Ella se llama Luna. El pequeño, que ya no lo es tanto, es Félix. Ariel es el abuelo, sentado, duermevela, en su butaca acolchada. Luna se da cuenta de que en su casa nadie escucha. No tiene nada bajo control. En ese preciso instante, encuentra bajo la puerta la nota de un vecino que desencadenará la correspondencia más importante de su vida. Mireia Darder nos presenta esta fábula de Nora Shen sobre los miedos y los complejos que nos afectan día a día. Shen, flamante descubrimiento de la colección Emociones, demuestra con esta obra una sensibilidad insólita, añadiendo dosis de un estilo muy personal a sus fuertes raíces con la tradición. Esta es la historia de un maravilloso ciclo de transformación. Un manifiesto de vitalidad que reivindica la toma de consciencia del aquí y el ahora. Un grito musical a nuestra libertad, i la muestra definitiva de que el mejor consejero puede estar en las cosas más cercanas. Un mapa para conquistar el laberinto de la vida.
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Seitenzahl: 50
Veröffentlichungsjahr: 2023
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El león y la Luna llena
Primera edición: abril de 2016Primera edición en digital: diciembre del 2023
© Nora Shen
© Traducción: Alba Cayón
© Editorial Comanegra
Consell de Cent, 159
08015 Barcelona
www.comanegra.com
Diseño de colección: Cómo Design
Diseño de portada: Maria Mestre
Maquetación: Elisabeth Tort
Epílogo: Mireia Darder
Producción del ePub: booqlab
ISBN: 978-84-19590-82-4
Quedan rigurosamente prohibidas y estarán sometidas a las sanciones establecidas por ley: la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier procedimiento, incluidos los medios reprográficos o informáticos, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público sin la autorización expresa de Editorial Comanegra. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
El león y la Luna llena
Nora Shen
PRÓSPERO: ¡Primoroso Ariel!
Te echaré de menos, pero te daré libertad.
(SHAKESPEARE)
Aquel día, Félix llegó a casa un poco más tarde de lo normal. Luna ya estaba sentada a la mesa, nerviosa y cansada tras una larga jornada de trabajo. De entrada, ella fue tajante: «¿Cenamos?».
El hijo le respondió sin emitir palabra alguna, pero parecía pedir algo con un gesto misterioso: se llevaba una mano abierta a cada lado de la cabeza y las movía dibujando una espiral, como quien se despeina el cabello.
Luna no podía entender qué quería decir, e hizo un primer intento para aclararlo: «¿Qué te pasa, hijo? ¿Te duele la cabeza?». Él arrugó la nariz e insistió en el mismo gesto, ralentizando el ritmo para marcar más claramente que quería recibir una respuesta... y no una pregunta. Pero Luna volvía, con la voz más cansada: «¿Quieres dinero para comprar unos auriculares...?».
Félix era un caracol escondiéndose dentro de su concha: lanzó un gruñido incomprensible y se encerró en la habitación tras un portazo. Luna se levantó enfurruñada y se acercó gritando, sin atreverse a abrir: «¿Es que solo hablo yo en esta casa?».
El silencio hiere, si no llevas cuidado. La satisfacción de Luna, desde hacía un tiempo, parecía decrecer gota a gota. Félix comenzaba a dejar de ser un niño sin que ella se diese cuenta, cada vez decía menos palabras y, ahora, definitivamente, solo hablaba con gestos como aquél.
Parecía mudo.
Aunque le hubiese dado vueltas durante toda la noche, no hubiese acertado que lo que Félix quería decir era: «¿Y el león?». Y si, por remota casualidad, Luna hubiese descifrado el gesto de Félix, no le habría servido para entender por qué león preguntaba. ¡Solo le faltaba tener que cuidar de un león!
Todo se le había ido oscureciendo después de morir su madre. Entonces, Ariel llegó a casa para pasar la mayor parte de su tiempo durmiendo en una butaca, esperando la razonable asistencia. Una obligación más.
Si sumábamos el trabajo en la oficina y las responsabilidades de cuidar, ella sola, de un niño rebelde y de un padre recién enviudado, el espacio que le quedaba a Luna le parecía cada vez más estrecho.
Volviendo a sentarse, encendió el televisor para hacer callar aquella voz interior que le señalaba.
Tenía el estómago revuelto pero, finalmente, decidió ir a la cocina a buscar algo para cenar. En días así, acababa dejando a Félix un plato en la mesa que, a la mañana siguiente, siempre encontraba bien rebañado.
Todo comenzó a moverse de otra manera cuando volvía de la cocina con la tostada de la cena. La profundidad del proceso que ahora se iniciaba no era imaginable para Luna.
Sus ojos toparon con la sorpresa, que asomaba por debajo de la puerta. Era un papel doblado de mala manera con una nota escrita a mano. El firmante se presentaba como un vecino cualquiera, quería permanecer en el anonimato, y era muy contundente: le decía que, desde hacía unos meses, su televisor se podía oír desde el rellano, que no sabía a qué venía aquel volumen tan exagerado, pero «le suplico que haga el favor de bajarlo un poco».
Fue un jarro de agua fría. El primer sentimiento: vergüenza. ¡Qué cotilleos debían contar por ahí los vecinos! Pensó en Víctor, el chico con quien salía; su primera pareja después de separarse del padre de Félix.
Víctor era cinco años más joven que ella y, viéndolo, todavía parecía que se llevaran más años. Más de una vez había tenido que soportar aquellas miradas de incredulidad, cuando iban juntos por la calle o entrando en un restaurante.
A Luna le parecía que todo el mundo hacía hipótesis extrañas sobre su relación, pero, en realidad, todo eran imaginaciones suyas.
Este complejo la paralizaba. Sus encuentros con Víctor, desde el primer momento de conocerse, eran de fuego: llamas de piel desatadas, sangre hirviendo, el mejor sudor que había segregado nunca. ¡Y sin secretos que esconder! Eran sinceros el uno con el otro, sabían lo que querían y no parecía que arrastrasen ninguna presión innecesaria.
Luna tendría que sentir orgullo por haber encontrado aquella relación, pero la realidad era más complicada. Se sentía avergonzada de su casa, la veía demasiado humilde, con demasiadas imperfecciones, y por eso se encontraban siempre en casa de Víctor.
En esa situación, Luna se sentía mezquina, como quien esconde un tesoro precioso de quienes más ama.
La diferencia de edad era la amenaza constante, una gota malaya, y ahora había que añadir esta nota del vecino con la insinuación de un problema de sordera.
En momentos como ese, Luna había adoptado la costumbre, antes de irse a la cama, de musitar sus preocupaciones a su padre, Ariel, que dormitaba en el salón. Le volcaba un galimatías como quien habla con el gato, sin esperar respuesta.
Ella pensaba que Víctor no estaba suficientemente comprometido con la relación que tenían, y en gran medida se echaba la culpa a sí misma. Que no era posible, no –se decía–, que cualquier día encontraría a otra más guapa, más lista y, sobre todo, con menos cargas.
A todo eso, Ariel, como si nada. De la habitación de Félix no llegaba ninguna señal de vida, y aquello del león... Domar un león, ¡lo que le faltaba!
Se fue a la cama con un fuerte mareo, como si hubiese estado perdida en un bosque durante horas. «Y mañana, vuelta a empezar», pensaba.
