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La vida está llena de momentos luminosos, pero también de desafíos que ponen a prueba nuestra fortaleza. A veces, las dificultades parecen acumularse: la pérdida del trabajo, una crisis económica, la enfermedad de un ser querido, el agotamiento emocional. Todo sucede al mismo tiempo, generando una sensación de caos y vulnerabilidad que nos sumerge en lo que Fer Broca denomina la noche oscura del alma. En este libro, el autor nos ofrece un acompañamiento amoroso para comprender y atravesar estos periodos de incertidumbre. Con claridad y sabiduría, nos ayuda a reconocer cuándo estamos en una noche oscura, cómo debemos afrontarla y qué enseñanzas podemos extraer de ella. A través del tarot y otros recursos espirituales, nos guía en un proceso de introspección y crecimiento personal, y nos demuestra que, incluso en la tormenta, tenemos herramientas para recuperar la calma y encontrar sentido en medio de la oscuridad. La noche oscura del alma no es el final, sino una invitación a descubrir la luz que emerge después del caos y la transformación que nos espera al otro lado.
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Seitenzahl: 253
Veröffentlichungsjahr: 2025
Introducción
Un ave se encuentra segura en su nido, protegida bajo el resguardo del árbol. Pero el destino y la grandeza del ave brotan cuando aprende a volar. Algunas abren sus alas y se desplazan guiadas por sus madres. Otras, sin embargo, se ven obligadas a volar cuando la rama cae, cuando el tronco del árbol se parte y no queda otra salida: su única opción es lanzarse al vacío y abrir su envergadura, aun cuando el miedo a lo desconocido turba su ser...
Tal como las aves en los vuelos ligeros, que planean sin esfuerzo y parecen avanzar sin preocupación, las etapas agradables en la vida son fáciles de recorrer. Cuando todo está bien, te sientes entusiasmado, encuentras personas alrededor que te acompañan, sabes cuál es el camino que quieres recorrer, tus objetivos son claros, tu mente está relajada y avanzas con confianza. Es tan bello como ir al parque en un día soleado y pasear relajadamente con tu pareja, tu familia o tu mascota. En ese momento, nada te preocupa, tu sensación es que la vida es buena y vivir es fácil. Además, disfrutas de lo que te rodea y surge en tu interior un pequeño brillo, un destello. Respiras profundo y te llenas de esa energía positiva, constructiva y esperanzadora. Todo está bien.
Sin embargo, en otros momentos el tiempo es gris y la lluvia cae, y debes mantener el vuelo pese al frío: ésas son las etapas difíciles de las que no se habla. Las ocultamos, las evitamos y les tememos. Todo parece decaer y las circunstancias se combinan para crear el mayor desastre posible. Pierdes la motivación, te encuentras perdido, cansado, solo, abatido, frustrado, por momentos furioso y, a ratos, a punto de rendirte. Tu mente se vuelve tu enemiga, tus pensamientos te ahogan y te encarcelan entre barrotes de pesimismo. Te sientes aplastado, derrotado, sin saber a dónde ir, y esas sensaciones parecen no tener fin.
Me refiero a las situaciones en que pierdes el trabajo o una relación de pareja, y de pronto se desata una avalancha: otros elementos de tu vida que parecían estar bien comienzan a colapsarse. Entras en crisis financiera, se descompone tu auto, tu vida parece atascarse en un espeso fango que te impide realizar cualquier movimiento. Todo se torna oscuro, como si la luz te hubiera abandonado. El ambiente se vuelve pesado y comienzas a experimentar una poderosa sensación de soledad, desesperanza, incapacidad de salir.
Yo lo experimento como un pozo en el que vas cayendo, constante y lentamente. Parece que estás en un descenso infinito: primero, sientes la pérdida de algo importante; luego, la soledad y más pérdidas. Emocionalmente, comienzas a secarte; mentalmente, entras en un caos terrible. El pozo te va engullendo y, cuando parece que ya nada podría empeorar, algo insospechado hace todavía más difícil tu situación. En medio de esta vorágine, lo verdaderamente complejo es que tu interior también se oscurece. Tu propio autoconcepto te derrota, tu visión languidece, y te vas sumiendo y perdiendo cada vez más. Te sientes envuelta en una caída en la adversidad donde se mezclan viejas heridas, miedos inconscientes, eventos puntuales y palpables. Además, al final de esa caída en tu pozo interior, existe una cueva húmeda y fría, aún más profunda, en la que te pierdes, y eso hace que la catástrofe se intensifique.
De pronto, dejas de ver lo que te rodea y olvidas lo bueno que sí hay. Entras en modo fatalista. Te pones unos lentes que sólo te permiten ver lo malo, lo grave, lo feo, lo terrible. A veces, somos nosotros mismos quienes alimentamos la tormenta desde nuestro interior. Suele ocurrir que nos quedamos solos, nuestra red de apoyo no parece tan cercana y a los pocos que tenemos cerca los rechazamos, los agredimos y los alejamos por nuestra energía interior. Y ésa es la manera en que corroboramos nuestra terrible situación.
Ahora, pon mucha atención. Es fundamental que comprendas dos cosas:
1. La vida tiene ciclos. Todo en la vida forma parte de un proceso.
2. Las tormentas siempre pasan. Y sólo hay dos resultados: salir fortalecido o derrotado.
La vida tiene ciclos y miles de días hermosos, pero también nos presenta noches terribles, frías y solitarias. Noches en las que perdemos la esperanza y nuestra ilusión se consume. Tanto las veredas bordeadas de flores bajo la luz tibia del mediodía como las terribles ventiscas frías en una tarde lluviosa son parte de la vida.
Si te ha tocado transitar mayormente los caminos abiertos, te felicito, eres muy afortunado, y deseo que así lo sigas siendo. Pero es útil que tengas presente que algunas veces te tocará atravesar la adversidad y quizá ya has tenido algunos periodos de caos. Tal vez contaste con muchas herramientas para salir adelante y es posible que tu red de contención (familia, amigos, pareja, grupo de crecimiento) te haya acompañado tan amorosamente que el duro trayecto fue menos impactante.
Quizá la vida te ha cobijado bajo un clima benévolo: por karma, algunas personas tienen el regalo (bien ganado y merecido) de llevar vidas más ligeras, como si navegaran en el mar del Caribe, con algunas dificultades cotidianas, pero poco más. O quizás has tenido que atravesar el impresionante Atlántico norte, con sus olas gigantes, sus aguas heladas y sus furiosas tormentas que te curtieron como marinero experto hasta llegar al Caribe. En mi andar, he recorrido muchos mares y acompañado a decenas de miles de personas en sus rutas, y casi siempre, en mayor o menor intensidad, han atravesado la noche oscura.
Pero también estamos los que hemos tenido que afrontar largas y pesadas circunstancias, dolores emocionales que no parecen cesar. Problemas que se muestran interminables... y que duelen y, a veces, matan. Una catástrofe total, un huracán que arrasa todo a su paso, acompañado de una tormenta eléctrica cuyos truenos asustan y paralizan. Además, este caos nos embiste en un pequeño barco que acaba de zarpar, cuyas velas están recién reparadas tras una tormenta anterior, y nos toma desprevenidos, vulnerables e inexpertos. Para hacer más terrible la experiencia, nos encontramos solos, no conseguimos ver la costa, las comunicaciones han quedado interrumpidas por completo, tenemos el corazón roto, un severo problema estomacal y la moral baja...
Entonces, sí, la crisis es total, nos asusta mucho, se vuelve casi insoportable, y queremos tirarnos del barco o cruzar de golpe el huracán. Queremos que termine ya la pesadilla. Nos enojamos, rezamos, lloramos, nos encerramos, queremos dormir para que el tiempo avance, gritamos y, luego de un rato, nada cambia. Es más, parece que empeora. Pasamos un tiempo al filo de quebrarnos, tirarlo todo, abandonarnos, perder la batalla. Y tan sólo seguimos adelante en esa noche oscura que parece infinita y nos tortura, nos consume, nos desgasta...
Yo he estado allí, sé lo que se siente el abandono más profundo, la soledad que quema, la frustración al ver que nada de lo que haces funciona. La decepción de pensar que lo vivido no tiene sentido. La rabia frente a la injusticia. El doloroso lamento que brota desde tu interior como un grito: “¿Por qué a mí?”. Conozco esa sensación de incomprensión, cuando tus esfuerzos parecen acciones vanas e inútiles, cuando ese dolor, hondo, frío, desconsolador, es tan profundo que a veces prefieres la muerte.
Si ahora mismo te encuentras dentro del pozo del dolor y la incertidumbre, si mientras lees estás sintiendo lo que aquí yo escribo, quiero pedirte que me permitas tomar tu mano a la distancia. Puedes estar seguro de que estas páginas serán una brújula que te mostrará el camino de regreso al bienestar y a la armonía que mereces vivir.
Este libro es una guía para conocer y navegar los tiempos oscuros: te enseñará cómo aprender de ellos y atravesarlos cuando aparezcan en tu sendero. Te ayudará a comprender cómo se originan estas tormentas tanto en tu entorno como en tu interior. Es un viaje hacia la consciencia, el valor, la compasión y la paz. Aquí, también hallarás claves para reconocer la noche oscura, prácticas para no adentrarte en ella, consejos para atravesarla con la mayor armonía posible y para comprender algunos elementos esenciales: ¿para qué te pasó?, ¿qué sentido tuvo tanto dolor? y ¿cómo podemos hacer de la noche oscura una semilla hacia una vida mejor?
Éste es un libro sobre los retos más desafiantes de la vida, pero no habla de lamentos, ni de drama personal. No es un libro de derrotas. Es un relato de dignidad, de voluntad, de marineros osados, de barcos valerosos que se enfrentaron al océano, de relatos que inspiran y de cómo la oscuridad pasa, siempre pasa. Y cuando somos valientes, esta oscuridad nos deja aprendizajes e, incluso, nos abre nuevas puertas.
Estos capítulos van dedicados a ti, mi querida lectora, me dirijo a tu esencia, a lo más profundo de tu ser, y por eso elijo en algunas ocasiones dirigirme a ti en femenino. A ti, que estás conmigo después de haber pasado por etapas oscuras y por tiempos hermosos. A ti, que no moriste en la tormenta ni te quedaste en el pozo. A ti, que estás luchando por salir de allí. A ti, que siendo valiente y consciente atraviesas la noche oscura. Y también a ti, que tienes una buena vida y quieres ser consciente y crecer.
Capítulo 1
Hacia lo profundode la noche oscura
En la misma noche, me quedé sin casa, sin escuela, sin abuela, sin hermano, sin vergüenza, sin comida y sin mamá... Quiero compartir contigo mi historia.
Todos hemos tenido momentos duros, periodos de crisis, circunstancias adversas. Una noche oscura es esa rara mezcla de dificultades que se atraen o se tejen unas con otras, hasta crear una especie de telaraña de malos augurios que te atrapa.
He pasado por muchas noches oscuras, pero esto no significa que mi vida haya sido mala. En ocasiones, he observado cómo el sufrimiento puede convertirse en una especie de rivalidad y me molesta un poco cuando la gente compite por tener la peor vida, en esa falsa creencia de que cuanto más terrible ha sido la vida, más evolucionada o mejor persona es alguien. Como si el sufrimiento fuera el maestro y el más sufridor, su mejor alumno. Contundentemente, digo no. Hay gente que sufre mucho y mucho, y más... pero no aprende, así que el sufrimiento es en vano.
Algunas de las personas más hermosas que he conocido han atravesado por momentos muy duros, crisis y adversidades en verdad complejas. Pero lo que nos enseña no es el dolor, ni las complicaciones, ni el sufrimiento... sino lo que elegimos hacer con esa experiencia.
Varios momentos en la historia de la humanidad nos han demostrado lo anterior. Por ejemplo, aquellos que se enfrentaron a los campos de concentración: una terrible noche oscura que duró años para millones de personas, una catástrofe que causó dolor por dos generaciones. Y no sólo fue perpetrada contra el pueblo judío, sino contra los gitanos, los homosexuales, los comunistas, los discapacitados y muchos grupos más. Y a todos ellos honro en su íntimo y muy válido dolor.
Entre los millones de supervivientes hubo millones de formas de experimentar, padecer y atravesar esta experiencia. Algunos se quedaron en la noche oscura, aun después de salir de los campos de concentración: inmersos en su dolor, en su tragedia, y —aunque libres— permanecieron cautivos de su pasado. Otros decidieron emprender una vida nueva: se alejaron de sus tierras de origen y olvidaron su idioma y sus costumbres para reinventarse. Algunos se volcaron a ayudar a las víctimas y dieron un giro a su vida, cooperando con sus semejantes. También hubo quienes se centraron en la venganza, la justicia y el odio, y eligieron perseguir y hacer su propio ajuste de cuentas. Algunos grupos de artistas tomaron la desgracia y la convirtieron en inspiración, en belleza, en creaciones estupendas. Otros escribieron relatos muy duros, testimonios que transmiten lo más complejo de la condición humana. Sin duda, también se encuentran los que fundaron nuevas agrupaciones e incluso formaron un país, y quienes —como el doctor Frankl— emplearon el dolor para darle sentido a la vida e inspirar a millones de personas.
Tuve la fortuna de conocer hace unos años a una mujer que padeció esos campos de concentración. Ver su marca en el brazo me impactó y me conmovió hasta las lágrimas. La imagen de ese encuentro es muy hermosa: ella estaba en un jardín, con sus cabellos blancos, sus pequeños zapatos de abuelita y su buen humor, con una actitud conversadora. Y disfruté platicar durante el breve encuentro con ella. Tras setenta años desde su trágica noche oscura, no quedaba victimismo ni lástima. Compartió todas sus vivencias de forma sencilla, me mostró su tatuaje en el brazo y continuó la conversación sobre cosas simples y cotidianas, sin detenerse ni un instante en su dolor. Habló de sus hijos, nietos y bisnietos, del jardín y del pastel que estábamos disfrutando por mi cumpleaños.
Te lo cuento porque quiero dejarte aquí una clave de vida:
El dolor no enseña, el sufrimiento no es un maestro.
Aprendemos de lo que elegimos hacer con nuestro dolor o sufrimiento.
Por eso tomo la tragedia de los campos de concentración como un punto de partida. La noche oscura se presentó para millones y millones de personas. Se prolongó por años y causó mucho dolor. Tragedias inmensas, millones de muertos, pero muchos supervivientes también. Entre los supervivientes, una parte importante superó esa pesada tragedia. Considero importante preguntarnos: ¿qué elegimos hacer con el dolor? ¿Lo volvemos un poema y le cantamos, o forjamos una cadena de pesados eslabones que nos condenan a permanecer atados a él?
Para contestar estas preguntas, iremos poco a poco. En los siguientes capítulos navegaremos los océanos del miedo con velas de esperanza; recorreremos laberintos, cuevas y lugares tenebrosos con una linterna de consciencia y fortaleza interior. Quiero primero explicarte con sumo detalle en qué consiste la noche oscura. Luego, comprenderemos cómo llegamos a ella. También relataré con claridad ejemplos e ideas para reconocer si estamos —o estuvimos— allí, y me valdré de recursos simbólicos como el tarot y metáforas poderosas para mostrarte cómo se recorren estas complejas fases.
He estructurado este libro en etapas, y te compartiré cómo aceptar, enfrentar, resolver, atravesar y vencer cada una de ellas. Ten presente que padecer la noche oscura no es lo mismo que atravesarla, y aprender de ella no es lo mismo que cargarla. Tú puedes sufrir un problema financiero y quedarte allí, sepultado, aplastado por su peso... o puedes atravesarlo, ir resolviendo, sintiendo cómo, poco a poco, el peso se diluye y avanzas, aunque te cueste trabajo y el problema se componga de muchos detalles por solucionar y por momentos parezca que nada se mueve. Ahora, imagina que aprendes de esta difícil situación y, entonces, no sólo te lamentas de lo dura que fue y de lo caótico que resultó salir de allí, sino que aplicas lo que has aprendido y tomas medidas para no volver a caer. No sólo la cargas, sino que sigues adelante y generas cambios favorables que te conducen a una vida mejor.
Al principio de este capítulo te contaba cómo en una sola noche, cuando apenas tenía veinte años, me quedé sin casa. Yo era un joven estudiante de reiki y estaba cursando la universidad, mi vida parecía estable, pero, de pronto, ya no pude volver a ese lugar que siempre me habían dicho que era mi hogar. Me quedé sin escuela, apartado de mi hermano, sin comida y sin medio de sustento, sin vergüenza, sin mamá... Y fue terrible. Todo esto se generó por decisiones que tomaron mis padres, que arrasaron como una bomba nuestras vidas y nos arrojaron hacia un vacío insondable. Para mí, fue una muerte. ¿Alguna vez te ha tocado ver cómo todo se pierde? ¿Cómo tu vida se desmorona y se precipita hacia un abismo en un instante? Eso fue lo que me pasó.
No tenía a dónde ir, ni a quién acudir. Esa noche intenté, sin éxito, suicidarme. Vagué por la ciudad envuelto en una especie de pesadilla. Después de algunos días, decidí vender unos calendarios que ocasionalmente me dejaban algo de dinero, y logré comprar comida. En esas semanas, pasé hambre de verdad. Para dormir, conseguí una habitación en un hotel en la calle de San Pablo, en el centro de la Ciudad de México, donde mayormente trabajaban las prostitutas. Estaba hundido por completo en mi dolor, sin más ropa o posesiones que lo que traía puesto, y con una soledad tremenda. En medio de toda esta terrible realidad, sólo me acompañaba mi novia. Era mi ilusión poder verla y, de alguna forma, era la lucecita que no se apagaba entre tanta oscuridad. Pero en esos días terribles me fue infiel y me dejó. Y se me apagó toda la luz.
Sé que quienes han vivido esto comprenden muy bien la sensación: cuando todo parece ir mal, te aferras a eso otro que queda, aquello que consideras tu salvación. Pero, de pronto, esa tabla de salvación también desaparece. Es como la gota que derrama el vaso y, entonces, todo tu dolor, tu frustración, tus cargas, tus ansiedades se desbordan.
Por supuesto, pasó por mí la idea del suicidio otra vez, y con más fuerza. Las vías del metro fueron mi primera opción, pero pensé en el dolor que le causaría a mi hermano. Hoy lo escribo y agradezco en verdad haberme quedado en la vida.
Estaba perdido, sin apoyo de ningún tipo, sin dinero, trabajando muchísimo, cargando mucho peso en la espalda, sucio, sin poder ir a la escuela, sin casa ni contacto con las personas más importantes para mí, y con el corazón destrozado. Me encontraba resistiendo y mi único propósito era sobrevivir. El peor momento fue cuando logré vender unas playeras con publicidad que me dejarían algo más de ingresos: ya me habían dado el anticipo y, cuando fui a recogerlas, me di cuenta de que tenían mal una letra. Mi trabajo estaba echado a perder, no me las pagarían, y no tenía dinero para hacer más. Fue uno de los peores momentos de mi vida.
Me recuerdo en la esquina de la calle de Moneda, agotado por cargar las playeras, con hambre, solo —muy, muy solo—, con el corazón apachurrado, sin dinero para el metro, lo que significaba que tendría que caminar unas largas cuadras con el peso de un trabajo que no pagarían... y entonces, comenzó a llover. Eso fue mi derrumbe.
Me senté sobre las bolsas con playeras y lloré, lloré mucho, por todo lo que me estaba pasando, por la injusticia que yo percibía de la vida. Sentí ese agujero en el que te vas hundiendo, esa tristeza que te devora. La rabia brotaba por momentos, pero era tanto el dolor del alma que no podía levantarme. La gente que pasaba corriendo a mi lado, cubriéndose de la lluvia, me miraba con sorpresa. No los culpo, estoy seguro de que parecía algún tipo de vagabundo.
Dentro de mí, estaba en una batalla con la vida, con Dios, con el mundo y con las circunstancias. Lo viví como una completa injusticia: ¿qué culpa tenía yo de los actos de otros?, ¿por qué tenía que pagar los platos rotos de quienes se suponía que debían cuidar de mí? Porque todo tenía raíz en las decisiones de otros, que yo no compartía, y esas decisiones me estaban rompiendo sin ninguna razón, me tenían en esa horrible situación. Si no abundo más en la historia con detalles, es porque quiero cuidar a las personas que amo. Y si bien es cierto que cometieron errores que aún siguen doliéndonos, hemos elegido el perdón y la paz entre todas las partes.
Tenía veinte años recién cumplidos, soñaba con escribir, con ir a la escuela, con bailar salsa y disfrutar de una vida linda... Muy lejos de todo eso, me encontraba allí: más perdido y destrozado que nunca. En esa esquina, que aun ahora me hace suspirar, sentí la ausencia de todo, la soledad infinita y un pantano interior que me devoraba y, a su paso, aniquilaba toda esperanza e ilusión.
¿Alguna vez has llorado tanto que se te acaban las lágrimas? En ese momento, me quedé sin lágrimas. El agua que corría por mi rostro mantenía el flujo constante del dolor. El frío que me rodeaba era compatible con mi frío interior. La humedad que se colaba hasta mis huesos era la misma que brotaba desde mi corazón, arrugado y débil.
Se hizo tarde y la calle se vació. El tiempo pasó, lento, y siguió pasando, como si los minutos fueran arrastrando pesadamente cada uno de sus segundos. La lluvia se fue atenuando y las luces del alumbrado público se encendieron. Luego del profundo dolor y de la larga e inútil espera, vino algo de claridad para mí. Debo seguir. No me puedo quedar aquí toda la noche. No puedo paralizarme por el error en las playeras. Hoy no voy a cenar tampoco. Y nada de lo que me duele se va a resolver porque me quede aquí, pensé.
Así que me levanté, no con ganas, no por sabio, no por valiente. Me levanté porque era lo único que podía hacer. Agarré las bolsas de plástico mojadas, me las eché en la espalda y caminé sobre Correo Mayor, entre los charcos y las farolas encendidas. Seguí adelante.
Pasé dos semanas —diecisiete días exactamente— en esa condición, la noche fue oscura y muy larga. Todo se fue moviendo, aunque no con la velocidad ni con la intención que yo tenía. Poco a poco, una velita se encendió por allá y un foco me iluminó un poco en otro rincón... Y así, entre penumbras, atravesé ese periodo. No fue fácil, ni instantáneo. Fue un proceso del que aprendí mucho, una etapa que llevo tatuada —y a la que le siguieron muchas más pruebas—, un desafío que parecía no tener fin. Pero hoy estoy aquí escribiendo porque finalmente pasó. O quizá porque pasó estoy aquí escribiendo estas páginas.
Desde ese momento, he pasado por otras etapas difíciles y complejas. He estado deprimido y he perdido algunas veces más. Sin embargo, con el paso de los años entendí que lo importante no es el dolor ni la crisis, sino lo que elijo hacer con eso. No importan las lágrimas derramadas, sino lo que aprendes de ese sufrimiento. No importan las circunstancias duras, sino lo que desarrollas en ti para sobreponerte. Y no sirve echar culpas, hacer juicios, sentenciar a los otros o victimizarte.
El haber atravesado adversidades —que no son ni mayores ni peores que las que te han tocado a ti— me permite ser empático y reconocer lo que se vive desde los zapatos de quien está experimentando dificultades. No obstante, lo más poderoso, lo que yo puedo aportar a tu vida a través de este libro, es lo que aprendí y lo que he sido capaz de observar en las personas a quienes he acompañado en su noche oscura. Por supuesto, es indispensable para este libro la comprensión de las noches oscuras de Jesús, Buda, Mohamed, Dalái Lama, san Francisco de Asís, Mahatma Gandhi, Nelson Mandela, Hildegarda von Bingen, sor Juana Inés de la Cruz, y muchos otros maestros y místicos de quienes he bebido sus enseñanzas.
Es muy importante resaltar que toda vida grande, toda alma grande ha cruzado su noche, o sus noches, de vacío y soledad. Me atrevo a asegurar que incluso aquellos que admiras y que parecen tener unas vidas perfectas —artistas, emprendedores, deportistas, activistas— han tenido que transitar por estos periodos. Sé que cada alma tiene que aprender para florecer y parte de ese aprendizaje llega a nosotros con estas experiencias tan complicadas.
Una semilla para poder florecer es lanzada a la tierra, a esa tierra oscura, fría y húmeda. Es abandonada allí, se queda sola y perdida, no conoce ese lugar que la atrapa y la comprime, que la sofoca y parece que la destruye. Pero la semilla es fuerte y yo sé que tú, querido lector, también lo eres. Encuentra el camino para surgir y florece verdaderamente.
VENTANAS AL AUTOR
Cuando escribo estas páginas pienso en ti, que me estás leyendo. Te imagino viviendo esa historia tan tuya, tan íntima, y experimentando como sólo tú puedes los retos y las alegrías de tu vida. Entonces, anhelo que mi libro, que ahora está en tus manos, llegue a tu presente como un bastón, como una medicina, como un recordatorio y, sobre todo, como un aliado. Como un compañero en tu viaje, como un susurro que alcance tu oído y viaje hasta lo más profundo de tu corazón. Y así como yo escribo para ti, elijo que tú también puedas conocer mi mundo, como si pudieras asomarte por una ventana al espacio externo e interno que me arropa mientras escribo este libro, que es tuyo, y te comparto con transparencia.
Algunos dicen que escriben para ellos, que no les importa quién los lea, ni el destino de sus obras. Eso parece darles un toque de distinción, de misterio y hasta de importancia. Yo soy más simple, sin embargo. Escribo para que me lean, para que lo que aquí plasmo te inspire o, al menos, te haga reflexionar, para que abra tu mente y tu corazón.
Sé que algunas veces, en una mala tarde, lanzarás mi libro hacia ese espacio infinito de los asuntos sin importancia. Pero mis textos, como yo mismo, son testarudos y sabrán esperar el momento en que vuelvas a recogerlos. Entonces, como un perrito fiel, moverán sus colas invisibles y abrirán sus páginas para acompañarte ahí donde dejaste tu lectura.
Me importa que mis libros sean leídos, que agraden y que sirvan. Por supuesto, quiero que lleguen lejos y toquen miles de corazones. Lo he querido siempre y no tengo empacho en escribirlo. Me encantaría que mis palabras se traduzcan y toquen almas de muchas latitudes, porque sé que cuando me vaya de este plano terrenal quedarán mis letras impresas, las hijas y nietas de las plantas que cuidé y el amor inmenso que he procurado cada día dejar en este lindo mundo.
Una vez expresado todo esto, abro para ti la primera ventana.
VENTANA
Detrás de mí, una ventana se mueve, sacudida por el viento frío de la madrugada. Los vidrios silban y las hojas de los árboles allá afuera generan sombras que se mecen alumbradas por la luna casi llena.
Estoy despeinado, muy despeinado. Mis lentes están tan sucios que casi no puedo ver. He llorado un largo rato mientras tecleo. Tengo unos calcetines gruesos recubiertos de felpa sobre una mesita que me sirve de apoyo, y ahí está también una taza con mi propia caricatura y una bolsa de té. El té ya está helado, ha pasado muchas horas allí. Escribo con el corazón trozado, como una porcelana rota de la que aún no se desprenden los pedazos.
Capítulo 2
¿Qué es la noche oscura?
La noche oscura es una etapa, un periodo durante el que nos sentimos atrapados, perdidos, confundidos, cansados y desesperanzados. Puede ser, por supuesto, el producto de eventos externos que generan un dolor emocional o una sensación interna de parálisis que nos imposibilita avanzar en nuestra vida. Pero debemos ser muy cuidadosos al desentrañar el sentido de estas experiencias y, sobre todo, al diferenciar una mala racha, un periodo de dificultades y una noche oscura.
Es indispensable hacer una indagación profunda para distinguir si estamos enfrentando un evento objetivo y claro, o una creación de la mente, eso que podríamos expresar como ahogarnos en un vaso de agua. Para ser muy contundente al respecto, he escuchado a personas quejarse amargamente de una circunstancia producto de sus dolientes y fantasiosas dramatizaciones personales, y seré cuidadoso al usar este término.
Una fantasía dramática es ese lugar interior que refleja nuestra inmadurez y donde nos situamos en un precipicio imaginario. Por ejemplo, cuando somos jóvenes y nos deja nuestro novio de secundaria, caemos en un tobogán de dolor emocional hacia una actitud fatalista: todo está mal, somos una víctima, nadie nos quiere, todos nos odian, la vida es una basura. Nadie puede entendernos. Vuelve a leer lo que he remarcado y piensa en las veces que has dicho estas frases. Están inmersas en tu percepción, por lo general muy cargada de sufrimiento y, permíteme decirlo, de un poco de conmiseración y el deseo de llamar la atención.
No importa quién se acerque a ti, nadie puede ayudarte. Y no eres capaz de ver lo bueno que sí tienes, como una familia que te apoya. Sientes que estás sola, y a tus seres cercanos no les importa nada de lo que pasa con tu vida, aunque tus padres, desde su lugar, y quizá no de la manera que quieres, están procurando escucharte y entenderte. En este estado, el consejo o la intención de ayuda que llega a ti es rechazada, porque nadie nunca ha sufrido una ruptura como la tuya. Sí, estoy exagerando con las negritas, pero he estado varias veces parado frente a adolescentes que encaran este tipo de comportamientos, y yo mismo lo fui. No quieren recibir ayuda ni apoyo. En realidad, no tienen deseos de salir adelante, porque en ese momento obtienen una ganancia secundaria, y la trágica posición en la vida justifica su mala actitud, o les da permiso de ser descorteses, groseros y hostiles con su entorno.
¿Alguna vez te ha pasado algo similar? ¿O has observado a alguien comportarse así?
Por supuesto que esto no sólo pasa en la adolescencia. Puede ocurrirnos en la madurez y algunas personas insisten en sentir que están atrapadas en noches oscuras interminables, cuando en realidad lo que hacen es jugar con los demás de una manera perversa —a veces, inconsciente—, lo que los justifica o faculta para no estar presentes ni vivos.
Conozco personas que pretenden que cualquier depresión es una noche oscura, cuando no es así, y en su gran
