El Guillomo - Robin Wall Kimmerer - E-Book

El Guillomo E-Book

Robin Wall Kimmerer

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Beschreibung

La autora de Una trenza de hierba sagrada, Robin Wall Kimmerer, recolecta bayas junto a los pájaros, reflexiona sobre la ética de la reciprocidad que subyace en la economía del regalo. ¿Cómo podemos aprender de la sabiduría indígena y del mundo vegetal para reimaginar lo que más valoramos? Nuestra economía se basa en la escasez, la competencia y el acaparamiento de recursos, y hemos entregado nuestros valores a un sistema que daña de forma activa lo que amamos. En cambio, el guillomo distribuye su riqueza —su abundancia de bayas dulces y jugosas— para satisfacer las necesidades de su comunidad natural. Y esta distribución asegura su propia supervivencia.

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Seitenzahl: 82

Veröffentlichungsjahr: 2026

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A Paulie

y Ed Drexler,

mis buenos

vecinos

Todo

florecimiento

es mutuo

Por las colinas boscosas se desliza el fresco aliento del atardecer, desalojando el calor del día. Con él llegan los pájaros, que esperaban ese alivio tanto como yo. Una bandada de cantos semejante al sonido de una carcajada que me hace reír con idéntico deleite. Me rodean, por todas partes: ampelis americanos, pájaros gato grises, el destello iridiscente del azulejo. Nunca había sentido tal afinidad por mi tocayo, robin, el petirrojo, como ahora, cuando tanto él como yo nos llenamos la boca de frutos silvestres y dejamos escapar risas de felicidad. Los arbustos están repletos de gruesos racimos rojos, azules y violeta en diversas fases de maduración. Hay tantos que pueden recolectarse a puñados. El cubo que he traído —y cómo me alegra haberlo hecho— pesa ya bastante. Los pájaros transportan los frutos en el recipiente de su barriga, preguntándose si podrán volar con tanta carga.

Tal abundancia de frutos se asemeja en todo a un regalo de la tierra. No los he ganado ni comprado, no he trabajado para obtenerlos. Ningún cálculo de méritos podría indicar que los merezco. Sin embargo, están aquí, junto al sol, el aire, los pájaros y la lluvia, formando torres de cumulonimbos, como una tormenta lejana. Podríamos llamarlos recursos naturales o servicios ecosistémicos, pero los petirrojos y yo sabemos que son regalos. Con la boca llena, ellos y yo, entonamos un canto de gratitud.

Mi alegría se debe, en parte, a lo inesperado de su presencia. Nunca pensé que podría encontrarlos aquí. Los frutos de los guillomos locales, Amelanchier arborea, son pequeños y duros, más bien secos, y no es frecuente hallar arbustos que den obsequios tan dulces. Debo la generosidad que hoy me ha permitido llenar el cubo a una especie occidental —A. alnifolia, conocida como saskatun o guillomo de Saskatchewan— que plantaron mis vecinos granjeros, Paulie y Ed. Este es el primer año que da frutos, y lo hace con un entusiasmo equiparable al mío.

Entre los múltiples nombres en inglés con que se conoce al guillomo, el conjunto de especies del género Amelanchier, se encuentran saskatoon, juneberry, shadbush, sugarplum, sarvis, serviceberry.Los etnobotánicos saben que, cuantos más nombres tiene una planta, mayor es su importancia cultural. Este árbol es apreciado por sus frutos, su uso medicinal y por la efervescencia de flores tempranas que blanquean las orlas de los bosques con los primeros indicios de la primavera. Su fidelidad a los patrones estacionales permite utilizarlos como calendario. Su floración es señal del deshielo de la tierra. Servía, en la sabiduría popular, para conocer el momento en que los caminos de montaña se volvían transitables y los predicadores itinerantes llegaban a oficiar servicios religiosos. También es un indicador fiable, para los pescadores, de que el sábalo americano está remontando el río. O lo era, al menos, cuando los ríos carecían de obstáculos y acogían el desove de los sábalos.

Para los pueblos indígenas tradicionales, las plantas calendario como el guillomo son importantes porque sincronizan sus traslados estacionales, los ciclos anuales de desplazamiento por el territorio en busca de aquellas zonas donde el alimento está disponible. En vez de modificar la tierra según les convenía, optaron por cambiar ellos. Comer al ritmo de las estaciones es una forma de honrar la abundancia de la naturaleza, acudir a ella cuando y donde tiene lugar. Un mundo de naves de almacenes y supermercados permite tener lo que se desea en el momento en que se desea. Hacemos que la comida venga a nosotros, con el gran coste ecológico y financiero que eso conlleva, en vez de tomar aquello que se nos ofrece, cada cosa a su tiempo. Estos guillomos no sufrieron coerción alguna, su huella de carbono es nula. Tal vez por eso están tan ricos, efímeros sorbos del verano —solo se producen en esta estación—, sin el regusto del daño.

En inglés, el nombre serviceberry no se refiere a su«servicio», service, sino que procede de uno de los términos con que se conocía al guillomo dentro de la familia de las rosáceas: sorbus, que dio sarvis y, de ahí, service. El apelativo, por tanto, no deriva de sus beneficios, aunque la planta ofrece miles de bienes y servicios a los humanos y al resto de la ciudadanía. Sostiene la biodiversidad. Es uno de los pastos preferidos del ciervo y el alce, fuente temprana de polen vital para los insectos que acaban de aparecer, hogar para numerosas larvas de mariposas —la virrey, la cometa, la atalanta o diversas especies de la subfamilia Theclinae— y pájaros a los que les encantan las bayas y dependen de esas calorías durante la época de cría.

Los individuos humanos también dependen de sus calorías, sobre todo en las prácticas alimenticias tradicionales de los indígenas. Los frutos del guillomo eran un ingrediente clave para preparar el pemmican. Se machacaban las bayas secas junto a la carne curada de venado o bisonte hasta obtener un polvo fino, que se ligaba con grasa animal y se solidificaba, produciendo así las primeras barritas energéticas. Era una conserva muy concentrada que proporcionaba sustento nutricional durante las épocas de hambruna, se transportaba con facilidad y podía almacenarse o llevar consigo. El pemmican se convirtió también en parte del comercio tradicional, de esa sofisticada red a la vez local y transcontinental que distribuía materiales esenciales entre ecosistemas y culturas. Se podían intercambiar las calorías sobrantes del pemmican por bienes no disponibles en la zona.

El guillomo es parte de la dieta indígena allí donde crece. Como miembro de la nación potawatomi, uno de los pueblos anishinaabes de la región de los Grandes Lagos, he tenido el privilegio de probar compotas de guillomo, melosas, en los banquetes tradicionales. Han instruido tanto mis papilas gustativas como mis recuerdos de este alimento ancestral.

En el idioma potawatomi, se conoce como bozakmin. El término es un superlativo: la mejor de las bayas. Me pongo una en la lengua y creo que mis antepasados eligieron el nombre adecuado. Imagina un fruto que sepa como un arándano, con el peso satisfactorio de la manzana, un toque de agua de rosas y el minúsculo crujido de las semillas con un toque a almendra. En todo el supermercado no hay nada que sepa igual: un sabor salvaje y complejo, una sensación que tu cuerpo reconoce como la de la comida auténtica, la que esperaba. Cuando las como, casi puedo notar cómo bailan de alegría las mitocondrias.

Para mí, la parte más importante de la palabra bozakmin es min, raíz que significa «baya, fruto». Aparece en los nombres potawatomis con que se conocen los arándanos (minaan), las fresas (odemin), las frambuesas (mskadiismin), e incluso las manzanas (mishiimin), el maíz (mandamin), y el arroz silvestre (manomin). Esa palabra es una revelación, pues la raíz también significa «regalo». Al nombrar las plantas que nos colman de bondad, reconocemos los regalos de nuestros parientes, las plantas, manifestaciones de su generosidad, sus atenciones y su creatividad. James Vukelich, un lingüista anishinaabe, enseña que los dones de las plantas son «una manifestación de su amor incondicional hacia los seres humanos». Las plantas, escribe, ofrecen lo que tienen a todo aquel que lo necesita, «santos y pecadores por igual».

No puedo evitar observarlas, como joyas brillantes en la mano. Respiro agradecida. La gratitud es la primera respuesta intuitiva ante tales obsequios. Una gratitud que fluye hacia nuestros mayores, las plantas, e irradia hacia la lluvia, el brillo del sol, la improbabilidad de los arbustos cubiertos de lentejuelas, bocados de dulzor en un mundo que puede resultar amargo.

Según la cosmovisión anishinaabe, no solo los frutos son dones; también lo es todo el sustento que proporciona la tierra, desde el pescado hasta la leña. Todo lo que hace que nuestras vidas sean posibles —las tablillas para hacer cestas, las raíces que utilizamos como medicina, los árboles con cuyos cuerpos levantamos nuestras casas y las páginas de los libros— proviene de las vidas de seres no humanos. Sucede siempre, ya sea por recolección directa en el bosque o mediado a través del comercio, cosechado en los estantes de una tienda: todo procede de la tierra. Cuando hablamos de ellos como dones, y no como cosas o recursos naturales o bienes de consumo, nuestra relación con el mundo natural cambia por completo.

En la economía anishinaabe tradicional, la tierra es el origen de todos los bienes y servicios, que se distribuyen en una especie de intercambio de dones: una vida se entrega para ser sostén de otra. Lo importante es conservar el bien de un pueblo, no el de un solo individuo. Recibir un don de la tierra lleva consigo responsabilidades: compartir y respetar, la reciprocidad y la gratitud, y esas responsabilidades te serán recordadas.