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¿Por qué los partidos emergentes en España, que prometían regeneración, acaban fracasando? El Fracaso Emergente es un ensayo incisivo y necesario que analiza las causas profundas de ese fenómeno tan español: la aparición fulgurante de nuevos partidos que, tras entusiasmar a millones, se desintegran o se diluyen. Desde UPyD a Ciudadanos, pasando por Podemos y otros proyectos previos y posteriores, este libro examina con lupa qué salió mal, por qué salieron mal tantas cosas, y qué revela sobre nuestro sistema político, nuestra cultura cívica y nuestras élites. León Arsenal y Alberto Serano hurgan más allá de la superficie mediática. No se limitan a señalar errores tácticos o de comunicación, sino que indagan en patrones estructurales: personalismos que sustituyen a la organización, estructuras frágiles, discursos que envejecen pronto, liderazgos mal construidos, decisiones estratégicas fatales y un ecosistema político que no perdona la ingenuidad. Con un estilo directo, riguroso y documentado, El Fracaso Emergente invita a la reflexión y al debate. Es un libro para quienes aún creen que otra política es posible... pero saben que no basta con quererlo. Porque entender por qué fracasan los partidos nuevos es el primer paso para que algún día uno no lo haga.
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Seitenzahl: 317
Veröffentlichungsjahr: 2025
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En muchas democracias Europa, los partidos que fueron hegemónicos durante décadas han ido cediendo terreno o incluso derrumbándose ante formaciones de nuevo cuño. Sin embargo, España parece al margen de tal fenómeno. Sigue viviendo en un bipartidismo PP-PSOE, aunque sea cada vez más imperfecto y obligado a pactos a veces contranatura. Y no es que no lo hayan intentado partidos emergentes de lo más diversos. Algunos han protagonizado ascensos meteóricos y parecieron incluso amenazar la posición de uno de los dos grandes. Pero siempre ha sido un espejismo. Y la gran pregunta es ¿por qué? Sobre esto se interrogan en este libro, que es doble, León Arsenal y Alberto Serrano. Ambos, profesionales con trayectoria y reconocimiento en sus respectivas profesiones, tiene también su recorrido en partidos emergentes. Y cada uno aborda la cuestión desde una óptica muy distinta, pero que resulta de lo más complementaria.
León Arsenal y Alberto Serrano
Primera edición digital: junio, 2025
Título: El fracaso emergente. ¿Por qué fracasan los partidos emergentes en España?
© 2025, León Arsenal y Alberto Serrano
ISBN: 978-84-128608-7-0
© De la portada y diseño de cubierta: Pablo Uría Díez
© Diseño y maquetación: James Crawford Publishing (William E. Fleming)
© 2025 Kokapeli Ediciones
Queda prohibido, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.
Todos los demás derechos están reservados.
A mi amigo Fernando Torres,por su meritoria corrección (no podía esperarmenos del sobrino del insigne académico de la RAE Manuel Seco)
Alberto Serrano
Este libro es obra de dos autores, pero no está escrito a cuatro manos. No, porque está formado por dos partes bien diferenciadas y cada una de ellas ha sido escrita por un solo autor. Eso sí, son dos enfoques distintos sobre un mismo tema: ¿por qué fracasan la inmensa mayoría de los partidos emergentes?
La primera parte es obra de León Arsenal, escritor profesional de trayectoria dilatada, tanto en el tiempo como en obras publicadas. Ha participado en el nacimiento y/o los primeros pasos de diversos partidos emergentes, y su parte trata de sistematizar las principales causas por las que los partidos emergentes no llegan a despegar o, si lo hacen, luego caen en picado o explotan en su ascenso, como cohetes de feria.
La segunda parte, en cambio, aborda de forma exclusiva un caso paradigmático en el fracaso de los emergentes en España: el de Ciudadanos. Un partido que parecía llamado, que parecía tenerlo todo, para ser llave de la gobernabilidad en España, sino incluso para ser alternativa de gobierno y que, sin embargo, acabó por derrumbarse en un tiempo récord. Esta parte la escribe Alberto Serrano, jurista que militó en Cs, que ocupó cargo de concejal en Madrid y que vivió todo el proceso desde dentro.
Tras explicar esto, hay que hacer una precisión. Como este es un libro que, después de todo, trata de política, hay que tener en cuenta que cada autor se hace cargo y asume los comentarios, opiniones y valoraciones de su parte. Esas pueden o no ser compartidas por el otro autor. Cuando uno de los dos introduce un comentario en la parte escrita por el otro, así se hace constar entre corchetes y con las iniciales A.S. o León Arsenal.
Y, tras estas precisiones, lo mejor es entrar en materia sin más. Porque no pocos ensayos fracasan por darle demasiadas vueltas a lo accesorio y no queremos que este sea al caso.
Empecemos por ahí, para no perdernos y evitar equívocos. Podríamos definir a los partidos emergentes como formaciones políticas de nuevo cuño que surgen como alternativas a los partidos tradicionales que dominan el panorama político de una nación. Tales partidos suelen aparecer, sobre todo, en momentos de crisis y/o contextos de descontento con el sistema, presentando (o diciendo presentar) propuestas frescas o distintas. En muchos países (y España no es la excepción), los partidos emergentes han influido en las dinámicas políticas de diversas maneras. Su simple aparición, a veces, obliga a partidos ya asentados a enderezar su rumbo, por simple miedo a sufrir sangría de votantes hacia esas nuevas formaciones. Y eso ocurre tanto si los emergentes logran consolidarse como si no. Esto último es lo más habitual y es sobre lo que trataremos en este libro. Pero antes, hablemos un poco de las:
Aunque en esta obra nos centraremos en España, parece útil traer a colación paralelismos en otros países occidentales, que nos ayudarán a entender mejor lo que hemos vivido y estamos viviendo en términos de partidos políticos en nuestra nación. Dicho esto, consideremos que los partidos emergentes ofrecen, no siempre pero sí a menudo:
Los emergentes suelen captar la atención del electorado al ofrecer algo tan nuevo como distinto. Se presentan como una alternativa frente a los partidos tradicionales, a los que, con frecuencia, la ciudadanía ve como ineficaces o desconectados de las preocupaciones reales de la población. Tal novedad es una buena carta de presentación, ya que, gracias a ella, pueden atraer con rapidez a votantes descontentos.
A nivel internacional, un ejemplo claro es La République En Marche! (LREM) en Francia, fundado por Emmanuel Macron en 2016. Este partido surgió en un momento en que los ciudadanos franceses se sentían frustrados por los partidos tradicionales, tanto de derechas como de izquierdas. Macron aprovechó tal descontento y posicionó a LREM como un movimiento que rompía con las viejas estructuras políticas, lo que le permitió ganar las elecciones presidenciales y legislativas de forma arrolladora, en 2017.
En España, un ejemplo similar fue Podemos, que surgió en 2014 como una respuesta a la crisis económica y al malestar social tras la recesión. Al igual que LREM, Podemos logró conectar con los ciudadanos que buscaban una alternativa a los partidos tradicionales, ofreciendo una propuesta de regeneración crítica con las élites políticas, lo que le permitió un rápido ascenso electoral. También en este sentido, UPyD fue un partido que apareció con un discurso de regeneración política en 2007, aunque con menos éxito en su consolidación a largo plazo.
Los partidos emergentes no solo son nuevos, sino que también presentan propuestas que se desmarcan de las políticas tradicionales. Suelen enfocar sus programas en problemas que los partidos establecidos no han tratado con suficiente atención, o en temas que preocupan especialmente a ciertos sectores de la sociedad.
En Italia, el Movimiento Cinco Estrellas (M5S), fundado por el cómico Beppe Grillo, es buen ejemplo de partido emergente con propuestas diferenciadas. M5S surgió con una agenda de democracia directa, anticorrupción y crítica a la élite política, lo que atrajo a votantes desilusionados con los partidos tradicionales italianos. Aunque comenzó como un partido antisistema, fue capaz de atraer a una porción significativa del electorado, hasta llegar a ser la fuerza más votada en las elecciones generales de 2018.
En España, Ciudadanos apareció con un discurso similar al de M5S, centrado en la regeneración democrática, la lucha contra la corrupción y la defensa de la unidad de España frente al independentismo catalán. Ciudadanos capturó una gran parte del voto de aquellos ciudadanos que no se sentían representados ni por el PP ni por el PSOE. Por otro lado, Vox, fundado en 2013, ha crecido con rapidez al hacer prioritarios en su agenda temas tales como la inmigración, la unidad nacional o la crítica al globalismo.
Muchos partidos emergentes dependen en gran medida de la figura de un líder carismático, que impulsa su crecimiento y conecta con los votantes. Estos líderes suelen ser el rostro del partido y atraen a los ciudadanos a través de un discurso emocional o enérgico. Sin embargo, esta dependencia del líder puede ser una espada de doble filo, ya que, si el líder se retira o cae en desgracia, el partido puede tambalearse.
En Austria, el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), bajo la dirección de Jörg Haider, creció significativamente gracias al liderazgo carismático y la retórica populista de este último. Haider consiguió aumentar los apoyos al FPÖ, atrayendo a votantes descontentos con los partidos tradicionales. Sin embargo, tras abandonar el liderazgo, el partido enfrentó una crisis que afectó su cohesión interna y su crecimiento posterior.
En España, Albert Rivera fue una figura clave para el ascenso de Ciudadanos. Con su defensa apasionada de la unidad de España y su retórica regeneracionista, Rivera se convirtió en el rostro del partido. Sin embargo, al igual que Haider en Austria, la salida de Rivera tras los malos resultados electorales de 2019 (de los que él fue en buena medida responsable) sumió a Ciudadanos en una crisis interna que lo ha llevado a la práctica desaparición. En contraste, Santiago Abascal, líder de Vox, ha sido fundamental para el crecimiento del partido, posicionándolo como una alternativa a la derecha del PP y atrayendo a un electorado que busca un discurso más nacionalista y antiinmigración.
Una de las principales dificultades que enfrentan los partidos emergentes es la falta de una estructura organizativa sólida. Los partidos tradicionales, con años o décadas de experiencia, han construido redes fuertes a nivel local y regional, lo que les otorga una gran ventaja en las elecciones. Los partidos emergentes, al carecer de esta estructura, pueden tener dificultades para mantenerse a largo plazo.
Un ejemplo de ello es Alternativa para Alemania (AfD), un partido que ha crecido rápidamente en las elecciones nacionales alemanas, pero que sigue enfrentando dificultades para consolidarse en algunas regiones. Aunque ha conseguido atraer a una base de votantes significativa, la falta de una red organizativa fuerte ha limitado su capacidad para competir en todos los niveles del sistema político alemán.
En España, tanto Podemos como Ciudadanos enfrentaron problemas similares. Ambos partidos experimentaron un crecimiento rápido a nivel nacional, pero carecieron de una implantación territorial sólida en muchas regiones, lo que dificultó su competencia en elecciones locales y autonómicas. Este problema también afectó a UPyD, que nunca logró consolidar una red organizativa fuerte fuera de sus núcleos de votantes en Madrid y algunas otras grandes ciudades.
El electorado de los partidos emergentes suele ser más volátil que el de los partidos tradicionales. Aunque estos partidos pueden atraer a un gran número de votantes descontentos, y hacerlo con rapidez, esos mismos votantes pueden cambiar su apoyo con igual velocidad si sienten que el partido no cumple con sus expectativas o si surge una nueva opción política aún más atractiva.
En el Reino Unido, el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) es un ejemplo claro de esta volatilidad electoral. El UKIP logró captar una gran cantidad de votos a favor del Brexit, pero tras la victoria del Leave en el referéndum de 2016, muchos de sus votantes regresaron a los partidos tradicionales, lo que provocó el declive del UKIP.
En España, el caso de Ciudadanos es similar. Después de obtener un éxito considerable en las elecciones de 2015 y 2016, el partido sufrió una caída drástica en su apoyo tras las elecciones generales de 2019, cuando su negativa a pactar con el PSOE le hizo perder una gran parte de su electorado centrista. Vox, por otro lado, ha logrado consolidarse en el espectro de la derecha, aunque también enfrenta el reto de mantener su base electoral a medida que evoluciona el panorama político.
La estructura débil, la falta de consolidación territorial y un electorado volátil son algunos de los factores que dificultan que los partidos emergentes se consoliden como fuerzas políticas relevantes o siquiera duraderas. Y estamos hablando de aquellos que lograron buenos resultados en sus primeros años, porque muchos ni siquiera llegan a despegar.
A nivel internacional, el Movimiento Cinco Estrellas en Italia ha tenido dificultades para mantener su cohesión interna y su apoyo popular después de su éxito electoral inicial. Aunque sigue siendo un partido importante, ha tenido que adaptarse a un contexto político en constante cambio, lo que ha provocado tensiones internas.
En España, ni Podemos ni Ciudadanos fueron ajenos a este problema. Su poca solidez como organización y los conflictos internos afectaron su capacidad para mantenerse como fuerzas relevantes, en el caso de Podemos, o siquiera seguir existiendo, como sucedió con Ciudadanos. Por su parte, Vox, en el momento de escribir este libro, sufre una sangría interna a cámara lenta, incluida la marcha de no pocos de sus pesos pesados políticos de la etapa anterior.
[Algo que entiendo que también es esencial de los partidos emergentes es su carácter esencialmente caduco. Son efímeros por definición, nacen y desaparecen al estilo río Guadiana. Por eso, presentan, en general, esas estructuras materiales, económicas y de organización tan provisional y manifiestamente mejorable. Este carácter perecedero no debemos mirarlo, en mi opinión, como negativo en todo caso, máxime en un país en que se reprocha cierta debilidad de nuestro marco democrático por aquello de la partitocracia. Es muy digno cumplir una misión histórica concreta y después extinguirse, para renacer como un orgulloso Ícaro de sus propias cenizas. A.S.]
En resumen, y para no alargarnos más en lo que es, en realidad, un preámbulo escrito para definir el tema de este libro, diremos que los partidos emergentes surgen como alternativas políticas durante las crisis o en momentos de declive de las propuestas tradicionales. Llegan con sus bazas a favor y en contra, algunas de las cuales acabamos de comentar para ir definiendo su retrato. Son volátiles por diversos motivos y, al menos en España hasta ahora, todos han acabado desapareciendo o reducidos a una situación de marginalidad (está por ver qué ocurre con Vox). Sobre las razones de este fracaso, repetido una y otra vez, trata este libro.
Hablar de partidos emergentes en España durante la Transición carece de mucho sentido en los términos planteados en el capítulo anterior. España salía de un régimen dictatorial donde solo existía un partido único: el Movimiento Nacional, que no era más que un artificio al servicio de los intereses de Francisco Franco. Tras la muerte del dictador, en 1975, y con la llegada de la democracia en 1978, se produjo una explosión de partidos políticos de toda orientación ideológica. De aquella multitud de formaciones, algunas minoritarias lograron obtener representación efímera en el parlamento nacional. Sin embargo, muchas de ellas desaparecieron: unas por un declive progresivo, otras de manera abrupta en las elecciones siguientes, o bien absorbidas por formaciones más grandes a medida que se consolidaba el sistema político actual.
En los primeros años de la democracia surgieron pequeños partidos muy diversos. Por ejemplo, el Partido Socialista Popular (PSP), liderado por Tierno Galván y de orientación marxista, acabó integrándose en el PSOE en 1978. También se encontraba Euskadiko Ezkerra, una coalición de izquierda vasquista que experimentó un declive electoral hasta integrarse, en 1993, en el PSOE. En el extremo opuesto del espectro político estaba Fuerza Nueva, liderada por Blas Piñar y de corte tardofranquista, que llegó a tener representación parlamentaria, pero terminó convirtiéndose en un partido extraparlamentario hasta desaparecer por completo.
En la derecha política, varios partidos menores sobrevivieron integrándose en Alianza Popular (AP), entre ellos Acción Democrática Española (ADE), Unión Nacional Española (UNE) y el Partido Demócrata Progresista (PDPr). Este conglomerado terminó por transformarse en el Partido Popular (PP) en 1989, lo que marcó el fin de una ficticia alianza de partidos que no tenían opciones reales de éxito electoral si se presentaban por separado.
De esta vorágine política surgieron dos grandes ganadores: el PSOE y el PP, dando lugar al modelo que conocemos como bipartidismo imperfecto.
Para comprender hacia dónde ha evolucionado la democracia española y, en consecuencia, el fenómeno de los partidos emergentes, es imprescindible analizar el bipartidismo imperfecto que domina el panorama político nacional desde los años 80 del siglo pasado. Aunque se suele denominar a este periodo como el de la Transición, quizás sería más preciso reservar ese término para la etapa de consolidación democrática de los años 70 y considerar que, desde entonces, vivimos en el Régimen del bipartidismo imperfecto.
Este sistema se caracteriza por la existencia de dos partidos tradicionalmente hegemónicos (aunque cada vez menos): el PSOE, identificado como partido de izquierdas, y el PP, que es una coalición de liberales económicos, conservadores y, en otros tiempos, sectores de ultraderecha, parte de los cuales han emigrado a Vox. Durante casi medio siglo, estos dos partidos se han alternado en el poder. Sin embargo, debido a la dificultad de alcanzar mayorías absolutas en las urnas, no siempre les ha sido posible gobernar en solitario, lo que da lugar a la denominación de «imperfecto».
Ante la ausencia de mayorías absolutas, tanto el PP como el PSOE han recurrido con frecuencia a pactos con partidos minoritarios. Lo curioso es que, en muchas ocasiones, estas alianzas se han dado con formaciones nacionalistas conservadoras, como el PNV o la desaparecida CiU, o con partidos que, escudados en la defensa de intereses regionales, trabajan contra la igualdad entre ciudadanos, como es el caso ERC o los antes citados PNV o CiU. Por su parte, el PSOE siempre evitó pactar con su izquierda, con el PCE o con IU, la coalición en la que se integró más tarde este último. El PP, en cambio, se vio siempre ante un escenario más sencillo, ya que no había partidos a su derecha con representación parlamentaria, hasta la aparición de Vox.
En una democracia parlamentaria, en realidad, nadie gana unas elecciones. Los partidos obtienen votos y, con ello, cierto número de escaños. Pero no son los ciudadanos quienes eligen al presidente del gobierno, sino el Parlamento. Así, los partidos mayoritarios, al no conseguir mayorías absolutas, deben pactar con formaciones menores para formar gobierno. Hasta aquí, el proceso resulta normal.
El problema radica en que los dos partidos hegemónicos han mostrado, en numerosas ocasiones, más avidez de poder que sentido de estado. Para alcanzar la presidencia, no han dudado en renunciar a principios fundamentales que públicamente defienden, lo que ha generado una considerable frustración entre sus votantes.
No obstante, esta no es la única razón que explica la aparición de partidos emergentes desde finales de la primera década del siglo XXI. También está la incapacidad de los dos grandes partidos para llegar a acuerdos entre ellos, algo que se ha convertido en norma desde que el expresidente Zapatero utilizó el guerracivilismo como estrategia para polarizar el electorado y consolidar su base de votantes.
Además, destaca el creciente alejamiento entre los partidos y la ciudadanía, o la percepción de esta última de que la política se ha convertido en un entramado de despilfarro, corrupción y clientelismo, mientras los ciudadanos soportan una presión fiscal cada vez mayor a cambio de servicios públicos que, a menudo, se perciben como cada vez más escasos y peores.
Aunque este libro no está dedicado a analizar la brecha, cada vez mayor, entre la clase política española y la ciudadanía, es inevitable mencionarla. Sin esta desconexión, no se entiende la irrupción de los partidos emergentes en España.
Este libro se centrará, sobre todo, en los partidos emergentes a nivel nacional y surgidos durante el siglo XXI, aunque este fenómeno también se ha dado y se da a nivel regional y, por supuesto, local. Un ejemplo destacado de esto último es el caso de Vecinos por Torrelodones, que logró ostentar la alcaldía de Torrelodones durante varias legislaturas consecutivas.
Hecha esta precisión, debemos comenzar, sin embargo, por Ciudadanos (Cs), un partido que nació en Cataluña en 2006, a partir de una plataforma fundada en 2005. Dicha plataforma fue creada por un grupo de intelectuales opuestos al nacionalismo catalán, quienes, no obstante, no participaron orgánicamente en la formación del futuro partido. Cs (Ciutadans) obtuvo un gran éxito en Cataluña al lograr 3 diputados en el parlamento regional, lo que le animó a presentarse a nivel nacional en 2008.
Ese mismo año surgió Unión, Progreso y Democracia (UPyD), impulsado también por un grupo de intelectuales, algunos de los cuales participaron activamente en el partido y otros no. Su líder sería Rosa Díez, exdirigente del PSOE. Los motores ideológicos de UPyD fueron también una reacción contra el nacionalismo, combinada con una apuesta por la regeneración democrática, fundamentada en la defensa de una reforma de la actual Constitución.
Ambos partidos se presentaron a las elecciones generales de 2008. Con propuestas en parte similares, entraron por fuerza en competencia. En esa ocasión, el ganador claro fue UPyD, que obtuvo 306.079 votos, suficientes para conseguir un escaño en Madrid para Rosa Díez. Por su parte, Ciutadans solo cosechó 46.313 votos, quedándose fuera del Parlamento.
El buen resultado de UPyD tuvo su punto más alto en las elecciones generales de 2011, cuando consiguió 5 escaños: cuatro por Madrid y uno por Valencia. Sin embargo, tras ese logro, vendría el derrumbe.
Ese año de 2008, en el que UPyD consiguió su primer escaño, marcó también el inicio de una gran crisis económica que generó una profunda insatisfacción social. Esta situación desencadenó convulsiones ciudadanas, que algunos aprovecharon para abrirse paso en el hasta entonces cerrado coto de la política española. En 2011, mientras UPyD alcanzaba su máximo resultado a nivel nacional, eclosionó el movimiento 15M, llamado así porque se inició el 15 de mayo. Se produjeron manifestaciones masivas en más de 50 ciudades españolas, convocadas por diversas plataformas. El éxito fue tal que los manifestantes en Madrid decidieron acampar en la Puerta del Sol, ocupando este emblemático lugar durante semanas.
De todo aquel hervidero social, sacó partido un grupo de teóricos de extrema izquierda, profesores de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid, para impulsar la creación de Podemos, con el respaldo de Anticapitalistas, un grupo trotskista previamente existente.
El grupo fundador de Podemos mostró habilidad estratégica. Aprovechando que las críticas de los integrantes del 15M se dirigían contra toda la clase política, sin distinción, se presentaron como una alternativa transversal, capaz de integrar distintas sensibilidades. Su rápida expansión fue tan eficaz a corto plazo como inestable a la larga. Basaron su crecimiento en la confrontación directa con el poder establecido y en la creación de círculos, que eran agrupaciones tanto locales como temáticas de simpatizantes del partido. Esos círculos eran, supuestamente, las bases que permitían debatir y proponer, pero se mostraron como poco más que artificios para dar una ilusión de participación y, una vez que dejaron de ser útiles para la estrategia de nacimiento y crecimiento, no tardaron es ser relegados al olvido.
Las elecciones de 2015 supusieron un verdadero terremoto que parecía romper, por fin, el inmovilismo del bipartidismo español. Podemos acudió a esos comicios muy cambiado respecto a sus inicios. Había abandonado su supuesta transversalidad para abrazar una ideología de izquierda radical. Anticapitalistas carecía ya de relevancia en el poder interno, mientras que Pablo Iglesias se había hecho con el control absoluto del partido. Podemos obtuvo nada menos que 40 escaños, respaldados por el 12,69 % de los votos nacionales. Con una estrategia hábil (al menos a corto plazo, ya que es algo terminaría pasándole una factura onerosa) de alianzas con diversos partidos regionales de extrema izquierda y tintes nacionalistas, logró alcanzar la cifra de 69 diputados, lo que suponía una representación más que considerable en un parlamento nacional de 350 escaños.
Por su parte, Ciudadanos, rehecho tras su descalabro de 2008, logró entrar en el Parlamento con otros 40 escaños, gracias al 13,93 % de los votos. El destartalado sistema electoral español explica que, pese a tener un porcentaje superior, obtuviera menos sillones que Podemos. Esto se debe a la distribución provincial y a la aplicación de la ley D'Hont a nivel territorial. Ciudadanos obtuvo estos resultados presentándose como un partido transversal y centrista, capaz de atraer a los votantes más moderados tanto del PSOE como del PP.
UPyD, en cambio, sufrió una derrota catastrófica en esta nueva competencia con Ciudadanos. Perdió todos sus escaños y, a diferencia de su rival, no logró rehacerse, desapareciendo poco después.
El sistema bipartidista parecía, por fin, liquidado.
Además, entraba en escena un nuevo jugador: Vox, un partido de derecha extrema, fundado en 2013 por antiguos miembros del PP, algunos de ellos de gran relevancia. Aunque inicialmente no consiguió representación parlamentaria, logró mantenerse gracias a varios concejales en diversos municipios. La formación eclosionó en 2018, obteniendo, por primera vez, escaños en el Parlamento andaluz. Para entonces, Santiago Abascal, uno de los fundadores, ya se había hecho con el liderazgo del partido, mientras que el resto de los impulsores originales habían abandonado la formación.
El bipartidismo, sin embargo, no ha desaparecido. No se puede hablar de multipartidismo, ya que en España siguen existiendo dos partidos hegemónicos que, aunque encuentran cada vez más difícil gobernar en solitario, continúan siendo incapaces de pactar entre ellos. La situación, al momento de escribir este libro, es la de un bipartidismo aún más imperfecto que el de hace años. Solo hay que ver el caso del PSOE, que se ve obligado a componendas con un manojo de partidos de tendencias muy diversas y con intereses que, a menudo, son contrapuestos entre sí.
La gobernabilidad se ha vuelto enrevesada, con alianzas que pueden rozar lo delirante y cesiones que, en ocasiones, resultan leoninas. Pero nada de eso es el objeto de este libro. Lo que sí nos ocupa son los partidos emergentes. Todos: aquellos que lograron asomarse al escenario político y los que no, aunque hasta ahora, hemos hablado solo de los que consiguieron representación en el Congreso de los Diputados.
Sin embargo, ¿cómo podríamos olvidar a los que nunca lo lograron o a los que no llegaron ni a despegar? Esos son y serán la mayoría. En 2021, había cerca de 5.000 partidos políticos inscritos en el Ministerio del Interior, y ahora su número asciende a más de 6.000. Muchos de ellos son simples siglas zombis: organizaciones inactivas que permanecen en el registro de partidos políticos del Ministerio del Interior, porque solo una fracción solicita su baja oficial. Aunque una gran parte de estos partidos tienen un alcance local o regional, no pocos nacieron con la intención de ser actores nacionales.
Este libro se adentrará en los factores que explican el fracaso de tantos partidos emergentes: los que subieron y cayeron, los que no despegaron y los que ni siquiera llegaron a nacer plenamente. No lo hacemos como burla, sino con el propósito de comprender el fenómeno y, quizá, aportar algo de luz a quienes deseen crear nuevos proyectos políticos.
El futuro político de España sigue abierto mientras se mantenga la democracia. Por tanto, siempre existirá la posibilidad de que surjan nuevas formaciones capaces de responder a los retos y problemas estructurales, sociales, legales y económicos del país. Pero, quienes repitan los errores de los emergentes que les precedieron, estarán condenados a sufrir su mismo destino común: el fracaso.
Por una simple cuestión práctica, vamos a clasificar los grandes factores que causan el fracaso de los partidos emergentes en dos tipos: endógenos y exógenos. Es decir, aquellos que están en la propia estructura o cultura de la organización, y esos otros que provienen de lo externo, del contexto.
Y vamos ya, sin más preámbulos, con los endógenos.
De entrada, nos topamos con un elemento que, gran paradoja, es uno de los motores que animan el alumbramiento de los partidos emergentes, que impulsan su auge pero que, a menudo, se convierte a la larga en un factor letal que contribuye a su extinción.
Estamos hablando del reactivismo: es decir, que estos partidos nacen como reacción a situaciones políticas, económicas y/o sociales que generan descontento en, al menos, parte de la ciudadanía. Tales han sido los casos de Ciudadanos, UPyD, Podemos o Vox, aunque cada uno surge como reacción a elementos políticos bien distintos. Sin embargo, en general, la crisis económica de 2008, los casos de corrupción que salpican de manera recurrente a los partidos tradicionales, el chantaje permanente y la desigualdad causada por los nacionalismos periféricos, así como la percepción de una clase política alejada de las necesidades reales de la gente de a pie, constituyen el caldo de cultivo que ha permitido a estas nuevas formaciones captar la atención y el apoyo de muchos españoles, erosionando el bipartidismo imperfecto que durante décadas ha marcado la vida política española.
Ese carácter reactivo les ha servido para aglutinar a quienes se sentían defraudados por el sistema vigente. Sus discursos se centraban en aquello que pretendían combatir y en la propuesta de cambios radicales, resonando como un trueno entre los ciudadanos deseosos de soluciones y de un golpe de timón político.
Sin embargo, con el tiempo, ese mismo carácter reactivo ha pasado factura a todos y cada uno de estos partidos. Lo que inicialmente les otorgaba visibilidad y aglutinaba voluntades acabó convirtiéndose en un obstáculo para su consolidación como alternativas reales, e incluso para su propia supervivencia.
UPyD es un buen ejemplo de partido emergente que, tras unos inicios prometedores, terminó derrumbándose con brusquedad, en tan solo unas elecciones. Surgió como respuesta al cambalache entre el bipartidismo y el nacionalismo periférico, a menudo a costa de los ciudadanos. Aunque abanderaba propuestas más proactivas, como la regeneración democrática, y gozó del reconocimiento ciudadano por su lucha contra la corrupción, su incapacidad para adaptarse a un panorama político en constante cambio y su competencia con Ciudadanos por el mismo electorado le llevo a su súbito colapso.
Ciudadanos, por su parte, nació en Cataluña como respuesta al nacionalismo obligatorio y a las imposiciones lingüísticas. Su postura contraria al independentismo le valió apoyos significativos, especialmente en zonas donde el debate era más intenso. Al expandirse a nivel nacional, intentó posicionarse como un partido de centro (al menos al principio). Sin embargo, su falta de propuestas claras en muchos ámbitos (como tardar demasiado en nombrar un responsable del área económica), su ambigüedad ideológica y sus bandazos en alianzas políticas terminaron pasándole factura.
El caso de Podemos es también ilustrativo. Supo capitalizar el movimiento 15-M, que surgió del descontento de las víctimas de la crisis económica y las políticas de austeridad. Su discurso contra la casta conectó rápidamente con muchos ciudadanos. Sin embargo, al crecer y entrar en las instituciones, se enfrentó el problema de pasar de la protesta a la propuesta. Sus posicionamientos extremistas, así como las tensiones internas, terminaron reduciéndolo, de ser una opción real de gobierno, a un partido casi residual en la actualidad.
El nacimiento de Vox también fue claramente reactivo, en este caso frente a lo que consideraban amenazas a la identidad nacional y ciertos valores. Su discurso contra el independentismo y la inmigración irregular, y en defensa de una visión conservadora de la sociedad y del liberalismo económico, atrajo a un sector de la población que se sentía abandonado por los partidos tradicionales. Sin embargo, su imagen de pura confrontación, sumada a los habituales problemas internos (que serán tratados en otro capítulo), ha provocado un retroceso electoral significativo de la formación.
El ejemplo de estos cuatro partidos, que lograron alcanzar el Parlamento, pone de manifiesto la paradoja de que aquello que los lleva al éxito inicial puede también impedirles desarrollarse o incluso sobrevivir a largo plazo. Centrar su discurso en lo que rechazan puede terminar provocando, a su vez, el rechazo de quienes buscan no solo crítica y confrontación, sino también propuestas constructivas.
El último partido emergente en poner pie (en el momento de escribir este libro) en la arena política española es SALF, reactivo hasta la médula. Proyecto personal de Alvise Pérez, ha supuesto un auténtico terremoto, al no depender de los medios de comunicación tradicionales, logrando entrar con tres eurodiputados en la Cámara Europea gracias a una campaña muy agresiva contra la política tradicional y políticos concretos, especialmente a través de redes sociales como TikTok. Es pronto para evaluarlo, en términos de los objetivos de este capítulo, ya que el primer gran varapalo que ha sufrido no está relacionado con su carácter reactivo y sí a manejos poco claros de fondos para su campaña.
[Tengo muchas dudas que VOX sea fruto de un día e inicie un declive propio de los partidos emergentes que le conduzca a una triste agonía, y finalmente a su desaparición. Antes al contrario, Abascal, a diferencia de otros líderes de partidos emergentes tiene una gran experiencia en política. Se podría decir que no ha hecho otra cosa en su vida, por lo que no percibo que vaya a ser un rival fácil para los partidos tradicionales. En este contexto se puede entender la salida de su partido de los gobiernos autonómicos con el PP en Julio de 2024 para evitar su absorción por el pez grande popular tal como le sucedió a Ciudadanos. Además VOX cuenta con un apoyo internacional, absolutamente inusual, para un partido con poco alcance. Presiento que es una organización con futuro que quizás con el tiempo lo consolide como un partido convencional más del tablero democrático español. A.S.]
Pero desglosemos un poco.
Imaginemos estar en una sala donde nadie escucha nuestras quejas. Y, de repente, alguien se levanta y expresa, en voz alta justo, lo que nosotros pensamos. Ese ha sido el poder de los partidos emergentes en España. Convertirse en la voz de aquellos que se sienten ninguneados. Y sus bazas son:
• Conexión con el descontento. Porque captan la frustración pública ante problemas reales o percibidos, que van desde la corrupción al desempleo, pasando por los agravios territoriales. Y se presentan como una alternativa regenerados frente a un sistema estancado.
• Movilización rápida. Al centrarse en problemas palpables y candentes, pueden movilizar muchas voluntades en poco tiempo. Las redes sociales, en este sentido, han sido buenas aliadas de estos partidos.
• Imagen de auténticos. Al no estar conectado con las estructuras políticas tradicionales, proyectan una imagen de honradez y cercanía, pareciendo entender mejor las necesidades del común.
Pero, ¿qué pasa cuando el enojo, a la larga, resulta no ser suficiente? Porque, si un partido se centra demasiado en criticar, puede quedarse atrapado en la pataleta. Y sus errores son, en tal caso:
• Falta de propuestas globales. Criticar es fácil, pero proponer con sensatez no lo es tanto. Los ciudadanos esperan soluciones a sus problemas, no solo que les digan que algo va mal. Además, esperan propuestas en todos los ámbitos, no únicamente en las cuestiones que impulsaron el nacimiento de tal o cual partido.
• Inconsistencia. Sin un plan sólido previo, es difícil mantener una dirección clara, lo cual genera desconfianza en los votantes.
• Dependencia de las circunstancias. Si un partido se alimenta solo del descontento, ¿qué ocurre cuando ese sentimiento disminuye entre los votantes o deja paso a otras prioridades? Esto puede provocar una rápida pérdida de relevancia.
• Fijación de imagen. Un partido reactivo corre el riesgo de que los votantes lo identifiquen demasiado con los temas por los que nació, oscureciendo su imagen y haciendo que posibles votantes lo descarten como opción electoral.
La sociología política ofrece claves para entender el fenómeno de este tipo de partidos emergentes. En momentos de crisis o incertidumbre, es común que surjan movimientos y partidos que prometen cambios profundos. La ciudadanía, decepcionada con las opciones existentes, se muestra receptiva a nuevas voces que prometen romper con el pasado. Sin embargo, mantener ese apoyo requiere más que retórica y denuncias: es necesario ofrecer una visión clara del futuro y un programa detallado de políticas que aborden las necesidades y aspiraciones de la población.
Por su parte, la antropología política nos recuerda la importancia de las narrativas y los símbolos en la construcción de identidades colectivas. Los partidos emergentes suelen utilizar un lenguaje que apela a emociones profundas, como la indignación, el miedo o la esperanza. Esto puede ser efectivo a corto plazo, pero, si no se complementa con propuestas sólidas, genera frustración y desencanto entre quienes inicialmente los apoyaron con entusiasmo.
Otro factor a considerar es la comunicación política. En la era de las redes sociales y la información instantánea, los partidos tienen la oportunidad de llegar directamente a los ciudadanos sin intermediarios. Sin embargo, esto también conlleva el riesgo de simplificar en exceso los mensajes o caer en la demagogia. La construcción de un relato político coherente y honesto es fundamental para establecer una relación de confianza con el electorado.
