Sus hijos secretos - Judith Mcwilliams - E-Book
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Sus hijos secretos E-Book

Judith McWilliams

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Beschreibung

Un sueño maravilloso pero imposible Después de quedarse viuda, una mujer tan recelosa de los hombres como Vicky Sutton pensó que la maternidad había quedado fuera de su alcance. Hasta que ocurrió lo imposible. Los óvulos que le habían extraído a ella estaban siendo ilegalmente utilizados para darle hijos gemelos a un aristócrata inglés. Vicky juró y perjuró que ni siquiera el formidable y acaudalado James Thayer estaba a la altura para ser el padre de sus hijos. Estaba empeñada en ser la madre de esos pequeños, aunque para ello tuviera que contar algunas mentiras... Con lo que no contaba era con la atracción que sentiría por el aspirante a padre...

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Seitenzahl: 219

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2003 Judith McWilliams

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Sus hijos secretos, n.º 1400 - junio 2016

Título original: Her Secret Children

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

Publicada en español en 2003

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-8214-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

 

 

Medwin & Medwin

Abogados

 

Estimada señora Sutton:

 

Me dirijo a usted en nombre de mi cliente, la clínica Westinger, a la cual usted y su difunto marido acudieron para someterse al tratamiento de fecundación in vitro y que ustedes intentaron varias veces sin obtener resultados.

La clínica me informa de que, en el transcurso de una reciente auditoría, les ha llamado algo la atención: el anterior director del centro, en su esfuerzo por ayudar a las parejas con problemas de infertilidad, utilizó, ocasionalmente, los óvulos de alguna paciente y los utilizó como óvulos donantes. A pesar de que sus intenciones eran honestas, el director no siguió las formalidades necesarias para este efecto.

Con la intención de enmendar lo sucedido, ruego de su amabilidad firme los dos formularios que se adjuntan a esta carta. El primero, exime a la clínica de cualquier responsabilidad en el asunto; el segundo, se le envía en nombre del señor James Thayer, poseedor de la custodia absoluta de los mellizos de seis meses nacidos de sus óvulos. Dicho documento le permite a usted renunciar a la custodia de los niños.

Estoy seguro de que estará de acuerdo conmigo en que los niños deberían seguir viviendo con su padre, para su propio beneficio.

Atentamente,

 

Edgar Medwin

Abogado

Capítulo 1

 

Ya casi estamos, casi estamos» eran las palabras que Vicky Sutton no dejaba de repetirse. Era un estribillo cargado de esperanza, miedo y nervios.

Tras tomar otra curva muy cerrada, Vicky pudo ver, por fin, una recta y pisó el acelerador a fondo. El coche saltó hacia delante, aparentemente tan ansioso por llegar como ella.

Había llegado muy lejos, y no solo en distancia, aunque había muchos kilómetros entre las afueras de Filadelfia y la campiña británica, pero no significaban nada para ella en comparación con el viaje trascurrido en su mente durante las dos últimas semanas.

Empezando por la incredulidad con que leyó la carta que el abogado de la clínica de fertilidad le había enviado, Vicky había pasado de la furia más absoluta porque un reputado médico no podía haber hecho algo tan despreciable, hasta la euforia por los resultados que aquella acción había tenido. Finalmente, había terminado envuelta en una serie de frustrantes negociaciones con los abogados tratando de encontrar salida a una situación sobre la que no se conocían precedentes legales.

Ahora, después de dos semanas interminables, estaba a punto de descubrir el deseo más profundo de su corazón. Estaba a punto de conocerlos.

Sus dedos largos apretaban el volante, tensos por los nervios recordándose que iba a conocer a alguien más. Alguien que no solo no quería conocerla a ella, sino que le había prohibido expresamente que fuera a su casa. Un hombre que había aceptado a regañadientes hablar con su abogada, la señora Lascoe, después de que Vicky lo hubiera amenazado con denunciarlo.

Vicky tembló al imaginar su reacción cuando abriera la puerta y se diera cuenta de que, en el último minuto, había decido ir ella misma en vez de enviar a su abogada como habían acordado.

Pero eso a Vicky le daba igual. Pensó que por esa vez, James Edward Andrew William Thayer no se saldría con la suya, algo que sospechaba no le había debido ocurrir muy a menudo a lo largo de su privilegiada vida.

Vicky sintió que el aire se le congelaba en la garganta cuando al tomar la siguiente curva vio las columnas de piedra de dos metros de altura que señalaban la entrada de la Mansión Thayer, su destino.

Redujo un poco la velocidad y con mucho cuidado metió el coche por el cuidado camino de entrada a la casa. En el pequeño trayecto pudo admirar la mansión de tres pisos construida en la cima de una colina. Irradiaba una sensación de antigüedad y poder que la intimidaba de una forma inexplicable.

Cuando Vicky llegó a la puerta principal de la casa, el corazón le latía desesperadamente rápido. Solo podía pensar cómo serían sus pequeños. Detrás de aquellas elegantes paredes estaban los niños que había deseado toda su vida y que ya había perdido la esperanza de llegar a tener algún día hasta que dos semanas atrás sus plegarias fueron escuchadas.

Dejó el coche en la puerta y se apresuró a llamar. Se tambaleó ligeramente al subir el primero de los tres escalones de la entrada en su apresurada carrera hasta la puerta negra.

Tomó el reluciente llamador y dio un sonoro golpe en la puerta pero, al no obtener respuesta inmediata, llamó por segunda vez. Después de un minuto que le pareció interminable, la puerta giró sobre sus goznes perfectamente engrasados y tras ella apareció un hombre de mediana edad, algo grueso, vestido con traje negro.

—Buenas tardes, señora —dijo—. ¿Puedo ayudarla?

—S… s —Vicky no era capaz de articular palabra. Tuvo que inspirar hondo e intentarlo de nuevo—. Sí, he venido a ver al señor Thayer. Soy la señora Lascoe.

—Claro, la está esperando, señora Lascoe. Bienvenida a la Mansión Thayer.

El hombre abrió la puerta por completo y Vicky entró en la casa, buscando con la mirada subrepticiamente para ver si los niños andaban por allí, aunque sabía que era muy improbable que a sus mellizos de seis meses se les permitiera estar allí.

—Me llamo Beech, soy el mayordomo —añadió el hombre a modo de presentación.

Vicky pensó que parecía salido de una novela de Agatha Christie y tragó con dificultad el nudo que se le había formado en la garganta.

—Puede esperar al señor Thayer en el salita verde. Me pidió que lo llamara tan pronto como llegara usted. Por aquí, señora Lascoe —añadió Beech señalando hacia dónde tenía que ir.

Vicky lo siguió con piernas temblorosas, tratando desesperadamente de ocultar su creciente nerviosismo. Todo lo que la separaba de sus pequeños en ese momento era James Thayer. Arqueó los labios en una sonrisa decidida. Aquel hombre no iba a robarle la oportunidad. Estaría dispuesta a pactar con el diablo por tener a sus hijos. ¿Qué podía significar un inglés inmensamente rico?

Beech abrió la puerta de una sala enorme llena de todo tipo de muebles de estilo Chipendale y la invitó a entrar.

—Tome asiento mientras baja el señor Thayer —dijo Beech.

—Gracias —contestó Vicky con un hilo de voz emocionada.

Afortunadamente, Beech no pareció darse cuenta. Se limitó a hacer una inclinación de cabeza y se marchó cerrando la puerta tras él.

Demasiado nerviosa para sentarse, Vicky recorrió la sala y se acercó a la puerta cristalera que daba a una terraza con el suelo de piedra. Se asomó a ver el jardín meticulosamente recortado y arreglado. A su derecha se podía ver un espléndido jardín de rosales, y a lo lejos, un invernadero con una cúpula circular en un extremo.

Mientras permanecía allí, vio a un hombre salir del invernadero y atravesar el césped en dirección a la casa. Vicky se puso tensa al ver la seguridad en sí mismo que exhalaba aquel hombre en sus gestos y en la elegancia en su ropa. Tenía que ser el dueño de aquella magnífica casa.

Llena de curiosidad por saber quién era aquel hombre desconocido que se había convertido en el padre de sus hijos, Vicky se acercó más a la cristalera para poder observarlo mejor. Tuvo que admitir que, definitivamente, era un hombre por el que merecía la pena volver la cabeza. Se movía con la gracia y la coordinación milimétrica de un atleta, y su mirada…

Vicky frunció el ceño ante la extraña sensación que invadió su cuerpo. Tenía el pelo castaño oscuro aunque parecía lanzar reflejos rojizos bajo la luz del sol. No acertó a ver el color de sus ojos desde aquella distancia, pero le parecían oscuros también. Oscuros e impenetrables, como si estuvieran llenos de secretos inconfesables.

Vicky bajó la mirada y se detuvo en sus labios cerrados, insensibles.

Parecía enfadado por algo. Probablemente por su llegada. Había dejado muy claro que no quería verla. No quería que se acercara de ninguna manera a los mellizos, pero a ella poco le había importado ese deseo.

No pensaba dejarse convencer para desaparecer de la vida de aquellos pequeños. No en ese momento. Nunca. Los mellizos eran los únicos hijos que podría tener y estaba decidida a ser parte de su vida. Una parte muy importante.

Vicky inspiró profundamente, tratando de controlar sus nervios. No tenía ninguna gana de pasar aquella entrevista. No solo odiaba los enfrentamientos personales, sino que la fortaleza que exhalaba el porte de James Thayer realmente la intimidaba. Había ido ella en lugar de enviar a la señora Lascoe y seguro que aquel hombre no se lo tomaría muy bien cuando se enterara.

Vicky se retiró de la cristalera a medida que el hombre se acercaba a ella. Lo observó sintiendo lo inminente en cuanto abrió el ventanal y entró en el salón.

—Buenas tardes, señora Lascoe —dijo con una leve inclinación de la cabeza.

El acento inglés del hombre se coló en la mente de Vicky y despertó en ella recuerdos de otro tiempo, casi olvidados. Recordó cuando ella y su mejor amiga habían seguido, demudadas, la boda de Diana con el príncipe de Inglaterra rodeados de toda la pompa principesca. Recordó también la expectación que había sentido entonces: todo en el mundo era posible si se amaba a alguien lo suficiente.

Pero ya no era una romántica adolescente. Se había convertido en una mujer adulta que hacía mucho tiempo que había aprendido que los sueños de adolescencia no se hacían realidad.

James parpadeó rápidamente ante el cambio de luz y volvió a hacerlo una vez más al tomar nota de la espléndida mujer que lo esperaba junto a la chimenea. La sensación que tuvo en ese momento lo pilló por sorpresa. Por un momento creyó ver en ella a la persona que una vez había amado con locura y deseó abrazarla con fuerza para que no volviera a desaparecer de su vida.

Rápidamente pensó que aquello no tenía ningún sentido. Nunca antes había visto a la señora Lascoe y mucho menos la había amado. Bien al contrario, aquella mujer era una amenaza para su paz interior y la seguridad de sus hijos. Él lo sabía sin lugar a dudas.

James la estudió con vista crítica tratando de hallar la razón de su reacción tan irracional. ¿Podría ser acaso el parecido físico con su ex mujer? Aquella señora Lascoe tenía el pelo de un tono rubio oscuro similar al de ella aunque a juzgar por la piel tan clara el tono del cabello debía ser natural y no el resultado de los tintes como en el caso de Romayne.

La mirada descendió hasta los labios de la mujer e inmediatamente se sintió atraído por ellos. Se obligó a rechazar aquella punzada de deseo y desvió la mirada hacia los ojos azules más asombrosos que había visto en su vida. Quedó muy sorprendido con el conocimiento y la inteligencia que encerraban.

Se preguntó entonces si sería lo suficientemente inteligente como para haberse dado cuenta de lo desconcertado que se había quedado. La posibilidad lo hizo sentir incómodo. Esperaba que no se hubiera dado cuenta. Podría utilizar aquella reacción suya tan extraña contra él a la hora de entablar negociaciones.

James aceptó la mano que ella le tendía con la esperanza de que las convenciones sociales consiguieran normalizar aquella situación tan inusual.

Un torbellino de sensaciones invadió el interior de Vicky en el momento en que sus manos se tocaron, lo que añadió una dimensión desconocida a la tensión que ya existía en el ambiente.

Para su alivio el hombre le soltó de inmediato y Vicky retrocedió un poco. Se recordó, mientras hacía girar el anillo de boda en su dedo, que la atracción sexual no era más que una trampa insidiosa.

—Estoy deseando ver a los mellizos—dijo Vicky rompiendo el incómodo silencio.

—Los mellizos, sí —repitió él y Vicky indagó en sus rasgos impasibles en busca de una señal sobre lo que aquel hombre pudiera estar pensando.

No era que necesitara realmente una confirmación de que no era bienvenida en aquella casa y tampoco podía culparlo por su actitud. En realidad no. Ella habría estado exultante de alegría aunque le hubieran dicho que había sido madre de seis niños, pero tal vez esa misma noticia habría podido ser un golpe terrible para él. Que una extraña se presentara en casa de uno exigiendo libre acceso a tus hijos debía ser, cuando menos, frustrante.

Pero a pesar de sentirse culpable por el terrible trance por el que le estaba haciendo pasar, los sentimientos de aquel hombre quedaban en segundo lugar si se tenía en cuenta que ella era la madre biológica de esos niños y estaba en todo su derecho de querer verlos, quererlos y ser una influencia en sus vidas.

—Espero que cuando vea lo bien que están aquí, convenza a su cliente de que deje de insistir en tener acceso a ellos —añadió él.

Vicky calibró muy brevemente si decirle que no solo era ella misma la señora Sutton, sino que no había nada en el mundo que pudiera hacerla cambiar de opinión y olvidar que tenía dos hijos. Decidió que no era buena idea decírselo. Desvelarle su verdadera identidad lo pondría furioso hasta un límite insospechado a juzgar por la tensión que se notaba en su mandíbula. Podría negarse a dejarla ver a los niños y sintió pánico ante la idea.

Se lo diría más tarde. Después de haber visto a los niños.

—Como padre de los niños…

—La señora Sutton es la madre de los niños —interrumpió Vicky.

—Por la sencilla razón de que cedió sin saberlo un microscópico material genético suyo…

—Mary Rose y Edmond no existirían de no haber sido por esa contribución —continuó Vicky luchando por no decirle que la contribución de él había sido muchísimo más pequeña.

Tratar de desacreditarlo no ayudaría y probablemente no le resultaría fácil. No le parecía el tipo de hombre que admitiría haber sido derrotado, ni siquiera para sí mismo.

—Pero yo soy quien los ha criado —insistió él.

—Solo porque su madre no tenía ni idea de que existieran hasta hace dos semanas —contestó ella.

James se sintió ligeramente culpable. No era culpa suya que la señora Sutton no hubiera tenido noticia de los niños. Él no había tenido nada que ver en la decisión del doctor de vender de forma ilegal los óvulos de la señora Sutton, los que Vicky había dejado almacenados en la clínica. James siempre había creído que los óvulos habían sido donados por una mujer anónima. No era por tanto el culpable del sufrimiento de la señora Sutton.

Pero sí sería responsable si ella les causaba el más mínimo daño a sus hijos de seguir con sus exigencias de formar parte de su vida. Una exigencia que él no podía comprender. Podía ser simplemente que tuviera curiosidad por ver cómo eran o tal vez sus intenciones no fueran buenas. Podría haber sido un plan organizado. La gente normalmente lo hacía cuando había grandes cantidades en juego. Y sus hijos heredarían no solo una enorme cantidad de dinero, sino una posición social en lo más alto de la aristocracia británica.

Cabía la posibilidad de que la señora Sutton estuviera planeando utilizar su posición como madre biológica de los niños para impulsar su propio nivel social y financiero. James pensó, mientras estudiaba detenidamente las suaves facciones de la señora Lascoe, que aquella señora Sutton debía haber planeado, sin lugar a dudas, que su abogada no supiera una palabra de sus verdaderas intenciones. Desde luego no se parecía a ninguno de los abogados superpoderosos que había conocido en su vida. Más bien parecía una idealista. Alguien que no solía enfrentarse con el mundo real a menudo. Alguien que todavía creía en los cuentos de hadas con final feliz. Bien podía ser que la señora Lascoe estuviera proyectando sus propias virtudes e instintos maternales sobre su cliente.

—No irá a decirme que la señora Sutton siente un amor tremendo por unos niños que hasta hace dos semanas no sabía que existieran —espetó él incapaz de seguir ocultando la frustración que sentía.

—Es su madre —dijo Vicky.

—¡Y yo soy su padre!

—Estamos girando sobre los mismos datos todo el tiempo —dijo Vicky—. Permítame asegurarle que la señora Sutton no trata de usurpar su puesto, ni el de su esposa.

—Ex esposa. Romayne no tiene nada que ver con los pequeños. Volvió a casarse poco después de que nacieran y ahora vive en Francia. Yo tengo la custodia absoluta.

Vicky parpadeó ante la sensación de alivio que flotaba en el aire después de las palabras de James. Deseó poder estar en su derecho de hacerle algunas preguntas, empezando por saber cómo podía una mujer dar a luz a dos hijos y después abandonarlos. No importaba que los óvulos no fueran suyos, ¡había llevado a dos criaturas en su vientre durante nueve meses! ¿Cómo podía haberlos abandonado?

Otra pregunta que se moría por hacerle era cómo podía Romayne haber abandonado a un hombre como James Thayer. A simple vista, parecía que una mujer no podía pedir más de un marido, pero había algo engañoso. Y ella iba a averiguar qué. Bloqueó la marea de recuerdos que pasaban por su cabeza. Ya se había terminado. El pasado había muerto y estaba enterrado. Ya era hora de mirar hacia el futuro.

—Estoy aquí para asegurarme de que los niños están creciendo sanos física y mentalmente mientras encuentro la manera de llegar a una forma de custodia compartida con usted —dijo Vicky tratando de utilizar una de las técnicas para manejar conflictos que había aprendido: parecer segura de sí misma y mostrar una actitud razonable. Desafortunadamente, estaba demasiado asustada y aprender a tratar con James Thayer le llevaría más de un curso de fin de semana de resolución de conflictos.

—¡Custodia compartida! —exclamó él escupiendo las palabras con desaire, como si fueran un insulto.

—¿Por qué no? —preguntó Vicky esforzándose por no retroceder ante la ira de James. Tratar de apaciguar algo irrazonable con la esperanza de resolver un conflicto no funcionaba. Su primer matrimonio le había enseñado que era inútil intentarlo por ahí.

—La señora Sutton vive en América —dijo James como si se tratara de un delito criminal—. Los mellizos son ingleses. Algún día, Edmond heredará todo lo que poseo. Tiene que aprender a dirigir el negocio.

—Edmond tiene seis meses de edad y mucho tiempo por delante para aprender todo lo que necesite saber.

—Tiene que acostumbrarse a ver lo que posee desde pequeño, y no podrá hacerlo si la señora Sutton consigue llevárselo a América.

—Mi cliente no está sugiriendo que viva en América de forma permanente —contestó Vicky.

—Le agradezco la concesión —murmuró James—. Y siéntese, por favor, para que también yo pueda hacerlo.

El comentario y el cambio repentino de tema la tomó por sorpresa.

—Claro, gracias —dijo ella dejándose caer sobre una silla de patas torneadas y tapizado en cañamazo con un dibujo de punto de cruz.

—Gracias —dijo él a su vez mientras se sentaba en un sofá frente a ella—. He pensado en una identidad falsa para usted.

—Siempre podemos decir la verdad —contestó ella y se sintió involuntariamente culpable al pensar que su mera presencia en casa del señor Thayer era una mentira. Pero había sido una mentira necesaria y no duraría mucho. En cuanto viera a los niños, le diría a James Thayer la verdad.

—La gente puede confundir las cosas —dijo él.

¿La gente? Vicky recapacitó en aquella palabra y pensó si no se habría referido a alguien en particular. ¿Acaso James tenía otra esposa? ¿Sería él quien estaba preocupado por no entender bien el motivo de aquella visita?

Instintivamente, Vicky rechazó la idea de una segunda boda pero solo porque una madrastra podría traer un nuevo hijo que lo heredaría todo y privaría a los suyos de heredar toda aquella magnificencia.

—He decidido que diré a todo el mundo que es usted un pariente lejano de América que busca a su familia y ha venido a consultar nuestros archivos. Es de vital importancia que no moleste a mi tía abuela que vive conmigo en esta casa. Es un poco… —James se detuvo mientras buscaba la palabra adecuada— …excéntrica.

—Haré todo lo que esté en mi mano para no molestar a su tía ni a nadie en la casa —le aseguró Vicky.

«Demasiado tarde», pensó James con una mueca. Ya lo había molestado a él. Y se lamentó por los desperfectos para su paz de espíritu que su presencia iba a causar…

—Y ahora que hemos fijado los detalles de mi falsa identidad, ¿podría ver a los niños? —continuó Vicky impaciente.

—No, queda casi una hora para las cuatro.

—Pensé que la hora de las brujas era la medianoche. ¿Qué significado tienen las cuatro?

—Es la hora en que veo a los niños. Después de su siesta y antes de la cena. Los niños se portan mejor si no se interrumpen sus horarios —recitó las últimas palabras como si fuera algo que hubiera aprendido de memoria.

Vicky luchó contra el impulso de decirle allí mismo lo que pensaba de un comportamiento tan rígido. Especialmente porque no sabía si realmente lo creía de verdad o lo había utilizado para amilanarla.

—Yo… —Vicky se detuvo al oír un leve toque en la puerta.

—Pasa, Beech.

La puerta se abrió por completo.

—Herr Murchin ha llamado, señor.

—Gracias, Beech. Dile… —James se detuvo y estudió a Vicky como si tratara de decidir qué hacer con ella.

—¿Por qué no me deja subir a la habitación de los niños mientras usted habla por teléfono? No los despertaré y me quedaré allí hasta que suba usted a las cuatro —tanteó Vicky, no muy segura de que aceptara la sugerencia.

Y no lo hizo.

—A la niñera no le gusta que se moleste a los niños durante la siesta.

¡La niñera! Una extraña ira invadió a Vicky, algo muy inusual en ella. Eran sus hijos y le importaba bien poco lo que una niñera opinaba de la siesta rutinaria.

—Le dejaré verlos a las cuatro —repitió James para mayor frustración de Vicky aunque no la sorprendió. La niñera parecía haber dejado las cosas claras sobre el cuidado que se les dispensaba a los niños.

Vicky pensó que las cosas habían sido así hasta ese momento, pero que iban a cambiar mucho con ella en la casa. Ningún empleado le iba a decir lo que tenía que hacer con sus propios hijos.

—Beech… —continuó James dirigiéndose al mayordomo—, acompaña a la señora a la habitación china.

—Por supuesto, señor —contestó Beech moviéndose hacia un lado de la puerta, y Vicky, consciente de que protestar no le serviría de nada, hizo un gesto de asentimiento a James y se levantó.

Siguió en silencio al mayordomo hacia el vestíbulo de la casa, y subieron a continuación por una escalera de madera de caoba labrada hasta llegar a un pasillo y finalmente se detuvo ante una habitación con puerta doble.

—Hemos llegado, señora Lascoe. Esta es la habitación china —anunció el mayordomo al tiempo que abría la puerta y la hacía entrar en la habitación más grande que había visto en su vida—. El baño está tras esa puerta —dijo Beech señalando una puerta más pequeña en uno de los extremos de la habitación—. Si necesita algo, utilice el teléfono de la mesilla que hay junto a la cama y marque el 0. Le pondrá directamente con el personal de servicio.

¿Personal de servicio? ¿Cuánta gente constituía el servicio? La Mansión Thayer parecía más un hotel que una casa de uso particular.

—¿Tendrá la amabilidad de darme su llave? —añadió Beech finalmente.

—¿Mi llave? —repitió Vicky sorprendida.

—La de su coche. Supongo que su equipaje estará en su coche.

Por supuesto, allí era donde lo había dejado y mientras estaba en esos pensamientos se puso a buscar la llave en el bolso y toda la perspicacia que pudiera poseer. Había algo en aquella casa que la hacía sentir fuera de lugar, como si todo el mundo conociera las normas excepto ella.

Algo que por otro lado era evidente. Consiguió por fin encontrar la llave y se la dio a Beech que respondió con una pequeña reverencia y se marchó.

Vicky se dejó caer en un diván de color verde pálido que había junto a la chimenea repentinamente abrumada ante la tarea que se le presentaba. ¿Por qué aquel maldito médico no le había vendido sus óvulos a una agradable pareja de clase media? Una pareja que llevara un estilo de vida parecido al suyo, pero el estilo de James Thayer…

Paseó la mirada por la habitación deteniéndose en la delicada belleza de los muebles de caoba de estilo victoriano, y los cortinajes y la lujosa alfombra, todo del mismo estilo. Aquel era un mundo totalmente desconocido para ella.

De repente sintió que una depresión tremenda la invadía pero se reprendió a sí misma. No importaba que James Thayer pudiera dar a sus hijos una vida de lujo. Las necesidades básicas de un niño eran las mismas tanto si vivían en una mansión en la Inglaterra rural o en un pequeño apartamento en Nueva York. Los niños necesitaban el amor, los cuidados y la comprensión de sus padres. Algo así no podía comprarse ni delegarse en una niñera como James estaba haciendo. Tenía que hacerse con el corazón como ella estaba deseando hacer.

Vicky se puso tensa al escuchar un suave toque en la puerta y se preguntó qué le estaría aguardando. Incluso el eficiente Beech no podía haber tenido tiempo suficiente para bajar, sacar el equipaje y regresar. A menos que hubiera olvidado algo.

Tal vez fuera James Thayer. Tal vez hubiera recapacitado y estuviera dispuesto a dejarla ver a los niños antes de las cuatro. Se puso en pie de un salto y cruzó la estancia hasta llegar a la puerta. Y la abrió.