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Las palabras crean realidad: pueden conducirte a un luminoso sendero en la vida o llevarte hacia la oscuridad. Aquí aprenderás a utilizar todo su poder. Nuestra manera de expresarnos es más que sonidos: es la materia prima con la que damos forma a nuestra vida. Frases sencillas como "por favor" y "gracias" pueden transformar una relación, cambiar nuestra vibración y crear puentes invisibles entre almas. Para Fer Broca, chamán y maestro espiritual, cada palabra es un diamante en bruto que guarda un poder inmenso. Cuando aprendemos a pulirlas con intención, nos devuelven claridad, belleza y dirección. En Palabras de Poder, Fer revela cómo la neurociencia, la energía y la espiritualidad convergen para mostrarnos el impacto real que nuestro lenguaje tiene en nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestra vida. A través de La técnica del diamante, un método de cinco pasos tan simple como profundo, aprenderás a usar tus decretos y afirmaciones para manifestar y transformar tu realidad. Las palabras, bien elegidas, pueden ser la llave que te conecte con tu propósito, atraiga las oportunidades correctas y te permita vivir con más luz, equilibrio y paz. Somos el resultado de lo que hemos leído, que nos han dicho y que nos hemos repetido. Nuestro futuro es la consecuencia de las intenciones y las palabras que pronunciamos. ¿Qué destino quieres crear?
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Seitenzahl: 176
Veröffentlichungsjahr: 2026
Introducción
Si mejoras tus palabras, mejorarás tu realidad.
“Las palabras mágicas existen”, sentenció mi maestro con una convicción que sólo podía sostenerse sobre el sólido cimiento de la experiencia.
Sus palabras llegaron a lo más profundo de mi esencia aquella noche en la que, trepados en la cima de un árbol, observábamos las estrellas, inmersos en la oscuridad que envolvía aquella pequeña colina chiapaneca. Toda mi atención estaba puesta en lo que él decía, pues esa noche me estaba encomendando una misión.
Nos aproximábamos al 22 de diciembre de 2012, una fecha que muchos interpretaron como el fin del mundo. Pero mi maestro, perteneciente al noble linaje maya y guardián de los conocimientos más sagrados, sabía bien que no era el fin del mundo lo que se acercaba, sino el cierre de una era, el término de una etapa. Para él, nuevas energías estaban por llegar al planeta, nacerían niños con un grado evolutivo diferente y muchas personas comenzaríamos a experimentar transformaciones poderosas en nuestro interior.
Mi maestro comprendía que lo que venía era un cambio trascendental en lo emocional, mental y espiritual, y que estos cambios traerían importantes movimientos sociales, económicos, políticos y religiosos. Todo esto había sido profetizado por los mayas siglos antes, y él lo sabía profundamente.
Tú, querido lector, ¿has sido consciente de cómo ha cambiado la vida desde 2012 hasta ahora? ¿Te has dado cuenta de cómo la tecnología ha transformado nuestra existencia? ¿Notas cómo hemos construido una red de conexión, información y contacto que abarca a toda la humanidad? ¿Cuántos movimientos trascendentales han llevado a una buena parte del planeta a buscar la espiritualidad y el crecimiento personal?
Por supuesto, toda esta energía de cambio también nos activó a nosotros. Los chamanes, a lo largo y ancho de México, acudimos a hacer nuestro trabajo en lugares muy particulares, sitios que llamamos centros de poder: Palenque, Uxmal, Teotihuacan, Mayapán, Xochicalco, Malinalco, Cholula... Cada lugar especial tenía un chamán encargado de conectar los puntos de una gran puerta inmensa e invisible, que se activaría para recibir la energía de este tiempo nuevo.
A mí me correspondía trabajar en un sitio de gran poder en Amatlán de Quetzalcóatl, cerca de Tepoztlán. Y, además, era parte de la misión visitar viejos pueblos de otras latitudes como representante de mi maestro, para invitar a sus habitantes a unir sus intenciones hacia este nuevo ciclo, este nuevo tiempo planetario. Todo este movimiento, que comenzamos a percibir en 2012 y que sigue llegando al planeta, no era sólo para México, sino para toda la humanidad.
Esta energía es la que causa, en gran medida, todos estos movimientos internos que estamos experimentando: la apertura hacia la espiritualidad, la elevación de la consciencia, el cambio en la forma de relacionarnos con las generaciones más jóvenes y la manera en que hoy vivimos en una sociedad que, en muchos sentidos, es más abierta y consciente de lo que era hace tan sólo quince años.
Ése fue el encargo que mi maestro me confió: atravesar el mundo, cruzar los desiertos, buscar a los maestros azules y obtener de ellos la promesa de unirse a nuestro trabajo. Para lograr tal objetivo, mi maestro me entregó dos palabras que no puedo revelar aquí por la sacralidad que representan, así que me referiré a cada una de ellas por una letra.
La primera palabra, que llamaré “M”, representaba el objeto de mi búsqueda, aquello que debía encontrar al otro lado del mundo. La segunda palabra, a la que nombraré “K”, era una especie de código que me permitiría obtener la evidencia de que mi misión había sido cumplida, de que había sumado aliados de esa lejana parte del mundo a nuestro trabajo. Así, con la entrega de estas dos palabras, ya tenía todo lo necesario para iniciar mi misión. La asumí con un poco de miedo, pero con total responsabilidad.
Sé que todo esto puede parecerte sacado de una obra de ficción, y no me molesta que así lo parezca. Al ver mi vida en retrospectiva, me doy cuenta de que ha habido muchas partes que parecen producto de una gran imaginación. Pero todo lo que he vivido ha sido real, así que permíteme continuar mi relato...
En el mundo espiritual, los países y las fronteras no existen como en el mundo físico. Allí, hay tierras milenarias y símbolos que dan nombre a los diferentes pueblos. México, por ejemplo, se conoce en el mundo espiritual como el país de las águilas bajas. Otros lugares se identifican por sus monumentos más emblemáticos: el país de las pirámides, Egipto; los pueblos del gran desierto, los árabes; los países de los árboles pico, el Líbano; el país de las nieves eternas, correspondiente a Nepal, Tíbet, Bután y el Himalaya; los países del elefante pequeño, es decir, los del sureste asiático, y el país de las joyas y los brillos, la India, entre muchos otros.
El lugar donde debía comenzar mi búsqueda correspondía a lo que hoy conocemos como Marruecos. Así fue como emprendí una nueva aventura hacia un país completamente desconocido para mí, armado sólo con dos palabras, poco dinero y, eso sí, muchas ganas de llegar hasta el final de este encargo.
Llegué a Marrakech, una antigua ciudad imperial en el oeste de Marruecos, como lo harían muchos curiosos turistas. Apenas arribé, me pregunté dónde podría encontrar a “M”, el objeto de mi búsqueda. Era obvio que no hallaría información en la oficina de turismo; tendría que llegar al lugar adecuado.
Cuando uno está habituado a vivir entre el mundo físico y el espiritual, descubre que las señales están siempre a nuestro alrededor y que son las palabras, bien empleadas, las que tienen el poder de hacerlas visibles para nosotros. Palabras tan sencillas y cotidianas como “por favor” y “gracias” pueden llegar a ser tan poderosas como los conjuros más místicos cuando se trata de entrar en contacto con los demás y abrir sus corazones.
Al llegar a esa ciudad, inicié mi búsqueda en las mezquitas y madrazas, tratando de encontrar en su gente religiosa las señales inequívocas de quienes comprenden la espiritualidad más allá de lo dogmático, los guardianes profundos de la sabiduría espiritual que cada pueblo posee. Sin embargo, no los encontré allí. Las personas estaban tan inmersas en su propia devoción y fe que sentí que no notaban mi presencia. Esto me llevó a pensar que tal vez no era en ese lugar donde hallaría lo que buscaba. Así que decidí probar algo distinto: recorrer los bazares.
Los objetos tienen poder. Hay ciertos artículos en los mercados de pulgas del mundo que poseen un brillo especial. Son como pequeños códigos, botones ocultos que, al ser activados, funcionan como brújula para señalar o guiar a aquellos de nosotros que buscamos a los iniciados.
En uno de esos bazares, en un puesto atendido por un hombre de mirada profunda, taciturna, casi triste, señalé un pequeño objeto y pregunté su precio. El hombre abrió los ojos de una manera peculiar y respondió de forma poco amistosa. Pero eso, lejos de desmotivarme, me incitó a insistir y pedirle permiso para tocar el objeto.
Mi insistencia surtió efecto en el hombre, quien empezó a mirarme con mayor atención. Aproveché el instante lo mejor que pude, aparentando interés en su pieza, cuando en realidad lo que quería era que me mirara a los ojos, para que percibiera que yo estaba en búsqueda de algo más.
Cuando consideré que ya tenía su atención plena, pronuncié la palabra “M”, que hacía referencia a un grupo de personas, un pueblo al que debía encontrar. El hombre dudó un momento al escuchar “M”, pero finalmente señaló otra tienda y me indicó que fuera a preguntar allí.
Me dirigí al lugar y saludé, pronunciando mis palabras con una intención clara, esperando que su magia me asistiera en aquel momento. Al entrar, noté que había algunos empleados, pero no sentí que la persona que buscaba estuviera allí, esa persona que podría entender el código implícito en la palabra “K”, la palabra que sólo podría pronunciar al encontrarlos.
Estuve dando vueltas en lo que parecía ser un taller de reparación de cosas viejas, hasta que apareció un hombre mayor, con una expresión dura en el rostro, quien me preguntó si pensaba comprar algo. En respuesta, le dije la palabra “M”, pero el hombre actuó como si no me hubiera oído y regresó a la trastienda de donde había salido.
Sin embargo, sí me había escuchado, porque unos minutos después volvió, esta vez con una pequeña tarjeta en la mano. El nombre en la tarjeta estaba tachado con una pluma azul, pero aún se leía un número de teléfono impreso. Me la entregó y me pidió que llamara a ese número.
El número me llevó a un conductor de una camioneta local —que hablaba un poco de español—, que servía como transporte para personas que se movían entre distintos pueblos. Al día siguiente, me encontraba a bordo de su camioneta, rumbo a las montañas rocosas y rojas. Cuando mencioné la palabra “M”, solamente me recomendó que bajara a preguntar en los pequeños puestos de carretera, donde mujeres y niñas vendían piedras.
Me bajé en cada uno de esos puestos y, cada vez que pronunciaba la palabra “M”, recibía la misma respuesta: “No”. Después de unas dos horas y media de recorrido, mientras subíamos por las montañas, hicimos una parada en un lugar donde vendían unas piedras muy bonitas, de las cuales aún conservo un par. Allí vi a una mujer y, sin pensarlo demasiado, le dije la palabra “M”. Ella guardó silencio, observándome como si hubiese entendido. Al poco tiempo apareció otra mujer, un poco mayor, a quien también pronuncié la palabra “M”. Con ayuda del chofer, que me servía de intérprete, les expliqué que venía desde México en busca de algo.
La mujer más joven sonrió y, a través del intérprete, me pidió que bajara mis cosas. Me quedé con ellas un buen rato hasta que cayó la noche, momento en el que llegaron los hombres del lugar, quienes ofrecían servicios de caravana.
Estos hombres me invitaron a adentrarme en el desierto con ellos y acepté sin dudar. Pasé seis días viajando por el desierto junto con otros turistas, recorriendo sus arenas, en una experiencia que fue increíble y maravillosa para mí.
Con el paso de los días, me fui acercando cada vez más a algunos de ellos. Habiendo vivido allí por tantas generaciones y conociendo profundamente el lugar, me mostraron cosas increíbles. Aproveché cada oportunidad que se presentaba, como el momento de la cena por las noches cuando me ofrecía para ayudar a calentar la comida del grupo alrededor del fuego. Poco a poco, fui ganándome su confianza.
Algunas noches, ellos se quedaban reunidos después de que los turistas se iban a dormir y yo les pedía permiso para quedarme a compartir. La cuarta noche fue particularmente especial, ya que saqué mi flauta de barro, una ocarina con la que siempre viajo, y comencé a tocar junto a ellos. Sentí ese momento como una verdadera comunión con el grupo. Me estaba integrando cada vez más.
Fue ahí, alrededor de la fogata, cuando aguardé hasta sentir el instante adecuado para pronunciar la palabra “K”. Apenas la dije, un silencio profundo se apoderó del ambiente. Al principio, dudé de si me habrían entendido. Sin embargo, al ver cómo todos se quedaron inmóviles, entendí que aquella palabra había obrado su magia en sus corazones.
Tres hombres, de los ocho o nueve que estaban allí, sacaron de entre sus pertenencias unos símbolos de plata antigua. Se acercaron y los pusieron en mi mano. Con toda la gratitud de la que fui capaz, les di las gracias. Sabía que, al darme esos símbolos, me estaban ofreciendo su compromiso de trabajar en unidad por el bien mayor, y no quiero obviar que mi agradecimiento hacia ellos era inmenso.
Uno de los guías, un camellero con quien había tenido una charla muy amena, me explicó que esos símbolos se llaman “cruces del desierto”. Eran, de algún modo, la promesa con la que debía regresar a mi pueblo, una prueba de que ellos estarían con nosotros en las ceremonias de diciembre de 2012.
Al finalizar nuestro viaje por el desierto, me dejaron claro que debía mantener en secreto aquella palabra, tal como lo he hecho hasta hoy. Así, di por cumplida esa parte de mi encargo y emprendí el regreso a casa con la satisfacción del deber cumplido.
Regresé a México con las cruces del desierto. En Amatlán, completé la ceremonia, cumpliendo la segunda parte de mi encomienda. Fue en esa ocasión cuando recibí de mi maestro una enseñanza que sigue resonando en mis oídos, en mi mente y en mi corazón. Él me dijo:
“Las palabras abren todas las puertas, las del mundo visible y las del mundo invisible. Una palabra no es sólo lo que sale de tu boca o lo que escribes en un papel. Una palabra está conformada por la intención, la energía y el cuidado que le damos.
”Hay palabras caras, que nos cuestan amistades; palabras que nos cuestan etapas de vida; palabras que destruyen la confianza o incluso hieren a quienes amamos.
”Hay palabras baratas, que desperdiciamos de tanto usarlas y que se vuelven nada, porque las pronunciamos sin consciencia ni intención.
”Hay palabras importantes, esenciales, necesarias, que debemos comprender en lo más profundo de nuestro corazón antes de usarlas.
”Y hay palabras sagradas, que sólo debemos emplear cuando el corazón y la mente están bien conectados”.
De mi maestro aprendí que las palabras mágicas existen y tienen poder. En este libro quiero compartir contigo un método para aprender a usar las palabras de forma adecuada. Un método sencillo, poderoso y eficaz, que ha transformado mi vida y la de muchas personas. Porque así como una sola palabra puede abrir puertas y conectar con personas maravillosas al otro lado del mundo, también te puede ayudar a encontrarte contigo mismo, a coincidir con las personas correctas para tu evolución, a lograr tus objetivos, a atraer lo que deseas y vivir con mayor luz, equilibrio y paz.
Las palabras son expresiones del espíritu, articulaciones de la mente, y siempre están recubiertas de la emoción que les impregnamos. Aprender a usarlas hace que nuestra vida fluya sin bloqueos, permitiéndonos vivir de forma más plena, satisfecha y cercana a la vida maravillosa que merecemos.
Ahora bien, quiero advertirte que no son las palabras, por sí solas, las que poseen poder. El poder reside en ti. Eres tú quien comprende, quien vibra, quien siente el impacto de las palabras. Por eso, a lo largo de estos capítulos, te compartiré la fuerza, la energía y el espíritu que habitan detrás de ellas. Juntos emprenderemos un viaje tan profundo como el que yo mismo recorrí, para que descubras cuáles son esas palabras que te repites, cómo te relacionas con ellas y cuáles tienen un verdadero poder en tu vida. En este libro hablaremos de las afirmaciones, de los decretos, de las palabras mágicas y sabrás entenderlas como nunca antes lo habías hecho. Porque descubrirás el brillo que hay en ellas a través de la Técnica del Diamante.
Las palabras bien empleadas, bien pulidas y bien trabajadas han sido como un barandal que me ha sostenido mientras construía mi realidad. Agradezco que hayas elegido este libro y espero que, a través de sus páginas, descubras la magia que habita detrás de cada una. Que aprendas una forma poderosa de utilizarlas para tu mayor beneficio.
Ésta es mi intención y ésta es la energía que he impregnado en las palabras que estás leyendo en este momento.
¿Estás listo para descubrir su magia en tu vida?
Bienvenido.
EJERCICIO
Te invito a que hagas una pausa y a que observes cómo hay palabras sencillas que te inculcaron en casa y que tienen un gran poder. Por ejemplo, gracias y por favor generan una respuesta distinta, sobre todo cuando son expresadas con verdadera intención y coherencia.
Ahora, me gustaría proponerte el siguiente ejercicio. Observa cuáles son aquéllas que más empleas en tu vida cotidiana, si son constructivas o destructivas; si tus abren espacios o los cierran. Quizá no eres consciente de cuántas veces te quejas o de cómo constantemente utilizas expresiones despectivas con relación a ti o a los otros; también es posible que ocupes palabras asertivas, potenciadoras, que reflejen tu amor propio.
Es muy importante que te tomes un tiempo para reflexionarlo, después te invito a que hagas una lista de cinco palabras que quieras incorporar o mantener en tu vocabulario cotidiano. Asegúrate de que realmente tengan la intención y el propósito que quieres ver realizado.
Te comparto cuáles son mis cinco palabras que empleo consistentemente: consciencia, presencia, intención, abierto y paz.
Otras muy útiles podrían ser: seguridad, voluntad, disciplina, concentración y ligereza.
Asegúrate de usar no solamente tu mente, sino también tu corazón para encontrar estas cinco palabras que quieres traer a tu cotidianidad y que te impulsarán como un combustible saludable hacia la vida que tú realmente quieres experimentar. Te aseguro que al finalizar el libro tendrás claridad sobre las palabras que son esenciales en tu vida, sobre esas que, como pequeños tabiques, van construyendo los puentes y los faros de la realidad que quieres experimentar.
En mis libros me gusta compartirme, es decir, no sólo plasmar ideas, sino recuerdos, emociones y reflexiones. Al momento de escribir, vivo y deseo que mis palabras, cuando tú las descubras, vivan también. Por eso, desde mi último libro publicado, La noche oscura del alma, sentí que quería abrir mi espacio físico al lector: abrir una ventana a la realidad que está teniendo lugar mientras escribo. Es una invitación a compartir un momento íntimo y auténtico conmigo. Es una invitación a la creación del texto. Abro para ti mi espacio para que tú, compañero de estas ideas, mi muy estimado lector, te puedas sentir bienvenido a los momentos y lugares donde escribo... a estos singulares pedazos de creatividad, emoción —a veces, llanto— y, siempre, presencia. Les he llamado ventanas al autor.
Las encontrarás salpicadas, por allí y por allá, como un acento, un condimento y una joya que, con sutileza, te regala su destello. Espero que las disfrutes. Aquí te dejo la primera.
VENTANA
Siempre que recuerdo a mi maestro, mis ojos se humedecen. Pensar en él evoca en mí emoción, una emoción volcánica, efervescente y nostálgica. Lo pienso sereno, con su cara morena y las marcas de las arrugas del tiempo enmarcando sus ojos. Recuerdo sus manos gruesas, ásperas y generalmente sucias, que se mueven como mariposas blancas a la luz de la mañana.
Ahora, estoy en mi casa. Al frente, mi ventana deja pasar la luz grisácea de una mañana lluviosa; llevo un suéter azul que está bastante desgastado, pero que me abraza con recuerdos lindos que no quiero soltar. En mis manos que teclean conservo una cicatriz que mi maestro me enseñó a ver con admiración. ¡Cuántas cosas me enseñó a ver! Sin duda, la vida me regaló una visión privilegiada y extensa, pero él me abrió otros ojos hacia otras partes. De alguna forma, lo extraño, aunque su voz y su presencia siempre están conmigo...
Capítulo 1
El poder de las palabras
Las palabras son el elemento básico con el que estructuramos nuestra realidad. Así como hay palabras que nos otorgan un gran poder energético, también las hay que pueden llegar a consumirnos. Existen palabras capaces de abrir nuestro corazón y de alegrar nuestra alma; otras nos pueden llevar al abismo profundo de la depresión.
Un buen punto de partida en este proceso de entender el poder de las palabras empieza por reconocer que las palabras nos influyen y, en algunos casos, nos determinan. Cada uno de nosotros somos el resultado de las palabras que hemos leído, que nos han dicho y que nos hemos repetido. Ya sea que te des cuenta de ello o no, tus palabras le han dado forma a tu realidad.
Si constantemente te repites: “Soy incapaz”, “Nada me sale bien”, “No tengo suerte”, es muy probable que termines viviendo una existencia que lo refleje. En cambio, si te repites: “Soy capaz”, “Soy capaz”, “Soy capaz”, incluso cuando a veces te equivoques o las cosas no resulten como esperabas, sabrás que tienes dentro de ti todo lo necesario para alcanzar tus objetivos.
He tenido la posibilidad de conocer y trabajar con todo tipo de personas, algunas sencillas en sus labores, otras muy ricas, poseedoras de grandes fortunas; seres humanos maravillosos que no tienen posesiones materiales y personas que han ocupado portadas en la revista Forbes; mujeres que no saben leer, pero que han salvado bosques de la destrucción. Lo que tienen en común es que todos los seres humanos son maravillosos.
Quienes han alcanzado la plenitud, aquellos que destacan en lo que les apasiona y que han conseguido logros profundos, sin excepción, se repiten aquello que reflejan y potencian su buen hacer.
Todas las personas que hacen negocios grandes se repiten palabras que reflejan negocios grandes como “posibilidad”, “abundancia”, “éxito”. Las personas que cocinan como los dioses usan palabras como “condimentos”, “mezclas”, “guarniciones”, y un montón de deliciosas expresiones que muestran su pasión, amor y logros culinarios.
