El libro de la disciplina suave - Sara Monk Ockwell-Smith - E-Book

El libro de la disciplina suave E-Book

Sara Monk Ockwell-Smith

0,0
10,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

¿Quieres criar a un niño feliz y con un buen comportamiento, pero crees que las formas comunes de disciplina utilizadas actualmente, que se centran en recompensar, excluir o castigar a los niños, no funcionan en tu familia? En El libro de la disciplina suave, Sarah Ockwell-Smith desacredita muchas creencias habituales sobre el castigo y la motivación, y proporciona un enfoque alternativo que te empoderará para disciplinar a tu hijo de una forma eficaz y con respeto. La disciplina suave no consiste en sobreproteger a tu hijo ni ser un pusilánime: conlleva entenderlo, tener expectativas realistas sobre él y responder de manera adecuada a su mal comportamiento. Se centra en enseñar y aprender, no en el castigo ni las recompensas.on su característico estilo práctico, Sarah Ockwell-Smith ofrece soluciones para afrontar las dificultades más comunes en la disciplina, entre ellas: - lloriqueos y mal humor; conducta agresiva y destructiva; no hacer caso y negarse a hacer cosas; groserías e impertinencias; rivalidad entre los hermanos; mentiras; palabrotas; baja autoestima y falta de autoconfianza. Los consejos son apropiados para un amplio espectro de edades, desde que el niño es un bebé hasta la adolescencia, y, si has utilizado alguna forma más tradicional de disciplina, te ofrecerá las herramientas (y la confianza) para cambiar a un enfoque más significativo.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 388

Veröffentlichungsjahr: 2020

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



SARAH OCKWELL-SMITH

EL LIBRO DE LA DISCIPLINA SUAVE

Si este libro le ha interesado y desea que le mantengamos informado de nuestras publicaciones, escríbanos indicándonos qué temas son de su interés (Astrología, Autoayuda, Ciencias Ocultas, Artes Marciales, Naturismo, Espiritualidad, Tradición...) y gustosamente le complaceremos.

Puede consultar nuestro catálogo en www.edicionesobelisco.com

Colección Psicología

EL LIBRO DE LA DISCIPLINA SUAVE

Sarah Ockwell-Smith

1.ª edición en versión digital: febrero de 2020

Título original: The Gentle Discipline Book

Traducción: Juan Carlos Ruíz

Corrección: M.ª Ángeles Olivera

Diseño de cubierta: Enrique Iborra

© 2017, Sarah Ockwell-Smith

Primera edición en inglés publicada en Gran Bretaña en 2017 por Piatkus, sello editorial de Little, Brown Book Group. Esta edición ha sido publicada por acuerdo con Little, Brown Book Group, Londres, UK.

(Reservados todos los derechos)

© 2020, Ediciones Obelisco, S.L.

(Reservados los derechos para la presente edición)

Edita: Ediciones Obelisco S.L.

Collita, 23-25. Pol. Ind. Molí de la Bastida

08191 Rubí - Barcelona - España

Tel. 93 309 85 25 - Fax 93 309 85 23

E-mail: [email protected]

ISBN EPUB: 978-84-9111-582-3

Maquetación ebook: leerendigital.com

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, trasmitida o utilizada en manera alguna por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o electrográfico, sin el previo consentimiento por escrito del editor.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Índice

 

Portada

El libro de la disciplina suave

Créditos

Cómo utilizar este libro

Introducción

Capítulo 1. Por qué los niños se comportan mal

Capítulo 2. Cómo aprenden los niños

Capítulo 3. Cómo se desarrolla el cerebro de los niños

Capítulo 4. El problema de los métodos de disciplina comunes

Capítulo 5. Disciplina escolar

Capítulo 6. Afrontar la conducta violenta y agresiva

Capítulo 7. Afrontar los lloriqueos y las rabietas

Capítulo 8. Afrontar el hecho de que no haga caso y se niegue a hacer cosas

Capítulo 9. Afrontar las groserías y la insolencia

Capítulo 10. Afrontar la rivalidad entre hermanos

Capítulo 11. Afrontar las mentiras

Capítulo 12. Afrontando las palabrotas

Capítulo 13. Afrontar una autoestima baja y una falta de confianza

Capítulo 14. Trabajar los demonios parentales

Capítulo 15. Tu viaje hacia la disciplina suave

Más lecturas, ayuda y recursos

Acerca de la autora

Agradecimientos

CÓMO UTILIZAR ESTE LIBRO

Lo ideal es que leas este libro por completo, para unos mejores resultados y un conocimiento más exhaustivo. Sin embargo, si buscas desesperadamente una «solución» específica, te recomendaría que empezaras leyendo los capítulos 1, 2 y 3, y que después pasaras al capítulo relacionado con tu problema concreto. Algunos de los escenarios del libro tienen relación con ciertas edades; sin embargo, las teorías que respaldan mis sugerencias son universales y, como tales, pueden aplicarse a niños de cualquier edad. En realidad, gran parte de todo ello puede utilizarse también para ayudar en tus relaciones con otros adultos.

Por último, con independencia de cuál sea tu problema, el capítulo 14 es aplicable a todo el mundo. Si no ejerces de manera consciente la disciplina, tus esfuerzos tal vez serán mucho menos eficaces. Por tanto, aunque pienses que el capítulo 14 no es para ti, te recomiendo encarecidamente que lo leas. De hecho, cuanto más irrelevante creas que es para ti, más probable es que necesites leerlo.

INTRODUCCIÓN

Me gustaría empezar permitiéndote compartir dos secretos. El primero es que los niños probablemente deseen no comportarse tan mal como lo hacen sus padres. El segundo es que casi todo lo que pensamos en la actualidad sobre disciplinar a los niños es erróneo.

Como madre de cuatro, puedo entender lo difícil que siempre es trabajar contus hijos, en especial cuando amenazan con acabar con tu paciencia. Y la mayoría de nosotros no tenemos la posibilidad de concentrarnos sólo en el hecho de ser padres: hay facturas que pagar, trabajos por hacer y familiares ancianos a los que cuidar. Tenemos que equilibrar demasiadas cosas, a menudo más de lo que puede una persona. Así que puede ser fácil volver a antiguos patrones de gritos y peleas, tal vez un retroceso subconsciente a nuestros propios años de crianza. Sin embargo, la clave para la buena disciplina consiste en nuestra conducta y nuestras acciones, y a lo largo de este libro tendremos en cuenta gran parte de nuestros sentimientos y, sin duda, la autodisciplina importa. Un pensamiento alarmante, en efecto. No estoy diciendo que debas ser perfecto. Nada más lejos de ello. Yo he cometido muchos errores como madre; aún lo sigo haciendo. Y no hay problemas con los errores mientras aprendas de ellos. En realidad, en esto consiste la buena disciplina: con tu hijo y contigo mismo.

Mis objetivos con este libro son ayudarte a entender por qué los niños se comportan mal y cómo responder de una forma que sea efectiva y suave. Muchos de los métodos más comunes de disciplina de la sociedad no pueden reclamar ser ambas cosas.

El conocimiento actual de la disciplina está inclinado hacia antiguas comprensiones conductuales: la creencia de que los niños deben ser castigados y motivados para estar mejor. La realidad es que, mientras que la disciplina que se centra en el castigo y la motivación puede parecer que produce resultados rápidos, los efectos a largo plazo pueden dejar a los padres con un problema mucho peor del que tenían inicialmente.

Muchas personas preguntan si no castigar en absoluto conllevará que estamos consintiendo a nuestro hijo y dejaremos que nos pisotee. Ésa es mi principal pesadilla. Nuestra sociedad se encuentra atrapada en un estilo autoritario de ser padres y la idea de que, si los niños no son castigados por sus trastadas, llevarán la voz cantante y se volverán rebeldes y groseros. La verdadera clave para una mejor conducta consiste en trabajar con, no contra, tu hijo. Consideraos un equipo, en lugar de dos enemigos luchando el uno con el otro para ver quién puede «ganar».

Conocer por qué y cómo se comportan los niños debería situarse en el mismo comienzo de cualquier libro sobre cómo criar a los hijos y sobre la disciplina. Por esta razón, los tres primeros capítulos de este libro estudian la ciencia de la conducta y el aprendizaje. Una vez entendemos por qué los niños se comportan de cierta manera y lo que les lleva a aprender, somos conscientes con rapidez de que los métodos de disciplina más comunes en nuestra sociedad, actualmente, fracasan en su tarea y a menudo se quedan cortos en sus objetivos. En muchos casos, conducta «mala» no es el niño que nos desafía de manera deliberada, sino una indicación de que la conducta esperada de esos niños está en desacuerdo con lo que son capaces de hacer y sentir en cualquier momento determinado. Si hay que echar la culpa a algo, es a nuestras expectativas y exigencias poco realistas.

¿Qué ocurre con los modernos métodos de disciplina que se centran en motivar a los niños para mejorar, un método comúnmente empleado en las guarderías y las escuelas? Su principal defecto es que presuponen que los niños en realidad puedenhacerlo mejor. Pero ¿qué sucede si no pueden? ¿Qué ocurre si carecen de la capacidad y el desarrollo necesarios? Estas herramientas motivacionales sólo funcionarán si el niño tiene los requisitos necesarios para dar la vuelta a la situación. Y en muchos casos simplemente no los tiene. Por eso, el niño es castigado por no poder hacerlo mejor. Imagina el efecto que esto tiene en la autoestima. Esto es importante para todos los que tienen –o han trabajado con– niños, ya que la falta de autoestima suele encontrarse en la raíz de muchos problemas conductuales (esto se explica en profundidad en el capítulo 13). ¿Puede que el enfoque dominante en la mayoría de las fases de la educación empeore la conducta de muchos niños? El capítulo 5 examina los métodos disciplinares actuales en la educación y el cuidado de niños, antes de pasar a discutir por qué los enfoques dominantes están equivocados y, quizás lo más importante, lo que los padres pueden hacer para mejorar las cosas y eliminar cualquier efecto negativo.

En los capítulos 6 a 13 estudiaremos los puntos específicos de la disciplina. Muchos padres sufren en lo relativo a elegir el método que van a utilizar con sus hijos en cualquier momento. Estos capítulos facilitarán un poco las cosas cuando te presente mi idea de «¿Por qué? ¿Cómo? ¿Qué?». Es un método muy simple de asegurarse de que utilizas el mejor método de disciplina posible, basado en las consideraciones depor quétu hijo se comporta de tal o cual forma,cómopuede sentirse y qué esperar obtener del hecho de disciplinarlo, algo que tendremos en cuenta a lo largo de estos capítulos.

Además de ofrecerte un marco de referencia que te permitirá convertirte en un experto en la conducta y la disciplina de tu hijo, he incluido algunas soluciones a problemas concretos. Éstas te ayudarán a empezar hasta que tengas confianza con la metodología y su aplicación. También he incluido secciones de preguntas y respuestas al final de cada uno de los capítulos específicos de la conducta. Las preguntas (procedentes de padres reales) y sus respuestas se concentran en soluciones de disciplina suave y, junto a mi marco de referencia de empoderamiento, te permitirán obtener lo máximo posible de este libro y saber cómo aplicar las técnicas a tus propios hijos.

• ¿Qué es la disciplina?•

A lo largo de los últimos años he planteado esta pregunta a muchos padres. Entre las respuestas más comunes se incluyen:

• establecer límites;

• guiar a los hijos;

• controlar la conducta;

• enseñar lo que está bien y lo que está mal;

• enseñar normas sociales y expectativas;

• ayudar a los niños a adaptarse a la sociedad;

• mantener seguros a los niños;

• los niños entienden las consecuencias;

• convertir a los niños en personas agradables;

• criar niños respetuosos;

• enseñar autocontrol a los niños;

• hacer cumplir los límites;

• enseñar a los hijos a ser «buenos».

ElDiccionario Oxford de inglés define la disciplina como: «La práctica de entrenar a las personas a obedecer normas o un código de conducta, utilizando castigos para corregir la desobediencia». Esto concuerda con la idea de disciplina más comúnmente utilizada en la sociedad actual, donde todo consiste en castigos y en considerar desobedientes a los niños. Sin embargo, no siempre fue así; durante cierto tiempo hubo otra definición, una que se centraba en la enseñanza y el aprendizaje. La palabra «disciplina» se basa en el término latino disciplina, que significa «instrucción».Disciplina, a su vez, procede del latíndiscere, que significa «aprender». Discipulus, que nos aporta la palabra «disciplina», también procede del mismo término y hace referencia al alumno. Es posible que los discípulos más famosos sean los estudiantes de Jesús, que, por extensión, convierten a éste en el maestro. Creo que la mayoría estaría de acuerdo con que Jesús se describiera como amable en casi todas las historias de la Biblia.

• ¿Qué es la disciplina suave? •

La disciplina suave se concentra en enseñar y aprender en lugar de castigar, y en tener expectativas sobre la conducta de los niños que sean realistas, partiendo de su nivel de desarrollo cerebral. También consiste en el respeto mutuo y en trabajar conniños, no contra ellos. En la disciplina suave hay un equilibrio de poder: no sólo lo tienen los padres. Consiste en tener humildad y paciencia, y en ser consciente de tus propios desencadenantes y puntos débiles como padres y en no proyectar subconscientemente tus problemas sobre tu hijo. Consiste en establecer límites y en hacerlos cumplir con comprensión y respeto. La disciplina suave consiste en positividad y en planificar para el futuro. En inspirar a los hijos a ser mejores y a hacerlo mejor, mientras te esfuerzas por ser un buen ejemplo para ellos.

¿Qué no es la disciplina suave? No es permisiva; no es débil. No consiste en dejar que tus hijos se libren de todo y que se críen siendo caprichosos y consentidos. Sin duda, no es perezosa ni azarosa. Aunque mucha gente sepa cómo son las formas de criar a los hijos de forma dominante y permisiva, pocos conocen el verdadero significado de la educación autoritaria, la posición que adopta la disciplina suave.

Dominante

Los estilos de disciplina dominantes tienen expectativas increíblemente elevadas sobre la conducta de los niños, a menudo mucho más de lo que son capaces. Exigen que los niños «sean vistos, pero no oídos»: que se comporten de la misma forma que los adultos. Dejan poco espacio para la comprensión, la empatía o el entendimiento, etiquetan a los niños como «desobedientes» y se concentran en enseñar una lección. El padre tiene todo el control, y el niño, nada. Actualmente, los métodos de disciplina más comunes son dominantes e incluyen el aislamiento, ponerles de cara a la pared, la prohibición de salir de casa, las bofetadas/palizas, la humillación, el encierro, enviar al niño a su habitación y quitarle sus pertenencias.

Permisivo

La disciplina permisiva es un nombre poco apropiado, porque los padres permisivos raramente aplican disciplina. Éste es el estilo que deja a los niños «salirse con la suya». Las expectativas de conducta suelen ser demasiado bajas. Los padres permisivos a menudo dicen: «Ah, no puede evitarlo, es pequeño», cuando disculpan una conducta que en realidad no es apropiada para su edad. Raramente se imponen límites, si es que los hay. Esto suele deberse a que los padres temen hacer llorar al niño porque son tan comprensivos con él que nunca quieren molestarle.

Autoritario

Los métodos de disciplina autoritarios se mueven en una delgada línea entre el control de los padres y el del hijo. Cuando es apropiado, se le da el control al hijo; cuando no lo es, el adulto toma el mando. Las expectativas de conducta son realistas: no demasiado y no demasiado poco. La disciplina siempre se aplica con respeto y comprensión. Los padres no temen que su hijo llore, pero cuando lo hace, a menudo como resultado de la disciplina, se les reconforta.

Este libro se centra en los métodos de disciplina autoritarios, o, como me gusta llamarlos: disciplina suave.

• Convertirse en un gran profesor •

Piensa en cuando ibas al colegio. ¿Tenías un profesor favorito, alguien que te inspirase y motivase? ¿Tal vez alguien a quien admirases de verdad? Si pudieras describir su personalidad, ¿qué rasgos dirías que tenía? Apuesto a que era, entre otras cosas:

• inspirador;

• un buen modelo a seguir;

• paciente;

• de confianza;

• diplomático;

• culto;

• comprensivo;

• optimista;

• justo;

• cariñoso;

• creativo;

• divertido;

• accesible;

• humilde;

• siempre aprendiendo/actualizándose en su materia;

• fácil hablar con él (o ella);

• respetuoso;

• flexible;

• de amplias miras;

• firme;

• amable.

De hecho, si tuvieras que redactar un trabajo sobre el profesor perfecto, probablemente incluirías muchos de estos rasgos.

En los tres capítulos siguientes estudiaremos procedimientos con los que podrás perfeccionar tus habilidades innatas de profesor a fin de disciplinar mejor a tu hijo. Un buen profesor es alguien que permanece calmado, que controla su temperamento e inspira a sus alumnos siendo un buen ejemplo; de igual modo, lo más importante que puedes hacer como padre es exorcizar tus propios demonios infantiles, eliminar o reducir los factores desencadenantes y aprender a controlarte a ti mismo. Todo esto se trata con cierto detenimiento en el capítulo 14.

Y no temas preguntar cuándo la disciplina es realmente necesaria. Muy a menudo nos sentimos obligados a tener disciplina, no debido a una decisión consciente que hayamos tomado, sino porque subconscientemente creemos que debe ser así. Durante nuestras vidas somos conscientes de las expectativas de otros, estemos de acuerdo con ellas o no, y ninguna expectativa es más poderosa que la de nuestros propios padres o profesores. La disciplina suave consiste en llegar a ser consciente. Consiste en romper el ciclo de repetición que ha tenido lugar antes, sólo porque ésa es la forma en que ha sido siempre. Es pionera y permite cambiar de paradigma.

¿En qué consiste ser un buen estudiante?

Ahora piensa en algún buen estudiante que conocieras en el colegio. Alguien que siempre intentase hacerlo mejor. ¿Qué rasgos tenía? ¿Era…:

• motivado;

• concentrado;

• ambicioso;

• tenaz;

• resiliente;

• optimista;

• valiente;

• deseoso de aprender;

• buen trabajador;

• inquisitivo;

• un librepensador;

• confiado;

• ingenioso;

• proactivo;

• decidido;

• persistente;

• independiente?

Irónicamente, muchas de las cosas que consideramos tan difíciles de manejar en nuestros hijos –las conductas consideradas como «desobedientes» e indeseables para la sociedad– están enraizadas en rasgos que necesitan para aprender bien y lograr todo su potencial. Observemos la lista de nuevo y veamos cómo algunos de éstos pueden verse a una luz distinta:

• Motivado, ambicioso, decidido y tenaz: a un niño con estas cualidades también se le suele considerar «terco».

• Concentrado: esto puede significar un niño que «no escucha» (si le pedimos que haga algo cuando está implicado en otra actividad).

• Resiliente: un niño que «no aprende con los castigos».

• Valiente: un niño valiente puede considerarse «irrespetuoso».

• Deseoso de aprender: un niño que toca todo.

• Inquisitivo: puede pensarse en él como en alguien que hace preguntas molestas continuamente.

• Un librepensador: un niño que «responde con insolencia» o que pregunta «¿Por qué debo yo?».

• Ingenioso: un niño que se entromete «en todo».

Volver a configurar la conducta de tu hijo puede ayudarle a él y también a ti; entendiendo y aceptando que algunas de las cosas con las que luchas ahora pueden convertirse en rasgos maravillosos cuando crezca, puedes conseguir que tu relación con él sea mucho más fácil.

No se trata sólo de niños que son estudiantes o que están aprendiendo. Tú también estás haciéndolo. Los mejores profesores nunca dejan de aprender; y lo mismo es cierto del hecho de ser padres. No hay padres perfectos o que tengan todas las respuestas. Todos estamos aprendiendo todo el tiempo. La buena disciplina consiste en tener flexibilidad y humildad. Los papeles de profesor y estudiante se intercambian todos los días, a todas horas, especialmente cuando nuestros hijos nos enseñan algo importante. A veces, pueden incluso enseñarnos que la forma en que los estamos disciplinando no funciona, y como padres nuestra función es aprender de eso y adaptarnos. Como decía Walter Barbee, presidente emérito de la Family Foundation de Virginia:

«Si dices mil veces algo a un niño y sigue sin entenderlo, entonces no es el niño quien aprende lentamente».

Hay una gran diferencia entre disciplinar a corto plazo, hacerte la vida más fácil como padre, y disciplinar para que tu hijo crezca y se convierta en la persona que te gustaría que fuera en el futuro. Los métodos de disciplina más comunes actualmente están demasiado enfocados a corto plazo. Un enfoque más efectivo –y, sin duda, positivo– tiene en cuenta el futuro, además del presente.

• Disciplina suave en la práctica •

Tú tienes libre albedrío. En cualquier momento puedes apartarte del camino trillado y caminar para crear un futuro mejor para tu hijo. ¿Pero cómo? Comienza creando un espacio entre la conducta de tu hijo y tu disciplina. Este espacio te permite tener tiempo para pensar en lo que estás haciendo y si tus acciones cumplirán tus objetivos como padre a largo plazo. Demasiados padres disciplinan con enojo y de forma reactiva. Si haces esto, siempre caerás en un estilo dominante, o en el de un mal profesor. Antes de disciplinar, siempre debes detenerte y preguntarte: «¿Por qué siento la necesidad de disciplinar a mi hijo?». Si la respuesta es distinta a «porque me gustaría que mi hijo aprendiera que lo que acaba de hacer no es apropiado, o hay una forma mejor de hacerlo», entonces no debes imponer disciplina.

No importa cuánta gente te esté mirando o lo que te diga la voz del interior de tu cabeza de tu propia infancia («Habrías recibido una bofetada o te habrían enviado a tu habitación si hubieras hecho eso»). La disciplina suave consta de decisiones conscientes. Sea cual fuere la situación en la que te encuentres, es obligatorio que tus acciones se realicen conscientemente. Y para ser conscientes tienes que detenerte y concentrarte. A esto me refiero cuando hablo sobre colocar un espacio entre la conducta de tu hijo y tu respuesta. Es fundamental para la disciplina suave y, como tal, respalda todo el principio.

De este modo, hay cinco pasos hacia una disciplina suave y eficaz:

• Conservar la calma.

• Expectativas adecuadas.

• Afinidad con tu hijo.

• Conectar y reprimir emociones.

• Explicar y ser un buen ejemplo.

Conservar la calma

Cuando tu hijo te saca de tus casillas y sientes que te estresas o te enfadas, no debes dedicarte a disciplinarle hasta que te calmes. Respira profundamente, retén el aire varios segundos y exhala poco a poco. Repite según sea necesario, hasta que puedas pensar con más claridad. A veces puede que tengas que esperar algún tiempo. Es decir, alejarte de tu hijo temporalmente, de forma que puedas pensar con más claridad.

Expectativas adecuadas

No castigaríamos a un pez por no poder caminar, o a un gato por no poder hablar. No obstante, muchos métodos de disciplina dominante castigan a los niños simplemente por ser niños, con un nivel de desarrollo cerebral apropiado para su edad. Antes de responder a las acciones de tu hijo, pregúntate: «¿Ha entendido lo que ha hecho? ¿Puede controlarlo? ¿Tiene desarrollo cerebral suficiente para hacerlo mejor?». Si la respuesta es «no», tu respuesta probablemente será muy distinta. (En el capítulo 3 explicamos lo que los niños son –y no son– capaces de hacer en cualquier edad determinada).

Afinidad con tu hijo

La disciplina suave requiere que separes tu aversión a la conducta de tu hijo de tus sentimientos hacia él. Demasiados padres confunden la conducta con el hijo. Tu hijo sigue siendo el mismo que amas con pasión, sin importar lo que haya hecho. Tener afinidad con alguien significa que tienes conexión con él y que existe comprensión mutua. Es esta comprensión, esta empatía la que te ayudará a disciplinar suavemente a tu hijo. Aférrate a ello, independientemente de lo que haya hecho tu hijo. Recuérdate cuánto le quieres e intenta visualizar sus acciones desde su perspectiva. Pregúntate por qué hizo lo que hizo. Y cómo se siente. Esto no sólo te ayudará a entender sus acciones, sino también a solucionar el problema y aplicar disciplina apropiadamente, además de conservar la calma.

Conectar y reprimir emociones

Antes compartí contigo dos secretos. El primero era que los niños probablemente preferirían no comportarse tan mal como lo hacen sus padres. Esto es verdad. En el capítulo 1 examinaremos las razones más comunes por las que los niños se comportan mal, y en el capítulo 3 tendremos en cuenta lo que sus cerebros son capaces de hacer a cualquier edad determinada. Sin embargo, en todas las edades, los niños necesitan que sus padres los guíen y que los ayuden a manejar sus sentimientos. Tenemos un nivel de desarrollo cerebral que ellos no tienen, ni siquiera cuando son adolescentes. Nosotros somos suficientemente maduros para «reprimir» algunos de los grandes sentimientos de nuestros hijos, así como los nuestros, para ayudarles a calmarse. Por supuesto, para hacer esto, tenemos que ocuparnos también de nosotros. El secreto de la inteligencia emocional es saber que ninguna emoción es un problema; lo que importa es cómo las manejemos. Hasta que tu hijo aprenda a manejar sus emociones, es tu función manejarlas externamente, mientras las dirigimos en la dirección del autocontrol. Para contener los sentimientos de tu hijo debes conectar con ellos. Tu comprensión y apoyo los guiará para convertirse en las personas que desean ser. La mejor disciplina tiene lugar cuando trabajáis en equipo.

Explicar y ser un buen ejemplo

Esta fase sólo puede tener lugar cuando tanto tu hijo como tú estéis tranquilos y bien conectados. Una de las principales razones por las que fracasa la disciplina es debido a la falta de una de estas cosas, o a veces a ambas.

Las explicaciones deben ser apropiadas para la edad. Tu comunicación con tu hijo necesita estar en un nivel que comprenda, y a menudo también aquí la disciplina se queda corta. Piensa con cuidado en cómo os comunicaréis. No sólo importan tus palabras, sino también cómo las dices. Tu hijo te observa, del mismo modo que te escucha. Si gritas, le indicas que no sólo está bien gritar, sino que es lo que debe hacer cuando se enfade con alguien o cuando alguien haga algo que no le gusta. Si tu hijo golpea a alguien, lo último que debes hacer es pegarle en nombre de la disciplina. Si lo haces, tu ejemplo le demuestra que pegar está bien y que es una forma deseable para solucionar diferencias y conflictos. Tu explicación y tu ejemplo deberían mostrar a tu hijo, de forma clara, cómo manejar las situaciones. Después de todo, como hemos dicho, los mejores profesores dirigen mediante el ejemplo. Lo mismo es aplicable a la disciplina.

Permitir que transcurra algún tiempo entre las acciones de tu hijo y tus medidas de disciplina te permite concentrarte en tu verdadero objetivo: enseñar a tu hijo a hacer y ser lo mejor. Por supuesto, tus enseñanzas deben ser flexibles. Todos los niños son únicos, y todas las situaciones, incluso con el mismo niño, son únicas. Trabajar dejando transcurrir algún tiempo debería ponerte en el buen camino. En los capítulos 6 a 13 cubriré muchos ejemplos distintos y situaciones específicas, todos teniendo en cuenta ese espacio de tiempo. Si no se incluye tu problema específico, trabaja cada punto con cuidado y casi siempre lograrás una solución eficaz y propia de una disciplina suave.

• ¿Cuándo debe comenzar la disciplina? •

Muchos creen que la disciplina es algo que debe introducirse durante los años de la primera infancia, pero que esa niñez debería estar «libre de disciplina». Sin embargo, todos los padres empiezan a disciplinar a sus hijos desde que nacen. La disciplina consiste simplemente en enseñar y aprender. Desde el momento en que tienes a tu hijo en tus manos le estás enseñando, igual que él te enseña a ti. Si le coges de determinada manera y llora, rápidamente aprendes a cambiar de posición. Tú le hablas y él te contesta con balbuceos. Eso es disciplina.

¿Debe comenzar la disciplina cuando tu hijo crezca? Seguramente no aplicarías disciplina a un adolescente tal como haces con un bebé. En realidad se conserva lo básico. Tus expectativas sobre la capacidad de desarrollo cambiarán con la edad, pero tu enfoque subyacente debería ser el mismo: una posición de comprensión, respeto y empatía.

Tú eres el mejor profesor que tendrá tu hijo. La mayor influencia de todas es la tuya. Cada minuto de cada día estás disciplinando a tu hijo; tal vez no seas consciente de ello, pero lo estás haciendo. Unos pequeños ojos te están mirando siempre y unos oídos te están escuchando. Pero, sea cual fuere la edad de tu hijo, independientemente de cómo hayas aplicado disciplina antes, siempre puedes cambiar. Nunca es demasiado tarde. La disciplina suave funciona para todo el mundo, con independencia de cuánto tiempo se haya practicado, porque está basada en las necesidades únicas de cada niño.

Entonces, ¿cómo hacerlo? ¡Sigue leyendo!

POR QUÉ LOS NIÑOS SE PORTAN TAN MAL

En este capítulo examinaremos las razones más comunes del mal comportamiento, es decir, la conducta de los niños que se considera indeseable y difícil. Es imposible disciplinar de forma suave y eficaz sin conocer bien los desencadenantes del mal comportamiento. Muchos expertos se concentran en «solucionar el problema» sin ayudar a los padres a entender por qué sucedió. Cualquier disciplina que se concentre sólo en «la solución» en realidad hace que pierdas tu poder como padre. Recuerda que un buen profesor tiene un buen conocimiento de su materia, y para lograr esto debe antes ocupar el lugar del estudiante. Entender las razones para la conducta indeseable de tu hijo es el punto de arranque para saber cómo mejorarla. Por tanto, con el sombrero de estudiante puesto, penetremos en el mundo del niño e intentemos entender las cosas desde su punto de vista.

¿Alguna vez has tenido una rabieta? Como adultos tendemos a referirnos a nuestras rabietas como «perder el control», «explotar» o «colapsar». Se utilizan palabras similares para describirlas en los años de adolescencia. El hecho es que todo el mundo, con independencia de su edad, tiene que tratar con emociones abrumadoras en algún momento, y algunos las manejan mejor que otros. De hecho, solemos esperar de nuestros hijos una conducta de la cual nosotros mismos no somos totalmente capaces.

La vida es difícil y confusa. Todos tenemos mucho con que tratar día tras día, y si como adultos no tenemos un viaje perfecto en todo momento, entonces no tenemos derecho a exigir que lo hagan nuestros hijos. Por tanto, aceptar que tu hijo tendrá colapsos y rabietas, igual que te ocurre a ti a veces, tal vez sea el mejor procedimiento para avanzar. Resetear tus expectativas, comenzando con la línea base de que todo el mundo se comporta mal, es un excelente punto de inicio. A continuación nos llega la comprensión de por qué todos nos comportamos mal. La disciplina sólo llega después de esto, cuando intentamos calmar la mala conducta. Demasiadas personas saltan directamente a la fase de «solución» sin haber pensado en las causas y los porqués.

En el capítulo 3 estudiaremos las bases neurológicas de la conducta y cómo cambia esto durante la infancia. El cerebro humano difiere dramáticamente desde que se es un bebé hasta que se es un adolescente o un adulto, lo cual significa que es poco realista esperar que los niños se comporten del mismo modo que los adultos. Tal vez la mayor diferencia se encuentre en el área responsable del control de los impulsos y la regulación de las emociones, la razón por la que replantear las expectativas de la conducta, de forma que sean apropiadas para la edad, es tan importante para la disciplina suave. Sin embargo, durante el resto de este capítulo nos concentraremos en las causas no neurológicas de la conducta indeseable, aunque las dos cosas siempre estén relacionadas. Sin duda son desencadenantes medioambientales, pero el cerebro de un niño –bien sea un adolescente o un bebé– no es como el de un adulto, y esta falta de madurez siempre desempeñará una función en su comportamiento indeseable, simplemente porque no puede controlar sus acciones tan bien como lo puede hacer un adulto.

• Desencadenantes conductuales fisiológicos •

¿Has observado que algunos desencadenantes concretos de la conducta de tu hijo son de naturaleza fisiológica? Mis hijos tienen mucho peor humor cuando están cansados, tienen hambre o han pasado demasiado tiempo delante de una pantalla. También puedo detectar cuándo han tenido problemas con los amigos o en el colegio debido a su conducta. Conocer sus desencadenantes me permite prepararme para prevenir y –a veces– evitar cualquier mal comportamiento relacionado con esto. También me ayuda a no tomarme personalmente su conducta. Desde el punto de vista del niño, es útil que puedan reconocer y evitar los desencadenantes independientemente, sin ayuda parental, aunque sea función de los padres enseñarles a hacerlo al principio. Aunque los bebés, los niños en edad preescolar e incluso los que asisten a la guardería pueden entender los efectos negativos de ciertas conductas, es bastante improbable que siempre puedan evitarlos sin ayuda parental. Pero en la edad preadolescente (aproximadamente entre los ocho y los trece años) y en los años de adolescencia los niños pueden lograr evitar ciertos desencadenantes sin ninguna ayuda por parte de un adulto.

Por tanto, examinemos algunos desencadenantes conductuales comunes en niños de todas las edades. No están en ningún orden concreto, y la lista de ningún modo es completa. Recuerda que cada niño es único y que los desencadenantes reflejan esto; descubrir los desencadenantes de tu hijo es lo más importante.

Dieta

Para muchos niños, la dieta puede desempeñar un papel esencial en su conducta, y los padres suelen observar cambios significativos después de concentrarse en esto durante varias semanas. A pesar de la opinión habitual, el azúcar no hace que los niños sean hiperactivos. Sin duda no es saludable, pero se suele culpar de la mala conducta al «subidón de azúcar». A la inversa, unos niveles de azúcar bajos, o más bien los niveles bajos de glucosa en sangre, pueden afectar a la conducta. El cuerpo libera una cantidad compensatoria de adrenalina en respuesta al descenso de la glucosa sanguínea, llamado hipoglucemia. Esta cadena de eventos puede causar un cambio negativo en el comportamiento, un fenómeno que es una combinación de hambre y enfado, en gran parte causado por el cambio en los niveles de glucosa y de adrenalina. Asegurarse de que los niños evitan tener hambre puede tener un efecto positivo en la conducta.

Una cosa que, sin duda, tiene efecto sobre la conducta son los aditivos artificiales o «E» seguida de un número. En 2007, un estudio descubrió que el consumo de alimentos que contienen cualquiera de los seis aditivos siguientes aumentó la conducta hiperactiva en niños de edades comprendidas entre los tres y los nueve años:[01]

• Amarillo ocaso (E110).

• Amarillo quinolina (E104).

• Carmoisina (E122).

• Rojo allura (E129).

• Tartrazina (E102).

• Ponceau 4R (E124).

Entre las fuentes comunes que pueden causar hiperactividad en niños se encuentran los cereales de desayuno, las patatas fritas comerciales, los dulces, los palitos de pescado, los zumos y las medicinas infantiles. Si crees que tu hijo puede verse afectado, asegúrate de comprobar la lista de ingredientes del envasado del producto.

Pero no son sólo los aditivos los que pueden influir negativamente en la conducta. Las deficiencias en la dieta de los niños también tienen su importancia. En 2013, una investigación con casi quinientos niños de edades comprendidas entre los siete y los nueve años descubrió que los niveles bajos de omega-3, grasas poliinsaturadas de cadena larga, estaban asociados con un número mayor de problemas de conducta, mala capacidad para leer y una memoria peor.[02]

Si sospechas que la conducta de tu hijo puede empeorar por de- sencadenantes dietéticos, la forma de comenzar es con un diario dietético, anotando todo lo que come tu hijo y su conducta, diariamente, durante un par de semanas. Esto puede ayudar para aportar ideas en cualquier reacción negativa de productos alimentarios, en especial los aditivos que comienzan por «E». Analizar su dieta también puede ayudar a destacar cualquier deficiencia nutricional. Lo ideal es que todas las necesidades nutricionales de tu hijo se cubran mediante la dieta. Las grasas poliinsaturadas de cadena larga, por ejemplo, se pueden encontrar en los pescados grasos, como la caballa, el salmón y el atún, así como la linaza, que pueden añadirse fácilmente a los cereales del desayuno. Muchos nutricionistas sugieren que, si la dieta de un niño es baja en estas grasas, se beneficiará con suplementos de omega-3, en especial si son propensos a la conducta hiperactiva.

Falta de sueño

¿Has observado algún cambio en la conducta de tu hijo cuando está cansado? Los bebés que se saltan una siesta tienden a tener mal humor, ser irritables y a veces torpes. Lo mismo es cierto en cualquier edad. Siempre puedo saber cuándo mi hijo adolescente ha tenido una mala noche por las mismas razones.

Pero ¿cuánto debe dormir tu hijo? Nadie lo sabe en realidad. Como mucho, los expertos pueden ofrecer más o menos un amplio rango para cada edad; sin embargo, las necesidades de sueño son únicas, y aunque algunos niños sobreviven perfectamente bien con ocho horas de sueño en un período de veinticuatro horas, otros pueden necesitar cerca de doce. La tabla inferior, basada en consejos de La Fundación Nacional para el Sueño de los Estados Unidos de América, es una buena guía para las necesidades de sueño por edad:

Edad

Necesidades medias de sueño por período de veinticuatro horas

1-2

11-14 horas

3-5

10-13 horas

6-13

9-11 horas

14-17

8-10 horas

Irse a la cama demasiado temprano, igual que demasiado tarde, puede significar que un niño no duerma lo suficiente. Si se les mete en la cama antes de que su cuerpo esté biológicamente preparado para dormir, las investigaciones muestran que tardan más tiempo en quedarse dormidos y más probabilidad de despertarse por la noche.[03] Una buena hora para irse a la cama para niños de menos de once años de edad es entre las ocho y las nueve. Los adolescentes, en cambio, están biológicamente preparados para dormirse mucho más tarde. Las investigaciones demuestran que los patrones de sueño de los niños de trece y catorce años de edad experimentan un retraso, una tendencia a dormirse más tarde.[04] Esto es aplicable a la hora de irse a la cama y a la de despertarse, con una hora típica de dormirse hacia las once de la noche. El problema en este caso es que a esta edad la mayoría de los niños necesitan al menos ocho o nueve horas de sueño cada noche, aunque se espera que se levanten para ir al colegio. El inicio temprano del colegio no concuerda con sus necesidades biológicas de sueño, lo cual significa invariablemente que acuden al colegio habiendo dormido muy poco, y este déficit de sueño puede crear muchos problemas conductuales.

Además de la hora de acostarse, el otro problema importante con el que tienen que luchar cuando intentan obtener suficiente sueño es la iluminación. Las investigaciones han demostrado que las fuentes de luz azules o de onda corta hacen pensar al cerebro que aún es de día e inhiben la secreción de la hormona del sueño, la melatonina.[05] Cualquier luz en la habitación de tu hijo que no sea roja (en términos de la luz emitida) puede inhibir su sueño. La luz roja es la única que no inhibe la secreción de melatonina. Y no es la iluminación convencional la que causa problemas de sueño: las pantallas como los televisores, los teléfonos inteligentes y las tabletas también emiten grandes cantidades de luz azul. Por tanto, estos dispositivos mantienen a los niños despiertos debido a respuestas biológicas, además de la evidente tentación de jugar con ellos. Las pantallas no tienen cabida en la habitación de tu hijo, ni incluso en la hora o dos anteriores a acostarse.

Agobio ambiental

¿Alguna vez te has sentido verdaderamente agobiado por tu entorno? ¿Tal vez un lugar con muchos olores distintos, mucho ruido y montones de personas que chocan contigo? Personalmente considero que el metro de Londres es un asalto a mis sentidos, y siempre que viajo a esta ciudad permanezco irritada y cansada durante el resto del día.

Hace años dirigí una exhibición en un encuentro sobre bebés, en una sala que estaba iluminada por hileras de focos que colgaban del techo, llenando todo de alto nivel de luz artificial. Mi caseta estaba situada cerca del escenario donde tenían lugar diversas demostraciones de productos y exhibiciones de moda, todo ello acompañado por una música con un volumen alto, mientras el olor de los artículos de aseo personal, de aromaterapia y de especias, procedente de una caseta de comida cercana, llenaba el aire. Asistieron por lo menos mil personas, empujándose y llevando carritos de bebé y sillitas por las zonas más frecuentadas. Al final de la exhibición de cada día me marchaba a casa con un fuerte dolor de cabeza debido a la sobrecarga sensorial, mientras que casi todos los visitantes de mi caseta se quejaban de que sus hijos eran gruñones, llorones e irritables. Les dije a todos que miraran hacia arriba, a las brillantes luces, y que imaginaran cómo se sentirían si estuvieran reclinados en un carrito o una silla para bebé, y mirándolos fijamente durante toda la visita. Después les pedí que imaginaran que estaban rodeados por cientos de pares de pantalones que chocaban contra ellos y que intentaran dormir con la música tan alta y los llantos de otros niños en sus oídos. Y entonces les pregunté si ellos estarían irritables en la misma situación. A veces, ponerte en el lugar de tu hijo puede proporcionarte todas las respuestas que necesitas.

Ahora imagina cómo se siente tu hijo cuando llega a la escuela por primera vez, con cuatro o cinco años. En la guardería o nivel preescolar estaban acostumbrados a un pequeño espacio y probablemente menos niños. Cuando comienzan el colegio son, en primer lugar, los más jóvenes, normalmente de al menos cien niños. Los edificios son más grandes y el sonido está amplificado. ¿Resulta sorprendente que luchen con el sentimiento de estar por completo abrumados? Imagina pasar por esto de nuevo a la edad de once años. Comenzar la escuela secundaria es, con mucho, la transición más difícil para la mayoría de los niños. Si te encontraras en un nuevo entorno y esforzándote por dar sentido a todo, tal vez también descubrirías que te pones gruñón e irritable al final del día. Imagina que has estado intentando «mantener la calma» todo el día, pero ahora que estás en casa, con quienes quieres y en quienes confías, por fin puedes «dejar salir todo» y liberar tus verdaderas emociones. Muchos niños pasan por esto cuando comienzan en un nuevo colegio, pero sus padres no entienden por qué están irritables y son desobedientes cuando llegan a casa. Se quejan de informes escolares que hablan de un niño que es educado y maduro, pero en casa ocurre todo lo contrario. Esta conducta es muy normal: el niño por fin está en casa, llegado de la guardería o el colegio, y se siente seguro para demostrar sus sentimientos en presencia de personas a las que quiere y en las que confía. Para los padres, esto puede ser difícil de manejar, especialmente si creen que el niño está siendo «desagradable a propósito». De hecho, su conducta muestra el gran trabajo que están realizando los padres, haciendo que su hijo se sienta seguro y apoyado lo suficiente para demostrar sus verdaderas emociones.

Aunque la mayoría de los niños tendrán que luchar con sentimientos de estar abrumados en momentos específicos, hay otros que tienen problemas todos los días.

Las investigaciones han demostrado que uno de cada seis niños experimenta síntomas sensoriales auditivos y táctiles suficientemente serios para influir de manera negativa en la vida diaria.[06] Investigaciones posteriores realizadas en Estados Unidos han demostrado que uno de cada veinte niños experimenta trastorno de procesamiento sensorial (TPS),[07] normalmente descrito como una desorganización de señales sensoriales y respuestas en el cerebro, que afectan a varios sentidos. Los niños con TPS pueden considerar difícil procesar los estímulos auditivos o táctiles, o hacer frente a las sensaciones. Esto puede manifestarse como una respuesta excesiva o demasiado pequeña. Por ejemplo, a algunos niños tal vez les resulte muy difícil soportar que ciertas telas toquen su piel, hasta el extremo de considerarlas insoportables. Algunos pueden considerar perturbador ciertas luces o sonidos, y otros posiblemente no procesen determinadas sensaciones, como el calor o el frío, y de este modo se exponen a situaciones peligrosas. No se conocen las causas del TPS; sin embargo, es posible que sea el resultado de una combinación de influencias y situaciones genéticas y ambientales.

Los síntomas del TPS suelen encontrarse dentro de un espectro, y algunos son más graves que otros. Cuando son bebés, los niños con TPS se suelen describir como «consentidos» o «con muchas necesidades». A menudo tienen problemas para dormir y comer, y puede que lloren para que los cojan, pero entonces se retuercen en los brazos de sus padres. También pueden ser extremadamente activos, pero lentos para conseguir logros físicos; en sus años de bebé, el entrenamiento con el cuarto de baño puede ser muy difícil. Cuando crecen, pueden continuar los problemas con la comida y el sueño, y experimentar más pataletas que la media porque se esfuerzan por luchar con la estimulación. El contacto corporal con los otros también puede ser complicado, y se dice que «sobrerreaccionan» a diversas experiencias. Pueden parecer mal coordinados y encuentran difícil dominar las habilidades motoras finas.

El tratamiento para el TPS es polifacético y a menudo incluye terapia ocupacional y un entorno terapéutico rico sensorialmente para ayudar a retar a los niños de una forma divertida y segura. Muchos padres también informan de éxitos sobre enfoques alternativos con terapias complementarias. Entre los objetos sensoriales que pueden ayudar a un niño a diario, sobre todo en el colegio, están la bisutería «dura» especial, las pelotas antiestrés y objetos «de manipulación» que ayudan en la concentración y cubren sus necesidades sensoriales de un modo socialmente aceptable.

Si sospechas que tu hijo sufre con los aspectos sensoriales de la vida más que sus iguales, tal vez te convenga hablar con el pediatra sobre la posibilidad de tener TPS. No hay puntos específicos que explorar; por lo general, tu instinto es el mejor indicativo.

Habilidades de comunicación verbal inmaduras

La incapacidad de un niño para comunicar verbalmente sus sentimientos y necesidades puede aumentar los problemas generados por otros desencadenantes; sin embargo, también puede ser un desencadenante por sí mismo, aunque no haya nadie presente.

¿Puedes imaginar cómo debe sentirse alguien al no poder comunicar sus puntos de vista, opiniones, necesidades básicas y emociones? Incluso algo tan simple como decir a alguien que te duele la cabeza. Por supuesto, esto es aplicable en su mayor parte a los niños más pequeños, aunque todos pueden tener problemas con la comunicación en algún grado, independientemente de su edad.

Los bebés se comunican llorando. Las rabietas son un ejemplo clásico de comunicación de los bebés y los niños en edad preescolar. En todos estos casos no hay desarrollo del lenguaje, y se recurre en su lugar a otros métodos. Pero tal vez te preguntes: ¿por qué los niños de más edad no se comunican verbalmente? ¿Tienen habilidades lingüísticas para hacer eso? Aunque tal vez puedan hablar o incluso escribir con fluidez, la comunicación emocional sigue siendo una de las últimas habilidades en desarrollarse, y muchos adultos incluso luchan para dominarla. Entonces, si a veces consideramos difícil expresar cómo nos sentimos porque nos faltan las palabras adecuadas, ¿cómo podemos esperar que lo hagan nuestros hijos? Por supuesto, esto supone que todos los niños están en un entorno en el que se aceptan las expresiones de sentimientos. Pero muchos no. ¿Cuántas veces has oído a los adultos decir cosas como «los niños grandes no lloran», «ahora estás bien, deja de llorar», «gran cobarde», «crece; deja de llorar; ya no eres un niño pequeño»? Lamentablemente, creo que son más comunes de lo que nos gustaría creer. Reprimimos tanto la expresión de las emociones en nuestra sociedad que no es de extrañar que los niños tengan problemas para comunicarse de manera eficaz.