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Dentro de cada uno de nosotros hay un loto esperando brotar en todo su esplendor. En culturas tan distintas como la egipcia, la india, la china y la maya, el loto ha tenido desde tiempos antiguos un significado trascendental. Se asocia con la pureza, la abundancia y la felicidad, con la lucha triunfante y con la capacidad de emerger del lodo sin perder la esencia, pues esta flor crece blanca y prístina donde sólo parece haber suciedad. El loto es en este libro una poderosa analogía de nosotros mismos, de nuestros procesos interiores y de la fuerza que nos hace emerger una y otra vez del pantano de la dificultad, la tristeza y la rabia. Y sobre todo: de nuestra capacidad para resurgir siendo más bellos, más auténticos y puros, como un loto de seis pétalos. Cada uno de los pétalos es un nivel de comprensión de la realidad, un peldaño evolutivo, un componente esencial para llevar una vida íntegra, y el Maestro Espiritual Fer Broca, nos lleva de la mano para conocerlos e interiorizarlos. Cada pétalo está conectado con ejercicios y afirmaciones concretas que podrás aplicar en tu día a día, además de códigos QR exclusivos para hacer meditaciones en compañía del autor. El loto de los seis pétalos es una guía para despertar nuestro potencial interior y acceder a una existencia llena de armonía, congruencia y paz, pero también es un canto a la esperanza, el florecimiento y la plenitud.
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Seitenzahl: 251
Veröffentlichungsjahr: 2024
Debemos ver al hombre como un todo, con una parte esencial, un mundo emocional, una mente capaz de comprender el entorno, y un cuerpo fascinante que le permite experimentarlo.
Introducción
La llamada del loto
La consciencia es como el loto... surge de las profundidades de la experiencia, se alza pura y blanca para embellecer su entorno.Es un faro de claridad y una sutil esperanza.
FER BROCA
Cada año permanezco por una semana en un paraíso terrenal, en la selva tropical de la península de Yucatán. Allí, convivo con la pureza de la naturaleza, con la esencia de la vida. Entre tantas maravillas, el loto me captura y me llena el corazón. De tanto mirarlo, cautivado por su movimiento, termino escuchando sus susurros y reflexiono por momentos eternos en sus misterios y leyendas.
Al salir de la cabaña que está junto al agua, cada mañana, me detengo en el hermoso puente de madera vieja, percibo los rayos del sol y los sonidos de la selva, me inclino con respeto y sonrío a las flores que se cierran y duermen pacíficamente por las noches. Mis ojos se alegran al mirar cómo, entre las hojas flotantes de un verde intenso, se levanta elegante y ágil el loto blanco. Desde la primera vez que contemplé un loto, me robó un suspiro y me llevó sin saberlo a una profunda contemplación entre lo invisible y lo mágico que emana de su sutil presencia.
Es muy útil recordar que en culturas tan distintas como la egipcia, la india, la china e incluso la maya, el loto ha tenido un significado fundamental. Se asocia con la pureza, la abundancia y la felicidad.
Una de las más lindas leyendas que nos muestran el valor simbólico de esta flor nos llega desde Grecia, donde se cuenta que una hermosa mujer había huido atemorizada. Después de atravesar bosques y dificultades, llegó a un lugar llamado “Loto” y terminó hundiéndose en él. Sus perseguidores —los vicios, los conflictos y las adversidades— se lanzaron tras ella y se hundieron también. Los dioses habían destinado este lugar apartado y sombrío para aquellos que se perdían o fracasaban en la vida. Parecía que aquel que entraba en ese pantano maloliente estaba condenado a sufrir y perderse de la luz y la vida para siempre.
Sin embargo, la dama de nuestra historia luchó durante mucho tiempo. Fue valiente aun en la adversidad, encontró el coraje para avanzar y mantuvo el firme propósito de salir de allí. Su arduo esfuerzo y su constancia dieron frutos cuando al fin emergió transformada en una bellísima flor de largos y espléndidos pétalos. Tuvo que desarrollar una firmeza especial en su carácter y mantenerse siempre conectada a su auténtica esencia. Desde entonces, esta flor de “loto” se relaciona con la lucha triunfante. Con la capacidad de emerger donde el lodo abunda, sin perder la esencia.
Desde una perspectiva superior, un loto es un recordatorio de que podemos superar las adversidades que nos persiguen, que podemos mantenernos limpios y puros aun en las dificultades, y que incluso somos capaces de trascenderlas con voluntad cuando éstas parecen atraparnos.
¿Cuántas veces te ha perseguido la dificultad? ¿Cuántas te has sentido abrumada y quizá destruida? Y, sin embargo, si logras mantener la esencia en tu interior, terminas sobreponiéndote.
Estoy seguro de que muchos hemos sentido que estamos en un pantano, en un lodazal, atrapados entre las tristezas, las pérdidas y la rabia. Que hemos tenido momentos en los que sentimos que perdemos toda la fe, y nos envuelve una pesada oscuridad. No obstante, he conocido personas maravillosas que utilizando las herramientas adecuadas y generando los procesos interiores correctos han logrado salir de la dificultad no sólo con fuerza, sino más bellas, más sabias y más coherentes.
Esta flor es un poco mágica porque se manifiesta blanca y prístina donde parece haber sólo suciedad. Se cierra, duerme de noche, y por las mañanas busca la luz para brotar y abrirse al nuevo día. Sus hojas, flores, semillas y raíces tienen propiedades medicinales, y su belleza es contundente y poderosa al tiempo que discreta y dulce. Es una maestra, una guía en sí misma, un ejemplo a seguir.
Sé que dentro de cada uno de nosotros hay un loto, una parte pura de nuestra verdad interior. Una auténtica simiente de lo que somos, que puede brotar en todo su esplendor. Cada uno contiene belleza, medicina, poder y fuerza. Éste es un libro que nos guía para despertar cada aspecto de nuestro potencial interior.
El sendero del loto no es lineal, no consiste sólo en brotar y emerger con todo su esplendor. El loto tiene un proceso, tal como nosotros en la vida: inicia desde la semilla y poco a poco se nutre y se fortalece, en un recorrido similar al que hacemos cuando aprendemos algo nuevo y nos llenamos de recursos internos. Después, el loto debe empujar el lodo para salir a la superficie, como muchas veces lo hemos hecho al enfrentar un problema. Una vez que esta flor se encuentra fuera, el viento la mece, como cuando algunas circunstancias nos desequilibran en nuestras vidas. El loto también debe soportar el sol y las inclemencias del tiempo, por eso es indispensable que se mantenga bien sostenido en su tallo y raíz. Esa fuerza que lo distingue es lo que deseo para cada uno de nosotros, pues sólo cuando nos aferramos a nuestra esencia, a nuestra verdadera paz y a ese estado del SER, somos capaces de mantenernos bellos y abiertos frente a los más diversos entornos.
Por otra parte, el loto tiene que resguardarse por las noches, volver a su núcleo y alejarse del exterior. En nuestra vida, sin embargo, a menudo olvidamos la importancia de regresar a nosotros, bajar las persianas y adentrarnos en nuestra parte más silenciosa y pura.
El loto es en este libro una poderosa analogía de nosotros mismos, de nuestros procesos interiores, de nuestra manera de habitar el espacio y de la fuerza de emerger una y otra vez de la dificultad. Y lo más importante: hacer todo esto siendo bellos (como sólo cada uno es capaz de serlo), auténticos (en coherencia perfecta con nuestro interior), puros (en ese estado de limpieza que brota de la sonrisa de nuestro espíritu) y permaneciendo completos e íntegros, como un loto de seis pétalos.
Estas páginas son una propuesta de viaje a través de seis niveles de comprensión de la realidad, de seis peldaños evolutivos.
A lo largo de mi camino, he tenido el honor de compartir terapia con miles de personas, escuchar sus historias, acompañarlas en sus transformaciones y, sobre todo, aprender de su más valioso tesoro: su experiencia de vida. Dando cursos en las más variadas latitudes, he compartido la espiritualidad, la meditación y la reflexión con cientos de miles de personas y de todas he recibido, en las miradas, las sonrisas y sus presencias, significativos regalos. He podido VER la importancia de una vida ÍNTEGRA, de cómo cada familia requiere de todos sus miembros, igual que cualquier organización, por más grande o compleja que sea.
Redescubrí que todo tiene un lugar. Eso me ha llevado hasta este momento, convencido de que hay seis componentes vitales en cada ser humano y cada uno de ellos es clave para nuestra EXISTENCIA PLENA.
Comparto aquí estos seis pétalos a través de historias que te conectarán con la tuya. Porque las historias de los hombres son de algún modo siempre distintas, pero siempre parecidas. Al ir avanzando entre capítulos encontrarás ejercicios, reflexiones, meditaciones y afirmaciones.
Estoy convencido del poder de nuestras palabras. Son una herramienta mental y energética que te propongo introducir en tu vida. Todas son útiles y tienen una fuerza especial cuando las repetimos o las escribimos con atención y enfoque. Como todo gran hábito, se sustenta en la repetición y en la dedicación.
Si no estás familiarizado con este mundo, te preguntarás qué es una afirmación. Bueno, una afirmación es una frase, un enunciado positivo que se pule como una pieza de orfebrería para que sus palabras, su cadencia y su energía creen una vibración determinada. Es una creación que tiene como propósitos:
Crear un surco neuronal para producir un fortalecimiento positivo de una creencia. Generar un estado emocional constructivo y enfocado a una experiencia vivificante y saludable. Emitir una vibración para tu cuerpo sutil, de modo que las palabras, las emociones y la energía se potencialicen y produzcan un efecto muy lindo para ti.El efecto de las afirmaciones se fortalece cuando las repetimos, por ejemplo, ocho veces al día mentalmente. También se vuelven más útiles cuando las escribimos al menos tres veces cada día. Cuando escribimos pequeñas notas y las dejamos en lugares visibles: la computadora donde trabajas, el espejo donde te arreglas, la puerta de tu closet, tu oficina o espacio de trabajo. Incluso yo tengo en la pantalla de mi celular afirmaciones que me recuerdan y me conectan con un propósito determinado.
No se trata sólo de escribir, repetir o memorizar una afirmación, sino de hacerlo conscientemente. Son más útiles ocho repeticiones verbales o mentales en un estado de concentración, que treinta y cinco sin tu presencia o energía dispuestas o alineadas con la afirmación.
Sugiero que cada día utilices un máximo de tres afirmaciones, sobre todo en un inicio, cuando apenas las estás conociendo. Las personas que pretenden usar muchas terminan confundidas; las oraciones se diluyen y suelen perder su efecto, en lugar de contener la energía y la vibración.
De forma natural, las incorporarás a tu vida y se volverán parte de tu diálogo interior y exterior. Sucederá. Y llegará un momento en que brotarán cuando las necesites: acudirán a ti como un aliado.
Para facilitar tu conexión con las afirmaciones a lo largo del libro, las encontrarás destacadas al final de cada capítulo. Así podrás reconocerlas y emplearlas. Yo llevo más de veinticinco años usando afirmaciones y es una de las herramientas que utilizo con mayor regularidad. Me han dado grandes regalos.
Cada afirmación está conectada con el pétalo del capítulo, y cada una forma parte de una idea más grande. Es como si estuvieras entrenando tu cerebro para responder asertivamente en la vida. A nivel espiritual, le brindas a tu maravilloso ser opciones coloridas para brillar con luz y certeza.
Mi propósito es que este libro no sea sólo un texto rico e interesante, sino un lienzo de cuestionamientos, búsquedas y respuestas. Quiero que el tiempo que le dediques a este loto de los seis pétalos sea entrañable y que cada pétalo deje en ti enseñanzas y reflexiones.
Al avanzar en su contenido, descubrirás que en ocasiones me dirijo a ti, mi querido lector, en femenino, pues visualizo tu alma como la receptora de estos mensajes. Somos seres, más allá del género corpóreo. Por lo tanto, utilizo de manera indistinta los pronombres para hablarle a tu ser, a tu esencia o a tu alma. Mi objetivo es crear un puente y que aquello que encuentres navegando entre las páginas sea un referente, pero también un espejo. Que de algún modo se convierta en un llamado a tu esencia y, por supuesto, una guía de respuestas para tu mejor camino.
Te agradezco por leerme, por invitarme a tus espacios íntimos, por dar a mis palabras la oportunidad de acompañarte en este tiempo y permitir que lo bueno que aprendas se proyecte en tu vida.
Nada llega por casualidad. Esto es una invitación, un acompañante que te ayudará a crecer, a comprenderte, a reconocer los pasos bien dados y a reaprender lo importante.
El loto de los seis pétalos es más que un simple libro: es un canto a la esperanza, a la mejora, al florecimiento y a la plenitud en la que puedes vivir. Es un espacio que se crea cuando lo lees. Un aroma que penetra de a poco en tu ser. Una vida plena que se nutre en tu corazón. Es mi intención que todos los seres podamos florecer, desde lo que somos y lo que hacemos.
Quiero que recuerdes que muchas veces has estado atrapada en ese pantano sucio de culpas, apestando a creencias rancias, secuestrada en el lodo del victimismo, completamente perdida. Y todas esas veces que estuviste ahí, encontraste el camino para salir. Ahora es tiempo de mantener los seis pétalos sanos y radiantes, plenos y tranquilos, vivos y expandidos.
Por eso, este libro es también un reconocimiento a los miles de seres humanos que, viviendo en los tiempos complejos que nos han tocado, hemos tenido el valor de mantenernos firmes y coherentes, de ser auténticos (a pesar de no estar de moda, o no ser el prototipo de lo que ahora se estila). A todos aquellos que han vivido circunstancias terribles y tuvieron la paz y la certeza de que volverían a emerger. A esas mujeres incansables que brotaron de los infiernos y hoy ayudan a que otros puedan salir también. A los activistas que no pierden la fe, a los soñadores que creemos en un mañana luminoso. A todos aquellos que saben que el destino de un loto es emerger y cooperar con un mundo más bello y en paz.
Capítulo uno
Consciencia para sanar
Observarte para conocerte,conocerte para amarte, amarte para florecer...
FER BROCA
Por primera vez, sentí que la muerte era una posibilidad palpable. Ahí estaba yo, luchando por cada bocanada de aire con creciente desesperación. Mi boca se abría cada vez más, intentando inhalar la mayor cantidad de oxígeno, pero parecía que nada entraba en mi sistema. Sentía que mis pulmones se reducían a simples uvas expuestas al sol, deshidratándose poco a poco hasta convertirse en arrugadas pasas.
Todo había sido gradual. Algunos días antes había notado que la respiración me abandonaba con mayor frecuencia e incluso caminar se había convertido en un desafío. Los métodos que solía usar para recobrar el aliento parecían no surtir efecto. Con cada día que transcurría, la preocupación había ido creciendo hasta que, finalmente, mi cuerpo cedió y colapsé.
Mi madre me sostenía en sus brazos, mientras mi padre golpeaba la puerta del Seguro Social pidiendo con desesperación que me atendieran. Yo estaba al borde de perder el sentido; la oscuridad se estaba apoderando de mí de manera vertiginosa.
Desde mi nacimiento, fui un niño muy frágil. No lo digo en sentido figurado. Llegué a este mundo con apenas ocho meses y un peso extraordinariamente bajo para un recién nacido. Tenía un soplo cardiaco. Sí, era débil y mi fragilidad se evidenciaba de manera constante. Me enfermaba con facilidad, no podía salir a dar una vuelta a la cuadra para jugar al aire libre sin el riesgo inminente de pescar algún resfriado. Correr era un lujo que mi condición no me permitía, y la clase de educación física era una actividad vedada, ya que el aliento se me escapaba ante la menor de las exigencias. ¡Débil de nacimiento! Dado que mi capacidad para desenvolverme como lo haría un niño de mi edad era limitada, encontré refugio en la lectura y la observación. Me sumergí en mi propio mundo, creé un rincón cómodo al que no tenía muchas intenciones de renunciar.
Había sido un día de escuela normal en la secundaria. Después de las clases, unos amigos y yo habíamos planeado ir a deslizarnos en la pista de hielo. La estábamos pasando muy bien, jugueteando en la amplia pista blanca y lisa, todo eran risas y diversión... hasta que empecé a sentir que no podía respirar. Un ataque de pánico se apoderó de mí: a pesar de que inhalaba con fuerza, no lograba estabilizar mi respiración. Caí sentado en la pista de patinaje. Sólo veía bultos borrosos a mi alrededor. Me llevaron a la enfermería y, una vez que mi respiración se estabilizó, la madre de uno de mis amigos me llevó a casa.
A partir de ese momento me di cuenta de que durante las actividades físicas sentía que me faltaba el aire y respirar era una proeza. Algo había cambiado. Descubrí que esta condición no sólo se limitaba a las actividades deportivas; incluso tareas tan simples como subir escaleras me afectaban gravemente. Caminar hasta la escuela se había convertido en un esfuerzo agotador. Llegó un punto en que tuve que ser llevado al hospital, ya que no era normal que me sintiera tan mal ante cualquier pequeñez.
El médico me diagnosticó asma. En cierto sentido, el diagnóstico fue liberador porque me di cuenta de que tenía una “limitación real” en mi cuerpo. Sin embargo, para todo mal hay una solución y entonces descubrí el inhalador, maravilloso aparato que comencé a llevar conmigo a todas partes. Ese pequeño dispositivo expulsa un medicamento broncodilatador que llega hasta los pulmones y hace que suenes como si fueras Darth Vader; los asmáticos lo usamos para estabilizarnos cuando tenemos un ataque.
Por lo general, los ataques de asma provocan un miedo intenso. El pánico y una angustia indescriptibles crecen cuando no puedes respirar y sientes como si debieras inhalar todo el aire posible a través de un minúsculo popote. Tener un episodio puede resultar catastrófico y siempre te encuentras pensando en qué momento te dará un ataque o qué podría provocarlo. ¡Es muy agotador!
Pese a todo, tener el inhalador conmigo me daba la confianza para intentar nuevas cosas, como jugar soccer. De hecho, me gustaba jugar bastante, y con el inhalador de rescate a mi lado, volví a sentir cierta seguridad para practicar deportes que alteraban mi respiración.
Pasó un tiempo en que yo no sólo había logrado controlar sino incluso prevenir los ataques de asma con mi aparato. Era fantástico, pues tenía una vida más activa y eso se sentía maravilloso. Y entonces, cierta tarde, mientras estaba al cuidado de mis abuelos, salí a jugar en el parque que quedaba cerca de su casa. Estuve pateando la pelota por un rato antes de empezar a sentir que el aire se me escapaba. ¿Dónde dejé mi inhalador? Mi mente comenzó a sentirse confundida y empecé a perder la noción. Lo dejaste en la casa, me respondió mi voz interna. Si bien la casa de mis abuelos no estaba tan lejos, me di cuenta de que sería una distancia muy difícil de alcanzar en esa condición. Mis piernas comenzaron a fallarme y caminar se volvió una hazaña.
De repente, algo mágico sucedió. Incapaz de llegar caminando hasta mi resucitador, me acomodé en el suelo e imaginé que estaba utilizando el aparato. Visualicé su peso en mi mano y lo puse sobre mi boca; simulé el proceso de uso y escuché en mi mente el sonido del broncodilatador liberándose en mi garganta. A pesar de no tener el inhalador en mi poder, pude percibir la sensación de alivio que normalmente me brindaba. Fue así como logré controlar un ataque de asma por primera vez mediante el pensamiento. Regresé al campo y continué jugando.
Pasó un tiempo antes de que volviera a sentir que el aire me faltaba. Lo tomé como una señal para poner a prueba mi capacidad. Aunque tenía mi inhalador cerca, por si acaso, quería comprobar si podía usar una vez más esa fuerza mental para ayudarme. Me detuve en seco y empecé el mismo ritual, actuando y visualizando el uso del inhalador en mi mente. Para mi sorpresa, funcionó por segunda ocasión.
Con el propósito de continuar experimentando con el poder que estaba en mi cabeza, empecé a olvidar mi inhalador de manera deliberada. Consideré que caminar un par de cuadras desde la casa de mis abuelos hasta la cancha de futbol del parque no debería ser un problema. En caso de no poder controlarlo, podría regresar por el aparato sin poner en riesgo mi bienestar. Me negaba a recurrir al inhalador, así que lo dejaba olvidado cada vez más. Es posible que hubiera terminado por usarlo si lo hubiera llevado conmigo. Sin embargo, al no tenerlo, mi única opción era enfocarme en mi respiración y controlar los ataques con la ayuda de mi mente.
No fue sino hasta que crecí que comprendí que mi condición estaba en gran medida relacionada con las emociones. En realidad, la mayoría de las enfermedades están conectadas con nuestros estados de ánimo. Aunque en ese momento no lo comprendía, unos años después, cuando tomé el curso “consciencia consciente” y actué al respecto, lo pude sanar.
A partir de entonces, logré controlar los ataques hasta el punto en que se volvieron casi inexistentes. Puedo asegurar que gracias a ese poder mental y a la firme creencia de que lo que experimentaba en mi mente era real, sólo he tenido tres crisis fuertes de asma en las últimas tres décadas.
Al reflexionar, puedo darme cuenta de que estas crisis se activaban en respuesta a una sensación de abandono. Descubrirlo fue como un golpe de la vida en pleno rostro. El día en que comprendí por qué se desencadenaban, nos encontrábamos en una peregrinación con algunos de mis alumnos en el Camino de Santiago. El lugar era húmedo y se cree que la humedad puede afectar las condiciones respiratorias. No obstante, la humedad está relacionada con la tristeza, y ésa es la razón por la que pueden experimentarse ataques en entornos así.
Una de mis estudiantes me observó mientras luchaba por controlarme; habían pasado varios años desde la última vez que me había sentido de esa manera. Ella se acercó para hablar conmigo. Todos sabemos que compartir nuestros pensamientos hace que sea más fácil identificarlos: al verbalizarlos, nuestras neuronas crean una fuerte conexión y la comprensión se aclara. Durante esta peregrinación me sentía con mucha responsabilidad, temía no ser suficiente. No estaba seguro de si les gustaría lo que había planeado o si aceptarían los aprendizajes propuestos, lo que a su vez se relacionaba conmigo. Si no les gustaba lo que yo ofrecía, abandonarían el proceso. En ese momento me di cuenta de que mis ataques asmáticos pasados habían estado impulsados por la misma emoción de rechazo. El momento en que sentí tristeza y profundo abandono tras una ruptura amorosa juvenil. O cuando mis padres se separaron. Y, más atrás, cuando me dejaban en casa de mis abuelos “abandonado”, siendo yo pequeñito.
¿Te das cuenta? En estos tres episodios la constante era la emoción.
SENTIMIENTO DE ABANDONO
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TRISTEZA EXTREMA
ATAQUE DE ASMA
Después de mucha introspección y reflexión me di cuenta de que mis problemas respiratorios habían surgido ante la creencia de que mi mamá me estaba abandonando. Ésa era la raíz de todo. Y quiero que sepas que la figura materna representa la vida y que el acto de respirar está simbolizado por la madre. Es común que un niño que siente que se ha separado de su madre y ha sido abandonado por ella presente problemas respiratorios. Sin embargo, quiero aclarar que mi mamá nunca me abandonó, ni me dejó porque no me quisiera o algo así. Probablemente ella ni siquiera lo haya percibido de esa manera. Cada persona tiene derecho a interpretar las situaciones como mejor le parezca, pero eso no implica que esa interpretación sea la única verdad. Recuerda que existe tu percepción, la de la otra persona y la verdad, que es inaccesible, en realidad, porque la versión que reside en tu mente será la que consideres como definitiva. Pero el hecho de que sólo puedas ver una cara de la moneda no significa que la otra no exista.
Mi mamá se vio en la necesidad de tener que dejarme un poco de lado debido a sus responsabilidades laborales. Entiendo que era fundamental para ella que no me faltara nada mientras crecía. Para mí, por otro lado, era esencial que mi madre estuviera presente en cada momento de mi crecimiento. Con el tiempo, empezó a llevarme con más frecuencia a la casa de mis abuelos para que no estuviera solo. Aun cuando ella buscaba asegurarse de que tuviera todo lo esencial, yo interpretaba sus acciones como si me estuviera abandonando (ahora puedo ver que a ella también le dolía y que lo hizo desde el profundo amor por mí).
Cada persona experimenta una realidad interior, que puede o no ser cierta. Sin embargo, tal como tú simbolizas un evento o experiencia, así lo vives. Y debemos aprender a validar lo que sentimos. Pero también debemos erradicar la fácil conducta de culpar al otro por nuestro sentir. Me resulta indispensable remarcar que tu realidad interna es válida para ti. Pero no es la única realidad posible.
Algunas veces puedes sentir que el otro te desprecia, pero lo que te hiere tal vez sea más tu falta de estima a que el otro esté haciendo algo deliberado para herirte. El día en que experimenté mi primer ataque de asma consciente en la pista de patinaje fue una época en la que mi mamá tenía un trabajo extremadamente demandante y no la veía más que pocos minutos al día.
Me gustaría hacer un pequeño paréntesis para hacer hincapié en que no culpo a mis padres por lo que pasó en mi infancia. Yo los amo y los honro. Lo que sucedió es que Fer chiquito experimentó un abandono; a sus ojos, su mamá lo abandonaba cuando ella salía a buscar una estabilidad para su familia. En la mirada de Fer niño, su papá no podía percibir un hijo varón que no fuera atleta y por eso lo decepcionaba, pero en la actualidad me doy cuenta de que no era así, mis papás lo único que hicieron fue amarme de la manera en la que creían conveniente para criarme, de la manera en la que ellos sabían. Mi intención nunca será hablar mal de ellos ni de lo que vivimos juntos, les agradezco todas las enseñanzas y todo el amor.
Volviendo al tema de mi padecimiento, en cada ocasión que yo sentía que estaba a punto de defraudar a alguien, que decepcionaría o que no sería suficiente para evitar que las personas me abandonaran, sufría episodios asmáticos. Durante los últimos años de mi vida sólo he experimentado un ataque de asma que no he podido controlar mediante la meditación, esa ventana que me proporciona la seguridad y el amor que siento que me hacen falta. A pesar de que sé cómo manejarlos, soy cauto: siempre viajo con mi inhalador. No quiero pensar qué podría pasar si no hay un hospital, una enfermería o una farmacia cerca, aunque debo mencionar que ya han pasado varios años desde mi último episodio.
Durante la peregrinación por el Camino de Santiago tomé una decisión que cambiaría mi perspectiva en relación con mi asma. Me propuse observar esta afección desde una nueva óptica, preguntándome profundamente: “¿Por qué ocurre esto? ¿Qué mensaje lleva consigo mi enfermedad?”. Asumí el compromiso de no juzgarme por tener esta condición, al igual que no juzgaría a la enfermedad en sí misma. Mi objetivo era entender la razón detrás de su existencia, por la que se manifestaba en mi cuerpo. En ese momento ya estaba familiarizado con la trayectoria de la enfermedad y sus raíces. Había aplicado mis conocimientos para ayudar a varios pacientes, pero había omitido realizar el mismo proceso conmigo, un aspecto que había escapado a mi atención.
Luego de unos días de introspección profunda y caminatas por el sendero, logré identificar un patrón revelador. El asma, en realidad, me brindaba la oportunidad de ser vulnerable, me permitía reconocer y aceptar mi fragilidad en lugar de negarla. No necesitaba actuar como un fuerte muro de contención. En un momento de autoafirmación, coloqué ambas manos en mi pecho, justo donde late mi corazón, y recité amorosas afirmaciones: “Te amo”, me dije con convicción. Esta simple declaración generó en mí una sensación similar a la de usar el inhalador. Otra afirmación que repetía con cariño era: “Nunca te abandonaré”. Esta frase seguirá resonando en mi mente, recordándome el camino que he recorrido y la fortaleza que he construido.
La experiencia en el Camino de Santiago marcó un punto crucial en mi vida. Aprendí que abrazar la vulnerabilidad y ofrecerme amor y apoyo interior eran pasos esenciales para enfrentar mi condición. El camino no sólo me llevó a lugares físicos, fue también una travesía de autodescubrimiento y sanación profunda.
Durante dos décadas me dediqué a dar clases y a acompañar en sus procesos de sanación a un centenar de personas mes con mes, de forma individual. La pandemia, sin embargo, marcó un punto de inflexión que me llevó a interrumpir mis consultas y a cambiar mi enfoque hacia la enseñanza.
A lo largo de los muchos años que pasé en mi consultorio fui testigo de un aprendizaje inmenso gracias a mis pacientes. En sus historias y experiencias pude vislumbrar verdades que a menudo son rechazadas o subestimadas por la mayoría. Por ejemplo, observé cómo un acto de perdón podía liberar años de enfermedad acumulada. Presencié cómo las emociones podían convertirse en causas subyacentes de enfermedades si no se atendían. Aprendí que, al desentrañar las raíces de esas emociones, uno podía lograr la curación de dolencias crónicas. Fui testigo de cómo un simple gesto simbólico podía transformar un dolor profundo y cómo una ceremonia bien dirigida podía liberar años de traumas y catalizar cambios físicos reales.
Motivado por el deseo de acelerar y suavizar los procesos de sanación para mis pacientes, dado que desenterrar emociones y traumas profundos puede resultar complicado, decidí ampliar mi formación. Me sumergí en el estudio y la práctica de diversas disciplinas terapéuticas, como la hipnosis y la programación neurolingüística. Aprendí sobre constelaciones familiares y otras técnicas complementarias. Estaba decidido a ofrecer un enfoque holístico y efectivo en mis consultas. La gratificación llegó cuando vi a innumerables personas salir con mejoras notables tras las terapias que les brindaba. Esta evidencia sólida me confirmó con absoluta certeza que el cambio energético y la transformación de patrones de pensamiento no sólo eran posibles, sino clave para cambiar el rumbo de la vida.
Por esta razón, pongo a tu servicio algunas preguntas y ejercicios a lo largo del libro. Te permitirán indagar en tu interior, conocerte mejor, descubrir algunos patrones y, además, acercarán a tu vida herramientas y procesos para sanarte. Cada cuestionamiento aquí descrito es una llave que abre tus puertas a la reflexión y al crecimiento. Aunque algunas preguntas podrían parecer similares, cada una tiene un proceso muy especial: al avanzar en los capítulos, sutilmente vamos comprendiendo aspectos que complementan las ideas. Así, lo que mueve la pregunta en el capítulo uno será distinto a lo que hará la “misma pregunta” en el capítulo cuatro.
Estoy seguro de que las historias y los ejercicios que aquí presento irán más allá de tu consciente para sumergirse en las profundidades de tu ser y mostrarte una vía de superación, crecimiento y plenitud. Estoy seguro de que tienes el anhelo de una vida dichosa, abundante y satisfactoria para ti y los tuyos. Aprender sobre nuestros cuerpos y sobre nosotros mismos es un paso necesario para alcanzar ese objetivo.
