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"El inconsciente enamorado es entonces, necesariamente, la condición misma del inconsciente, y también la del amor… Dicho de otra manera: el inconsciente enamorado es la única posibilidad de hacer recíproco aquello que por su propia condición es la no reciprocidad del goce, la no reciprocidad del goce del Uno… Que el amor sea siempre recíproco plantea la pregunta, que el lector encontrará formulada de varias maneras en estas páginas, de si hay un amor que no pida siempre, en su horizonte, reconocerse y verificarse como siendo un amor que pide ser amado por el Otro. Es la pregunta de si hay un amor que no se reduzca a la experiencia de ser y sentirse amado por el Otro. No anticipemos la respuesta que será, más bien, una apuesta. Es la apuesta que este libro tiende al lector. Pero lo hace, necesariamente, para un lector que no espere comprender a la primera, ni a la segunda, lo que sus letras le escriben adelantándose a su comprensión" (Miquel Bassols).
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Seitenzahl: 213
Veröffentlichungsjahr: 2022
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El inconsciente enamorado
Silvia Elena Tendlarz
Tendlarz, Silvia
El inconsciente enamorado . - 1a ed. - Olivos : Grama Ediciones, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-8941-20-2
1. Clínica Psicoanalítica. I. Tendlarz, Silvia.
CDD 150.195
© Grama ediciones, 2022
Manuel Ugarte 2548 4° B (1428) CABA
Tel.: 4781–5034 • [email protected]
http://www.gramaediciones.com.ar
© Silvia Elena Tendlarz, 2022
Diseño de tapa: Gustavo Macri
Primera edición en formato digital: junio de 2022
Versión 1.0
Digitalización: Proyecto451
Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por medios gráficos, fotostáticos, electrónico o cualquier otro sin permiso del editor.
Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-987-8941-20-2
Antes que nada quiero agradecerle a Jacques-Alain Miller por la orientación de su enseñanza que constituye mi brújula, y por el original y poético título que me sugirió para el presente libro.
Quiero agradecerle también a Eric Laurent por su transmisión que sigue siendo para mí un hilo de Ariadna.
Mi agradecimiento también se dirige a mi querido amigo Miquel Bassols por su pronta disponibilidad para escribir su preciso prólogo que dialoga con el libro; a Alejandra Glaze por su confianza, puesto que sin leerlo aceptó sin vacilar su publicación; y a Mauricio Beltrán, que tuvo la paciencia de leer el primer manuscrito.
Finalmente, agradezco a todos mis amigos y amigas por las innumerables conversaciones a lo largo de los años intentando descifrar juntos el misterio de ser dos.
Y, sobre todo, dedico este libro a mi querida hija Liv.
Miquel Bassols
Parlez-moi d’amour, decía una famosa canción interpretada por Lucienne Boyer allá por los años 20 del siglo pasado. Háblame de amor, como quien dice: háblame de veras, sin engaños, aunque no sea para decirme toda la verdad, aunque sea para no decirme toda la verdad, aunque parezca un cuento más. “Dime que me quieres, aunque no sea verdad”, añadió después la otra canción. Más todavía: “Dime que me quieres, aunque sea verdad”, como termina diciendo la que, de buen seguro, no será última.
Hay, sin duda alguna, una complacencia, una satisfacción en hablar de amor. Tal como decía Jacques Lacan y Silvia Tendlarz nos recuerda en este libro, hablar de amor es en sí mismo un goce, una satisfacción de la pulsión que no tiene un objeto predeterminado pero que lo encuentra en la propia palabra de amor como un don insospechado, como una palabra que se convierte, ella misma, en un acto de amor. Hablar de amor es ya una prueba de que se ama de algún modo, haciendo más cierto todavía aquel aforismo de La Rochefoucauld según el cual hay personas que nunca se habrían enamorado si no hubieran oído hablar de amor alguna vez.
Háblame, pues, de amor. Es menos frecuente escuchar o leer la frase: “escríbeme de amor”. La gramática española lo permite, pero no parece una expresión tan verdadera, tan genuina como “háblame de amor”, resulta un tanto forzada. José Cadalso la utilizó en el siglo XVIII en sus Cartas marruecas, pero fue para evitar poner cualquier empeño en ello: “Dios me libre de escribir de amor”. Hay algo que se escabulle en el hecho de escribir de amor, algo que se desliza inevitablemente hacia escribir sobre el amor, en un desplazamiento que no ocurre en el acto de hablar de amor. Y, sin embargo, no hay un género más universal que las cartas de amor, que no tienen porqué ser cartas sobre el amor, incluso conviene que no lo sean en absoluto si quieren ser verdaderas cartas de amor.
Es sabido que para Lacan no había nada más serio que las cartas de amor, aunque era porque en la lengua francesa una lettre d’amour es también una letra de amor, y también l’être d’amour, el ser de amor. La letra –y el lector encontrará en este libro múltiples referencias al campo de las letras, en todos sus sentidos– tiene una relación con lo real que el significante de la palabra dicha no tiene de entrada. Escribir de amor no parece lo mismo, entonces, que hablar de amor.
Este libro habla del amor, incluso cuando escribe sobre el amor. Y habla, en primer lugar, del amor más verdadero, tal vez el único verdadero, ese amor que fue el primer descubrimiento –invento más bien– del psicoanálisis: el amor al inconsciente que Freud llamó transferencia. La transferencia no es el amor, o el odio, que puede inspirar a veces la figura del psicoanalista. Esa es una tonta idea en la que creyeron algunos analistas –hombres, primeramente–, infatuados en su experiencia al confundirse con el lugar que ocupaban en ella como “sujeto supuesto saber”, expresión con la que Lacan indicó la estructura de ese extraño fenómeno. El verdadero amor –aunque si uno sigue leyendo a Lacan termina por entender esta expresión como un oxímoron, como una contradictio in adjecto, como una contradicción insoluble–, el verdadero amor que miente como cualquier vía regia a la verdad, no es un amor a la figura del analista, sino que es un amor dirigido al inconsciente. La causa del amor es –o está en– el inconsciente, un saber que se hace escuchar en cada una de sus formaciones, ya sea el lapsus, el sueño o el síntoma. Y es la diosa transferencia la que supone un sujeto al saber del inconsciente. Esta es tal vez la mejor manera, la manera más amorosa, de leer la conocida expresión de Lacan “sujeto supuesto saber” para designar la transferencia, motor y obstáculo a la vez de la experiencia analítica. La transferencia es suponer un sujeto al saber del inconsciente, y no tanto suponer un saber a otro sujeto –ya sea o no un analista–, otro sujeto que no dejará de ser, también, una suposición, una creencia al fin y al cabo, y tan religiosa como cualquier otra. El amor es suponer un saber al otro sobre lo que yo soy, pero esta suposición no puede producirse si antes no se supone también un sujeto a ese saber.
Este libro, para quien sepa leerlo como conviene, habla, pues, de aquel nuevo amor que está en el principio del psicoanálisis para decir algo más sobre él. Y dice algo que nadie había dicho, que yo sepa, hasta ahora: que hay un “inconsciente enamorado”.
La expresión da título al libro y se encuentra en un párrafo que merece ser leído atentamente como el hilo rojo que las atraviesa: “En el amor se produce este encuentro entre dos saberes porque el inconsciente enamorado ama el saber inconsciente del otro”. Tan extraño como aquel encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección, según la imagen cara a los surrealistas. Puede parecer un encuentro más extraño todavía si tenemos en cuenta que la primera manera en la que Lacan abordó el fenómeno del amor en su seminario sobre La transferencia (1960-1961) fue tomando la figura del amante del diálogo platónico de El Banquete. Allí, el amante (erastés) es previo lógicamente a la figura del amado (eromenos). No hay resorte del amor sin la figura primera del amante, del deseante, que pone en juego una falta igualmente primera. El amante ama porque le falta algo. Entonces, ¿el inconsciente sería más bien “enamorante”, antes que “enamorado”? Y, sin embargo… solo con un inconsciente enamorante no habría encuentro posible en el amor.
Hace falta que algo responda del Otro lado para que este encuentro, cada vez inédito, se produzca. Sin eso que “hace falta”, nada de nada: ni amor, ni inconsciente, ni tampoco experiencia analítica. Algo así ocurría con el inconsciente “antes de Freud”, un inconsciente que no existía en realidad, que no tenía ningún estatuto ontológico y que solo obtendrá su existencia en una dimensión que es de orden ético. Es un inconsciente que no existía antes de que alguien, vaya a saber por qué deseo, se adelantó a su llamado para convertirlo en un mensaje que debía ser descifrado. Es preciso, pues, que algo –una mano, una mirada, un gesto, un acontecimiento imprevisto– venga al encuentro de él para hacer de la falta primera del amante un valor positivo, una causa de amor. Es precisamente una figura de este orden la que Lacan tomó en aquel mismo Seminario sobre –¿o de?– La transferencia para hablar de un encuentro que tiene siempre algo de fortuito: la mano que se avanza hacia el rescoldo del fuego para atizar el leño que, de repente, se enciende tendiendo otra mano que se adelanta a la primera haciendo surgir la llama de amor. Pero ¿quién se ha adelantado a quién? Una vez producido el encuentro, ya no se sabe muy bien, ya no se sabe si era el uno o el otro el que tendió la mano, ya no se sabe de qué lado estaba y estará, si quiere seguir siendo llama inextinguible, la falta. Una vez producido el encuentro, ya no se sabe, ya no, ya es necesariamente un saber no sabido, que es la mejor forma de definir lo indefinible del inconsciente freudiano y, con él, lo indefinible del amor mismo.
El inconsciente enamorado es entonces, necesariamente, la condición misma del inconsciente, y también la del amor.
Dicho de otra manera: el inconsciente enamorado es la única posibilidad de hacer recíproco aquello que por su propia condición es la no reciprocidad del goce, la no reciprocidad del goce del Uno, tal como Lacan lo situó en su última enseñanza, la del “il y a de l’Un” (hay lo Uno), que se demuestra cada vez como el goce del Uno sin el Otro, como un goce autista. ¿Cómo pasar entonces del goce del Uno sin Otro al amor que supone necesariamente al Otro? El amor fusional, siempre narcisista, quiere hacer un Uno con el Otro, pero por esa vía solo se encuentra con Uno mismo. Por el contrario, la experiencia mística del amor, estudiada por Lacan en varios momentos de su enseñanza, da siempre testimonio de una alteridad del goce irreductible, y es por esta vía que encuentra un amor que permite al goce pasar del Uno al Otro, o del Otro al Uno. Pero es al precio de dejar a ese goce en silencio. Solo sería posible entonces hacer ese pasaje en una dimensión del amor que no sueñe con hacer Uno con el Otro, o de hacer del Otro un Uno solo. Y es por ello que Lacan afirmará que el amor es siempre recíproco, entre el Uno y el Otro, a pesar de aquella famosa figura, entre la comedia y la tragedia, de los amores no correspondidos.
Que el amor sea siempre recíproco plantea la pregunta, que el lector encontrará formulada de varias maneras en estas páginas, de si hay un amor que no sea narcisista, de si hay un amor que no pida siempre, en su horizonte, reconocerse y verificarse como siendo un amor que pide ser amado por el Otro. Es también la pregunta de si hay un amor que no se reduzca a la experiencia de ser y sentirse amado por el Otro. No anticipemos la respuesta que será, más bien, una apuesta.
Es la apuesta que este libro tiende al lector. Pero lo hace, necesariamente, para un lector que no espere comprender a la primera, ni a la segunda, lo que sus letras le escriben adelantándose a su comprensión.
Abril de 2022
Estar contigo o no estar contigo
es la medida de mi tiempo.
“El amenazado”, Jorge Luis Borges*
¿Cómo pensar el amor en los tiempos que corren? Pregunta que hace resonar el título del libro El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez. ¿Hay un tiempo para el amor? El amor supone siempre la contingencia de un encuentro, y en esa perspectiva es atemporal. Pero para ello hay que lanzarse en la apuesta de sumergirse en los laberintos del amor, del deseo y del goce. No hay ninguna felicidad asegurada en la puerta de salida. Al amar, se espera que ese sentimiento sea eterno, y cuando se produce la experiencia amorosa, su huella es imperecedera por fuera del destino de ese encuentro. Después de todo, como dice Mallarmé, un golpe de dados jamás abolirá el azar. Azar del destino del amor. ¿Qué resta de ese encuentro? ¿Cómo se modaliza en los intersticios de la palabra de amor? ¿Qué se escribe en soledad junto al otro?
Las palabras de amor están entrecortadas en su cruce con la sexualidad y con los aparatajes que lo legitimizan como el matrimonio. Jean Claude Milner, en una recopilación titulada Sexualidades en trabajo, (1) se pregunta cómo abordar en nuestro tiempo el tema de la sexualidad. Se podría pensar que es algo homogéneo, mientras que en realidad se presenta como múltiple. Algo se hurta al intentar aprehenderla. Es por ello que Michel Foucault, para hablar sobre la historia de la sexualidad, termina escribiendo sobre el deseo.
Para Milner reflexionar sobre la sexualidad implica preguntarse: ¿a quién se ama?, ¿con quién se tiene vida sexual?, y ¿con quién se casa? Y añade la pregunta clásica freudiana en relación a la sexualidad infantil, ¿de dónde vienen los niños? Estas tres preguntas muestran ya que no existe una respuesta única, sino que se trata de entrelazamientos diferentes entre el “amor”, la “sexualidad” y el “matrimonio”. Se puede amar sin tener vida sexual ni casarse, casarse sin tener vida sexual ni amar, o incluso tener vida sexual sin amor ni matrimonio.
En el discurso común se busca el amor ideal y la felicidad conyugal. Su reverso es la creciente disolución de los lazos y sus transformaciones. La mezcla del amor y el matrimonio es reciente dentro de las sociedades occidentales. Antes el amor tenía que nacer del matrimonio, puesto que el acuerdo matrimonial precedía a la eventual experiencia amorosa.
En el libro La más bella historia del amor, se lleva a cabo, a través de distintas entrevistas, una deconstrucción de las relaciones entre el amor, la sexualidad y el matrimonio. (2) Durante toda la historia se ha marcado cierta opacidad, cierta restricción, en relación a la sexualidad. Cuando finalmente se puede acceder más libremente a ella a partir de los derechos ganados por las mujeres, aparece la figura de la sexualidad sin amor y sin matrimonio. Esta es una paradoja tal vez de estructura que hace que exista una dificultad para que el amor, la sexualidad y el matrimonio vayan siempre juntos. El siglo XX es testigo de la liberación de la sexualidad en oposición al valor dado en siglos anteriores a la virginidad que antecedía al matrimonio. El psicoanálisis produjo una subversión de la concepción imperante al incluir la sexualidad infantil en contra de la ideología angelical que lo precedía y de alguna manera contribuyó al cambio cultural y social relativo a la sexualidad.
Existe una construcción histórica del matrimonio y del amor independientemente de la reproducción. En un primer tiempo el matrimonio no estaba asociado ni al amor ni al placer. Después, con el Renacimiento, aparece la presencia del amor, en detrimento de los matrimonios por interés anteriores. El siglo XX dio lugar a la manifestación más abierta de la sexualidad pero con una disociación de las tres esferas: amar sin procrear, procrear sin sexualidad, y sexualidad sin amor. A esto se puede añadir que en el siglo XXI se produce el estallido de las identificaciones sexuadas y esto incluye el derrotero de los derechos de los sujetos gay: reconocimiento de su sexualidad y de su alianza a través del matrimonio igualitario.
Denis de Rougemont, en El amor en Occidente, plantea que el amor anteriormente estaba disociado del matrimonio. (3) Las gestas de los trovadores reintroducen el tema del amor, ausente durante la Edad Media en relación al matrimonio. Así, cantaban a una mujer que nunca vieron, pero de la que escucharon hablar, constituyendo el llamado “amor cortés”, que es un amor sin sexualidad. En contrapartida, el amor queda ligado a la pasión amorosa, al estilo de Romeo y Julieta, por ejemplo. La literatura romántica que nace con Tristán e Isolda crea el concepto del amor en nuestra época.
Un autor contemporáneo como Lipovetsky plantea en La sociedad de la decepción que en el siglo XI no es que se ame menos, sino que se ama más a menudo y se decepciona más rápido. (4) Antes, la gran encrucijada era si en la relación de matrimonio iba a llegar a sostenerse el amor, cuestión dirimida a través del divorcio. Por eso cuando existe mayor decepción también aumenta el ideal de cómo tendría que ser el amor, por lo que resulta inversamente proporcional. Al mismo tiempo que se produce una liberación en la sexualidad en cuanto a las costumbres, crece una exigencia de un amor que sea eterno y se mantenga a través del tiempo.
Por su parte, el psicoanálisis examina la disociación que puede producirse entre el amor y el deseo. Y luego, con Lacan, se incluye a este binomio la teoría de los goces. El matrimonio queda planteado como una ficción asociada a las legislaciones que dirimen su legitimidad sobre la base de un consentimiento mutuo. Junto al estallido del llamado “género”, en el dinamismo jurídico de la sociedad, aparecen nuevas demandas de reconocimiento sexual que no están inhibidas ya por la tradición.
Eric Laurent afirma que el avance jurídico genera más demandas que metonímicamente se expanden. (5) El matrimonio queda afuera de la escena y se presentan arreglos y montajes entre individuos a partir de su igualdad. El discurso de la ciencia y del derecho convergen para autorizar y permitir lo nuevo y eso se refleja, por ejemplo, en la procreación. Los progenitores dieron lugar a las “parentalidades”, neologismo que nombra las posibilidades de acceso a lo nuevo en materia de procreación y de reproducción, a partir de las posiciones sexuadas. Surgen así nuevos nombres para nombrar la diversidad. Por un lado, está lo real de la posición sexuada y, por otro lado, los nombres con los que se intenta aprenderse, existiendo una separación entre lo real de los cuerpos y los nombres.
El siglo XXI lleva a interrogarse sobre la relación entre el amor y la sexuación, y los cambios operados han variado la manera de amar dado que se ha modificado las posiciones de los sujetos en la distribución sexuada. ¿Qué resonancia tiene decir que un hombre ama a una mujer o una mujer ama a un hombre cuando las categorías “hombre” y “mujer” se han puesto en cuestión? Desde el psicoanálisis es posible diferenciar la “sexuación” de la “sexualidad”. La sexualidad existe desde siempre, en cambio, la sexuación corresponde al término de Lacan con el que nombra cómo los seres hablantes se incluyen en posiciones sexuadas. El punto de desembocadura de su desarrollo es pasar del goce femenino al goce del cuerpo como tal, y cómo incide el goce de los cuerpos. De allí la pregunta: ¿cuál es el destino del amor en los seres sexuados? Amor que no se restringe a posiciones heterosexuadas, sino que incluye la diversidad de estilos de goces que presenta el mundo contemporáneo.
Ser hombre o mujer no depende de los caracteres sexuales secundarios. La diferencia no es anatómica sino de goce. En ese sentido, la anatomía ya no es el destino. Frente al goce se distribuyen posiciones masculinas y femeninas, incluso para los sujetos que se reconocen como no-binarios. Los seres-hablantes se distribuyen del lado masculino o femenino en las fórmulas de sexuación, independientemente del sexo, y se confrontan a un goce relativo al falo y a otro más allá del falo. Hombre y mujer son significantes, y en esta repartición intervienen sistemas de identificaciones sexuadas más que una identidad de género.
¿Qué relaciones pueden establecerse entre el amor, el deseo y el goce para Lacan? Primero Lacan afirma que hay relación: hay relación entre el amor y el goce, y hay relación entre los sexos. Luego, a partir del Seminario 20, establece una antinomia entre el amor y el goce: No hay relación sexual, otra manera de escribir la castración freudiana. El verdadero partenaire del sujeto es el objeto . Se busca al objeto que está en el Otro, a sabiendas de que el autismo de goce impide la relación con el Otro. El amor se vuelve entonces la mediación que permite la relación con el partenaire. Luego da un paso más al enlazar el amor al saber, es un amor más allá de los embrollos del falo y de la falta. Se ama el inconsciente del otro. Pero, ¿cómo se capta ese saber inconsciente que produce el amor?
El recorrido que propone este libro, en definitiva, es una reflexión sobre el amor a partir de la enseñanza de Lacan. ¿Podremos desentrañar el misterio de ser dos?
Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero
Norte para cantar sus mares y sus espadas,
la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes,
los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis
muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre
se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran
por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera
y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal: ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.
1. Milner, J.-C. y otros, Sexualités en travaux, París, Michele ed., 2018.
2. Simonnet, D. y otros, Las más bella historia de amor, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2003.
3. Rougemont, D., El amor en Occidente, Plon, Barcelona, 1978.
4. Lipovetsky, La sociedad de la decepción, Anagrama, Barcelona, 2008.
5. Intervención de Eric Laurent en Miller, J.-A., Piezas sueltas, cap. 17, Paidós, Buenos Aires, 2013.
Busco en cada cocotte a la mujer.
Anatole, Arthur Schnitzler*
En su obra, Freud insiste en el malestar que existe en la civilización producto de la existencia de pulsiones que deben ser domesticadas, ordenadas, limitadas, incluso legitimadas por la cultura, a través de leyes que establecen los sistemas de intercambio permitidos o prohibidos. En cada sociedad existen lazos posibles que se fundan en la prohibición del incesto. Lo imposible determina la serie de objetos amables o deseables. Pero ningún sistema simbólico resulta totalmente exitoso, y el síntoma es el testimonio de su fracaso.
La “psicología de la vida amorosa” desarrollada por Freud padece el mismo malestar y cobra la forma de la “lucha entre los sexos”. Desprecio y degradación de la mujer por parte del hombre. Hostilidad y odio de la mujer hacia el hombre. Lacan retoma luego estas consideraciones bajo la égida de la dialéctica fálica.
¿Cómo examina Freud la relación entre los sexos en sus trabajos psicoanalíticos?
Freud distingue el amor de la sexualidad. Si bien la vida amorosa involucra los dos términos, es necesario distinguir la pulsión sexual del amor enlazado al concepto de narcisismo, con la libido allí involucrada.
En la elección de objeto sexual no hay nada orgánicamente establecido. La fábula mítica de la partición del ser humano en dos mitades –macho y hembra– que aspiran a reunirse de nuevo en el amor, planteada por Platón en El banquete, supone la idea de una complementariedad entre los sexos. Pero esto no es más que un sueño. La atracción de un hombre por una mujer, o de una mujer por un hombre, no es un dato biológico dado por la anatomía sino una pregunta solidaria a la propia posición sexuada.
Frente a la libido única, Freud plantea dos finalidades –activa y pasiva– con las que estudia el devenir sexual. La libido siempre es masculina, así se presente en el hombre o en la mujer, y por fuera de que su objeto sea hombre o mujer, y la pulsión siempre es activa aunque tenga un objetivo pasivo.
En “Introducción del narcisismo”, Freud distingue la libido yoica y la objetal. La libido que se vuelca sobre el yo es narcisista, verdadero depósito de libido. En cambio, la libido objetal, se desplaza de un objeto a otro y permite que los objetos se vuelvan amables.
