El imitador de Garavito - Kevin Pinzón - E-Book

El imitador de Garavito E-Book

Kevin Pinzón

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UN RELATO DESGARRADOR QUE NOS SUMERGE EN LAS PROFUNDIDADES DE LA OSCURIDAD HUMANA. Por primera vez en la historia un asesino en serie y su imitador se sientan frente a frente: El monstruo de los cañaduzales y La Bestia son reunidos por el equipo de Testigo Directo en la cárcel de La Tramacua, en Valledupar. En una impactante confesión al periodista Kevin Pinzón, Manuel Octavio Bermúdez revela su siniestro deseo de superar el récord de asesinatos de Luis Alfredo Garavito, quien –desde la Cárcel– ayudó a los investigadores, por medio de un perfil psicológico y de comportamiento del criminal, a capturar a Bermúdez; quien fue condenado por 23 homicidios, que originalmente la Fiscalía le atribuyó a Garavito. A través de entrevistas exclusivas y una mirada incisiva, Pinzón nos lleva más allá de los titulares sensacionalistas, explorando los aspectos más oscuros y complejos de la naturaleza humana. En un mundo donde la justicia a menudo es insuficiente, este relato arroja luz sobre la verdadera tragedia: las vidas destrozadas y las vidas perdidas de estos niños. «Es un libro que denuncia, es un libro solidario, es un libro que nos arrincona y nos lleva a límites que jamás hubiéramos pensado». Cristian Valencia – Escritor

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Seitenzahl: 196

Veröffentlichungsjahr: 2024

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EL IMITADOR DE GARAVITO

©️ 2024 Kevin Pinzón

Reservados todos los derechos

Testigo Directo Editorial S.A.S

Primera Edición Marzo 2024

Bogotá, Colombia

Editado por: ©️ Testigo Directo Editorial S.A.S

E-mail: [email protected]

Teléfono: (604) 2888512

Web: www.testigodirectoeditores.com

ISBN: 978-628-96066-4-5

Productor Ejecutivo: Rafael Poveda

Productor General: Jorge E. Nitola C.

Edición: Cristian Valencia

Maqueta de cubierta: Mamba Productions

Coordinadora Editorial: Karen Arias

Investigación: Michell Rodríguez

Director de Fotografía: Edward García.

Producción Audiovisual: Juan Carlos Lozano

Primera Edición: Colombia 2024

Impreso en Colombia – Printed in Colombia

Hecho el depósito de ley

Todos los derechos reservados:

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.

Sino que con los corazones destripados y las sienes rotas

y los brazos rompidos

sobábamos la fanfarria de los nunca rendidos pero siempre derrotados.

León de Greiff

Prólogo

El imitador de Garavito es un libro abisal, se sumerge en las profundidades más oscuras del comportamiento humano. Es desgarrador y honesto. Kevin Pinzón ha logrado una obra que seguramente será materia de estudio en las facultades de psicología y criminología.

Es un libro para leer en buen estado de salud mental y física. No cualquiera soporta los embates de las desviaciones humanas más crueles. Es necesario. Solo nombrando lo innombrable podremos evitarlo algún día.

Es un libro que denuncia, es un libro solidario, es un libro que nos arrincona y nos lleva a límites que jamás hubiéramos pensado.

Y, sobre todo, es un libro que nos salva.

Nos salva del horror.

Cristian Valencia

I

El día que murió Luis Alfredo Garavito, el asesino serial de niños más cruel y despiadado de la historia, recibí muchas llamadas y mensajes. La mayoría eran para felicitarme.

Los que más me impactaron fueron estos: «Felicitaciones, usted es un duro». «Lo logró, se murió ese hp». «Felicitaciones, le ganó a ese viejo la partida». Me felicitaban como si yo lo hubiera matado con mis propias manos. Muchas personas percibieron la noticia como si mis peleas con él a los gritos y groserías, por teléfono o dentro de la cárcel, hubieran terminado por debilitarlo. Todavía creen que le di de baja con la presión mediática de cada entrevista que me hicieron los medios, en donde le envié mensajes con vehemencia y valentía a pesar de sus amenazas. Como si mis palabras hubiesen sido puñaladas morales que acabaron poco a poco con Luis Alfredo Garavito.

Por mi cabeza pasaron miles de imágenes. Recordé las confrontaciones, las amenazas, la zozobra, la intranquilidad prolongada por más de tres años. Y claro, las malditas pesadillas en donde se me aparecía y me buscaba incesantemente para cobrarme la ‘acribillada moral’ que, según él, le hice frente a todo el país. También sentí los dolores físicos con los que me levanté después de cada sueño. Porque día tras día y, de alguna manera, yo reencarnaba en sus víctimas y era asesinado por él todas las noches.

Estoy seguro de que en ese momento pude ver, recordar y sentir a cada niño asesinado, y que todo esto pasó en menos de un minuto. Hasta que me aterrizó la llamada del imitador de Garavito, Manuel Octavio Bermúdez, conocido como El monstruo de los cañaduzales. Bermúdez dedicó su vida a imitar los crímenes de Luis Alfredo Garavito. Me llamaba desde la cárcel de Popayán. Debo confesar que no quería contestarle, no quería escuchar sus lloriqueos lamentándose por la pérdida de su ídolo, su senséi. Era lo que menos necesitaba oír en ese momento. Pero el celular no paraba de sonar, porque Manuel Octavio no es de los que se dan por vencidos.

Así que contesté.

Me preguntó si era verdad lo de la muerte de Garavito. Respondí que sí, que estaba confirmado. Después de un silencio corto, como si analizara su nueva situación, comenzó a hablar de sí mismo. Me preguntó por una entrevista que le había hecho unos meses atrás, cuando yo aún no decidía si meterme o no a investigar su historia; porque la verdad es que quedé completamente desocupado –como sin alma– con los tres años que le dediqué a la historia de Garavito. Pensaba dedicarme a hacer reportajes de farándula para quitarme de encima esa costra amarga y cruel.

—Le voy a enviar unos escritos que hice —dijo de pronto Manuel Octavio—. Es que le quiero contar algo que me dio pena contarle ese día que vino aquí a la cárcel —siguió, sin darle mayor importancia a la muerte de Garavito. Hasta se podría decir que hablaba con un tono de orgullo, porque se sentía único, el primero, el peor asesino serial vivo de la historia.

Cuando colgó fue como si todo el peso de esas terribles historias me aplastara. Y me derrumbé. Me invadió el frío y lloré.

Lloré como quien sobrevive a una guerra, como a quien la vida le da una segunda oportunidad, como un preso cuando le abren la última reja para salir en libertad. A la vez sentí una melancolía por todas mis madres adoptivas, esas que perdieron sus hijos y que se refugiaron en mí. Qué amargura y dolor debieron sentir al escuchar aquella noticia, la vida no les dio revancha, la justicia divina se quedaba corta, no fue posible cobrarle ojo por ojo y diente por diente como hubieran querido; en este caso no sintieron que fue ecuánime La señora muerte.

***

La entrevista a la que se refería Manuel Octavio sucedió meses atrás, cuando todavía Garavito estaba en el pabellón de alta seguridad de La Tramacúa de Valledupar. Recuerdo la primera vez que vi al Monstruo de los cañaduzales. Íbamos con todo el equipo para conversar una vez más con Garavito.

Me desconcentraban los sonidos de las rejas al abrirse y los murmullos nerviosos de mis compañeros al ver salir una fila de presos esposados. Iban de a dos, muy silenciosos y con cara de pocos amigos; altos en su mayoría, acuerpados. Uno de ellos llamó mi atención. Era el más chiquito de todos, no pasaba de uno sesenta, llevaba la cabeza rapada y cojeaba de la pierna derecha. Lo que atrapó mi interés era que los demás presos lo miraban con odio y asco. Aun así, llevaba una sonrisa pronunciada, orgullosa, como si se sintiera una celebridad –tal vez lo sea, porque conforma ese sospechoso e inmoral salón de la fama criminal del cual todos hablan en la temida cárcel de la Tramacúa.

Mientras sonreía exageradamente, aquel hombre de apariencia indefensa se detuvo y me miró. Era una mirada fija que pretendía intimidarme. Me pareció que ya había visto esa mirada. Todos mis compañeros se quedaron en silencio. Como yo no le hice el menor gesto para saludar, aquel hombre levantó su pequeña mano, que por cierto parece la mano de un niño, y me hizo señas para que me acercara a conversar con él.

—¿Vos sos el que está entrevistando a Garavito? —me preguntó. Y antes de que le pudiera contestar, continuó sin perder su arrogancia y su marcado acento vallecaucano—. ¿No te ha hablado de mí?

Cuando le dije que no había escuchado la menor mención sobre él, se quedó apabullado, casi que apenado, a juzgar por la manera como se encogió.

—¿No jodás que no te ha hablado de mí, ve?

Me quedé en silencio, sin dejar de mirarlo con firmeza. No estaba para jugar a las adivinanzas en una cárcel de máxima seguridad, ad portas de una entrevista que exigía la máxima concentración.

—Yo soy El monstruo de los cañaduzales —declaró, de la nada, como si fuera un título nobiliario, o como si fuera el personaje de una película de Hollywood.

Se quedó a la espera de mi reacción. Creo que se decepcionó porque no le pedí un autógrafo y, a cambio, mantuve mi gesto de seriedad silencioso.

—Ah, sí, ya me acordé —le dije de pronto—. Usted es el loco que quería ser como Garavito: el imitador —continué en tono seco, sin seguir su juego de risas y confianza.

En todo caso no dejaba de impresionarme.

Tenía al frente a un hombre que no quiso imitar a un escritor, o un futbolista, o un cantante. Quiso imitar a un asesino en serie, sintió admiración por hacer sentir dolor, por asesinar con crueldad lo más sagrado de una sociedad: los niños

—Decile al guardia que me baje ahorita más tarde, que necesito hablar con vos —dijo, ya sin sonreír, hablando en un tono más bajo, casi susurrando.

No pude responderle nada porque la fila de hombres siguió su rumbo hacia el área de sanidad.

***

Después del paso de Bermúdez por este control quedó un aura incomoda y fastidiosa. Me acerqué a mi jefe, Rafael Poveda. En varios medios de comunicación dijo que entrevistar a Garavito había sido su reto más grande, porque no dejó de pensar en su pequeño hijo Martín. Y eso que es un periodista que lleva más de cuarenta años trabajando en este oficio, cubriendo atentados terroristas, terremotos, tomas paramilitares y guerrilleras; entrevistando presidentes, ministros, familiares de los muertos por la violencia, que en este país se cuentan por miles y, por supuesto, a los responsables de esas muertes también. Cuando creyó verlo todo, cuando pensó que todos los perfiles posibles habían pasado por sus interrogatorios, que ya no existiría ni entrevista ni entrevistado que lo sorprendieran, le llegó Garavito.

—¿Viste ese man que me habló?, se llama Manuel Octavio Bermúdez, ese es el tipo que te conté, el que quería ser como Garavito —le dije a Poveda.

Poveda se quedó mirándome como a quien recae en un vicio, pero con mucho cariño a la vez, pues hemos viajado mucho juntos y eso ha forjado una amistad entrañable entre los dos.

Alrededor, las cabras que estaban en el patio no dejaban de quejarse, los gritos de un privado de la libertad no las dejaba disfrutar del sol de medio día. Un hombre moreno y tatuado, no muy cuerdo, lanzaba improperios a la guardia desde la torre que teníamos enfrente. Los retaba a subir a su celda para pelear a mano limpia. Pocos minutos después subieron cuatro guardianes y, ‘milagrosamente’, volvió a quedar en silencio el penal.

—No me digas que te vas a meter a otra investigación de ese calibre, ¿por qué no puedes buscarte historias normales?, de un famoso o un político, algo menos trágico. Ya estoy mamado de escuchar esas cosas tan inhumanas —me dijo, casi en tono de regaño.

—No he dicho que quiero investigar esa historia, solo quería que supieras quién era el loco ese: el imitador —le dije, como defendiéndome, sin mirarlo a los ojos, un poco avergonzado. De repente me sentía el periodista más raro que hubiera tenido Poveda en su empresa.

—Vas a ver que te vas a obsesionar como con Garavito. Sabes que te apoyo en todo, pero me preocupan tus cambios de ánimo —me dijo, mientras me miraba con un cariño casi paternal.

Me quedé sin palabras: era imposible contraatacar, tenía razón.

Al lado, como quien no quiere escuchar la conversación, estaba mi roommate y mejor amigo, Edward, el director de fotografía del equipo.

—Deje de joder con esos locos —dijo de pronto—. Todos los días lo escucho cuando se levanta gritando en la madrugada después de tener esas pesadillas, no sea terco, hermano.

Al final del pasillo escuchamos cuando se abrió la reja. Venía Garavito con dos guardianes que lo custodiaban, cojeaba exageradamente apoyándose en un bastón improvisado, que no era más que un palo de madera de escoba partido a la mitad, y como empuñadura tenía un retazo de alguna prenda de vestir amarrada por cauchos. Desde lejos lo vimos con una sonrisa de oreja a oreja, como casi nunca se le veía.

—Buenos días, señor don Poveda —dijo Luis Alfredo Garavito en tono burlón—. ¿De quién hablan? Los vi secreteándose desde el fondo del pasillo.

Rafael me miró; nos miramos. No sabíamos qué decir. No sabíamos si era prudente mencionar o no que estábamos hablando de su admirador.

—¿Cómo amaneció, Luis Alfredo? —preguntó Poveda en tono jovial—. Hablábamos precisamente de alguien que lo admira mucho, de El monstruo de los cañaduzales que vino a saludar a Kevin.

—Ese hijueputa del Ratón si es imprudente… —dijo Garavito como para sí mismo, y hasta hizo una mueca que me pareció de desagrado.

—¿Ratón? —pregunté.

—Así le decimos a Bermúdez. Aquí todo el mundo tiene una chapa.

Garavito se quedó en silencio. Me miraba a los ojos, sin parpadear, como acostumbraba; siempre muy frío y lacerante cuando algo lo incomodaba. La sonrisa con la que llegó seguro que no la veríamos más ese día, porque la sola mención de Bermúdez le dañaba el genio.

Nos sentamos en el auditorio de la cárcel, a casi 40 grados de temperatura, Poveda y yo sudamos como si nos hubieran bañado con la ropa puesta.

Juan Carlos, el sonidista, le puso el micrófono a Garavito, Poveda le pidió que usara dos por si uno fallaba, no queríamos errores técnicos. Garavito volteaba los ojos mientras lo cableaban, una mueca recurrente en él cuando algo le molestaba.

—¿Pero ¿por qué tanto cable, Kevin? En las entrevistas que le di a Pirry y al señor español no jodieron tanto como ustedes, la verdad es que así no nos vamos a entender bien, señor Don Poveda.

Siempre se quejaba de los cables y siempre le decía a Rafael lo mismo. Ya sabíamos que era parte de su ritual antes de comenzar.

—Tranquilo, don Luis Alfredo, solo es que no queremos perder ni un segundo de su testimonio —le dijo Juan Carlos con una sonrisa sarcástica.

***

Edward hizo el conteo regresivo.

—Rodando cámara, vamos en tres, dos…

Poveda se sentó al borde de la silla, con un codo apoyado en una de sus rodillas y comenzó con la primera pregunta.

—Luis Alfredo ¿usted ha hablado aquí en la cárcel con personas que han tenido problemas similares a los suyos?

—Hay uno al que yo ayudé a capturar —dijo Garavito—. Le voy a hablar del señor de los cañaduzales que se llama Manuel Octavio, él fue mi compañero en atención especial, duró quince años conmigo —continuó.

De pronto, cambió su postura por una más rígida e imponente. Como si fuera un investigador o un psiquiatra forense.

—¿De que hablaban con Manuel apenas se conocieron? Me imagino que Manuel tenía mucho interés de tocar varios temas con usted —le pregunté, creo que de mala manera, porque a esas alturas ya estaba fastidiado con la humedad y con el olor a estiércol.

—No, no, él más bien es parco. Cuando supo que yo estaba en este penal solicitó traslado para acá. Bregó y bregó, hasta que resultó allá y me dijo vea es que yo soy el de los cañaduzales.

Garavito nos dejó muy en claro que Manuel fue el que se acercó, que fue el que siempre quiso conocerlo.

—¿En algún momento Bermúdez quiso hablar con usted del tema de los menores?

—Sí —contestó Garavito sin tapujos. Después miró a cada integrante del equipo y continuó—. Y yo le dije: «párela ahí, Ratón, a mí no me vaya a contar qué hizo con los niños porque me parece aberrante. No me comente nada de eso, le pido ese favor. Tiene que arrepentirse, buscar a Dios y ser otra persona, porque si usted va a salir de aquí a hacer lo mismo, a usted lo matan.»

Garavito hablaba del tema como si fuera un pastor o un abogado, como si nunca hubiera cometido un crimen, como si eso no le excitara, como si no fantaseara con volverlo hacer.

—¿O sea que no le agradó mucho Bermúdez a primera vista? —le preguntó Rafael mientras miraba su libreta de apuntes.

—Él conmigo siempre fue bien, pero nosotros nunca charlamos de menores, porque yo lo paré. A él le falta como estudio y capacidad, es muy distinto a mí. Pensó que como yo también venía por ese delito, me iba a poner a cortejarlo, pero lo que yo concluyo es que estaba copiándome.

Cuando Luis Alfredo hablaba de Manuel lo hacía con desprecio gigante, no por lo que hizo con los menores, sino por su falta de estudio, por su ignorancia frente a muchos temas. Garavito sentía que no le llegaba a los tobillos, que no merecía una conversación con él, que no estaba a su altura, por eso prefiería mofarse de amistades con extraditables, altos mandos de grupos armados o asesinos seriales que hacen parte de la lista de los «organizados» que eran como él, con memoria fotográfica, con la habilidad para recordar fechas y detalles con exactitud. Por eso repetía tanto en sus intervenciones: «él es muy distinto a mí».

Nos quedamos unos cuantos segundos en silencio. Lo mirábamos con seriedad. Luis Alfredo era consciente de que la cámara estaba grabando y de que el sonido estaba activado. Nos miraba como pidiendo un rescate, y cuando se convenció de que ninguno del equipo hablaría, decidió romper el silencio.

—Bueno, hablemos de otras cosas más interesantes, como mi participación en la captura de Ratón.

Así era Luis Alfredo. Siempre trataba de controlar las entrevistas, profundizar en los temas que manejaba y lo hacían sentir cómodo. Lo dejamos continuar porque esa explicación sobre su participación en la investigación contra otro asesino, sin duda era un tema indispensable para nosotros. Teníamos al Hannibal Lecter real, aquel asesino serial de la película El silencio de los inocentes, de profesión psiquiatra forense, que resultó ser caníbal y colaborador indispensable para el FBI en la captura de un nuevo asesino en serie.

***

Entrevistar un psicópata del calibre de Garavito requiere la máxima concentración. Por esos días de entrevista repasé muy juicioso los cuestionarios con Rafael en el hotel; revisamos las preguntas que hicimos, las respuestas que nos dio, su estado de ánimo del día y cuáles serían las preguntas para la jornada siguiente. Después me iba para mi habitación. Salía con la necesidad de ducharme y tomarme una cerveza fría antes de acostarme; pero ese día no lo hice; como sabía que no iba a aguantarme las ganas de hablar con Manuel Octavio, antes de mi instante de relajación me puse a buscar información. Solo encontré dos cortas entrevistas. Me aterró la manera cómo respondía. Se notaba a leguas que vio y examinó con minucia la única entrevista que en ese entonces se conocía de Garavito en Colombia. Manuel decía, como Garavito, que una fuerza maligna se apoderó de él, que una voz de ultratumba le habló al oído, que esa voz le señaló a sus víctimas y le susurró las palabras indicadas para convencerlos; que incluso lo guio hacia los lugares indicados para cometer esa especie de «sacrificio», como él mismo les dice, aunque no pasen de ser aterradoras violaciones sexuales a niños. Las víctimas terminaron asesinadas con los propios cordones de sus zapatos.

Quedé de una sola pieza. Eran impresionantes las similitudes en sus intentos por responsabilizar a alguien más: al diablo, a la falta de Dios en sus corazones, al maltrato que recibieron de niños o a la voz que les exigía víctimas.

¿Qué otras cosas tenía para decir aquel envalentonado monstruo?

En esa entrevista Manuel Octavio contó que, al día siguiente de asesinar a un niño en Pradera, Valle del Cauca, mientras se hallaba sentado en una panadería, una mujer se le acercó a preguntarle si de casualidad había visto al pequeño. La señora llevaba una fotografía del crío, y era el mismo que Bermúdez había asesinado un día antes. Dijo que se quedó observando la foto un rato, que luego miró a la madre con compasión y le respondió que no, que no lo había visto. «Entonces yo pensé», terminó su relato, «¿qué haría esta señora si supiera que yo maté a su hijo». Lo aterrador era que Garavito me había contado a mí y a la Fiscalía la misma historia. En su testimonio, él –Garavito– era el protagonista. De modo que Bermúdez, por su idolatría, parecía estar atribuyéndose una historia de su ídolo. ¿Existe el plagio en el mundo del crimen? ¡Vaya sorpresa!

Esa mañana nos levantamos muy temprano a desayunar. Yo estaba cansado, pasé la noche en vela por andar preparándome para mi encuentro con Bermúdez. Nos fuimos para la cárcel y, mientras atravesábamos los filtros de seguridad, hablé con el cabo que siempre estaba muy atento a nuestras grabaciones: Diría que ese cabo tenía un talento nato para la actuación, porque cada vez que Edward decía la palabra «grabando», el hombre cambiaba su expresión y trataba de meterse a cuadro.

—Cabo, necesito que me ayude, hay un man que está en el patio siete, es El monstruo de los cañaduzales, necesito hablar con él, ¿usted podría ayudarme? —le dije, aprovechándome de sus ganas de aparecer en escena. Hasta le guiñé un ojo mientras le señalaba la cámara.

—Ah, ¡el loquito del Ratón! Creo que sí puedo traerlo con la excusa de que se siente mal y que necesita ir a la enfermería, pero no se puede demorar más de cinco minutos hablando con él, porque me mete en problemas, señor periodista.

Esperé frente al área de sanidad, mientras veía pasar algunos reclusos con enfermedades terminales, otros heridos o en silla de ruedas, algunos de la tercera edad que caminaban lento. Cómo se notaba que el paso del tiempo en prisión les pesaba el doble que a las personas libres. Me hizo pensar que algunos de ellos serían alcanzados por la muerte antes de salir de estos muros. Me aterrizó el sonido fuerte que producía la reja oxidada al abrirse.

—Hasta que te dignaste a sacarme ¿no? —me dijo Manuel Octavio con tono mandón.

—¿Qué quiere decirme, Manuel? —le pregunté sin rodeos, mirándolo a los ojos.

—Yo quiero contar mi historia también, yo sé que te va a interesar, yo ya he hablado con algunos medios, pero no me dejan contar bien lo que pasó ni por qué yo terminé asesinando a esos niños; si vos me entrevistás, yo te cuento cómo me convertí en El monstruo de los cañaduzales. Aunque por ahí dicen que yo imité a Garavito, creo que yo tengo mi estilo, tengo mi propia historia.

—Sus papás no lo quisieron, ¿cierto? —le solté a mansalva solo para quitarle un poco la soberbia—. Noto que está falto de cariño y atención, Manuel Octavio —Mientras le hablaba, no dejaba de mirarle las pequeñas manos de dedos cuadrados y uñas desarregladas—. Pero claro que sí, me interesa su testimonio. Me interesa que le envíe un mensaje a esas familias a las que les quitó los hijos. Sepa que no estoy interesado en escribirle una biografía, ni ensalzarle el ego. Si acepta una entrevista bajo esas condiciones, podemos cuadrarla.

Se quedó mirándome alelado.

—Es verdad: Yo no tuve papá ni mamá que me quisieran, ellos se murieron cuando yo era bebé. A mi papá lo mató Leonardo Espinoza, un señor que era casi dueño de todo Trujillo, allá en el Valle, el pueblo donde nací. Ese mismo señor le vendió una finca al papa de Garavito cuando ellos llegaron a vivir allá al pueblo. Es que con Garavito tenemos muchas cosas en común, por eso nos la llevamos tan bien —dijo con cierto orgullo, como quien alardea de tener vínculos estrechos con una celebridad o el respaldo de una persona influyente en la sociedad.

Mientras lo escuchaba, yo no dejaba de pensar en que Manuel Octavio no se daba ni por enterado de que Garavito lo consideraba un familiar vergonzante, y que por eso solo lo saludaba en privado y lo evitaba en público, porque a Garavito le parecía más como un pariente de esos que uno debe esconder.

—Bueno, Manuel, nos vemos. Llámeme —Le di la mano y le entregué un papel con mi número.