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Jazmín 2049 Había decidido romperle el corazón a su multimillonario jefe… Maggie Romer estaba a punto de darle a su nuevo jefe una lección que no olvidaría fácilmente. Desde el momento que absorbió su empresa y despidió a su amigo Sam, John Richard Worthington se convirtió en su enemigo. Pero parecía que aquel hombre tenía muchas facetas. Resultó que el guapísimo hombre con el que Maggie había estado saliendo, y al que había tomado por fontanero, no era otro que Worthington. Afortunadamente su interés por ella encajaba perfectamente en sus planes. Maggie había diseñado un programa informático con el que conseguiría que Worthington se sintiera irremisiblemente atraído por ella y, cuando cayera a sus pies, la venganza sería muy, muy dulce…
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Seitenzahl: 197
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 2006 Judith Mcwilliams
© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Jugando con el jefe, JAZMIN 2049 - mayo 2023
Título original: The Matchmaking Machine
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 9788411419130
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
MAGGIE Romer se dijo que iba a enseñarle a John Worthington una lección de humildad que hacía tiempo se merecía, aunque fuera lo último que hiciera. Con el sobre apretado en la mano, respiró hondo e introdujo el código de seguridad que le habían dado para entrar en el edificio de apartamentos de Worthington. Las enormes puertas de cristal se abrieron.
Entró en el amplio vestíbulo y miró alrededor, tratando de soslayar el sentimiento de inferioridad ante un lujo tan opulento. Se recordó que ya no era una huérfana no querida que mirara desde fuera. Era una profesional de la informática altamente cualificada y bien pagada.
También era una mujer en una misión. Los labios rosados se tensaron cuando una imagen de las facciones demacradas de Sam Moore apareció en su mente. Según la esposa de él, estaba tan deprimido, que permanecía todo el día sentado con la vista clavada en la pared.
Sam podía carecer de poder, pero ella no, y estaba decidida a vengarse por él. No, vengarse, no. Obtener justicia.
La justicia era el derecho de todo el mundo. Worthington podía ser el nuevo propietario de la empresa, pero eso no le daba el derecho a despedir sumariamente a Sam y luego negarse a darle una carta de referencia. Lo que Worthington había hecho era desmedido. Sam era estupendo en lo que hacía. Y además, no conocía a una sola persona de la empresa que tuviera una mala palabra para él. Sin embargo, Worthington lo había despedido sin querer darle una carta de recomendación. Y sin esto o una explicación para el despido, los posibles interesados en contratarlo darían por hecho que era incompetente y que sólo había retenido su puesto como presidente por ser el yerno del antiguo dueño.
De hecho, Emily, la antigua secretaria de Sam, odiaba tanto a John Worthington, que ni siquiera había estado dispuesta a llevar un informe importante a su apartamento vacío, a pesar del hecho de que éste no iba a llegar de California hasta la noche.
Cuando Maggie la había oído denigrarlo en el comedor, de inmediato se había ofrecido a llevar el documento por ella. Disponer de acceso a su apartamento era una oportunidad magnífica para comprobar cuáles eran sus preferencias.
Cruzó el vestíbulo en dirección al vigilante de seguridad de cara malhumorada sentado detrás de una mesa próxima a los ascensores. Al acercarse, el hombre se irguió un poco y el destello furtivo de deseo sexual que iluminó sus ojos le provocó un escalofrío de repulsión. Se mordió el interior del labio inferior al luchar contra el impulso instintivo de encorvar los hombros en un intento por ocultar los pechos.
–Soy Maggie Romer y vengo a entregar una carpeta para John Worthington. Emily Adams, de Computer Solutions, ya debería haberlo llamado para informarle de que venía –le dijo al guardia.
–Lo hizo. Y le dije que era la única persona aquí y que no podía dejar mi puesto para acompañarla al piso. Dijo que usted no necesitaba escolta –se encogió de hombros–. Por mí, perfecto, pero dígale que he dicho que si surge algún problema, no venga a quejarse a mí.
Maggie asintió y entró en uno de los ascensores abiertos. Sacando la tarjeta de plástico que Emily le había dado y que proporcionaba acceso al nivel del ático, la insertó en la ranura del panel de control.
«Todo irá bien», se dijo, tratando de desterrar la sensación de inminente desastre que la dominó cuando las puertas se cerraron. Dejaría el sobre en el escritorio del estudio, tal como le había indicado Emily, y luego echaría un rápido vistazo en busca de cualquier información acerca de sus hábitos personales que pudiera introducir en el programa que había escrito acerca de John Worthington.
La llenó una sensación de satisfacción al pensar en la nueva aplicación informática que había escrito en su búsqueda para enseñarle una lección. Había estado escuchando a un par de sus amigas hablar de las experiencias que habían tenido en citas arregladas a través de Internet, cuando de pronto se dio cuenta de que debería ser posible crear un programa que le dijera exactamente qué clase de mujer encontraba atractiva John Worthington. Y si podía hacerlo, existía la posibilidad, aunque fuera remota, de que pudiera convertirse en algo próximo a la idea que él tenía de la perfección y lograr que se enamorara de ella.
Y una vez que se entregara, podría reírse en sus narices y dejarlo, enseñándole lo que se sentía al ser rechazado.
Aunque había creado ese programa, sabía que su plan era algo remoto. No obstante, había varios puntos a su favor.
Primero, el imperio electrónico de Worthington tenía la sede principal en San Francisco, y una vez que el padre de él casi se había retirado, John Worthington pasaba prácticamente todo su tiempo allí, con esporádicos viajes a las oficinas que la compañía tenía en el Lejano Oriente. Su presencia en Nueva York era rara. Y la prensa financiera había especulado con que su traslado de seis semanas para supervisar la integración de su empresa de software con la casa matriz significaba que estaba preparándose para entrar en el campo de las aplicaciones informáticas.
Maggie razonaba que al ser ajeno a la ciudad, no conocería a nadie, y como no planeaba quedarse, lo más probable era que ni se molestara en profundizar en la vida social local. Eso limitaría de forma drástica el número de mujeres que competiría con ella por captar su atención.
Segundo, al ser una integrante importante del personal, lo vería en la oficina con asiduidad. Si podía aprovecharla, era evidente que la oportunidad estaría ahí. Había considerado la posibilidad de que no estuviera predispuesto a salir con una empleada, pero no tardó en descartarlo. Las citas entre gente de una misma empresa eran más habituales que lo que a las empresas les gustaba reconocer, y cuando viera que ella era la mujer de sus sueños, ¿cómo iba a resistirse?
En cuanto el programa le detalló cómo era la mujer ideal para él, Maggie había renovado completamente su imagen para conformarla a esa semejanza. Su cabello castaño en ese momento exhibía mechas rojizas y caía sobre sus hombros en una masa sexy de bucles sueltos, y sus facciones agradables, aunque no espectaculares, estaban potenciadas con el mejor maquillaje que podía comprar el dinero. En cuanto a su ropa…
Se miró en los espejos que cubrían tres de las cuatro paredes del ascensor. Había empezado a usar el nuevo guardarropa hacía dos semanas, de forma que todos los comentarios sorprendidos de sus compañeros se hubieran agotado antes de que Worthington llegara a la ciudad.
Por desgracia, había descubierto que dos semanas no eran suficientes para sentirse cómoda con su nueva imagen. Se movió nerviosa mientras estudiaba el modo en que los pantalones negros se ceñían a sus caderas esbeltas antes de perfilar sus piernas largas y delgadas. Tuvo que reconocer que quizá ni le bastara una vida entera.
El ascensor se detuvo en el último piso y las puertas se abrieron a un vestíbulo iluminado discretamente y con una alfombra de un suave color gris paloma. Había un arreglo floral sobre la mesa dorada junto a la puerta del ático.
Irguió los hombros y trató de soslayar el modo en que el gesto tensó la blusa negra de seda sobre sus pechos pequeños y altos. Estaba decidida a darle una lección a Worthington, y si para ello necesitaba vestirse de manera sexy, entonces eso haría.
Nerviosa, sacó la llave que le había dado Emily. Abrió la puerta y entró.
Sus labios formaron una exclamación silenciosa al captar la pared de cristal en el salón que le brindaba una vista panorámica de Central Park. El dinero quizá no comprara la felicidad, pero desde luego compraba un entorno hermoso.
Era evidente que John Worthington creía en complacerse…
Frunció levemente el ceño al ver la tapicería de chintz de los mullidos sofás y sillones. Por la minuciosa investigación que ya había llevado a cabo sobre él, habría imaginado que su gusto se habría decantado más hacia las antigüedades. Esa habitación no parecía cuadrar con la imagen que tenía de él en el programa. Quizá la decoración la hubiera llevado a cabo otra persona.
Por lo que Emily le había dicho, sabía que odiaba vivir en hoteles y que una de las primeras cosas que había hecho su abogado, Daniel Romanos, al llegar a la ciudad la semana anterior, había sido alquilar ese ático para el jefe. Quizá lo hubiera alquilado amueblado.
Se preguntó qué debería hacer en ese momento. ¿Introducía una predisposición positiva hacia el chintz en el programa o que Worthington era lo bastante adaptable como para vivir en una decoración que no era del todo de su gusto? No sabía qué era más exacto, pero de una cosa estaba segura: el programa se estaba volviendo mucho más complicado de lo que en un principio había calculado. Las variables parecían interminables e inagotablemente fascinantes.
Entró en el salón y se preguntó si ya habrían llegado los efectos personales de Worthington. Según Emily, su vuelo no debía aterrizar hasta pasada la medianoche, pero podría haber enviado algunas de sus cosas con Daniel Romanos.
Alargó la mano hacia el cajón de una mesita lateral cuando oyó un ruido procedente del pasillo a su izquierda. Sintió un escalofrío y automáticamente dio un paso atrás hacia la puerta principal antes de que el sentido común le indicara que no podía tratarse de un ladrón. Era muy difícil entrar en el edificio, aparte de que una de las reglas primordiales de un buen ladrón era el sigilo. Quienquiera que fuera, no hacía intento alguno de mantener el silencio.
Quizá Worthington hubiera mandado por delante a su ama de llaves para que le preparara el lugar. Entusiasmada, pensó que el ama de llaves podría proporcionarle información de primera mano sobre la vida privada del jefe, ya que hasta el momento, todo lo que había podido reunir sobre éste estaba sacado de artículos de revistas y periódicos.
Con impaciencia, se dirigió hacia el ruido. Como mínimo, podría preguntarle a quien fuera dónde se hallaba el despacho con el pretexto de depositar la carpeta… y poder hurgar en los cajones del escritorio.
Localizó de dónde procedía el ruido. Asomó la cabeza por la puerta entreabierta y espió el interior. Abrió mucho los ojos al ver la mitad inferior de un hombre asomada por debajo del mueble del cuarto de baño. Se le resecó la boca y se pasó la lengua por el labio inferior al estudiar el impresionante pecho ancho antes de descender hacia el estómago liso y demorarse en los muslos largos y esbeltos enfundados en vaqueros.
«¿Cómo será el resto?», se preguntó, suprimiendo el impulso de mirar debajo del armario para averiguarlo. «¿Por qué nunca encuentro fontaneros así?»
Respiró hondo para calmar la respiración a medida que los ojos regresaban por voluntad propia a los vaqueros ajustados.
–Perdone –comenzó, e instintivamente se echó para atrás cuando el torso del hombre se irguió como impulsado por un resorte. Se oyó un sonido hueco cuando lo que supuso que era su cabeza golpeó algo duro debajo del armario.
Apenas oyó el juramento. Estaba mucho más interesada en el tono de voz profundo, sombrío y aterciopelado. La recorrió por debajo de la piel con un hormigueo que le dio vida a todo su cuerpo. Contuvo el aliento expectante cuando el hombre se contoneó para salir de debajo del armario.
Asombrada, se dio cuenta de que la mitad superior era aun mejor que la inferior. Llevaba el pelo negro noche levemente más corto que lo que dictaba la moda, y revuelto, como si se hubiera estado pasando los dedos por él. Con un cabello así, habría esperado una tez oliva, pero era de un tono miel claro que le daba a los ojos grises un aspecto casi cristalino. Posó la vista en la boca ancha y carnosa y todo pensamiento racional quedó suspendido al experimentar el deseo inmediato de sentirla sobre sus labios.
–¿También es sorda? –soltó el hombre.
Quiso abrir la boca para preguntarle a qué se refería, pero no deseó iniciar la conversación con un insulto, y estaba segura de que había uno enterrado en su pregunta.
–¿Se ha hecho daño? –preguntó a cambio.
–Sí –espetó–. Probablemente, me he fracturado el cráneo.
–Tonterías –contrarrestó con vigor–. Sólo se la ha golpeado contra algo.
–¡Ese algo era un lavabo de porcelana!
La miró ofendido y ella deseó tomarlo entre sus brazos y desterrar el malhumor a besos, algo que con nadie recordaba haber deseado hacer.
–Siéntese –indicó el asiento ante el espejo–. Veré lo grave que es.
Para su sorpresa, él obedeció e inclinó la cabeza un poco para dejar que se la examinara.
Maggie dejó la carpeta y el bolso sobre el tocador y con delicadeza le tocó la cabeza. Los dedos se le hundieron en el pelo sedoso y oscuro en busca de un chichón. Desde tan cerca, pudo oler la fragancia cítrica de su colonia.
Tragó saliva al sentir una espiral de calor en la boca del estómago, lo que la puso nerviosa. Las yemas de los dedos comenzaron a hormiguearle y se vio obligada a luchar contra el impulso de acariciarle el leve chichón que encontró.
–Creo que vivirá –su voz sonó ronca, en absoluto parecida a su habitual tono pragmático.
Se preguntó cómo podía estar reaccionando con tanta fuerza a un desconocido que por casualidad había encontrado en un cuarto de baño. Nunca había sido impulsiva en nada… y eso incluía la atracción sexual.
Richard Worthington luchó por controlar la reacción entusiasta de su cuerpo ante el contacto de esa mujer. Desde luego, no quería que se diera cuenta de que con un solo vistazo todas sus hormonas masculinas habían entrado en sobrecarga… al menos, no hasta que averiguara quién era y qué hacía en su apartamento.
Estaba seguro de que había cerrado la puerta al llegar, de modo que debía disponer de una llave para haber entrado. ¿Sería del bufete del abogado que se ocupaba de la contratación del ático? Una cosa estaba clara: no había ido a robar nada porque no tenía sitio donde ocultarlo. Su mirada se demoró en el pequeño espacio de piel deliciosa entre el jersey ceñido y los pantalones. El negro de la ropa resaltaba la blancura de la piel perfecta.
–Me llamo Richard y usted es… –extendió la mano, aprovechando la oportunidad para tocarla.
–Maggie –le estrechó la mano–. ¿Sabe dónde está el ama de llaves? –preguntó, incómoda.
Como si no estuviera acostumbrada a tratar con hombres desconocidos.
–¿Qué ama de llaves? No había nadie cuando llegué hace un rato.
–Oh –Maggie bajó la vista y descubrió que aún se aferraba a su mano como si fuera un salvavidas. La soltó y dio un paso atrás–. ¿Ha visto el despacho?
–¿Por qué? –preguntó con cautela.
–Se supone que tengo que dejar eso en el escritorio del despacho –con la cabeza, indicó la carpeta que había sobre el tocador.
–¿Qué hay dentro? –se inclinó y comenzó a hurgar en la caja de herramientas que tenía en el suelo.
–No lo sé –repuso ella–. Sólo soy la mensajera.
–Sostenga esto –le entregó la llave inglesa y siguió buscando entre las herramientas.
Maggie la aceptó de forma automática, aunque la sorprendió el peso.
–Abra la carpeta y vea qué hay en el interior –ordenó él, preguntándose si sería el informe del tesorero que se suponía que debía haber llegado antes. Arreglar el lío creado por Sam no iba a ser fácil, pero valdría la pena. Tanto su padre como él coincidían en que la compañía era el vehículo perfecto para abrirse un hueco en el mercado de las aplicaciones informáticas.
–¡Desde luego que no! –exclamó ella–. ¿Y por qué está tan interesado, salvo que sea un espía industrial?
Con ojos entrecerrados, observó su expresión. Tenía los ojos inexpresivos y la boca se le había abierto un poco, mostrando unos dientes blancos y perfectos. ¿Sería un espía? A primera vista, parecía una idea ridícula, porque hasta que no llegara Worthington, en el ático no debía de haber nada de importancia que espiar. Y era imposible que hubiera sabido que iba a presentarse alguien con la carpeta.
–¿Habla en serio? –inquirió Richard, estudiando su cara suspicaz, incapaz de decidir si sentirse divertido o irritado. Era evidente que no tenía ni idea de que él era el dueño de la compañía que había llamado a su empresa de mensajería para entregar el sobre con la carpeta. ¿Quién se creía que era? Obtuvo la respuesta con las siguientes palabras de ella.
–No, en realidad, no, pero creo que será mejor que se ciña al trabajo de fontanería para el que lo contrataron.
¿De verdad creería que era fontanero? ¿O era un ardid inteligente para…? ¿Qué? Salvo Daniel, todavía nadie sabía que estaba en Nueva York, y éste no daría esa información.
–Veo que es muy leal a su jefe –tanteó mientras volvía a meterse debajo del lavabo.
–No, no lo soy –se permitió el placer de estudiar su cuerpo mientras no podía verla–. Lo que tengo es un sentido de la supervivencia muy desarrollado. ¡No quiero ni pensar en lo que haría si averiguara que había mirado sus valiosos papeles!
–Supongo que cualquiera que dirigiera un servicio de mensajería ha de mostrar un cuidado especial para mantener la reputación de su empresa –dijo él–. Páseme la llave que le pedí que sostuviera –sacó una mano de debajo del lavabo.
Maggie se la dio.
–No trabajo para una empresa de mensajería. Trabajo para una compañía informática que acaba de ser comprada por una gran firma electrónica de California. El hijo del dueño viene a la ciudad para supervisar la toma de posesión y, por lo que he visto, es bastante despiadado. La persona que debería haber entregado esta carpeta era la secretaria del antiguo presidente, y se negó en redondo a acercarse a este sitio. Así de nefasto es Worthington.
La mano de Richard se paralizó al asimilar las palabras. Asombrado, se dio cuenta de que se refería a él. Se preguntó por qué le resultaba tan desagradable.
–¿Qué es exactamente lo que está haciendo? –preguntó Maggie pasado un prolongado silencio.
–Sustituir la tubería del agua fría que va hasta el grifo –repuso, decidiendo no revelarle aún su identidad.
–Necesito un destornillador de estrella. ¿Sabe cómo es?
–Por supuesto que sé cómo es. Los días de la mujercita ignorante y desvalida son historia.
–Oh, no sé. Hay algo atractivo en saber más que una mujer acerca de cosas de hombres.
–No hay cosas de hombres. Eso es… –calló al notar que sus ojos bajaban a la entrepierna de él y de pronto sintió que los músculos de su abdomen se contraían. Tuvo que reconocer que todavía quedaban cosas exclusivamente de hombres, pero no tenía intención de corregir su primera afirmación, ya que podía ser un tema de conversación algo bochornoso.
–De acuerdo, cosas tradicionales de hombres, entonces –expuso–. Abra el grifo, ¿quiere?
Maggie obedeció y chilló cuando el agua fría brotó con fuerza, empapándole la parte frontal del jersey. Saltó hacia atrás. Para su consternación, el tacón de un zapato se enganchó en el borde del cuerpo de él y tropezó, cayendo encima de él.
La sensación del cuerpo duro bajo sus caderas suaves tuvo un efecto extrañamente enervante. Lo único que deseó fue quedarse donde estaba y absorber las vibraciones de ese cuerpo pegado al suyo. Era tan agradable. Tan…
–¿Está bien? –preguntó Richard al verla hacer una mueca.
Ella se incorporó con celeridad y musitó:
–Aparte de estar empapada, me encuentro bien.
–Siento eso, pero mojarse es uno de los peligros de ser ayudante de fontanero –comentó al salir de debajo del lavabo y observar con interés cómo tenía el jersey pegado contra los pechos.
–No soy ayudante de fontanero. Sólo soy una espectadora inocente. Una espectadora inocente y mojada.
–Debería poder hacer algo acerca de la parte mojada. En la cocina acabo de instalar una lavadora y secadora. Meteremos el jersey y el sujetador en la secadora. Como aún nadie vive aquí, a nadie le importará.
Maggie sintió que se ruborizaba ante la referencia casual a su ropa interior. Daba la impresión de que hasta el fontanero era más sofisticado que ella.
Movió la cabeza.
–Es demasiado arriesgado. ¿Y si Worthington decide tomar un vuelo anterior? Me imagino su reacción si entra y me ve envuelta en una toalla. Además, no tengo por costumbre quitarme la ropa delante de desconocidos –«aunque sean atractivos», añadió para sus adentros.
De hecho, casi sabía con certeza cuál sería la reacción de Worthington. Una de las cosas que más le desagradaba, según había registrado su programa, era que lo persiguieran… al parecer aún más de lo que odiaba la publicidad. Ni siquiera la página web de la compañía incluía una foto de su presa, sólo del padre y fundador, John Worthington, Senior.
–Si aparece, lo oiremos, y yo lo distraeré con un informe sobre la fontanería mientras usted recoge su ropa. Mientras tanto, puede ponerse mi camisa –se la quitó con indiferencia y se la pasó–. El guardia de abajo me dijo que si quería, me preparara una jarra de café –mintió–. ¿Por qué no se cambia mientras la preparo? Ya me he ganado un descanso, de todos modos.
Por lo general, Maggie jamás habría tomado en consideración la oferta, pero debía regresar a la oficina, y no podía hacerlo con ropa mojada. Por desgracia, no disponía de tiempo suficiente para ir a su casa a cambiarse. Ésa era la mejor opción que tenía.
Con cautela, aceptó la camisa, toda su atención centrada en ese torso desnudo, cubierto por una mata de vello oscuro que se ahusaba hasta desaparecer más allá de la cintura de los vaqueros.
Contuvo el aliento cuando en su imaginación sus dedos siguieron esa línea de vello sedoso por todo el cuerpo. La piel de los brazos se le puso de gallina.
–Tiene frío –comentó Richard, malinterpretando su reacción–. Vamos, quítese con rapidez esa ropa mojada.
La rodeó y salió del cuarto, cerrando la puerta a su espalda.
Maggie soltó el aliento contenido y luego parpadeó, para desterrar de la mente la visión tentadora de ese torso desnudo.
–Vale, el fontanero te ha encendido –se dijo–. No hay nada de malo en ello. Eres una mujer normal. ¿Por qué no deberías responder a la perfección masculina cuando la encuentras?
El calor se retorció en su abdomen al pensar en el entusiasmo con el que le gustaría responder.
Mientras se quitaba el jersey, pensó que a ella le había gustado, pero que él no había mostrado signo alguno de que mirarla lo hiciera sentir algo.
