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¿Qué hacer frente a un hecho tan aberrante como un genocidio cuando sus perpetradores se empecinan en negarlo? ¿Cómo difundir una verdad que ha sido ocultada premeditadamente? El Genocidio Armenio es el primer genocidio sistemático del siglo XX. Fue perpetrado por el Estado turco entre 1915 y 1923, y dejó un saldo de más de un millón y medio de armenios asesinados. Tanto su planificación como su ejecución la transforman en un hito histórico dentro de la historia de la Humanidad, por su magnitud y crueldad. Existen probadas evidencias para considerarlo un antecedente directo del Holocausto Judío. Sin embargo, casi un siglo después de su ejecución, y pese a que la comunidad internacional lo ha catalogado como un crimen imprescriptible de lesa humanidad, la actual República de Turquía sigue negándolo. Este libro ofrece un valioso recorrido por la Cuestión Armenia, al compilar textos de reconocidos especialistas en la materia, con una mirada crítica y reflexiva. La perspectiva histórica se enriquece con el encuadre jurídico del genocidio dentro del Derecho Internacional y un análisis detallado del pueblo armenio: su origen, su cultura y sus territorios legítimos, de los cuales fueron brutalmente expulsados hacia una muerte segura. Asimismo describe el contexto de la Primera Guerra Mundial, que el Estado turco utilizo como excusa para deshacerse de los armenios. Al respecto, se aportan documentos oficiales del Partido de los Jóvenes Turcos y se ofrece un panorama detallado de cada una de las etapas del plan genocida, por último, en el Anexo documental se presenta un a cronología del genocidio, leyes nacionales e internacionales, artículos periodísticos y una serie de textos sobre la lucha por el reconocimiento y la reparación de las víctimas. El genocidio silenciado, de Súlim Granovsky, es un material de lectura ineludible tanto para especialistas como para quienes aún desconocen el tema, pero saben que sólo la verdad dicha a viva voz puede evitar que estos hechos aberrantes vuelvan a repetirse.
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Seitenzahl: 466
Veröffentlichungsjahr: 2021
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¿Qué hacer frente a un hecho tan aberrante como un genocidio cuando sus perpetradores se empecinan en negarlo? ¿Cómo difundir una verdad que ha sido ocultada premeditadamente?
El Genocidio Armenio es el primer genocidio sistemático del siglo XX. Fue perpetrado por el Estado turco entre 1915 y 1923, y dejó un saldo de más de un millón y medio de armenios asesinados. Tanto su planificación como su ejecución lo transforman en un hito histórico dentro de la historia de la Humanidad, por su magnitud y crueldad. Existen probadas evidencias para considerarlo un antecedente directo del Holocausto Judío. Sin embargo, casi un siglo después de su ejecución, y pese a que la comunidad internacional lo ha catalogado como un crimen imprescriptible de lesa humanidad, la actual República de Turquía sigue negándolo.
Este libro ofrece un valioso recorrido por la Cuestión Armenia, al compilar textos de reconocidos especialistas en la materia, con una mirada crítica y reflexiva. La perspectiva histórica se enriquece con el encuadre jurídico del genocidio dentro del Derecho Internacional y un análisis detallado del pueblo armenio: su origen, su cultura y sus territorios legítimos, de los cuales fueron brutalmente expulsados hacia una muerte segura. Asimismo, describe el contexto de la Primera Guerra Mundial, que el Estado turco utilizó como excusa para deshacerse de los armenios. Al respecto, se aportan documentos oficiales del Partido de los Jóvenes Turcos y se ofrece un panorama detallado de cada una de las etapas del plan genocida. Por último, en el Anexo documental se presenta una cronología del genocidio, leyes nacionales e internacionales, artículos periodísticos y una serie de textos sobre la lucha por el reconocimiento y la reparación de las víctimas.
El genocidio silenciado, de Súlim Granovsky, es un material de lectura ineludible tanto para especialistas como para quienes aún desconocen el tema, pero saben que sólo la verdad dicha a viva voz puede evitar que estos hechos aberrantes vuelvan a repetirse.
Súlim Granovsky nació en 1924 en la Ciudad de Buenos Aires, en el barrio de Barracas. Se educó en la escuela pública, primaria y secundaria, y en la UBA. Su primer vínculo con la industria editorial fue como corrector y traductor. En el viaje de bodas, junto con su esposa Eva, cumplieron el compromiso perentorio de concluir la corrección de la primera edición argentina del Diario de Ana Frank. Tras el nacimiento de su hijo Martín Enrique, futuro periodista, Súlim Granovsky adoptó el seudónimo Enrique Martín, que conservó en su paso por el periodismo. Fue columnista free lance de El Economista, redactor de la contratapa de economía del diario El Mundo y director de la revista de comercio exterior Intercambio. Compartió con el constitucionalista y politólogo Arturo Sampay la creación de la revista Realidad Económica. Durante años efectuó investigaciones para el quincenario Acción. La última dictadura militar canceló su paso por el periodismo.
El presente trabajo sobre el Genocidio Armenio, perpetrado por el Estado turco (1915-1923), forma parte de su investigación acerca de los genocidios sistemáticos del siglo XX.
Súlim Granovsky
El genocidio silenciadoHolocausto del pueblo armenio
Compilación de documentos acerca de la Cuestión Armenia y el Genocidio turco contra el pueblo armenio (1915-1923)
A mi madre,
que inspiró este trabajo
y motivó mi deuda de gratitud
con la comunidad armenia
A Eva,
por su apoyo y solidaridad de siempre
A Eva; a mis hijos Martín, Paula y Jorge; a mis nietos, Julieta, Iván y Bárbara; en fin, a toda mi familia, que coincidió con mis amigas y amigos en que esta recopilación es un entrenamiento para mis neuronas.
A Pascual Carlos Ohanian —seguramente, el intelectual argentino mejor documentado sobre el genocidio contra los armenios, autor de textos de ineludible consulta—, por el generoso prólogo.
La realidad ha superado siempre a la imaginación. Así lo demuestran los terribles actos cometidos por el hombre a lo largo de su historia. Ya desde el comienzo, el siglo XX dio evidentes muestras de que sería una de las etapas denominadas “negras”. Este siglo le ha costado infinidad de vidas a una especie que no deja de sorprender por su crueldad. Los testimonios de los sobrevivientes o de quienes fueron observadores de los distintos hechos aberrantes resultan increíbles por el grado de los padecimientos y de la violencia que ellos contenían.
El genocidio contra el pueblo armenio, perpetrado por el Estado turco entre 1915 y 1923, dejó más de 1.500.000 víctimas y marcó el inicio de una tendencia nefasta. Los planes de aniquilamiento masivo de diferentes pueblos, etnias, grupos de hombres, mujeres y niños sería un modo de proceder que se repetiría a lo largo de la centuria. Los genocidas y los Estados cómplices siempre se amparan en la impunidad y la negación de estos crímenes para evadir su responsabilidad.
Sin embargo, la lucha de miles de personas, organizaciones, pueblos, naciones, la fuerza de la memoria y su transmisión a través de las generaciones procuran que la luz de la justicia ilumine estos rincones oscuros de la historia de la Humanidad. Se trata de arribar a la verdad y a la justicia como únicas soluciones a tales crímenes, con el criterio de aportar cada experiencia para construir un futuro en el que nunca más nos sorprendan tan aberrantes hechos.
Es por todo ello que el Consejo Nacional Armenio de Sudamérica da su auspicio a este libro de Súlim Granovsky. Como hijo del pueblo judío, que también ha sufrido la barbarie, el autor hace su aporte intelectual a la búsqueda del reconocimiento internacional y posterior reparación que merece el pueblo armenio por el genocidio sufrido a manos del Estado turco.
Cuando aún eran pocos quienes reconocían la existencia del Genocidio Armenio, un siniestro y nefasto personaje daba testimonio de ese aberrante suceso. Fue días antes de la invasión de Polonia, el 22 de agosto de 1939 en Obersalszberg, cuando Hitler adelantaba al Estado Mayor del ejército alemán sus planes inmisericordiosos de cómo llevar adelante la guerra que estaba por iniciar, dejando en claro que se podía germanizar territorio pero no poblaciones. Esto autorizaba el aniquilamiento de grandes masas de población civil, y para alentar esa conducta en sus generales y despejar cualquier vacilación, remató su arenga con la tristemente histórica pregunta: “Después de todo, ¿quién se acuerda hoy del aniquilamiento de los armenios?”.
Poco días después, el 1 de septiembre, comenzaría a poner en práctica sus planes, lo que daría lugar a la Segunda Guerra Mundial, la más sangrienta de la historia, con el saldo de alrededor de 50.000.000 de muertos, entre los que se contabilizan 6.000.000 de judíos, en su inmensa mayoría hombres, mujeres, niños y ancianos no combatientes, aniquilados por su sola condición de ser judíos, en los guetos y en los campos de exterminio construidos expresamente para esa criminal tarea.
Así pues, armenios y judíos han debido pasar por la experiencia más extrema a la que puede ser sometido un pueblo, por lo que no es de extrañar encontrarlos solidariamente unidos en el reclamo de Memoria, Verdad y Justicia y la plena vigencia de los Derechos Humanos.
CONVERGENCIA, por un Judaísmo Humanista y Pluralista, auspicia la publicación del libro de Súlim Granovsky, El genocidio silenciado, con la convicción de que será un valioso aporte en el reconocimiento universal del drama que le tocó vivir al pueblo armenio, hoy todavía silenciado por censurables razones geoestratégicas de intereses imperiales.
Dardo Esterovich, Sec. Gral.
Buenos Aires, septiembre de 2013
“Después de todo,
¿quién habla hoy del aniquilamiento de los armenios?”
Adolf Hitler, 1939
El hombre es un ser acotado por la duración de su vida y el ámbito espacial en el que desarrolla sus actividades; pero a su pasado personal puede sumar el pasado de generaciones que lo precedieron, internándose en la Historia, y proyectarse al futuro legando con la palabra escrita el contenido espiritual de su persona. Además, hoy más que nunca, puede expandirlo ilimitadamente a todo el orbe y al instante, gracias al casi increíble medio de las comunicaciones. Y en ese punto es donde el camino de la persona se bifurca. Porque debe elegir, elegirse.
Ante un hecho real, espantoso, que avergüenza y deshonra a la naturaleza humana, como es matar a multitudes solamente porque pertenecen a una nacionalidad, y querer esconder ese hecho de la vista del mundo, un hecho acerca del cual hoy sus autores declaran que no es verdad aunque sea una verdad absoluta día a día afirmada por todos, se plantea al ser humano la elección de callar o de hablar. De enmudecer o comunicar la verdad a sus prójimos. Súlim Granovsky ha elegido hablar, escribir, proclamar. Y desde ese momento se sumó a la larga fila de quienes jerarquizan la condición humana, de aquellos que han decidido diferenciarse de las bestias, de los monstruos, de los delincuentes.
Súlim Granovsky es, pues, un Hombre. Y con su elección, su nombre y apellido honran no solamente a Eva, su esposa; y a sus hijos, Martín, Paula y Jorge; y a sus nietos, Julieta, Iván y Bárbara; sino que honran también a quienes, pensando más que leyendo las páginas que siguen, valoramos su compañerismo en el dolor.
Después de recorrer este libro de Súlim Granovsky y reflexionar acerca de su significado profundo, me afirmo en el convencimiento de que quien sufre una congoja cuya causa se remonta a sus ancestros puede identificarse más en un sentimiento solidario con las vivencias de una nación que espera justicia, como es Armenia.
Soy un argentino hijo de padres ucranianos que emigraron a mi país en los primeros años del siglo XX. Mi madre, Paulina, habitante de Odessa, durante mi niñez me relataba sus vivencias juveniles. Por algunas de ellas, la imagino socialdemócrata, pues le dolía ver, desde su ventana, a los presos políticos del zarismo, que desfilaban arrastrando pesadas cadenas. En sus anécdotas aparecían siempre los pogromos de los cosacos del Zar, borrachos, obnubilados por un odio irracional, que invadían las viviendas de los judíos, despanzurraban los colchones (¿qué podrían encontrar fuera de miseria?), destruían los libros religiosos, asesinaban a los hombres y a los niños, violaban a las mujeres. Mi madre remarcaba que cuando en aquellos años se presagiaba la proximidad de la violencia, los armenios, heroicamente, escondían en sus casas a los vecinos judíos.
Se entiende entonces por qué tengo una deuda de gratitud con el pueblo armenio, de la cual surge mi decisión de escribir sobre su historia, que se remonta a los tiempos precristianos, y en particular sobre sus sufrimientos, aun anteriores al Genocidio de 1915.
Para la comprensión de los hechos, acudí a las fuentes de estudiosos como Vahakn Dadrian y Pascual Ohanian, entre otros. Haberlos leído y haber asimilado sus conocimientos me permitió volcarlos —interpretados o repetidos— con el ánimo de que quienes lean esta síntesis de trágicos acontecimientos de la humanidad los incorporen, los difundan y, si pueden, profundicen su estudio.
El conocimiento de lo armenio, de su cultura milenaria, no se reduce a estudiar el exterminio de comienzos del siglo XX. Pero detenerse en la tragedia del pueblo armenio a manos del Imperio turco-otomano y el Estado turco lleva a la triste conclusión de que también ése ha sido un genocidio tardíamente reconocido como tal.
Una visión fatalista diría que genocidios hubo siempre. Es verdad, pero no autoriza a admitir que seguirá siendo así inexorablemente, por los siglos de los siglos. Las persecuciones masivas tienen diversos fundamentos, algunos de conveniencia para ocultar otros fines. No es menos importante el costado económico de los conflictos que desencadenan guerras por la disputa de los mercados, el control de las materias primas estratégicas, el espacio vital —como lo reivindicaban los nazis—, la hegemonía religiosa o política, la visión contra natura de la superioridad étnica.
Hubo genocidios ignorados, como el Holocausto Gitano, y genocidios silenciados, como el Holocausto Armenio. De algunos holocaustos, la Historia ignoró su dimensión. También la ignoraron los medios de comunicación. Y qué decir de los organismos multinacionales encargados de garantizar la paz mundial, en aquel tiempo la Sociedad de las Naciones. Tuvieron memoria liviana los testigos, a quienes posiblemente el terror de verse alcanzados por el terror los hizo mirar para otro lado.
Podrían formularse muchos interrogantes en torno a los genocidios. Por ejemplo: los vecinos de los campos de concentración, ¿qué pensaban cuando veían descender de los vagones de carga a centenares de judíos, gitanos, discapacitados, débiles mentales, homosexuales, cuyas familias eran inmediatamente desmembradas por los nazis? Luego ¿veían u olían los humos de las cámaras de gas? Ajenos a la tragedia que estaba viviéndose muro de por medio, ¿levantaban sus copas sin remordimientos en las Navidades? Los turcos que miraban pasar las caravanas de la muerte de los armenios, que veían a los hombres ahorcados a la vera de los caminos, a los niños incendiados como teas, a las mujeres regaladas a los harenes, ¿no sentían el deseo humanitario de tender una mano, de alcanzar un trozo de pan o un vaso de agua? Evidentemente, no. Es probable que no lo hiciesen porque los genocidas extendían un manto de terror a su alrededor capaz de paralizar cualquier reacción humanitaria.
Tomar posición ante semejante tragedia es un compromiso impostergable.
Los exterminios siguen repitiéndose. Para que no se repitan es necesario crear una conciencia colectiva de respeto por la vida del prójimo, su principal derecho. Las leyes de un país sobre los derechos humanos se promulgan para ser cumplidas; las convenciones internacionales no se agotan sólo cuando los Estados las ratifican por puro formalismo: ha de existir el compromiso real de cumplir a rajatabla sus términos.
En la Argentina se vivió un contrasentido jurídico cuando una de las convenciones de las Naciones Unidas sobre el genocidio fue ratificada por una junta militar de un gobierno de facto que, pese a la letra de la norma internacional que ratificó, igual persiguió a adversarios y abolió las libertades públicas.
Si no media decisión política de cumplirla, la formalidad de una ratificación internacional carece de valor, salvo cuando la propia norma establece los mecanismos para obligar a los Estados.
Tragedias como la documentada en el Nunca Más, que cerró un tiempo de terror en la Argentina, con 30.000 asesinados y desaparecidos, deben ser evitadas, proscriptas y sancionadas con todo el rigor de la Ley. Los gobiernos democráticos deben apelar al recurso internacional que abren las Convenciones de las Naciones Unidas. Los pueblos, sus representantes políticos y sociales de todo el mundo no deben dejar caer esas banderas.
Rafael Lemkin fue un jurista polaco-judío nacido en 1900 en una pequeña granja cerca de Wolkowysk. Espectador y estudioso de las violencias desatadas tanto contra las etnias como contra los grupos religiosos y sociales, en 1933 aborda esos problemas en foros internacionales. Emigra a los Estados Unidos de América cuando los nazis invaden Polonia y es nombrado profesor de la Duke University.
En 1942 cumple funciones como analista en el Departamento de Guerra de Washington. En 1944 publica un libro sobre los crímenes nazis y crea el término “genocidio” (genos, “raza/clan”, y cidio, sufijo latino, “matar” “inmolar”) para calificar los asesinatos sistemáticos del nazismo y su decisión de eliminar a las comunidades judías europeas. Años antes se había sensibilizado con los horrores vividos por el pueblo armenio y el aniquilamiento —entre 1915 y 1923— de un millón y medio de armenios a manos del Imperio turco-otomano y de Turquía como su Estado sucesor.
Los líderes nazis reconocieron expresamente su intención de destruir por completo a los polacos y los rusos; de destruir demográfica y culturalmente el elemento francés en Alsacia Lorena y a pueblos eslavos. Casi logran su objetivo de exterminar a los judíos y los gitanos en Europa (...) Obviamente, la experiencia alemana es la más impresionante y más deliberada y completa, pero la historia nos ha proporcionado otros ejemplos de la destrucción de naciones enteras, así como de grupos étnicos y religiosos. Por ejemplo, la destrucción de Cartago; la de los grupos religiosos en las guerras islámicas y las Cruzadas; las masacres de los albaneses y los valdenses, y, más recientemente, la masacre de los armenios.1
Lemkin se pregunta: “¿Será asesinato en masa el nombre adecuado para un fenómeno como éste?”.2 Al preguntarse cómo puede calificarse el intento de destrucción de una nación y de borrar su personalidad cultural, considera inadecuado el término “desnacionalización” porque no resalta la destrucción biológica. Por esa misma razón, no valen los términos “germanización” o “italianización”, porque los alemanes no quieren “germanizar” a los judíos o a los polacos en la Polonia occidental (“Hitler declaró muchas veces que la germanización podría realizarse con la tierra, nunca con los hombres”3), sino erradicarlos por completo. Algo que lograron los turcos en su Imperio al aniquilar físicamente a los armenios y usurpar sus territorios y bienes.
No puede haber armenio en la tierra que no se estremezca por lo acontecido a sus antepasados. La lucha debe continuar, y requiere de todos, más allá de respetar las banderas políticas de cada uno, más allá de los conflictos internos, más allá de cada fecha, de cada discusión ideológica o filosófica, esta fecha es la más importante para los armenios: el 24 de abril marca el intento de aniquilamiento de una nación… pero esta nación no quiso morir, y no murió.4
Quisiera ver a algún poder en el mundo destruir esta raza / esta pequeña tribu de gente sin importancia cuya historia se ha terminado / cuyas batallas han sido combatidas y perdidas / cuyas estructuras han destruido / cuya literatura no es leída / cuya música no es escuchada / cuyas plegarias no se pronuncian más. / Adelante, destruyan esta raza / déjennos decir que otra vez es 1915 / hay guerra en el mundo / destruyan Armenia / a ver si pueden hacerlo / láncenlos de sus hogares al desierto / déjenlos sin pan ni agua / quemen sus casas y sus templos / vean si no viven de nuevo / vean si no ríen de nuevo / vean si logran que dejen de mofarse de las ideas del mundo / Adelante, traten de destruirlos.5
Lemkin define el término “genocidio” como “un plan coordinado compuesto por diferentes acciones que apuntan a la destrucción de los fundamentos esenciales de la vida de grupos nacionales con el objetivo de aniquilar a esos grupos”.6 El genocidio, agrega, no es un crimen nacional sino que es un crimen en el cual toda la sociedad internacional, en cuanto tal, debería estar interesada. Es legal, moral y humanitariamente un crimen internacional.
Las consideraciones culturales, señala Lemkin, se muestran a favor de la protección internacional de grupos nacionales, religiosos y culturales. Toda nuestra herencia es producto de las contribuciones de todas las naciones.
Podremos entender esto mejor cuando nos percatemos qué tanto se habría empobrecido nuestra cultura si a los pueblos sentenciados por Alemania, como el de los judíos, no se les hubiera permitido crear la Biblia, o dar a luz un Einstein, o un Spinoza; si los polacos no hubieran tenido la oportunidad de darle al mundo un Copérnico, un Chopin; los checos un Huss, un Dvorak; los griegos, un Platón o un Sócrates; los rusos, un Tolstoi o un Shostakovich.7
El genocidio en tiempo de paz crea tensiones internacionales y conduce a la guerra, intuyó acertadamente Lemkin.
1 Lemkin, Rafael, “Genocide”, en revista American Scholar, vol. 15, nº 2, abril de 1946, pp. 227-230. El texto traducido al español por Carlos Mario Molina Arrubla puede leerse en www.preventgenocide.org.
2 Ibíd.
3 Ibíd.
4 Disponible en http://www.armenia.com.uy/genocidio/genocidio_3.htm.
5 Este poema pertenece al célebre poeta armenio William Saroyan (1908-1981). Disponible en http://www.armenia.com.uy/genocidio/genocidio_3.htm.
6 Lemkin, Rafael, El dominio del Eje sobre la Europa ocupada, Fundación Carnegie para la Paz, Prometeo, Buenos Aires, 2009, cap. IX.
7 Lemkin, ob. cit.
Por su naturaleza legal, moral y humanitaria, el genocidio tiene que ser considerado un crimen internacional, y así lo hace en 1945 la Carta de las Naciones Unidas, en su artículo 1, al estimular el “respeto [internacional] de los derechos humanos”, indicando que la negación de tales derechos por cualquier Estado es materia que concierne a toda la humanidad.
¿Cómo darle estructura legal al genocidio para reconocerlo como un acto que demanda una justicia internacional? Hay antecedentes que reconocen como crímenes internacionales la piratería, el comercio de drogas, la falsificación de moneda o la trata de personas. Lemkin ya tenía claro que debe haber represión universal y, a manera de ejemplo, sostenía que, si un falsificador de moneda se fuga de la justicia de su país, puede ser sancionado válidamente en el lugar donde buscó refugio.
Extendiendo su tesis a los tiempos de guerra, afirma que, si asesinar a un judío es un crimen, el asesinato de todos los judíos y polacos es igualmente un crimen porque evidencia premeditación y un estado de sistemática criminalidad que impone el agravamiento de la sanción.
En los juicios de Núremberg, la fiscalía dijo que los acusados “condujeron un genocidio sistemático y deliberado —la exterminación de grupos raciales y nacionales— contra poblaciones civiles de ciertos territorios ocupados en orden a la destrucción de razas particulares y clases de personas, y grupos nacionales, raciales o religiosos, particularmente judíos, polacos, gitanos y otros”.8
“Únicamente después de la cesación de las hostilidades, puede revisarse el horrible cuadro de los genocidios cometidos en los países ocupados”,9 predijo acertadamente Lemkin. Seguramente, cuanto sostuvo Lemkin habrá influido en el Tribunal Militar Internacional de Núremberg (1945), que juzgó a los nazis por sus crímenes contra la humanidad e incluyó en el Acta la palabra “genocidio”, aunque todavía sin adjudicarle un valor jurídico. En Núremberg, Lemkin trabajó con un equipo norteamericano en la preparación de los juicios. La sombra de la tragedia lo alcanza cuando descubre, precisamente en Núremberg, que 49 de sus familiares, entre ellos sus padres, perdieron la vida en el Gueto de Varsovia y en las marchas de la muerte.
Lemkin murió en 1959, pobre y agotado por sus luchas. Hasta el último día bregó por que los Estados ratificasen la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio, que habían aprobado las Naciones Unidas en 1948. El término por él creado dejó de ser simplemente descriptivo cuando se reconoció legalmente el genocidio como un crimen internacional que las naciones firmantes del Acta están obligadas a evitar y a sancionar.
Según las Naciones Unidas, se entiende por genocidio:
…cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal:
Matanza de miembros del grupo.Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo.Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial.Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo.Traslado por fuerza de niños de un grupo a otro grupo.10
Para la ONU, es genocida el sujeto jurídico (Estado, autoridad gubernamental) que planea y ejecuta, u ordena ejecutar, la matanza, destrucción o el sometimiento intencional de un grupo nacional, étnico o religioso. Sin embargo, considero que no tiene mayor sentido, salvo cuando se necesitan herramientas legales para juzgar a un gobierno genocida, entrar en un juego semántico que diferencie el típico genocidio de una barbarie similar ejecutada sin que medie orden oficial, pública, de proceder al exterminio. Cualquiera que sea la forma, la consecuencia es la misma: se comete un acto criminal contra un grupo “nacional, étnico, racial o religioso”.
8 Citado por Lemkin, en “Genocide”, ob. cit.
9 Ibíd.
10 Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, art. II.
La tierra de los armenios albergó el embrión de la civilización humana. Del período que comprende desde el 3.000 a.C. hasta el 1.000 a.C., hay evidencias arqueológicas de inscripciones rupestres y herramientas y objetos manufacturados en hierro, cobre, bronce, piedra, cerámica, usados en la vida doméstica, y que posiblemente fueron moneda de cambio con pueblos de tierras vecinas. Armenia habría sido incluso la cuna de la agricultura: el carbono 14 permitió detectar que había habido centeno.
Según los textos religiosos,12 en el monte Ararat habría quedado varada el Arca de Noé después del Diluvio.
La primera mención del país Armina (Armenia) se encuentra en las escrituras cuneiformes de la época del rey Darío I de Persia (siglos VI-V a.C.). Raíces armenias florecieron en las Edades del Bronce y del Hierro.
Los investigadores discuten si los hurritas influyeron en la Armenia naciente, pero es incuestionable que los armenios pertenecen al grupo de pueblos indoeuropeos, mientras que Urartu está en la familia Guro-Urartiana.
Desmoronado el Estado de Ur, en su territorio surgió el antiguo reino armenio. Los primeros gobernantes armenios eran sátrapas (virreyes) de los shas de Persia. Jenofonte, quien describió la retirada de los 10.000 griegos por Armenia en los años 401-400 a.C., testimonia que Armenia tenía agricultura (trigales), horticultura, ganadería, vitivinicultura y frutas.
Ierevan, la capital moderna de Armenia, fue fundada en 782 a.C., antes que Roma, por el rey Argishti I de Urartu, que nombró a la ciudad “Erebuni”.
Alrededor del 600 a.C. se estableció el reino de Armenia bajo la dinastía Oróntida y existió bajo varias dinastías locales hasta el año 428.
Tras la destrucción del Imperio Seleúcida, Estado sucesor del Imperio de Alejandro Magno, un Estado armenio helenístico fue fundado alrededor del 190 a.C. A partir de Artashes surgen los primeros reyes y el fundador de la dinastía de Artashesian (190 a.C.). De la dinastía de Zariadris, de la Gran Armenia se desprende un nuevo Estado, la Armenia pequeña.
El reino de Armenia alcanzó su máxima expansión entre el 95 a.C. y el 66 a.C. bajo Tigranes “el Grande”, de la dinastía Artáxida, cuando se convirtió en uno de los reinos de mayor proyección de su tiempo. Según la influencia recibida de los imperios contemporáneos, Armenia tuvo períodos de independencia y autonomía. De la misma manera en que los imperios impusieron o no reyes, así fundaron o destruyeron dinastías, como la arsácida, establecida a partir del año 53 por Tirídates I. Inevitablemente la ubicación de Armenia entre dos continentes la expuso a invasiones de asirios, griegos, romanos, bizantinos, árabes, mongoles, persas, turcos, otomanos y rusos.
En el año 301, Armenia se convirtió en el primer país del mundo en adoptar el cristianismo como religión oficial del Estado por influencia de San Gregorio el Iluminador, primer pontífice de Armenia, considerado hoy en día santo patrón de la Iglesia Apostólica Armenia. Tirídates III (238-314) fue el primer gobernante que oficialmente se propuso cristianizar a su gente, y su conversión ocurrió doce años antes que el Imperio romano concediera al cristianismo la tolerancia oficial bajo Constantino I (emperador) (…) En el año 405, Mesrop Mashtots creó el alfabeto armenio.13
Caído en el 428 el reino armenio, la mayor parte de Armenia fue incorporada al Imperio sasánida. Después de una rebelión armenia en el 451, los armenios conservaron su libertad religiosa y Armenia ganó autonomía y el derecho a ser gobernada por un armenio, mientras que otros territorios imperiales fueron gobernados exclusivamente por persas. La situación cambió cuando en el 630 el califato árabe destruyó la Persia sasánida.
Tras la conquista árabe, Armenia emergió como un principado autónomo dentro del Imperio árabe, sumando las tierras armenias conquistadas previamente por el Imperio bizantino. El principado fue gobernado por el príncipe de Armenia, reconocido por el Califa y el emperador bizantino. Era parte de la división del emirato administrativo Arminiyya creado por los árabes, que también incluyó partes de Georgia y de Albania caucásica y tenía su centro en la ciudad armenia de Dvin. El principado de Armenia duró hasta el año 884, cuando recuperó la independencia del debilitado Imperio árabe.
La cultura armenia es una de las más antiguas porque se inició en el tercer milenio a.C. Permaneció casi sin variantes a pesar de los diez siglos de dependencia armenia de los Imperios persa, romano, turco-otomano, ruso y, ya como república, dentro de la Unión Soviética.
Al analizar la vida cultural armenia durante el siglo XX, no pueden soslayarse las dificultades que trabaron su desarrollo en ese largo período de discriminación y opresión otomana y turca para el pueblo armenio en general, y para los intelectuales en particular. Recordemos que las primeras víctimas del Holocausto armenio fueron las personalidades de la cultura.
Armenia poseía una historia cultural que venía incluso de antes de los tiempos de su existencia como nación, lógicamente con períodos de menor progreso durante las dominaciones persa y turca. Le tocó a la Armenia de la diáspora conservar las tradiciones culturales del pasado incorporando las ventajas culturales obtenidas en los países donde pudieron radicarse y desenvolverse con libertad.
Constantinopla, India y Venecia, entre otros centros, fueron puntos desde los cuales irradió la cultura armenia en el exilio. Conseguir la libertad social fue una constante del pueblo armenio y esa reivindicación tuvo eco en el campo cultural y político. Se despertó en lo político el interés de que el pueblo dispusiese de mejores niveles de vida y se liberase de la opresión turca. En el campo cultural descolló la literatura (Taniel Varuyan, Siamantó, Krikor Zohrab), funcionaron centros educacionales, se editaron periódicos y se multiplicaron las imprentas.
Otra singularidad de la cultura armenia del siglo XX fue el abandono del idioma armenio “docto”, krapar, utilizado en ciertos cenáculos altos y conservadores. Se impuso el mal llamado lenguaje “vulgar, mundano”, ashjarhapar, que ya era el medio lingüístico de comunicación de las capas más numerosas de la población.
La división territorial marcó de diferente forma a las expresiones culturales: Armenia occidental, bajo ocupación turca, y Armenia oriental, territorios armenios anexados al Imperio ruso zarista en el principio del siglo XIX, por un lado, y, por el otro, la diáspora formada como consecuencia del genocidio —de hecho, el tercer territorio—, que hizo un importante aporte cultural.
La cultura de Armenia oriental recibió la influencia de Rusia. Los principales centros fueron Tiflis y Moscú, y en menor medida Bakú, Petrogrado o Crimea. Los gimnasium rusos eran tan importantes como los de Europa occidental; de allí los alumnos pasaban directamente a las universidades. Los armenios y personas de otras nacionalidades tenían expedito el acceso a la educación media, pero ese camino no se abría para la educación terciaria. Un hecho relevante fue que tras casi una década de compartir la enseñanza secundaria con los rusos, en los alumnos armenios se debilitaban las tradiciones culturales nacionales, lo cual evidencia un proceso asimilacionista natural.
La excepción en cuanto a cerrar el paso a la enseñanza terciaria fue el Instituto Lazarian de Moscú, donde los alumnos recibían educación rusa y armenia. Un egresado del Lazarian podía ingresar en la universidad rusa sin examen previo de admisión.
El sector de la Armenia oriental proyectó su influencia sobre Irán y el Asia sudoriental; el sector occidental, sobre Medio Oriente, Egipto y América. En Europa, fue París un centro relevante por los jóvenes armenios que estudiaban los problemas políticos y sociales de la madre patria armenia; también lo fueron Ginebra, Londres y Berlín, y, en América del Norte, Boston y Nueva York. En Venecia, la investigación en ciencias humanas tuvo asiento en la Congregación Mekhitarista, cuyos clérigos analizaron científicamente la historia, filología y la pedagogía; un mérito no menor fue la creación de obras propias y la traducción de otros autores.
En la Armenia oriental, bajo los rusos funcionó un sinnúmero de establecimientos educacionales, la mayoría dependientes de los obispados. Había escuelas armenias en Crimea y en Nor Najichevan, y centros en Samarkanda, Kokand, Merv y otras ciudades. En 1915, las escuelas rusas tenían alrededor de 40.000 alumnos armenios. Los establecimientos religiosos aglutinaban al pueblo que carecía de poder político.
El Cáucaso fue otro centro educacional para 8.000 estudiantes armenios. Se abrieron colegios secundarios parroquiales. Se inauguró el gimnasium en el Instituto Aghababian, de Astrakán. Kervokian, un centro de investigación armenia, fue clausurado en 1917, a poco de creado. En el Cáucaso, cerca de cien entidades armenias de beneficencia eran el sustento de la educación regional. Había unas 500 escuelas religiosas armenias con un alumnado de 31.000 educandos (un tercio eran mujeres).
La Armenia occidental tuvo una clase intelectual europeizante, particularmente influenciada por París, pero los turcos de esa zona descreían de la fidelidad patriótica de los armenios, a quienes consideraban espías o colaboracionistas de los rusos enfrentados a los turcos. Exacerbada esa desconfianza, se llegó al extremo de la desaparición física de intelectuales armenios.
El epicentro de la cultura armenia occidental estaba en Constantinopla y Esmirna. En sus centros educacionales se aceptaron los principios pedagógicos modernos, pero convivían con las raíces tradicionales, que trababan la modernización.
Constantinopla albergó desde 1886 al Colegio Central, de donde egresó una pléyade de intelectuales de alto nivel, políticos, filólogos y profesionales de otras disciplinas.
En la vecindad de Constantinopla se fundó en Izmit, en 1889, el convento de Armash, que luego alcanzó la categoría de Escuela Superior de Teología. No se dedicó exclusivamente a la enseñanza de la religión, sino también al conocimiento filosófico, el estudio de las ciencias naturales y de los idiomas armenio, francés y turco. Muchos de sus alumnos fueron protagonistas activos de la vida cívica. El terror turco destruyó en 1915 el convento de Armash y deportó a los miembros de la congregación religiosa.
Constantinopla fue también sede de la escuela Hindlian-Malatian. En Aintab funcionó una institución educativa con tres niveles (magisterio, medicina, seminario religioso).
Cuando los turcos desencadenan el genocidio, cierran las escuelas armenias y los institutos nacionales de los países aliados enfrentados con Turquía. La matanza o los orfanatos fueron el destino de miles de niños escolares.
Los turcos de la Armenia occidental no fueron ajenos ni indiferentes a esos signos de progreso —para ellos, peligroso—, sino que decidieron exterminar al pueblo armenio, y en la primea línea del genocidio cayeron los intelectuales.
Las culturas de Armenia occidental y de Armenia oriental tuvieron desarrollos independientes. Pero coincidían en que eran parte de un único pueblo armenio y de una única aspiración: la liberación e independencia del territorio propio unificado.
La influencia de los centros religiosos —que cumplieran un papel aglutinante, como se dijo— fue desplazada por la de los intelectuales formados en los países europeos mencionados y por la de Rusia. Importaron el laicismo, que, contra cualquier prevención, fue apoyado por la Iglesia. La corriente de los intelectuales armenios provenientes de los grandes centros culturales europeos no sólo aportó el laicismo, sino las propuestas sociales para construir el progreso humano, reclamar justicia y darles sentido doctrinario a sus ideas connotadamente revolucionarias.
Libros armenios se tradujeron a lenguas extranjeras y, a la vez, obras que serían clásicas de la literatura universal fueron vertidas al armenio. Máximo Gorki dirigió la publicación de un Compendio de la literatura armenia.
En la poesía, de estilo romántico y realista a la vez, se reflejaron los sufrimientos del pueblo armenio, las injusticias sociales, los efectos de la opresión.
Taniel Varuyan fue uno de los artífices de la literatura armenia moderna. En Venecia recibió el influjo de los sacerdotes armenios preocupados por el hombre y la cultura nacional.
Pasó por la Universidad de Gante, ubicada en un centro industrial famoso por sus hilanderías donde tuvo acceso a la política y a las teorías económicas y sociales.
De su paso por Venecia volvió marcado por el arte italiano y la pintura renacentista. A sus 19 años conoció en Venecia la obra del padre Ghevont Alishan —armenólogo y poeta—, que lo ayudó a impregnarse del significado de la conciencia armenia, sus aspiraciones de libertad e independencia. Pero Venecia le mostró la otra cara: la situación de los artesanos empobrecidos, deshumanizados por las injusticias sociales.
Allí conoció también las injusticias sociales que esconde el poder liberal y sus formas de corrupción. Sus primeras poesías son un canto al entorno natural aldeano donde se vive la paz en libertad, en contraste con lo que observa en las relaciones de los turcos en el poder y la humillación a la que someten a los campesinos armenios.
Se inclinó por el socialismo revolucionario, pero su vida fue segada por el Estado turco, que lo detuvo el 24 de noviembre de 1915 y luego lo asesinó cuando apenas tenía 31 años.
Su verdadero nombre fue Adom Iardjanian. En su obra tuvieron influencia el exterminio y la masacre de Adaná. La rebelión, sostuvo, debe concentrar el odio a condición de desembocar en la victoria y la liberación.
La musa de Siamantó, dice Pascual Ohanian, “no fue plañidera ni pesimista pues confiaba en la fuerza moral del pueblo y en su futuro”.15 En El camino a la esperanza ya está claro su pensamiento literario inspirado en la voluntad del pueblo armenio de ser libre:
Esculpe, si lo ansías, para los siglos, el dolor
Pero no olvides tender sus pupilas
Y su boca y espíritu, con candor, a los pechos de la rebeldía.
Lo reconoce Pascual Ohanian:
Las matanzas de armenios de 1894-1896; la masacre de Adaná de 1909 y en general la política de exterminio dirigida por el gobierno turco generaron un hondo sentimiento trágico, por un lado; por el otro, indignación y odio, voluntad de luchar contra el mal y esperanza en la victoria y la liberación. Siamantó describió todo esto con pluma enérgica; sus héroes, “los colonos precursores”, que pueden “entre sus dientes triturantes” “aplastar los puñales candentes”, reclaman al poeta no sólo un canto documental de lamentos para que sean recordados en los siglos futuros, sino también un llamado a la venganza de los siglos, jinete de la lucha sin cuartel y de la victoria.16
El 24 de abril de 1915, cuando Siamantó tenía 37 años, fue detenido, entre 450 personas, por el gobierno turco para ser posteriormente asesinado de camino al desierto de Siria.17
Estudió ingeniería en la Universidad Galatá Serai, de Constantinopla, donde sus compañeros eran principalmente armenios, franceses y griegos, y el francés era el idioma de uso cotidiano de todos ellos.
Por ese entonces, el Sultán Rojo argumentó que la mayoría cristiana de la universidad constituía un peligro potencial, por lo que estimuló la inscripción de estudiantes islámicos para que disputasen sus lugares, combatió el uso del francés e implantó como obligatorio el idioma turco. Finalmente, ante la evidencia de no poder cumplir con sus objetivos, trasladó la universidad a Estambul.
Ya en Estambul, después de concluir su carrera de ingeniero, Zohrab abrazó el estudio del derecho. Recibido de abogado, en 1883 el jefe de la policía turca le prohibió ejercer la profesión, por su supuesta connivencia armenia con los rusos.
En 1908 accedió a la Facultad de Derecho de Estambul en la cátedra de Derecho Penal, donde enseñó hasta que fue asesinado, en 1915. A Zohrab no pudo controlarlo el sultán Hamid, empeñado en otomanizarlo. Fue el ministro de Asuntos Interiores del gobierno de los Jóvenes Turcos, Talaat Pashá, principal responsable del genocidio, quien ordenó su encarcelamiento junto con el de otros intelectuales armenios el 24 de abril de 1915. En julio de ese año fue asesinado.
Orador fogoso, Zohrab no temió las represalias al hacer uso de la palabra en mitines en los que denunció de chauvinista al régimen del Sultán, por combatir las nacionalidades de las minorías y oponerse al uso del francés por los intelectuales. Además, denunció que dominaban “por todas partes silencio y tinieblas”, cual un cementerio cuyo guardián, “temiendo que los muertos resucitaran, no vaciló en medios que protegieran su seguridad”.
Afirma Pascual Ohanian:
Invocó la libertad, igualdad y fraternidad entre las nacionalidades, “cuyas tradiciones difieren pero su religión es una: la fe en la libertad”.18
Se enfrentó con el Partido Unión y Progreso y lo acusó de practicar una política equivocada. “Hay una mentalidad turca que funda su elevación en la disolución de las nacionalidades más progresistas que ella; de esa mentalidad hay también en el Partido Ittihad y fuera de él, que se alegra cuando aquellas nacionalidades sufren una desgracia. Ésta es una mentalidad directriz”.19
Sus principios eran claros: respetar, mantener y defender la dignidad del hombre cualquiera que sea su nacionalidad o raza. No puede haber libertad espiritual, sostenía, sin libertad material.
Fue un poeta armenio, escritor, académico, miembro de la Academia Armenia de Ciencias. Nació en 1875 en Armenia. En 1893 asistió a la Universidad de Leipzig y dos años más tarde regresó a esa ciudad alemana y se incorporó al Comité Alexandropol de la Federación Revolucionaria Armenia (FRA). Desde ese lugar envió ayuda financiera a los grupos armados. Sólo un año después le tocó conocer por dentro la cárcel de Ierevan.
Luego de ser liberado en 1897, publicó Canciones y heridas, la primera recopilación de sus poemas. Volvió a ser arrestado acusado de actividades contra el zar de Rusia y lo obligaron a exiliarse en Odessa.
Sus poemas trasuntan dolor, meditación y lamento sobre el destino de la humanidad y las injusticias de la vida.
Isahakian descreyó, desde el inicio, de los anuncios progresistas de los Jóvenes Turcos de la primera época respecto de la autonomía de Armenia occidental. Vislumbró que el panturquismo propiciaría la extinción de todos los armenios. Se lo advirtió en Berlín a los alemanes aliados de los turcos y obtuvo la solidaridad activa de intelectuales de Alemania, con quienes creó un movimiento armenio-alemán en torno al periódico Mesrob. Las matanzas de armenios al inicio de la Primera Guerra Mundial confirmarían sus prevenciones.
En El libro blanco desnudó las atrocidades del genocidio, particularmente las del período 1915-1923. Quedó inconclusa la novela Usta Karo y advirtió que así seguiría “hasta el día en que la Cuestión Armenia esté resuelta”.
Isahakian pisó nuevamente tierra armenia, esta vez en la República Soviética, donde publicó nuevas colecciones de sus poemas e historias. Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) escribió poemas patrióticos galardonados con el Premio Estatal en 1946. Fue presidente de la Unión de Escritores Armenios entre 1946 y 1957. Sus trabajos se tradujeron a varios idiomas y algunos de sus poemas terminaron siendo letras de canciones. En su carrera política llegó a ser diputado del Soviet Supremo de la Armenia soviética.
No fue fácil el desarrollo de una cultura musical armenia cuando pesaba sobre sus creadores una educación popular carente de maestros, y a ello se sumaba la influencia de las músicas persa, árabe y turca en los períodos de mayor dominación. Desde mediados del siglo XIX comienza la reconstrucción de la música armenia basada en los cantos populares y la herencia religiosa medieval. Del solista se pasó a la música coral polifónica. En ese renacer musical descuellan los trabajos del Padre Gomidás (alias de Soghomón Soghomonian),20 quien ahondó en la música litúrgica tratando de desentrañar sus raíces populares. Creó la etnografía musical armenia y definió su meta personal: “Llegaré a mi verdadera finalidad: extraer de las ruinas arqueológicas las voces de nuestra música popular”. Lo logró: depuró a sus melodías populares de las deformaciones acumuladas en los tiempos, erradicó cualquier signo lingüístico extranjero, particularmente de los idiomas turco y árabe. Su concepción puede resumirse en este fragmento:
El mayor creador es el pueblo; id y aprended de él.
El campesino es el hijo legítimo de la Naturaleza; en sus cantos habla la Naturaleza porque ella ha hablado antes dentro de él. En su alma se emociona el mar de la naturaleza porque él también deambula sobre sus olas. Sus cantos son su vida, pues toda su vida está inspirada dentro de esos cantos. En fin, los cantos campesinos son variados espejos racionales que, separadamente, reflejan la posición, el clima, la naturaleza y la vida de los lugares donde nacieron.21
El 24 de abril de 1915 cayó preso en la redada a los intelectuales armenios. Presenció el aniquilamiento de sus compañeros de martirio y el secuestro y destrucción de valiosos ejemplares únicos de sus obras. Le cambiaron su muerte por la deportación. El Padre Krikoris Balakian alcanzó a escribir en sus memorias tituladas El Gólgota armenio:
Es sábado. Atravesamos las ciudades y la fragancia del pan en los hornos nos enloquece de hambre. Los panaderos se ofrecen a vendernos pan. Ese día los sargentos, como perros rabiosos, echaron a los comerciantes y seguimos caminando sin fuerzas, exhaustos. A causa de mis protestas contra la ferocidad de los guardianes me condenaron a ser castigado por la policía. Injusticias y crueldades inauditas afectaron los delicados sentidos del Padre Gomidás, su alma tierna. En el ocaso llegamos a una ciudad, nos agolparon en una habitación de una casa con altos ventanales; los gendarmes clausuraron las puertas y se fueron (…) Todos buscamos un rincón y nos ubicamos. Era ya la noche del sábado; decidimos rezar las plegarias nocturnas. El Padre Gomidás, después de las oraciones, cantó un Der Voghormiá (miserere). Derramando lágrimas amargas, lloramos entre gemidos y sollozos. A su pedido recé un Bahbanich22 ante el santo sacerdote.23
Es necesario dimensionar la influencia de esta riqueza cultural para entender cómo el pueblo armenio, con tierra o sin ella, se cohesionó en la memoria para sobrevivir en la diáspora.
11 Las fuentes consultadas para el siguiente apartado son, entre otras, Kurdoghlian, Mihran, Badmoutioun Hayots, vol. I: Athens, Greece: Hradaragoutioun Azkayin Oussoumnagan Khorhourti, 1994, p. 41; Historia de Armenia Antigua, en livius.org; Brunner, Borgna, Time Almanac with Information Please, 2007, p. 685; y www.armenica.org.
12 Génesis 6:11.
13 Fuentes: CIA World Factbook: Armenia, y Brunner, Borgna, ob. cit. , p. 685.
14 La fuente de consulta del siguiente apartado es Ohanian, Pascual, La Cuestión Armenia y las relaciones internacionales, t. III, Akian, Buenos Aires, 1989.
15 Ohanian, ob. cit., p. 233.
16 Ibíd.
17 Fuente de consulta: http://www.cuestionarmenia.com/2009/01/siamanto.html.
18 Ohanian, ob. cit., p. 236, con cita al diario Piuzanteón, Nº 3603, 1 de agosto de 1908, citado por Hamparian, Azad S., La política nacional y territorial de los Jóvenes Turcos y los movimientos de liberación de Armenia occidental, Ierevan, 1979, p. 144.
19 Zoharab, Krikor, citado por Ohanian, ob. cit., p. 236, nota al pie 494.
20 Ver Ohanian, ob. cit., p. 239.
21 Kasbarian, S. K., “El genio de la música armenia”, en Revista de Historia y Filología (Badma-Panasiragán Hantés), 1969, n° 4, p. 8 (en armenio). La traducción al español puede leerse en Ohanian, ob. cit., p. 241.
22 Oración con la que se pide la protección divina.
23 Antreassian, Sarkis, Dos grandes del canto armenio: Saiat Nová y el Padre Gomidás, Nueva York, 1919, p. 112 (en armenio). La traducción al español puede leerse en Ohanian, ob. cit., p. 246.
Para llegar documentadamente al análisis final de la Causa Armenia debe ser estudiado el Imperio turco-otomano (circa 1300-1922).
Los límites del Imperio fueron Hungría, al norte; Aden, al sur; Argelia, al oeste, y la frontera iraní, al este. El territorio de la Turquía actual era el centro del poder. El poder otomano se extendió por Ucrania y el sur de Rusia.
Cuando desaparece el sultanato selyúcida de Rum surgen una serie de principados, entre los cuales está el primer Estado otomano. El Islam aportó los guerreros de la Guerra Santa (yihad) y los otomanos se les unieron en la lucha contra el Imperio bizantino cristiano.
El perfil de los otomanos se fue definiendo por sus éxitos guerreros y las alianzas que tejieron para su consolidación. A partir de la expulsión de los otomanos de Anatolia, se expanden al sur y al este, se hacen de Ankara, en la Anatolia central, y de Galípoli (Gelibolu), en el estrecho de los Dardanelos, que sirvió para su expansión por el sudeste europeo. Adrianópolis (Edirne) fue su capital y tras la derrota de los serbios en la batalla de Kosovo sumaron Tracia, Macedonia, parte de Bulgaria y Serbia.
El mongol Tamerlán derrota a los otomanos hacia el 1402; éstos se recuperan y expanden su poder a Constantinopla (Estambul), después de su conquista en 1453, que será la última capital otomana. Sumaron nuevos territorios a expensas de los safawies iraníes y de los mamelucos sirios y egipcios, gracias a los cuales accedieron a los lugares sagrados de Arabia, al Mar Rojo y al océano Índico.
