Esposa a medida - Judith Mcwilliams - E-Book
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Esposa a medida E-Book

Judith McWilliams

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Beschreibung

Aquélla era la mejor manera de encontrar una mujer… Ganar dinero era algo que Max Sheridan podía hacer hasta con los ojos cerrados, pero le resultaba imposible saber qué tenedor debía utilizar o cuándo abrir una puerta. Cosas que debía saber si quería encontrar esposa en la alta sociedad. Por eso necesitaba a Jessie Martinelli, asesora de buenos modales y protocolo de los nuevos ricos. Pero lo cierto era que ir con aquella belleza a las fiestas y salir con ella a cenar a la luz de las velas le hacía sentirse confundido. ¿De verdad quería casarse para prosperar y no por amor? Además, no podía olvidar aquel beso que le hacía pensar que quizá él también pudiera enseñarle un par de cosas sobre la pasión a la señorita "buenos modales"…

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Seitenzahl: 224

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2006 Judith Mcwilliams

© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Esposa a medida, n.º 2070 - septiembre 2017

Título original: Made-To-Order Wife

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-9170-089-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

 

Finalmente lo había conseguido! Y la prueba estaba ahí, en blanco y negro, para que la viera todo el mundo.

Con un sentimiento de júbilo, Max Sheridan estudió el artículo de Forbes que, anualmente, nombraba a los americanos más ricos. Por primera vez, su nombre aparecía entre los millonarios de la lista. Eran sólo once letras, pero esas once letras representaban la culminación de diecisiete años de jornadas de dieciocho horas de trabajo y una determinación inquebrantable.

Metió la mano en el bolsillo de los pantalones del traje gris hecho a medida que llevaba puesto, y sacó un sencillo llavero de acero inoxidable. Separó una pequeña llave de latón, y abrió el cajón inferior derecho del enorme escritorio de época. Echando a un lado una pila de contratos, sacó un estropeado cuaderno de espiral. Con cuidado, lo puso sobre el escritorio, y lo abrió por la única página que tenía algo escrito.

Una paleta de recuerdos, dolor y esperanza lo embargó al ver las palabras escritas. Tenía dieciséis años cuando elaboró la lista de cosas que iba a conseguir en la vida. Entonces, era un asustado y desafiante adolescente que acababa de enterrar a sus padres.

De pie junto a sus tumbas, se había jurado que jamás volvería a dejar su vida a merced de las decisiones de terceras personas. Y había mantenido ese juramento. Se había escapado del hogar de acogida al que lo habían enviado el estado después de morir sus padres, determinado a ganar el dinero suficiente para que nunca nadie volviera a tener poder sobre él. Recorrió con su mirada la elegante oficina, a cincuenta y dos pisos por encima de las bulliciosas calles de Nueva York, con sus valiosas antigüedades y piezas de arte. Estaba más alejado de la pobreza en la que había crecido de lo que jamás hubiera podido imaginar.

Con la pluma dorada de su escritorio, Max trazó lentamente una línea negra y gruesa a través del antepenúltimo punto de su lista, que decía: «conseguir un millón de dólares». Sus ojos azules se entornaron al fijarse en los últimos dos puntos: «casarme y tener una familia».

Casarse con la mujer adecuada sería el último paso de aquel largo viaje hacia la respetabilidad. Sería una prueba visible de que lo había conseguido. De que ya no era aquel pobre mocoso, sino alguien aceptado en las esferas más altas de la sociedad. Y conseguir a la mujer perfecta sería casi como planear la adquisición de una empresa. Primero había que identificar el objetivo, y después elaborar una serie de estrategias para lograrlo.

Se volvió hacia una página en blanco del cuaderno y, por primera vez en diecisiete años, empezó a escribir en él.

«Objetivo: esposa», escribió en la parte superior de la hoja. Pensó durante unos segundos, y añadió un guión junto a la palabra «esposa» y escribió «madre». Su papel de madre de sus hijos era tan importante como su papel de esposa.

Max fijó su mirada vacía en el Monet de la pared a su derecha mientras ordenaba sus ideas.

Puesto que él no sabía nada de cómo ser padre, tendría que depender de su mujer para que le enseñara cómo reconocer y cultivar las necesidades emocionales de sus hijos. Tendría que enseñarle la dinámica básica de la vida familiar que la mayoría de personas había adquirido de manera instintiva durante su infancia. Lo único que él había aprendido era el peligro de acercarse demasiado a cualquiera de sus padres cuando habían bebido. Eso, y la inutilidad de contar con ellos para nada. Así que, uno de los requisitos más importantes en una esposa era que hubiera tenido una infancia feliz y normal.

También debía de ser atractiva físicamente. El sentido común le decía que su matrimonio tendría más posibilidades de tener éxito si se sentía sexualmente atraído hacia su esposa. La imagen de su última novia, una famosa modelo internacional, le vino a la cabeza. Desde luego, no era la idea que tenía de una esposa pero, definitivamente, despertaba su libido con su cuerpo alto y delgado, sus facciones perfectas y su pelo largo y rubio.

«Alta, rubia, guapa», añadió a su lista. Se paró un momento a pensar, y tachó la palabra «guapa» para sustituirla por «atractiva». El aspecto no era tan importante, y no quería limitar sus opciones.

Aunque, definitivamente, tenía que ser inteligente, puesto que sus hijos heredarían sus genes. Debía ser una licenciada para compensar el que él no hubiera terminado la escuela secundaria.

Y él debía gustarle. No esperaba que su mujer lo amara más de lo que él tenía intención de amarla a ella. Por su experiencia, el amor era, en el mejor de los casos, una excusa para permitirse excesos emocionales y, en el peor, una trampa humillante y degradante. Max hizo una mueca de dolor al recordar la voz autocompasiva de su padre al afirmar que no podía hacer nada respecto al extravagantemente adúltero comportamiento de su mujer porque la amaba.

No, él no quería formar parte de esa locura llamada amor. Además, por lo que había visto, los matrimonios basados en el amor resultaban ser muy absorbentes. Las mujeres enamoradas esperaban que el hombre estuviera siempre encima de ellas, y él no tenía tiempo para esas tonterías. Estaba demasiado ocupado gestionando sus negocios. Aunque tenía la intención de reducir su jornada cuando naciera su primer hijo, también tenía la intención de pasar la mayor parte de su tiempo libre con sus hijos. Sus hijos iban a ser lo más importante en el mundo para él, y necesitaba una esposa que lo entendiera. Que no esperase ser el centro de atención de su vida. Que encontrara su satisfacción emocional en los hijos, no en él. Que estuviera satisfecha con su respeto y afecto, y que no esperara un juramento de devoción infinita.

Pero, aunque no quería que su matrimonio estuviera atestado de complicadas emociones, tampoco quería que se casaran con él por su dinero. Una mujer cuyo único interés en él fuera su valor neto podría decidir desistir a la menor señal de problemas, y un divorcio acompañado por una amarga disputa legal por la custodia de los hijos sería devastador para la salud emocional de los niños. Incluso alguien con su inexistente habilidad paternal podía comprenderlo.

Podía proteger hasta cierto punto tanto a sus hijos como a sí mismo haciendo que su futura esposa firmara un acuerdo prematrimonial. Añadió una anotación al respecto. No era una solución infalible frente a caza-fortunas pero, probablemente, era lo mejor que podía hacer.

Por último, quería una esposa perteneciente a una familia socialmente importante, a la que sus hijos estuvieran orgullosos de pertenecer, en contraste a la suya propia. Deseaba que su esposa reflejara el hecho de que había triunfado financiera y socialmente.

Max estudió su lista con satisfacción. Aquello era exactamente lo que quería en una esposa.

¿Pero qué querría su futura esposa en un marido? Ese inquietante pensamiento ocupó su mente. ¿Resultaría atractivo al tipo de mujer que quería desposar? Inconscientemente, sus dedos rozaron la cicatriz que tenía en la mandíbula derecha, resultado de una pelea en un bar en la que se vio envuelto a los dieciocho años. ¿Sería su riqueza suficiente para compensar su tormentoso pasado? Dependía de un montón de factores, algunos de los cuales estaban fuera de su control. Y siendo así, era imprescindible que se hiciera con el control de lo que pudiera. Una de las cosas que podía hacer era pulir sus habilidades sociales. Aprender a moverse con facilidad entre la clase social a la que pertenecería su futura esposa.

De repente, recordó algo que había oído por casualidad a un grupo de mujeres próximo a él en un cóctel la semana anterior. Se trataba de un comentario sobre Bunny Berringer, la esposa modelo de pasarela de Sam Berringer, uno de sus socios en la empresa. Algo de que, gracias al dinero de Sam, Bunny había sufrido una transformación, convirtiéndose en un clon de la fallecida Princesa Diana. Pero ninguna de ellas tenía idea de cómo lo había conseguido.

Aunque Max no dudaba de que Bunny hubiera trabajado duro para aprender las habilidades necesarias, alguien debía haberle enseñado qué hacer y cuándo. Y quien quiera que fuera esa persona, había mantenido la boca cerrada, si no, aquellas pirañas de la fiesta habrían oído algo.

Quizás debía hablar con Sam y preguntarle quién los había ayudado. Siempre se había llevado bien con él. Si le explicaba por qué necesitaba la información… Lo peor que podía hacer Sam era rechazar darle la información, pero no le diría a nadie que le había preguntado. Era demasiado listo para revelar una confidencia.

Por teléfono, le pidió a su asistente personal que le comunicara con Sam. Debía poner su plan en marcha lo antes posible. Estaban en el mes de julio, y quería estar instalado en su propia casa con su esposa, preferiblemente embarazada de su primer hijo, para el día de Acción de Gracias.

Capítulo 1

 

Jessie miró su pequeño reloj de oro mientras se apresuraba hacia los ascensores del vestíbulo del enorme edificio de oficinas. Era la una y cincuenta y tres. Perfecto. Llegaría a la oficina de Max Sheridan con cinco minutos de adelanto. Lo suficientemente temprano para dejar claro que la reunión era importante para ella, pero no demasiado temprano como para parecer ansiosa.

Entró en el ascensor vacío, presionó el botón del piso cincuenta y dos, y se miró en los espejos del ascensor. La falda negra plisada que llevaba casi hasta las rodillas estaba impecable, y la chaqueta a juego no tenía ni una pelusa. Bajó la mirada hacia sus largas y delgadas piernas, en busca de alguna carrera en las medias. Gracias a Dios, no había ninguna. Ni una mota en sus brillantes zapatos de tacón negros o en su estrecha cartera negra.

Cuando el día anterior recibió la inesperada llamada para ver al inaccesible director de Sheridan Electronics, no estaba segura de qué ponerse. Normalmente se vestía para proyectar una imagen determinada, que dependía de para quién trabajaba y qué estaba intentando conseguir. Pero como no tenía ni idea de por qué el enigmático Max Sheridan quería verla, al final había optado por un aspecto conservador y profesional.

Cuando se abrieron las puertas del ascensor, Jessie respiró profundamente, ignoró las mariposas que sentía en el estómago, y caminó con decisión hacia una mujer de mediana edad que estaba sentada detrás de un elegante escritorio de época en el área de recepción.

–Soy Jessie Martinelli –dijo–. Estoy citada con el señor Sheridan a las dos.

–Buenas tardes, señorita Martinelli. Espere un segundo mientras compruebo con su asistente personal si está libre.

Mientras la mujer hacía la llamada, Jessie miró a su alrededor. El lugar reflejaba buen gusto. Una enorme alfombra color crema y azul cubría el suelo, y unos cómodos sillones distribuidos por la sala le daban la apariencia del salón en una casa. Era la primera vez que pisaba el piso directivo de Sheridan Electronics. Había visitado el departamento de recursos humanos en el piso de abajo el año pasado, cuando dio una presentación sobre sus clases. Pero, debido a la falta de visión de la mujer que la atendió, que no vio la necesidad de enseñar modales para los negocios a sus directores de cuentas, no había tenido razón para volver a visitar el edificio.

¿Sería ésa la razón de la inesperada llamada? ¿Habrían decidido que sus clases resultarían útiles, y querría Max Sheridan discutirlas? Sintió cierta emoción. Conseguir un contrato con un conglomerado como el de Sheridan obraría maravillas en el balance de su empresa.

–El señor Sheridan la recibirá ahora, señorita Martinelli. Si me hace el favor de seguirme… –le dijo la mujer con una profesional sonrisa.

Jessie respiró hondamente y siguió a la recepcionista.

–La señorita Martinelli, señor –la mujer se apartó para dejar que pasara, y Jessie entró en la oficina rogando que no se notara lo nerviosa que estaba.

Jessie se puso tensa al ver levantarse al hombre que había tras el escritorio de caoba. La oficina era enorme, pero Max Sheridan dominada el espacio fácilmente. Había visto fotografías de él en los periódicos de vez en cuando, pero nada la había preparado para la realidad. Parecía proyectar una energía que la atraía como a la proverbial mariposa nocturna el fuego.

Lo estudió detenidamente, tratando de analizar su inesperada fascinación por él. No era especialmente alto. Probablemente no medía más de uno ochenta, y tenía una complexión sólida y musculosa que recordaba más al trabajador de un muelle que a un magnate de los negocios. Tampoco era guapo. No sólo no tenía facciones bien definidas, sino que la cicatriz que brillaba en su mandíbula derecha sugería un carácter agresivo que hacía superficial su belleza.

Jessie sintió un cosquilleo al encontrarse con sus ojos azul intenso. En cierta forma, hacía que fuera consciente de su femineidad de un modo que no había sentido antes, y no le gustaba. Ya estaba suficientemente nerviosa sin tener que añadir ninguna tensión sexual al combinado. Respirando profundamente, intentó el truco que le había enseñado Maggie hacía ya años, que consistía en imaginarse a la audiencia desnuda para perder el miedo. Fue un error. La imagen de los anchos hombros de Max Sheridan sin su carísimo traje gris se coló rápidamente en su mente. Su pecho estaría probablemente cubierto del mismo pelo oscuro de su cabello. ¿Sería tan sedoso como aparentaba su cabello? Empezó a sentir un cosquilleo en sus dedos como si no pudieran esperar a descubrirlo.

–Buenos días, señorita Martinelli –su profunda voz hizo saltar su fantasía en pedazos, pedazos que se volvieron a reagrupar inmediatamente para formar una imagen de él inclinándose sobre ella, con sus hombros desnudos…

«¡Para!» ¿Qué le estaba ocurriendo? Tenía una presencia magnética, ¿y qué? No era excusa para actuar como una de esas fan sin sesos. Estaba allí por negocios, y más valía que empezara a actuar como la profesional competente que era, o podía despedirse de la cuenta de Sheridan. Su reputación era que no toleraba la incompetencia, ni creía en segundas oportunidades.

–Señor Sheridan –Jessie le dio la mano, pensando que si estar en la misma habitación con él trastocaba su sistema nervioso, ¿cómo sería tocarlo? Asombroso. La respuesta a su pregunta llegó cuando él cerró su mano firmemente alrededor de la suya. Sus dedos parecían desprender un calor que traspasaba su piel y aceleraba su pulso. Jessie apretó los dientes, rogando que el calor que sentía no se reflejara en su cara. Debía mantener su conducta profesional a toda costa.

Tan rápido como las buenas maneras lo permitían, soltó su mano y retrocedió un paso.

–Por favor, siéntese –Max señaló la silla frente a su escritorio, y Jessie se sentó al borde.

Observó a Max sentarse en su silla de cuero, y estudiarla con los ojos entrecerrados, con tal intensidad que hizo que quisiera levantarse y salir corriendo. Pero trató de convencerse de que, probablemente, ni siquiera la estaba viendo. Seguramente había estado trabajando en alguna transacción de alto nivel cuando ella había llegado, y su mente estaba aún en ello. Con una educada sonrisa en los labios, esperó a que él rompiera el silencio, consciente de que apresurarse a hablar le daría a él una ventaja táctica.

 

 

«¡Maldito sea!», pensó Max con frustración mientras la observaba. Cuando habló con Sam Berringer la semana anterior, su entusiasta descripción del fantástico trabajo que había hecho Jessie Martinelli transformando a su mujer no incluyó una descripción física. Las palabras empleadas, como «sólidos antecedentes, discreción absoluta e integridad impecable», sugerían una mujer algo mayor. Se había formado la imagen de alguien tranquila y jubilada que complementaba su pensión dando lecciones de protocolo. No podía estar más equivocado. No había nada en Jessie Martinelli que le infundara tranquilidad alguna.

Al contrario, había algo en ella que le ponía muy nervioso, y no sabía qué era exactamente. No era guapa. Su boca era un poco demasiado grande, y sus mejillas un poco demasiado rellenas. Pero tenía una piel bonita. Muy suave y sedosa. Tuvo que ignorar el repentino impulso de acariciarla. Y sus ojos resultaban intrigantes. Eran de un verde claro y cristalino que recordaba a las esmeraldas. En cuanto a su pelo… Estudió la profusión de rizos rojizos que enmarcaban su cara, y sintió un inexplicable impulso por deslizar sus dedos entre ellos, por tirar de uno de esos rizos para ver cómo de largo era en realidad, y por esconder su cara en aquella sedosa masa, y respirar profundamente aquella esencia a flores que desprendía. Por alguna razón que no alcanzaba a comprender, Jessie Martinelli lo fascinaba a un nivel casi irracional.

«¿Y ahora qué?», se preguntó con frustración. ¿Abandonaba su plan porque sentía una atracción inesperada por su posible consultora? Pero entonces, ¿dónde iba a encontrar a alguien que lo ayudara? No podía buscar a una experta en protocolo mediante un anuncio. Aparecería en toda la prensa amarilla al día siguiente, y lo último que quería era publicidad.

Decidió que contrataría a Jessie Martinelli, e ignoraría su atracción hacia ella.

–Supongo que tendrá curiosidad por saber por qué le he pedido que venga a verme –dijo Max. Hizo una pausa para dejar que ella dijera algo, pero no lo hizo. Simplemente le mostró una pequeña y halagüeña sonrisa, y esperó a que él continuara.

Para su sorpresa, sintió la necesidad de hacer precisamente eso. Estaba claro que Jessie Martinelli dominaba la técnica de convencer a la gente de que lo que tenían que decir la fascinaba.

–Quiero recalcar que todo lo que le diga debe ser tratado con suma confidencialidad. Me molestaría enormemente que se lo mencionara a cualquier otra persona –dijo con una mirada penetrante.

No hacía falta que lo dijera de una manera tan amenazadora. El sentido común le decía a Jessie que sólo un tonto o una persona desesperada se pondrían deliberadamente en el camino de Max Sheridan. Y ella no era ninguna de las dos.

–Lo entiendo –dijo cuando quedó claro que estaba esperando una respuesta.

–Sam Berringer me habló de usted. Creyó que podría ayudarme –se levantó como si estuviera demasiado inquieto como para quedarse sentado. Rodeó su escritorio y se sentó en el borde.

El caro tejido de los pantalones que marcaban los músculos de sus piernas atrajo la mirada de Jessie. Con esfuerzo, consiguió apartarla y concentrarse en su rostro. Estaba tenso, sus labios apretados. ¿Qué clase de problema tenía? No estaba segura de querer saberlo. Si preocupaba a un hombre tan poderoso como Max Sheridan, probablemente a ella la aterraría.

–He llegado a un punto de mi vida en que estoy preparado para tomar una nueva dirección. Para decirlo sin rodeos, he decidido que ha llegado el momento de casarme y crear una familia.

Jessie lo miraba inexpresiva. ¿Por qué le estaba contando aquello? A menos que… Por un momento de locura, antes de que volviera su sentido común, se preguntó si se le iba a declarar. Aunque había oído hablar de ella, no la conocía. Y los hombres no proponían matrimonio a mujeres que nunca habían conocido antes. Al menos los hombres normales. Aunque… No podía decirse que Max Sheridan fuera normal. Un hombre que había pasado de la pobreza absoluta a ser millonario sin pasar por la escuela secundaria era, por definición, extraordinario.

–Mmm… ¿exactamente, dónde encajo en sus planes? –Jessie rompió el silencio.

–Como mi consultora, a falta de mejor palabra –respondió.

–¿En calidad de? –preguntó, ignorando la profunda desilusión que sintió.

Poniéndose en pie, Max se acercó a la enorme ventana que había tras su escritorio. Contempló la calle por unos instantes. Entonces se volvió y deslizó los dedos por su oscuro cabello, desordenándolo y dándole un aspecto más jovial y accesible.

–Por mi pasado, no conozco muchos de los aspectos más sutiles del protocolo social –dijo finalmente–. No tengo problemas actuando en ambientes profesionales. Sé exactamente qué ropa y qué comportamientos son aceptables. Pero en ambientes sociales, tengo enormes lagunas, que necesito que usted tape, como hizo con Bunny Berringer. También quiero que me acompañe a varios acontecimientos sociales por dos razones. Una, para que pueda ofrecerme consejo de forma inmediata si fuera necesario; y dos, para que pueda escuchar las conversaciones que tienen lugar en áreas a las que yo no puedo acceder, como los aseos de mujeres. Espero que lo que escuche me pueda ayudar a eliminar a mujeres que sólo están interesadas en mi dinero. A cambio, pagaré toda la ropa que necesite, su usual tarifa horaria, y una bonificación de cincuenta mil dólares cuando me haya comprometido.

Max vio cómo se agrandaban sus ojos. Pensó que con la bonificación atraería su atención.

¡Asistir a acontecimientos sociales con él! La idea resultaba muy atractiva, aunque también peligrosa. Bastante atraída se sentía ya por él. Aunque en realidad, eso no importaba, lo que importaba era que sus sentimientos no fueran recíprocos. Había visto fotos de las mujeres con las que él había salido, y lo único que tenía en común con ellas era el ser mujer. Además, en cuanto a su deseo de tener descendencia… Ella no podía arriesgarse a tener niños. No sólo tenía el gran problema de la propensión a comportamientos adictivos de su familia, sino que además, probablemente sería una madre espantosa. Puede que le gustaran los niños, pero no tenía ni idea de cómo criarlos. Su propia madre alcohólica no era un ejemplo a imitar.

En cualquier caso, ella era una mujer de negocios competente y astuta, que podía ver la gran oportunidad que se le presentaba. No sólo eso, sino que además, podría hacer valiosos contactos profesionales acompañando a Max a sus diversos acontecimientos sociales, pues Max socializaría con hombres de negocios ricos e influyentes. Lo mirase como lo mirase, la propuesta de Max era una propuesta ganadora.

–Muy bien –dijo–. Lo haré. ¿Tiene algún programa? –preguntó.

–¿Un programa?

–¿Para llevar a cabo su plan? Imagino que está bastante ocupado con lo que haga.

–Se llama ganar dinero –dijo secamente–. Tengo la intención de delegar bastante más trabajo en los próximos meses mientras me concentro en buscar una esposa. Por cierto, ¿cómo se inició en el negocio de ofrecer seminarios sobre protocolo?

–Por casualidad. Mientras estaba en la universidad trabajé en una pequeña embajada africana. Era la chica de los recados. En los cuatro años que trabajé allí, aprendí mucho sobre protocolo. Cuando me licencié en Educación Básica, como no encontraba trabajo, me inscribí para hacer sustituciones como profesora, y empecé a impartir seminarios sobre protocolo para pagar mis gastos. El negocio creció, y me di cuenta de que me gustaba más dirigir mi propia empresa que estar atada por la idea de algún burócrata sobre qué debía enseñar.

–Un descubrimiento fortuito. Algunas de mis oportunidades más afortunadas también han surgido así –dijo él–. En cuanto al programa, me gustaría empezar cuanto antes.

¿A qué venía esa prisa repentina si había sido un soltero satisfecho durante los últimos treinta y tres años? Jessie se lo pensó dos veces antes de preguntar. Al fin y al cabo, ella trabajaría para él, y su motivación personal no era asunto suyo. En cuanto a empezar de inmediato… Revisó mentalmente su propia agenda. No estaba muy llena. Los veranos eran bastante tranquilos.

–Esta noche doy una charla sobre cómo vestirse para una entrevista de trabajo en un club juvenil local. Podríamos quedar para cenar temprano en un restaurante, y después podría acompañarme a la clase.

–¿Por qué? –preguntó Max.

–Porque necesito observar su comportamiento en diversas situaciones antes de decidir dónde concentrar mis esfuerzos –dijo Jessie sin rodeos.

Él sonrió abiertamente, y Jessie sintió cómo se quedaba sin respiración al ver el hoyuelo que se formaba en su mejilla izquierda.

–¿Quiere decir que tiene que averiguar qué bordes hay que limar? –dijo él.

–Es una forma de decirlo –Jessie trató de mantener su objetividad profesional con esfuerzo.

–Esta noche me viene bien. ¿Dónde le gustaría cenar? ¿Y a qué hora imparte la clase?

–Empieza a las siete y media, y deberíamos comer antes, señor Sheridan. Si no, estaré muerta de hambre cuando termine la clase.

–Llámame Max.

–Max –repitió Jessie obedientemente–. Dime, ¿hasta dónde estás dispuesto a llegar para renovar tu imagen?

–Haré lo que haga falta para encontrar a la esposa adecuada –dijo decididamente.

Jessie sintió un ligero temblor al contemplar la expresión de determinación de su cara. Desde luego, no querría interponerse entre él y sus deseos. Sería como intentar quitarle un jugoso hueso a un Pit Bull hambriento.

–¿Qué te pones normalmente en tu tiempo libre?

–No tengo tiempo libre. Si estoy despierto, estoy trabajando. Ésta será la primera vez que reduzca mi jornada de trabajo. Pero tengo unos vaqueros y camisetas y suéteres para hacer ejercicio. Y un conjunto de golf –añadió.

–Te sugiero que vayas adonde quiera que compres tus trajes y elijas algo informal.

–Tengo una idea mejor. Iremos los dos a mi sastre, y así puedes hacer sugerencias –dijo él.

–Mañana por la mañana tengo tiempo, ¿a las diez? ¿Y qué hay de dónde vives? Vivir en un buen lugar es importante para mucha gente. Puede que tu futura esposa se encuentre entre ellos. Aunque, con el dinero que tienes, siempre podemos hacerte pasar por excéntrico –frunció ligeramente el ceño al considerar la idea–. Una pena que no seas un actor.

–¡Un actor! ¿Por qué querría una persona sensata formar parte de la pandilla de Hollywood?

–Porque nadie espera que se atengan a las tradicionales normas de comportamiento.

–Eso es obvio. Pero olvídate de hacerme pasar por excéntrico.

–Probablemente tengas razón –dijo ella–. Hay una línea muy fina entre excéntrico y simplemente raro, y es demasiado fácil cruzarla sin darse cuenta. ¿Dónde vives?

–Tengo un piso en la 72 Este, y una casa unifamiliar que compré el año pasado, porque me dijeron que sería adecuada para una familia. Creo que mide más de mil trescientos metros cuadrados.

Jessie pestañeó. ¡Mil trescientos metros cuadrados! ¿Cuántos hijos pensaba tener?

–¿Dónde está? –preguntó.

–No lo sé.

–¡Compraste una casa, y no recuerdas dónde esta! –dijo Jessie perpleja.

–En realidad nunca la he visto. Estaba incluida en el paquete acordado en la adquisición de una empresa. El director de mi empresa dijo que tenía un gran potencial.

Jessie se estremeció.

–¿Qué ocurre?

–Términos como «potencial» y «pintoresco» deben evitarse al comprar una propiedad.

–¿Eso crees? –preguntó.