del autoodio implica desarrollar una convivencia consigo mismo en la cual todo se alinee en torno a la no violencia como filosofía de vida, aplicada hacia el entorno, pero también hacia el modo en que nos vinculamos con quienes somos. Ese proceso engendra un verdadero renacimiento, por el cual habitamos la vida desde la dignidad que siempre nos perteneció, pero que no habíamos tomado. Convido, entonces, un poema para decir lo que a veces siento que la prosa no alcanza a manifestar. (Muchos de mis poemas nacen en género masculino, y respeto la forma original que –según entiendo– mi Inconsciente eligió para expresarse).

RENACIMIENTO

Hoy volveré a nacer: pido permiso.

Permiso, útero, permiso, cordón prieto.

Permiso, agua, placenta, oscuridades.

No podrá retenerme la tibieza

plácida y calma del vientre cobijante.

No podrán disuadirme las presiones

de este túnel de carne que hoy me puja.

Con decisión inequívoca y sagrada

determino nacer: me doy permiso.

Y aquí estoy, desnudo de corazas,

dispuesto a recibir besos y abrazos

(no la palmada que provoque el grito:

ya no permitiré que me golpeen).

Parteros de quien vengo renaciendo,

miren quién soy: soy digno. Los recibo.

Miren quién soy: adultamente niño.

Miren quién soy: vengo a ofrecer mi entrega.

Miren quién soy: apenas si respiro,

pero, de pie, me yergo y me estremezco,

dándome a luz en mi realumbramiento.

Tengo coraje para empezar de nuevo:

fortalecido en mis fragilidades

lloro de dicha, de dolor... Lloro de parto.

Lloro disculpas a quienes no me amaron,

por el maltrato, el frío, el abandono:

lloro la herida de todo lo llorable.

Y lloro de ternura y de alegría

por tanto recibido y encontrado:

lloro las gracias por el amor nutricio,

por la bondad de los que me ampararon.

Lloro de luz, y lloro de belleza

por poder llorar: lloro gozoso.

Bienvenida es vuestra bienvenida.

Sin más queja, dolido y reparado

por la caricia de este útero abrazante,

aquí estoy: recíbanme. Soy digno.

Me perdono y perdono a quien me hiriera.

Vengo a darles y a darme íntimamente

una nueva ocasión de parimiento

a la vida que siempre mereciera.

Me la ofrezco y la tomo. Me redimo.

Con permiso o sin él, YO me lo otorgo:

me doy permiso para sentirme digno,

sin más autoridad que mi Conciencia.

Bendito sea este Renacimiento.

“Solo cuando nos relacionamos con nosotros mismos sin moralizar, sin dureza, sin engaño, podemos dejar de lado los patrones dañinos. Sin Maitri, la renuncia a los viejos hábitos se vuelve abusiva. Este es un punto importante”.

PEMA CHÖDRÖN

Hay un antiguo idioma, aún hablado en India y Nepal, en el cual la mayoría de las palabras aluden a las sutilezas de la interioridad humana: es el sánscrito. De él proviene la palabra Maitri, usada particularmente en el budismo. Esta palabra se volverá tu amiga. Así, tan breve y con sus dos íes que invitan a sonreír cuando se la pronuncia, invoca una actitud, y, sobre todo, una práctica cotidiana, que es la que puede transformar el veneno del autoodio en un combustible vital.

Suelo aclarar que el budismo, más allá de ser una tradición religiosa, es, en su modo laico, una de las más completas psicologías, con conceptos y prácticas muy valorados hoy en Occidente. Científicos de diversas áreas, particularmente de las Neurociencias Contemplativas, investigan los efectos de las prácticas que esta tradición propone, hallando en ellas una eficacia profunda, tanto para el desarrollo de las mejores cualidades de sí mismo como para el trabajo sobre las emociones conflictivas, los traumas, los duelos, y aun el proceso de muerte.

La misma constatación la realizan quienes, como psicoterapeutas, comparten con sus pacientes ejercicios para modular su mundo interno hacia una mayor libertad, los educadores que las enseñan a niños de todas las edades y quienes las aplican en grupos comunitarios para la superación de la violencia, del aislamiento, del sinsentido.

Es desde ese punto de vista laico que me referiré al budismo cada vez que lo mencione: como una Psicología (porque, además, lo es). Una Psicología que tiene dos mil quinientos años de antigüedad. En lo personal, no pertenezco a ninguna comunidad religiosa y tomo de cada una de ellas lo que me ha sido buena herramienta para trabajar sobre mí y para acompañar a otros.

Entonces, así será a lo largo de todo este libro, ya sea que me refiera al budismo o al cristianismo, el taoísmo, o cualquier otra tradición de sabiduría. Curiosamente, todas –tan distintas vistas desde afuera– tienen un núcleo en común y prácticas que se emparentan, quizá porque la Sabiduría se da al beber del agua de una misma Fuente: una Filosofía Perenne, como le llamó Aldous Huxley, advirtiendo ese núcleo en común, que no muere a lo largo del tiempo.

Así es como la Psicología Transpersonal, a la cual me he dedicado desde que me gradué de la universidad, en 1984, vuelve estas prácticas un camino para ahondar en uno mismo mucho más allá que el intelecto: desde lo cotidiano hacia lo trascendente, tanto sea para aplicarlas en el trabajo sobre sí como en psicoterapia.

Sintetizando: para la práctica de Maitri no hace falta “hacerse budista”, pues es una actitud psicoespiritual que va más allá de todo credo y que, de otras maneras, se expresa en diversas tradiciones. Valdría, inclusive, para quien se considerara agnóstico o ateo, pues así como hay personas que se dicen religiosas pero carecen de una verdadera espiritualidad vivida, hay ateos que son dignamente espirituales en sus actos y en sus principios, aunque conceptualmente no se autodesignen como tales.

Allí vamos, entonces…

¿Qué significa “Maitri”?

Me viene ahora el recuerdo de George Orwell, en su novela 1984: “Lo que no se puede decir no se puede pensar”. ¿Puedo pensar cosas buenas sobre mí? ¿Puedo decir que me va bien en la vida cuando así es, que soy feliz, que me siento bien conmigo misma?

Trabajando con talleres grupales he visto a repetición este fenómeno: si una consigna para un ejercicio entre varios consiste en decir los principales rasgos “negativos” de uno mismo, la enumeración fluye profusamente, sin que alcance el tiempo disponible como para que se agote. Pero cuando la consigna cambia y se trata de enunciar frases que, honestamente, declaren cosas como: “Sé que soy muy bueno escribiendo poemas”, “Soy un excelente orador”, “Valoro en mí la capacidad para escuchar a los demás”… Allí la fluidez se coarta: la respiración se entrecorta, la persona vacila, se sonroja, desvía la mirada, se le queda la mente en blanco.

¿Qué nos sucede? Nos sucede que hemos aprendido que pensar bien de nosotros es pensar mal. Que valorarnos es narcisismo, egolatría, un pecado mortal… y que decirlo es ¡lo peor! Existen varias palabras para ello considerándolo como un defecto: arrogancia, presunción, petulancia… En cambio, para la virtud desde la cual se puedan enunciar con modestia nuestras propias bellezas y dones verdaderos, no hay palabras. A lo sumo, tenemos que sumar el prefijo “auto” a la palabra “valoración”, para salir del paso. Pero en lo coloquial ese vocablo se usa muy rara vez.

Hablar de las propias virtudes nos vuelve sospechosos (sobre todo para nosotros mismos): sospechosos de fraude. Y esto se acentúa en las buenas personas. Las buenas personas son las más duras consigo mismas, las que menos se perdonan, las que más se exigen y menos merecedoras se sienten.

Busquemos, entonces, una palabra que nos sirva, que nos salve, que nos sane. ¡Aunque se la pidamos prestada a otro idioma! En lo personal, la palabra Maitri me produce el descanso necesario para tanto dolor autoinfligido.

Veamos: el budismo describe el concepto de Maitri como “amor benevolente, gentil, sanamente compasivo”: ejercer una buena mirada hacia aquello que se mire. Se trata no solamente de una disposición bondadosa que nazca espontáneamente de nuestro interior: implica una práctica intencional, cotidiana, para que esa actitud se convierta en nuestro modo de vivir.

La noción de practicar es algo que quisiera resaltar enfáticamente: el ámbito de la práctica será tanto la soledad y el silencio (meditando, o relajándonos al contemplar algo con los ojos abiertos), así como lo serán los asuntos que se dan en medio de la vida cotidiana.

Pero cuidado: esto no significa, en relación con las hostilidades e injusticias del mundo (o las que nos acontezcan personalmente), sostener una actitud blanda, obsecuente, basada en una seudoespiritualidad. Muy por el contrario: adoptar la compasión sabia, hacia los demás y hacia sí mismo, como modo de vida, implicará tener una gran fortaleza y muchas veces una enorme valentía. Sería, por ejemplo, desde la práctica de Maitri, poner un límite, decir un contundente “no” e incluso ser un activista por los derechos de los más vulnerables. Porque compasión tampoco es lástima: implica ir realizando cotidianamente la práctica del discernimiento para saber cómo ejercerla con la mayor lucidez que nos sea posible. (Volveremos a este punto más adelante).

Entonces: Maitri, en sentido global, es la práctica de la compasión sabia hacia todo. De manera más acotada, aplicaríamos el término a la relación con nosotros mismos: una mirada benevolente, que nos permita el despliegue de nuestra real identidad.

Necesitamos varias palabras para expresar ese concepto aún no instalado en Occidente, tal como lo comentaba en la Introducción. En ese sentido, Maitri se traduciría como “amistad incondicional consigo mismo”, al decir de Pema Chödrön. Pema es una destacada monja budista, nacida en Nueva York en 1936, quien, por haber crecido en Occidente y haber tenido una intensa vida personal antes de encontrar el budismo, me resulta una muy buena “traductora” de esas prácticas de Oriente. Llegó a ser abadesa de un monasterio y, en el momento en el que escribo estas palabras, ya mayor, aún brinda sus enseñanzas llenas de amor y de humor. (Podrás encontrar varios libros de Pema traducidos al castellano).

Ser dos, para llegar a ser uno

Todo lo que he mencionado hasta aquí nos está hablando de un uno, que es como si fuera dos: mi-relación-conmigo-misma. Dicen los sufís: “Para llegar a ser Uno, primero hay que ser dos”. Tal vez de ello se trate este camino hacia la congruencia. Ya te lo iré describiendo, pero, a cuenta, te digo que esto referiría a la capacidad de discernir nuestra mente condicionada respecto de nuestra hondura. Yo-me-observo-a-mí-mismo. Yo-me-trato-afectuosamente-a-mí-misma.

Valga la aclaración de que ir gestando esa amistad incondicional consigo mismo no se trata solo de conceptos (¡como tampoco lo es la amistad cultivada para con otra persona!): es, por un lado, una actitud, pero también un sinnúmero de prácticas que la propician, de las que podré convidarte algunas que han sido especialmente útiles a mi propio proceso y al de quienes pude acompañar en tantos años. Deriva en un modo de bientratarse sin trivialidad, de elegir para sí, de deselegir (palabra también necesaria, y gramaticalmente correcta), de mirar con sana compasión nuestras limitaciones, de amar nuestras características de una manera no narcisista (tal como amamos la idiosincrasia de las personas a quienes nos sentimos unidos por el afecto), de disfrutar sanamente de nuestras propias bellezas.

Sin juicios feroces; sin críticas despiadadas; sin falta de perdones; sin vanidades que nos distorsionen nuestras reales maravillas. Otra vez: tal como nos relacionamos con cualquier ser querido. De hecho: se trata de volvernos un ser querido para nosotros mismos.

Este será nuestro punto de partida. Y, por si hace falta, procuraré terminar de explicarme con un poema. Lo escribí hace muchos años. Estaba dando un retiro y sentí que necesitaba expresar en forma poética lo que sus versos dicen. En mi experiencia, cuando un poema quiere ser (o una canción, o un cuadro y muchas otras cosas) es sobre todo el Inconsciente mismo el que se expresa. En aquel entonces, se lo pedí para, a través del poema, ayudar a los participantes a darse cuenta de qué es Maitri. Con el paso del tiempo, encuentro que vuelve a enseñármelo a mí, una y otra vez…

FRENTE AL ESPEJO

Yo, que comí la cáscara

por no merecer la pulpa.

Yo, que le creí a la culpa

y me escondí tras su máscara.

Yo, que me abofeteé y me dije

los más obscenos insultos,

que me negué a darme indultos

condenándome a estar triste.

Yo, que suicidé a mi anhelo

para lograr ser querido.

Yo, que me enemisté conmigo,

truncando todos mis vuelos

Yo, que me escupí en la cara,

abusador de mí mismo.

Yo, que complací al cinismo,

sobornando a quien me amara.

Yo: exigente y despiadado

con nadie como conmigo.

Yo: mi más cruento enemigo,

mi juez y mi sentenciado...

Me levanté esta mañana

cansado de no quererme,

de apagarme, oscurecerme…

(que mi luz no encandilara).

Vi en el espejo mis ojos

mirándome en mi mirada,

tantas veces empañada

por mirarme con enojo.

Y me di ternura. Y vi,

en ese rostro cansado,

que me observaba extrañado,

lo bello de lo que fui:

me vi ante los que han sufrido

amparando el desamparo.

Me vi austero,. Me vi honrado.

Me vi noble. Me vi erguido.

Me vi alentando lo Hermoso.

Me vi reparando heridas

con confianza agradecida,

sincero, ingenuo y gozoso.

Me vi venciendo al Abismo

sin mancha ni cicatriz.

Y quise hacerme feliz

honrando que soy yo mismo.

Que soy franco, solidario.

Que soy leal y confiable,

y que cuando envainé mi sable

aposté a lo humanitario.

Sin autocompasión malsana,

fui piadoso ante mi pena,

y levanté mi condena

como el que amando, se ama.

Aprecié que, pese a todo,

pese al error y al acierto,

siempre elegí estar despierto,

sin sumergirme en el lodo.

Y mirando mi mirada

me pedí perdón, llorando.

Y de mirarme mirando…

amé a ese a quien miraba.

Quiero empezar a regarme,

jardinero de mí mismo,

(porque no es egocentrismo

abrir mi Esencia y mostrarme).

Vine a Ser. Y eso decido.

Dispongo abrirme a la Vida.

Ya basta de tanta herida,

siendo heridor… ¡y el herido!

Mi propio Lázaro: ¡anda,

levántate dignamente,

resucítate y, valiente,

sé el que obedece... y quien manda!

“Ser capaz de prestarse atención a uno mismo es requisito previo para tener la capacidad de prestar atención a los demás; el sentirse a gusto con uno mismo es la condición necesaria para relacionarse con otros”.

ERICH FROMM

En la travesía que este capítulo te propone, derivaremos en conceptos y prácticas que considero indispensables para comprender los circuitos del autoodio, y para poder desactivarlos, gentil y eficazmente. Pero, antes de llegar a esa instancia, necesito que juntos visualicemos lo más cabalmente posible cómo es la situación de la persona que, sin saberlo, experimenta los efectos del autorrechazo: el peso cotidiano que conlleva, el agudo y crónico compromiso emocional al cual queda sometida, e inclusive los costos físicos de esa dinámica interior.

El autoodio retroalimenta sus propios circuitos y estamos tan envueltos en sus redes que creemos ser así, cuando en verdad estamos así. Aunque llevemos muchos años en el mismo estado, podemos dejar de estar atrapados por esa trampa. Porque el autoodio no es parte de nuestra real naturaleza; de modo que, volviendo a nuestra real naturaleza, ya no hallaremos autoodio. Habremos vuelto a casa (de a ratitos al principio, para luego mudarnos definitivamente a ese lugar interno al cual pertenecemos y de donde nunca hubiéramos querido irnos: nuestra verdadera identidad no condicionada).

¿Depredador de sí mismo?

Te pido que ahora me acompañes a imaginar metafóricamente lo que pasa dentro de quien se hostiga a sí mismo sin darse cuenta, dañándose a perpetuidad… hasta que un día lo advierte.

La Biología nos señala algo muy simple de ver: los animales se dividen en depredadores y depredables. Los depredadores –como el perro, el gato, el león, el lobo– tienen los ojos debajo de la frente, ambos mirando hacia adelante. Los depredables, en cambio, tienen los ojos a los costados de la cara y el hocico o el pico separan la visión que obtienen del lado izquierdo respecto de la que obtienen del lado derecho, para lograr más amplitud perceptiva y, con ello, mayor posibilidad de percatarse acerca de cualquier amenaza.

El animal humano (porque no debemos olvidar que somos animales) tiene los ojos hacia el frente, como los depredadores. Sin embargo, la evolución lo ha ido dejando inerme como animal: sin garras, sin grandes colmillos, sin caparazón… Muchos estudiosos del tema señalan que la visión frontal se desarrolló en los primeros homínidos para que ese ser tan desvalido pudiese al menos tener visión en profundidad (que es la que otorga la posición frontal de los ojos) y detectar tanto a un depredador como a una presa (dada la posibilidad de cazar con armas). O sea, el ser humano al desnudo, inerme, es un animal fácilmente depredable por cualquier depredador. Paradojalmente, este conjunto de condiciones hace que el animal humano sea uno de los pocos que se depredan entre sí: el humano depreda al humano, ya sea física o emocionalmente, y esto podemos verlo a diario en distintos ámbitos personales, comunitarios, o en los noticieros. Como dijo Plauto, ya doscientos años antes de Cristo, “el hombre es el lobo del hombre”.

Veamos esto: me imagino siendo un conejo. Estoy comiendo hierba. Mis largas orejas se mueven dúctilmente para reconocer de donde pudiese venir peligro. Mi pequeña nariz escudriña el aire con rapidez, no solo para olfatear dónde está el alimento, sino también para detectar cualquier rastro de un depredador. Mis dientes no son gran cosa: no podrían defenderme ante un gran agresor. Con lo que sí cuento es con mis largas patas traseras, que me permiten plantarme sólidamente en el suelo y en un instante saltar para correr y correr... Mis dos mecanismos de defensa principales son huir, o, si encuentro dónde esconderme, paralizarme, permaneciendo quietecito, con el corazón latiendo fuertemente y la única esperanza de pasar inadvertido por mi depredador. Así es la vida del conejo.

Dado que, siendo niña, crecí en una granja, me resulta simple poder imaginar al pobre conejo silvestre procurando salvar su vida. Mis abuelos los criaban, y aún tengo en mi piel la impresión sedosa de su fragilidad. Amé a cada uno de los que nacieron como si fuera el único, pero cada uno iba desapareciendo del escenario de la vida en manos de su principal depredador: mi abuelo, un hombre bueno, que en una de las guerras de Polonia había perdido un dedo con una granada. Éramos básicamente pobres y cada animal de la granja tenía al mismo depredador más tarde o más temprano: la familia. (Tal vez por eso no tardé mucho en hacerme vegetariana).

Pero volvamos a nuestro tema. Imaginemos algo cruel (y perdón porque así lo sea): para hacerlo menos difícil, concibámoslo como si fuera una animación en video. El conejo ha sido puesto en una jaula muy grande, de acero y alambre entretejido, de unos seis metros cuadrados por dos metros de alto. La jaula tiene un panel divisor del mismo material, que determina dos compartimentos iguales, permitiendo ver a través de ella de un lado hacia el otro. (En cada uno podría caber con holgura un hombre de pie).

El conejo no podría de ninguna manera salir, pero sí, en cambio, el espacio le permite dar pequeños saltos y andar por su compartimento. El panel divisor es muy seguro: haría falta una máquina que desuniera las soldaduras para poder vulnerarlo.

Concebido ya el escenario, imaginemos que el experimentador colocara en la otra mitad de la jaula un lobo. (Todo experimento con animales es cruento y estoy en pleno desacuerdo con ellos; por eso prefiero imaginarlo como una animación más que como algo real. Pero a los efectos de lo que quiero explicar necesito transmitir esta escena, ya se verá por qué).

¿Qué sentiría el lobo desde su instinto depredador respecto de tener tan cerca un conejo, pudiendo verlo y olerlo? Sin duda que experimentaría el impulso de acecharlo, tanto como pudiera, aun si le dieran de comer quienes lo tuvieran en cautiverio.

Ahora, vayamos al otro lado de la jaula: ¿qué sentiría el pobre conejo? No podría contar con ninguno de los mecanismos de autopreservación que le otorga su instinto: ni huir, ni quedarse quietito para pasar inadvertido. Lo único que le restaría como algo posible sería el mero estar allí, expuesto, aterrorizado, en el más alto grado de estrés posible. No sabe que el tabique del medio es indestructible para el lobo, pero estoy segura de que, aunque lo supiera, no tendría cómo dejar de sufrir ese extremo terror, esa amenaza de vida, esa impotencia total.

Bien, ahora viene lo más importante que quiero decir: esto que acabo de describir es lo que le sucede por dentro a una persona que experimenta autoodio. Su cuerpo es la jaula, y esa parte suya que la odia es el depredador.

Esto genera la activación simultánea de dos circuitos diferentes en el sistema nervioso central: el depredador y el depredado cohabitan, en permanente tensión inconsciente. La parte vulnerable de nuestra identidad, con raíces en nuestra vulnerable infancia, va quedando en un estado de perpetua o frecuente hipervigilancia ante el acecho imprevisible del depredador: la autocrítica despiadada, la falta de un perdón necesario hacia sí mismo, la autopunición excesiva ante cualquier error cometido…

¿Cuál es el resultado de tener activos, dentro de nosotros, el depredador y el depredado a la vez? Estrés profundo como un mar de fondo sobre el cual se da cualquier otra conducta, nadando en adrenalina, cortisol, y otras sustancias que producen un verdadero autoenvenenamiento.

Este desequilibrio, entonces, se da tanto a nivel psicológico como a nivel del sistema nervioso central. Puede haber accesos de pánico, miedos que se proyectan en el exterior, un estado de continua tensión, contracturas, y autoexigencia. Esta se origina en que, si no hacemos las cosas bien, el depredador podría aniquilarnos; así “hacer las cosas lo mejor posible” en algunas personas se convierte en hacer más de lo que se puede, porque instintivamente se siente que en cualquier error se nos podría ir la vida, depredada por ese lobo salvaje con el que convivimos.

Según las investigaciones de las Neurociencias, tanto el miedo de ese conejo como el impulso depredador de ese lobo se organizan en base a circuitos cerebrales muy antiguos, mucho más que la existencia del joven mamífero humano: el sistema límbico, el cual, si el cerebro completo fuese una gran fruta, sería algo así como su núcleo, su carozo. Esa parte del cerebro la tenemos en común con los demás animales, y, dentro de ella, hay una pequeña región llamada amígdala, que es la que se pone en movimiento cuando percibimos cualquier señal de peligro, aunque sea tenue y subliminal.

De igual modo es desde el núcleo de la amígdala que surge el instinto depredador. Tanto el miedo como el acechar a la presa nacen de una misma necesidad: la supervivencia. La amígdala apareció en este planeta hace doscientos millones de años, aunque el “humano moderno”, como se le llama al clasificárselo, tenga apenas unos doscientos mil años pisando esta tierra. O sea, cuando tememos o cuando acechamos estamos usando un mecanismo que tiene millones de años de práctica en funcionar así. Por eso son emociones muy primitivas y difíciles de modular (pero no imposibles de ser trabajadas: un desafío que bien vale la perseverancia en tan hondo propósito).

Una vez más, la única solución para una sana convivencia entre estas dos partes nuestras es reconocerlas, no identificarnos con ninguna de ellas sino, por el contrario, advertir en qué momento se activa en forma automática el mecanismo de autodepredación: con qué sensaciones, con qué actitud corporal y emocional, con qué diálogos internos nos referimos hostilmente hacia nosotros mismos.

Y allí es donde la práctica de Maitri se vuelve indispensable: observar tanto al lobo como al conejo. Compasivamente tranquilizar a ese conejo que vive dentro de mí, ya que no puedo ni debo sacarlo de mí, porque el miedo me fue puesto entre mis recursos para ser prudente en mi vida; así el conejo puede quedar a mi servicio, avisándome cuando algo sea eventualmente peligroso. Y, compasivamente también, domesticar a ese lobo que tampoco puedo ni debo echar fuera de mí en tanto viva en esta sagrada jaula que es mi cuerpo. En esos términos habla el I-Ching, magnífico libro de sabiduría china, que tiene entre tres mil y cinco mil años de antigüedad.

Domesticarse a uno mismo es volverse dueño de sí (en latín, domine). Y toda buena domesticación requiere dos cualidades: firmeza y suavidad en lúcido equilibrio.

Domesticar al lobo es convertirlo en un leal perro de guardia que me proteja, ya sea que haga falta intimidar, poner límites precisos, marcar reglas que nosotros decidamos por sobre normas injustas que nos quieran imponer… y mucho más. Pero puedo educarlo para que no ejerza ningún tipo de hostilidad hacia el conejo o hacia ninguna otra parte de mí. Ese salvaje lobo, ahora domesticado, se torna fiel como un perro, reconociendo que quien manda en mi vida no es él, sino que él es solo una parte de mí, al servicio del todo.

Sin ese proceso, estamos condenados a vivir en constante zozobra, en un círculo sin fin (inclusive creyendo, con frecuencia, que las principales amenazas están afuera, aunque en verdad estemos fundamentalmente atrapados por la amenaza que nosotros somos para nosotros mismos). El antídoto para esta convivencia compleja y dolorosa es la práctica de Maitri: “amistad incondicional consigo mismo”, que implicará amistad tanto con el lobo como con el conejo (y mucho más).

Bajo los principios de la no violencia, ninguna parte de mí tiene potestad para ser hostil hacia ninguna otra parte de mí. Reconocerlas como “parte” y saber que mi identidad es más vasta que cualquier parte, es algo que se da a través de la prácticade la desidentificación.

Mientras este proceso no está aún maduro es posible que al autoobservarnos no podamos tan inmediatamente desarticular esos antiguos circuitos, tanto biológicos (neuronales) como psicológicos (inconscientes). Pero podemos, a medida que los advertimos, ir desidentificándonos de ellos. Enseguida describiré la práctica de la desidentificación para que se vuelva algo bien concreto y tangible durante la autoobservación cotidiana.

Nuestro terreno interno tiene suficiente espacio para que el vulnerable conejo se sienta libre de amenazas, y ese lobo domesticado ya no represente una alerta que haga sonar en nuestro cerebro todos los circuitos de la emergencia, sino, por el contrario, nos haga sentir que tenemos la capacidad de cuidarnos a nosotros mismos, tal como si en casa viviéramos con un leal perro guardián.

La represión de nuestra Esencia: nostalgias de Sí Mismo

Para dar el paso siguiente necesitaremos abordar un tema que nos va a acompañar durante el resto del libro: la identificación como fenómeno psicoespiritual, así como la desidentificación como una práctica vital, necesaria y posible.

Las distintas tradiciones de sabiduría a lo largo de la historia de la humanidad señalan de diversas maneras que hay un núcleo de nuestra identidad que es sagrado: me resuena concebirlo como una porción del Todo en mí.

La manera más simple de graficarlo es con dos círculos concéntricos:

Estoy segura de que el sabor de esa Esencia te es conocido: aún asoma su relumbre en la mirada de quienes conservan su nexo con ella (alguna persona mayor, los niños pequeños, las personas que amamos cuando están liberadas de sus defensas… y nosotros mismos cuando nos quitamos los ropajes de la personalidad).

El genial Carl Gustav Jung llamó a ese centro “Sí Mismo”, definiéndolo con palabras muy fuertes para haber sido emitidas por un psiquiatra que partiera de este mundo en 1961: “Podría llamarle ‘Dios en mí’”.

De una manera laica, la Psicología Transpersonal se refiere a esa intimidad nuestra como “Esencia” (o sea, aquello que hace que seamos quienes somos). Ken Wilber tomó de Oriente la palabra Atman (que significa en idioma sánscrito “esencia, aliento”), lo cual es también muy gráfico porque, en esa tradición, Brahman sería ese Todo, y, por ende, Atman es una parte de ese Todo que viene a evolucionar a través de la experiencia humana.

Volvamos a mirar la dinámica de esos círculos concéntricos: desde esta mirada, esa Esencia en-carna (se hace carne, se “viste” de ella), pero aun antes de nacer empieza a recibir todo tipo de condicionamientos desde afuera, que, junto con el temperamento que ya trae, irán conformando una personalidad: vamos quedando sumergidos en una especie de hipnosis, en la cual la realidad que percibimos está distorsionada por todo lo que absorbemos de nuestra familia, nuestra cultura, nuestra época.

En ese proceso de ir construyendo nuestra identidad, nos vamos identificando con esa personalidad, esos pensamientos, esas emociones y sentimientos que se van moviendo en nosotros. Resulta de ello un determinado modo de ver el mundo y de vernos a nosotros mismos, al punto tal que todo ese cúmulo de condicionamientos directamente reemplaza a nuestra identidad esencial, conformando una segunda naturaleza constituida por automatismos condicionados la cual, en vez de ayudarnos a expresar nuestra esencia, obstruye su manifestación.

Quedamos separados de nosotros mismos. ¡Es un precio muy alto el de insertarnos en la vida humana! Sin embargo, ese precio deberá pagarse. Y, quien tenga esa posibilidad, padecerá una añoranza de Sí Mismo: aunque no sepa qué le sucede, se extrañará con una sentida nostalgia, sin razón terrena alguna. Bendito el que no ha perdido esa nostalgia, porque le espera la posibilidad de reencontrarse con su verdadera Esencia.

Hará falta un profundo trabajo sobre sí para volver a conectarse con aquello que en realidad somos y nunca dejamos de ser, pero que quedó soterrado debajo de todas esas innmuerables capas de condicionamientos. Son pocas las personas que conservan algún tipo de hilo conductor con su Esencia. La mayoría ni siquiera lo recupera. Otras, con base en ese arduo trabajo interno o debido a crisis personales (u otros factores, como luego veremos), vivencian un quiebre de toda esa estructura aprendida… y por esa hendidura se filtra nuevamente aquel perfume de quienes realmente eran, recobrando el impulso de retornar a su Esencia, como los salmones que vuelven río arriba a desovar en su lugar de origen.

Cuando hablo de este tema en mis clases suelo recordar cuando, en mi infancia, mis abuelos hacían fuego y mamá ponía sobre las brasas batatas untadas con barro fresco. A medida que el barro se secaba, se iba transformando en un verdadero horno de cocción. La batata estaba lista cuando el barro quedaba totalmente seco. Entonces, se la apartaba de entre el rescoldo y se le daba un golpe con una piedra o un leño. El golpe partía la cáscara de barro y dejaba al aire, fragante y deliciosa, la dulce batata ya cocida.

Si la batata fuera un humano seguramente gritaría: “¡Ay, qué desgracia, me han quebrado mi identidad!”. Pero luego advertiría que solo se había desprendido de un barro ya inútil, que había servido para volverlo cocido, fragante, pero que ya no necesitaba. Y que su verdadera identidad recién en ese momento estaba a la vista. ¡El ser humano promedio, identificado con el barro, correría a juntar los pedazos y volver a vestir su desnudez con él!

Pasajeros de un sueño colectivo

El proceso por el cual nuestra Esencia va quedando obstruida por todas las adaptaciones que el ser humano debe hacer a lo largo de su vida, se describe de manera metafórica como “ir quedándonos dormidos”. La Humanidad vive dormida, y el propósito de una vida con Sentido es despertar.

Entrenarse para vivir despiertos es a lo que apuntan las tradiciones espirituales, cada vez más respetadas en los ámbitos científicos y por la Psicología. Si tan solo te detienes ahora en la lectura y recorres lo que sucedió ayer, durante la semana, o de aquí a un año atrás, posiblemente coincidas en reconocer que la mayor parte de lo vivido se desvaneció en el olvido.

“Mientras el presente era presente pasó, sin que nos detuviéramos por dentro a verlo pasar. Allí estaba mi vida, pero la dejé sola de mí”… Vivir dormidos es como ser tristes sonámbulos de una biografía que termina no siendo la nuestra: aquella singular historia que nuestra Esencia vino a encarnar se vuelve una historia del montón, donde nuestra singularidad queda perdida en el Olvido de Sí.

La metáfora de vivir sumergidos en un sueño aparece tanto en los cuentos y fábulas de distintas culturas como en textos sagrados de diferentes tradiciones: desde el Jesús que encuentra a sus discípulos dormidos y se los recrimina, a Siddharta Gautama, que deja su palacio cuando todos duermen, para buscar el Camino del Despertar, y transformarse en el Buda.

Nuestra Esencia es como la Bella Durmiente que, con toda su corte, queda suspendida en estado de sopor durante cien años, hasta que el príncipe valiente la despierta, habida cuenta de que tal príncipe también es algo que está dentro de nosotros y representa, como la palabra lo indica, el “principio” de algo nuevo: otro nivel de conciencia.

¿Es diferente nuestra situación? No. Creemos estar despiertos, pero en general la persona que trata de poner comprensión en su propia vida, con solo mirar unos años hacia atrás advierte situaciones con las que estaba identificada, pero ya no. Ve, entonces, cuán dormida estaba en ese vínculo, en ese rol, actuando desde aquellas actitudes...

Mientras uno está dormido, sueña que está decidiendo, pero se encuentra preso de creer que es libre y solo puede advertir ese estado de ilusión (Maya, para los hindúes) cuando ha salido de él.

El doctor Charles Tart, referente de la Psicología Transpersonal) ha llamado “trance consensual” a ese estado de “sueño” personal y colectivo. Refiere a que se genera un consenso cultural acerca de quién soy, cómo es ser un hombre, una mujer, una pareja, criar un niño, generar recursos económicos, etcétera, etcétera, pero en ese trance no hay nadie que decida: es nuestra mecanicidad condicionada que va reaccionando ante los estímulos vitales, según lo aprendido (intelectual, emocional y corporalmente).

Ser cielo y ver pasar las nubes

Despertar es volver a conectarse con ese Sí Mismo que yace sepultado por esos múltiples condicionamientos. Quedarse dormido es transitar la vida hipnotizados por la Matrix, desconectados de nuestra verdadera identidad profunda, obnubilados por ese trance consensual.

Daisetsu Teitaro Suzuki, uno de los maestros más notables que introdujeron el budismo zen en Occidente, lo dice con palabras que me conmocionan por su preciosura: “Despertar es retomar el contacto con nuestra autonaturaleza inobstruida”. El trabajo sobre sí es justamente, desobstruirla de todo lo que impide su natural expresión, su posibilidad de guiar nuestra vida.

El fin del autoodio –en términos radicales– acontece cuando recobramos contacto fluido con nuestra Esencia dormida, y dejamos de estar identificados con nuestros condicionamientos (que no son nuestra verdadera identidad). Es la reconciliación más honda a la que podemos aspirar los seres humanos. Contactar con lo sagrado que hace al núcleo de nuestra identidad neutraliza cualquier circuito condicionado que lleve al autoodio. Recién entonces se advierte cabalmente el absurdo que implica esa manera de relacionarse consigo mismo.