El horizonte es mi fin - João S - E-Book

El horizonte es mi fin E-Book

João S

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Beschreibung

Cuando me siento estancado y triste en este mundo en que vivo, carente, agresivo y hostil, me voy al mar y todo pasa. Si te toca llorar, siempre es mejor frente al mar … al fín y al cabo estoy satisfecho con mi vida porque me ha dado la posibilidad de entender que lo mas hermoso que hay en esta tierra es la humildad y el amor. Y soy feliz porque no siento odio en mi corazón, soy feliz porque tengo esperanzas, porque puedo sentarme bajo un árbol y contemplarlo y respirar su aroma, porque puedo perdonar. Soy feliz porque siempre podré tender mi mano al amigo y ser fiel y agradecer por las pequeñas o grandes cosas que otros hicieron por mi sin pedir a cambio, por todas esas maravillas que te regala la vida diariamente y que apenas advertimos, aquellas pequeñas grandes cosas que nos sostienen y nos hacen pensar en el camino enorme que recorrimos para llegar.

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

Colección: Novela

© João S

Edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes.

Diseño de portada: Antonio F. López.

Fotografía de cubierta: © Fotolia.es

ISBN: 978-84-17542-56-6

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

NOTA DEL AUTOR

Esta es una obra de ficción.

Personajes, escenarios y situaciones se deben a la imaginación del autor.

Y aunque basados en circunstancias reales no deben desvirtuar el carácter ficticio de esta novela.

Cualquier semejanza con la realidad debe atribuirse a la casualidad.

Existen palabras que necesitan ser escritas y merecen ser leídas

Quisiera contar la historia de cómo empezó todo, de cómo comencé a escribir y de por qué…

En realidad muy pocas personas que me conocen saben que escribo. Y desde los 12 años escribo. De muy niño me refugié en la lectura como forma de escapar de una escuela odiosa y del mundo hostil que me rodeaba. Mi padre tenía una pequeña biblioteca en casa, además todo el dinero que me caía lo empleaba en comprar libros; lo primero que leí a los 12 años fue a Víctor Hugo, Los Miserables, luego a Dostoievski, Crimen y Castigo, una novela que me marcó para siempre. Esa teoría de los hombres ordinarios y extraordinarios que el autor pusiera en boca de Raskólnikov. El protagonista, todas sus disquisiciones interiores, su mundo en guerra… Me pareció fascinante, máxime cuando yo era una persona decidida a sumirme en mi mundo interior para poder así romper con aquello que no me gustaba, la odiosa vida cotidiana.

Era un momento en Cuba de un colectivismo atroz, un colectivismo al cual no había forma que pudiese integrarme y sin llegar a ser un disidente activo, fui un disociado total y comencé a rodar por los caminos opuestos de la corriente de moda. Lo primero era subvertirme a mí mismo, dejarme la melena, no afeitarme, hacer lo menos; solo pensar y leer y escribir con un lápiz o un bolígrafo, en cualquier hoja, mis poemas y relatos, pero sobre todo mis poemas; eso me trajo muchos problemas y también a mis padres y sobre todo a mi madre que siempre me amó con locura. Ella tuvo miedo, pero yo no quise ser como ella que renunció a su fe pública por miedo. Me molestó cuando un día no fuimos más a la iglesia por temor a las represalias que entonces se arremetían contra los religiosos.

Quiso enseñarme a decir una cosa en casa y otra en público y a no confiar de nadie, ni de la propia familia porque tenía miedo. Hoy la comprendo y sé que sus miedos no fueron infundados, que podían convertirte en una no persona, no era necesario más nada, solo el estigma era suficiente para que todo el mundo te volteara la cara como un apestado asqueroso. Pero yo prefería ser ese apestado y ser yo. Y me convertí en rebelde y sufrí. El primer encontronazo fuerte con la escuela fue cuando había que recibir a Leonid Breznev, primer secretario del PC de la URSS en aquel entonces, y estaban preparando un recibimiento gigantesco en Santiago para su llegada donde todos los alumnos tenían que participar; era una inmensa tabla gimnástica al estilo soviético que me pareció una gran payasada, y no fui. El resultado fue que estuve al borde de la expulsión.

A partir de ahí comenzó todo…

El vuelo del Gorrión

Estoy parado en el balcón y veo a María que parquea su flamante Chevrolet Impala del 59 blanco y verde; se ve impecablemente hermoso desde arriba con sus aletas traseras como un gran ángel. Bajo corriendo para verlo de cerca en todos sus detalles, entonces todos se ríen de mi observación. “¿Le vas a comprar el carro a María?”, me dice Yanet que está allí sentada con su sonrisa jodedora como siempre. María a su lado resalta con su exagerado maquillaje y también Jorge, el flaquito afeminado que teje y teje con las piernas cruzadas y su mirada lánguida. Todo el mundo dice que Jorge es pato, pero Yanet siempre lo tiene ahí tejiendo y tejiendo; también dicen que a Jorge no le dan trabajo por eso mismo de la patería y tiene que andar tejiendo para ganar algún dinero igual que Yanet que se va del país. Ellos tejen ropita de canastillas, suéter, gorritos; a mí me regalaron un gorrito lindísimo para el invierno, pero como no hay invierno lo guardo de recuerdo. María también se va del país y le van a quitar ese Chevrolet tan lindo. Ellos hablan mucho entre ellos y yo estoy siempre escuchándolo todo, hasta vi cuando María se puso roja de furiosa y le decía a Yanet que el carro que compró con su esfuerzo y dinero ahora lo va a disfrutar un hijo de puta comunista de a gratis.

Ya no estoy en el balcón, siento que está cayendo la noche y hace cierta frialdad. Yanet me está probando un suetercito que Jorge acaba de terminar, entonces veo los ojos rojizos de Jorge que llora. No está María, oí decir a Yanet la otra tarde que ya le quitaron el Chevrolet, pero ahora es Jorge que llora y llora sin reparo. “¡Me citaron para la UMAP!”. Yanet se pone la mano en la boca y se apaga su sonrisa de jodedora, se queda seria. Muy seria está cuando mi mamá me llama y subo con esa palabra en la cabeza: UMAP, UMAP… “¿Qué es la UMAP, mamá?”, pero mamá se asusta: “Cállate, cállate, ¡ay, Dios mío!, ¿de dónde sacaste eso muchacho?”.

Ahora estoy sentado en el escalón de la entrada de la escalera y está Yanet tejiendo sola y llega Jorge y la abraza llorando. “Me voy el lunes temprano”. Yanet no dice nada, solo lo mira. “El domingo me voy a despedir de mis amigos, pero como sé que no está bien invitarte a una fiesta de pájaros vine a despedirme de ti ahora”. Yanet lo sigue mirando. “¡Cuídate mucho, hijito!”. “Este gorrioncito no nació para la jaula madrina, te agradezco mucho todo lo que has hecho por mí”. Sigo sentado en ese mismo escalón y veo que Jorge se va muy rápido y Yanet llorando se abraza a mí; no me atrevo a decir ni a preguntarle nada, pero muy mala debe ser esa UMAP para que la gente llore así… Ya he oído que allí meten a los mariquitas como Jorge para volverlos hombrecitos, aunque si es para eso no debe ser tan malo, pero lo que no entiendo es por qué Jorge no querrá hacerse hombrecito.

Ahora es lunes en la mañana y Yanet llama a mi mamá. Cuando bajamos está con los ojos muy rojos y me dicen que me vaya a jugar, pero me escondo para escucharlo todo porque sé que pasó algo muy malo, muy malo. Ahí es cuando oigo a Yanet decir que Jorge se envenenó y está muerto. Entonces pienso que hay que estar loco para matarse por no quererse hacer un hombrecito, pero Yanet dice que el gorrión no vive en jaula.

Ya no puedo recordar el rostro de Yanet, por más que me esfuerzo se desvanece, se difumina, se esparce como el viento, pero hay instantes en que me vienen a la cabeza las cosas tan nítidas como aquella tarde en que fuimos al aeropuerto bajo la lluvia y la pista estaba tan mojada que parecía un gran espejo, un inmenso espejo desde arriba, porque entonces en el aeropuerto de Santiago te permitían subir a la terraza a ver la salida del avión. Ella subió con una sombrilla las escaleras y luego se viró y dijo adiós y adiós y adiós con la mano para siempre. Todavía cierro los ojos y veo su mano, solo su mano, aquella que movió y movió y movió y aún se mueve en mi cabeza y se mueve cuando cierro los ojos. Al día siguiente al salir para la escuela vi su casa cerrada y un enorme sello en la puerta, un inmenso sello que se hizo tan grande que me hizo llorar mucho porque sabía que nunca más podría entrar en esa casa a comer los dulces tan ricos que me aguardaban al llegar de la escuela… “¡Tía Yanet! ¡Tía Yanet!”, “¡mi niño! ¡ven, mi niño”, y ¡a correr por los pasillos hasta la cocina! Entonces me recibía con un abrazo inmenso, un beso y me decía: “¡Llegó el hombre orquesta!, ¡mira lo que te hice!”, y aparecía aquel dulce exquisito, luego un juguete que no sé de dónde lo sacaba y otro abrazo y su sonrisa espléndida. De pronto Yanet fueron cartas con un colorido sello con la imagen de la estatua de la libertad, cartas con tres meses de retraso, cartas con cuchillas Gillette en su interior, cartas que llegaban descaradamente abiertas o medio abiertas, cartas con fotos en colores, cartas, cartas…

Un día estoy parado en el balcón y veo un flamante Buick del 57 a dos tonos de verde que se parquea y se bajan unas gentes que se estaban mudando a casa de Yanet; luego nos enteramos que le asignaron la casa a un capitán de las fuerzas armadas. Sin dejar de recordar a Yanet cada día cuando veía el flamante Buick brillar al sol del mediodía, pensaba en María.

*Las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) fueron campos de trabajos que existieron en Cuba entre 1965 y 1968. Allí estuvieron unos 25.000 hombres, básicamente jóvenes en edad militar que por diversos motivos se negaban a hacer el servicio militar obligatorio, miembros de algunas religiones o bien eran rechazados por homosexuales. También se internaban a las personas que eran consideradas por el estado como incompatibles con el sistema.

Durante una acción policial a gran escala por todo el país, miles de jóvenes son llamados en sus casas y llevados en trenes, camiones y autobuses hasta la provincia de Camagüey, donde son concentrados en diversos estadios deportivos. Luego se les traslada hacia zonas agrícolas, para realizar trabajos, sobre todo en el corte de caña. Se albergan en barracas insalubres, ubicadas en campamentos cercados con alambre de púas, que son custodiados por efectivos del ejército.

Ante las protestas de organismos internacionales y de intelectuales extranjeros de renombre, son cerradas las UMAP. El documental Conducta impropia, de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal, testimonia el acoso sufrido por los que fueron confinados en esos campos.

Los robles

Los robles se reducen en la distancia

hasta convertirse en meras líneas

ridículas, minúsculas

y casi transparentes

Y uno cree ver

alguna cosa flexible y ligera.

Aunque son los robles…

“¿Por qué se va la gente papá?, ¿por qué se van?”…

Por las tardes me iba a casa de Néstor y jugábamos a chapistear los carritos de juguetes aboyados y los desarmábamos y le calentábamos la parte aboyada con un fósforo y luego con un martillito le dábamos la forma de la carrocería, lo lijábamos y pintábamos, ya teníamos un tallercito. Todas las tardes me iba a jugar en el garaje de su casa, una casa de hormigón deslumbrante y nuevecita en el reparto Fomento, cerca de mi casa, pero no tan cerca.

Una tarde en que llegó con un bolso repleto de carritos aboyados, me dijo: “Debemos dejar el taller compadre”; “¿¡Cómo que dejar el taller!?”, entonces se acercó y me dijo bajito: “Voy a tener que armar otro taller, pero lejos… hoy no puedo jugar y ya no nos vamos a ver más”; “¿¡Pero qué pasa!?”; “Nada, nada… mi mamá me está llamando”. Y se fue llorando. “¿¡Qué pasó!?, ¿¡qué pasó!?”, por todo el camino me fui cuestionando hasta la casa… “¿Qué pasó?, ¿qué pasó?”. Al otro día en la escuela el pupitre de Néstor vacío, vacío. “¡Se fue un gusano de mierda!”, dijo un chico airado en el aula, yo pensé: “Él no era ningún gusano de mierda, era un gran mecánico”…

“¿Por qué se va la gente, Papá?”…

La fuga