El mediterráneo medieval y Valencia - Paulino Iradiel Murugarren - E-Book

El mediterráneo medieval y Valencia E-Book

Paulino Iradiel Murugarren

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Beschreibung

La historia medieval de Valencia comienza a estar presente en todos los grandes debates de la historiografía internacional por su aportación novedosa y profunda al desarrollo económico premodemo y al movimiento de las sociedades mediterráneas o por las muchas innovaciones en la cultura política y en la experimentación de nuevas prácticas sociales. En una primera parte el volumen estudia los problemas de historiografía y metodología de la historia social y económica de la Edad Media. Pero en su mayor parte, este libro aborda la explicación del funcionamiento de las modernas economías euromediterráneas basadas en la fuerte movilidad social, en los fundamentos de la cultura mercantil, en la apertura de espacios y escalas más allá de lo local y en las innovaciones técnicas de los hombres de negocios que caracterizan las identidades urbanas.

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EL MEDITERRÁNEO MEDIEVAL Y VALENCIA

ECONOMÍA, SOCIEDAD, HISTORIA

EL MEDITERRÁNEO MEDIEVAL Y VALENCIA

ECONOMÍA, SOCIEDAD, HISTORIA

Paulino Iradiel

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

Esta publicación forma parte del Proyecto I+D+i «Identidades urbanas Corona de Aragón- Italia: redes económicas, estructuras institucionales, funciones políticas», referencia HAR 2011-28861, financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación.

© Paulino Iradiel, 2017

© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2017

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es

[email protected]

Ilustración de la cubierta:

Anónimo mallorquín atribuible al taller de Gabriel de Vallseca (ca 1439).

Biblioteca Nazionale Centrale, Florencia

Maquetación: Textual IM

Corrección: Communico-Letras y Píxelex, S. L.

ISBN: 978-84-9134-119-2

ÍNDICE

«PAULINO IRADIEL, HISTORIADOR CRÍTICO DEL MEDIEVALISMO», Germán Navarro y David Igual

PRESENTACIÓN

I. HISTORIOGRAFÍA, METODOLOGÍA Y FUENTES

1. Definir y medir el crecimiento económico medieval

2. La transición y los aspectos del desarrollo comercial y manufacturero en la Europa bajomedieval y moderna

3. Antes de la identidad, las identidades. Reflexiones desde la periferia

4. Economía y sociedad feudo-señorial: cuestiones de método y de historiografía medieval

5. Medievalismo histórico e historiográfico

6. Fuentes de derecho privado: protocolos notariales e historia económica

II. EL MEDITERRÁNEO MEDIEVAL Y LA CORONA DE ARAGÓN

7. La idea de Europa y la cultura de las élites mercantiles

8. Metrópolis y hombres de negocios (siglos XIV y XV)

9. Nápoles en el mercado mediterráneo de la Corona de Aragón

10. La economía de la Corona de Aragón a finales de la Edad Media

III. CORPORACIONES, INDUSTRIA Y COMERCIO

11. En el Mediterráneo occidental peninsular: dominantes y periferias dominadas en la baja Edad Media

12. Corporaciones de oficio, acción política y sociedad civil en Valencia

13. Consecuencias económicas y demográficas de las epidemias del siglo XV en la Corona de Aragón

14. El siglo de oro del comercio valenciano

15. El comercio en el Mediterráneo entre 1490 y 1530

PAULINO IRADIEL, HISTORIADOR CRÍTICO DEL MEDIEVALISMO

Germán Navarro EspinachUniversidad de Zaragoza

David Igual LuisUniversidad de Castilla-La Mancha

La cercanía que tenemos con el autor de este libro, nuestro querido maestro y amigo el profesor Paulino Iradiel, condiciona sin duda el análisis de su trayectoria historiográfica. Por eso hemos concentrado la atención en la letra de sus publicaciones más que en nuestras conversaciones con él durante tantos años, citando sus propias palabras cuando ha sido posible para ilustrar en primera persona las pinceladas que componen este intento de biografía académica. Para mayor complejidad y como se aprecia por su propio bagaje personal, Iradiel pertenece al clan de los historiadores migrantes e itinerantes cuya mente está habituada a la percepción de múltiples espacios historiográficos. Navarro de nacimiento (Miranda de Arga, 1945), se licenció en la Universidad de Salamanca, de la que luego fue profesor, y obtuvo el doctorado por la Università degli Studi di Bologna, para terminar como catedrático del Departament d’Història Medieval de la Universitat de València hasta su jubilación en calidad de profesor emérito en el curso 2015-2016. Además ha sido director del departamento de Valencia y de su Revista d’Història Medieval, desempeñando también el cargo de decano de la Facultat de Geografia i Història. Y si hubiera que destacar uno entre sus muchos méritos académicos, ese sería sin duda el de formar parte del prestigioso Comité Científico y de la Junta Directiva del Istituto Internazionale di Storia Economica Francesco Datini de Prato (Italia).

Aparte de haber tenido una trayectoria académica excelente, el profesor Iradiel deviene toda una singularidad historiográfica. Siempre se ha caracterizado por escribir ensayos y libros de tono interpretativo profundo en los que ha vertido propuestas innovadoras y alegatos firmes en defensa de la reflexión epistemológica, metodológica y conceptual para los temas tratados. Su compromiso social explícito como docente e investigador –que no ha dejado de expresar en todo momento– le ha acabado convirtiendo en un historiador crítico del medievalismo. Y es que con Iradiel estamos ante una de las voces mejor formadas y más potentes de la historia medieval española de los últimos cincuenta años. Sus escritos no dejan indiferente a nadie y hay que leérselos varias veces para exprimir todo el jugo que rezuman bajo el paraguas de una prosa que resulta tan compleja y contundente como los mismísimos pensamientos que transmite. Véase a título ilustrativo la introducción que ha redactado para justificar esta obra de título sugerente: El Mediterráneo medieval y Valencia.

En las conclusiones de un libro que acabamos de coeditar juntos sobre Identidades urbanas Corona de Aragón - Italia (Iradiel, Navarro, Igual y Villanueva, 2016) dice que está «al final de mucho, o de casi todo», más dispuesto a dar consejos y la penúltima lección (Iradiel, 2016: 327). Sin embargo, la lectura de esas mismas conclusiones o de algunos de los trabajos más recientes que constituyen este libro demuestran que, en verdad, sigue estando a la vanguardia de todo más que al final de mucho o, si se prefiere, ante «la continuidad de mucho» como planteamos también para cerrar la presentación de otro libro colectivo que le hemos dedicado quienes fuimos sus doctorandos (Igual y Navarro, eds. 2017). Nuestro maestro sigue siendo un referente académico vigente porque al día de hoy va por delante en el camino del conocimiento en busca de ideas con las que innovar, profundizar, avanzar, provocar.

El perfil historiográfico que reflejan los artículos que componen la presente obra es el de un especialista en la historia económica y social del mundo urbano de la Corona de Aragón, pero sus publicaciones a lo largo de más de cuarenta años de recorrido trascienden bastante esa etiqueta. Él mismo justifica en el texto introductorio por qué motivos ha elegido esos trabajos y no otros para componer este libro y «hasta qué punto los temas tratados han logrado imponerse como trayectoria de investigación coherente pese a la diversidad de argumentos y de enfoques». Tal vez ha pensado más en los temas que le han ocupado últimamente sobre el mundo mediterráneo medieval desde el observatorio valenciano. También es muy probable que haya querido reflejar sus últimas posturas historiográficas. El hecho es que del conjunto de 15 artículos que ha reunido solo hay cuatro de los años 1986-1993. La mayoría absoluta se publicó desde el año 2000 hasta hoy, incluyendo uno inédito. Por ello creemos que es importante aquí y ahora dibujar algunas líneas en retrospectiva viajando al «principio de mucho» para reivindicar que sin aquellos comienzos no se entienden estas aportaciones.

Vaya por delante, pues, la idea de que en su trayectoria no van a percibirse movimientos de péndulo contundentes como el que hemos visto en otros grandes medievalistas viajando entre opciones temáticas y metodológicas a veces muy distantes. Servirían en ese sentido el caso de Georges Duby, que empezó con Economía rural y vida campesina para derivar, con el paso del tiempo, en Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo; o el de Jacques Le Goff, cuya cuantiosa producción le ha permitido columpiarse sin solución de continuidad entre Mercaderes y banqueros y El Dios de la Edad Media. En el caso de Iradiel no hay tentativas de esa magnitud pero sí que se observan ciertos golpes de timón, que lo han llevado al cabo de los años desde la historia económica marxista de referente italiano a la nueva historia económica anglosajona, pasando de la historia de la industria, la propiedad agraria y el feudalismo al estudio de las élites, la idea de Europa y las identidades urbanas. Como es lógico dichos cambios de ruta no son inocentes o incoherentes. Algunas de esas novedades llevaban una maduración larga en su mente y por fin se han manifestado. Para entenderlo tendremos que acudir a los orígenes de su vida académica, sin salirnos nunca de la materia prima fundamental que utilizaremos y que, como hemos anunciado, es la letra de sus publicaciones.

La obra clave por la que es más conocido es sin duda su Evolución de la industria textil castellana (Iradiel, 1974). Más de cuarenta años después sigue vigente como el primer día tanto como modelo de investigación impecable a la que los jóvenes medievalistas deberían aspirar, como por tratarse de un diagnóstico tan profundo y certero del desarrollo industrial castellano que solo ha sido matizado levemente por otros autores e incluso por él mismo al cabo del tiempo. Es la edición de su memoria o tesis de licenciatura de la Universidad de Salamanca. En ella demostró ser un perfecto conocedor de las manufacturas laneras de Cuenca, pero no se limitó a describir el proceso técnico, sino que pasó a interpretarlo siempre desde la perspectiva de un materialismo histórico depurado, integrándolo en la realidad de la economía europea medieval. Como recuerda en el prólogo su director José Luis Martín, el estudio lo inició antes de conocer al que sería uno de los grandes referentes en la vida académica de Paulino Iradiel, el profesor Federigo Melis, promotor de aquella segunda Settimana di Studi de Prato sobre producción, comercio y consumo de paños de lana. Es cierto, pero conviene apuntar que para llevarlo a cabo estuvo aconsejado desde el principio por el profesor Felipe Ruiz Martín, el cual fue quien le sugirió la documentación de Cuenca. Por añadidura, a finales de los años sesenta Iradiel fue alumno de profesores de la talla de Miguel Artola o José Ángel García de Cortázar, por aquel tiempo docentes en la Universidad de Salamanca. Ambos le influyeron notablemente en su concepción de la historia y en sus perspectivas de interpretación.

Así narra sus comienzos el propio Iradiel en una entrevista bastante posterior:

Yo empecé en el tardofranquismo, pero ya en un momento muy de transición y en un lugar un poco privilegiado. Era el final de la década de los años 60 y principios de los 70, la cosa ya empezaba a cambiar. Y en un lugar privilegiado porque estudié en Salamanca y realmente Salamanca en aquella época era un poco excepcional. Había inquietud, había ya aires bastante europeos, había una excelente Facultad de Historia y, respecto a otras universidades, tenía ciertas ventajas. Sí, se notaba la cerrazón, el nacionalismo un poco insano y fuerte, y el retraso respecto a historiografías europeas, pero no era tanto como en otras universidades españolas. Por ejemplo, yo vine a Valencia en 1981 y todavía encontré un poso de historiografía y de visión que no acababa de lanzarse plenamente hacia una renovación total. Estaba como estábamos en Salamanca 10 años antes. Pero bueno, en los inicios de los años 70 el franquismo se notaba y mucho (Cerdà, 2008).

Su argumento incidía en el hecho de que en Salamanca se comenzaba ya a hablar de marxismo, renovación o Annales en esos momentos. Y no era problema hacerlo respecto a épocas como la Edad Media, por el contrario a las dificultades que ello suponía cuando se pretendía aplicar a la historia del siglo XX, por ejemplo. En ese sentido, Iradiel no reconoce haber tenido una vocación concreta por la Edad Media o por otra época, aunque es cierto que le gustaban más las sociedades anteriores a lo contemporáneo, pero su dedicación al medievalismo fue casi por casualidad. Podría haber sido modernista o historiador de la economía. En verdad también lo es. En suma, lo suyo era vocación de historiador y punto.

Su toma de contacto con Federigo Melis aconteció en 1970. El profesor Antoni Riera describe así sus primeros pasos en la querida Italia:

Paulino Iradiel –recien licenciado– con las sugerentes figuras de Federigo Melis, en el Instituto Internazionale di Storia Economica Francesco Datini de Prato, y de Ovidio Capitani, en la Universidad de Bolonia, había reforzado su opción por la historia social y económica. Con un sólido bagaje teórico, el profesor Iradiel reinició su actividad investigadora en los archivos mediterráneos ibéricos, cuya riqueza en documentación privada le permitió ampliar considerablemente su horizonte temático (Riera, 2001: 14-15).

En efecto, Italia y el Mediterráneo lo atraparon para siempre en el mejor de los sentidos. Su estancia como becario del Colegio de España en Bolonia (1970-1971) le permitió concretar su tesis doctoral sobre la propiedad agraria de esa misma institución que le acogía a él como colegial «albornociano». Y sí, es cierto, el tema visto así suena a cuestión española, pero en la práctica lo convertía de facto en historiador de la economía rural del norte de Italia. Era un medievalista castellano que se transmutaba en italianista. Cuando un extranjero investiga la historia de España lo llamamos hispanista, pues bien españoles como Iradiel lo han hecho acerca de otros países. En su caso bajo la batuta de uno de los mejores maestros del medievalismo italiano, el profesor Ovidio Capitani.

La publicación de la tesis doctoral (Iradiel, 1978) constituye una segunda obra maestra después de la edición de su Evolución de la industria textil castellana cuatro años antes. Sinceramente, más que una memoria de licenciatura y una tesis de doctorado lo que escribió al final fueron dos tesis doctorales. La segunda, la tesis reconocida como tal, ostenta un título extremadamente potente: Progreso agrario, desequilibrio social y agricultura de transición. Fue pensada en Italia –como dice su autor en la presentación– con el apoyo de otro gran historiador del medievalismo italiano, el profesor Antonio Ivan Pini, pero reelaborada sin embargo en el Departamento de Historia Medieval de la Universidad de Salamanca, quedando claro que fue en ámbito castellano donde había nacido antes su interés por el mundo agrario (Iradiel, 1978: 10).

En el corazón del libro Progreso agrario estaba la idea de que el modelo social es el envolvente del modelo económico, y en ese punto la diferente relación con la tierra que generaba cada familia campesina en su modo de reproducción social es un aspecto fundamental para entender el lugar que ocupaba en la tipología social. De hecho, la delimitación, todo lo más precisa que sea posible, de la empresa agraria, esto es, la individualización del tipo de unidad productiva predominante en dicho territorio durante los siglos XIV-XV, constituye uno de los elementos más fuertes de su trabajo. La primera tarea debe ser reconocer la ubicación y la composición de las unidades de producción. La historia social del campesinado ha de partir siempre de un análisis de las formas de explotación de la tierra aludiendo al medio físico y los recursos naturales disponibles, la demografía y la organización del espacio, y, en suma, las características fundamentales de la economía agropecuaria. Por ese motivo es necesario centrar el campo de investigación en los límites precisos de un área geográfico-económica bien delimitada o de unidades autónomas y perfectamente conocidas de producción.

Entre las ideas importantes que subyacen de la tesis de Iradiel está la de que el análisis de la producción implica la investigación de las formas específicas que reviste la organización de todo el proceso de trabajo social. En todo intento de real convergencia entre análisis económico y conocimiento histórico es fundamental una investigación tendente a identificar con exactitud las relaciones de producción y la concreta estructura económico-social en la que ellas se insertan. Cuando hoy trabajamos en novedosos programas de investigación como ERMO («Empresas Rurales en el Mediterráneo Occidental»), liderado por la Casa de Velázquez de Madrid, debemos releer esta tesis que tiene casi cuarenta años. En ella ya se planteaba una historia de la economía rural en la que el primado de la producción es el elemento prioritario y que lleva consigo también una reorientación en la búsqueda de la documentación más idónea y unos métodos nuevos.

Al año siguiente de la publicación de Progreso agrario, Paulino Iradiel hablaba ya del «modelo del Colegio de España de Bolonia» para análisis futuros sobre estructuras de producción y consumo de productos agrarios en los siglos XIV y XV (Iradiel, 1979), tomándolo como referente él mismo para estudiar las bases económicas del hospital de Santiago en Cuenca (Iradiel, 1981). Esas dos grandes experiencias investigadoras sobre la industria textil castellana, primero, y sobre las estructuras agrarias boloñesas, después, constituyeron la base de dos artículos sucesivos para la revista del Departamento de Historia Medieval de la Universidad de Salamanca (Iradiel, 1983a y 1984). Con el primero de ellos introdujo el debate sobre la protoindustrialización en el medievalismo español comparando los esquemas de referencia de la industria castellana con la de otros países europeos. Su planteamiento era conectar industrias urbanas e industrias rurales y debatir sobre los modelos de articulación agro-urbana. Y dejó bien claro que la clave de explicación del desarrollo industrial en ámbito rural reside siempre en el sistema agrícola, en el contexto agrario (Iradiel, 1983a).

En el segundo artículo de la revista de Salamanca, Paulino Iradiel recogía ya los comentarios de autores como Moreta o Fontana sobre su Evolución de la industrial textil castellana, aludiendo a las conclusiones más polémicas a las que había llegado, a la vez que abordaba una problemática más general entonces ampliamente debatida, a saber, las realidades feudales o señoriales y las relaciones campo-ciudad en la Baja Edad Media. La relectura que hace del propio Marx –planteando hasta tres formas distintas de comprenderlo– y de los debates posteriores suscitados muestran con claridad a un historiador marxista preocupado por depurar al máximo el uso futuro del materialismo histórico en un sentido innovador y prudente, que se aleje del marxismo leninista-moscovita, del dogmatismo vulgar que se niega a revisar con autocrítica sus propios planteamientos: «aun a costa y con plena conciencia de tocar temas muy debatidos y polémicos, es necesario volver sobre cuestiones viejas, y nunca resueltas, como “feudalismo” y periodización histórica, o si se prefiere, “transición”» (Iradiel, 1984: 62).

Ni en Evolución de la industria textil ni en Progreso agrario Paulino Iradiel había lanzado al aire una pregunta semejante a la que se hizo a sí mismo Pierre Vilar en el prólogo a la primera edición castellana del año 1978 que tuvo su Historia de España: ¿acaso he querido escribir un libro marxista? Vilar contestaba lo siguiente: «Nunca he escondido... mi elección metodológica (que no quiere decir ideológica)... Espero tan solo que mis análisis, en la medida en que su condensación podía permitirlo, se hayan realizado en el espíritu de las exigencias marxistas». También la elección metodológica marxista de Paulino Iradiel viene implícita desde el principio de su trayectoria y comenzaría a hacerse más latente tras su cambio de destino académico. Y es que antes de publicarse esos dos artículos de Salamanca, Paulino Iradiel ya se había incorporado en 1981 a la cátedra de Historia Medieval de Valencia. De hecho, sus primeras publicaciones en ámbito valenciano fueron a la par que las de Salamanca y se editaron en un mismo número de la revista Debats.

El primero de ellos era un estado de la cuestión sobre el feudalismo mediterráneo en el que integraba ya el observatorio valenciano (Iradiel, 1983b). El otro artículo servía para introducir un dosier sobre el conocido debate Brenner, uno de los foros de discusión más fecundos entonces en el seno de la historiografía marxista y fuera de ella (Iradiel, 1983c). El propio Iradiel sería tiempo después uno de los traductores españoles del libro The Brenner Debate, editado por T. H. Aston y C. H. E. Philpin. Su síntesis sobre la Corona de Castilla para el manual de historia medieval de España de la editorial Cátedra constituye la última publicación en la que tratará monográficamente el mundo medieval castellano (Iradiel, Moreta y Sarasa, 1989). Se cerraba así de forma consolidada su visión sobre la historia castellana en perspectiva general. No ha vuelto a entrar en ella, si descontamos ocasiones puntuales como un estudio posterior sobre las ciudades castellanas, la incursión que hizo para la historia de Zamora o su análisis acerca de Fernando III y el Mediterráneo (Iradiel, 1991b, 1995a y 2003c).

A mediados de los años ochenta del siglo pasado, el profesor García de Cortázar ya valoraba positivamente su planteamiento sobre qué era el feudalismo con una alusión directa:

Las respuestas españolas a la pregunta, en cierto modo, las han sintetizado sobre todo tres autores: Julio Valdeón, Luis García de Valdeavellano y Paulino Iradiel. De ellos, en especial, del tercero, podemos deducir unas dosis de sano realismo que nos ilustren en un campo especialmente propenso a la «desorientación e indefinición de especialistas y no especialistas» (García de Cortazar y otros, 1985: 27).

En efecto, el posicionamiento marxista de Iradiel pasaría a reflejarse con claridad en dos grandes campos de reflexión, a saber, el feudalismo peninsular y la crisis bajomedieval –con todo lo que esta última tenía que ver con el gran debate de la transición al capitalismo–. No dedicó más atención a estas cuestiones de forma directa después de inicios de los años noventa. Estamos hablando de aquel breve manual poco conocido, pero muy útil por su tono de divulgación, que se llamó Las claves del feudalismo 860-1500 (Iradiel, 1991a). Una versión ampliada de las ideas esenciales de este la elaboró en su lenguaje académico complejo como ponencia para el congreso Señorío y feudalismo en la Península Ibérica (Iradiel, 1993b).

Quedaba claro en ambas publicaciones que entendía el feudalismo como un conjunto coherente de estructuras más amplias que las simples relaciones de producción, como forma de gobierno, de organización de la sociedad y del Estado en relación con las características económicas que presenta el modo de producción. Una concepción más comprensiva y global desde la que se puede hablar del feudalismo como un sistema de relaciones que integra una particular estructura económica y otros elementos de naturaleza diversa muy cambiantes en el tiempo en la larga duración y no dominados o determinados por ninguna instancia económica, ideológica, social o política. La teoría económica del sistema feudal de Kula (1962), el feudalismo como horizonte teórico de Alain Guerreau (1980) o la obra de Guy Bois sobre la mutación del año mil (1989) eran algunas de las principales fuentes de inspiración de Iradiel para su concepción del feudalismo. Eso sí, teniendo siempre como telón de fondo el pensamiento del antropólogo mar-xista-estructuralista Maurice Godelier, la obra cumbre del cual fue por aquel entonces Lo ideal y lo material, cuya edición francesa original es de 1984 (Iradiel, 1993a: 278, n. 47; 1993b: 37, n. 27).

Escribe en esos años: «En la situación actual, cualquier medievalismo que pretenda inspirarse conscientemente y con provecho en el materialismo histórico deberá necesariamente acentuar los aspectos de metodología crítica, tanto más crítica cuanto más se persiga ser “sistémico” y totalizante o globalizante» (Iradiel, 1993b: 35, n. 24). Insistía así en la fecundidad y en la eficacia del método de análisis propuesto por Marx para el avance de la historia económica. Su ensayo concreto sobre la formación del territorio y de la sociedad del reino de Valencia en el siglo XIII constituía el último eslabón de esta cadena de trabajos sobre el sistema feudal (Iradiel, 1990a), si exceptuamos aquella ponencia de la Semana de Estudios Medievales de Estella sobre señoríos jurisdiccionales y poderes públicos a finales de la Edad Media en la que insistió en que el escenario de base, más que el Estado o los aparatos de este, es la interpretación del sistema político bajomedieval como «una pluralidad de cuerpos, grupos y centros políticos», que no expresa un ordenamiento centrado solo en la monarquía sino también en otras formas políticas complementarias como ciudades, señoríos, corporaciones, órdenes y grupos sociales (Iradiel, 1997b: 84). Idea que tiene mucho que ver con la propuesta de Giovanni Tabacco sobre el Medievo como un mundo de estructuras políticas inestables y cambiantes.

Respecto a la crisis bajomedieval y su contribución como tema de estudio al debate de la transición del feudalismo al capitalismo, cabe observar que el segundo artículo de Iradiel para la revista Debats –el de introducción al debate Brenner– encontró continuidad en el ensayo que redactó para la obra Cien años después de Marx (Iradiel, 1986c). Sus planteamientos teóricos se trasladaron después al terreno empírico con su balance peninsular sobre la crisis, que contó con uno de sus trabajos de síntesis más importantes mediante un extenso capítulo para la Historia de España de la editorial Planeta, dirigida por Antonio Domínguez Ortiz (Iradiel, 1988). El estado de la cuestión que hizo sobre la evolución económica del siglo XV en la Història del País Valencià de Edicions 62 (Iradiel, 1989) se integra coherentemente en esa síntesis interpretativa de ámbito peninsular que había publicado antes. También en este tema de la crisis bajomedieval solo ha vuelto a adentrarse a través de una única publicación derivada de una ponencia que presentó para una Semana de Estudios Medievales de Nájera (Iradiel, 2004b).

A principios de los años ochenta, la incorporación de Paulino Iradiel a la Universitat de València como nuevo catedrático supuso el diseño de un ambicioso plan de investigación cuyo alcance ha llegado hasta su jubilación y más allá como profesor emérito. Su preferencia por la historia de la economía y de la sociedad bajomedievales era evidente. Un amplio conjunto de becarios y doctorandos se interesaron por sus directrices y el maestro creó escuela. Contribuyeron a ello las tesis doctorales que supervisó, especialmente sobre historia rural valenciana (Furió, Guinot, García-Oliver, Viciano, Rabassa) y sobre el mundo urbano (Narbona, Ruzafa, los hermanos Cruselles y nosotros mismos). El profesor Riera habla del «núcleo de Valencia» como un auténtico grupo de investigación, cohesionado por unos objetivos y una metodología comunes en el que destaca el recurso a la técnica prosopográfica para el estudio del mundo urbano: «Es de justicia reconocer que el equipo coordinado por el profesor Iradiel ha sido el introductor de esta técnica en el medievalismo hispano y el que mejor partido le ha sacado» (Riera, 2001: 15). También lo han reconocido hace años José Ángel Sesma y Carlos Laliena desde el Grupo de Investigación Consolidado CEMA (Centro de Estudios Medievales de Aragón) de la Universidad de Zaragoza, insistiendo en la influencia que el equipo de Valencia, dirigido por Iradiel, tuvo para el uso del método prosopográfico respecto a las sociedades urbanas del Aragón bajomedieval (Sesma, Laliena y Navarro, 2006: 9).

Precisamente, el propio Iradiel reconocía en un seminario de la Universidad de Zaragoza, celebrado los días 5 y 6 de mayo de 2005, sobre La prosopografía como método de investigación sobre la Edad Media, que su acercamiento a este método de investigación no fue teórico sino práctico, como resultado de un interés manifiesto por la historia social para superar las diferentes clasificaciones bipolares que se utilizaban hasta entonces en las interpretaciones: señores y campesinos, artesanos y mercaderes, pobres y ricos. Además, ante la magnitud inabarcable de la documentación heterogénea conservada en los archivos valencianos esta era la única forma de poner un mínimo de orden en la búsqueda. La elaboración de bases de datos prosopográficas nos ha permitido incluso ensayos de historia cuantitativa, mediante la comparación de campos y series de resultados. También ha sido una buena forma de abordar los grupos sociales que aparecen en movilidad continua por los territorios urbanos y sus adyacentes o incluso que emigraban de ciudad en ciudad, o de la ciudad al campo y viceversa, perdiéndose la pista de sus trayectorias. En el fondo, vistas individualmente, las prosopografías reflejan estilos de vida insignificantes a los ojos del historiador, pero puestas en conjunto plantean un panorama importante de resultados que permite, como decimos, el estudio estadístico, analítico y cuantitativo. En suma, la prosopografía podría definirse como un instrumento de relación indispensable para agrupar fuentes fragmentarias y dispersas que son abundantes. De hecho, no existen fuentes específicas, todas son válidas para la prosopografía.

De los primeros trabajos de investigación de Iradiel sobre Valencia surgieron sus aportaciones iniciales sobre la industria textil valenciana en el conocido artículo de la revista Áreas (Iradiel, 1986a), donde se posicionó con rotundidad en el debate en torno a economías dominantes y periféricas; o el brillante trabajo acerca de la familia y la función económica de la mujer en actividades no agrarias (Iradiel, 1986d), completado con otro estudio reeditado varias veces sobre los paradigmas de la belleza femenina –que es lo más cerca que ha estado nunca de la historia de la vida cotidiana y las mentalidades en una publicación específica (Iradiel, 1986b, 1986c y 1987)–. Fue entonces cuando editó el manifiesto historiográfico que abrió el programa de estudio de la sociedad urbana valenciana en Millars, la revista del entonces Col·legi Universitari de Castelló, ahora Universitat Jaume I (Iradiel, 1990b). En este artículo aludía a los resultados de investigación que las primeras tesis de Rafael Narbona (patriciado urbano) y Manuel Ruzafa (mudéjares) ya habían proporcionado a finales de los ochenta. Todo ello unido a los numerosos materiales recogidos en forma de fichas escritas a mano por unos y por otros investigadores del equipo, resumiendo documentos notariales de los archivos del Reino y del Patriarca para los proyectos iniciales. Se estaba preparando el terreno para las otras tesis que vinieron en los años noventa: José María Cruselles (notarios), Germán Navarro (artesanos), David Igual (mercaderes italianos) y Enrique Cruselles (mercaderes locales). La ciudad de Valencia se convertía así en el laboratorio predilecto de Iradiel para contemplar desde una atalaya firme ese mundo económico del Mediterráneo occidental en el que la Corona de Aragón extendía sus dominios.

Parte del grupo de investigación publicamos con él un libro sobre oficios artesanales y comercio en Castelló de la Plana (1371-1517) que constituye uno de los ejemplos más claros del modelo prosopográfico de investigación con fuentes heterogéneas (Iradiel, Igual, Navarro y Aparici, 1995). Por aquel entonces también vieron la luz algunos trabajos en equipo sobre el negocio sedero (Iradiel y Navarro, 1996 y 1998), el entorno de los Borja (Iradiel y Cruselles, 2000 y 2005) o el comercio portugués en el Mediterráneo (Iradiel e Igual, 2001). Es en esas fechas cuando escribe el prólogo del libro L’univers dels prohoms (Perfils socials a la València baix-medieval del año 1995. La lectura de nuevas tesis doctorales bajo el paraguas de otros proyectos financiados por el Ministerio y el cúmulo de investigaciones de gran calado en marcha saturan de informaciones al maestro y consolidan el peso específico del grupo de Valencia en los estudios e investigaciones sobre la Corona de Aragón y el Mediterráneo en los últimos veinte años del siglo XX (Iradiel, Navarro e Igual, 2002)

Sin embargo, a esas alturas ya se estaba produciendo un leve cambio de ruta en el periplo historiográfico de la nave valenciana que capitaneaba Iradiel. El libro An Island for Itself de Stephan Epstein sobre Sicilia (1992) fue valorado muy positivamente por nuestro maestro. Tanto es así que se promovió un debate sobre este en la revista que dirigía (Iradiel, 1994). La edición castellana del otro gran libro de Epstein, Freedom and Growth (2000), por parte del Servei de Publicacions de la Universitat de València en 2009, con prólogo de Antoni Furió, demuestra la influencia de Epstein en la escuela de medievalistas valencianos con el núcleo fuerte de su teoría acerca de que la creación de los estados territoriales en Europa fue una precondición para el desarrollo de los mercados y, con ellos, para el crecimiento económico. Propuesta dinámica, atenta a la longue durée, que conecta el estudio de la sociedad y de las estructuras económicas regionales con los cambios institucionales, la historia económica y social con el análisis de las formas de poder. Son las nuevas orientaciones que asume Iradiel desde entonces y que confiesa en el primer párrafo del último trabajo inédito que publica en este libro sobre cómo definir y medir el crecimiento económico medieval: «La perspectiva es fundamentalmente anglosajona pero la argumentación es general para muchos historiadores de la época preindustrial y refleja ya desarrollos comunes de la historiografía europea».

De modo simultáneo, las publicaciones del Grupo Interuniversitario per la Storia dell’Europa Mediterranea de Pisa (Rossetti, Grohmann, Petralia, entre otros) –que se remontan al año 1984– habían influido con fuerza en la mente de Iradiel para poner en marcha los nuevos proyectos de investigación de los últimos tiempos sobre migraciones, elites, estructuras institucionales, redes económicas y funciones políticas. Se ha transitado en ese sentido desde cuál ha sido la contribución de los hombres de negocios a la idea de Europa en el Mediterráneo occidental durante la Baja Edad Media (Iradiel, 1995b y 2000), hasta el mundo de las elites y las identidades urbanas en la Corona de Aragón entre la Península Ibérica e Italia (Iradiel, 1995c, 1997a, 1998, 1999, 2001, 2003b, 2003c, 2004a, 2007b, 2007c, 2011b, 2012a, 2012b, 2012c y 2016). Su fascinación por la documentación notarial ha acabado convirtiéndole con el paso de los años en un gran experto en la materia, pues no solo ha publicado abundantes documentos notariales para apoyar sus argumentos en diversos trabajos, sino que ha elevado este tipo de fuente de derecho privado al rango de materia de primer orden para el futuro de la historia económica, siempre y cuando se contrasten sus informaciones con otros tipos documentales diferentes (Iradiel, 2011a).

Las últimas síntesis que ha elaborado sobre la economía de los países de la Corona de Aragón en la Baja Edad Media (Iradiel, 1996, 2004c, 2006a y 2007e) y los trabajos específicos sobre Valencia y el País Valenciano, centrados especialmente en el siglo XV, una especie de «edad de oro» (Iradiel, 2006b, 2007a, 2007d, 2009, 2010 y 2015) constituyen sin lugar a dudas todo un «modelo o marca Iradiel». Lo escribía hace poco Carlos Laliena intentando matizar esa visión optimista de la Corona de Aragón a finales de la Edad Media que proporcionan los estudios valencianos hasta el punto de preguntarse: ¿una edad de oro de su historia?: «... el mérito de haber renovado por completo el cuestionario historiográfico y, como consecuencia, el modo en que concebimos la evolución económica de la Corona de Aragón en la etapa bajomedieval, corresponde a Paulino Iradiel desde principios de los años ochenta del siglo pasado, en Valencia». Más adelante dice también: «La influencia de Iradiel no se limitó al círculo departamental valenciano, sino que se expandió a universidades italianas; a Zaragoza; en menor medida, a Barcelona; y, sobre todo, reverberó en el resto de la historiografía española, lo que constituye un logro notable...» (Laliena, 2016: 20-21).

Si se puede definir en pocas palabras en qué consiste el «modelo Iradiel», según Laliena, radicaría en reconocer la preeminencia de la reordenación de los sistemas agrarios y de la jerarquización de las redes urbanas como factores clave en la estructura económica de la Corona de Aragón presentando una evolución clara:

la Corona de Aragón atravesó una etapa de enormes dificultades a mediados del siglo XIV, que tuvo como aspecto más dramático la caída demográfica. Pero la recuperación se inició en los años finales del siglo y se prolongó con diferencias regionales durante el Cuatrocientos, apoyada en el dinamismo urbano de las grandes y medianas ciudades que participaron en procesos de integración económica tanto a escala regional como internacional (Laliena, 2016: 31).

Esa dinámica general es de amplio consenso entre los historiadores de la Corona y constituye uno de los principales resultados generales obtenidos del grupo de trabajo de Iradiel que él prefiere llamar «quizás mejor escuela valenciana para el estudio de la sociedad y de la estructura económica regional» (Iradiel, 2011a).

Al final de uno de los trabajos sobre la peste que también se incluye en este libro lo recalca en comparación con los otros países de la Corona de Aragón:

En el caso valenciano, la situación parece mucho más optimista: pese al impacto del morbo y de sus consecuencias demográficas, económicas e institucionales, la imagen de una economía expansiva y de una sociedad proyectada hacia una mítica «edad de oro» resulta ponderadamente confirmada por los estudios de historia de la población, de los mercados, del comercio o de la actividad productiva (Iradiel, 2006a).

Las fórmulas que lo explican pueden ser varias desde la integración en la economía-mundo, pasando por el crecimiento polinuclear diverso pero complementario, hasta llegar a la idea fundamental de que «el elemento político e institucional jugó un papel determinante», tal y como se lee al final de una de las síntesis interpretativas sobre la economía de la Corona que también se vuelve a editar en el compendio de artículos que es este libro (Iradiel, 2004c).

Se comprenderá ahora por qué dijimos al principio de este escrito que el profesor Paulino Iradiel constituye una singularidad historiográfica. A la vista está que su vida académica ha sido de naturaleza internacional, porque se ha formado y vivido entre España e Italia, con un bagaje mediterráneo de primera magnitud. Pero tiene un mérito igual de importante si cabe. Es un navarro que estudió y ejerció como profesor universitario en Castilla para acabar dedicando su vida en Valencia a la historia de la Corona de Aragón. Deben de haber muy pocos medievalistas que hayan investigado las dos coronas y además vengan de un tercer territorio histórico diferente como es el antiguo Reino de Navarra. Acostumbrados como estamos a que continúe el diálogo de sordos que practican entre sí las historiografías de los reinos hispánicos o ibéricos o como quieran llamarse, resulta evidente que es todo un lujo esa amplitud de miras, con esa consciencia profunda que le hace entrar en debate continuo. La historia para él debe ofrecer respuestas complejas a problemas profundos, hipótesis e interpretaciones que nos ayuden a avanzar sobre ingentes masas de documentos de todo tipo. Un consejo suyo nos lo recuerda de nuevo:

convendría que las generaciones de historiadores más jóvenes, aunque no se sientan obligados a ningún tipo de observancia (marxista, idealista, positivista o de cualquier otro género), mantuvieran vivo el interés por la identificación de las estructuras y de sus correlaciones inestables que dan vida al equilibrio dinámico de las formaciones históricas (Iradiel, 2003a: 22).

En fin, sacamos a colación la última cita para consolidar más si cabe la idea central del presente ensayo: Paulino Iradiel, historiador crítico del medievalismo. Preguntaba Díaz de Durana a García de Cortázar en su entrevista cómo eran los medievalistas españoles a su juicio. Apoyado en una opinión dada en su día por Juan Ignacio Ruiz de la Peña sobre el predominio de publicaciones excesivamente localistas, de factura rápida y repetitiva, carentes de originalidad metodológica o teórica, contestaba así:

Si a esta opinión del profesor Ruiz de la Peña agregamos otras que, cito de memoria, proceden de Paulino Iradiel o de mí mismo y se refieren a una cierta indefinición, cuando no evidente debilidad, de las bases conceptuales de la investigación y de los desarrollos metodológicos de la misma y una cierta oscuridad a la hora de precisar los objetivos, argumento y conclusiones de cada trabajo, como si no fuera necesario realizarlo, tendremos más bien una imagen negativa del ejercicio de nuestra actividad (Díaz de Durana, 2008: 83).

El diagnóstico era realista. Lo grave es que sigue vigente. Solo cabe esperar que esas llamadas de atención no caigan en saco roto, que no sean voces en el desierto. Paulino Iradiel ha dedicado toda su vida académica a paliar esa situación. Tal vez por ello y a pesar de los años su obra sigue siendo tan actual en los tiempos que corren.

Albacete, Valencia y Zaragoza, octubre de 2016

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PRESENTACIÓN

Un autor no reedita sus trabajos del pasado sin una cierta sensación de decepción y de mala conciencia, a la par que de fuerte dosis de indecisión y de riesgo. No sería honesto eliminar las afirmaciones que uno ha hecho o pensado hace diez o veinte años y sustituirlas o argumentarlas con reflexiones de 2016. Las bibliografías pueden ser actualizadas, puestas al día, pero las interpretaciones de cada momento también tienen su historia, y las intenciones que las inspiraron necesitan ser mantenidas para ver si las ocasiones fueron bien elegidas y si los objetivos propuestos han sido realizados. Siempre he pensado que la historia, o mejor la cultura histórica, es, en buena parte, historiografía más o menos renovada del pasado.

Esta recopilación de trabajos es manifestación parcial –y elección subjetiva– de una trayectoria de actividad investigadora desarrollada en Valencia desde mi llegada a la cátedra de Historia Medieval en 1981 hasta la actualidad. Pero también es un testimonio crítico de un discurso historiográfico intuido y progresivamente definido respecto al desarrollo general de la práctica de la historia medieval y de la cultura académica tal como se ha desarrollado y configurado, sobre todo en la España mediterránea, durante las últimas décadas. Si Valencia era el ámbito historiable –y conscientemente elegido– de implicación obligada, el Mediterráneo medieval fue descubriéndose poco a poco hasta alcanzar su propia consistencia y autonomía de estudio. Tanta como para determinar, al menos, la ambición de horizontes geográficos amplios y de metodologías nuevas, de intuiciones prometedoras, de planteamientos originales que han animado –y espero que continúen animando– una revisión historiográfica iniciada en los años ochenta y, ciertamente, no acabada todavía como seña de identidad de nuestra cultura histórica. El subtítulo de este libro (economía, sociedad, historia) quizá recoge mejor las tensiones generales –no carentes de angustiosos y desconcertantes vaivenes– que han afectado a nuestro oficio de historiadores en las últimas décadas, desde que el subtítulo de una famosa revista (économie, société, civilisation) ha ido cambiando en tormentosas mutaciones que llamamos tournants critiques, y que no han sido resueltas todavía. Cambios y mutaciones no se sabe muy bien de a qué cosa: ciertamente, no de comprensión (ni del pasado ni de nuestras realidades actuales), de reflexión o de actualización del trabajo del historiador. Manifestaciones de crisis de la historia, dirán algunos. Es verdad. Y asumir la crisis es una de las vías maestras para recuperar el sentido de nuestro trabajo, para lo que no valen esquematizaciones, caminos erráticos ni imponentes monumentos de microanálisis descriptivo.

Fruto de estas incertidumbres, la investigación medieval sobre el Mediterráneo se ha convertido últimamente en un correcalles, donde nadie parece querer estar ausente y que lo mismo sirve para proclamar relaciones interculturales algo ficticias, identidades territoriales o étnicas «imaginadas» que para destacar un esencialismo de pertenencia unitaria indiferenciada, especialmente con respecto al norte europeo. Pero tampoco es cuestión de abrumar al lector con una sobredosis –muy al uso– de identidades mediterráneas o con permanentes crisis de la historia. Sobre todo porque los trabajos que aquí se recogen, circunstanciales e intencionales al momento que los inspiraron, tampoco ofrecen una solución definitiva a problemas tan complejos como la integración regional (económica, técnica, cultural) en una entidad euromediterránea superior. Frente a interpretaciones pasajeras es necesario rescatar otras perspectivas que susciten una actitud crítica y únicamente el trabajo histórico es capaz de prepararnos para ello: ni las economías, ni las sociedades, ni los modelos pueden situarse fuera del estudio de los hombres en sus precisas coordenadas de espacio y tiempo.

La distribución de los capítulos de este libro no sigue una secuencia cronológica conforme a su redacción originaria. La primera parte agrupa una serie de reflexiones metodológicas y de historiografía que, sean todavía necesarias o parezcan ya lejanas y superadas, no dejan nunca de ser útiles. Esta parte se abre con dos capítulos, inéditos, que inician la recopilación. El primero, «Definir y medir el crecimiento económico» medieval viene a ser, en cierta manera, el resultado final de este primer apartado que entiende la historia como problema, más que como agregación de resultados parciales, y la actividad historiográfica como plataforma de discusión más que como narración que describe mucho pero explica poco. Al mismo tiempo, el capítulo retoma implícitamente viejas discusiones entre historiadores y economistas a propósito de la cuantificación a largo plazo de los factores productivos o de la aplicación de conceptos y modelos actuales a las sociedades preindustriales –tan diferentes a las nuestras en sus estructuras y en sus mecanismos– o del manejo de las fuentes antiguas y su cotejo con las realidades actuales por parte de los historiadores de la economía. Pero también expresa claramente el convencimiento de que, para medir el crecimiento o comparar las crisis del pasado con las actuales –tan de moda hoy en día sin que logremos comprender muy bien ni las actuales ni las pasadas–, es necesario que las ideas, los conceptos y las interpretaciones –los paradigmas se dice actualmente– sean actualizados tanto o más que las bibliografías al uso. El siguiente capítulo inédito –las identidades– sigue la misma línea crítica sobre un tema que en las dos últimas décadas abruma por su excesiva proliferación programática y variadas habilidades investigadoras. Bajo influencia de Marc Bloch, nos creíamos historiadores de los sistemas sociales y pensábamos que la historia social englobaba la totalidad orgánica de relaciones (económicas, políticas, institucionales, culturales) y que la disciplina funcionaba eficazmente como anillo de conjunción entre economía y política. Ahora se nos dice –con un extraño lenguaje de política actual– que esto es «la vieja historia social» y que la nueva, las identidades, se ofrece «como remedio a la crisis de las categorías sociales clásicas». Con la mirada puesta en esta típica manifestación de «historia líquida» –a mi juicio y parafraseando a Zygmunt Bauman–, este capítulo propone, en el fondo, una pausa en la sobredosis identitaria y un inicio de reflexión sobre una práctica historiográfica tan omnipresente como desconcertante por su evidente dispersión temática y metodológica.

Los capítulos 2, 4 y 5 son fundamentalmente discusiones críticas sobre algunos de los desarrollos recientes (en su época) del medievalismo peninsular, planteados con ocasión de balances en congresos y seminarios, sea a propósito de los debates sobre «La transición» (1986) o sobre la naturaleza feudal y señorial de la sociedad medieval (1993). Desentrañar las relaciones de la práctica histórica con la precedente tradición de estudios, destacar las líneas de tendencia y metodologías dominantes o descubrir las implicaciones y los condicionamientos ideológicos constituyen elementos tan necesarios para el conocimiento de los diversos temas afrontados como las aportaciones de las investigaciones documentales. Diez años más tarde, en el capítulo «Medievalismo histórico e historiográfico» (2003), los interlocutores cambian y el foco del problema se actualiza conforme a las reorientaciones de la investigación, pero permanece la reflexión y la crítica que mira a descifrar el planteamiento mental y los presupuestos teóricos más o menos implícitos que condicionan el concepto y la práctica de un medievalismo «feudal» y «feudalizador» de todo lo que encuentra. La distinción entre «histórico» e «historiográfico» nace de la exigencia de verificar la pertinencia conceptual de esta tendencia historiográfica, de confrontarla con la eficacia heurística