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El encuentro fortuito con un amor platónico de su juventud, tras veinte años de silencio y olvido, activará en Montesinos la evocación de una época que, bajo el dictamen implacable del tiempo y la experiencia, comenzará a mostrar las verdaderas fisuras de un orden que suponía inalterable. El hecho lo llevará a replantearse el mito que representó Emma, y con él la validez de todo su mundo: una tesis sin concluir, una vida profesional y emocional tortuosa, una familia disruptiva, y la inesperada intervención de la excesiva Úrsula -una inquietante admiradora empeñada en hacer pervivir ese mito con métodos prácticamente delictivos- serán el campo donde aplicar el sistema defensivo propiciado por el mecanismo Ripperton: la acomodación natural a los cambios y la aceptación incondicional de las nuevas circunstancias vitales. Con la original estructura de una tesis en cuatro tiempos, la novela aborda, a través de tres relaciones sentimentales, otras tantas manifestaciones del amor sensual: el amor idealizado, el amor ponderado y el amor patológico. Y a través de la mordacidad, el sutil sentido del humor, la profundidad, y un omnipresente sentido poético se van desgranando las distintas partes de esa tesis infinita que constituyen las relaciones humanas, con todas sus complejas implicaciones.
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Seitenzahl: 571
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© José Costa, 2021
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: José Costa
Fotografía de solapa: José Costa
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-007-4
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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HIPÓTESIS
1
Vi a Emma, y la encontré cartilaginosa. Su cara delgada acababa de saltar el muro del tiempo y no parecía su cara, aquella que ocupó por completo mi imaginario durante novecientos sesenta y nueve días, y se quedó en él para siempre.
¿En qué momento un mito asoma para modificar todos los dogmas inamovibles, conduciéndolos a un nuevo paradigma? Porque esa era Emma, sin duda, y por encima de los rasgos extrañamente familiares, levemente alterados por los años, todavía era posible distinguir su nariz de cerdita y sus orejas de mapache…, los trazos esenciales que, como una concesión al pasado —o a la nostalgia—, activaban el reconocimiento y ponían en marcha la perversa máquina de la memoria.
Con todo, había algo en ese rostro que era como una huella, o un principio de enfermedad, y más tarde entendí claramente que el cartílago no estaba en sus facciones, sino más bien en su actitud, en su modo de pasar junto a mí mirando hacia otro lado…, justo como antes, como siempre; como ocurrió a lo largo del tiempo de esta historia.
§§§
En el núcleo de todo están las sombras alargadas.
El fenómeno denota la presencia de una matemática oculta, da idea de una cierta inclinación solar, de una forma de explicar la poesía en razón de las verdades astronómicas: el sol declinante en una tarde de otoño, siempre igual a sí mismo en ese punto preciso de los ciclos siderales, una y otra vez, a través de los milenios.
Por fortuna, la cosmología acaba haciéndose a un lado ante la belleza de la luz, frente a la evidencia lírica que cosquillea su serio semblante con sus dedos. Porque lo que queda al fin son esas sombras que se estiran elegantemente hacia su punto de fuga, prolongando la presencia inmaterial de los cuerpos sólidos: un árbol, una farola, la misma Emma…, o la silueta peculiar y algo heterodoxa de quien acudía a su encuentro sin buscarlo, por la mera predestinación y el orden azaroso de las cosas.
De modo que, más allá de las peripecias de la luz y de las órbitas celestes; más allá de la precisión de la eclíptica y la suave metralla de fotones, el mundo pequeño se recomponía por un instante para un individuo concreto, singular, que caminaba hacia su ocio vespertino sin sospechar lo que, literalmente, lo esperaba a la vuelta de la esquina.
Ese individuo un poco chepudo era Montesinos, el hombre de las visiones cartilaginosas y definitivas, el homúnculo a punto de ser traspasado por la solemne trascendencia de la escena, sorprendido por su destino sobre un trozo específico de pavimento, que a partir de ese momento iba a ser mítico.
Pero el arranque de todo, fuera de la momentánea excelsitud del fenómeno ambiental, distaba de ser tan glorioso, y más bien se movía en los límites de moderada planitud en que transcurren los actos cotidianos: invitado por un amigo, Montesinos se dirigía al estadio para ver un partido de fútbol. Hacía tiempo que esos eventos ya no le decían gran cosa, de forma que, llevado más por el aburrimiento que por un verdadero interés, avanzaba por las aceras semidesiertas en busca de ese entretenimiento programado, apartando la hojarasca con los pies y reprochándose su insípida elección para el asueto de una tarde de domingo. La invitación suponía un hecho excepcional, en todo caso; una anomalía que llevaba el estigma de una encubierta jerarquía social, y ni siquiera sabía por qué la había aceptado: el convidador era un viejo conocido, un asesor financiero relativamente bien posicionado y un poco cargante que disponía de un pase de tribuna preferente, privilegio que se había encargado de agitar metafóricamente ante las narices de quien quisiera dejarse embaucar por su prestidigitación, aunque el señuelo no había resultado suficiente estímulo para movilizar el entusiasmo de Montesinos. Este adivinaba una tarde inevitablemente tediosa, pero, como una compensación por todas sus tribulaciones, la Naturaleza se estaba encargando de regalarle un momento de particular belleza: el sol rasante y testimonial de mediados de octubre no servía para calentar, pero dotaba al escenario de la necesaria luminosidad simbólica para encender el alma de los poetas, tan proclives a vagar entre sombras alargadas.
Descendiendo al orden prosaico de las cosas: Montesinos entendía que ni la actividad ni el escenario que la acogía requerían de un especial cuidado indumentario; solía ser esmerado en la elección de su atuendo, pero la dejación propia del fin de semana, la ausencia de un compromiso social relevante y la fastidiosa sensación de estar en vías de malograr una tarde, explicaban el aspecto informal, casi indolente, de la ropa que llevaba, jugándoselo todo al supuesto atractivo asilvestrado que le confería el moderado desaliño. El detalle era importante, porque con él el azar estaba forzando la primera derivación de su combinación fatal, para hacer de lo que estaba a punto de llegar un lance más desalentador, considerado en retrospectiva. Aunque aún quedaba más: por comodidad, o por una no admitida coquetería, Montesinos se había quitado momentáneamente las gafas y las había dejado prendidas del cuello de su jersey, colgando de una patilla, de manera que, en la leve borrosidad de su visión, resultaba difícil determinar si era justificado el pequeño vuelco que estaba experimentando su corazón al ver acercarse a esa pareja (un espléndido par de ejemplares dimorfos de la especie humana que, con paso sosegado, venía de frente hacia él…), o se trataba solo de una mala pasada de su miopía. Le pareció que la mujer era Emma, aunque aún no se encontraba lo suficientemente cerca de ella para tener la certeza. Por si acaso se apresuró a escupir el trocito de uña que estaba mordisqueando distraídamente, y trató de dignificar su postura y sus movimientos con el fin de causar una buena impresión a la mujer, después de tanto tiempo: habían transcurrido veinte años desde que ambos se habían visto por última vez.
Lo demás pasó muy rápido. Montesinos apenas se fijó en el individuo deslumbrante que caminaba junto a Emma (aunque estaba seguro de que no era Gregorius), pero a ella sí la vio: la vio cartilaginosa, la vio rara, y en su paso irregular creyó adivinar el repentino azoramiento que, también a ella, debía de embargarla por el encuentro inesperado. Sin embargo, ella volvió la cara al frente y los dos pasaron de largo sin siquiera saludarse, como si no hubieran compartido un pedazo de sus vidas tantos años antes. La situación era súbitamente conmocionante, y a Montesinos ni siquiera le dio tiempo a lamentar su circunstancialmente pobre apariencia —la plena conciencia del hecho llegó algo más tarde—, como si una extraña conjunción de bromas planetarias e infortunio secular lo hubieran empujado a adoptar el antiguo disfraz que marcaba de nuevo aquellas odiosas diferencias de clase, y lo hicieran lamentablemente reconocible a los ojos de ella, sugiriendo que en todos esos años quizá él no había logrado progresar lo suficiente para desprenderse de su pátina. No fue posible mejorar esa percepción en ella, tratando de deshacer el injusto error, pero tampoco parecía necesario. El azar había decretado que, al doblar la amplia curva de aquel chaflán, Montesinos se diera de bruces con su mito, y por extensión con su pasado, y ese hecho sí que parecía inamovible. En el desconcierto, los dos hicieron lo que cabía hacer, como había sucedido mucho tiempo atrás: en silencio, se alejaron el uno del otro sin acritud, con naturalidad…, él hacia el estadio, ella hacia su inespecificada diversión de tarde de domingo.
Ese fotograma fue un corte practicado en la película del tiempo, un presente continuo sin un antes y un después, despojado de toda matización debida al contexto. Podía ser un ente destinado a perdurar, o podía disolverse como humo, flotando en su tramoya de hojas secas, luz dorada y sombras alargadas.
Pero la imagen inicial había quedado fijada: Emma pasando junto a Montesinos en una otoñal tarde soleada de domingo, acompañada de otro hombre, y mirando hacia otra parte con su nueva cara cartilaginosa (pero bella).
Y ahora ya es posible comenzar.
2
La agente inmobiliaria llevaba un cuaderno y un metro retráctil en las manos, y le rugían las tripas. Mientras hablaba, los jugos gástricos descendían por sus intestinos, y el bolo alimenticio se precipitaba hacia el fondo del túnel y empezaba a amontonarse en el tramo final, como una multitud informe atrapada en un callejón sin salida. El ruido digestivo se hacía más evidente cuando callaba, como un testigo humillante que la delataba en el silencio, por eso se afanaba en llenar ese vacío con palabras profesionales, datos macroeconómicos, información espeluznante. Era primera hora de la tarde. Se había citado con Montesinos justo después de la comida, y por sus entrañas se arrastraban los restos transformados de una ensalada de col, un arenque al limón y un pedazo de tarta de manzana. Montesinos, cortés, fingía pasar por alto el gorgoteo, y simulaba mostrar todo su interés por los apuntes y particularidades que la agente estaba escupiendo sin clemencia sobre su chepa. Por su parte, hacía rato que lo tenía claro: la casa le gustaba. Estaba ubicada a las afueras de la ciudad, en una zona residencial venida a menos, y se alzaba a un lado de la calle con su parcela de jardín descuidado y sus grandes sicomoros frente a la entrada. Según le acababa de explicar la agente, los antiguos propietarios habían sido gente acomodada que, como la mayoría de los residentes, fueron vendiendo las casas conforme prosperaban para instalarse en una zona más acorde con su estatus, entregándolas a precios moderados a una de las muchas inmobiliarias que rondaban como buitres en torno a los despojos. Como era previsible, no obstante, al momento histórico le correspondía decir la última palabra, y alcanzadas por la crisis económica las agencias no pudieron darles salida en el mercado, de modo que, durante años, numerosos inmuebles en venta estuvieron deteriorándose por falta de un adecuado mantenimiento, de un coste inasumible para esos pequeños negocios. Con el mercado inmobiliario hundido a causa de la recesión, algunas de esas estructuras semirruinosas se habían empezado a ofrecer a precios asequibles, y Montesinos estaba aprovechando la coyuntura y una parte de sus ahorros como trabajador explotado para adquirir una de esas casas de madera con porche en la fachada principal y mosquiteras en las puertas, y tener así una burda noción de sueño americano en la época de los oldies. En abstracto, lo que Montesinos buscaba era tranquilidad, y pensaba que en un sitio así podía encontrarla. La separación entre las viviendas parecía suficiente para garantizar una cierta privacidad, o al menos para fantasear con la posibilidad de gestionar esta y todas sus consecuencias, el ruido y el silencio, las distintas formas del trasiego. Al menos, si cerraba bien las puertas y ventanas, podía disponer de su propio espacio estanco para dominar los elementos. Y no solo en la dirección de fuera a dentro, rechazando y neutralizando los molestos sonidos de la existencia ajena, sino también en el sentido contrario: la idea de ser escuchado en los actos de su intimidad no cuadraba con su carácter ligeramente arisco, ni con su discreción. Con esa clausura podría, por ejemplo, poner la música a todo volumen y escucharla a través de los bafles, sin estar constreñido al uso exclusivo de auriculares para no disturbar a los vecinos, cada vez que aspirara a uno de sus momentos de redención musical. La escucha con auriculares era superior, intachable, y le había proporcionado muchas horas de placer…, pero la energía que transmitían los bafles a máxima potencia era insuperable, con las ondas sonoras golpeando físicamente su propia caja torácica y estremeciendo el mobiliario, como una inmersión total en una quinta dimensión que lo cambiaba todo.
En cualquier caso, esa casa era todo lo que le había permitido su sueldo como ayudante en el equipo de psicólogos de una agencia de publicidad. Después de la debacle financiera los bancos estaban concediendo créditos como si fueran cromos, tratando de reactivar un mercado alicaído y de incentivar el consumo entre las clases medias, de modo que la aprobación de hipotecas había repuntado en los últimos meses. Era la ocasión, y Montesinos se estaba subiendo oportunamente a ese sugestivo carro. De modo que allí estaba con esa chica entusiasta, en ese trozo de universo que se perfilaba como su inminente nuevo hogar, dejándose arrullar por la letanía profesional que salía de su boca y caía dulcemente sobre él en plena sobremesa, punteada irregularmente por los profundos ruidos digestivos emanados de ella de un modo animal y perturbador.
Para tapar el clamor que surgía de algún punto entre el íleon y el yeyuno, la empleada de la inmobiliaria extraía el metro metálico de su caparazón, lo retorcía, y lo volvía a introducir apretando un pulsador que lo escondía bruscamente. La maniobra ponía nervioso a Montesinos, aunque este se cuidaba de mostrar su desazón y permanecía con una sonrisa que empezaba a acalambrarle el cigomático mayor, poco acostumbrado a una mueca que demandaba tanto esfuerzo muscular. Las emociones de Montesinos casi siempre iban por dentro, y allí solían consumirse, por muy incendiarias que fueran. El exceso de mostración le parecía, además de un acto estéticamente deplorable, una suerte de flaqueza moral, y procuraba no sucumbir a él.
La empleada, por lo demás, era bastante atractiva, portadora de ese poso de madurez de las mujeres que rondan la cuarentena, la edad aproximada de Montesinos en esos momentos: a sus cuarenta y tres años, él todavía arrastraba el peso de una cierta ineptitud para las relaciones humanas en general, y para las situaciones galantes en particular, y eso se concretaba en su modo ligeramente desmañado de interactuar con la empleada. Con la excusa de mostrarse amable, Montesinos le había cedido el paso para que ella lo precediera al subir la escalera que llevaba al piso superior. La treta le había dado la oportunidad de recrearse en el juego de músculos y carne en movimiento, la esfericidad de las pantorrillas, las nalgas convexas tremolando bajo su vestido ajustado, en delicioso escorzo. Montesinos se había concedido ese capricho, una islita de redención en medio de los sinsabores de la vida, una pizca de placer para compensar tanto dolor inmerecido.
La agente lo instruyó sobre el funcionamiento del calentador de agua, aunque Montesinos siguió con una atención muy fragmentaria las explicaciones, centrado como estaba en la turbadora visión de la axila pulcramente depilada cuando ella levantó su brazo para toquetear los mandos. Era mediados de enero, y ella llevaba uno de esos paradójicos vestidos de lana con cuello alto, pero sin mangas. Pudiera estar pasando un poco de calor, pero no parecía el único factor que la incomodaba. Esos sonidos íntimos la ponían en una situación de desventaja. Se la veía un poco tensa. Seguramente creía estar provocando un atroz rechazo en Montesinos, lo cual la hacía sentir más insegura, pero su conjetura no se acercaba ni de lejos a la realidad. El único desasosiego que sentía Montesinos tenía que ver con el apuro que parecía estar pasando la chica: no le gustaba que la gente sufriera sin objeto, lo cual dejaba apuntar ciertos atisbos de misericordia en ese carácter aparentemente costroso. Más allá de eso, sin embargo, la revelación de lo físico y lo puramente corporal lo estaban excitando un poco. La intimidad de ella había quedado expuesta, y sus funciones anatómicas a la vista, como una chaqueta a la que se hubiera dado la vuelta. La chica era demasiado delgada y fibrosa, aunque estaba dotada de todas sus curvas reglamentarias y provista de todos sus volúmenes pertinentes. Tenía la voz dulce y los dientes grises. Los dos estaban solos en una casa bonita. Era fácil fantasear con que formaban una pareja de amantes ocasionales a punto de culminar un encuentro romántico. ¿Era un bicho raro por pensar en esto? Es decir, por pensar en la intimidad inherente a los procesos digestivos, y la excitación que le producía el que se hicieran manifiestos, como si él tuviera acceso a ese interior por pura metonimia, suplantando unas funciones anatómicas por otras: fornicación por digestión; penetración sexual por inmersión en sus movimientos peristálticos. Quizá se tratase de un pensamiento un poco escatológico, tal vez incluso perverso, pero el punto de vista siempre dependía de cómo se afrontasen las verdades naturales.
Ella seguía hablando, pero hacía rato que Montesinos había dejado de prestar atención a lo que decía. Además de en estas consideraciones centrales, su pensamiento se había extraviado en cuestiones decorativas. El salón principal era grande, con buena iluminación solar, y adivinaba grandes posibilidades lumínicas, incluyendo atardeceres que harían filtrar un rayito de luz anaranjada en la estancia, y todo tipo de fenómenos meteorológicos desplegándose del otro lado de los ventanales. En el esquema mental que estaba componiendo en su cabeza todo encajaba con docilidad. Allí pondría el equipo de música y todos sus discos. Allá su mesa de trabajo. En ese otro lado un sofá, una lámpara, una mesita. Imaginaba ratos de lectura. Paredes en colores suaves y elegantes. El silencio.
Estaba convencido, y no necesitaba más palabrería: se quedaba la casa.
Tres semanas después, un camión de la agencia de transportes Titan & Colosus, Ltd. estaba aparcado delante del jardín, y el propio Montesinos, ayudado por dos empleados con camisetas sucias y olor corporal ofensivo, estaba trasladando sus pertenencias al interior de su nueva residencia.
3
Hay una fotografía de Emma sosteniendo en brazos a Míster Ackerbilk. Emma viste un grueso jersey blanco de cuello alto, y sonríe mientras mira muy de cerca la faz del gato: un ragdoll de pelo níveo que tiene vuelta la cabeza hacia ella, con sus bocas tan juntas que prácticamente se tocan. Los rizos oscuros de Emma cuelgan desordenadamente alrededor de su cuello y por delante de su frente, dándole un aire bohemio y cálido. Es esa calidez la que trasciende la foto, y es la clave de todo. Ese es el cuerpo que Montesinos habría querido estrechar; esa es la vida en la que Montesinos habría deseado quedarse, en su momento. En la parte superior, el papel sigue teniendo el agujero de una chincheta, porque esa imagen en blanco y negro estuvo clavada en la pared de la habitación de Montesinos mucho tiempo atrás, durante varios años, y cada vez que, como ahora, la contempla, siente la tenue melancolía de la vida, su luminosa eternidad, como si hubiese quedado suspendida en un continuo sumamente apacible.
Cuando se empieza a tirar del hilo de los recuerdos la maniobra parece no tener fin, actuando como esos magos que sacan pañuelos atados del fondo de la garganta, en un movimiento perpetuo que pone sobre la mesa todo el material oculto en las tripas durante décadas de distracción y olvido, y de paladas de tierra arrojadas por el propio transcurso de los días, de una manera natural y sin posibilidad de retroceso. Una operación que también lleva implícito el modo en que, de improviso, se conjugan dos factores del mismo subconjunto, como elementos afines coincidiendo en el tiempo con una rotundidad que necesariamente ha de significar algo.
Por decisivo que pareciera, tal significado quedaba de momento fuera del alcance intelectual de Montesinos, aunque intuía que la fotografía era uno de esos avisos que se desgajan de la uniformidad de los días, como una hoja solitaria que se desprende a destiempo del árbol y, tras flotar en el aire otoñal, queda poéticamente tumbada en la acera. Las mudanzas esconden este tipo de imprevistos, objetos olvidados y llenos de concomitancias que afloran para descentrar apenas la simetría del cuadro. Abrir una cajita, mover un libro de sitio o destapar un tarro es un acto de pura inconsciencia, y la simple temeridad basta para que el objeto en cuestión salte desde el pasado, dejándonos contritos y perplejos, reflexivos. Con la fotografía de Emma y Míster Ackerbilk en la mano Montesinos empezaba a descender por el tubo del tiempo, o era el pasado el que ascendía suavemente por él hasta su corazón y su cerebro, como un gas muy ligero de efectos imprevisibles. Esa fotografía fuera de sitio, encontrada al azar entre cartas, facturas y documentos olvidados, era el segundo factor del subconjunto, y necesariamente tenía que conjugarse con el primero, el que constituía aquel encuentro casual con la cartilaginosa Emma que, tan solo tres meses antes, había activado el ciclo imparable de la memoria y sus pañuelos primorosamente concatenados. La combinación parecía demasiado poderosa para pasarla por alto. Sentado en una caja precintada, con la postura canónica de los pensadores (codo apoyado en la rodilla y mano sosteniendo el mentón), Montesinos empezaba a dejarse llevar por la fácil corriente de la evocación, en una de esas emociones aún sin identificar que podían llevarlo hacia cualquier lugar sentimental no solicitado. Consciente del peligro que entrañaban ese tipo de trances, se levantó para enterrar la tentación bajo un túmulo de actividad física que propiciara el olvido: mover pesos, montar lámparas; cualquier arrastre, desgarro o genuflexión con un fin narcótico para preservar la salud psíquica.
Levantar cajas llenas de libros venía bien, pero el propósito se conseguía plenamente a través de acciones radicales: reinstaurar la funcionalidad de los desagües con las herramientas más precarias (la llave inglesa estaba oxidada y la ruedecilla giraba a duras penas), o decapar la pintura de las puertas a mano y sin mascarilla protectora. Cuanto más penosa la labor, más narcosis redentora acumulada en sus espaldas.
Con la intención de sacarle el máximo rendimiento a la jornada se había levantado a las cinco de la mañana, lo cual, para ser sábado, resultaba incluso extravagante, pero ahora que estaba anocheciendo, parado en medio del salón con los brazos en jarras, mirando en derredor como el Creador al final del Sexto Día, se daba cuenta de lo mucho que habían cundido sus esfuerzos: los bultos principales estaban en sus posiciones definitivas, las lámparas de techo colocadas, los sifones acondicionados, las puertas más correosas decapadas, y los servicios de luz y agua restituidos.
Por ese día había sido suficiente. Agotado, se dejó caer en el sofá en un ángulo de cuarenta y cinco grados, acoplándose a él en una postura médicamente aberrante.
Su intento de estragar el cuerpo para salvaguardar su mente había sido vano, sin embargo, porque la imagen de Emma seguía allí, en su cabeza, y probablemente más abajo.
4
Empezando desde el punto más profundo de una dignidad resentida, Montesinos creía saber a qué factores de su propia persona achacar, en fondo y forma, su imposibilidad de penetración en aquel antiguo «universo Emma».
En cuanto a la forma, la cuestión giraba en torno a la posesión de un físico que, excepto a él, a todos les parecía peculiar, lo cual le resultaba incomprensible y, sobre todo, injusto. La peculiaridad debía de residir en su aspecto compacto, como de bloque cúbico, que le hacía parecer una estatua de la isla de Pascua. En la escuela lo habían apodado el Moái, a pesar de que él no se consideraba ni tan bajo ni tan ancho como todos esos pequeños desgraciados querían hacerle creer. Era más bien una sensación, un error dimensional proyectado en la retina y en el cerebro maléfico de quienes lo escarnecían.
Respecto al fondo, el supuesto daño lo había hecho un carácter apacible que parecía no alterarse con nada, basado en una aceptación de la vida muy acorde con su pétreo volumen externo, lo cual irritaba en grado sumo a sus detractores, que querían verlo retorcerse de desesperación en lugar de plantado como un ser inerte mirando al infinito.
Así, su físico y su carácter combinados hacían de él ese ser particular que producía la indiferencia, cuando no el lancinante rechazo, de la mayoría de las mujeres, en especial de las que por algún motivo catalogaba como «superiores», con Emma como epítome total de la descarnadura. Conforme a lo que Montesinos deducía de su propia experiencia, las mujeres repudian inconscientemente a los machos que de algún modo no dan la talla física (ateniéndose a parámetros reproductivos) o la talla moral (con los héroes totales como referencia). Es decir, carecer de un nivel elemental de apolinidad o de un carácter mínimamente resolutivo, o de ambos, dificultaba hasta lo imposible el apareamiento —ya fuera en términos metafóricos o concretos— con todas esas mujeres-reina que él creía en cierta manera fuera de su alcance; al menos desde un plano teórico, porque los caminos de la realidad siempre le resultaron inescrutables, y la experiencia terminó por enseñarle que todo acababa dependiendo de múltiples factores enrevesados y difícilmente mensurables, lo que le producía un gran desconcierto.
Desde los albores de su conciencia erótica había asumido las dos categorías principales, que dividían a los hombres en función de sus supuestas capacidades amatorias: de un lado los machos aptos, aquellos que sin esfuerzo y casi sin conciencia de su don paseaban su cuerpo hiperdesarrollado con suficiencia, en la certeza de que las hembras se arrimarían a ellos de manera natural, inevitable. Del otro, el resto, todos los Toulousse-Lautrec deformes y atrofiados, espectadores pasivos de un drama que les fue impuesto y al que intentaban sacar rédito mediante el despliegue del intelecto, lo que nunca, en realidad, daba resultado, al menos en términos de perpetuación animal de la especie.
La biología mandaba; el instinto era infalible y ponía las cosas en su sitio. Montesinos enseguida supo que, por el conjunto de sus características físicas y sus facultades emocionales, nunca podría «cubrir», en el sentido orgánico, a una cierta cantidad de hembras. Había calculado que alrededor del setenta y cinco por ciento de ellas quedaba fuera de su alcance biológico, bien porque su limitada órbita anatómica apenas rozaba la exuberancia de esas divas, bien porque la perspectiva de un sobreesfuerzo para estar a su altura y captar su atención resultaba demasiado fatigosa, degradante y, a menudo, improductiva.
El potencial de Montesinos actuaba por dentro, sin embargo, como a menudo sucede con los individuos enigmáticos y poco dados a efusiones. En el pasado había creído que podía aspirar a Emma, o a cualquier otra mujer que hubiera aparecido en su camino, siempre que jugase bien sus bazas y haciendo pasar sus cuatro dones más bien elementales por un sistema integral de virilidad coherente, destinado tanto a una relación perdurable como al esporádico sexo recreativo, adaptándose sin problemas a la demanda particular de cada chica en cuestión. Pero quien había aparecido había sido Emma, y el sistema integral había colapsado en una ridícula montonera de ansiedad e inseguridad, directamente proporcionales a la magnitud de su pasión.
En condiciones normales Montesinos era un tipo de apariencia singularmente tranquila, una especie de mamífero rumiante parado en la ancha pradera de la vida, dispuesto a soportar todo tipo de contingencias con la aparente pasividad de los conformados. Flotaba en una serenidad que se transmitía al resto de la gente de manera natural, y parecía uno de esos seres que, o bien no padecen, o padecen lo indecible pero en silencio, como un animalillo moribundo cuya agonía se lee en su mirada, aunque ningún otro músculo del cuerpo manifieste el estertor. A ojos de los demás aparecía como uno de esos tipos afables y aparentemente sencillos de los que cualquiera podía hacerse inmediatamente amigo, porque no suponía ninguna amenaza a un nivel físico: no iba a llevarse a la mujer mejor dotada de la manada, ni iba a superar a sus rivales en las demostraciones atléticas; ningún otro macho iba a sentirse intimidado por sus músculos, por su carisma, por su desparpajo, por su intrepidez, por su ira o por sus niveles de testosterona. Y sin embargo albergaba en su interior un poder sugestivo, el kit de herramientas con que la lógica evolutiva dota a los menos favorecidos, para ayudarlos en su propia subsistencia: un poso de inteligencia, ironía y sentido del humor combinados, más una mezcla de humanidad y masculinidad arcaica como la de uno de esos moáis antropomorfos, y todo ello emanado de sí de un modo genuino, elemental, sin aderezos, modernidades o cosméticos. En la pareja narrativa clásica del señor y el escudero, él siempre tendía a ser el escudero…, el segundón, el deuteragonista, alguien que se contrapone al héroe para hacerlo parecer más sublime por contraste, condición que él asumía sin posibilidad de réplica, o simplemente desdeñando internamente tal esquema, conocedor de su propia fuerza idiosincrásica que los demás no podían sospechar, engañados por su físico poco destacable y su actitud suave. Ese era su poder oculto, su gran baza ganadora. Saberlo le daba seguridad, y trataba de administrarla con todo su talento, aunque no siempre resultara fácil. En realidad, casi nunca lo lograba.
En general se tenía por un buen hombre, y acaso podría decirse que su conducta superaba ligeramente el nivel de una bondad media, aunque no se consideraba particularmente virtuoso. Su índole moral apenas daba para cumplir de refilón con algunas de las virtudes dogmáticas (poca fe y menos caridad; algo más de prudencia, tal vez, y un sentido de la justicia que, tramposamente, como suele hacerse, a menudo trataba de conformar a su medida), lo cual entraba dentro de los parámetros aceptados para un ciudadano honrado medio, que en condiciones normales no roba ni mata, ni va haciendo tropelías por doquier. En cuanto a los pecados capitales encontraba que, administrados con moderación, constituían la auténtica sal de la vida. Consideraba que el pecado estaba injustamente denostado como concepto. Que la soberbia, la ira, la envidia, la lujuria, la gula, la avaricia y la pereza eran simples mecanismos biológicos de supervivencia; entidades que nos permiten avanzar apartando a los otros de la competición, buscando objetivos para el propio provecho, siguiendo el dictado del gen egoísta.
Esa misma mañana había recibido la visita de su vecina, una anciana que se había presentado a sí misma con un nombre con resonancias germánicas, que Montesinos había sido incapaz de retener. Apretado entre sus manos arrugadas traía un guirlache de bienvenida, hecho por ella misma, y había estado un buen rato plantada ante la puerta de entrada de la casa, sin que Montesinos hiciera en ningún momento conato de querer dejarla pasar. Él era muy celoso de su intimidad, y no quería satisfacer la curiosidad de esa señora que, sin duda, con la excusa del recibimiento vecinal, había acudido allí simplemente para husmear. Parecía querer hacerse una idea del aspecto de la casa y del modo de vida de su nuevo dueño, a partir de lo poco que podía ver desde la puerta. En los minutos que duró la charla ella no dejó de lanzar miradas hacia el interior, que estaba todavía a medio amueblar, lo que llegó a incomodar tanto a Montesinos que, inconscientemente, este había ido haciendo progresivamente más pequeño el hueco de la puerta, empujándola con su cuerpo conforme escuchaba, o fingía escuchar, a la octogenaria. Esto era solo un ejemplo de la relación que Montesinos había decidido establecer con el inframundo de todos esos pecados veniales, y de su uso práctico para garantizar la propia pervivencia.
La placa del buzón indicaba que la anciana se llamaba P. Schlüter, uno de esos apellidos con más consonantes de las que podría gestionar un aparato fonador humano sin atorarse. Era descendiente de inmigrantes alemanes, y de niña había vivido temporalmente en la colonia germana que se había establecido en Swakopmund, Namibia, en el siglo xix, hasta que los negocios obligaron al clan familiar a seguir rodando por el mundo.
Todos estos datos biográficos habían ido cayendo progresivamente sobre Montesinos, sin que él los reclamase, en visitas sucesivas de la anciana. Él se apretaba el oído con un dedo, en un gesto que recordaba mucho a aplastar una colilla contra un muro, aunque el acto tenía menos que ver con la necesidad de dejar fuera tanta palabrería sin sentido que con la mitigación de las molestias crónicas que sentía en su trompa de Eustaquio, a raíz de un episodio infame de su infancia. En todo caso, la señora estaba empeñada en agradarlo, sin duda en busca de una compañía un poco indirecta y un calor humano más bien precario, que eran todo lo que Montesinos estaba dispuesto a ofrecerle. Vivía en la casa adyacente a la suya y, para satisfacer esa necesidad, de vez en cuando le llevaba botes de mermelada o pasteles, comidas con aspecto de otro tiempo y de otra cultura que Montesinos no había visto jamás. ¿Serían verdaderamente comestibles esos platos recargados, temblones, de texturas imposibles? Ella representaba mejor que ningún otro ente animado o inanimado el kitsch centroeuropeo, lo que sumado al kitsch natural, universal e inherente a todas las ancianas daba a luz un mundo naíf y sofocante: fundas de ganchillo inverosímiles, cortinas con ribetes agoniosos, colchas floreadas, cuadros paisajísticos con atardeceres chillones, y así sucesivamente. Por el bien de la Humanidad en pleno y de sus millones de retinas, no habría estado de más que en algún momento ella se hubiera aflojado el último botón de la camisa, que comprimía la fofa piel de su papada en un plegamiento informe y siniestro, tan incómodo de ver para el resto de sus conciudadanos; o que ese día concreto de la presentación hubiera desestimado insertar en su solapa el gigantesco broche con forma de libélula moribunda, que producía un efecto entre espantoso y alucinógeno en quien lo contemplaba. Que tuviera más de ochenta años era solo uno de esos conceptos paradójicos difíciles de interpretar, por un lado certificado por un cuerpo semimomificado y al borde del cataclismo, pero enseguida desmentido por una energía agotadora, que brotaba de las profundidades de su ser. Sus movimientos eran lentos, pero implacables, casi obsesivos. Interceptándola en el umbral físico de la puerta, Montesinos estaba negando a la anciana el acceso simbólico a su intimidad, en un momento especialmente delicado que requería de toda su concentración.
Una mudanza suele suponer un caos en el sentido práctico, pero a menudo lleva asociado también algún tipo de vorágine sentimental. Al trasiego de objetos y recuerdos (como si fueran una misma cosa intercambiable, en una transacción infecta), se une con frecuencia la incertidumbre ante lo desconocido y la adaptación a un nuevo medio. La evidencia había caído sobre él unos días antes, mientras desempaquetaba bultos y arreglaba desperfectos en un sábado frenético. El borrón y cuenta nueva que era la mudanza de Montesinos tenía que ver con toda esa puesta al día del material personal que se retorcía en su interior, dejando atrás un pasado suburbano que, condicionando sus relaciones con el mundo, le había impedido emerger, desarrollarse y prosperar, constituyendo la perfecta coartada para un ánimo a veces excesivamente timorato que rehuía asumir riesgos, y cercenaba así sus iniciativas. Ese pasado suburbano implicaba un marco geográfico y sociocultural concreto (barrios de clase media o media-baja, palomas enfermas, habitantes grises que exudaban problemas, angustia, mediocridad), y un entorno familiar acorde con dicho marco, con sus seis elementos humanos apuntando en direcciones divergentes y a menudo poco conciliables. Aunque la mudanza pretendía apartar de un plumazo todos estos factores, más las devastadoras consecuencias de sus deplorables trabajos anteriores, sus reminiscencias permanecían adheridas al tuétano de Montesinos, imposibles de dejar definitivamente atrás, ahondando en esa leve confusión anímica que lo mantenía intranquilo.
Y de pronto se había sumado el factor Emma, desdoblado en dos manifestaciones concretas (un encuentro casual en la calle, tras veinte años de olvido; una fotografía devuelta a la luz por azar) que amenazaban con poner el nuevo orden patas arriba, alargando sus brazos hacia el pasado y dando una nueva dimensión al mito.
Lejos de estar presintiendo la caída de ese mito, sin embargo, el encuentro había dejado un rescoldo en el inconsciente de Montesinos, una brasa discreta presta a arder a la menor oportunidad. La fotografía de Emma y Míster Ackerbilk encontrada en una caja de zapatos Hush Puppies, usada para almacenar todo tipo de material sensible (cartas, bocetos, objetos connotativos, facturas y documentos que habían ido a parar allí de un modo muy disruptivo), resultó ser el detonante para esa deflagración. Se había consumado: el detonador que había sido aquel encuentro cartilaginoso con Emma, más el detonante que representaba la fotografía, habían provocado la ignición, de modo que la pequeña brasa anaranjada había empezado a arder con una llamita conmovedora.
La cuestión era más profunda de lo que había imaginado, por lo visto, y allí sentado, sobre una caja de mudanza y con la fotografía de Emma en la mano, y durante los días que siguieron, el hilo de aquella historia fue devanándose alrededor de un eje imaginario que le hizo caer por el tubo del tiempo hasta los mismos orígenes, con bruscos batacazos y paradas en distintos escalones que lo detenían en la infancia o en los tiempos universitarios, sin ningún orden aparente y tal como actúa el pensamiento: un zoom que despliega sus mal engrasados anillos, y a trancas va alejando o acercando la imagen, aproximando detalles que el espectador quizá no quisiera mirar.
5
La primera palabra que Montesinos había dirigido a Emma en su vida fue cuidado, un ente polisémico y un tanto inquietante que, como tal, solo debiera ser ponderado desde el contexto en el que fue pronunciado, veintidós años atrás: Emma charlaba desenfadadamente en un pasillo de la Facultad de Psicología, rodeada de todos sus hombres-mono, y, enfrascado en la conversación, el grupo se había desplazado desde su posición inicial hasta el borde de la escalera que llevaba al piso inferior, siguiendo uno de esos movimientos naturales derivados de las leyes de la proxémica. De espaldas al abismo, con los talones de sus carísimas Adidas blancas apoyados en el límite de la materia física, Emma reía la gracia de alguno de sus bufones, incomprensiblemente ajenos todos al peligro latente que se cernía sobre ella. Montesinos, que venía bajando esa misma escalera desde el piso superior, vio una oportunidad largamente esperada, y aprovechó para pasar junto a Emma y apretar suavemente su brazo, apartándola con delicadeza de su funesto destino. «Cuidado», murmuró, y señaló con la cabeza los peldaños. Fue la primera palabra, y fue también el primero de los raros contactos físicos que ambos habrían de mantener en los cerca de ochocientos días que siguieron. Emma no le dio las gracias, y ni siquiera le habló o lo miró, embebida en su entretenimiento entre dos clases lectivas y confundida por el tumulto de alumnos que cambiaban de un aula a otra. Seguramente ella se había sentido empujada por la multitud y no había sido consciente del estímulo, pero Montesinos había dejado su primera huella en ese cuerpo, y él mismo, durante casi treinta minutos, siguió sintiendo en su propia mano el tacto del jersey de Emma, la consistencia de su carne. Había tocado a la diosa; había calibrado su dimensión matérica, y ese era un salto cualitativo que dejaba atrás la inconsistencia de los ciento sesenta y nueve días precedentes, en los que simplemente se había resignado a observarla, entronizarla y desearla desde la bisoñería y la necesidad de sus veintiún años.
Montesinos categorizaba el gesto que acababa de hacer como una instancia sublime, cuya elegancia resultaba claramente superior a la estridencia de los bufones, y no le entraba en la cabeza que Emma no fuera sensible a ese tipo de proezas, incapaz de interpretar lo que él juzgaba como una diferencia sustancial con toda esa chusma descerebrada que siempre pululaba a su alrededor con intenciones puramente biológicas (también él tenía esa aspiración íntima, era cierto, pero creía que su pasión era mucho más genuina, noble y llena de belleza que la de los demás).
Todo lo que hubo antes de llegar a ese hito había sido una sucesión de días y semanas de anonimato, que habían hecho crecer en Montesinos el sentimiento levemente obsesivo de quien observa a su objeto de deseo sin ser siquiera notado. «Una pasión unilateral se exacerba ante la ausencia de retroalimentación», escribía Montesinos en el primer esbozo de su tesis, con palabras infladas por efecto de sus estudios y de sus perniciosas lecturas de bibliografía conductista. Con ello estaba de algún modo trasladando su propia experiencia a su investigación, aunque con efectos nocivos para el objetivo perseguido, según le expresaba vehementemente el señor Rebennack, catedrático de Psicología Diferencial y director de su tesis; pero lo que Montesinos había pretendido hacer notar era la simple situación aberrante de las pasiones no correspondidas, que propician la idealización y consiguiente desvirtuación del sujeto deseado, proyectando una imagen desajustada en la cabeza del apasionado. Que Emma ignorara la mera existencia de Montesinos provocaba la angustiada desesperación de este, y eso constituía una ley genética que ningún aspirante a cortejador había podido eludir desde que el mundo era mundo.
Emma se había inhibido aquel día, pero alguna semilla debió de haber quedado de ese encuentro forzado en la escalera, pues a partir de entonces Montesinos la había sorprendido varias veces mirándolo en clase, como si por fin ella hubiera reparado en su presencia y algo en él le llamara la atención. En los cálculos de Montesinos no entraba que pudiera tratarse de una simple cuestión de probabilidad, y que Emma lo estuviera observando a él como podía hacerlo con cualquier otra persona allí presente, y que fuera lógico que si él la miraba dos veces por minuto sus miradas tuvieran que cruzarse en algún momento. En cualquier caso, la coincidencia visual lo ilusionó, y pensaba que un cierto lazo debía de haberse establecido finalmente entre ellos, y que su gesto galante del pasillo no había pasado tan desapercibido como ella le había dejado creer. Mientras el despeinado profesor de Psicología de la Percepción explicaba las leyes de la Gestalt, Montesinos hacía dibujitos en sus folios que nada tenían que ver con ese marco teórico que resonaba entre las gradas con un poco de eco, y en medio de los garabatos escribía letras de canciones que quisiera estar escuchando en ese momento, preferiblemente llenas de imágenes expresionistas y significados concomitantes con su estado anímico. Jugaba a ser el poeta atormentado, el héroe deforme de apostura oculta que solo quedaba al alcance de las verdaderas mujeres, aquellas que supieran ver más allá del velo de vanidad, estupidez y prosaísmo que recubría al resto de los hombres-mono que solían rodearlas.
Uno de ellos era Fabio Baldassare, un tipo espigado al que Emma seguía como una partícula metálica en un campo magnético. Dejando de lado la rabia y los celos que lo cegaban, Montesinos tenía que admitir que el sujeto reunía todas las condiciones para ser aceptado en su seno por prácticamente cualquier hembra, aunque no entendía exactamente qué clase de tendencia lo ligaba casi en exclusiva a Emma. Sería su disparidad global como elementos antagónicos del género humano. Sería la atracción de los contrarios haciéndolos girar en ese campo magnético. Fabio asomaba con sus greñas de bohemio y su verbo fácil, sus lecturas heterodoxas, su creatividad desbordante, y Emma se asimilaba a él y abandonaba por un rato su filiación pequeñoburguesa, y jugaba a ser igualmente bohemia y a sentarse en el respaldo de los bancos o en el suelo, y a dar a entender que no le importaba mancillar su ropa de marca con la mugre que en él iban dejando los desharrapados. Y luego volvía a su casa en un barrio acomodado conduciendo un Suzuki Samurai regalado por su padre, y aquí no ha pasado nada. Casi ningún alumno iba en coche a la facultad en aquellos años, así que Emma, lo admitiera o no, era parte de esa aristocracia que quedaba tan lejos del mundo suburbial de Montesinos.
Esa era Emma, pero no la parte sustancial que a Montesinos le gustaba de Emma. El ideal que estaba armando en su cabeza excluía de algún modo la diferencia de clase y la cuestión de una improbable afinidad física, y se centraba en su espontaneidad y en su sonrisa, en sus orejas de mapache y en sus majestuosos pechos, por resaltar solo unos pocos de los atributos que estaban subyugándolo. Cuerpo y alma, espíritu y carne, un pozo de química en el que Montesinos había caído arrastrado por el deseo, y por el débil atisbo de una vida superior, más allá del olor a lejía en las manos proletarias de la línea setenta y nueve de autobús, que todos los días lo devolvía a su extrarradio desde la facultad.
La omnipresencia de Fabio en torno a Emma, el revoloteo constante de ambos como dos mariposas en una primavera perpetua, dificultaba enormemente el acercamiento que Montesinos pretendía, aunque, una vez más, esta era una de las coartadas que Montesinos había encontrado para no afrontar el hecho capital: que no tenía los arrestos suficientes para presentarse con su pobre presencia y su inseguridad crónica ante la diva. No estaba hecho para el cortejo. No tenía el don. De algún modo esperaba (en un proceso que necesariamente tenía que ser lento y dramático), que ella fuera descubriendo esos valores que hacían de él algo único e irrenunciable, pero también sabía que esto solo era parte de la dañina fantasía que usaba como motivo para vivir, para abordar ese autobús setenta y nueve a horas inhumanamente tempranas y asistir a clase cada día, y tener la posibilidad de ver una vez más a Emma.
Ante su incapacidad para acceder directamente a ella, Montesinos se propuso intentar un rodeo. Puesto que Fabio y Emma andaban siempre enredados en un toma y daca excluyente, pensó que podía acercarse a ella por vía del desgarbado compañero, usándolo como un caballo de Troya directamente inoculado en las entrañas de la chica. Era curioso cómo ella había congeniado con el greñudo, saltando por encima de sus irreconciliables extracciones sociales respectivas para buscarse el uno al otro por pura necesidad, como otra reiterativa historia de montescos y capuletos. El quid del infortunio sentimental de Montesinos no debía de residir, por lo tanto, en la diferencia de clase, pues Fabio no tenía una procedencia social muy distinta a la suya, y sin embargo Emma le había permitido acceder con total impunidad a su mundo. A menos que, como era de esperar (aunque el joven Montesinos, desde el vórtice de su pasión enceguecedora, fuese incapaz de vislumbrarlo en aquel momento), lo de Fabio se tratase tan solo de un entretenimiento circunstancial de Emma, una simple escala experimental, un pasajero episodio universitario forzado por ella en su afán de sentir la bohemia estudiantil, de manos del más bohemio de sus compañeros de curso. Por el contrario, Montesinos tendía a creer que la ambigua relación de Fabio con Emma era un ente que se consolidaría y perduraría en el tiempo, expulsándolo a él de su esfera personal sin miramientos. Cuanto más ardía su interior, más pétreo se mostraba Montesinos por fuera, lo cual no significaba que actuara de un modo descortés con quien se acercara a darle conversación circunstancial, o a pedirle unos apuntes. Él se desenvolvía en una especie de quietud intemporal de moái, una serena inanición muy enigmática, en apariencia inofensiva, que acababa animando a la gente a abusar de sus favores. Esos inconscientes no sabían lo que estaban haciendo, en realidad, cuando tanteaban con su palo a la bestia dormida en el interior de Montesinos. Con el cebo bien dispuesto en la punta del anzuelo, uno de los que se acercaron a él en busca de material académico fue precisamente Fabio, y Montesinos enseguida entendió que por fin tenía ante sí la oportunidad de cercar a su verdadera presa, es decir, Emma, entrando a través de esa puerta trasera que el bohemio acababa de abrir sin pensarlo, ajeno a la necesidad irreprimible que consumía al buen samaritano. Montesinos no era de los estudiantes más brillantes, pero se había ganado una reputación como persona responsable y laboriosa. Casi nunca faltaba a clase (algún día, esporádicamente, se había tomado la licencia de no acudir a la facultad y subirse a un tren de cercanías que lo dejara al pie de una montaña, desde cuya cumbre gritar el nombre de Emma en soledad, desde el fondo de sus pulmones, para volver a descender al atardecer con el espíritu renovado por el baño de naturaleza y autocompasión, y toda la catarsis asociada), y el hecho de esta asistencia regular a sus obligaciones era fundamental para que todos vieran en él la pieza idónea para sus solicitudes: fotocopias, apuntes, listados de bibliografía complementaria, meras informaciones orales sobre los contenidos teóricos y las fechas de los exámenes.
Además de un seductor nato, Fabio también era un reputado buscavidas, siempre atento al beneficio que podía reportarle la proximidad de quienes tuvieran algo que proporcionarle, de modo que enseguida vio en Montesinos al suministrador ideal para sus variopintas necesidades. Empezó siendo un mazo de apuntes sobre epistemología genética, y continuó con un libro de Arnheim (que nunca le devolvió), y después, en un salto invasivo hacia un sector más personal, varios discos de vinilo, recuperados por Montesinos en un estado deplorable tras haber sido sometidos al ultraje de una aguja de tocadiscos en dudosas condiciones. Aunque el libro lo necesitaba Montesinos para la asignatura correspondiente (finalmente, ante la inminencia del examen, se vio obligado a comprar otro ejemplar), lo de los discos fue lo que más le dolió, porque atañía directamente a su parte más emocional: la música; la luz redentora, la zona áurea, su pervivencia humana en el interior de una escafandra de sonido.
Todo este menoscabo, aunque a regañadientes, lo dio por bueno Montesinos a cambio de la inesperada prebenda que acababa de recibir: la posibilidad de atravesar la primera capa correosa hacia el centro nuclear de su divinidad, por medio del rodeo que era Fabio y sus inagotables peticiones logísticas. Con la excusa del intercambio de material diverso, con Fabio presente como una sombra que nunca se disipaba y haciendo de intermediario, Emma y Montesinos comenzaron a interesarse por sus respectivas colecciones de discos, encontrando prometedoras coincidencias que dejaban el terreno bien preparado para una futura e ineludible puesta en común. En el interior de un ascensor de la facultad, una semana más tarde, tuvo lugar lo que Montesinos iba a denominar la «primera epifanía»: estaba solo en la cabina y había pulsado el botón para acceder a los aularios del segundo piso, cuando Emma se deslizó súbitamente en el habitáculo, justo antes de que la puerta terminara de cerrarse. Dentro de ese espacio tan reducido, la disparidad física entre ambos se hacía más evidente. Quedaba claro que, desde un punto de vista biológico, no se correspondían. Emma era cuatro dedos más alta que Montesinos, y todas sus formas quedaban fuera de la escala natural en la que él hubiera podido moverse con comodidad. Era demasiada hembra para su cuerpo compacto, geométrico, con la cerviz excesivamente pronunciada y la cabeza gorda de tortuga. La distinta calidad de sus ropas evidenciaba también su desigual nivel en la pirámide social, y la distancia entre los mundos a él asociados. A pesar de todo ello no había en ese momento, sin embargo, ninguna percepción miserable en Montesinos, ni atisbo del retraimiento contumaz que solía acomplejarlo en su presencia, quizá porque el encuentro lo había pillado por sorpresa y su sistema nervioso no había tenido tiempo de descomponerse. A solas en el pequeño espacio cúbico, lo que se imponía en Montesinos era el aura animal de Emma, luz y calor manifestados como una sensación netamente física que embebía su alma de una especie de entumecedora plenitud. Ella llevaba bajo el brazo un ejemplar de Ziggy Stardust, de David Bowie, y sin decir una palabra de más ofreció el vinilo a Montesinos, señalándole con el índice el texto en mayúsculas de la contraportada: «to be played at maximum volume», lo que suponía ya una declaración estética de principios, una suerte de primera piedra colaborativa para la construcción de lo que estuviera por venir. En esa implicación personal de Emma quiso ver Montesinos un atisbo de complicidad, algo que de pronto lo distinguía del resto de persistentes hombres-mono que a menudo la atosigaban. «Te gustará», dijo simplemente ella. Montesinos tomó el préstamo en sus manos como quien recibía un tesoro. «Por descontado», pensó, y no se refería solo al disco.
Lo que acababa de acontecer era algo que se tendía cálidamente entre Montesinos y Emma, sin más intervinientes. Fue una de las cosas que más deleitaron a Montesinos: con su pequeña confabulación se había abierto un pequeño resquicio en el tupido tejido Emma-Fabio, hasta entonces tan impenetrable. Ahora Emma y él habían creado una zona en común de la que Fabio, por primera vez, había quedado excluido.
Aun con todo, el influjo de Fabio sobre Emma seguía siendo imbatible, y pasaba por estimular una especie de excitación cultural basada en la sucesiva administración de productos literarios, referencias cinematográficas, nociones artísticas, apuntes sobre hechos científicos, técnicos, culinarios… Una estrategia arquetípica en esa emergente edad juvenil de universitario leído y con una curiosidad acentuada, en la que el sujeto necesita perentoriamente individualizarse y usa la cultura como un signo de diferenciación, al calor de esa eclosión intelectual que se produce alrededor de los veinte años. Resultaba vistoso comentar una película de Fassbinder o Godard, disertar sobre la Trilogía de Deptford, hacer estudios comparativos entre las obras de Puvis de Chavannes y Odilon Redon, o pontificar sobre la preparación del boeuf bourguignon. Vinos, funciones celulares, soluciones arquitectónicas, descubrimientos musicales…, todo cabía en el arsenal retórico de Fabio, siempre con una tea encendida en la mano para prender esos fuegos artificiales que tanto deslumbraban a los desprevenidos, a los oyentes poco preparados.
Lejos de quedar encandilada por las explosiones de luz, Emma sentía la afinidad de los iguales, le seguía el ritmo, hacía sus aportaciones. Disfrutaba con el rifirrafe cultural, lo complementaba con su propia contribución. Aunque nada de esto habría sido suficiente si no hubiera habido un baño de química adicional, un trasvase hacia lo físico de todo ese material mental. Por encima de lo que decía Fabio, a Emma le gustaba cómo lo decía, su forma de gesticular o de engolar la voz de ese modo que quitaba pesantez al asunto y la hacía reír. Montesinos siempre pensó que la naturalidad de Fabio enganchó a Emma, y que la química y la física hicieron el resto.
En solo diez minutos de conversación el muchacho podía traer a colación un bloque temático cualquiera: Barbey d’Aurevilly, Villiers de L’Isle-Adam, Joris-Karl Huysmans, D’Annunzio, y hacer una semblanza del decadentismo y el dandismo literario sin ningún empacho. En su réplica, Emma podía aportar a Henri Murguer al polinomio (empezaban a interesarle las lecturas con un trasfondo de bohemia), y así iban diciéndose el uno al otro, con movimientos en clave pero a plena luz, cuáles eran las inquietudes personales que los movían en ese determinado momento de sus vidas. Un día aparecía Emma con una edición de Crónicas de motel, de Sam Shepard, y Fabio contrarrestaba el efecto con El vizconde demediado, de Italo Calvino, por ejemplo, forjando un duelo inocuo con el que tejían sus afectos. «Si quieres saber cómo me siento, léete este libro», decía Emma con el ejemplar en alto, dando a entender que nada podía explicarla y definirla mejor ante Fabio o ante cualquier otra persona que ese puñado de páginas. Dandismo, bohemia, moteles, decadentismo. Daba igual. El menú era la excusa para estar cerca, para pasar tiempo el uno junto al otro en un tonteo con un final imposible, pues ambos estaban comprometidos de algún modo con otras personas. Fabio compartía apartamento con una chica bajita que estudiaba Artes Aplicadas, y cuyo mayor bagaje físico eran unos pechos voluminosos y bien formados, porque en general no era demasiado agraciada, aunque esta percepción subjetiva quedara siempre en la torpe mirada del espectador, en su exceso de miramiento academicista, y en su falta de flexibilidad existencial global. Emma, por su parte, tenía un presunto acompañante llamado Gregorius. El conocimiento de este dato, cuando se produjo, desencadenó una pequeña convulsión en el ánimo de Montesinos, aunque al parecer se trataba de un tipo bastante aburrido y convencional, sobre todo si se lo comparaba con Fabio, aunque no desentonaba en el ambiente en el que ambos, Emma y Gregorius, solían desenvolverse: círculos familiares adinerados, endogámicos, situados fuera del mundo finito en que el noventa por ciento del vulgo restante desarrollaba su pálida existencia.
Montesinos estaba al tanto de la doble circunstancia, es decir, de la aparente ligazón de Emma y Fabio a parejas ajenas a ellos dos, lo que hacía todo mucho más desconcertante. Se preguntaba si Emma y Fabio eran amantes. Si lo habían sido o lo iban a ser. Trataba de leer cada señal física que indicase un acercamiento fuera de lo normal en público, algo más íntimo y significativo que luego pudiera tener un correlato amplificado en su privacidad entre cuatro paredes. La idea de ese apareamiento biológico, la simple posibilidad, lo atormentaba. Los imaginaba en el cuerpo a cuerpo en la intimidad de una habitación, dos bellos ejemplares acoplados de modo exclusivo, en su sentido literal. Exclusivo: que excluía a terceras personas; que lo excluía a él. El orden volvía a restablecerse: Fabio otra vez dentro; él fuera. Montesinos tenía entonces ante sí un triple obstáculo que salvar, hasta llegar a su objetivo: debía pasar por encima de Gregorius, el anodino partenaire de Emma; desplazar a Fabio en el imaginario protoerótico de la chica; e intentar acceder a la propia Emma si ella, alguna vez, tenía a bien abrir esa puerta firmemente cerrada.
Esto último implicaba derribar la desalentadora barrera físico-química que los separaba. Quizá Montesinos estaba exagerando al magnificar las diferencias morfológicas de ambos, la bella y la bestia, como si fuesen ejemplares de especies distintas. Desde un punto de vista físico, había un diez por ciento de posibilidades de que una mujer como Emma se fijara en un tipo como Montesinos, que encontrase en él elementos atractivos, y que estuviera dispuesta a explorarlos con detenimiento en privado, solo por ver qué podía pasar. Pero ese diez por ciento existía. Solo había que adornarlo, revestirlo de otros dones para que el señuelo funcionara y ella mordiera el anzuelo… Pero del lado de la química no había nada que hacer. Era algo que no se podía forzar porque, sencillamente, se siente atracción o no se siente. Es algo instantáneo y animal. Lo demás, tratar de dar una oportunidad al despropósito, convencerse de que puede haber algo ahí dentro que no se supo ver es simplemente capitular, contemporizar, ser educados. La química interpersonal es lo que mueve el mecanismo de la pasión. El resto, la permanencia abnegada junto al otro por los siglos de los siglos, son solo buenos modales.
Después de llegar al callejón sin salida de un pensamiento tal, Montesinos se iba a dar largos paseos vespertinos, o a sentir misericordia de sí mismo sentado en un banco del campus, o en una escalera solitaria de la facultad. Había que actuar, su perpetua combustión interna se lo estaba reclamando, pero ¿en qué dirección?, ¿con qué objeto?
6
Montesinos examinaba el color de sus ojeras frente al espejo, mientras se cepillaba los dientes. Esos trozos de piel bajo los ojos se extendían como parches de un tono indefinido para el que llevaba un rato buscando un nombre. Los matices se superponían sutilmente entre sí, acudiendo desde distintas zonas y abarcando diferentes franjas del espectro cromático, pero acababan arremolinados en una masa global que, al terminar el escrutinio, decidió catalogar mentalmente como «púrpura profundo», tratando de dar a su conclusión deliberadas connotaciones roqueras. Estaba durmiendo mal. A veces el azar lo ponía bocarriba, y la frase, con su aspecto de tropo concebido para la simple exhibición retórica, era del todo literal: en ocasiones acababa yaciendo en posición de decúbito supino, atravesado sobre el colchón y ahogado en la respiración agónica de los roncadores. Sus sueños eran complejos, y en el descanso fragmentario se apoderaba de él una inquietud que le hacía dar vueltas en la cama. Al despertar se sentía melancólico. La primera andanada de recuerdos incontrolados, con Emma como epicentro, había impactado en su psique con más fiereza de lo esperado. Pensó en el cuerpo de Emma, aquella masa de materia cálida que lo había llenado de pasión, en su momento; y pensó en su rostro: en el de antes y en el de ahora, el que había visto recientemente de un modo inesperado. Lo que él denominaba nariz de cerdita era en realidad un apéndice con la punta ligeramente elevada, que dejaba ver muy sutilmente el arranque de las narinas (y de un modo encantador, por cierto), al igual que sus orejas un poco despegadas eran sus orejas de mapache. Se trataba de una caricaturización de la diosa, algo que solía hacer en el pasado para sentirla cercana, aunque en el encuentro casual que había tenido lugar cuatro meses atrás había predominado esa sensación de omnipresencia de elementos cartilaginosos, quizá porque ella había adelgazado un poco con el paso del tiempo y su rostro se había afinado de un modo extraño. Seguía siendo muy bella, en todo caso. Ahora tenía cuarenta y tres años, los mismos que él, y tendría una vida hecha y toda una biografía de la que Montesinos no quería tener noticia, por preservar una memoria que, de un modo más o menos soterrado, había perdurado en él a lo largo de dos décadas. También él se había ido construyendo una vida, en la medida de lo posible, a pesar de un cierto fiasco académico y un proyecto de tesis doctoral abandonado, que le había cerrado muchas puertas. Se lo había advertido el profesor Rebennack entonces, y, no obstante los modos ariscos con que solía expresarlo, ahora le parecía un buen consejo. Durante unos cuantos años había tenido que purgar su dejadez académica en el Brown Sugar, un local donde conoció la verdadera indignidad laboral entre posos de café, personal inaceptable y bollería industrial, pero tras un período de esterilidad profesional, con una sucesión de oficios deprimentes, finalmente había logrado abrirse camino y había recalado en el gabinete psicológico de una empresa de publicidad, para la que ya llevaba seis años trabajando. El culmen de sus esfuerzos era esa nueva casa de la que ahora disfrutaba, como un triunfo del hombre hecho a sí mismo sobre la infame naturaleza de las cosas. Por una vez todo empezaba a encajar con una cierta armonía. En un rincón del salón todavía quedaban unas pocas cajas por desembalar, pero, con la mudanza completada, la acción defensiva podía darse prácticamente por concluida.
