El hombre gratis - Mario Jaramillo - E-Book

El hombre gratis E-Book

Mario Jaramillo

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«¿Se han puesto a pensar en el tiempo que gastamos realizando funciones que antes hacían por nosotros?», se pregunta el autor de este ensayo. Dedicamos horas a comprar billetes de avión o de tren en línea, escaneamos los productos que compramos en los supermercados, seguimos laberínticas instrucciones para enchufar aparatos de internet, nos peleamos con los cajeros automáticos cuando no conseguimos la transacción que deseamos, prestamos nuestro oído a eternas grabaciones telefónicas… Mario Jaramillo se queja de que hoy las personas «trabajamos sin cobrar para las empresas que cada vez se enriquecen más, mientras aumenta el despido de sus empleados. Nosotros los sustituimos», afirma. Entre las gestiones y la angustia que nos provoca llevarlas a cabo esas tareas, no nos detenemos a pensar en lo que está sucediendo porque no hay campo para la reflexión. Este ensayo se dedica a ello. Y a explicar las causas y las consecuencias de convertirnos en personas gratis.

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Seitenzahl: 134

Veröffentlichungsjahr: 2024

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MARIO JARAMILLO es licenciado en Derecho, máster en Antropología, doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la UNED. Ha sido distinguido como scholar en Economía por la Universidad de George Mason. Realizó estudios posdoctorales en la Universidad de Harvard.

Como ensayista, es autor del libro ¿Cómo escribir un buen ensayo? Y ha obtenido en dos ocasiones el Premio Internacional de Ensayo Ludwig von Mises.

Además, ha escrito varias obras de narrativa literaria, entre ellas la novela El mar de Camus, publicada recientemente por La Huerta Grande (2023) y elogiada por Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura.

 

 

«¿Se han puesto a pensar en el tiempo que gastamos realizando funciones que antes hacían por nosotros?», se pregunta el autor de este ensayo. Dedicamos horas a comprar billetes de avión o de tren en línea, escaneamos los productos que compramos en los supermercados, seguimos laberínticas instrucciones para enchufar aparatos de internet, nos peleamos con los cajeros automáticos cuando no conseguimos la transacción que deseamos, prestamos nuestro oído a eternas grabaciones telefónicas…

Mario Jaramillo se queja de que hoy las personas «trabajamos sin cobrar para las empresas que cada vez se enriquecen más, mientras aumenta el despido de sus empleados. Nosotros los sustituimos», afirma.

Entre las gestiones y la angustia que nos provoca llevar a cabo esas tareas, no nos detenemos a pensar en lo que está sucediendo porque no hay campo para la reflexión. Este ensayo se dedica a ello. Y a explicar las causas y las consecuencias de convertirnos en personas gratis.

El hombre gratis

COLECCIÓN DE ENSAYO

La Huerta Grande

 

© De los textos: Mario Jaramillo

Madrid, septiembre 2024

EDITA:   La Huerta Grande Editorial

Serrano, 6. 28001 Madrid

www.lahuertagrande.com

Reservados todos los derechos de esta edición

ISBN: 978-84-18657-60-3

Diseño cubierta: Editorial La Huerta Grande según idea original de Tresbien Comunicación

Producción del ePub: booqlab

 

Sobrevendrá el hombre gratis. Sí: el hombre gratis. Aquel que servirá en su tiempo libre a los intereses ajenos. No se le pagará nada por esas horas de trabajo y los ejércitos de obreros modernos estarán conformados por seres felices que alimentarán las máquinas cibernéticas del futuro. Será una servidumbre a conciencia. La deshumanización programada. No quedarán ya hombres pensantes, esos hombres de equipaje vigoroso.

Marius, El mar de Camus

No siendo nada verdadero ni falso, bueno o malo, la regla consistirá en mostrarse el más eficaz, o sea, el más fuerte. El mundo ya no se dividirá entonces en justos e injustos, sino en amos y esclavos.

Albert Camus, El hombre rebelde

En la Era de la Inteligencia Artificial estamos obligados a definir, con exactitud, un ser humano.

Edward O. Wilson,

The Origins of Creativity

ÍNDICE

EL HOMBRE GRATIS

Introducción: no soy un robot

Ni Smith ni Marx

La nueva esclavitud

Los domadores de máquinas

Náufragos de la realidad

El alambique de la riqueza

La venta de la felicidad

La sociedad frenética

El animal narciso

La sonrisa del vendedor

La deshumanización programada

El tiempo no tiene precio

La desmedida del hombre gratis

Los dueños del ocio

Libro de papel

Libro de papel y la famosa inteligencia artificial

La virtud mediterránea

Bibliografía recomendada

INTRODUCCIÓN: NO SOY UN ROBOT

La sabiduría humana existe. Pero resulta imposible transferirla a las máquinas porque nadie conoce los mecanismos de funcionamiento de esa sabiduría. Se trata del patrimonio exclusivo del ser humano que no baja la vista cuando arrecia la impostura.

Las máquinas no tienen el poder de la omnisciencia pues de ella también carecen las personas que las crean. Todos llevamos a cuestas el sambenito de la equivocación. Muchas veces subvaloramos nuestra conducta e inteligencia y terminamos por asumir que las máquinas son superiores al hombre. Es un desliz misterioso, cuya causa desconocemos. Rebajamos nuestro juicio porque se escabulle ante los puntos de comparación. Y entonces se cae en el abismo de la mecanofilia, el amor irredento hacia las máquinas, hacia donde nos lanzamos sin paracaídas.

La ciencia ficción es cada vez más ciencia y menos ficción. La imaginación infinita y admirable de Julio Verne ahora se torna ante nuestros ojos reducida. Lo que antes era un tropiezo contra la realidad ha pasado a ser un ardid de nuestro tiempo. Es como si la revolución digital echara una carrera a la imaginación del hombre en torno a los avances tecnológicos, y la fuera ganando. Sin embargo, aún se halla en la Edad de Piedra. Se encuentra en las primeras fases de su evolución. Aún distamos de alcanzar los niveles de percepción a los que podría llegar y, por tanto, no entendemos su magnificencia real. El científico Edward O. Wilson, que fue profesor de Biología de la Universidad de Harvard, en su libro The Origins of Creativity, no se encoge para llamarnos la atención sobre la escasez de nuestra captación: «Percibimos menos de una milésima del uno por ciento de la diversidad de moléculas y ondas energéticas que constantemente pasan a nuestro alrededor y por nuestro interior».

Pero no nos asustemos. Lo peor es que podríamos caer en el pánico, donde terminan los aires de prepotencia que a veces convendrían a los seres humanos. Llegará un día, por ejemplo, en que las contraseñas funcionarán a la primera y no tendremos que recordarlas. O eso espero. El extravío dejaría de ser remordimiento locuaz. También llegaremos a entender la trampa de las tarjetas de fidelización, cuyo único propósito es atiborrarse de nuestros datos personales y luego negociar con ellos. Todo gratis, por supuesto. Entenderemos, para citar un caso más, que, cuando rellenamos una encuesta, después de que una máquina nos dice «No tardará sino unos minutos», se ha cometido un fraude con nuestro tiempo. Alguien creó una desequilibrada moneda de cambio y usted no debe saberlo, mientras exhale cierto tufillo de conformidad.

Si multiplicamos esos pocos minutos de cada uno de los millones y millones de clientes en el mundo, las empresas tendrán un cúmulo precioso de información solo a cambio de nuestra ingenuidad. El hombre gratis no suele tener consciencia de su función económica al servicio de las empresas del siglo XXI. Estas quieren ganar dinero. De eso se trata. Sí. Y también quieren saber quiénes somos para ganar más dinero. Al final, el resultado es el mismo: dinero, pero multiplicado. El lucro, la riqueza, el tener sobre el saber. El séquito se ríe mientras tanto.

La variedad de expresiones que hay para definir la actual realidad es múltiple: revolución informática, revolución digital, revolución cibernética, revolución de las comunicaciones, revolución tecnológica o incluso, peyorativamente, revolución de la idiotez. Podemos tomar cualquiera de ellas, según nuestro gusto particular, pero todas son al fin y al cabo una revolución.

La confusión es signo de nuestro tiempo. Y la desconfianza, su manifiesto. La gente ha dejado de creer. La humanidad no encuentra referentes de donde asirse mientras naufraga. No cree en los medios de comunicación, no cree en el periodismo independiente, no cree en los líderes, no cree en los partidos políticos, no cree en la justicia, no cree en la ley, no cree en los sindicatos, no cree en los gremios económicos, no cree en los sacerdotes, no cree en los gobiernos. No cree sino en aquello que satisfaga su individualismo funcional. Y cuando piensa que actúa dentro de las inclinaciones grupales que marcan la revolución digital, en realidad solo hace un aporte a la imbecilización social, como apunta el filósofo Fernando Savater.

Estamos a la deriva. Somos náufragos de la realidad a la espera de una mano tendida que nos rescate de la confusión. La geometría del aturdimiento no permite bracear y parece que hemos dejado de comprender el mundo. Hay algo que no encaja.

La realidad histórica admite infinitud de interpretaciones. Pero la única cierta es la que nos corresponde vivir. Habitamos el siglo del amor hacia la máquina. El siglo de la mecanofilia donde las multitudes transportan el Caballo de Troya. Acierta el filósofo José Ortega y Gasset cuando afirma, en La rebelión de las masas, que «los ritos más absurdos atraen la adhesión de las masas». La veneración por la máquina es el rito de amor de nuestro tiempo.

Contiene, por tanto, ese trato superlativo por las cosas que impregna el pragmatismo. Lo vital no es agradar a la mente sino saciar el cuerpo. No hay cupo para el escepticismo porque no hay cupo para la duda. El hombre queda así orgánicamente satisfecho porque rehúsa o ignora que el verdadero alimento está en la aspiración espiritual, en la invención del alma. Ese alimento está casi siempre oculto, no se deja observar y resulta imprescindible la tarea, casi arqueológica, de des-ocultarlo. Como Goethe, deberíamos decir: «Yo me declaro del linaje de esos que de lo oscuro hacia lo claro aspiran».

Pero las cosas no son dueñas de la vida del hombre actual. Los auténticos dueños son los que están detrás de las cosas. Los mismos que se aseguran de que la producción será comprada y las cosas vendidas. Los que se hacen millonarios —y cada vez más— a costa de que, sin notarlo, trabajemos para ellos, les dediquemos nuestro tiempo y les ahorremos costos en salarios por reemplazar empleados cuyas funciones ahora llevamos a cabo.

¿Cómo se enriquecen las grandes empresas a través de la revolución digital? De varias maneras, pero una de las principales es con la información de sus clientes. Cuando millones de seres humanos aportamos información, creamos un valor negociable. La información personal, a través de potentes máquinas, se convierte en muchísimos datos, que configuran el llamado big data, cuyo funcionamiento se realiza a través de mecanismos de retroalimentación. Es el alimento que los humanos proporcionamos gratuitamente a los algoritmos. Es una herramienta de poder y de manipulación. Pocos imaginan lo que supone en ganancias para las empresas cuando damos un clic a “Aceptar”. Esta palabrita mágica pone en marcha miles de algoritmos que tomarán la información del usuario o internauta para redoblar la oferta de bienes y servicios según el perfil detectado de manera completamente gratuita. Solo queda el recuerdo de lo que no debíamos haber hecho.

Los tecnólogos —se ha dicho— no descubren porque saben, sino saben y por eso descubren. Con ello, día a día, maximizan el funcionamiento de las máquinas, aportan innovaciones a la inteligencia artificial y, sobre todo, descubren formas de ahorro para las empresas donde trabajan. Una de sus funciones es reducir costes laborales a costa de los clientes. Si un capitalista puede recortar gastos de personal mediante la transferencia de trabajo a sus clientes, lo hará sin titubear un segundo. Él sabe cómo tender la mano.

El hombre satisfecho no conoce más porque está desespiritualizado. Al tiempo, es víctima de una avalancha inesperada, en la que solo aspira a sacar la cabeza y tomar aire. Es la sensación de alivio que lo inunda cuando consigue realizar correctamente una operación en línea. Pericles afirmaba que los fuertes de espíritu eran aquellos que reconocían con toda exactitud lo horrible y lo agradable. Se ha perdido el sentido de la aversión hacia lo ignoto. Deberíamos recuperarlo para saber si lo que hacemos nos dañará o no, como manifiesta Hobbes. Y tenía razón Voltaire, en su Tratado de la tolerancia, donde escribió: «Os he dado brazos para cultivar la tierra y un pequeño fulgor de razón para conduciros; he puesto en vuestros corazones un germen de compasión para que os ayudéis mutuamente a soportar la vida. No ahoguéis ese germen; no lo corrompáis».

La revolución digital puede verse tan monstruosamente como queramos. Pero también podemos ver su lado más bondadoso, como las cientos de aplicaciones de las que nos beneficiamos a menudo. En este ensayo, donde advierto que no soy un robot, hemos lanzado la moneda al aire y ha caído de canto. Podemos confrontar las dos caras sin problema alguno. En este ensayo, donde “unas son de cal y otras de arena”, nos hemos sumergido en el universo finito del tiempo donde el hombre actual, a veces sin consciencia y a veces con su consentimiento, es sumisión ante los halagos de la tecnología. Un ímpetu en el que deberíamos salvar nuestra reputación de personas.

NI SMITH NI MARX

Los hombres primitivos, a los que la antropología define como pertenecientes a las llamadas sociedades de cazadores-recolectores, tenían su propia ética del trabajo, su organización laboral, y empleaban las conchas como moneda para recompensar las faenas ordinarias de búsqueda de comida y abrigo. Hoy se observa como un fenómeno prehistórico y explicativo de la evolución humana. Pero en realidad los cazadores-recolectores no han desaparecido del planeta. Sobreviven como esos viejos modos de vivir, alentados por una forma simple de existir.

Observe un mediodía en Nueva York. Miles de trabajadores abandonan oficinas y despachos y se dirigen, como cazadores, a las tiendas de comida. Se forman colas y tumultos, se codean para estirar los brazos y alcanzar las estanterías y llevarse un trozo de comida después de pagar por ella. Los mejores cazadores triunfan. Quienes llegan tarde no encuentran sino restos poco apetecibles y malhumor para rellenar sus botellas de agua. Deben marcharse a otros lugares, como lo hacían los cazadores-recolectores en busca del alimento. La ciudad de repente se vacía. La nostalgia martilla el asfalto. Es porque los cazadores-recolectores han ido al Central Park a comer y a retozar, como lo hacían sus antepasados en los tiempos prehistóricos. Es la impronta genética y el dinero a cambio de trabajo.

Adam Smith publicó la Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones en 1776, una obra que ha cambiado la vida de muchos hombres y naciones. Como lo haría Karl Marx un siglo después con la publicación de El capital. Para el economista y filósofo escocés, desde luego, no había duda: en todas partes se entiende por salario aquella recompensa que se le da a un hombre por su trabajo. La obviedad es inocultable: «El hombre siempre ha de vivir y mantenerse con su trabajo», propugnaba el padre intelectual del capitalismo. Jamás le pasó por su cabeza el hombre gratis, o sea, aquel que trabaja sin recibir a cambio un salario. La razón es elemental: quien trabaja contribuye a la producción de bienes y servicios y, por tanto, se le compensa con un salario. Lo demás es mezquindad.

Smith entendió a los domadores de máquinas: los mueve el egoísmo. Pero advirtió, sin embargo, en su pequeña gran obra La teoría de los sentimientos morales —un libro que jamás han leído los empresarios—, que «sentir mucho por los demás y poco por sí mismo, restringir los impulsos egoístas y dejarse dominar por los aspectos benevolentes constituye la perfección de la naturaleza humana».

Aristóteles, muchos siglos antes, se sintió perturbado por ello. Contaba cómo en Grecia el egoísmo era censurado. El filósofo afinaba la mente y se ponía varios puestos por delante: «El egoísmo no consiste en amarse a sí mismo, sino en amarse más de lo debido». Un encanto de frase, vagamente desatendido, que expresó en Política.

Incluso para Mijaíl Bakunin, contemporáneo de Marx, la explotación y la esclavización alcanzaban su largo brazo cuando llegaban hasta el trabajo asalariado. Pero jamás invocó ni pensó en la gratuidad del mismo. El trabajo tiene un salario como recompensa. Punto. Ha sido un supuesto creíble en la historia de la humanidad. Un deslumbrante El Dorado, una gracia reveladora de la expulsión del Paraíso.

Karl Marx puso en escena la historia de la lucha de clases, paisaje de una humanidad agobiada y doliente. La historia entre opresores y oprimidos. Entre capital y trabajo. Echó a rodar su pensamiento, como quien suelta una carreta por una pendiente a ver qué sucederá. Cuesta abajo, metió cizaña, después de haber publicado El capital en 1867. Se trataba de una gigantesca obra, prácticamente indigerible, que se estudió poco al principio. El conjunto de volúmenes dibujó el tamaño de la maqueta arquitectónica de la ilusión. Sobre ella, dormitaban los burgueses. A los libreros se les ocurrió entonces pedir resúmenes y así llegó a un público menos ilustrado.

Antes de eso redactó con Friedrich Engels, su gran amigo, El manifiesto comunista