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Fueron muy pocos los que previeron los acontecimientos que sucedieron entre 1989 y 1991; si bien la llegada de Gorbachov al poder implicó un cambio en las relaciones entre las dos grandes potencias, la carrera armamentista y los enfrentamientos indirectos mantenían abierta la posibilidad de una guerra que hubiera tenido consecuencias mundiales. Historiadores y politólogos han polemizado, y continuarán haciéndolo, sobre cómo y por qué terminó la Guerra Fría, así como también se preguntan por qué se hundió la Unión Soviética, para algunos analistas una consecuencia directa y para otros un acontecimiento relativamente independiente. Esta obra intenta explicar lo ocurrido en las décadas de 1970 y 1980 mientras analiza las principales interpretaciones elaboradas sobre el proceso y su desenlace, y brinda su propia visión de la cuestión.
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Seitenzahl: 256
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Fueron muy pocos los que previeron los acontecimientos que sucedieron entre 1989 y 1991; si bien la llegada de Gorbachov al poder implicó un cambio en las relaciones entre las dos grandes potencias, la carrera armamentista y los enfrentamientos indirectos mantenían abierta la posibilidad de una guerra que hubiera tenido consecuencias mundiales.
Historiadores y politólogos han polemizado, y continuarán haciéndolo, sobre cómo y por qué terminó la Guerra Fría, así como también se preguntan por qué se hundió la Unión Soviética, para algunos analistas una consecuencia directa y para otros un acontecimiento relativamente independiente.
Esta obra intenta explicar lo ocurrido en las décadas de 1970 y 1980 mientras analiza las principales interpretaciones elaboradas sobre el proceso y su desenlace, y brinda su propia visión de la cuestión.
Jorge Saborido. Fue profesor titular de Historia Social en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires; en la actualidad se desempeña como profesor consulto. Ha sido profesor invitado en universidades nacionales y de Uruguay, Chile y España. A lo largo de su vida publicó numerosos libros de historia, entre los que se destacan: La Revolución rusa (2006),Historia de la Unión Soviética (2009),Veinte años de Rusia sin comunismo (2011),La Revolución rusa, cien años después (2017),Por qué cayó la Unión Soviética (2021),Ucrania (2022), El conflicto de los misiles (2023) yLa larga guerra de Vietnam, 1946-1975, (2025).
JORGE SABORIDO
EL FINAL DE LA GUERRA FRÍA
Agradezco la colaboración de Javier Bonafina
La guerra no consiste solo en batallas, o en la acción de luchar, sino que es un período de tiempo durante el cual la voluntad de entrar en combate es suficientemente conocida.
Thomas Hobbes, Leviatán
Una idea de un filósofo político del siglo XVII parece ayudarnos a definir una realidad que dominó por completo el escenario internacional entre 1946-1947 y 1989-1991.
En efecto, la Guerra Fría fue un fenómeno histórico singular, una guerra no declarada que por lo menos en algún momento estuvo a punto de estallar y culminó finalmente con la desaparición de uno de los contendientes; si fue o no una derrota o una renuncia de uno de ellos es uno de los temas que se discuten en el texto. Su impacto fue trascendental a nivel planetario ya que cambió la forma de vida de numerosos países y produjo un enorme salto tecnológico. Era lógico que esto ocurriera porque se enfrentaban dos grandes potencias; el triunfo de una de ellas hubiera significado –como significó– una transformación radical de todo el mundo. Ese componente fundamental –el enfrentamiento entre el comunismo y el capitalismo– le otorgó una dimensión ideológica de la cual carecieron otros enfrentamientos. El comunismo soviético estaba convencido de que la historia estaba de su lado por tratarse de un modelo superior de organización socioeconómica, y el capitalismo estadounidense sentía que sus ideas de libertad individual y económica debían ser defendidas en todo el mundo con todos los recursos disponibles. La democracia era una alternativa “superada” en la Unión Soviética porque el poder estaba, supuestamente, en poder de los trabajadores, y en Estados Unidos, si bien la democracia era un valor proclamado con énfasis, podía ser eventualmente dejada de lado por países “amigables” que respetaban la libertad de comercio. La distinción realizada por la embajadora Jeanne Fitzpatrick entre “países autoritarios”, en los que existía la posibilidad de reformas democráticas, y “países totalitarios” en los que, como la Unión Soviética, esa posibilidad desapareció, resultó muy útil para la Casa Blanca desde fines de la década de 1970.
Utilícense las expresiones que se quieran –“ninguna de las superpotencias estaba realmente preparada para una guerra mundial” (Veiga, Da Cal y Duarte, 1997: 373), u “objetivamente no había ningún peligro inminente de una guerra mundial” (Hobsbawm, 1994: 230)–, solo el conflicto de los misiles en Cuba fue el momento en que el mundo estuvo más cerca de un conflicto nuclear. En cualquier caso, tal vez la definición más adecuada sea que la Guerra Fría fue un período de “conflictividad controlada” (Maier, en Pons y Romero, 2005: 16).
Retrospectivamente, la bipolaridad resultó un tiempo de ciertas seguridades –dejando fuera de esta afirmación la amenaza de una guerra nuclear1 y los conflictos que se desarrollaron en la periferia, azuzados por las superpotencias– ante una realidad que el mundo multipolar surgido después de 1991 ha llenado de complejidades. El factor que no se tiene en cuenta es que por debajo del enfrentamiento entre las dos grandes potencias persistieron tendencias, como el nacionalismo, que no aparecieron de la nada en 1989-1991 pero emergieron con fuerza cuando una de las potencias desapareció de la escena.
Para quienes nacieron hace alrededor de medio siglo, puede parecer increíble que, salvo por su poderío militar intimidante, un régimen caracterizado por constituir la antítesis de los valores de la libertad y la democracia, tal como se entendían en Occidente, pudiera sobrevivir más de setenta años, y mucho más les sorprendería saber que ese régimen tuviera millones de seguidores en todo el mundo “democrático”. Y la respuesta tiene explicaciones históricas –el papel que cumplió la Unión Soviética y los movimientos partisanos en la derrota del nazismo–, pero también apunta a la defensa de una concepción del mundo que sostiene que las desigualdades en el reparto de las riquezas constituyen el resultado de un sistema basado en la explotación. El ahora denostado Estado de bienestar, una de las aportaciones más relevantes del siglo XX que permitió, por lo menos parcialmente, lograr un cierto equilibrio entre la libertad y la igualdad, nació de la presión de los sectores del trabajo, y la convicción, ahora sin duda mayoritariamente olvidada, de la necesidad de preservar la paz social como base para el éxito empresarial. El triunfo cultural del capitalismo consistió en convertir sus valores –el denominado “poder blando” (Nye, 2005)– en absolutamente dominantes, bloqueando cualquier alternativa: la Coca-Cola y el rock’n roll se impusieron al marxismo-leninismo.2
Todo el proceso, desde el desencadenamiento hasta el final, desafían al historiador, que se ve enfrentado a numerosas preguntas que a su vez generan nuevas preguntas. Por supuesto, la clave reside en la certeza de que ningún proceso es inevitable; todos los acontecimientos pudieron ocurrir de manera que el desenlace fuera diferente. Por ejemplo, en la actualidad existe un consenso por demás extendido respecto de que la Guerra Fría, o algo todavía peor, la tercera guerra mundial, era el desenlace inevitable de una alianza ideológicamente imposible, la de Estados Unidos, la Unión Soviética y Gran Bretaña. cuya mejor definición provenía de la poesía: “No nos une el amor sino el espanto”. Sin embargo, en 1945, tras la derrota de Alemania y Japón, había millones de personas que pensaban seriamente que luego de los incontables sufrimientos producidos por los hechos de 1939-1945 un futuro de paz era difícil pero no imposible y si bien había tensiones y recelos, los acuerdos de Yalta y Potsdam dibujaban un escenario posible.
En la fase final del proceso, con la misma convicción se afirma y argumenta que la caída de la Unión Soviética era un proceso tan inevitable como la vigencia de la ley de gravedad; ¿fue realmente así?, ¿o es que los historiadores interpretamos los eventos influenciados por la retrospección, desdibujando la complejidad de las decisiones y la circunstancias que llevaron a la disolución? ¿Y si la realidad actual nos impide explicar los rasgos de un pasado cercano en términos históricos, pero muy lejano como consecuencia de la densidad de los acontecimientos posteriores? Como se ha dicho acertadamente, cada generación tiene diferentes preguntas para realizarle al pasado, ¿pero no será tal vez que al interrogar a partir de nuestra experiencia actual se nos escapa un clima de época en el que los actores debieron afrontar problemas que ahora nos resultan lejanos y hasta incomprensibles? Para dar una respuesta aproximadamente correcta a estos interrogantes no solo debemos analizar la realidad con la máxima objetividad posible, sino también debemos procurar comprender las motivaciones de los principales actores y el escenario –económico, político, cultural, tecnológico– en el que desarrollaron su acción.
Otro desafío que nos plantea la Guerra Fría, en este caso su desenlace –que es el tema de este texto–, es la discusión, tan antigua como la historia en cuanto disciplina, entre la explicación basada en procesos históricos en alguna medida impersonales o la incidencia fundamental de hombres, “grandes hombres” que con su accionar cambiaron el rumbo de la historia. Para entendernos: ¿fueron Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov los protagonistas fundamentales del final de la Guerra Fría por su voluntad de acabar con el peligro constante de una guerra nuclear y llegar a acuerdos que acabaran con esa posibilidad?, ¿o había otros factores, como el triunfo de las nuevas realidades de la “era de la información” frente a una economía anclada en una etapa superada, que conducían a un desenlace similar?
El hecho mismo de preguntarse por qué finalizó la Guerra Fría va mucho más allá de estos comentarios; por eso se intentarán analizar algunas respuestas, todas provisionales y controvertidas, que expliquen los acontecimientos que nos llevaron a ese desenlace y que también traten de justificar, por ejemplo, por qué tras la caída de la Unión Soviética pudo generarse una discusión alrededor de la expresión “fin de la historia”, y los argumentos utilizados para fundamentarla (Fukuyama, 1992).
Un comentario imprescindible es el de adelantar una hipótesis que consideramos fundamental para entender el proceso que llevó al fin de la Guerra Fría, y lo ocurrido entre 1989 y 1991: constituye un error (o una interpretación sesgada por los prejuicios ideológicos) establecer una relación lineal entre la caída del Muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética; si bien no caben dudas respecto del estrecho vínculo entre ambos acontecimientos, la situación entre 1990 y 1991 pudo tener un desenlace diferente.
Los acuerdos a los que llegó Mijaíl Gorbachov –primero con el presidente Ronald Reagan y luego con su sucesor George Bush– constituyeron un logro para el mundo, e incluso sectores dentro de la Unión Soviética podían pensarlos en términos favorables; sin embargo, en ese momento había allí por lo menos tres alternativas, las cuales se discutieron entre la dirigencia a espaldas de la sociedad, que fue manipulada de forma irresponsable. Boris Yeltsin y los “demócratas” que lo apoyaban aspiraban a la disolución de la Unión Soviética en beneficio de Moscú; por su parte, quienes intentaron el golpe de agosto de 1991 pretendían retroceder el reloj de la historia, aunque no quedaba claro hasta dónde, y la derrota dejó la incógnita. Finalmente, Gorbachov, con todos sus errores a cuestas, aspiraba al mantenimiento de una Unión disminuida –que excluía a los países bálticos y a los del Cáucaso– que, de acuerdo con los recursos disponibles y la voluntad de los ciudadanos expresada en el referéndum de marzo de 1991, era razonablemente viable, y además potencialmente democrática y pacífica. El previsible fracaso del golpe y las maniobras urdidas por Yeltsin con la complicidad de los gobernantes de Ucrania y Bielorrusia lanzaron a las repúblicas de la antigua Unión Soviética a un vacío de consecuencias dramáticas y duraderas.
Un comentario final: el texto está necesariamente desbalanceado ya que al ser Gorbachov y el grupo que lo rodeaba los impulsores de reformas profundas dentro de la Unión Soviética, que incluyeron la búsqueda de la paz por parte del líder, estas deben ser revisadas para contribuir a explicar por qué se inició y desarrolló el proceso que culminó terminando con el enfrentamiento que perturbó al mundo durante más de cuarenta años.
No caben dudas respecto a la influencia de Estados Unidos en todo el proceso, pero su accionar no implicó la puesta en marcha de transformaciones radicales en el interior del país, como ocurrió en la Unión Soviética.
1. Las posibilidades de que un malentendido, un rumor falso o un suceso menor condujeran a una catástrofe nuclear pueden apreciarse en las películas de Stanley Kubrick Doctor Insólito, o cómo aprendí a no preocuparme y amar la bomba (1964), o en la de Sydney Lumet Fail Safe (1964).
2. Pareciera que el retorno de Donald Trump al poder implica el ejercicio de un poder puro y duro a nivel internacional en detrimento de las prácticas que Joseph Nye (2005) analizó con tanta agudeza.
En la actualidad existe una amplia corriente de historiadores que tiende a referirse a una “primera” y a una “segunda” Guerra Fría, separadas ambas por una etapa de distensión que abarcó la década de 1970. Si queremos ajustar la cronología, podemos ubicar el comienzo de la distensión en el discurso que pronunció el presidente electo Richard Nixon en la toma de posesión de su cargo el 20 de enero de 1969, declarando que Estados Unidos estaba dispuesto a entrar en una “era de negociación” con el mundo comunista.1 Dado el fervor anticomunista del nuevo mandatario, un verdadero “combatiente” en favor de la Guerra Fría, el pronunciamiento podía parecer sorprendente. En ese momento declaró también: “Por primera vez, porque los pueblos del mundo quieren la paz y los líderes del mundo temen la guerra, los tiempos están del lado de la paz”.2 Estas palabras marcaron el inicio de un cambio significativo en la política exterior de Estados Unidos, dando paso a un período conocido como la distensión. Durante esa etapa, a pesar de las profundas diferencias ideológicas que los separaban, y que se continuaban manifestando en el terreno de la propaganda, las superpotencias parecieron buscar caminos hacia la cooperación y la reducción de tensiones.
Entre finales de los años 60 y mediados de los 70, en el contexto de la Guerra Fría, tanto Estados Unidos como la Unión Soviética poseían arsenales nucleares capaces de causar una destrucción masiva. El período se distingue por una relativa cooperación entre las dos superpotencias y sus respectivos bloques de naciones. No hubo un evento específico que condujera a la adopción del término “distensión”, proveniente de la palabra francesa détente, ni un individuo que lo acuñara, ni un momento en que se popularizara de manera repentina. Pero más allá de términos como “reducción de tensiones”, “descongelamiento” o “relajación”, “distensión” se convirtió en la caracterización predominante de las relaciones entre las superpotencias durante las administraciones de Richard Nixon y Gerald Ford en Estados Unidos y Leonid Brézhnev en la Unión Soviética.
La relación soviético-estadounidense experimentó una serie de altibajos dramáticos entre 1962 y 1979. En octubre de 1962, ambos países se encontraron al borde de un enfrentamiento nuclear debido a la crisis de los misiles en Cuba. Sin embargo, una década después de la resolución de esa crisis, las superpotencias firmaron los tratados de limitación de armas estratégicas (SALT)3 en Moscú, junto con una serie de otros acuerdos bilaterales. En el apogeo de la distensión, a principios de la década de 1970, la cumbre que tuvo lugar con el viaje de Nixon a Moscú en mayo de 1972 y su encuentro con Brézhnev parecía haber inaugurado una nueva era en las relaciones internacionales.
No obstante, la invasión soviética a Afganistán de finales de 1979 llevó al sucesor de Nixon, James Carter, a implementar una serie de medidas que sellaron el destino de la distensión en las relaciones bilaterales. La falta de ratificación del SALT II y el resurgimiento de la retórica de confrontación marcaron el fin de ese período. Así, a principios de la década de 1980, lo que había sido un breve respiro en las tensiones dio paso, como se ha dicho, a lo que varios investigadores denominaron una segunda Guerra Fría, por ejemplo Raymond Garthoff (1994).
Las explicaciones sobre el surgimiento de la distensión durante la Guerra Fría son intrínsecamente complejas. La citada crisis de los misiles cubanos, que se tradujo en una aparente victoria para Estados Unidos y una derrota para la Unión Soviética, tuvo como efecto colateral una intensificación en la acumulación de armas por parte de los soviéticos; el desplazamiento de Nikita Kruschov en 1964 solo potenció el desarrollo armamentista soviético. Esta situación condujo a una relativa paridad entre los arsenales nucleares de Washington y Moscú a finales de la década de 1960. En esa peligrosa situación, ambas superpotencias consideraron que era conveniente y económicamente sensato establecer límites a la competencia en poderío destructivo (Schwartz, 1998).
Simultáneamente, surgieron tendencias centrífugas dentro de ambos bloques que presentaron nuevos desafíos al liderazgo soviético y estadounidense. Países como Francia y Alemania Occidental comenzaron a abogar por una distensión independiente en la década de 1960, mientras que la división entre China y la Unión Soviética acabó con el mito de un bloque comunista unido, abriendo nuevas oportunidades diplomáticas para Estados Unidos. Estos factores convergieron a principios de los años 70, cuando Estados Unidos estableció relaciones con la República Popular China y se llevaron a cabo cumbres de alto nivel entre líderes rusos y estadounidenses. Los encuentros, junto con los acuerdos resultantes, contribuyeron a consolidar y normalizar el orden europeo de posguerra, estableciendo un statu quo más estable en el continente.
Sin embargo, el fracaso de la distensión se debió en gran medida a sus limitaciones. Un problema significativo fue la falta de un acuerdo sobre el comportamiento adecuado en el Tercer Mundo,4 lo que resultó en un aumento de las tensiones entre Moscú y Washington. A partir de mediados de la década de 1970, ambas potencias comenzaron a enfrentarse en regiones distantes del ámbito original de la Guerra Fría, como Oriente Medio, el Sudeste Asiático y África, regiones donde se estaba produciendo o se acababa de producir el proceso de descolonización, así como también en algunos países de Latinoamérica. Esta nueva realidad condujo inicialmente a que los dirigentes de algunos de los recién creados países africanos que se abocaran a la búsqueda de formas de organización política y económica que tomaran distancia respecto de las potencias que las habían sojuzgado, así como surgieron movimientos guerrilleros que aspiraban, en sus palabras, a liberarse del “imperialismo occidental”. En efecto, para muchos radicales de izquierda el ejemplo de la Revolución cubana tuvo numerosos seguidores. El socialismo aparecía como una alternativa viable y la Unión Soviética les brindó apoyo a esos países, aunque en Latinoamérica los partidos comunistas carecieron de una audiencia masiva.5
El comportamiento de Estados Unidos en la guerra de Vietnam favorecía esa búsqueda; para muchos dirigentes africanos y asiáticos el Occidente capitalista planteaba una nueva forma de dominación, que además incluía lazos económicos, que comenzó a denominarse “neocolonialismo”.
Las tensiones que se produjeron en estas regiones socavaron los logros positivos de la relación diplomática. En contraste, en Europa, donde la distensión se caracterizaba por un enfoque más multilateral e integral, el proceso continuó más allá de finales de los años 70. La diferencia clave entre ambos procesos radicó en la naturaleza de las cuestiones abordadas. La distensión europea se centró en problemas específicos del contexto regional, como la relación entre las dos Alemanias y la naturaleza de la interacción entre Europa Oriental y Occidental (van Oudenaren, 1991).
La relación diplomática condujo a la firma de una serie de acuerdos integrales que abarcaban desde cuestiones de seguridad “tradicionales”, como el respeto a las fronteras europeas de posguerra, hasta el fortalecimiento de vínculos económicos y culturales, así como aspectos intangibles relacionados con la seguridad personal y humana.
Es importante señalar que el proceso entre las superpotencias se caracterizó por un enfoque diferente. Estuvo particularmente asociado con el acuerdo SALT y una serie de cumbres entre los líderes de ambos bloques. Aunque las cuestiones discutidas entre Estados Unidos y la Unión Soviética abarcaron un espectro global, los acuerdos alcanzados se centraron esencialmente en un conjunto limitado de temas bilaterales que no involucraban a terceros. No obstante, tanto la Unión Soviética como Estados Unidos se vieron implicados, como se ha dicho, en diversos conflictos regionales en todo el mundo, lo que inevitablemente generó desacuerdos y, en última instancia, tensiones sobre los intereses percibidos de cada parte en lugares como Angola o Afganistán (Simonoff, 2019).
Durante la crisis de los misiles cubanos, y en el contexto de la creciente paridad nuclear con la Unión Soviética, la posición hegemónica de Estados Unidos en Occidente comenzó a ser cuestionada desde múltiples frentes (Saborido, 2023). En términos generales, la creciente implicación de Estados Unidos en la guerra de Vietnam, especialmente tras el despliegue de tropas terrestres en Vietnam del Sur por parte del gobierno de Lyndon B. Johnson, generó crecientes críticas por parte de sus aliados. Por ejemplo, ninguno de los socios de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)6 aceptó respaldar el esfuerzo bélico estadounidense, a pesar de sus reiteradas solicitudes. Esta situación suscitó preocupaciones sobre la posibilidad de que la obsesión de Washungton con Vietnam socavara su compromiso de mantener tropas en Europa occidental, debilitando así la capacidad de defensa colectiva de la OTAN (Zanchetta, 2014).
Estas inquietudes se tornaron especialmente relevantes en un momento de transformación en las doctrinas de defensa. Mientras que la OTAN había dependido en gran medida de la política de represalias masivas7 a fines de la década de 1950, el gobierno de John F. Kennedy adoptó un enfoque de “respuesta flexible”. Esto implicaba que, en lugar de amenazar a la Unión Soviética y al Pacto de Varsovia con ataques nucleares en respuesta a cualquier acción militar contra el territorio de la OTAN, la alianza occidental, influenciada en parte por la doctrina de Destrucción Mutua Asegurada (MAD), optaba por responder a tales agresiones con una respuesta convencional. En este sentido, si el Pacto de Varsovia8 decidía actuar contra Berlín o invadir Alemania Occidental, Estados Unidos no recurriría a armas nucleares, sino que respondería con armas convencionales; para los países europeos, la perspectiva resultaba igualmente inquietante.
Además, la guerra de Vietnam y los cambios en las doctrinas de defensa estadounidenses erosionaron la confianza transatlántica que se había construido en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. A esta desconfianza se sumó la relativa decadencia del dominio económico estadounidense. En 1945, Estados Unidos representaba aproximadamente el 50% de la producción manufacturera mundial; para 1960, esa participación había disminuido a un tercio. Durante ese período, Europa Occidental y Japón lograron avances significativos, beneficiándose de las políticas económicas estadounidenses de posguerra que facilitaron la penetración económica de sus empresas, además –no necesariamente como objetivo– facilitaron la integración europea y la recuperación japonesa. El auge económico del capitalismo de posguerra –sintetizado en la expresión “los treinta gloriosos años”– fue apuntalado por el establecimiento del sistema de Bretton Woods, basado en la estabilidad del dólar estadounidense, que mantenía una relación fija con el oro.9 Sin embargo, aunque esta capacidad de generar prosperidad era motivo de satisfacción y servía como propaganda en la lucha ideológica contra la Unión Soviética, también marcó el inicio de una competencia económica difícil de sostener para Estados Unidos, algo inédito desde 1945 (Frieden, 2006).
De hecho, en 1971, el peso de apuntalar el sistema de Bretton Woods mientras se luchaba simultáneamente en Vietnam, con las consecuencias inflacionarias que fue generando, llevaron al presidente Nixon a poner fin a la convertibilidad del dólar en oro.
Fue en este contexto que el primer mandatario francés, Charles de Gaulle, lanzó implícitamente su candidatura al liderazgo de Europa Occidental.
En el poder desde 1958, las iniciativas independientes del presidente de Francia surgieron en gran medida del deseo de mejorar la posición de su país en la arena internacional. Sostenía que esto solo sería posible si Francia asumía un papel de liderazgo en la construcción de una nueva Europa más independiente. Esta decisión exigía la reducción de la influencia estadounidense en la diplomacia europea, así como dejó clara su decidida oposición al ingreso de Gran Bretaña en la Comunidad Económica Europea (CEE), considerado el “caballo de Troya” de Washington. En cambio, veía la asociación entre Francia y Alemania como el eje para la realización de una nueva Europa, que en última instancia se extendería desde el Atlántico hasta los Urales. Algunas de las decisiones clave en esta búsqueda incluyeron los dos vetos del presidente francés a la membresía británica en la CEE (1963 y 1967), el tratado franco-alemán de 1963, el desarrollo de una fuerza nuclear francesa independiente (la force de frappe), la retirada de Francia de la estructura militar unificada de la OTAN en 1966 y la diplomacia independiente del gobierno francés hacia la Unión Soviética.
A pesar de la agitada diplomacia y la retórica del presidente de Francia, no se destruyó la OTAN. De hecho, su obstinado rechazo a la membresía británica no fue popular entre otros miembros de la CEE, su visión de un “eje” francoalemán no se materializó en el corto plazo y su diplomacia independiente con la Unión Soviética no alcanzó ningún logro importante. Sin embargo, sus iniciativas provocaron una reevaluación de las políticas occidentales de la Guerra Fría acuñadas en el Informe Harmel. Aprobado por el Consejo de la OTAN en diciembre de 1967, ese informe –que llevaba el nombre del primer ministro belga Pierre Harmel– introdujo una política de doble vía para los miembros de la alianza occidental. Por un lado, los países miembros acordaron que el propósito militar original del pacto seguía siendo válido y que debían seguir atentamente nuevas mejoras en sus capacidades de defensa colectiva. Por otro, establecía que era propósito de los aliados desarrollar planes y métodos para eliminar las barreras antinaturales entre Europa Oriental y Occidental, que obviamente incluían la división de Alemania. Así, se aprobó como objetivo formal del tratado el fomento de una atmósfera de distensión, fuera a través de políticas colectivas o individuales (Gordon, 1995).
A corto plazo, el país que practicó más activamente el espíritu del Informe Hamel fue Alemania Occidental; el punto era que la reunificación de Alemania constituía un objetivo que solo podía alcanzarse dentro de una atmósfera de distensión. En el escenario político alemán esto se tradujo en una transformación de su política exterior, que fue posible en parte como consecuencia de la renuncia y el retiro de Konrad Adenauer. Como canciller de la República Federal Alemana (RFA) entre 1949 y 1963 y líder de los democristianos, Adenauer se había negado a mantener cualquier contacto con la República Democrática Alemana (RDA). En lugar de ello, había adoptado la política establecida por la doctrina Hallstein,10 que en la práctica significaba que la RFA no tendría relaciones diplomáticas con ningún país que reconociera a la RDA, excepto la Unión Soviética. Alemania era una nación y un Estado; se pensaba que tarde o temprano la RDA colapsaría debido a sus propias deficiencias internas y se uniría a la RFA. Mientras tanto, Adenauer ancló firmemente a la RFA dentro de la CEE y la OTAN.
La construcción del Muro de Berlín en 1961 suscitó crecientes interrogantes sobre la efectividad de la doctrina Hallstein y su capacidad para facilitar la reunificación de Alemania, el objetivo primordial de las políticas de Adenauer. En este contexto, la Ostpolitik,11 liderada por Willy Brandt, presidente del Partido Socialdemócrata, comenzó a ganar aceptación entre el electorado de la RFA; se fundamentaba en la premisa de que la reunificación alemana solo podría lograrse una vez que los Estados vecinos, como la Unión Soviética, Polonia y Checoslovaquia, estuvieran convencidos de que su propia seguridad no se vería amenazada por el establecimiento de una única Alemania (Saborido, 2024). Además, su éxito dependía de un compromiso amplio entre las dos Alemanias, a las que Brandt describía como “dos Estados dentro de una nación”. En este sentido, tanto la Ostpolitik como el Informe Harmel abogaban por el fomento de un clima de distensión.
Las políticas independientes de Francia bajo el liderazgo de Charles de Gaulle y el ascenso de Willy Brandt al poder a finales de la década de 1960 –se convirtió en ministro de Asuntos Exteriores en 1966 y en canciller tres años más tarde– reflejaron un creciente interés en Europa Occidental por la distensión. A pesar de la retirada de Francia de la estructura militar de la OTAN, no se percibía un riesgo inminente de desintegración grave dentro del bloque occidental. A principios de la década de 1970, la Ostpolitik de Brandt se coordinó con las políticas de Estados Unidos, y la administración de Lyndon B. Johnson demostró una notable flexibilidad para adaptarse a los desafíos europeos. Esta continua cooperación entre las democracias occidentales contrastaba con los acontecimientos que se desarrollaban en el bloque soviético.
La década de 1960 marcó el desmoronamiento de la unidad del mundo comunista. El proceso de fragmentación había comenzado ya en 1948 con la ruptura Tito-Stalin, que evidenció las primeras fisuras significativas en el bloque socialista. La hegemonía soviética en Europa del Este enfrentó desafíos importantes, manifestados en los levantamientos de Alemania Oriental (1953), Hungría (1956) y Checoslovaquia (1968), que, si bien fueron sofocados mediante la intervención militar soviética,12 presagiaban tensiones más profundas.
Sin embargo, el acontecimiento más trascendental fue el cisma chino-soviético, que emergió a finales de la década de 1950. Este conflicto, a diferencia de las crisis anteriores, no podía resolverse mediante la fuerza debido a la envergadura de ambas potencias. Las divergencias surgieron en múltiples frentes: desacuerdos ideológicos fundamentales, insatisfacción china con la asistencia soviética y el rechazo de Beijing a la doctrina de “coexistencia pacífica” impulsada por Kruschov, considerada una desviación ideológica. La ruptura se materializó en 1960 con el cese de la cooperación militar, seguida en 1961 por críticas públicas mutuas. China respondió afirmando su autonomía mediante una política exterior independiente y el desarrollo de su programa nuclear.
La fragmentación del bloque socialista se extendió también a Europa Oriental. Albania, y en alguna medida Rumania, se alinearon con China, distanciándose de Moscú. Rumania incluso dio un paso más en su accionar relativamente autónomo al establecer vínculos comerciales con Occidente durante la década de 1960. Yugoslavia, por su parte, mantuvo su curso independiente, a pesar de un breve acercamiento durante la época de Kruschov. Ante esta erosión de su influencia, la Unión Soviética intentó restructurar el Pacto de Varsovia mediante la creación de un comité consultivo político. Sin embargo, la iniciativa fracasó, evidenciando la imposibilidad de democratizar la toma de decisiones dentro de una alianza fundamentalmente jerárquica bajo el control soviético (Jian, 2005).
