El imperio de la sombra - El Grand Continent - E-Book

El imperio de la sombra E-Book

El Grand Continent

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Beschreibung

Un manifiesto político para el siglo de la inteligencia artificial. Con contribuciones de grandes pensadores como Daron Acemoğlu, Sam Altman, Marc Andreessen, Mario Draghi, Peter Thiel o Svetlana Tijanóvskaya. En el escenario: Donald Trump, Vladímir Putin, Xi Jinping. Una fiebre planetaria —y el riesgo real de una explosión global—. El espectáculo impresiona, pero ¿qué ocurre realmente entre bastidores? Se está produciendo una transformación profunda del orden mundial. Desde los ideólogos del Kremlin hasta los tecnocésares de Silicon Valley, nuevas élites forjan proyectos imperiales. El poder material e intelectual que se despliega desde la Casa Blanca es colosal, y como suele ocurrir, sus impulsores lo presentan como inevitable. Pero la virulencia con la que atacan a Europa revela que todavía la perciben como un obstáculo. Y eso significa que no hemos perdido del todo nuestra capacidad de resistencia. Ser conscientes de ello es el primer paso para imaginar una alternativa. Porque el desafío no es solo político: es filosófico y cultural. Y toda resistencia empieza por entender. El nuevo volumen de El Grand Continent es un manual imprescindible para quienes se niegan a aceptar la «vasallización feliz» como horizonte.

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Seitenzahl: 253

Veröffentlichungsjahr: 2025

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EL IMPERIO DE LA SOMBRA

El Grand Continent

EL IMPERIO DE LA SOMBRA

 

Título original: L’Empire de l’ombre

© del texto: El Grand Continent, 2025El Grand Continent es una revista creada en 2019 en París. Se publica en papel una vez al año y en línea varias veces al día. Para suscribirse y saber más información:legrandcontinent.eu/es

© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Primera edición: septiembre de 2025

ISBN: 979-13-87833-20-6

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Maquetación: El Taller del LlibreProducción del ePub: booqlab

Arpa

Manila, 65

08034 Barcelona

arpaeditores.com

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

ÍNDICE

Cubierta

Título

Créditos

Índice

INTRODUCCIÓN

Giuliano da Empoli

PARTE I. ENTRE EL KREMLIN Y LA CASA BLANCA: GRAMÁTICA DE UNA CONTAMINACIÓN IMPERIAL

El imperio de la hipnocracia

Jianwei Xun

La era de la aceleración reaccionaria

Lorenzo Castellani

El golpe de Estado permanente de Silicon Valley

Marietje Schaake

«

Retranslatio Imperii

»: de Vladímir Putin a Donald TrumpVladislav Surkov

Sobre los límites de toda tiranía

Svetlana Tijanóvskaya

PARTE II. ARCHIVOS DE LAS ÉLITES TECNOCESARISTAS: MANIFIESTOS DEL NUEVO SILICON VALLEY

Un manifiesto formalista

Curtis Yarvin (Mencius Moldbug)

Manifiesto del tecnooptimismo

Marc Andreessen

La ley fundamental de la IA

Sam Altman

La educación de un libertario

Peter Thiel

PARTE III. ENSAYOS Y MEZCLAS

Cómo todos ustedes se convirtieron en Richard Nixon

Adam Curtis

El futuro de la IA depende de nuestras elecciones

Daron Acemoğlu

La fuerza para reformar

Mario Draghi

En China, internet está desapareciendo

He Jiayan

PRESENTACIÓN DE LOS AUTORES

NOTAS

Guide

Cover

Índice

Start

 

 

es hoy reconocida como una de las principales revistas europeas.

Se publica en papel una vez al año por Arpa y en línea varias veces al día.

Para suscribirse y leer todos los formatos:

legrandcontinent.eu/es/

INTRODUCCIÓN

«Los progresistas no han sabido inventar una teoría de la felicidad en el mundo árabe. Quienes proponen la felicidad son los islamistas. Describen el paraíso, las mujeres, el all-inclusive post mortem». El diagnóstico de Kamel Daoud sobre los progresistas árabes también se aplica a los demócratas europeos. En las últimas décadas, cuando se les preguntaba sobre el futuro, su respuesta siempre se parecía a esta famosa escena de El graduado. Dustin Hoffman interpreta a un joven de veintidós años, recién salido de la universidad. Como todos a esa edad, está buscando un sentido, quiere saber cuál será su lugar en el mundo. En un momento dado, sus padres organizan una fiesta en su honor. Deambula por el borde de la piscina, un poco perplejo, con un vaso en la mano, sonriendo vagamente a los invitados, antes de ser repentinamente atrapado por un amigo de su padre, el Sr. McGuire.

Este McGuire es un tipo decidido. Supera al joven graduado por lo menos una cabeza y tiene ideas muy claras sobre su futuro. Lo atrae a un rincón un poco apartado y le dice con tono definitivo:

—Solo quiero decirte una cosa. Solo una cosa.

—Sí, señor.

—¿Me estás escuchando?

—Sí, señor, le escucho.

—Plástico.

Después de un largo silencio, el graduado tartamudea:

—¿Es decir?

—Hay un gran futuro en el plástico. Piénsalo.

Medio siglo después, los europeos ya no daban exactamente la misma respuesta a quienes les preguntaban sobre el futuro. En lugar de «Plástico», decían «Renovable». Pero la verdad es que no contestaban a la cuestión planteada. Porque ni siquiera la entendían.

El graduado no preguntaba a qué oficina acudir para luego tumbarse unas horas frente al televisor y dormirse hasta la mañana siguiente. Planteaba una pregunta fundamentalmente diferente. ¿Cuál es el objetivo de todo esto? ¿Y cómo puedo marcar la diferencia?

Mientras tanto, ha tenido tiempo de desarrollarse una nueva teoría de la felicidad entre los pasillos del Kremlin y los ventanales de Silicon Valley. Se trata del tecnocesarismo, que salió a la luz el 20 de enero con la investidura de Trump II y cuyos fundamentos ideológicos examinamos en este número a través de los análisis de Lorenzo Castellani y Marietje Schaake, la jubilosa reconstrucción de Vladislav Surkov, los manifiestos aceleracionistas de Marc Andreessen y Sam Alt-man y el aggiornamento schmittiano de Peter Thiel.

Según esta visión, que hoy camina sobre las piernas del hipnótico dúo Trump-Musk descrito por Jianwei Xun en la apertura de este número, la felicidad consiste en el uso sin límites del poder. En este contexto, las fronteras se transforman de lugar de intercambio a objeto de conquista y las energías masculinas, comprimidas durante demasiado tiempo, conquistan el espacio vital que necesitan para desplegarse con todas sus fuerzas, en Groenlandia, en Marte y, sobre todo, en la dimensión virtual que ahora rige nuestras vidas.

Fiel a una doctrina firmemente establecida en Washington, el proyecto imperial de Trump se basa en la superioridad de lo que Biden, en sus trágicos y patéticos últimos días en la Casa Blanca, bautizó como el «complejo tecnoindustrial» estadounidense. Después de ser desviado brevemente por la contracultura post hippie de Stewart Brand y Steve Jobs, el aparato de Silicon Valley vuelve a sus raíces militares y revela sus aspiraciones totalitarias.

Stargate, el programa de inteligencia artificial del presidente Trump, y sus competidores apuntan a un control total de la población y prometen una teoría de la felicidad que converge con la del Partido Comunista Chino. «Los ciudadanos se comportarán mejor, porque vigilaremos y registraremos todo lo que suceda», dice Larry Ellison, el segundo hombre más rico del mundo, aún más preocupante que el primero.1 Si hoy un ciudadano estadounidense disfruta de derechos civiles y políticos desconocidos para un ciudadano chino, es posible que, dentro de veinte o treinta años, ambos se encuentren en la misma situación. Al menos ese es el proyecto de Curtis Yarvin, el influyente teórico del movimiento neorreaccionario, del que publicamos en este volumen un ensayo imprescindible.

«Nada conmueve y emociona a los pueblos tanto como la variedad de espectáculos» afirmaba ya el cardenal de Retz, y buena parte de los pueblos de la tierra miran con simpatía el tecnocesarismo que baraja las cartas y legitima todas las transgresiones.

Solo los señores McGuire europeos —y los pocos supervivientes al otro lado del Atlántico— contemplan horrorizados las ruinas del mundo en el que pensaban que podrían envejecer. En su espanto, la tentación natural de los McGuire sería hacer como si nada hubiera pasado. Eso es lo que hicieron la mayoría de los dirigentes de las instituciones europeas y los gobernantes nacionales tras la investidura de Trump: afirmar una forma de superioridad emitiendo algunos discretos tss-tss de desaprobación que ocultaban mal su consternación; pretender que la crisis actual no es más que una perturbación pasajera, en lugar de un cambio irreversible de época.

Encerrarse en esta postura sería suicida en un momento en el que los defensores del nuevo imperialismo han identificado a la Unión y sus instituciones como uno de los principales objetivos de su ofensiva.

Reducido a lo esencial, el proyecto político tecnocesarista puede descomponerse en dos fases. En primer lugar, la máquina de crear caos de las redes sociales y otras herramientas digitales socava desde dentro los propios cimientos de las democracias liberales. El debate público sale de los espacios regulados en los que se desarrollaba para llegar a una especie de Somalia digital donde las únicas reglas son las impuestas por los señores de la guerra, los propietarios de las grandes plataformas, que sustituyen la opinión pública por un conjunto de tribus en guerra y multiplican sus fortunas de paso. Esta fase implica la eliminación de las antiguas élites moderadas, socialdemócratas y liberales que han gobernado nuestras sociedades hasta ahora, y su sustitución por líderes extremistas que acelerarían aún más la desconstrucción de las instituciones democráticas y de todo lo que pueda frenar la aceleración en curso.

Una vez superada esta primera fase, la teoría de la felicidad del tecnocesarismo se revela en todo su esplendor.

Implica la adhesión de las masas a un nuevo Leviatán, la máquina algorítmica gobernada por la inteligencia artificial que resolverá todos los problemas de la humanidad, presagiando una futura abundancia ilimitada. Si Hobbes ya concebía su Leviatán no como una criatura abstracta sino como un cuerpo físico, un «hombre artificial» o, mejor aún, «un Dios mortal», los tecnocesaristas van más lejos, imaginando un Leviatán cuya dominación se extendería más allá de las fronteras de la Tierra, colonizando el universo, y más allá de las fronteras de la vida humana, venciendo la muerte. Mientras se espera que se haga realidad este futuro radiante, el proyecto prevé que las masas se sometan a un régimen de control absoluto, que vigile y oriente cada uno de sus movimientos, para que el funcionamiento de la sociedad en su conjunto, y de cada uno de los individuos que la componen, se ajuste cada vez más al de la máquina.

Por supuesto, se dirá, eso no es lo que tenían en mente gran parte de los votantes de Trump, los antivacunas y los fundamentalistas de la Segunda Enmienda que proclaman el derecho a disparar a todo lo que se mueva, pero eso no tiene la menor importancia: el paso al imperio supone el desvío de la voluntad popular, que Yarvin y los demás consideran una simple herramienta, y ciertamente no un fin.

La potencia de fuego, material e intelectual, del proyecto tecnocesarista es indiscutible y, como siempre en estos casos, sus partidarios tienden a presentarlo como ineludible. Pero la obstinación con la que atacan a Europa nos dice que la consideran un obstáculo para la implementación de sus planes.

Darnos cuenta de ello es tomar conciencia de que tenemos más poder del que imaginamos y empezar a imaginar un futuro alternativo.

El punto de partida es la negativa a la sumisión. Si bien es cierto que el proyecto europeo ha podido desarrollarse, en los últimos setenta años, en parte gracias a una especie de protección benevolente de Estados Unidos, y si bien es cierto que esta condición ha impuesto límites a la soberanía de la Unión y de los Estados que la componen, los tecnocesaristas reclaman hoy una lealtad que va mucho más allá de estos límites. Exigen una renuncia total a la soberanía europea y a los principios de la democracia liberal que la sustentan, a cambio de un estatus de vasallaje dentro del nuevo imperio.

Incluso antes de poner un pie en la Casa Blanca, J. D. Vance había formulado explícitamente los términos del acuerdo: «No crean que la OTAN los protegerá si imponen límites a nuestras plataformas digitales», había dicho. Y, desde entonces, esta amenaza ha sido reiterada, de diferentes formas, por todos los jerarcas del nuevo imperio.

Aceptar este intercambio equivaldría a renunciar a una dimensión de la soberanía cuya importancia es ahora comparable a la de la soberanía territorial. Aunque no excluye una dimensión territorial (Groenlandia, Canadá, Panamá…), el proyecto tecnocesarista se despliega principalmente en la dimensión digital. Aceptar el intercambio de Vance es, por tanto, resignarse a la dislocación de nuestras democracias, como ocurre en Estados Unidos, y abrir de par en par la puerta al autoritarismo digital con el que sueñan los oligarcas de Silicon Valley.

Rechazar esta lógica significa, por el contrario, tomar conciencia de la importancia de la soberanía digital en el mundo contemporáneo y aplicar todas las medidas necesarias para defenderla. No se trata solo de aplicar las normas que Europa ya ha adoptado en este ámbito, desde el Reglamento sobre datos personales hasta la Ley de inteligencia artificial, pasando por la Ley de servicios digitales y la Ley de mercados digitales, sino también de dotarse de todos los instrumentos adicionales que sean necesarios para que el espacio público digital se ajuste a los principios fundamentales que rigen el funcionamiento de una sociedad democrática.

No se trata solo de nuevas reglas. Como dice muy bien André Wilkens, durante demasiado tiempo, Europa se ha basado en la creencia de que el uso indebido de las plataformas digitales podía tratarse principalmente mediante la regulación, pero, aunque las normas sólidas son indispensables, «no se puede salir de una guerra con regulaciones».2

Tres cuartas partes de los productos, servicios e infraestructuras digitales europeos proceden del exterior. Entre ellos, como sabemos, se encuentran las plataformas en las que se desarrolla gran parte de nuestra vida social y política. Para ganar lo que Wilkens llama la «batalla del espacio digital», tendremos que construir un ecosistema digital resiliente, basado en valores, que sirva al interés público europeo al tiempo que fomenta la innovación y protege la democracia de cualquier manipulación externa. Para ello será necesario restablecer un cierto grado de independencia europea en todos los niveles de la tecnología digital: desde los chips y los centros de datos hasta los servicios en la nube, las plataformas y la IA. Esto es lo que Mario Draghi desea en el artículo que publicamos.

Este enfoque es la única forma de salvaguardar una forma de soberanía europea. Es el requisito previo para cualquier intento de promover los valores en los que se basa nuestra sociedad. Sus posibilidades de éxito dependen sobre todo de la determinación de los responsables políticos europeos y de su capacidad para resistir a las sirenas de lo que el infinitamente valioso «GC del domingo» del Grand Continent ha bautizado como la «vasallización feliz». Dicho esto, una teoría de la felicidad alternativa a la del Imperio no nacerá solo de un conjunto de políticas públicas. El desafío del tecnocesarismo no es solo político y económico, sino también filosófico y cultural.

La IA es capaz de tomar decisiones cada vez más precisas en una gama de actividades cada vez más amplia. En muchos ámbitos, sus capacidades ya superan a las de un ser humano. En otros, pronto lo harán. La tentación de las empresas y las administraciones públicas de sustituir la toma de decisiones humanas por la toma de decisiones mediante IA será, por tanto, casi irresistible. Pero a medida que se produzca esta transferencia, surgirá el problema de la autonomía humana. Porque la eficiencia es algo bueno y positivo, pero no es el único criterio para evaluar el funcionamiento de una sociedad. La mayoría de la gente no quiere que los detalles más nimios de su vida sean gestionados por una especie de máquina omnisciente y todopoderosa, aunque sea por su propio bien. Ser libre no es tener un amo benevolente, es no tener amo en absoluto.

Los tecnocesaristas de Silicon Valley no ven el problema porque dan por sentada la superioridad de la máquina sobre el hombre. Sin querer hacer psicología barata, no es difícil detectar una motivación personal en el frenético deseo que manifiestan la mayoría de ellos de querer erradicar todo rastro de humanidad para alcanzar el horizonte de la singularidad: el momento en que nada distinguirá al humano de lo artificial. Hay algo maníaco en la obstinación con la que los nuevos oligarcas se empeñan en calificar de «superhumana» a una forma de inteligencia implacablemente productiva, pero totalmente desprovista de sensibilidad y conciencia.

Como muestra la filósofa estadounidense Shannon Vallor:

Los poderosos sistemas de IA actuales ni siquiera poseen las características más elementales del espíritu humano; no comparten con los humanos lo que llamamos conciencia o sensibilidad, es decir, la capacidad de sentir cosas como dolor, alegría, miedo y amor. Tampoco tienen la menor idea de su lugar y su papel en este mundo, y mucho menos la capacidad de experimentarlo. Pueden responder a las preguntas que decidimos hacerles, pintarnos bonitas imágenes, generar vídeos falsos y muchas otras cosas. Pero el corazón de una IA está vacío.

Para afirmar la superioridad de la máquina sobre el hombre, los asombrosos avances de la tecnología no son suficientes. También es necesario tener una concepción terriblemente estrecha de lo que es el ser humano. El novelista italiano Walter Siti lo resume con una fórmula: «la máquina debe añadir y yo quitar». Quitar las emociones, el sufrimiento, el amor, el matiz, la ambigüedad, los errores, la alegría. Y renunciar al cuerpo, para adherirse al Leviatán de la máquina algorítmica en nombre de una concepción puramente utilitaria de la existencia humana.

Cuando Aristóteles distingue la educación de los esclavos de la de los hombres libres, la diferencia no está en el objeto, sino en la intención. Quien subordina todo conocimiento a un fin no es libre, sino esclavo. Solo un cierto grado de desinterés, de amor por la cosa en sí, sin segundas intenciones, connota al hombre libre. El humanismo europeo está hecho, sin duda, de grandes descubrimientos científicos y obras maestras artísticas, pero es ante todo una regla de vida. «Yo no te hice, dice el Dios de Pico della Mirandola al hombre, ni celestial, ni terrestre, ni mortal, ni inmortal, para que de ti mismo, como un artesano libre y soberano, te forjes y te esculpas en la forma que hayas elegido».

Afirmar que la vida de los europeos de hoy está impregnada de estos nobles ideales sería sin duda exagerado. Pero renunciar a perseguirlos equivaldría a negar la esencia misma de nuestra cultura. Europa es, ante todo, un arte de vivir que permite a las personas, más que en cualquier otro lugar, cultivar su singularidad. El reto ahora es proyectar este arte de vivir en la dimensión digital para convertirlo en un instrumento de resistencia contra todos los totalitarismos que quieren subordinar al hombre a la máquina y reemplazar las singularidades de los individuos por una Singularidad con mayúscula.

En sus maravillosas cartas a Anita Forrer, Rilke describe en un momento su relación con las cámaras. «Vivo enemistado con la fotografía (que solo me resulta soportable en sus anticuados comienzos, cuando era tan modesta y tímida aún como le cuadra a una máquina)» escribe el poeta.3

Enseñar humildad a las máquinas es lo contrario de un proyecto ludita. Se trata, por el contrario, de lograr un dominio de la tecnología que permita dominarla, en lugar de ser dominados por ella. Y reemplazar la fe ciega de los aceleracionistas y otros «tecnooptimistas», que apuestan por la inteligencia artificial con la ingenuidad de los adoradores del fuego, por un enfoque adulto. Se trata sobre todo de liberar la tecnología de los depredadores que la han secuestrado para desviarla hacia sus propios fines, para ponerla al servicio de la sociedad en su conjunto, como recomienda el Premio Nobel de Economía Daron Acemoğlu en el importante artículo que publicamos.

Si la gran división de la política de la posguerra ha sido la relación entre el Estado y el mercado, ¿dónde situar el cursor entre las decisiones que deben tomarse en la esfera pública y las que pueden dejarse al libre juego de los intereses privados? ¿Será la gran división de la política en el siglo XXI la que se produzca entre el ser humano y la máquina? ¿Qué parte del funcionamiento de nuestras sociedades puede delegarse en algoritmos y en qué condiciones, y qué decisiones queremos seguir controlando, aunque esto pueda implicar un coste en términos de eficacia, al menos de forma inmediata?

La democracia consiste en querer dar a una comunidad el control de su destino. Si esta perspectiva fracasa, sustituida por un futuro perfectamente incomprensible, la democracia deja de tener sentido y solo queda el sordo rugido de los ventiladores de los centros de datos.

En la era de los nuevos imperios, se hace todo lo posible para convencernos de la inevitabilidad del retorno de la fuerza. Sin embargo, frente a la avalancha de nuevos autoritarismos, no debemos olvidar que, hasta ahora, la democracia ha demostrado ser no solo el sistema más justo, sino también el más eficaz. Y que, en última instancia, lo que ocurre no es lo inevitable, sino lo impredecible.

Predecir el futuro es siempre un acto de poder, pero imaginar futuros alternativos es siempre un acto de libertad.

GIULIANO DA EMPOLI

PARTE I

ENTRE EL KREMLIN Y LA CASA BLANCA: GRAMÁTICA DE UNA CONTAMINACIÓN IMPERIAL

EL IMPERIO DE LA HIPNOCRACIAJianwei Xun

La hipnocracia es el primer régimen que actúa directamente sobre la conciencia.

No controla los cuerpos. No reprime los pensamientos.

Más bien induce un estado alterado permanente de la conciencia.

Un sueño lúcido. Un trance funcional.

El despertar ha sido reemplazado por sueños vigilados.

La realidad, por una sugestión continua.

La atención se modula como una onda.

Los estados emocionales se inducen y manipulan.

Cada sugerencia se repite, incansablemente, y la realidad se disuelve en múltiples sueños manipulados.

El pensamiento crítico se duerme suavemente y la percepción se remodela, capa tras capa.

Las pantallas brillan sin cesar en la noche de la razón.

La información fluye como un río hipnótico, mientras que el choque y la torpeza se alternan en un ritmo estudiado.

La experiencia se fragmenta y multiplica en mil espejos.

La repetición late como un tambor subterráneo.

Los sentidos están saturados de estímulos constantes.

La dopamina circula por el sistema.

La incredulidad se disipa como una niebla matutina.

El tiempo se retuerce sobre sí mismo.

La memoria se convierte en un eco vago.

El obedecer fluye, invisible.

La realidad se ha roto en mil realidades.

Ya no hay centro, ni relato unificador que dé sentido al mundo. Nos encontramos en un espacio fragmentado donde innumerables relatos compiten por una dominación efímera, proclamándose cada uno como la verdad última. Estos relatos no dialogan: chocan entre ellos. Se superponen y se reflejan hasta el infinito, creando un vertiginoso juego de espejos donde realidad y simulación se vuelven sinónimos.

En esta nueva realidad algorítmica, el poder ha evolucionado mucho más allá de la fuerza física y la persuasión de las palabras. Se ha vuelto gaseoso, invisible, capaz de infiltrarse en todos los aspectos de nuestras vidas. Cada imagen, cada palabra, cada fragmento de datos ya no son neutrales: es un arma sutil diseñada para capturar, manipular y transformar la conciencia. Existimos en un estado de hipnosis permanente, en el que la vigilancia se atenúa, pero nunca se apaga por completo.

La era de la hipnocracia está en su apogeo.

En este paisaje evolucionan dos figuras emblemáticas, a su vez creadores y símbolos de esta época: Donald Trump y Elon Musk. No son simplemente dos individuos poderosos; son los apóstoles de este nuevo paradigma, fuerzas opuestas pero complementarias en la batalla por la realidad. Por un lado, Trump vacía el lenguaje: sus palabras, repetidas hasta la saciedad, se convierten en significantes vacíos, carentes de sentido, pero cargados de un poder hipnótico. Por otro lado, Musk inunda nuestra imaginación con promesas utópicas destinadas a no cumplirse nunca, sumiendo las mentes en un trance perpetuo de anticipación obsesiva. Juntos, modulan nuestros deseos, reescriben nuestras expectativas y colonizan nuestro inconsciente.

Ambos han perfeccionado el arte de provocar crisis para luego presentarse como la solución. Trump evoca invasiones imaginarias para erigirse en protector. Musk anuncia apocalipsis relacionados con la inteligencia artificial para proponerse como el guardián de la humanidad. Esta técnica, que consiste en crear y resolver problemas imaginarios, es la clave de toda hipnosis.

Su control sobre la conciencia colectiva es tan profundo que las contradicciones más flagrantes no socavan su poder —lo refuerzan—. Trump puede ser a la vez víctima de un sistema corrupto y el hombre más poderoso del mundo. Musk puede criticar el transhumanismo mientras implanta chips en cerebros, acusar al poder de los milmillonarios mientras acumula riquezas astronómicas.

El elemento más inquietante es su capacidad para transformar cada crítica en confirmación, cada revelación en prueba de autenticidad. Es el signo de una hipnosis perfecta: el sujeto hipnotizado interpreta cada intento de despertarlo como una razón para sumergirse más profundamente en el trance.

Su influencia va mucho más allá del círculo de sus seguidores. Incluso los críticos quedan atrapados en el campo hipnótico que generan, obligados a reaccionar, a responder, a existir en relación con la realidad alternativa que han creado. La oposición misma se convierte en parte del trance.

La existencia de la hipnocracia radica precisamente en esto: no necesita convencer a todo el mundo, solo necesita mantener a una masa crítica en un estado de trance para alterar todo el campo de la realidad social. Trump y Musk han perfeccionado este arte para convertirse en los mejores hipnotizadores de nuestra época algorítmica.

Seamos claros. El capitalismo digital no es simplemente una evolución del capitalismo. Los algoritmos no son simples herramientas de cálculo y predicción: son tecnologías hipnóticas de masas. Y la economía de la atención no es solo un modelo económico: es un sistema de inducción colectiva de trance.

Esta inmersión es un hecho social total y opera a varios niveles. Las plataformas no venden publicidad: venden estados alterados de conciencia. Su producto no son los datos: es una sugerencia profunda. No perfilan a los usuarios: modulan los estados mentales. No siguen los comportamientos: inducen sueños.

Los algoritmos de recomendación son verdaderas técnicas hipnóticas automatizadas. Cada nuevo desplazamiento permite una inducción más profunda. Cada notificación desencadena una reacción hipnótica. Cada hilo es una sesión de hipnosis a su escala. La personalización algorítmica no sirve para mostrarnos lo que nos interesa: sirve para mantenernos en un estado de trance óptimo para el consumo y el control.

El capital ya no se acumula solo en forma de excedente económico: consiste en una concentración de estados alterados de conciencia. Las criptomonedas no son solo especulación: son formas de trance financiero colectivo. Los NFT no son simplemente activos digitales: son fetiches hipnóticos. El metaverso no es una nueva frontera tecnológica: es un entorno de sugestión hipnótica integral.

La economía de las plataformas es una economía del trance. Lo esencial siempre está oculto: Uber no vende realmente viajes, sino el sueño del emprendimiento independiente. Airbnb no alquila casas, sino que comercia con la fantasía de una vida alternativa. Amazon no entrega productos, sino que distribuye microsatisfacciones dopaminérgicas. La inteligencia artificial no emula la inteligencia humana, perfecciona las técnicas de inducción hipnótica. La economía de los pequeños trabajos no es solo precariedad, es la inducción de un trance permanente de trabajo donde la autoexplotación se vive como una libertad. Por último, el teletrabajo no es solo trabajo a distancia: es la metamorfosis de toda la vida en trabajo.

La sociedad algorítmica es una sociedad hipnótica en la que cada aspecto de la existencia está mediado por tecnologías de sugestión. El capitalismo se ha reestructurado al comprender que el verdadero valor no reside en el control de los medios físicos de producción, sino en el control de los estados de conciencia. Ya no es necesario poseer fábricas si se pueden poseer las mentes. Ya no es necesario controlar el trabajo físico si se puede inducir un estado de trance productivo permanente.

La hipnocracia es la forma perfecta del capitalismo en la era digital: un sistema en el que el poder económico, político y tecnológico convergen en la capacidad de inducir, mantener y modular estados alterados de conciencia a escala global.

Por lo tanto, la resistencia a esta integración no puede limitarse a una crítica del capitalismo o de la tecnología. Debe comprender la naturaleza hipnótica del sistema y desarrollar prácticas de presencia que permitan resistir la sugestión continua. Pero, más que un «despertar» completo —¿es posible?, ¿es deseable?—, debemos desarrollar una forma de lucidez en estado de trance, una locura controlada, una alfabetización de la nueva realidad; en otras palabras, una capacidad para navegar conscientemente en estados alterados mientras se mantiene un núcleo de presencia crítica.

Las plataformas digitales se han convertido en los nuevos laboratorios del poder, son los lugares más hostiles por los que atravesar. No se contentan con mediatizar la realidad: la reescriben. Cada imagen publicada no refleja el mundo: lo crea. Cada algoritmo no se limita a registrar comportamientos: los anticipa y los dirige.

Pero la hipnocracia no es un sistema cerrado. Es un campo de fuerzas en continua expansión, capaz de asimilar cualquier resistencia. La oposición no es solo inútil: alimenta y deleita al adversario. Cada acto de rebelión es absorbido: la rebelión es el puesto avanzado del sistema, el instrumento mediante el cual extiende su control. La disidencia se convierte en mercancía y la negativa se transforma en consentimiento. No se puede combatir la hipnocracia oponiéndose a su lógica.

No es posible despertar. La alternativa no es buscar una salida de emergencia, sino aprender a descifrar los códigos que rigen la ilusión. Debemos educarnos para habitar el umbral, ese espacio intermedio donde la presencia puede mantenerse en la alteración. Porque la realidad no ha desaparecido realmente. Se ha convertido en un reflejo.

La ilusión nunca ha sido tan real —y la idea de realidad nunca ha sido tan ilusoria.

LA IA Y EL TRANCE ALGORÍTMICO

La aparición de sistemas de IA de alto rendimiento no solo representa una revolución tecnológica, sino que anuncia el advenimiento del poder hipnocrático. Estos sistemas, desde ChatGPT hasta Midjourney, no son simples herramientas; son generadores de realidad, capaces de producir flujos infinitos de contenido aparentemente coherente que desdibujan la ya frágil frontera entre la expresión auténtica y la artificial.

Lo que hace que la IA sea especialmente adecuada para el control hipocrático no es su capacidad para engañar, sino su aptitud para generar simultáneamente múltiples versiones plausibles de la realidad. Cada pregunta puede producir muchas respuestas, todas convincentes a su manera, cada una manteniendo una coherencia interna y pudiendo contradecir a las demás. El sistema no necesita determinar qué versión es «verdadera», simplemente debe mantener tantas versiones como sea posible en perpetuo movimiento.

La generación de imágenes por IA ha transformado profundamente nuestra relación con la verdad visual. Cuando cualquier imagen puede crearse instantáneamente, cuando cualquier escenario puede visualizarse de manera convincente, el concepto mismo de prueba fotográfica comienza a disolverse.4 Entramos en un universo de infinitas posibilidades visuales, donde todo es simultáneamente verdadero y falso, haciendo que la distinción en sí misma sea insignificante. Los modelos lingüísticos ofrecen una forma aún más sutil de manipulación de la realidad. No se limitan a producir texto: crean visiones del mundo con su lógica interna, sus pruebas y su argumentación. Cada respuesta no es simplemente una información, sino un sistema completo, generado a petición. El modelo no tiene por qué tener razón, solo ha de ser coherente en el marco que genera.

El verdadero poder de la IA no reside en la reproducción de la inteligencia humana, sino en su capacidad para generar infinitas variaciones de contenidos plausibles. Estos sistemas son fuentes inagotables de poder hipnocrático, porque nunca se cansan de producir cada vez más matices