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Sentirse solo es duro. Es una sensación que contamina la forma en que nos vemos a nosotros mismos y a los demás; se infiltra en nuestra vida cotidiana como una infección y nos deja atrapados en un ciclo de tristeza, ira o ansiedad. Sin embargo, la soledad es parte de la experiencia humana, y nuestra relación con ella puede ser satisfactoria, íntima, enriquecedora, y contribuir a nuestra felicidad. En El gozo de la soledad, Robert J. Coplan analiza las múltiples dimensiones de la soledad y sus profundos efectos en la salud mental y el bienestar. Apoyándose en campos como la psicología, la neurociencia, la literatura y la sociología, nos enseña a transformar los momentos de aislamiento en fuentes de renovación y placer. Ya seas introvertido o extrovertido, que busques reafirmar tu amor por la soledad o que quieras reconciliarte con ella, las ideas de Coplan son herramientas indispensables para mejorar tu relación contigo mismo y con los demás. "Una lectura afirmativa para los introvertidos, las almas reflexivas o cualquiera que anhele un momento de silencio en un mundo ruidoso. Más que una guía sobre la soledad, es una invitación a redescubrir la riqueza de la vidala vida interior y el poder silencioso que puede contener." ——Library Journal
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Seitenzahl: 410
Veröffentlichungsjahr: 2026
CAPÍTULO 1
Estoy solo
Introducción a la soledad
Resulta que todo lo que necesitaba saber acerca de la soledad lo pude haber aprendido en el jardín de infantes.
Cuando era estudiante del posgrado en psicología del desarrollo, centré la investigación de mi tesis en las maneras en que los niños jugaban en la escuela. Por consiguiente, pasé incontables horas observando las actividades que diariamente se llevaban a cabo en centros preescolares y jardines de infancia. Llegaba cada mañana armado con mi portapapeles y mi cronómetro, y, tratando de no molestar, me pasaba el día sentado en una sillita en la esquina del salón de clases. En ocasiones, los niños se acercaban y me preguntaban qué hacía ahí o me invitaban a jugar. Sin embargo, después de un rato se acostumbraban a mi presencia y, en cierta forma, yo me volvía parte de la decoración de fondo.
Se puede aprender mucho sobre los niños con tan sólo observarlos. La mayoría de las investigaciones previas sobre el comportamiento social infantil se enfocaron en la manera en que los niños aprendían a relacionarse entre ellos, lo cual es una tarea primordial del crecimiento. Desde luego, llevarse bien con los demás continúa siendo una tarea importante durante la vida adulta. Históricamente, los psicólogos del desarrollo también se han preocupado mucho por estudiar las consecuencias de que los niños no se lleven bien unos con otros. Por lo tanto, cuando se sentaban a observar a los niños pequeños en las escuelas, ponían mucha atención a los episodios de conflicto y agresión, lo que no es sorprendente porque estas eventualidades causan ruido y alteran el orden general en el aula. Incluso, en caso de que surjan agresiones, alguien puede salir lastimado. Por ello le prestamos tanta atención a este tipo de situaciones entre la gente adulta.
Sin embargo, a mí me interesaba algo distinto. Yo deseaba aprender más sobre la manera en que los niños se relacionaban con ellos mismos. Me resultaba fascinante observar a los pequeños que se entretenían solos, a pesar de estar rodeados de otros posibles compañeros de juego. Así que observé; y observé todavía más. Por supuesto, todos los niños son distintos. Aun así, empezaron a surgir ciertos patrones y noté que podía clasificar en tipologías específicas a los que tendían a pasar mucho tiempo solos en la escuela.
Algunos de ellos parecían muy contentos al jugar sin compañía y sin hacer ruido; construían con bloques, dibujaban o llevaban a cabo otras actividades individuales. Por lo general, respondían que sí cuando otros niños se acercaban a invitarlos a jugar. Sin embargo, cuando el juego terminaba, regresaban alegremente a sus actividades en solitario.
Los niños que parecían estar incómodos cuando se encontraban solos pertenecían a otra tipología. Ellos pasaban mucho tiempo observando a sus compañeros, pero no se unían al juego. Parecían estar muy interesados en lo que los otros hacían y gravitaban hacia las oportunidades que les permitieran relacionarse, pero cuanto más se acercaban a la acción, más los frenaba su creciente incomodidad. Ellos sobrevolaban las fronteras de los círculos sociales que les rodeaban, pero rara vez cruzaban la periferia.
Había otros que se entretenían solos, pero eran muy ruidosos. Interactuaban de manera torpe y, como resultado, sus esfuerzos por juntarse a jugar con otros eran frecuentemente rechazados. Esos niños parecían frustrarse cuando tenían que entretenerse sin compañía. No querían estar solos, su cara lo decía todo.
También tomé nota sobre los niños más extrovertidos, quienes revoloteaban por todo el salón; ellos buscaban estimulación social e interacción constantemente. En los pocos momentos en que se encontraban solos, se notaba que no les gustaba la soledad, por lo que rápidamente buscaban otra ocasión para relacionarse.
Cuando realizaba esta investigación, pensé que ya sabía todo lo relacionado con la soledad. Sin embargo, al mirar atrás, comprendo que no lo sabía todo; al contrario, no tenía idea de lo mucho que ignoraba. Aunque todo estaba ahí, enfrente de mí. El salón del jardín de infancia fue el microcosmos perfecto para entender las complejidades ocultas que rodean a la soledad. Los niños modelaron muchas de las diferentes relaciones que formamos a través de ella. Es posible que si me hubiera esforzado más al observar, si me hubiera abierto más a descifrar lo que los niños podían estar pensando (“Deseo que alguien juegue conmigo” en lugar de “¿De qué color pinto este árbol?”) y sintiendo (triste en lugar de contento), habría comprendido que las diferentes experiencias que tenían los niños al estar solos eran fundamentales para interpretar los complejos, e incluso paradójicos, vínculos entre la soledad y el bienestar.
Supongo que esta historia habría sido mejor si, durante una de las sesiones de observación, hubiera experimentado una revelación inesperada sobre el funcionamiento interno de la soledad. Desafortunadamente, eso no sucedió. No obstante, todas las horas que pasé observando a los niños jugar despertaron mi interés en la idea de que la soledad es más complicada de lo que pensamos. Mi gran revelación científica llegó treinta años después, pero ésa es otra historia.
Estamos solos
La soledad forma parte de la experiencia humana. Según la Encuesta Estadounidense de Uso del Tiempo (ATUS, por sus siglas en inglés), a la edad de quince años los estadounidenses pasan un promedio de más de tres horas por día a solas. Durante las décadas de los veinte y treinta años, el tiempo que se pasa en soledad aumenta aproximadamente a cuatro horas y media diarias. A medida que envejecemos, cada año que transcurre estamos más tiempo en soledad. Hacia los setenta años pasamos, en promedio, más de siete horas a solas. La soledad es una experiencia con la que estamos muy familiarizados. Es un aspecto fundamental de nuestra vida diaria. En consecuencia, resulta sorprendente que sepamos tan poco de ella. Por esa razón, persisten tantos conceptos erróneos, mitos y falacias rotundas sobre la soledad.
La soledad tiende a evocar una amplia cadena de reacciones personales. En parte, esto sucede porque todos la experimentamos de forma distinta. Como resultado, cada uno de nosotros tiene una relación única con la soledad. Es difícil predecir y entender las relaciones porque contienen lo que solemos llamar propiedades emergentes. Esto significa que la naturaleza total de una relación es más que la suma de sus partes, o las características individuales de las personas involucradas en dicha relación. ¿Alguna vez has intentado hacer de casamentero y unir a dos de tus amigos? Es posible que conozcas muy bien a ambas personas y tengas la seguridad de que se van a llevar muy bien. No obstante, la cita es un desastre. Lo que es más, los dos te preguntan cómo pudiste creer que formarían una buena pareja. No hay por qué sentirse mal. Las relaciones tienen propiedades únicas y a menudo son impredecibles, incluso si conoces muy bien a las personas involucradas.
De manera similar, hay propiedades emergentes en juego cuando se trata de la relación que tenemos con nuestra propia compañía. Para algunas personas, esta relación es alentadora e íntima, la soledad les hace sentir bien. Para otras, es una relación frustrante y agotadora, la soledad las hace sentirse enojadas. Para otras más, puede ser una relación inquietante y ambivalente; con frecuencia, la soledad las hace sentirse ansiosas, y así sucesivamente. Tal como pasa en otras relaciones, la que tengamos con la soledad puede traer consigo aspectos positivos y negativos. Por lo tanto, si realmente deseamos que nuestra relación con la soledad sea sana, necesitamos estar dispuestos a trabajarla.
Uno de los problemas más generalizados de la soledad es que forma parte de nuestro día a día, por lo que no le ponemos mucha atención y, como resultado, descuidamos la importancia que tiene para nuestro bienestar. Un amigo mío me contó una anécdota sobre una interesante conversación que tuvo con una persona que se sentó junto a él en una boda. (Nunca sabes quién se sentará a tu lado en una boda.) Su compañero de mesa era un fisioterapeuta que se especializaba en el área pélvica y le apasionaba su trabajo. Mencionó que, aunque con el tiempo los problemas serios de esa área se resuelven, la mayoría de las personas tiene algún tipo de disfunción menor que las afecta sin darse cuenta. Continuó diciendo que era probable que eso sucediera porque, aunque la pelvis es una parte fundamental de nuestro cuerpo en términos de salud y bienestar, puede ser un tabú hablar de ella. La mayoría de la gente no menciona abiertamente los términos pipí, popó y sexo. Su mayor queja era que si las personas le pusieran un poco más de atención a su pelvis y llevaran a cabo ajustes menores, podrían mejorar sus vidas de forma considerable.
La anécdota me interesó porque creo que es una buena metáfora sobre lo que sucede con la soledad, que es también el punto crucial de este libro. Es posible que la mayoría de la gente no piense tanto en la soledad. A veces leemos algo en las noticias, o nos topamos con el tema al escrolear por las redes sociales, pero los ejemplos casi siempre resultan extremos. Se trata de historias que ponen de relieve los peligros del aumento del aislamiento epidémico, o de los desafíos de un aventurero solitario que pasó meses sin compañía en un territorio inexplorado. Sin embargo, he aprendido que debemos poner más atención a la soledad, a nuestra relación con ella y al impacto que ésta tiene sobre nuestra salud y bienestar. Porque, tal como ocurre con nuestra área pélvica, probablemente muchos de nosotros tengamos algún tipo de disfunción menor con respecto a nuestra relación con la soledad, pero con cambios menores podemos obtener mejoras significativas. En pocas palabras, necesitamos hablar más sobre la soledad.
Blaise Pascal, matemático, inventor y filósofo francés del siglo XVII, escribió una frase clásica y profética: “Todos los problemas de la humanidad provienen de la incapacidad del hombre para sentarse solo y en silencio en una habitación”. ¿Qué tal si lo probamos? Busca un lugar tranquilo y siéntate ahí por quince minutos sin más compañía que la de tus pensamientos. Sin dormirte, sin tecnología, sin distracciones. Sólo tú y lo que tengas en la mente. Pon una alarma para que te alerte cuando hayan pasado los quince minutos, pero no estés revisando cuánto tiempo queda. Deja de leer ahora y ve a hacer lo que te digo. Después vuelve a retomar la lectura donde la dejaste.
Quince minutos después
¿Qué tal te fue? Con sinceridad. ¿Hiciste trampa? ¿Toleraste los quince minutos? ¿Revisaste tu teléfono? ¿Te dormiste? A algunas personas les parece una experiencia placentera y relajante, incluso les sorprende lo rápido que pasa el tiempo y se sienten renovadas cuando suena la alarma. Para otras la experiencia es aceptable, pero muy aburrida. Para otras más, el hecho de sentarse en silencio, sin ninguna otra ocupación, les causa ansiedad y les resulta muy difícil dejar ir sus pensamientos. A muchas personas, este ejercicio les resulta intolerable y muy estresante; cuentan los segundos que les faltan para ser liberados, si es que logran llegar a los quince minutos. En conclusión, es posible que los lectores de este libro hayan realizado el ejercicio de sentarse en silencio, pero también es muy posible que cada uno haya vivido una experiencia personal única con la soledad.
Lo que acabas de hacer constituye la base de uno de mis estudios de investigación favoritos sobre la soledad. En 2014, el profesor Timothy Wilson, de la Universidad de Virginia, y otros investigadores de psicología dirigieron una serie de experimentos en los que les pidieron a unos estudiantes universitarios que se sentaran en una silla en una habitación pequeña a puertas cerradas, y que estuvieran solos con sus pensamientos durante quince minutos. Posteriormente, los estudiantes contestaron un conjunto de preguntas sobre cómo se habían sentido. El experimento presentaba variaciones estructurales y de contexto. Por ejemplo, en algunos casos, los estudiantes completaban su tiempo en solitario en una sala de laboratorio de la universidad; en otros casos, lo hacían en casa.
Cuando le pedí a Wilson que me contara más sobre este estudio, me dijo que las opiniones se habían dividido entre lo que sus colegas y estudiantes habían pensado que sucedería. El mismo Wilson, quien tenía afinidad por la soledad, había creído que los participantes iban a disfrutar la experiencia. Admitió que los resultados lo habían sorprendido. En general, en todos los estudios y escenarios de investigación, los estudiantes reportaron sentirse disgustados. También dijeron que se habían sentido muy aburridos. Entre los estudiantes que habían participado desde su casa, aproximadamente un tercio confesó haber hecho trampa y no haber completado los quince minutos en su totalidad (entonces, no te sientas mal si no pasaste el ejercicio).
En una variante del experimento, todos los estudiantes participantes tuvieron la oportunidad de probar, antes del ejercicio, qué se siente al recibir una descarga eléctrica dolorosa.* Posteriormente, habían recibido la instrucción de ir a sentarse a solas a la sala del laboratorio durante quince minutos. No obstante, a estos participantes también se les dijo que podían recibir una descarga eléctrica otra vez si apretaban un botón rojo que se encontraba en la sala. Sorprendentemente, para la mayoría de los participantes de este ejercicio, la experiencia de sentarse solos sin hacer nada fue tan intensa que prefirieron pasar el tiempo administrándose descargas eléctricas. Reflexiona esto por un minuto: la mayoría de la gente prefirió infligirse dolor a quedarse sentada sin compañía y sin nada más que hacer que pensar durante quince minutos.
Por cierto, la mayoría de los participantes se administraron una o dos descargas eléctricas cada uno, pero un participante varón aparentemente se administró ciento noventa (!) descargas eléctricas en un periodo de quince minutos. No voy a especular aquí por qué lo hizo…**
Por supuesto, este experimento no era únicamente sobre la soledad en sí misma, también se trataba de estar en soledad con los pensamientos propios. En cierta forma, puede argüirse que este experimento nos dice más sobre cómo los estudiantes universitarios sobrellevan (o no) el estar aburridos y lejos de sus teléfonos inteligentes que sobre las experiencias típicas de la soledad. Sin embargo, unos años después, en 2018, los resultados fueron los mismos, a pesar de que se trataba de un grupo de estudio mucho más diverso con miles de participantes de once países distintos. Por lo tanto, creo que podemos concluir que, en general, a las personas no les gusta sentarse a solas con sus pensamientos. Tal como lo discutiremos más delante, la soledad tiene una reputación muy mala y la investigación consolida esta idea. Los hallazgos de los estudios científicos constituyen un reto mayor al tratar de “vender” los beneficios potenciales de la soledad. Algunas personas reaccionan de inmediato con negatividad si se les plantea que estén solas; ni siquiera pueden imaginarse cómo la soledad podría resultarles de ayuda. Para este tipo de personas, cualquier tipo de soledad resulta excesiva. Aun así, hay personas que ansían la soledad, y con frecuencia sienten que les falta tiempo consigo mismas. Con esta idea en mente, date un tiempo para responder lo siguiente.
En general, la cantidad de tiempo que paso a solas cada semana:
(a) En definitiva, no es suficiente
(b) Es ligeramente menos de lo que me gustaría
(c) Es lo justo
(d) Es ligeramente más de lo que me gustaría
(e) En definitiva, es demasiado
¿Escogiste “lo justo”? Si es así, considérate parte de una minoría con suerte. A través de los años, le he hecho esta pregunta a miles de personas y menos de una de cada tres seleccionan esta respuesta. Los resultados de las otras respuestas se distribuyen relativamente de igual forma entre todas las opciones, con un leve incremento de personas que escogen “ligeramente más de lo que me gustaría” o “en definitiva, es demasiado” que “ligeramente menos de lo que me gustaría” o “en definitiva, no es suficiente”. Lo anterior significa que más de dos terceras partes de las personas entrevistadas se sienten poco satisfechas con la cantidad de tiempo que pasan a solas, ya sea que lo hagan porque desean evadir emociones relacionadas con la soledad y el aislamiento (demasiada soledad) o porque ansían más tiempo para ellas (poca soledad).
Por supuesto, la cantidad de tiempo que puedes pasar solo es uno de los componentes de tu relación con la soledad. Hay otras preguntas, como: ¿cómo te sientes cuando estás solo? (¿aburrido?, ¿ansioso?, ¿en calma?, ¿enfocado?); o, ¿qué haces cuando estás solo? (¿meditas?, ¿practicas algún pasatiempo?, ¿terminas tus pendientes?, ¿ves las redes sociales?). También están las razones por las que estás a solas (¿estás tratando de evadir situaciones sociales estresantes?, ¿deseas recargar tu batería después de un día ocupado y lleno de gente en el trabajo?). No importa cómo lo definas o evalúes, la mayoría se siente insatisfecha con respecto a su relación con la soledad. La buena noticia es que podemos hacer algo.
La(s) promesa(s) de (este libro sobre) la soledad
Nunca ha sido más importante entender los costos y beneficios de la soledad. Otro hallazgo de la Encuesta Estadounidense del Uso del Tiempo fue que la cantidad promedio de tiempo que se pasa en soledad durante la edad adulta en Estados Unidos incrementó gradualmente de 2003 a 2019. Esto sucedió antes de la pandemia del COVID-19, durante la cual el tiempo en soledad aumentó drásticamente alrededor del mundo. Hace más de cuatrocientos años, el filósofo Francis Bacon escribió esta frase célebre: “El conocimiento es poder”. En este libro, haré uso de lo que he estudiado sobre la soledad durante más de treinta años para que te fortalezcas y cultives una relación sana con la soledad. Sin importar si pasas mucho tiempo a solas, si no pasas el tiempo suficiente, o si pasas el tiempo justo, este libro te va a explicar cómo puedes aprovechar más la soledad y por qué. Me baso en la investigación más reciente en las áreas de psicología, neurociencia, antropología cultural y biología evolutiva, aunque también presento experiencias del mundo real y las tendencias en las redes sociales. Mi objetivo es ayudarte a descubrir el potencial que tiene pasar tiempo en soledad y que lo consideres como un factor favorable para tu salud mental y bienestar.
En la primera parte de este libro ahondaremos en la ciencia y la psicología de la soledad. Aprenderemos sobre la dualidad de la soledad: cómo y cuándo puede ser perjudicial o provechosa para nuestra salud y bienestar. Sobre la marcha contestaremos todo tipo de preguntas, como: “¿Estoy en soledad si me acompaña mi mascota? ¿Por qué no ponerse al día con otras personas se siente como un dolor físico? ¿Por qué caminar a solas en el bosque me hace sentir en calma?”.
En la segunda parte, aplicaremos el conocimiento recién adquirido sobre las complejidades de la soledad para ayudarte a optimizar tu experiencia al estar a solas en los diferentes ámbitos de tu vida. Esta sección es una especie de guía práctica. También responderemos algunas preguntas, como: “¿Por qué la soledad despierta mi creatividad? ¿Es realmente más feliz la gente que está casada que la que está soltera? ¿Cómo puedo encontrar el equilibrio entre el tiempo que paso en soledad y el que comparto con otras personas?”.
Sigue leyendo y exploremos juntos cuándo, por qué, cómo y para quiénes la soledad resulta una ayuda o una aflicción. Y porque, en ocasiones, puede ser importante que nos dejen a solas.
* Se realizó de esta manera para que no se administrara una descarga eléctrica sólo por curiosidad.
** Aunque sí me hizo pensar en la breve aparición que tuvo Bill Murray en la película La tiendita del horror, en la escena del dentista… por decir algo.
CAPÍTULO 2
Creo que ahora estoy solo
Lo que es la soledad (y lo que no es)
El interés por las cartas del tarot resurgió durante la pandemia del COVID-19 debido a las redes sociales. Las primeras nociones documentadas del tarot datan de mediados del siglo XV en el norte de Italia, donde se usaban para diversos juegos. Hacia 1700, el tarot se había diseminado por toda Europa y su uso incluyó la adivinación. El Ermitaño es el noveno de los arcanos mayores de la baraja del tarot. En una representación típica de esta carta se puede observar a un hombre mayor que está parado en la cima de una montaña; en una mano sostiene un báculo y en la otra una lámpara. Según el sitio web The Tarot Guide [La guía del tarot], la carta del Ermitaño representa aspectos opuestos de la soledad, dependiendo de su colocación al momento de destaparla en una tirada. Si aparece en la posición correcta, el Ermitaño simboliza iluminación espiritual, introspección, guía interior y soledad. En contraste, si aparece invertida, indica abandono, aislamiento, desamparo y paranoia.
En mi opinión, los creadores de la carta pudieron haber escrito un excelente libro sobre la soledad. La descripción del Ermitaño sintetiza perfectamente las complejidades de este concepto, a la vez que recalca su dualidad latente de manera apropiada. Tal como está estipulado, el Ermitaño puede evocar tanto el júbilo como la melancolía, dependiendo de su colocación. Ha tomado tiempo comprender por qué, metafóricamente hablando, algunas personas obtienen más veces la carta del Ermitaño al derecho que al revés. Lo que es más importante aún, tenemos ideas que ayudan a apilar la baraja de manera que aumenten las probabilidades para que el Ermitaño aparezca en la posición correcta.
Parte de mi trabajo como profesor universitario es impartir un curso que se llama: “La psicología de la soledad”. Cada año, les dejo a mis estudiantes una tarea: que se tomen quince minutos para “sentarse a solas con nada más que su mente”. Cuando hablamos de sus experiencias al llevar a cabo este ejercicio, se produce un apasionado debate que muestra los muchos significados que tiene la soledad para distintas personas. Para mí, ésta es una de las razones por las que el concepto de soledad resulta interesante.
De igual manera, les pido a mis estudiantes que llenen un espacio en blanco con lo primero que se les ocurra para completar la siguiente oración:
La soledad es ______.
¿Qué fue lo que se te ocurrió a ti? A lo largo de los años, le he formulado esta pregunta a miles de personas de todas las edades y nunca deja de sorprenderme cuántas respuestas distintas recibo; desde la soledad es: “estar a solas”, “estar conmigo mismo” y “estar apartado”; a la soledad es: “bendición”, “tranquilidad” y “genial”; hasta la soledad es: “desolación”, “tristeza” y “melancolía”. No es sorprendente entonces que no haya un acuerdo entre el público sobre lo que significa o implica la soledad.
Por supuesto, hoy día si en realidad quieres saber cómo se sienten las personas con respecto a un tema, debes pasarte por Twitter (ahora conocido como “X”. Gracias, Elon), y eso fue lo que hice. Colaboré con el estudiante de doctorado que me apoyaba en aquel momento, Will Hipson, y con algunos colegas especializados en análisis de datos masivos para explorar la manera en que los usuarios de Twitter hablaban sobre la soledad. Para realizar esto, nuestro equipo de investigación desarrolló una base de datos gigante con todos los tuits que contenían las palabras soledad, solitario o a solas* y se habían escrito durante un periodo que abarcaba de mediados de 2018 a mediados de 2019, lo cual resultó en un grupo de casi veinte millones de tuits.** A mí me interesaban particularmente las diferentes maneras en que las personas podrían expresarse sobre la soledad o la sensación de estar solos. Para responder mi interrogante, mis brillantes colegas crearon un programa que analizaba y comparaba el contenido de las palabras incluidas en cada uno de los tuits y que, a la vez, englobaban las palabras objetivo.
Descubrimos que los tuits que incluían las palabras soledad y sentirse solo tenían la misma probabilidad de incluir las palabras solo o sola, lo cual no fue una sorpresa; sin embargo, los tuits con las palabras sentirse solo tendían a incluir otras asociadas con emociones negativas, por ejemplo: triste, asustado, aburrido, deprimido, herido y destrozado. En contraste, los tuits sobre la soledad tendían a incluir palabras más positivas, como: disfrutar, paz, silencio, naturaleza, dicha, espiritual, recargarse y Superman.†
Claro está que los usuarios de Twitter no representan de manera fiel a la mayoría de la población, pero resulta interesante ver cómo un subconjunto específico de individuos usa estas palabras y conceptos. De igual manera, me daría curiosidad saber si obtendríamos los mismos resultados al usar otras plataformas, como TikTok o Instagram, o si analizáramos textos de las conversaciones que ocurren en Reddit. Por ahora, podemos decir que los usuarios de Twitter no consideran que el concepto de soledad equivale al de sentirse solo, lo cual es un buen comienzo. Aunque esos términos se usan frecuentemente de manera intercambiable, ¡no son lo mismo!
El concepto sentirse solo se ha explorado y discutido mucho recientemente, sobre todo en el contexto de las experiencias compartidas durante la pandemia del COVID-19. En su libro publicado en 1963, El ahora eterno, el filósofo Paul Johannes Tillich proporcionó una distinción muy citada sobre los conceptos soledad y sentirse solo: “[El lenguaje] ha creado las palabras sentirse solo para expresar la desdicha de estar solo; y ha creado la palabra soledad para expresar la gloria de estar a solas”. Sin embargo, el historiador David Vincent proporcionó mi definición favorita de sentirse solo al etiquetar el concepto como soledad fallida. Sentirse solo la mayoría de las veces es el resultado del aislamiento social, es decir: pasar mucho tiempo solo sin proponérselo. Por lo tanto, el hecho de sentirse solo crea una necesidad. Si te sientes solo, deseas conexiones sociales más significativas y profundas porque existe una discrepancia entre tus necesidades y experiencias sociales reales. En definitiva, sentirse solo es una afección que merece cuidado. Las emociones crónicas relacionadas con la sensación de estar solo pueden conllevar a problemas serios de salud mental, como la depresión, la cual también puede ejercer un impacto en nuestra salud física. No obstante, sentirse solo no es soledad. Podemos sentirnos solos incluso si estamos en una habitación llena de personas, ya sea en un evento laboral con colegas o en una fiesta con amigos. Los adolescentes también pueden sentirse solos y desconectados si están sentados a la mesa con su familia. En contraparte, podemos estar a solas, pero no sentirnos solos, lo cual resulta de lo más natural si hemos optado por pasar tiempo en soledad. Por lo tanto, el concepto de soledad no supone el de sentirse solo.
Entender que la soledad no es necesariamente sentirse solo, no implica una definición clara del concepto. El instinto nos llevaría a creer que el concepto de soledad cuenta con una definición sencilla; al menos así lo pensé yo cuando comencé mi carrera profesional.
He aquí varias situaciones hipotéticas. ¿En qué caso(s) te considerarías en soledad?
Estás a solas en una habitación con la puerta cerrada;estás sentado en un vagón de tren que va lleno, pero tú vas sin compañía;estás caminando por el bosque con tu perro;estás paseando por una galería y observas una exhibición de arte popular;estás en una videollamada con tres amigos;ninguna de las anteriores.¿Qué caso(s) escogiste? De acuerdo con las investigaciones sobre la soledad, la respuesta correcta es “todos los casos”. Estos escenarios se han utilizado en diversas investigaciones como ejemplos de soledad. Como podrás notar, incluso los que estudiamos este tema para ganarnos la vida, no logramos ponernos de acuerdo sobre los términos para definir o describir lo que constituye exactamente la soledad.
Entonces, ¿qué es la soledad?
Si buscas la palabra soledad en el diccionario, encontrarás definiciones como: “la calidad o estado de estar solo o alejado de la sociedad” (Merriam-Webster) o “la situación de encontrarse solo, sin otras personas alrededor” (Cambridge). Estas definiciones de diccionario destacan un tema predominante al conceptualizar la soledad: la separación física de los demás (piensa, por ejemplo, en la frase: “estoy solo en una isla desierta”). Desde esta perspectiva, si alguien se encuentra en un campo abierto sin nadie alrededor, se demuestra que está solo. Por tanto, de forma intuitiva podemos decir que el concepto tiene sentido; a primera vista parece ser una definición sin rodeos. No obstante, el concepto es engañoso a primera vista, ya que las cosas comienzan a desvanecerse si observamos con lupa. Por ejemplo, ¿qué tan alejados hay que estar de los demás para que se considere que estamos en soledad?, ¿debemos estar tan lejos como alcance la vista o el oído?, ¿se considera que estás solo si puedes distinguir formas humanas a la distancia?, ¿existe algún tipo de límite que, una vez rebasado, defina oficialmente que estás solo? O ¿la distancia es menos importante que la barrera física que causa una separación, como en el caso de un adolescente en su habitación a puerta cerrada? Ocurre que no hay un criterio común de distancia mínima o de separación social requerida para clasificar la soledad.
Para complicar más el tema, lo anterior sólo considera la distancia física de una persona con respecto a otros individuos. ¿Cuenta estar en compañía de otros seres vivos?, ¿estás solo si te acurrucas con tu perro o gato en un sillón? Si hemos de considerar esta cuestión en términos de la escala evolutiva, ¿qué tan cerca o lejos debes estar de tu compañía “no humana” para que se considere que “no estás solo”? ¿Estás solo si tu compañía es un loro?, ¿un pez?, ¿un muñeco con cabeza de césped? ¡Resiste la tentación de poner los ojos en blanco porque ésta es una pregunta seria! Existen motivos de fondo que explican nuestro interés por el tema. ¿Estamos verdaderamente solos cuando nos encontramos acompañados de distintos tipos de mascotas? Las investigaciones demuestran que los animales pueden tener una función social. Después de analizar estudios sobre el comportamiento de las personas con sus mascotas durante la pandemia del COVID-19, un grupo de investigadores alemanes concluyó que la presencia de un perro o gato aligera la percepción de sentirse solo, tanto en niños como en adultos.
De cualquier forma, lo anterior sugiere que la distancia física no debería ser el único criterio que determine la soledad. De hecho, el filósofo Friedrich Nietzsche dijo (supuestamente): “Mi soledad no depende de la presencia o ausencia de otras personas” (o incluso de animales, tal vez). ¿Qué más podemos considerar de ayuda para clarificar la definición de soledad? Tomemos prestada una idea de William Shakespeare, quien escribió: “El mundo entero es un escenario”.
Hace más de cincuenta años, el sociólogo Erving Goffman propuso utilizar el escenario teatral como una metáfora que facilitara la comprensión de la forma en que nos percibimos a nosotros mismos en distintas situaciones sociales. Él sugirió que, a medida que avanza nuestro día en compañía de otras personas, estamos “sobre un escenario” y el resto del mundo es nuestra audiencia. La idea es intrigante. Imagina que estás en el escenario de un auditorio lleno de gente. Cuando estamos en escena, un reflector nos alumbra de manera directa y debemos considerar cómo nos ven los demás, qué piensan, qué dirán y cómo se dirigirán a nosotros posteriormente. En una situación así, somos conscientes de todo porque una audiencia nos está viendo y evaluando, de forma que existe la posibilidad de que nos critiquen, lo cual en ocasiones resulta doloroso. El apremio constante que implica autorregularnos puede hacernos sentir bajo presión hasta llevarnos al agotamiento.
Ahora imagina que has terminado de actuar, la audiencia se ha ido y te bajas del estrado. Esto es la soledad. Cuando salimos del escenario, podemos ser nosotros mismos abiertamente. Nadie nos observa o evalúa, no tenemos que interactuar con otras personas, ni responderles o actuar para ellas. De esta forma, la soledad es sencillamente liberarse de las demandas sociales para ser nosotros mismos. Nos liberamos para simplemente… ser.
Lo anterior implica definir a la soledad como una separación percibida por los demás. Por lo tanto, la soledad no se define tanto como un estado de la existencia, sino como un estado mental. Desde esta perspectiva, la soledad puede encontrarse al caminar por las calles de una ciudad en el extranjero o al leer un libro en la mesa de un concurrido café. Este enfoque agrega al concepto una dimensión subjetiva y personal. Algunos podrían considerar que están a solas cuando revisan las estanterías de una librería local, mientras que otros podrían percibir la presencia de otras personas, por lo que tomar un libro de la estantería para revisarlo podría resultar incómodo, especialmente si el libro trata un tema delicado. Sin embargo, incluso si te ubicas en el primer grupo, el propietario de la librería podría romper involuntariamente tu capullo protector al momento de ofrecerte ayuda para encontrar lo que buscas.
El ejemplo anterior recalca otros elementos fundamentales de la soledad, como su fragilidad y naturaleza latentemente efímera. El filósofo y autor Philip Koch definió la soledad como el hecho de desconectarse de otras personas. No obstante, lamentaba que la verdadera soledad resultara en verdad inalcanzable, porque el mundo es, en última instancia, ineludible. Koch planteó estas ideas a principios de la década de 1990, las cuales hoy día, en retrospectiva, podemos ver que fueron proféticas. Incluso en aquel momento, Koch se preguntó si en verdad podemos considerarnos a solas cuando existe la posibilidad de que nos interrumpan en cualquier momento. ¿Te resulta familiar? Estamos ante un tema recurrente en plena era de los teléfonos inteligentes y las redes sociales. Incluso, la tecnología actual dificulta más formular una definición para el concepto de soledad. Ahora es posible (y común) estar a solas físicamente e interactuar con otros de manera virtual (o estar a punto de hacerlo). Esto puede ser un arma de doble filo.
Por ejemplo, durante su adolescencia, mi hijo pasó muchas horas en su habitación jugando videojuegos. No obstante, su situación era distinta a la del típico adolescente sombrío de otras generaciones que se encerraba en el sótano con la computadora. Mi hijo estaba a solas en su habitación, pero interactuaba constantemente con sus amigos a través del teléfono inteligente y sus audífonos. Lo que emanaba de la puerta cerrada de su cuarto estaba lejos de lo que hemos considerado como “sentirse solo”. Al contrario, se escuchaban gritos, exclamaciones y risas compartidas. En este caso, ¿quisiera alguien argumentar que experimentaba soledad?
Muchos han opinado que la tecnología es el fin de la soledad. ¿Podemos dejar realmente el escenario si nuestro teléfono y otros dispositivos electrónicos están siempre a punto de interrumpirnos? En el futuro las cosas se complicarán aún más, ya que los avances más recientes en Inteligencia Artificial (IA) nos obligan a considerar la siguiente pregunta (antes impensable, por cierto): ¿estás a solas si te encuentras interactuando con la IA? Dejemos este tema para más delante.
Por lo pronto, consideremos otras dos acepciones más sobre la soledad o solitud (el término ha sido reintroducido por autores y psicólogos, con un matiz positivo): “un estado o situación en la cual te encuentras a solas porque así lo deseas” (Britannica Dictionary) y “la circunstancia de estar solo, especialmente cuando ésta es placentera” (Oxford Learner’s Dictionary). Ambas definiciones resaltan la autonomía como otro componente crucial de la soledad. Es decir, cuando se trata de estar en soledad, tener la opción importa… y mucho. Tal como lo hemos visto ya, el alejamiento social (que con frecuencia resalta el argumento de que se está a solas, pero sin haberlo elegido), conlleva al aislamiento, la depresión y otras afecciones corporales. Sin embargo, cuando eliges la soledad, le abres la puerta a oportunidades y posibilidades que no podrías encontrar en la compañía de otros.
No estoy seguro de que ésta sea la mejor definición de soledad, pero sin duda apunta hacia factores fundamentales cuando experimentamos momentos a solas, así como al análisis de las implicaciones que tiene la soledad sobre nuestro bienestar. Entonces, ¿en dónde nos situamos con respecto a la definición de este concepto? La respuesta más honesta que puedo proporcionar es que todavía nos falta claridad. Muchos investigadores y teóricos comienzan a inclinarse por una definición más funcional, como: “la falta de interacción con otros, ya sea en persona o de forma virtual”; sin embargo, considero que hace falta matizar lo anterior.
Desde la Grecia antigua, con el filósofo Platón, se ha debatido que la belleza es transitoria por naturaleza y que es un concepto abierto a la interpretación. Muchos han expresado esta noción de distintas maneras, incluidos Shakespeare (“La belleza se estima por el juicio de los ojos”) y Benjamin Franklin (“La belleza, como el dominio supremo, sólo se sostiene en la opinión”). Tal vez fue la autora Margaret Wolfe Hungerford quien enmarcó la definición más elegante en su libro Molly Bawn (1878), que dice: “La belleza está en los ojos de quien mira”. Creo que podríamos decir lo mismo de la soledad.
Las paradojas de la soledad
Los panteones de las mitologías griega y romana carecen de una deidad específica para designar la soledad.†† No obstante, si tuviéramos que nombrar alguno, Hefesto (antiguo dios del fuego, la metalurgia y artesanía) sería un buen candidato. Se decía que Hefesto estaba desprovisto de la perfección física de los otros dioses, por lo que lo marginaron hasta que lo expulsaron del Olimpo. Hefesto pasó la mayor parte de su tiempo a solas en su taller, donde perfeccionó su talento artístico y desarrolló armamento, como el escudo de Aquiles, así como una multitud de estatuas exquisitas y otras obras de arte. Posiblemente esta mitología sea una de las primeras en representar el arquetipo del artista solitario, un tropo común sobre la soledad que perdura hasta nuestros días.
Ahora, si dependiera de mí, sería Jano, el antiguo dios romano, la deidad honoraria de la soledad. Jano fue el dios de los principios y finales; presidía los umbrales y pasadizos, a la vez que se le asociaba con las transiciones, como el año nuevo.‡ Se le representaba comúnmente con una cabeza de dos caras, de ahí la expresión “cara de Jano” para manifestar que alguien es hipócrita, falso o doble cara. La dualidad es un concepto fundamental en la religión, mitología y folklore: Dios contra el demonio, yin contra yang, vida contra muerte, y así sucesivamente. Tal como el caso de la carta del Ermitaño en la baraja del tarot, la dualidad parece ser una parte fundamental de las experiencias humanas relacionadas con la soledad.
Como parte de esta dualidad, la soledad evoca incongruencias reales al reflejar simultáneamente dos caras opuestas. Posiblemente la paradoja más evidente es que la soledad funge como recompensa y castigo a la vez. La soledad puede ser un regalo. Hay muchos ejemplos de ello, como cuando le damos un día de spa a unos padres estresados, o cuando nos damos tiempo para nosotros mismos al hacer una larga caminata; cuando nos bañamos con agua caliente, nos acurrucamos a leer un libro, vemos una serie televisiva de un tirón o videos de gatitos tiernos en TikTok. Independientemente de la actividad, la soledad puede funcionar como una merecida recompensa.
No hace mucho tiempo, escuché las respuestas más conmovedoras en un programa de radio al cual fui invitado. Durante la emisión, se les pidió a los escuchas que llamaran para contar alguna anécdota en la que la soledad se hubiera considerado como “algo positivo cuando se ha pasado por tiempos difíciles”. Una persona que llamó nos contó su experiencia como socorrista al inicio de la pandemia del COVID-19. La tensión que acumuló en su trabajo la condujo a un diagnóstico de estrés postraumático. Ella se caracterizaba por ser extrovertida, sin embargo le había sido muy difícil rodearse de otras personas durante su tratamiento y recuperación. Un regalo que ella misma podía ofrecerse era el de pasar tiempo a solas en lugares tranquilos para así tomar aliento y restablecerse. Me impactó especialmente la manera en que describió la soledad, para ella había sido “como oro”.
Hacia el final del programa de una hora, una madre de tres niños pequeños llamó para contarnos su historia. Después de que su propia madre murió de cáncer, describió el enorme reto que había sido pasar por el duelo al mismo tiempo que cuidar a sus tres hijos, quienes, como es natural, no entendían lo que estaba pasando. Nos contó que había tenido que “fingir todo el día” y, para lidiar con eso, decidió comenzar a correr. Todas las tardes, se ataba las agujetas de sus tenis para correr y esperaba a que su marido regresara del trabajo. Tan pronto como él cruzaba el umbral de la puerta, ella salía corriendo, literalmente. En la llamada, nos confió que a menudo lloraba durante la primera media hora de sus solitarios recorridos; aun así, esas catarsis eran sanadoras. Ella valoraba el regalo de tener “el permiso total de sentir todo su duelo”. Siempre que terminaba de correr, se sentía agradecida por las cosas buenas que la vida le había dado. Tal como estas narrativas lo han ilustrado, la soledad puede pasar de ser un “extra” agradable a convertirse en una necesidad fundamental para el bienestar y la salud mental.
No obstante, la soledad también funciona constantemente como castigo. En este sentido, la soledad representa algo a evitar. Por ejemplo, cuando un niño pequeño se porta mal o no sigue instrucciones, sus padres pueden darle un “tiempo fuera” al mandarlo a sentarse a solas y en silencio. Esta técnica disciplinaria ha demostrado ser muy eficaz para reducir los comportamientos problemáticos y se recomienda ampliamente como alternativa a los manotazos y otras formas de castigo físico.
¿No es extraño que el castigo que en ocasiones les damos a nuestros hijos es la misma recompensa que nos damos como adultos? También es curioso ver que hay niños a los que no les importa pasar el tiempo a solas en su habitación, incluso si se les ha prohibido realizar actividades. Esto, en cierto modo, va en contra del propósito del castigo.‡‡ Cuando mis hijos eran pequeños, utilizaba una variante del castigo y los enviaba a sentarse a las escaleras, pero no los aislaba socialmente.
Otra forma extrema de aplicar la soledad, y que constituye uno de los castigos más duros del sistema penal, es cuando a los reclusos se les sanciona con el confinamiento por conductas inapropiadas. El método (también conocido con el eufemismo: “alojamiento restrictivo”) implica encerrar a los reclusos en una celda muy pequeña, a menudo durante varios días seguidos. En las prisiones de Estados Unidos, este procedimiento se ha puesto en práctica durante más de doscientos años. No obstante, ha cambiado el consenso con respecto a los problemas que plantea el aislamiento en términos de derechos humanos, legalidad y salud mental. Muchos de los estados del país cuentan hoy día con leyes que limitan el uso del confinamiento por periodos prolongados. En diciembre de 2023, el Ayuntamiento de la Ciudad de Nueva York votó a favor de prohibir el uso del confinamiento en todas las prisiones de la ciudad. En mi opinión, es un avance positivo. Como lo veremos después, el aislamiento prolongado puede perjudicar la mente y el cuerpo, por lo que el confinamiento debería ser considerado como un castigo cruel (lamentablemente, todavía se usa).
Una paradoja más sobre la soledad es que se le considera como norma y anomalía a la vez. Por un lado, la soledad es una experiencia humana común, ordinaria y compartida universalmente. Un niño pequeño que juega a solas en un arenero durante el recreo no llama la atención indebida de maestros u otros estudiantes. Un hombre mayor que se sienta a solas en la banca de un parque y le da de comer a las palomas no llama la atención de la mayoría de las personas que caminan a su alrededor. Sin embargo, si una persona come sin compañía en un restaurante elegante, llama la atención; y si una persona decide vivir sola en una cabaña aislada en medio del bosque, probablemente sea considerada una solitaria o una ermitaña (o al menos un poco excéntrica).
Colaboro continuamente con Julie Bowker, una investigadora de psicología que trabaja en la Universidad Estatal de Nueva York, campus Buffalo. En una serie de estudios, nos propusimos explorar de manera más formal bajo qué condiciones y en qué medida las personas tienden a creer que la soledad es “normal”. Una de las tareas que realizamos para estos estudios fue preguntar a más de dos mil adolescentes y adultos jóvenes si era “aceptable” o “inaceptable” que alguien disfrutara de pasar el tiempo a solas. En general, más del 80 % de los entrevistados respondió que era “perfectamente aceptable”; otro 15 % dijo que era “más o menos aceptable”. En general, queda claro que elegir pasar tiempo en soledad no se considera particularmente anormal.
Ahora bien, es justo decir que algunas formas de soledad se consideran más “normales” que otras. Las investigadoras estadounidenses Rebecca Ratner y Rebecca Hamilton exploraron las percepciones de las personas al participar en distintos tipos de actividades, tanto a solas como en compañía. Los resultados que surgieron de una serie de cinco estudios mostraron que los adultos eran mucho menos propensos a participar en una actividad hedónica en solitario (algo divertido), como ir al cine o comer en un restaurante recién inaugurado, que en una actividad utilitaria (algo práctico), como ir a comprar comida o dar un paseo para hacer ejercicio. Las razones para explicar lo anterior tenían que ver con la imagen personal, por ejemplo, si alguien va a jugar a los bolos sin compañía (actividad hedónica), será percibido como “perdedor” o sin amigos.
El extremo de este continuo paradójico se centra en la soledad como un indicio de anomalía. Pasar tiempo a solas se ha considerado durante mucho tiempo como una causa y consecuencia psicopatológica. Tanto el Manual de Diagnóstico y Estadísticas sobre Trastornos Mentales§ (DSM, por sus siglas en inglés), publicado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, como la Clasificación Internacional de Enfermedades,§§ publicada por la Organización Mundial de la Salud, son manuales autorizados que definen, clasifican y proporcionan criterios que usan los profesionales de la salud de todo el mundo para diagnosticar trastornos de salud mental. En la primera edición del DSM, publicada en 1952, a las personas que pasaban demasiado tiempo a solas y tenían dificultades para relacionarse eficazmente con los demás se les podía clasificar como afectadas por un trastorno psicótico, como la esquizofrenia; un trastorno psiconeurótico, como la ansiedad; o un trastorno de la personalidad, como la personalidad esquizoide. En ediciones posteriores, la clasificación cambió en cierta medida; sin embargo, diversos aspectos de la soledad, como el aislamiento voluntario, la evasión crónica de situaciones sociales y los disturbios en las relaciones personales, siguen considerándose parte de los criterios de diagnóstico para muchos trastornos clínicos, entre ellos el trastorno de depresión aguda, el trastorno de ansiedad social (o fobia social), el trastorno de personalidad evasiva y la esquizofrenia.
El aislamiento social extremo es también la característica definitoria del hikikomori, un síndrome clínico por el cual se recluyen los adolescentes y adultos jóvenes. A menudo lo hacen en su habitación y pueden confinarse durante semanas, meses o incluso años. El término hikikomori deriva de la combinación de dos palabras japonesas, hiku, que significa “apartarse”, y komoru, que significa “recluirse”. Originalmente, se identificó como un fenómeno cultural exclusivo de Japón. De acuerdo con los datos de la Encuesta Mundial de Salud Mental de Japón (realizada entre 2013 y 2015) más del 2 % de la población había sufrido hikikomori agudo a lo largo de su vida.¶
En Estados Unidos, y en otros países alrededor del mundo, empiezan a documentarse casos de hikikomori. No obstante, se debaten continuamente los criterios exactos para conceptualizar y diagnosticar este trastorno. Un aspecto fundamental de esta controversia consiste en cuestionar si el hikikomori debiera considerarse como un trastorno clínico “nuevo” o como una combinación de trastornos ya existentes, como el trastorno de ansiedad social, el de personalidad esquizoide o el de depresión aguda. En cualquier caso, el fenómeno proporciona un ejemplo claro y evidente de cómo la soledad puede representar un comportamiento distorsionado que refleja un trastorno mental serio.
Se me ocurren otros aspectos paradójicos de la soledad y estoy seguro de que hay más. Las experiencias de soledad también pueden tanto ayudar (piensa: “la ausencia es al amor lo que el fuego al aire”) como dañar nuestras relaciones con los demás. Se supone que la soledad puede ser favorable (como lo veremos después), pero también puede ser desagradable e incluso dolorosa (igual que comer espinacas, dependiendo de cada quien). Si atáramos estas pequeñas paradojas e hiciéramos un nudo que representara un gran enigma, la soledad podría resultar tanto “mala” como “buena”, lo cual no es una idea nueva. Como veremos en los próximos capítulos, existe una larga historia en la que la soledad se ha descrito como bendición y maldición. La dualidad de la soledad se ha definido en muchos ámbitos y exploraremos ejemplos no sólo de la psicología, sino también de la filosofía, religión, mitología, literatura y cultura popular.
Finalicemos este capítulo con un concepto que se acerca más al aspecto metafísico de la soledad. Los investigadores estadounidenses Christopher Long y James Averill plantearon una interesante analogía entre la soledad y el tiempo al afirmar que aunque los eventos se viven a través del tiempo, el tiempo en sí mismo no es una experiencia. En este mismo sentido, los investigadores argumentaron que experimentamos eventos en soledad, sin embargo la soledad no es una experiencia en sí misma. La idea invita a la reflexión, aunque no creo estar completamente de acuerdo.
A veces siento que experimento el tiempo y sospecho que es una sensación que les pasa a otras personas. Puedo recordar ocasiones en las que me pareció que el tiempo volaba, se frenaba o incluso casi se detenía por completo; esto no constituye la noción de “experimentar el tiempo” necesariamente, pero puedo confirmar que mis episodios de soledad han sido distintos. Puedo evocar momentos en que la soledad me ha parecido una extensa y desierta llanura, pero también puedo rememorar otros en los que la soledad parece estar llena de oportunidades, calidez y comodidad, así como de conexiones conmigo mismo, con los demás o con el mundo que me rodea. Considero que, tal como el tiempo, podemos experimentar la soledad a través de una amplia gama de formas profundamente personales.
* Todas las variaciones de estos términos, como desolado y aislado se incluyeron en la búsqueda.
** La recolección de datos se realizó antes de que comenzara la pandemia del COVID-19. Asumo que el uso de estas palabras aumentó cuando el confinamiento y otras medidas de distanciamiento social estuvieron en su apogeo.
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