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Judith McWilliams

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Beschreibung

Julie Raffet se quedó completamente atónita cuando Caleb Tarrington le pidió que viviera en su casa... aquel divorciado guapo y rico necesitaba un tutor para su hijo, pero, ¿estaría interesada Julie en un puesto temporal? Resultaba muy difícil hacer frente a la determinación y seguridad de Caleb. Sin embargo el atractivo padre rehuía a las mujeres dedicadas a su trabajo en cuerpo y alma... ¡Pero deseaba a Julie con todas sus fuerzas! ¿Sería capaz de olvidar el pasado y ver la ternura que se escondía detrás de la profesionalidad de Julie?

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Seitenzahl: 134

Veröffentlichungsjahr: 2014

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2001 Judith McWilliams

© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.

El mejor regalo, n.º 1274 - noviembre 2014

Título original: The Summer Proposal

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

Publicada en español en 2002

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-5593-9

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

Capítulo 1

LE he dicho que no puede ser, señor Tarrington! —le espetó la secretaria del colegio, mirándolo por encima de sus lentes bifocales.

Era un gesto perfeccionado durante cuarenta años y que siempre le daba resultado con los colegiales revoltosos. Sin embargo, Caleb Tarrington no parecía darse por aludido.

—Ayer era el día de visita, hoy los profesores tienen que comprobar y firmar las cartillas escolares —siguió la señora Boulton—. La señorita Raffet está muy ocupada.

—Solo la molestaré cinco minutos —insistió Caleb, intentando parecer razonable aunque en esos momentos no se sentía razonable en absoluto.

Pero enfadándose con una secretaria, por muy irritante que fuera, no iba a conseguir su objetivo.

—Por su bien, eso espero —dijo entonces la señora Boulton con tono amenazante—. La señorita Raffet está en el aula cinco, cuarta puerta a la izquierda. Cuando salga, pase por aquí para decirme que se marcha. No querrá quedarse encerrado en el colegio durante todo el verano, ¿no?

Aquella broma tampoco pareció afectar a Caleb Tarrington, que se dirigió hacia el pasillo sin decir nada.

¿Qué querría de Julie?, se preguntó la secretaria. ¿Sería algo personal? ¿Algún asunto romántico? No, eso no podía ser. Sus alumnos la adoraban, pero en los cuatro años que llevaba trabajando en el colegio Whittier nunca la había visto con un hombre. Y menos con uno tan guapo como aquel señor Tarrington.

Sacudiendo la cabeza, la señora Boulton decidió olvidarse tanto del uno como de la otra y concentrarse en sus papeles.

Caleb se detuvo frente a la puerta respirando profundamente mientras intentaba ordenar sus pensamientos. Dependían muchas cosas de aquella visita. Si pudiera convencer a la señorita Raffet...

En su mente apareció entonces la carita de Will, intentando disimular la tristeza y el miedo. Y en ese momento, su corazón se llenó de amor.

¡Su hijo! Incluso después de veinticuatro horas, esperaba que esas palabras fueran acompañadas de una fanfarria.

Si pudiera... Abruptamente, Caleb decidió cortar ese razonamiento. El pasado era pasado. Todo el arrepentimiento del mundo no podría cambiarlo y lo único que podía hacer era intentar que el futuro fuera diferente.

Y el primer paso para cambiar el futuro de su hijo era contar con la ayuda de la señorita Raffet. Aunque no sabía mucho sobre ella; solo que, según su amigo John, era la mejor profesora que había tenido nunca el colegio Whittier. La cuestión era si querría ayudarlo.

Pronto iba a enterarse.

Respirando profundamente para darse valor, empujó la puerta. Pero la mesa que había frente al encerado estaba vacía y los pupitres también.

Caleb miró alrededor, sin saber qué hacer. ¿Debía esperarla o volver a la entrada para preguntarle a la «señorita Rottenmeier» dónde podía estar?

Decidió esperar. Volver a enfrentarse con la imponente señora Boulton sería el último recurso. Además...

En ese momento escuchó un ruido y vio que, al fondo del aula, había una puertecita entreabierta. ¿Estaría la elusiva señorita Raffet en el armario?

Entonces la vio de espaldas. Estaba tirando de algo que no parecía ceder. Llevaba unos vaqueros muy gastados y una ajustada camiseta gris. Caleb tragó saliva, intentando ignorar un sorprendente y muy inadecuado acceso de deseo.

Completamente ignorante de su presencia, la joven siguió tirando hasta que lo que fuera cedió de golpe y... ella acabó en el suelo. Un segundo después, lo que parecía ser el contenido de una estantería le cayó encima: papeles de colores, flores de plástico, cartulinas... lo último en caer fue una bolsa llena de purpurina que cubrió su pelo de oro y su nariz de pecas brillantes.

Caleb parpadeó al ver aquella figura iluminada por el sol que entraba a través de la ventana. Parecía un ángel...

—¡Maldita sea! —murmuró ella, intentando quitarse la purpurina del pelo.

—¿Se ha hecho daño?

La profunda voz masculina hizo que Julie se diera la vuelta, sorprendida. Lo primero que vio fue un par de zapatos negros; después, los pantalones de un traje muy bien planchado y, seguramente, de diseño italiano. Por fin llegó a la chaqueta, que cubría unos hombros tan anchos como los de un atleta. Aunque aquel hombre estaría guapo también en vaqueros. O mejor, vestido como en la corte de Lorenzo el Magnífico, con sedas y terciopelos...

—¿Quiere que la ayude a levantarse?

—No, gracias —murmuró Julie, haciendo una mueca.

Menuda verguenza que aquel pedazo de hombre la hubiera pillado en una postura tan poco digna, pensaba. Intentando que no se notase, estudió las facciones perfectas del extraño. Porque era un extraño. Si lo hubiera visto antes se acordaría. ¿Cómo iba a olvidar a un hombre que era todo lo que cualquier chica hubiera soñado? Y más.

—¿De verdad no se ha hecho daño?

El brillo de preocupación que veía en los ojos azules la hizo sentir un escalofrío. Pero si ninguno de los hombres que conocía la veía como una mujer deseable, uno tan impresionante como aquel...

—Estoy bien.

Cuando la mano del hombre, grande y fuerte, envolvió la suya, Julie sintió un cosquilleo que le llegaba hasta el corazón.

—Se ha manchado de purpurina —murmuró el extraño, sacudiendo su pelo suavemente.

Ella dio un paso atrás y empezó a quitarse el polvo, intentando recuperar la compostura.

—¿Quería verme? —preguntó, con voz estrangulada.

¿Qué le pasaba? Era como si se hubiera caído de cabeza, no sentada.

—Necesito ver a la señorita Raffet. Esta es su aula, ¿no?

—Yo soy Julie Raffet —dijo ella, observando la expresión incrédula del hombre—. ¿Esperaba una viejecita con gafas?

—No, pero... esperaba a alguien que pareciese un poco mayor. John me ha dicho que lleva usted varios años trabajando en el colegio.

—¿John? —repitió Julie, ignorando el comentario sobre su supuesta juventud.

—John Warchinski. Fue el director del colegio durante mucho tiempo.

—Ah, sí, me acuerdo. Aunque se marchó un año después de que yo llegase. Lo que no sé es por qué le ha hablado de mí, señor...

—Mi nombre es Caleb Tarrington.

Caleb no sabía por dónde empezar. No quería contarle el fracaso de su matrimonio. Una mujer mayor podría entender cómo se había metido en aquel lío, pero una chica tan joven...

Pero tenía que hacerla entender, tenía que contarle su historia para convencerla de que necesitaba su ayuda.

—Muy bien, señor Tarrington. ¿Por qué no empieza por el principio?

Él hizo una mueca. El principio había sido simple lujuria, pero eso no podía decírselo. Julie Raffet tenía aspecto de no saber lo que significaba esa palabra y seguramente se sentiría asqueada si lo supiera. O peor, podría pensar que era costumbre suya dejar que los apetitos sexuales anularan su sentido común y entonces se negaría a tener nada que ver con él.

Y la necesitaba demasiado como para arriesgarse a eso.

—Todo empezó con un matrimonio que... fracasó.

—¿Cómo?

—Me parece que no he empezado bien —suspiró Caleb.

—¿Está divorciado? —preguntó Julie, sin saber por qué. No estaba interesada en su vida personal. Solo quería que le contase para qué había ido a verla.

—Sí. Mi ex mujer es una artista de mucho talento, pero cuando descubrió que estaba embarazada decidió que el matrimonio destruía su creatividad. De modo que pidió el divorcio.

—Ah —murmuró ella—. ¿El matrimonio le parecía muy constrictivo, pero la maternidad no?

—Murna estaba en la fase... rebelde en ese momento —murmuró Caleb.

Esa Murna debía estar en la fase lunática, pensó Julie.

—¿Y usted le dio la custodia del niño? —preguntó, intentando disimular el tono de censura en su voz.

Pero había visto aquel mismo caso demasiadas veces. Muchos de sus alumnos eran hijos de padres divorciados que no habían sabido ocuparse de ellos.

—Mi mujer decía que el niño no era mío.

—¿Y usted la creyó?

—Tenía razones para creerla —contestó Caleb—. Pero aunque sabía que tenía aventuras, debería haberme parado a pensar. Si hubiera pedido una prueba de ADN... —añadió, con tono de arrepentimiento.

—Ya veo —murmuró Julie.

Sentía deseos de consolarlo, de rodearlo con sus brazos y decirle que todo iba a salir bien. Pero no sabía por qué.

No debía involucrarse emocionalmente, se dijo. Esa era una de las reglas de oro del buen maestro... aunque ella se las saltaba a la torera muchas veces.

—Bueno, todo eso es historia. Lo importantes es que ayer, el abogado de Murna apareció en mi despacho con el niño y un documento en el que mi ex mujer me transfería la custodia.

Caleb no había revelado el amor que sintió por el niño nada más verlo. No necesitaba la prueba de paternidad que el abogado de Murna le había ofrecido. Su parentesco con Will estaba escrito en la carita de su hijo. Nadie podría dudar que era un Tarrington.

Hubiera deseado abrazarlo, intentar explicarle por qué no se conocían, por qué no había formado parte de su vida, pero la postura rígida de Will lo dejó descorazonado. Además, no podía justificarse contándole las mentiras de su madre. Un niño de seis años no podría entender esas cosas.

—La situación es la siguiente, señorita Raffet: sin esperarlo, ahora soy responsable de un niño de seis años del que no sé nada. No tengo ninguna experiencia y mi ama de llaves es una vieja solterona que no ha visto un niño en su vida.

—Ya no se llaman «viejas solteronas», señor Tarrington. Es una mujer soltera, punto —lo corrigió Julie.

Él ni siquiera se percató de la corrección. Estaba demasiado concentrado en su problema.

—Pero el golpe de gracia llegó esta mañana cuando le pregunté a Will en qué curso estaba. ¿Sabe lo que me contestó?

Agitado, Caleb empezó a pasear por el aula.

—Tenga cuidado, no se manche de tiza —le advirtió Julie.

—¿Qué? —murmuró él, perdido en sus pensamientos—. Ah, eso estaría bien. Menuda pareja, usted cubierta de purpurina y yo, de tiza.

«Menuda pareja». ¿Por qué había dicho eso?

—Según mi hijo, no sabe en qué curso está porque nunca ha ido al colegio.

—Los niños dicen cosas raras —le advirtió Julie—. Especialmente, a los seis años. La distinción entre realidad y fantasía no está muy clara a esa edad.

—Pues me temo que, en esta cuestión, mi hijo tiene los pies en el suelo. Llamé a mi ex mujer y, según ella, el colegio solo sirve para robarle la libertad a los niños y Will debe aprender lo que quiera, no lo que los profesores le obliguen a estudiar.

—Una teoría muy interesante —murmuró Julie, irónica.

—Desde luego.

La ex esposa de Caleb Tarrington debía ser la mujer más egocéntrica y absurda del mundo. Y debía ser guapísima para que aquel hombre, que parecía inteligente, no se hubiera dado cuenta a tiempo.

—¿Y por qué ahora?

—¿Cómo?

—¿Por qué le ha dado su ex mujer la custodia del niño después de tanto tiempo?

—Le han encargado una escultura en Venecia y no cree que a Will le gustase vivir allí.

—Ya veo.

Traducido, eso significaba que a la buena de Murna no le apetecía llevarse al niño a Europa. Por eso se lo había dejado a su padre.

—Cuando supe que mi hijo no había ido al colegio llamé a John, el único educador que conozco.

—¿Y John le sugirió que hablase conmigo?

—Me dijo que era usted la mejor profesora del colegio —contestó Caleb.

—¿Ah, sí? Me alegro.

Julie se sintió halagada. John Warchinski había tenido fama de ser muy estricto y que hablase bien de ella era todo un cumplido.

—Quiero contratarla como tutora de mi hijo durante el verano. De ese modo, Will podrá empezar segundo sabiendo lo mismo que el resto de sus compañeros —dijo Caleb entonces—. El pobre va a tener que vivir con un padre al que no conoce, en una ciudad en la que nunca ha estado y no quiero que, además, tenga que sufrir las burlas de nadie en el colegio.

—Nadie se burlaría de él, señor Tarrington.

—De todas formas, el niño debe tener los mismos conocimientos que los demás, no quiero que se sienta diferente.

—No, claro, lo entiendo. El problema es que ya tengo planes para el verano —dijo entonces Julie.

Tenía planes. Iba a arreglar el jardín, organizar sus papeles y leer cientos de libros. Todas ellas actividades seguras y cómodas, como la vida que se había construido para sí misma. Y, por instinto, sabía que Caleb Tarrington no sería ni seguro ni cómodo.

—Le pagaré lo que me diga —dijo él entonces.

Durante un momento de locura, Julie se imaginó a sí misma abrazada a aquel hombre... ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué fantaseaba con abrazarlo? No tenía una respuesta y eso la sorprendía. Normalmente, sus emociones hacían lo que ella les ordenaba. O sea, nada.

—No es una cuestión de dinero. Es una cuestión de tiempo. De verdad tengo planes para el verano.

Caleb se pasó la mano por el pelo, angustiado.

—Por favor —le dijo entonces, con los labios apretados. Aparentemente, aquel no era un hombre que pidiese favores a menudo—. Al menos, venga a conocer a Will antes de decir que no.

Julie miró los ojos azules del hombre y se sintió perdida. Su atractivo, combinado con la evidente necesidad del niño, hizo que no pudiera rehusar.

—De acuerdo. Iré a ver a su hijo para comprobar qué conocimientos tiene. Pero no le prometo nada más.

—¿Ahora? —preguntó Caleb, temiendo que cambiara de opinión si la dejaba sola.

Julie sonrió.

—No conoce a la señora Boulton, ¿verdad? La única forma de salir de aquí sin tener revisado todo el papeleo es en camilla.

—¿Mañana por la mañana? ¿A las diez?

—De acuerdo —asintió ella, con una sensación extraña en el estómago.

Pero solo iba a ver a su hijo. Le recomendaría un buen tutor y no volvería a verlo jamás.

—Gracias —sonrió Caleb.

Cuando sonreía, sus ojos azules brillaban como estrellas. Unas estrellas que, por el momento, parecían mucho más interesantes que el bien planeado futuro de Julie.

Capítulo 2

QUIERES comer conmigo?

Julie levantó la mirada y sonrió al ver a su hermana Darcie en el aula.

—Por supuesto. La señora Boulton me ha firmado la lista de material para el año que viene, así que estoy libre. Y muerta de hambre.

—¿Por qué estás cubierta de purpurina? —preguntó Darcie—. ¿Es una nueva moda?

—Sí, la moda de que te pillen hecha unos zorros. Me cayó encima hace un rato, cuando tenía visita. He quedado fatal.

—Nadie es perfecto —sonrió su hermana—. Aunque debo admitir que tú has mejorado considerablemente.

—Yo podría decir lo mismo de ti, pero soy más educada. Por cierto...

En ese momento se le ocurrió que Darcie, con sus contactos en el mundo de los negocios, podría conocer a Caleb Tarrington.

—¿Qué?

—¿Conoces a Caleb Tarrington?

Su hermana abrió los ojos como platos.

—Lo conozco y sé que no es para ti. No tontees con él o acabarás con el corazón roto.

—¿Y quién ha dicho nada de tontear con él, lista? A ver, dime qué sabes.

—Que es la fantasía de cualquier mujer.