Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Desde su ocupación en 1945, la ciudad de Berlín fue el epicentro de la Guerra Fría. Para fines de la Segunda Guerra Mundial estuvo ubicada en las profundidades del territorio ocupado por la Unión Soviética, la división del núcleo urbano fue acordada luego por las cuatro potencias que en poco tiempo más derrotarían a la Alemania nazi. Esto generó fuertes tensiones, operaciones de espionaje y movimientos de población y culminó con la división de Alemania en una parte occidental, la República Federal Alemana, y otra oriental, la República Democrática Alemana. La situación adquirió una nueva forma cuando, en 1961, las autoridades de la República Democrática decidieron construir un muro que dividiera la zona comunista de la occidental. Durante los más de 28 años de existencia, el Muro fue un elemento de tensión permanente en el escenario de enfrentamiento entre Occidente y la Unión Soviética. El objetivo principal de este texto relatar y analizar las circunstancias que condujeron a la construcción del Muro, las consecuencias políticas y humanas que produjo su instalación y la significación que tuvo su caída en 1989 como prólogo de tres acontecimientos de enorme importancia: el fin de la Guerra Fría, la reunificación de Alemania y el derrumbe de la Unión Soviética.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 163
Veröffentlichungsjahr: 2025
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Desde su ocupación en 1945, la ciudad de Berlín fue el epicentro de la Guerra Fría. Para fines de la Segunda Guerra Mundial estuvo ubicada en las profundidades del territorio ocupado por la Unión Soviética, la división del núcleo urbano fue acordada luego por las cuatro potencias que en poco tiempo más derrotarían a la Alemania nazi, esto generó fuertes tensiones, operaciones de espionaje y movimientos de población y culminó con la división de Alemania en una parte occidental, la República Federal Alemana, y otra oriental, la República Democrática Alemana. La situación adquirió una nueva forma cuando, en 1961, las autoridades de la República Democrática decidieron construir un muro que dividiera la zona comunista de la occidental. Durante los más de 28 años de existencia, el Muro fue un elemento de tensión permanente en el escenario de enfrentamiento entre Occidente y la Unión Soviética.
El objetivo principal de este texto relatar y analizar las circunstancias que condujeron a la construcción del Muro, las consecuencias políticas y humanas que produjo su instalación y la significación que tuvo su caída en 1989 como prólogo de tres acontecimientos de enorme importancia: el fin de la Guerra Fría, la reunificación de Alemania y el derrumbe de la Unión Soviética.
Jorge Saborido. Fue profesor titular de Historia Social en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires; en la actualidad se desempeña como profesor consulto. Ha sido profesor invitado en universidades nacionales y de Uruguay, Chile y España. A lo largo de su vida publicó numerosos libros de historia, entre los que se destacan: La Revolución rusa (Madrid, 2006),Historia de la Unión Soviética (Buenos Aires, 2009),Veinte años de Rusia sin comunismo (Buenos Aires, 2011),La Revolución rusa, cien años después (Buenos Aires, 2017),Por qué cayó la Unión Soviética (Buenos Aires, 2021),Ucrania (Buenos Aires, 2022) yEl conflicto de los misiles (Buenos Aires, 2023).
JORGE SABORIDO
EL MURO DE BERLÍN
La ciudad de Berlín, desde su ocupación en 1945 hasta el derrumbe del Muro instalado en agosto de 1961 –lo que ocurrió el 9 de noviembre de 1989– fue el epicentro de la Guerra Fría. El hecho de estar ubicada en las profundidades del territorio ocupado por la Unión Soviética, más tarde la capital de la República Democrática Alemana (mapa 1), y la disposición de que el núcleo urbano fuera dividido en su control por las cuatro potencias vencedoras en la guerra (mapa 2) condujeron a que hubiera fuertes tensiones, múltiples operaciones de espionaje y movimientos de población a medida que la Guerra Fría se convertía en una realidad, las que adquirieron una nueva forma con la decisión de las autoridades de Alemania Oriental de construir un muro que dividiera la zona comunista de la occidental. Durante los más de veintiocho años de su existencia, este fue un elemento de tensión permanente en el escenario de enfrentamiento entre Occidente y la Unión Soviética.
El objetivo principal de este texto es el relato y análisis de las circunstancias que condujeron a que se construyera el Muro, las consecuencias políticas y humanas que se produjeron en la ciudad y la significación que tuvo su caída en 1989 en el proceso de reunificación alemana y como elemento importante en lo que terminó siendo el fin de la Guerra Fría.1
Mapa 1
Berlín dentro de Alemania. Fuente: Hilton (2011: 8).
Mapa 2
División de Berlín. Fuente: Diario La vanguardia.
1. Utilizamos con preferencia la expresión “reunificación” en la medida en que el resultado fue retornar a un único Estado alemán tal como existía antes de la guerra, aunque el conflicto culminó con modificaciones territoriales respecto de la década de 1930. Quienes utilizan la palabra “unificación” parten del atendible argumento, asimismo citado en el texto, de que los treinta y cuatro años de división de Alemania dieron lugar al surgimiento de dos países diferentes, que se unieron en 1990. Aquí será utilizada cuando se cite a un autor que se transcribe y que hace uso de ella.
En el amanecer del 8 de abril de 1945, los primeros berlineses que osaron salir al umbral de sus casas acribilladas por las bombas advirtieron enseguida que algo nuevo había ocurrido. Barrios enteros eran pasto de las llamas, el cielo ardía y una brisa áspera y sofocante soplaba hacia el sur; el fuego graneado de la artillería soviética proseguía sin descanso mientras el Ejército Rojo ocupaba las ocho décimas partes de la ciudad. (Robichon y Zegelmeyer, 1960: 7)
No es fácil poner un punto de partida al conflicto que dio lugar a la construcción del Muro de Berlín el 13 de agosto de 1961; sin embargo, creemos que hay cinco fechas fundamentales en la Segunda Guerra Mundial que en cierto modo contribuyeron a justificar lo ocurrido: el 23 de agosto de 1943, fecha de la derrota de la Wehrmatch (las fuerzas armadas unificadas de la Alemania nazi) en la prolongada batalla de Kursk, último intento alemán en territorio soviético; el 6 de junio de 1944, cuando se produjo el desembarco de las tropas occidentales en las costas de Normandía (“Día D”); el 12 de enero de 1945, día en que las tropas soviéticas penetraron en territorio alemán; el 8 de abril, la entrada del Ejército Rojo en Berlín, y el 8 de mayo, rendición de la Alemania nazi. A estos acontecimientos habría que agregar otro, anterior y menos citado: la Conferencia de Casablanca del 14 de enero de 1943, de la que participaron los líderes de la alianza contra el Eje, Winston Churchill, Franklin Delano Roosevelt y Charles de Gaulle; Stalin no asistió porque la guerra en Rusia se encontraba lejos de estar resuelta ya que se estaba librando la decisiva batalla de Stalingrado. Allí se decidió luchar hasta lograr la rendición incondicional de Alemania, aunque nada se habló realmente de la situación futura del país.
A principios de 1944, luego de más de dos años y medio de combates de una tremenda ferocidad, en el frente oriental se produjo la derrota de los alemanes a manos de los soviéticos en todos los niveles. A partir de la citada batalla de Kursk quedó claro que el Ejército Rojo estaba en condiciones de lanzar ofensivas en cualquier lugar del frente. La guerra salió por primera vez del territorio soviético y de ahí en adelante se llevaron a cabo hasta diez ofensivas de las tropas del Ejército Rojo en territorio extranjero, la última de las cuales llegó a Berlín. Si a este acontecimiento fundamental sumamos la tan reclamada por Stalin apertura del “segundo frente”, concretado con el citado el desembarco de las tropas occidentales en Normandía, podría asegurarse que la guerra estaba definida. Sin embargo, en fecha tan tardía como el 1 de enero de 1945, Hitler emitió un mensaje radial afirmando su “inquebrantable creencia en que se acerca la hora en que la victoria por fin llegará a quien más se lo merece: el Gran Reich Alemán” (citado por Bessel, 2009: 7). Hubo reacciones populares positivas pero cautelosas: el líder no había explicado nada de cómo iba a lograrse esa victoria; la última gran ofensiva alemana en la región de las Ardenas ya en esa fecha había perdido su impulso inicial. Sin embargo, había en la cúpula alemana algunos que pensaban que con las fuerzas disponibles podían resistir y llegar a negociar un acuerdo con los aliados.
Sin embargo, pocos días más tarde las fuerzas alemanas fueron aplastadas en el frente oriental. Algunas estadísticas calculan que en los primeros meses de 1945 murieron alrededor de 1.300.000 alemanes, pérdidas superiores a las de 1942 y 1943 sumadas. Durante esos aciagos días los alemanes continuaron luchando sin ninguna esperanza, sin ningún ordenamiento estratégico. En última instancia, seguían la última proclama de Hitler: había que continuar ofreciendo resistencia y, en cuanto a Berlín, “la capital del Reich será defendida hasta el último hombre y la última bala” (citado por Bessel, 2009: 27). Era la lógica culminación de un enfrentamiento que se caracterizó por una crueldad incomparable.1
Frente a esta resistencia desesperada, ya en febrero en la Conferencia de Yalta,2 reforzando lo acordado en Casablanca, ahora con la presencia de Stalin, se acordó que las potencias vencedoras “tomarán las medidas que crean necesarias para la futura paz y seguridad del mundo, incluyendo el desarme completo, la desmilitarización y el desmembramiento de Alemania” (Stettinius, 1950: 222).
El operativo final sobre la capital alemana estuvo marcado por la confusión porque Stalin dejó abierta la posibilidad de que cualquiera de las dos columnas que convergían sobre la capital alemana pudieran ser las protagonistas, lo que generó tensión entre los mariscales Iván Kónev y Gueorgui Zhúkov una especie de competencia para ver quién lograba tomar la ciudad. Luego de una sangrienta lucha que se llevó a cabo calle por calle,3 el 8 de mayo finalmente se producía la rendición del Tercer Reich.4 Se calcula que en el asalto a la capital medio millón de personas murieron o resultaron heridas.
En términos estratégicos, la toma de Berlín no era excesivamente importante pero en términos simbólicos ser los primeros en ocupar la capital del Reich en pleno momento de negociaciones –se acababa de realizar la Conferencia de Yalta– era un acto de fuerte impacto; la capital estaba dentro del territorio controlado por la Unión Soviética, aunque la superficie del territorio alemán situada bajo su control era menor a la que correspondió a los aliados occidentales (ver mapa 1), en virtud de que estos iniciaron su ofensiva desde un punto más cercano (Normandía). Las zonas de Alemania y de Berlín destinadas a cada una de las potencias había sido determinada en una reunión del Comité Consultivo Europeo (CCE), realizada en Londres el 12 de septiembre de 1944.5 A su vez Berlín quedó dividida en dos sectores: el occidental –ocupado por norteamericanos, británicos y franceses –con territorios delimitados–, cuya superficie era 480 kilómetros cuadrados de extensión y 2.200.000 habitantes, y el soviético, con una superficie de 400 kilómetros cuadrados y 1.100.000 habitantes.
La decisión del Comando Supremo de los aliados de no acelerar el avance de las tropas occidentales hasta Berlín le generó un profundo disgusto a Winston Churchill, que tenía muy clara la importancia de ocupar la capital lo antes posible.
Mientras no llegaran las potencias occidentales –lo hicieron masivamente hacia fines de mayo, aunque ya desde el principio de ese mes aparecieron algunos destacamentos– la Unión Soviética pudo aprovechar el momento para comenzar a obtener recursos de todo tipo del país vencido; la campaña del Ejército Rojo había sido agotadora y la situación de la población en la Unión Soviética era desesperante.6
Además, los objetivos políticos de los rusos al entrar en Berlín eran muy claros: normalizar cuanto antes la vida de la ciudad y nombrar en la administración gente de confianza, anticipándose a la llegada de sus aliados occidentales. En este último caso fue designado “burgomaestre” el doctor Arthur Werner, un arquitecto que había sido cesanteado por su oposición al nazismo y se ganaba la vida dirigiendo una academia privada.
A los siete días de ocupada la ciudad comenzó a editarse el primer periódico berlinés bajo control soviético; poco más tarde se comenzó a organizar la distribución de víveres: la ración alimentaria fijada en teoría en 1.240 calorías en los primeros meses no alcanzaba los dos tercios de esa cifra, lo que ocasionó un fuerte incremento de la mortalidad infantil. Los testimonios de la vida en Berlín en los dos primeros años son aterradores. “La gran ciudad está demolida hasta ser casi irreconocible” (Shirer, 2011: 162). La capital no había vivido nunca una situación semejante; antes de 1945 el impacto de la guerra se había hecho sentir con fuerza pero nunca hubo faltantes importantes en productos alimenticios y las calles estaban relativamente tranquilas. La necesidad de enfrentar el peligro del hambre condujo a carestías, desórdenes, saqueos, muy difíciles de controlar por las fuerzas de ocupación. Para Berlín, al igual que para toda Alemania, era válido el chiste de humor negro que circulaba entre las tropas los últimos meses de guerra: “Hay que disfrutar de la guerra, porque la paz va a ser terrible” (citado por Bessel, 2009: 397).
La mortalidad infantil por hambre y enfermedades durante el primer año de la posguerra alcanzó niveles pavorosos. En particular, hay coincidencia entre las fuentes respecto de que el período más duro de hambre y de carencia hasta de los elementos más elementales se produjo en el invierno de 1945-1946 como consecuencia de la falta de carbón y de la grave destrucción sufrida por la red ferroviaria. Un cartel de propaganda puesto por los rusos decía: “Ningún enemigo extranjero ha causado tanta miseria a los alemanes como Hitler” (Shirer, 2011: 178).
Si bien algunas grandes empresas sobrevivieron razonablemente bien y pudieron retomar modestos niveles de actividad con cierta rapidez luego de la rendición, esta situación estuvo en parte relacionada con la moderación –en buena medida excesiva– que mostraron los aliados occidentales en el territorio que controlaban frente al comportamiento de los empresarios industriales durante el régimen de Hitler, lo que obviamente no ocurrió en el sector soviético.
Un problema que compartían las cuatro zonas de ocupación y se hacía sentir con enorme dureza en Berlín fue la inflación. Los nazis habían cubierto los enormes costos de la guerra con emisión monetaria y esta abundancia de dinero, enfrentando una seria escasez de bienes, tuvo un efecto dramático, agravado por la existencia de un extendido mercado negro, que ya existía desde el momento en que los nazis habían impuesto un régimen de racionamiento durante la guerra, pero que se agudizó una vez finalizada esta.
Sobre el comportamiento de los oficiales y soldados soviéticos existen testimonios de todo tipo: los berlineses habían recibido durante los últimos años la propaganda nazi de que los rusos los iban a dejar morir de hambre, por lo que muchos se mostraron sorprendidos por los esfuerzos que una cantidad de integrantes del Ejército Rojos hicieron para alimentarlos. Como contrapartida, la negativa de los nazis a destruir las reservas de alcohol que se encontraban en la ruta de los invasores condujo a que los abusos fueran frecuentes bajo la forma de numerosos excesos, de los cuales las violaciones fueron las de mayor impacto, un elemento perturbador que venía acompañando al Ejército Rojo desde que comenzó su avance fuera del territorio soviético.7
Pese a que en alguna ocasión Stalin justificó en cierto modo los excesos en virtud de la agotadora campaña que habían tenido que realizar los soldados, la Justicia se manifestó con dureza: más de 135.000 soldados fueron condenados por “crímenes contrarrevolucionarios” y la Junta Militar del Tribunal Supremo hizo lo propio con 123 oficiales en 1944 y 273 al año siguiente (Beevor, 2005: 664).
Asimismo, se dieron a conocer textos que, con fuerza de ley, afectaban la seguridad de los ciudadanos y de los soldados ocupantes, imponiendo la pena de muerte para quienes atentasen contra estos últimos.
Por lo tanto, si bien ya unos meses antes de la reunión de Yalta se había acordado que Berlín iba a dividirse entre los vencedores, hubo un plan soviético de colocar a sus aliados ante hechos consumados.
La vida política se restableció casi inmediatamente: mientras los socialistas (Partido Socialdemócrata) salieron con rapidez de la clandestinidad, el 10 de junio se produjo la refundación del Partido Comunista Alemán: de los dieciséis firmantes de su constitución, solo tres habían vivido la guerra en Alemania como ilegales; el resto eran exiliados entrenados en Moscú. La expectativa de que la mayoría de los antiguos militantes del Partido Socialdemócrata se acercaran al comunismo se vieron frustradas, aunque los simpatizantes más radicales comenzaron a plantear la reunificación del movimiento obrero alemán. Además, iniciaron sus actividades la Confederación Demócrata Cristiana (CDU), el Partido Liberal y otros grupos menores.
Mientras tanto, la cumbre celebrada en Potsdam, en las afueras de Berlín, a partir del 17 de julio no auguraba un futuro promisorio para Alemania: el acuerdo respecto de las “cinco d” –desmilitarización, desnazificación, desindustrialización, descentralización y democracia”– era muy claro, pero la dinámica de la situación fue modificando estos objetivos.
Los malos resultados de los comunistas en las elecciones celebradas en Hungría y Austria en noviembre en las que se presentaban como parte de frentes similares a los que pensaban impulsar en Alemania llevaron a Stalin a un replanteo de la estrategia exigiendo la fusión a cualquier precio entre socialistas y comunistas, lo que finalmente se concretó el 21 y 22 de abril de 1946, con la creación del Partido Socialista Unificado (PSU). Si bien la presidencia recayó en un comunista y un socialista, el poder real quedó en manos de Walter Ulbricht, uno de los exiliados en Moscú que luego de doce años había retornado al país el 1 de mayo de 1945.8 La mayoría de la dirigencia socialdemócrata sin embargo adoptó una actitud crecientemente moderada, postura que anticipó en varios años el abandono del marxismo, del concepto de lucha de clases y la aceptación de la economía de mercado, orientación concretada en el congreso celebrado en Bad Godesberg en noviembre de 1959.
El 29 de junio los cuatro comandantes aliados se reunieron por primera vez en el denominado Consejo de Control (CC), tal como se había establecido previamente en una reunión celebrada en Londres.9 Allí se establecía que al no existir en Alemania gobierno ni autoridad central, los cuatro gobiernos asumían la autoridad suprema en todo el territorio ocupado; en cuanto a Berlín, se establecía una autoridad interaliada bajo la dirección general del CC, compuesto por cuatro comandantes, cada uno de los cuales, por turno, asumiría las funciones de comandante en jefe (Kommandatura). El periodista William Shirer ha dejado un testimonio de una reunión de la Kommandatura a principios de noviembre de 1945:
Allí podía verse, en el terreno de la práctica, cómo los cuatro aliados victoriosos, tan diferentes en sus orígenes, su psicología y sus estructuras nacionales, intentaban trabajar juntos en la paz como lo habían hecho en la guerra. La brecha entre el Este y el Oste se hacía patente […] Pero, en conjunto, no lo hacían mal. (Shirer, 2011: 176).
Al estar enclavada Berlín en la zona soviética y requerir, por tanto, rutas de tránsito a través de la zona soviética para comunicar las tres zonas de ocupación occidentales de Berlín con las correspondientes zonas de ocupación de Alemania, los aliados occidentales encabezados por el general Lucius Clay y el teniente general británico Ronald Weeks mantuvieron una reunión con el mariscal Gueorgui Zhúkov el mismo 29 de junio. Zhúkov se negó al pedido de Clay de disponer de un número amplio de rutas de acceso, concediendo a las potencias occidentales solo una ruta terrestre, una línea ferroviaria y dos corredores aéreos. Como se trataba de una situación temporaria, el acuerdo no se plasmó por escrito. Con posterioridad, Clay sostuvo que no firmó ningún documento porque no estaba dispuesto a aceptar nada que no fuera un libre acceso a la ciudad.
Finalmente, el único pacto puesto por escrito se alcanzó en el CC el 30 de noviembre de 1945 Allí se establecieron tres corredores aéreos entre Berlín y Fráncfort del Meno, Hamburgo y Bückeborg, en principio simbólicos pero que muy pocos años más tarde resultaron decisivos.
