El lado oscuro del adiós (Harry Bosch) - Michael Connelly - E-Book

El lado oscuro del adiós (Harry Bosch) E-Book

Michael Connelly

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Beschreibung

Harry Bosch es el último investigador privado de California. No se anuncia, no tiene oficina y es quisquilloso con la gente para la que trabaja, pero no importa. Su talento de treinta años en el Departamento de Policía de Los Ángeles habla por sí solo. Pronto, uno de los mayores magnates del sur de California acude a buscarlo. El huraño multimillonario se acerca al final de su vida y se siente atormentado por un remordimiento. En su juventud tuvo una relación con una joven mexicana, su gran amor. Poco después de quedar embarazada, ella desapareció. ¿Tuvo el bebé? Y en ese caso ¿qué ocurrió con él? Desesperado por saber si tiene un heredero, el multimillonario moribundo contrata a Bosch, la única persona en la que puede confiar. Con una fortuna tan enorme en juego, Harry se da cuenta de que su misión podría ser arriesgada no sólo para él, sino también para la persona a la que está buscando. Sin embargo, cuando empieza a descubrir la obsesionante historia, y a hallar sorprendentes vínculos con su propio pasado, sabe que no podrá descansar hasta que encuentre la verdad.

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Agradecimientos

Créditos

Para Vin Scully, con todo mi agradecimiento

Corrieron desde la posición resguardada de la hierba de elefante hacia la zona de aterrizaje. Cinco de los hombres se posicionaron en torno al helicóptero en ambos lados. Uno de ellos gritó: «¡Vamos!, ¡vamos!, ¡vamos!»; como si alguno necesitara que lo apremiaran y le recordaran que esos eran los segundos más peligrosos de su vida.

El torbellino del rotor dobló la hierba hacia atrás y dispersó el humo señalizador en todas direcciones. El ruido fue ensordecedor cuando la turbina aceleró para el despegue. Los artilleros de las puertas auparon a todos al interior tirando de las correas de sus mochilas y el aparato enseguida volvió a estar en el aire, después de posarse menos tiempo que una libélula en el agua.

Comenzó a atisbarse la línea de árboles a través de la puerta de babor en cuanto el aparato se elevó y empezó a inclinarse. Entonces se vieron los fogonazos de las armas desde las higueras de Bengala. Alguien gritó: «¡Francotiradores!»; como si al artillero de la puerta tuvieran que decirle con qué se enfrentaba.

Era una emboscada. Tres puntos distintos de fogonazos, tres francotiradores. Habían esperado hasta que el helicóptero se hubo elevado y volaba con pesadez: un objetivo fácil desde menos de doscientos metros.

El artillero abrió fuego con su M60, descargando una ráfaga de fuego hacia las copas de los árboles, llenándolas de plomo. Sin embargo, los disparos de los francotiradores no cesaron. El helicóptero no estaba blindado, una decisión tomada a quince mil kilómetros de distancia para reducir el peso y priorizar la velocidad y la maniobrabilidad por encima de la protección.

Un disparo impactó en el carenado de la turbina con un ruido sordo que recordó a uno de los impotentes hombres de a bordo el de una bola de béisbol mal bateada que golpea el capó de un coche en el aparcamiento. Enseguida se oyó el estruendo de cristales rotos cuando el siguiente disparo atravesó la cabina de mando. Fue un tiro de uno entre un millón que acertó en el piloto y en el copiloto al mismo tiempo. El piloto murió en el acto y el copiloto se llevó las manos al cuello en un movimiento instintivo pero inútil para evitar desangrarse. El helicóptero dio un bandazo hacia la derecha y enseguida se precipitó de forma descontrolada. Cayó en barrena, alejándose de los árboles hacia los arrozales. Los hombres de la parte de atrás empezaron a gritar de impotencia. El que acababa de tener un recuerdo de béisbol trató de orientarse. El mundo en el exterior del helicóptero estaba girando. Él mantuvo la mirada fija en una única palabra impresa en la placa metálica que separaba la cabina de la zona de carga. Decía ADVANCE, con la letra A con una flecha como trazo horizontal.

No apartó la mirada de la palabra ni siquiera cuando los gritos se intensificaron y sintió que el aparato perdía altura. Llevaba siete meses apoyando misiones de reconocimiento y le quedaba poco tiempo de servicio. Supo que nunca iba a volver. Era el final.

La última cosa que oyó fue a alguien que gritaba: «¡Posición!, ¡posición!, ¡posición!», como si existiera alguna posibilidad de que alguien de los que estaban a bordo tuviera alguna opción de sobrevivir al impacto, sin contar con el fuego que llegaría a continuación. Y sin contar con los Vietcong que vendrían con machetes después.

Mientras los demás gritaban de pánico, él susurró un nombre para sus adentros.

—Vibiana…

Sabía que nunca volvería a verla.

—Vibiana…

El helicóptero se precipitó en una zanja de los arrozales y estalló en un millón de partes metálicas. Al cabo de un momento, el combustible derramado prendió, quemó los restos del aparato y extendió llamas en la superficie de agua estancada. Se elevó un humo negro en el aire que marcó los restos del helicóptero como una baliza indicadora de un punto de aterrizaje.

Los francotiradores recargaron y esperaron a que llegaran los helicópteros de rescate.

1

A Harry Bosch no le molestaba el retraso. La vista era espectacular. No se sentó en el sofá de la sala de espera. Prefirió quedarse de pie, con la cara a un palmo del cristal, y admirar la panorámica que se extendía desde los tejados del centro de la ciudad hasta Pacific Ocean. Se encontraba en la planta cincuenta y nueve de la U. S. Bank Tower, y Creighton le estaba haciendo esperar porque era algo que siempre hacía, desde sus días en el Parker Center, donde la sala de espera solo tenía una visión de escaso ángulo de la fachada posterior del ayuntamiento. Creighton solo se había desplazado cinco manzanas al oeste desde sus días en el Departamento de Policía de Los Ángeles, pero desde luego se había elevado mucho más, hasta las cimas más altas de los dioses financieros de la ciudad.

Aun así, con vistas o sin ellas, Bosch no sabía por qué había gente que conservaba sus oficinas en la torre. El edificio, el más alto al oeste del Misisipí, ya había sido objeto de dos intentos de atentado terrorista. Bosch imaginaba que eso tenía que suponer una inquietud añadida a las presiones del trabajo para cualquiera que entrara cada mañana por aquellas puertas de cristal. El alivio podría llegar pronto en la forma del Wilshire Grand Center, un rascacielos envuelto en cristal que se elevaba en el cielo a unas manzanas de distancia. Cuando estuviera terminado, se llevaría la distinción de edificio más alto al oeste del Misisipí. Probablemente, también se convertiría en el nuevo objetivo.

A Bosch le encantaba cualquier oportunidad de contemplar la ciudad desde tan alto. Cuando era un joven detective, a menudo hacía turnos extra como localizador en alguno de los vuelos del departamento solo para dar una vuelta por encima de Los Ángeles y recordar su inmensidad aparentemente infinita.

Miró a la autovía 110 y vio que estaba congestionada hasta South-Central. También se fijó en varios helipuertos en los tejados de edificios que quedaban por debajo de él. El helicóptero se había transformado en el vehículo de transporte de la elite. Bosch había oído que incluso algunos de los jugadores con contratos más altos de los Lakers y los Clippers usaban helicópteros para ir al Staples Center.

El cristal era lo bastante grueso para bloquear cualquier sonido. La ciudad permanecía en silencio a sus pies. Bosch solo oía a la recepcionista que atendía el teléfono detrás de él, con el mismo saludo una y otra vez: «Trident Security, ¿en qué puedo ayudarle?».

La atención de Bosch se centró en un coche patrulla que avanzaba con rapidez hacia el sur por Figueroa, hacia el distrito L. A. Live. Vio el 01 pintado en letras grandes en el maletero y supo que era un vehículo de la División Central. Enseguida lo siguió en el aire un helicóptero del departamento que volaba más bajo que el piso en el que él se encontraba. Bosch lo estaba siguiendo con la mirada cuando lo llamó una voz a su espalda.

—¿Señor Bosch?

Se volvió y vio a una mujer de pie en medio de la sala de espera. No era la recepcionista.

—Soy Gloria. Hemos hablado por teléfono.

—Ah, sí —dijo Bosch—. La asistenta del señor Creighton.

—Sí, encantada de conocerlo. Acompáñeme, por favor.

—Bien. Si esperaba más iba a saltar.

La mujer no sonrió. Condujo a Bosch por una puerta que daba a un pasillo con acuarelas enmarcadas perfectamente espaciadas en las paredes.

—Es cristal resistente a los impactos —le explicó—. Puede aguantar la fuerza de un huracán de categoría 5.

—Me alegra saberlo —dijo Bosch—. Y solo estaba bromeando. Su jefe tiene fama de hacer esperar a la gente, de cuando era subdirector de la Policía.

—Ah, ¿en serio? No lo había notado aquí.

Eso no tenía sentido para Bosch, porque acababa de venir a buscarlo a la sala de espera quince minutos después de la hora señalada.

—Lo leería en un libro de gestión cuando escalaba posiciones —dijo Bosch—. Ya sabe, lo de hacerles esperar aunque lleguen a tiempo. Te da la mejor posición cuando finalmente les haces pasar, comunica que eres un hombre ocupado.

—Desconozco esa filosofía empresarial.

—Probablemente, es más una filosofía policial.

Entraron en una suite de oficinas. En el despacho exterior, había dos escritorios separados, uno ocupado por un hombre de veintitantos años vestido con traje y el otro vacío, que supuso que pertenecía a Gloria. Pasaron entre los escritorios hasta una puerta y Gloria la abrió y se hizo a un lado.

—Adelante. ¿Quiere que le traiga una botella de agua?

—No, gracias —dijo Bosch.

Bosch entró en una sala todavía mayor, con una zona de escritorios a la izquierda y, a la derecha, dos sofás enfrentados con una mesita de café con tablero de cristal en medio. Creighton estaba sentado detrás de su escritorio, indicando que la reunión con Bosch iba a tener un carácter formal.

Había pasado más de una década desde la última vez que Bosch había visto a Creighton en persona. No recordaba la ocasión, seguramente en alguna reunión de la brigada a la que Creighton acudiría para hacer un anuncio en relación con el presupuesto de horas extraordinarias o los protocolos de viaje del departamento. Entonces Creighton era el jefe contable, responsable del presupuesto del departamento entre otros deberes de gestión. Era conocido por establecer políticas estrictas sobre las horas extra que exigían explicaciones detalladas y por escrito en unos formularios verdes que tenían que someterse a la aprobación del supervisor. Como esa aprobación, o denegación, solo llegaba después de que el trabajo ya se hubiera realizado, el nuevo sistema se veía como un intento de disuadir a los policías de hacer horas extra o, peor todavía, de hacerles cumplir más horas y luego denegar la autorización o compensarlas con tiempo complementario. Fue en la época en que Creighton ocupaba ese puesto cuando todo el mundo empezó a referirse a él como Cretino.

Aunque Creighton dejó el departamento por el sector privado no mucho después, los «verdes» seguían en uso. La impronta que había dejado en el departamento no había sido un rescate audaz ni un tiroteo ni haber acabado con un gran depredador. Habían sido los formularios verdes de las horas extraordinarias.

—Harry, pase —dijo Creighton—. Siéntese.

Bosch se acercó al escritorio. Creighton era unos años mayor que Harry, pero se mantenía en buena forma. Se levantó detrás del escritorio y le tendió la mano. Llevaba un traje gris hecho a medida de su cuerpo musculoso. Creighton era la imagen del dinero. Bosch le estrechó la mano y luego se sentó frente a él. No se había vestido para la cita. Iba en tejanos, camisa azul vaquera y una chaqueta de pana gris marengo que tenía al menos doce años. Bosch guardaba los trajes de sus días en el departamento envueltos en plástico y no había querido sacar uno solo para una reunión con Cretino.

—Jefe, ¿cómo está?

—Ya no soy jefe —dijo Creighton riendo—. Esos días han pasado hace mucho. Llámeme John.

—John, pues.

—Siento haberlo hecho esperar. Tenía un cliente al teléfono y, bueno, el cliente siempre tiene prioridad. ¿Tengo razón?

—Claro, no hay problema. He disfrutado de las vistas.

Las vistas a través de la ventana que estaba detrás de Creighton daban al otro lado, se extendían hacia el noreste más allá del Civic Center y las montañas coronadas de nieve de San Bernardino. Bosch suponía que la razón de que Creighton hubiera elegido esa oficina no eran las montañas, sino el Civic Center. Desde su escritorio, Creighton veía desde arriba la torre del ayuntamiento, el Edificio de Administración de Policía y el edificio del Los Angeles Times. Creighton estaba por encima de todos ellos.

—La verdad es que es espectacular ver el mundo desde este ángulo —aseguró Creighton.

Bosch asintió y fue al grano.

—Entonces —dijo—. ¿Qué puedo hacer por usted…, John?

—Bueno, para empezar, le agradezco que haya venido sin saber por qué quería verlo. Gloria me dijo que le costó mucho convencerlo.

—Sí, mire, lo siento. Pero, como le expliqué a ella, si se trata de un trabajo, no me interesa. Ya tengo trabajo.

—Me he enterado. San Fernando. Pero eso debe de ser a tiempo parcial, ¿no?

Lo dijo con un leve tono de burla y Bosch recordó una frase de una película que había visto: «Si no eres policía, eres una piltrafa». También se entendía que si trabajabas para un departamento pequeño eras una piltrafa.

—Me mantiene tan ocupado como quiero estar —contestó—. También tengo licencia privada. Elijo algún caso de vez en cuando.

—Todo por referencias, ¿no? —inquirió Creighton.

Bosch lo miró un momento.

—¿Tendría que estar impresionado de que me haya investigado? —dijo por fin—. No me interesa trabajar aquí. No me importa cuál sea el sueldo ni me importan cuáles sean los casos.

—Bueno, deje que le pregunte algo, Harry —dijo Creighton—. ¿Sabe qué hacemos aquí?

Bosch miró por encima del hombro de Creighton, a las montañas, antes de responder.

—Sé que ofrecen seguridad de alto nivel para los que pueden permitírsela —respondió.

—Exactamente —dijo Creighton.

Levantó tres dedos de su mano derecha en lo que Bosch suponía que era un tridente.

—Trident Security —explicó Creighton—. Especializados en seguridad económica, tecnológica y personal. Abrí la sucursal de California hace diez años. Tenemos sedes aquí, en Nueva York, Boston, Chicago, Miami, Londres y Fráncfort. Estamos a punto de abrir en Estambul. Somos una gran compañía, con miles de clientes e incluso más conexiones en la esfera de nuestras competencias.

—Me alegro por ustedes —dijo Bosch.

Había pasado diez minutos leyendo información sobre Trident en su portátil antes de venir. La exclusiva empresa de seguridad la había fundado en Nueva York en 1996 un magnate naviero llamado Dennis Laughton, que había sido secuestrado en las Filipinas. Laughton primero contrató a un antiguo jefe del Departamento de Policía de Nueva York como testaferro y había hecho lo mismo en todas las ciudades donde había abierto sucursal, eligiendo al jefe o a un responsable de alto rango del departamento de policía local para generar una gran noticia en los medios y garantizar la imprescindible ayuda de la cooperación policial. Se comentaba que, diez años antes, Laughton había intentado contratar al jefe de policía de Los Ángeles, pero este lo rechazó y Laughton eligió a Creighton como segunda opción.

—Le dije a su asistenta que no estaba interesado en trabajar en Trident —insistió Bosch—. Ella me aseguró que no se trataba de nada de eso. Así que, ¿por qué no me cuenta de qué se trata para que los dos podamos seguir con nuestras jornadas?

—Puedo asegurarle que no le estoy ofreciendo un trabajo en Trident —dijo Creighton—. Para ser sincero, necesitamos la cooperación plena y el respeto del Departamento de Policía de Los Ángeles para hacer lo que hacemos y para manejar las cuestiones delicadas que implican a nuestros clientes y la policía. Si le contratáramos en Trident sería un problema.

—Está hablando de mi demanda.

—Exactamente.

Durante la mayor parte del año anterior, Bosch había estado sumido en una demanda presentada contra el departamento en el que había trabajado durante más de treinta años. Harry demandó al departamento, porque creía que lo habían obligado a retirarse de forma ilegal. El caso había generado animadversión hacia Bosch entre la tropa. No parecía contar que, durante el tiempo en que había llevado placa, Harry había puesto a más de cien asesinos ante la justicia. El litigio terminó en avenencia, pero continuaba la hostilidad desde algunas esferas del departamento, sobre todo la esfera superior.

—Así que si me contratara en Trident no sería bueno para sus relaciones con el departamento —dijo Bosch—. Lo entiendo. Pero me quiere para algo. ¿Qué es?

Creighton asintió. Era hora de ir al grano.

—¿Ha oído hablar de Whitney Vance? —preguntó.

Bosch asintió.

—Por supuesto que sí.

—Sí, bueno, es un cliente —dijo Creighton—. Igual que su empresa, Advance Engineering.

—Whitney Vance tiene que tener ochenta años.

—Ochenta y cinco, de hecho. Y…

Creighton abrió el cajón superior central de su escritorio y sacó un documento. Colocó el documento entre ellos. Bosch vio que era un talón bancario. No llevaba las gafas y no podía leer la cantidad ni otros detalles.

—Quiere hablar con usted —concluyó Creighton.

—¿De qué? —preguntó Bosch.

—No lo sé. Dijo que era una cuestión privada y preguntó específicamente por usted. Dijo que solo discutiría el asunto con usted. Extendió este cheque nominativo por diez mil dólares. Puede quedárselo por ir a hablar con él, tanto si la cita conduce a más trabajo como si no.

Bosch no sabía qué decir. Ya había cobrado la liquidación de la demanda, pero había invertido la mayor parte del dinero en cuentas de inversión a largo plazo concebidas para proporcionarle una vida cómoda en la vejez y un interés sólido para su hija Maddie. Aun así, en ese momento ella tenía dos años más de facultad por delante y luego el doctorado. Pese a que Maddie contaba con algunas becas generosas, Bosch todavía iba justo para pagar el resto a corto plazo. No le cabía duda de que le vendrían muy bien los diez mil dólares.

—¿Dónde y cuándo tiene que ser esa cita? —preguntó al fin.

—Mañana por la mañana a las nueve en la casa del señor Vance en Pasadena —dijo Creighton—. La dirección está en el resguardo del cheque. Podría vestirse un poco mejor.

Bosch no hizo caso de la pulla sobre la vestimenta. Sacó las gafas de lectura de un bolsillo interior de la americana. Se las puso al tiempo que se estiraba sobre la mesa para coger el cheque. Estaba extendido a su nombre completo: Hieronymus Bosch.

Había una línea perforada que recorría la parte inferior del cheque. Debajo de esta figuraba la dirección y la hora de la cita, así como la advertencia «No lleve un arma de fuego». Bosch dobló el cheque por la línea de perforación y miró a Creighton al guardárselo en la chaqueta.

—Iré al banco desde aquí —dijo—. Depositaré esto, y si no hay ningún problema estaré allí mañana.

Creighton esbozó una sonrisa de superioridad.

—No habrá ningún problema.

Bosch asintió.

—Supongo que esto es todo. —Se levantó para marcharse.

—Hay una cosa más, Bosch —dijo Creighton.

Bosch se dio cuenta de que Creighton había pasado de llamarlo por el nombre a hacerlo por el apellido en el curso de diez minutos.

—¿Qué? —preguntó.

—No tengo ni idea de qué va a preguntarle el anciano, pero soy muy protector con él —dijo Creighton—. Es más que un cliente y no me gustaría ver que le toman el pelo a estas alturas de su vida. Sea cual sea el trabajo que le pida que haga, quiero estar informado.

—¿Tomarle el pelo? A menos que me haya perdido algo, me ha llamado usted, Creighton. Si van a tomarle el pelo a alguien será a mí. No importa lo mucho que me pague.

—Puedo asegurarle que no será el caso. Lo único que tiene que hacer es ir a Pasadena, para lo cual acaba de recibir diez mil dólares.

Bosch asintió.

—Bien —dijo—. Voy a tomarle la palabra. Veré al viejo mañana y descubriré de qué se trata. Pero, si se convierte en mi cliente, ese asunto, sea el que sea, será entre él y yo. No le informaré de nada, a menos que me lo pida Vance. Así es como trabajo. No me importa quién sea el cliente.

Bosch se volvió hacia la puerta. Cuando llegó allí, miró otra vez a Creighton.

—Gracias por las vistas.

Salió y cerró la puerta tras de sí.

En el camino hacia la calle se detuvo en el escritorio de la recepcionista para que le validara el tique del aparcamiento. Quería estar seguro de que Creighton pagaba esos veinte dólares, así como el lavado de coche que había aceptado al entregar el vehículo al aparcacoches.

2

La mansión de Vance estaba en San Rafael, cerca del Annandale Golf Club. Era un barrio de riqueza con solera: casas y mansiones que se habían legado a lo largo de generaciones, protegidas por muros de piedra y verjas de hierro forjado. Estaba en las antípodas de Hollywood Hills, donde fluía el dinero nuevo y donde los ricos dejaban los cubos de basura en la calle toda la semana. No había letreros de «En venta» en San Rafael. Para comprar, tenías que conocer a alguien, tal vez incluso compartir su sangre.

Bosch aparcó a unos cien metros de la verja que resguardaba la entrada a la mansión de Vance. Unos pinchos disimulados en una decoración de flores remataban el enrejado. Bosch estudió un momento la curva del sendero al otro lado de la verja, donde este giraba y se elevaba hasta desaparecer en la grieta entre dos colinas verdes. No había señal de ninguna edificación, ni siquiera un garaje. Todo eso estaría muy alejado de la calle, protegido por la geografía, el hierro y vigilantes de seguridad. Aun así, Bosch sabía que Whitney Vance, de ochenta y cinco años, estaba allí, en algún lugar detrás de esas colinas del color del dinero, esperándolo con algo en mente. Algo que requería a un hombre del otro lado de la verja con pinchos.

Bosch llegaba a la cita con veinte minutos de antelación y decidió aprovechar el tiempo para repasar varios artículos que había encontrado en Internet y descargado a su portátil esa mañana.

Bosch, como probablemente la mayoría de los californianos, conocía los datos básicos de la vida de Whitney Vance. Pese a ello, los detalles le parecían fascinantes e incluso admirables por el hecho de que Vance era el extraño receptor de una gran herencia que se había convertido en algo aún mayor. Era el vástago de cuarta generación de una familia minera de Pasadena que se remontaba a la época de la fiebre del oro en California. La prospección fue lo que llevó al bisabuelo de Vance al oeste, pero la fortuna de la familia no se basaba en eso. El bisabuelo, frustrado con la búsqueda de oro, estableció la primera explotación de minería a cielo abierto del estado y extrajo toneladas y toneladas de mineral de hierro de la tierra del condado de San Bernardino. El abuelo de Vance continuó con una segunda mina a cielo abierto más al sur, en el condado de Imperial, y su padre invirtió esa fortuna en una planta de fabricación de acero que contribuyó a la incipiente industria aeronáutica. En aquel momento, Howard Hughes, la cara visible de esa industria, contó con Nelson Vance primero como proveedor y luego como socio en proyectos de aviación muy diversos. Hughes se convertiría en el padrino del único hijo de Nelson Vance.

Whitney Vance nació en 1931 y al parecer en su juventud se dispuso a labrarse su propio camino. En un primer momento, fue a la Universidad del Sur de California para estudiar Cinematografía, pero finalmente lo dejó y volvió al redil familiar, pasando al Instituto de Tecnología de California, en Pasadena, el mismo centro al que había asistido el «tío Howard». Fue Hughes quien instó al joven Whitney a estudiar ingeniería aeronáutica en Caltech.

Igual que los mayores de su familia, cuando llegó su turno, Vance llevó el negocio familiar en direcciones nuevas y cada vez más exitosas, siempre con una conexión con el producto original de la familia, el acero. Consiguió numerosos contratos públicos para fabricar componentes de aviones y fundó Advance Engineering, que registró las patentes de muchos de ellos. Los acoplamientos que se utilizaban para el repostaje seguro de los aviones se perfeccionaron en la acería familiar y todavía seguían utilizándose en todos los aeropuertos del mundo. La ferrita extraída de la mina de hierro de Vance se usó en los primeros intentos de construir aeronaves que evitaran la detección del radar. Estos procesos fueron meticulosamente patentados y protegidos por Vance, y garantizaron la participación de su compañía en las décadas de desarrollo de tecnologías de vuelo furtivo. Vance y su empresa formaban parte del denominado complejo militar-industrial, y la guerra de Vietnam vio un crecimiento exponencial de su valor. En toda misión en aquel país o fuera de él durante toda la guerra hubo material de Advance Engineering. Bosch recordaba haber visto el logo de la compañía (una A con una flecha como trazo horizontal) impresa en las placas de acero de todos los helicópteros en los que había volado en Vietnam.

A Bosch le sobresaltó una llamada en la ventanilla a su lado. Levantó la mirada y vio a un agente de patrulla de Pasadena, y en el retrovisor vio el coche blanco y negro aparcado detrás de él. Estaba tan abstraído en su lectura que no había oído el coche de policía que se le acercaba.

Tuvo que poner en marcha el motor del Cherokee para bajar la ventanilla. Bosch sabía de qué se trataba. Un coche de veintidós años necesitado de pintura aparcado delante de la mansión de una familia que había ayudado a construir el estado de California constituía una actividad sospechosa. No importaba que el coche estuviera recién lavado ni que él llevara un traje y una corbata impecables rescatados de una bolsa de plástico. La policía había tardado menos de quince minutos en responder a su intrusión en el barrio.

—Sé qué aspecto tiene esto, agente —empezó—. Pero tengo una cita al otro lado de la calle en cinco minutos y solo estaba…

—Es fantástico —dijo el policía—. ¿Le importa bajar del coche?

Bosch lo miró un momento. Leyó el nombre en la placa que llevaba en el pecho: Cooper.

—¿Está de broma? —preguntó.

—No, señor —dijo Cooper—. Por favor, baje del coche.

Bosch respiró profundamente, abrió la puerta e hizo lo que le pidieron. Levantó las manos a la altura del hombro y dijo:

—Soy policía.

Cooper se tensó de inmediato, como Bosch sabía que ocurriría.

—Voy desarmado —añadió Bosch con rapidez—. Mi arma está en la guantera.

En ese momento, Harry se sintió agradecido por el mandato escrito en el resguardo del cheque que decía que acudiera desarmado a la cita con Vance.

—Déjeme ver una identificación —pidió Cooper.

Bosch lentamente buscó en un bolsillo interior del traje y sacó su placa. Cooper estudió la placa de detective y luego la identificación.

—Aquí dice que es agente en reserva.

—Sí —dijo Bosch—, a tiempo parcial.

—A unos ochenta kilómetros de su central. ¿Qué está haciendo aquí, detective Bosch? —Le devolvió la placa, y Bosch la guardó.

—Bueno, estaba tratando de decírselo. Tengo una cita (a la que me está haciendo llegar tarde) con el señor Vance, y supongo que ya sabe que vive allí. —Señaló a la verja negra.

—¿Esta cita es un asunto policial? —preguntó Cooper.

—No es asunto suyo —repuso Bosch.

Los dos hombres se sostuvieron la mirada con frialdad durante un largo momento, sin que ninguno parpadeara. Finalmente, Bosch habló.

—El señor Vance me está esperando —dijo—. Un tipo así probablemente me preguntará por qué he llegado tarde y probablemente hará algo al respecto. ¿Cuál es su nombre, Cooper?

Cooper pestañeó.

—Al cuerno —dijo—. Pase un buen día.

Se volvió y empezó a dirigirse otra vez hacia el coche patrulla.

—Gracias, agente —dijo Bosch tras él.

Bosch volvió a su coche y arrancó de inmediato. Si el coche viejo hubiera tenido todavía la potencia de quemar goma, lo habría hecho. Pero lo máximo que pudo mostrar a Cooper, que seguía sentado en el coche aparcado, fue un penacho de humo azulado saliendo del viejo tubo de escape.

Se acercó a la verja de la finca de Vance y se aproximó a la cámara y el intercomunicador. Casi de inmediato, fue saludado por una voz.

—¿Sí?

Era la voz cansina y arrogante de un hombre joven. Bosch se asomó por la ventanilla y habló en voz alta, aunque sabía que probablemente no tenía que hacerlo.

—Soy Harry Bosch, he venido a ver al señor Vance. Tengo una cita.

Al cabo de un momento la verja que tenía delante comenzó a rodar para abrirse.

—Siga el sendero hasta la zona de estacionamiento que hay al lado del puesto de seguridad —le indicó la voz—. El señor Sloan lo recibirá allí en el detector de metales. Deje todas las armas y dispositivos de grabación en la guantera de su vehículo.

—Entendido.

—Pase —dijo la voz.

La verja ya estaba completamente abierta, y Bosch entró. Siguió el sendero de adoquines que atravesaba un conjunto de montículos de hierba bien cuidada color esmeralda hasta que llegó a una segunda línea de vallas y una cabina de guardia. Las medidas de seguridad de doble barrera eran similares a las que se utilizaban en la mayoría de prisiones que Bosch había visitado; por supuesto, no para impedir la salida, sino con la intención contraria: la de evitar que la gente accediera.

Se abrió la segunda verja y un vigilante de uniforme salió de una cabina para dejar entrar a Bosch y dirigirlo a la zona de estacionamiento. Al pasar, Bosch saludó con la mano y se fijó en la insignia de Trident Security en el hombro del uniforme azul marino del vigilante.

Después de aparcar, a Bosch le indicaron que dejara llaves, teléfono, reloj y cinturón en una bandeja de plástico y luego que pasara por un detector de metales al estilo de un aeropuerto mientras otros dos hombres de Trident observaban. Le devolvieron todo menos el teléfono, del que le dijeron que lo dejarían en la guantera de su coche.

—¿No ven lo irónico que es esto? —preguntó Bosch mientras volvía a pasarse el cinturón por las presillas del pantalón—. La familia hizo su fortuna con el metal y ahora hay que pasar por un detector de metales para entrar en la casa.

Ninguno de los vigilantes dijo nada.

—Bueno, supongo que solo es cosa mía —sentenció Bosch.

Una vez que se abrochó el cinturón, le dejaron pasar al siguiente nivel de seguridad: un hombre de traje con el auricular y micrófono de rigor en la muñeca y la mirada acerada del servicio secreto que los acompañaba. Llevaba la cabeza afeitada solo para poder completar el aspecto de tipo duro. No dijo su nombre, pero Bosch supuso que era el Sloan mencionado antes en el intercomunicador. Escoltó a Bosch sin decir una palabra a través de la puerta de servicio de una enorme mansión de piedra gris que Harry suponía que rivalizaría con cualquier cosa que pudieran ofrecer los Du Pont o los Vanderbilt. Según la Wikipedia, Vance poseía una fortuna de seis mil millones de dólares. A Bosch no le cabía ninguna duda de que sería lo más cerca que estaría nunca de la realeza de Estados Unidos.

Lo condujeron a una sala con paneles de madera oscura con decenas de fotografías enmarcadas de 20x25 que colgaban en cuatro filas en una pared. Había un par de sofás y una barra al extremo de la sala. El escolta de traje indicó a Bosch uno de los sofás.

—Señor, siéntese; la secretaria del señor Vance vendrá a buscarlo cuando él esté listo para recibirlo.

Bosch tomó asiento en el sofá, frente a la pared de fotos.

—¿Le apetece un poco de agua? —preguntó el hombre de traje.

—No, gracias —dijo Bosch.

El hombre de traje se situó junto a la puerta por la que habían entrado y se sujetó la muñeca con la otra mano en una postura que decía que estaba alerta y preparado para cualquier eventualidad.

Bosch dedicó el tiempo de espera a estudiar las fotografías, que ofrecían un registro de la vida de Whitney Vance y la gente a la que había conocido a lo largo de esta. En la primera foto, aparecía Howard Hughes y un joven de menos de veinte años que Bosch supuso que era Vance. Estaban apoyados contra el fuselaje metálico sin pintar de un avión. A partir de ahí, las fotos parecían ir de izquierda a derecha en orden cronológico. Mostraban a Vance con numerosas figuras bien conocidas de la industria, la política y los medios. Bosch no podía poner nombre a cada persona con la que posaba Vance, pero desde Lyndon Johnson a Larry King conocía a la mayoría de los que allí estaban. En todas las fotos, Vance exhibía una media sonrisa, con la comisura de la boca curvada hacia arriba en el lado izquierdo, como si comunicara a la lente de la cámara que no era idea suya posar para una foto. El rostro envejecía foto a foto, con ojeras más marcadas, pero la sonrisa era siempre la misma.

Había otras dos fotos de Vance con Larry King, el veterano entrevistador de famosos y personajes de actualidad de la CNN. En la primera, Vance y King estaban sentados uno frente a otro en el reconocible estudio que había sido el escenario del programa de King durante más de dos décadas. Había un libro colocado de pie en el escritorio entre ellos. En la segunda foto, Vance usaba una pluma dorada para firmarle el ejemplar a King. Bosch se levantó y se acercó a la pared para examinar las imágenes con más atención. Se puso las gafas y se inclinó para aproximarse a la primera foto y poder leer el título del libro que Vance estaba promocionando en el programa.

FURTIVO. La creación del avión indetectable,por Whitney P. Vance

El título desenterró un recuerdo y Bosch se acordó de que Whitney Vance había escrito una historia familiar que los críticos denostaron más por lo que no mencionaba que por aquello que contenía. Su padre, Nelson Vance, había sido un empresario despiadado y una figura política controvertida en su tiempo. Se decía, aunque nunca se había demostrado, que era miembro de una camarilla de ricos industriales que apoyaban la eugenesia, la supuesta ciencia que pretendía mejorar la raza humana mediante una reproducción controlada que eliminaría atributos indeseables. Después de que los nazis emplearan una doctrina perversa similar para llevar a cabo el genocidio durante la Segunda Guerra Mundial, gente como Nelson Vance ocultó sus creencias y afiliaciones.

El libro de su hijo se limitaba a poco más que un proyecto vanidoso lleno de adulación al héroe, con escasas menciones de aspectos negativos. Whitney Vance se había recluido tanto en la última parte de su vida que el libro se convirtió en una razón para sacarlo a la luz pública y preguntarle por todo aquello que omitía.

—¿Señor Bosch?

Bosch dio la espalda a las fotos y se encontró con una mujer de pie en la entrada del pasillo, al otro lado de la sala. Aparentaba casi setenta años y tenía el cabello gris y un moño recatado en lo alto de la cabeza.

—Soy Ida, la secretaria del señor Vance —dijo—. Lo recibirá ahora.

Bosch la siguió al pasillo. Caminaron una distancia que a él le pareció como una manzana de la ciudad antes de llegar a un tramo corto de escaleras que daba a otro pasillo. Este atravesaba un ala de la mansión construida en una pendiente más alta de la colina.

—Disculpe por la espera —dijo Ida.

—No importa. Me he entretenido mirando las fotos.

—Hay mucha historia ahí.

—Sí.

—El señor Vance está deseando verlo.

—Bien. Nunca he conocido a un multimillonario.

Este comentario un tanto descortés zanjó la conversación. Fue como si la mención de la riqueza resultara de pésimo gusto y grosera en una mansión construida como un monumento al dinero.

Por fin llegaron a una puerta de doble hoja e Ida hizo pasar a Bosch a la oficina particular de Whitney Vance.

El hombre al que Bosch había venido a ver estaba sentado detrás de un escritorio, de espaldas a una chimenea vacía lo bastante grande para refugiarse allí durante un tornado. Con una mano delgada tan blanca que parecía que llevaba un guante de látex, el anciano hizo una señal a Bosch para que se acercara.

Bosch se acercó al escritorio y Vance señaló la solitaria butaca de piel que había delante. No le tendió la mano. Al sentarse, Bosch se fijó en que Vance iba en una silla de ruedas con controles electrónicos que se extendían desde el reposabrazos izquierdo. Vio que el escritorio estaba despejado para trabajar, salvo por una hoja de papel que, o bien estaba en blanco, o tenía el contenido boca abajo, hacia la madera pulida oscura.

—Señor Vance —dijo Bosch—. ¿Cómo está?

—Estoy viejo, así es como estoy —respondió Vance—. He luchado a brazo partido para derrotar al tiempo, pero hay cosas a las que no se puede vencer. Es difícil aceptarlo para un hombre de mi posición, pero me he resignado, señor Bosch.

Gesticuló otra vez con aquella mano blanca como el hueso abarcando toda la estancia.

—Todo esto pronto no tendrá ningún sentido —añadió.

Bosch miró a su alrededor por si acaso había algo que Vance quería que viera. Había una zona para sentarse a la derecha con un gran sofá blanco y sillas a juego. Bosch también vio una barra detrás de la cual podía meterse un camarero en caso de necesidad y pinturas en dos de las paredes que eran simples salpicaduras de color.

Bosch volvió a mirar a Vance y el anciano le ofreció la sonrisa torcida que había visto en las fotos de la sala de espera, la curva hacia arriba solo en el lado izquierdo. Vance no podía completar la sonrisa. Según las fotos que Bosch había visto, nunca había podido.

Bosch no sabía muy bien cómo responder a las palabras del anciano sobre la muerte y el sinsentido. En cambio, se limitó a continuar con una presentación en la que había pensado de manera reiterada desde que se había reunido con Creighton.

—Bueno, señor Vance, me han dicho que quería verme, y me ha pagado mucho dinero para que esté aquí. Puede que no sea mucho para usted, pero lo es para mí. ¿Qué puedo hacer por usted, señor?

Vance interrumpió la sonrisa y asintió con la cabeza.

—Un hombre que va al grano —dijo—. Me gusta eso.

Se estiró hacia los controles de su silla y se acercó más al escritorio.

—Leí sobre usted en el periódico —continuó—. El año pasado, creo. El caso con ese médico y el tiroteo. Me pareció un hombre que se mantiene firme, señor Bosch. Lo presionaron mucho, pero resistió. Me gusta eso. Lo necesito. Ya no queda mucha gente así.

—¿Qué quiere que haga? —preguntó Bosch otra vez.

—Quiero que encuentre a alguien por mí —respondió Vance—. Alguien que podría no haber existido nunca.

3

Después de intrigar a Bosch con su petición, Vance usó una temblorosa mano izquierda para dar la vuelta a la hoja que estaba sobre la mesa y le dijo a Harry que tendría que firmarla antes de que discutieran nada más.

—Es un formulario de confidencialidad —explicó—. Mi abogado dijo que es invulnerable. Su firma garantiza que no desvelará el contenido de nuestra conversación ni su posterior investigación a nadie más que a mí. Ni siquiera a un empleado mío, ni siquiera a nadie que diga que acude a usted de mi parte. Solo a mí, señor Bosch. Si firma este documento, solo me responde a mí. Solo me informa a mí de los resultados de su investigación. ¿Lo entiende?

—Sí, lo entiendo —dijo Bosch—. No tengo ningún problema en firmarlo.

—Muy bien, pues. Tengo una pluma aquí.

Vance empujó el documento por la mesa, luego levantó una pluma de un soporte de oro ornamentado de su escritorio. Era una estilográfica que Bosch notó pesada en su mano, porque era gruesa y estaba hecha de lo que supuso que era oro de ley. Le recordó a Bosch la pluma que Vance usó para dedicarle el libro a Larry King.

Examinó con rapidez el documento y luego lo firmó. Dejó la pluma encima de la hoja y empujó ambas cosas por el escritorio hacia Vance. El anciano guardó el documento en el cajón del escritorio y cerró el cajón. Levantó la pluma para que Bosch la estudiara.

—Esta pluma se hizo con oro que mi bisabuelo extrajo de las minas de Sierra Nevada en 1852 —dijo—. Eso fue antes de que la competencia lo obligara a poner rumbo al sur. Antes de que se diera cuenta de que podía ganar más dinero con el hierro que con el oro.

Giró la pluma en su mano.

—Se transmitió de generación en generación —añadió—. Yo la he tenido desde que me fui a la universidad.

Vance estudió la pluma como si la viera por primera vez. Bosch no dijo nada. Se preguntó si Vance sufría de alguna clase de disminución en su capacidad mental y si el deseo del viejo de que él encontrara a alguien que podría no haber existido era alguna clase de síntoma de que le fallaba la mente.

—¿Señor Vance?

Vance volvió a dejar la pluma en su soporte y miró a Bosch.

—No tengo a nadie a quien dársela —dijo—. Y tampoco a nadie al que legar todo esto.

Era cierto. Los datos biográficos que Bosch había consultado aseguraban que Vance no tenía hijos y nunca se había casado. Varios de los resúmenes que había leído insinuaban que era homosexual, pero no había ninguna confirmación de ello. Otros extractos biográficos sugerían que simplemente estuvo demasiado absorbido por su trabajo para formar una familia e incluso para mantener una relación estable. Se hablaba de unas pocas aventuras, sobre todo con jóvenes actrices de Hollywood del momento, posiblemente, citas para las cámaras con el objetivo de acallar la especulación sobre su homosexualidad. Sin embargo, Bosch no había podido encontrar nada de los últimos cuarenta años o más.

—¿Tiene hijos, señor Bosch? —preguntó Vance.

—Una hija —respondió Bosch.

—¿Dónde?

—En la facultad. Universidad de Chapman, en el condado de Orange.

—Buena facultad. ¿Estudia Cine?

—Psicología.

Vance se recostó en su silla y su mirada se perdió en el pasado.

—Yo quería estudiar Cine cuando era joven —dijo—. Los sueños de juventud…

No terminó su pensamiento. Bosch se dio cuenta de que tendría que devolver el dinero. Era todo alguna clase de enajenación mental, y no había ningún trabajo. No podía aceptar un pago de ese hombre, aunque para Vance solo fuera calderilla. Bosch no aceptaba dinero de personas que no estaban en sus cabales, por muy ricas que fueran.

Vance abandonó su mirada al abismo del recuerdo y se centró en Bosch. Asintió con la cabeza, al parecer adivinándole el pensamiento, luego se agarró del reposabrazos de su silla con la mano izquierda y se inclinó hacia delante.

—Supongo que tengo que decirle de qué se trata —dijo.

Bosch asintió.

—Estaría bien, sí.

Vance asintió a su vez y le ofreció de nuevo aquella sonrisa torcida. Bajó un momento la cabeza y luego volvió a mirar a Bosch, con unos ojos hundidos y brillantes detrás de las gafas sin montura.

—Hace mucho tiempo cometí un error —dijo—. Nunca lo corregí, nunca miré atrás. Ahora quiero descubrir si tuve un hijo. Un hijo al que poder darle mi pluma de oro.

Bosch lo miró durante un buen rato, con la esperanza de que continuara. Pero cuando lo hizo dio la impresión de haberse enganchado en otro hilo de recuerdos.

—Cuando tenía dieciocho años no quería tener nada que ver con el negocio de mi padre —explicó Vance—. Estaba más interesado en ser el siguiente Orson Welles. Quería hacer películas, no partes de aviones. Era arrogante, como la mayoría de los jóvenes de esa edad.

Bosch pensó en sí mismo a los dieciocho. Su deseo de labrarse su propio camino lo había llevado a los túneles de Vietnam.

—Insistí en la escuela de cine —dijo Vance—. Ingresé en la USC en 1949.

Bosch asintió. Sabía por lo que había leído antes que Vance solo había pasado un año en la Universidad del Sur de California antes de cambiar de rumbo, pasar a Caltech y continuar con la dinastía familiar. Bosch no había encontrado ninguna explicación en su búsqueda en Internet. Pensó que estaba a punto de recibirla.

—Conocí a una chica —continuó Vance—. Una chica mexicana. Y, poco después, se quedó embarazada. Fue la segunda peor cosa que me pasó. La primera fue contárselo a mi padre.

Vance se quedó callado, con la mirada baja, fija en el escritorio que tenía delante. No era difícil completar los espacios en blanco, pero Bosch necesitaba oír de Vance la mayor parte posible de la historia.

—¿Qué ocurrió? —preguntó.

—Envió a gente —dijo Vance—. Para convencerla de que no tuviera el bebé. Gente que la llevaría a México para deshacerse de él.

—¿Fue a México?

—Si lo hizo, no fue con la gente de mi padre. Desapareció de mi vida y nunca volví a verla. Y yo era demasiado cobarde para encontrarla. Le había dado a mi padre todo lo que él necesitaba para controlarme: la amenaza del bochorno y la deshonra. Incluso podían acusarme por su edad. Hice lo que me pidió. Pasé a Caltech y fue el final. —Vance asintió, como si confirmara algo para sus adentros—. Eran otros tiempos… para ella y para mí.

Vance levantó la cabeza y sostuvo la mirada de Bosch un buen rato antes de continuar.

—Pero ahora quiero saberlo. Cuando llegas al final del camino es cuando quieres volver…

Pasaron unos instantes antes de que Vance hablara otra vez.

—¿Puede ayudarme, señor Bosch? —preguntó.

Bosch asintió. Creía que el dolor en los ojos de Vance era real.

—Fue hace mucho tiempo —dijo Bosch—, pero puedo intentarlo. ¿Le importa que le haga unas preguntas y tome algunas notas?

—Tome sus notas. Pero le advierto otra vez que cualquier cosa relacionada con esto tiene que permanecer completamente confidencial. Podría haber vidas en riesgo. A cada movimiento que haga, tiene que mirar por encima del hombro. No me cabe duda de que se intentará descubrir qué quiero de usted y qué está haciendo por mí. Tengo una tapadera para eso, que podemos estudiar después. Por ahora, haga sus preguntas.

«Podría haber vidas en riesgo.» Esas palabras rebotaron en el pecho de Bosch cuando sacó una libretita del bolsillo interior de su traje. Sacó también un bolígrafo. Era de plástico, no de oro. Lo había comprado en un quiosco.

—Acaba de decir que podría haber vidas en riesgo. ¿Qué vidas? ¿Por qué?

—No sea ingenuo, señor Bosch. Estoy seguro de que ha llevado a cabo una módica investigación antes de venir a verme. No tengo herederos, al menos herederos conocidos. Cuando muera, el control de Advance Engineering pasará a un consejo de administración que continuará llenándose los bolsillos de millones mientras cumple con contratos de obra pública. Un heredero válido podría cambiar todo eso. Hay miles de millones en juego. ¿No cree que hay gente y entidades que matarían por eso?

—Según mi experiencia, la gente mata por cualquier razón y sin ninguna razón en absoluto —aseguró Bosch—. Si descubro que tiene usted herederos, ¿está seguro de que quiere convertirlos en posibles objetivos?

—Les daría la elección —dijo Vance—. Creo que les debo eso. Y los protegería todo lo posible.

—¿Cómo se llamaba? La chica a la que dejó embarazada.

—Vibiana Duarte.

Bosch lo anotó en su libreta.

—¿No sabrá su fecha de nacimiento?

—No puedo recordarla.

—¿Era estudiante en la USC?

—No, la conocí en EVK. Trabajaba allí.

—¿EVK?

—La cafetería de estudiantes se llamaba Everybody’s Kitchen. La llamaban EVK.

Bosch supo de inmediato que eso eliminaba la perspectiva de localizar a Vibiana Duarte por medio de registros de estudiantes. Estos, por lo general, eran muy útiles, porque la mayoría de las universidades mantenían un control de sus alumnos. Eso significaba que la búsqueda de la mujer sería más difícil y el resultado más incierto.

—Ha dicho que era mexicana —dijo—. ¿Era ciudadana de Estados Unidos?

—No lo sé. No lo creo. Mi padre…

No terminó.

—Su padre… ¿qué? —preguntó Bosch.

—No sé si era verdad, pero mi padre dijo que ella lo había planeado —dijo Vance—. Que se quedó embarazada para que me casara con ella y poder conseguir la ciudadanía. Sin embargo, él me dijo un montón de cosas que no eran ciertas y creía en un montón de cosas… desfasadas. Así que no lo sé.

Bosch pensó en lo que había leído sobre Nelson Vance y la eugenesia. Continuó.

—Por casualidad, ¿tiene una fotografía de Vibiana? —preguntó.

—No —dijo Vance—. No sabe cuántas veces habría deseado tenerla. Para poder mirarla una vez más.

—¿Dónde vivía?

—Al lado de la facultad. A solo unas manzanas de distancia. Iba a trabajar a pie.

—¿Recuerda la dirección? ¿La calle, tal vez?

—No, no lo recuerdo. Ocurrió hace mucho tiempo y he pasado muchos años tratando de olvidarlo. Pero la verdad es que nunca he vuelto a amar a nadie después de ella.

Era la primera vez que Vance mencionaba el amor o daba alguna indicación de lo profunda que había sido la relación. Bosch sabía por experiencia que al mirar hacia atrás en la vida se usaba una lupa de aumento. Todo se veía más grande, amplificado. Un romance de facultad podía convertirse en el amor de una vida en el recuerdo. Aun así, el dolor de Vance parecía real muchas décadas después de los hechos que estaba describiendo. Bosch lo creyó.

—¿Cuánto tiempo estuvieron juntos antes de que ocurriera todo esto? —preguntó.

—Ocho meses entre la primera y la última vez que la vi —dijo Vance—. Ocho meses.

—¿Recuerda cuándo le dijo que estaba embarazada? Me refiero al mes o la estación del año.

—Fue después de que empezara el trimestre de verano. Me había matriculado, porque sabía que la vería. Así que a finales de junio de 1950. Tal vez a primeros de julio.

—¿Y dice que la conoció ocho meses antes?

—Había empezado en septiembre del año anterior. Me fijé en ella en cuanto entré en la EVK. No me atreví a hablar con ella en dos meses.

El viejo bajó la vista hacia la mesa.

—¿Qué más recuerda? —le instó Bosch—. ¿Alguna vez conoció a su familia? ¿Recuerda algunos nombres?

—No —dijo Vance—. Me dijo que su padre era muy estricto y que eran católicos. Éramos como Romeo y Julieta. Nunca conocí a su familia y ella nunca conoció a la mía.

Bosch aprovechó el único elemento de información en la respuesta de Vance que podría ayudar en la investigación.

—¿Sabe a qué iglesia iba?

Vance levantó la mirada, con expresión atenta.

—Me dijo que la bautizaron con el nombre de su parroquia. Santa Vibiana.

Bosch asintió. La Santa Vibiana original estaba en el centro, a solo una manzana de la central del Departamento de Policía de Los Ángeles, donde él había trabajado. Tenía más de cien años y resultó muy dañada en el terremoto de 1994. Se construyó una iglesia cerca y el viejo templo se legó a la ciudad y se preservó. Bosch no estaba seguro, pero creía que ahora había una sala de eventos y una biblioteca. Sin embargo, la conexión con Vibiana Duarte era buena. Las iglesias católicas conservaban partidas de nacimiento y de bautismo. Sentía que esta buena información contrarrestaba la mala noticia de que Vibiana no había sido estudiante en la USC. Era también una fuerte indicación de que podría haber sido ciudadana estadounidense, tanto si sus padres lo eran como si no. Si era ciudadana, sería mucho más fácil localizarla por medio de registros públicos.

—Si el embarazo hubiera llegado a término, ¿cuándo habría nacido el niño?

Era una pregunta delicada, pero Bosch necesitaba limitar el período si tenía que vadear entre registros.

—Creo que estaba embarazada de al menos dos meses cuando me lo dijo —explicó Vance—. Así que diría que habría nacido en enero del año siguiente. O en febrero.

Bosch lo anotó.

—¿Qué edad tenía ella cuando usted la conoció? —preguntó.

—Tenía dieciséis años cuando nos conocimos —dijo Vance—. Yo tenía dieciocho.

Otra razón que explicaba la reacción del padre de Vance. Vibiana era menor de edad. Dejar en estado a una chica de dieciséis años en 1950 podría haber causado a Whitney problemas legales menores pero embarazosos.

—¿Iba al instituto? —preguntó Bosch.

Bosch conocía la zona que rodeaba el USC. El instituto sería Manual Arts, otra oportunidad de lograr registros rastreables.

—Lo había dejado para trabajar —dijo Vance—. La familia necesitaba el dinero.

—¿Alguna vez dijo cómo se ganaba la vida su padre? —preguntó Bosch.

—No lo recuerdo.

—Bien, volviendo al día de su cumpleaños, no recuerda la fecha, pero ¿recuerda haberlo celebrado con ella durante esos ocho meses?

Vance pensó un momento y luego negó con la cabeza.

—No, no recuerdo que hubiera ningún cumpleaños —dijo.

—Y, si no lo he entendido mal, estuvieron juntos desde finales de octubre hasta junio o principios de julio, así que su cumpleaños habría sido entre julio y finales de octubre, más o menos.

Vance asintió. Reducirlo a cuatro meses podría ayudar en algún punto cuando Bosch tuviera que examinar registros. Unir una fecha de nacimiento al nombre de Vibiana Duarte sería un punto de partida clave. Anotó los meses y el posible año de nacimiento: 1933. Luego miró a Vance.

—¿Cree que su padre pagó a ella o a su familia? —preguntó—. ¿Para que se callaran y se marcharan?

—Si lo hizo, nunca me lo dijo —respondió Vance—. Fui yo el que se marchó: un acto de cobardía que siempre lamenté.

—¿La ha buscado antes alguna vez? ¿Alguna vez pagó a otra persona para hacerlo?

—No, lamentablemente, no. No sé si otra persona lo hizo.

—¿Qué quiere decir?

—Quiero decir que es muy posible que se llevara a cabo una investigación como medida preventiva a la espera de mi muerte.

Bosch pensó en ello un momento. Luego miró las pocas notas que había tomado. Sentía que tenía lo suficiente para empezar.

—¿Ha dicho que tenía una tapadera para mí?

—Sí, James Franklin Aldridge. Anótelo.

—¿Quién es?

—Mi primer compañero de habitación en la USC. Lo expulsaron en el primer semestre.

—¿Por las notas?

—No, por otra cosa. Su tapadera es que le he pedido que encuentre a mi compañero de la facultad, porque quiero hacer las paces con él por algo que los dos hicimos pero de lo que lo acusaron a él. De este modo, si está buscando registros de esa época, parecerá plausible.

Bosch asintió.

—Podría funcionar. ¿Es una historia real?

—Sí.

—Probablemente, necesitaría saber lo que hicieron.

—No es necesario que lo sepa para encontrarlo.

Bosch esperó un momento, pero era todo lo que Vance tenía que decir al respecto. Harry anotó el nombre después de confirmar cómo se escribía Aldridge y luego cerró la libreta.

—Última pregunta. Es probable que Vibiana Duarte esté muerta. Pero ¿qué pasa si tuvo el hijo y encuentro herederos vivos? ¿Qué quiere que haga? ¿Establezco contacto?

—No, desde luego que no. No establezca ningún contacto hasta que me informe. Necesitaré confirmación antes de que se tome ninguna medida.

—¿Confirmación de ADN?

Vance asintió y estudió un momento a Bosch antes de volver otra vez al cajón del escritorio. Sacó un sobre blanco acolchado en el que no había nada escrito. Lo deslizó por la mesa hacia Bosch.

—Confío en usted, señor Bosch. Le he dado todo lo que necesita para engañar a un viejo si quiere hacerlo. Confío en que no lo hará.

Bosch cogió el sobre. No estaba cerrado. Miró en el interior y vio un tubo de cristal transparente que contenía una torunda usada para recoger saliva. Era la muestra de ADN de Vance.

—Así podría engañarme usted a mí, señor Vance.

—¿Cómo?

—Habría sido preferible que tomara yo esta muestra.

—Tiene mi palabra.

—Y usted, la mía.

Vance asintió y no parecía necesario añadir nada más.

—Creo que tengo lo que necesito para empezar.

—Entonces tengo una última pregunta para usted, señor Bosch.

—Adelante.

—Tengo curiosidad, porque no lo mencionaba en los artículos de periódico que leí sobre usted. Pero parece que tiene la edad adecuada. ¿Cuál fue su estatus durante la guerra de Vietnam?

Bosch hizo una pausa antes de responder.

—Estuve allí —dijo al fin—. Dos períodos. Probablemente, volé más veces que usted en los helicópteros que ayudó a construir.

Vance asintió.

—Es probable —dijo.

Bosch se levantó.

—¿Cómo contacto con usted si tengo más preguntas o quiero informar de lo que he descubierto?

—Por supuesto.

Vance abrió el cajón y sacó una tarjeta de visita. Se la pasó a Bosch con mano temblorosa. Había un número de teléfono impreso en ella. Nada más.

—Llame a este número y contactará conmigo. Si no respondo yo, algo va mal. No confíe en hablar con nadie más.

Bosch apartó su atención de la tarjeta para mirar a Vance, sentado en su silla de ruedas, con su piel de papel maché y cabello escaso, con un aspecto tan frágil como las hojas secas. Se preguntó si su precaución era paranoia o si la información que iba a buscar conllevaba un peligro real.

—¿Está usted en peligro, señor Vance? —preguntó.

—Un hombre de mi posición siempre está en peligro.

Bosch pasó el pulgar por el borde definido de la tarjeta de visita.

—Contactaré con usted pronto.

—No hemos discutido el pago por sus servicios —dijo Vance.

—Me ha pagado más que suficiente para empezar. Veamos cómo va.

—El pago era solo por venir aquí.

—Bueno, ha funcionado y es más que suficiente, señor Vance. ¿Le parece bien que salga solo? ¿O saltará alguna alarma de seguridad?

—En cuanto salga de aquí, lo sabrán y vendrán a buscarlo.

Vance se fijó en la expresión desconcertada de Bosch.

—Esta es la única estancia de la casa sin cámaras de vigilancia —explicó—. Hay cámaras para vigilarme incluso en mi dormitorio. Pero insistí en la intimidad aquí. En cuanto salga, vendrán.

Bosch asintió.

—Entiendo —dijo—. Hablaré con usted pronto.

Abrió la puerta, salió y empezó a recorrer el pasillo. El hombre del traje enseguida recibió a Bosch y lo escoltó en silencio por la casa y hasta su coche.

4

Trabajar en Casos Abiertos había hecho de Bosch un experto en viajar en el tiempo. Sabía cómo regresar al pasado para encontrar personas. Volver a 1951 probablemente sería la travesía más larga y también la más difícil que había hecho, pero creía que estaba preparado y el reto le entusiasmaba.

El punto de partida era encontrar la fecha de nacimiento de Vibiana Duarte, y Bosch creía que conocía la mejor manera de conseguirlo. En lugar de irse a casa después de su reunión con Vance, Bosch tomó la autovía 210 por el extremo septentrional del valle de San Fernando y se dirigió a la ciudad que daba nombre al valle.

San Fernando, con menos de seis kilómetros cuadrados de superficie, era una ciudad isla dentro de la megalópolis de Los Ángeles. Un siglo antes, todas las poblaciones que formaban el valle de San Fernando habían sido agregadas a Los Ángeles por una razón: el recién construido acueducto de Los Ángeles ofrecía un abundante suministro de agua que impediría que sus ricos campos agrícolas se secaran y desaparecieran. Una por una, las poblaciones fueron integrándose y Los Ángeles creció y se extendió hacia el norte, hasta ocupar toda la zona. Toda, salvo los seis kilómetros cuadrados de la ciudad que daba nombre al valle: San Fernando. La pequeña población no necesitaba el agua de Los Ángeles. Sus reservas freáticas eran más que suficientes. San Fernando había rechazado la propuesta de la gran ciudad que ahora la rodeaba y se mantuvo independiente.