El Misterio de las Vidas Pasadas - Eleonor Burton - E-Book

El Misterio de las Vidas Pasadas E-Book

Eleonor Burton

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Beschreibung

"La autora ofrece un recorrido histórico sobre el enigmático dilema religioso y filosófico en torno del alma, del karma y de la reencarnación. Hace un repaso de los principales hallazgos de la terapia transpersonal producidos a partir de sesiones de hipnosis."(El almazen natural) "El misterio de las vidas pasadas es una obra que ahonda, con sensatez, en la posibilidad de que la reencarnación de las almas y su trasmigración de unas especies a otras sea un hecho real y no una fantasía de charlatanes."(Ciberanika) Un estudio histórico y científico sobre la terapia traspersonal cuyas tesis y casos nos sorprenderán y nos demostrarán que quizá hayamos vivido otras vidas. Cuando los psicólogos comenzaron a aplicar la hipnosis como terapia, se dieron cuenta de que, algunos pacientes, tenían extrañas experiencias, hablaban a la perfección idiomas que desconocían y se recuperaban de sus fobias y traumas al reconocer su origen en vidas anteriores, comenzó entonces lo que se conoce como terapia traspersonal. El misterio de las vidas pasadas argumenta los fundamentos que esta terapia tiene de un modo riguroso, para ello se remontará a los orígenes de la civilización para comprobar que la mayoría de las religiones de la tierra han creído en un tipo u otro de reencarnación; también ilustrará casos concretos de regresiones por hipnosis que apoyan la existencia de vidas anteriores y, por último intentará responder, usando un método rigurosamente científico, a las preguntas: ¿es posible que hayamos vivido varias vidas de las que no tenemos memoria? ¿Puede la hipnosis clínica ayudarnos a recordarlas? Eleonor Burton, la autora, es una bióloga respetada, acostumbrada a trabajar con el escepticismo y el método científico como aliados. Un día, sin embargo, asistió a la sesión de hipnosis a la que se sometía un amigo suyo y comprobó estupefacta cómo este comenzaba a hablar en ruso, un idioma que desconocía por completo.

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Seitenzahl: 179

Veröffentlichungsjahr: 2010

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El misteriode lasvidas pasadas

Regresión, transmigración y reencarnación

Eleonor Burton

Colección: Investigación abiertawww.nowtilus.com

Título: El misterio de las vidas pasadasAutor: Eleonor Burton

© 2010 Ediciones Nowtilus S. L. Doña Juana I de Castilla 44, 3° C, 28027 Madridwww.nowtilus.com

Diseño y realización de cubiertas: Ediciones NoufrontDiseño y realización de interiores: JLTV

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

ISBN 13: 978-84-9763-927-9

Libro electrónico: primera edición

A todosy, en especial,para ti.

ÍNDICE

Palabras previas

Capítulo 1: El alma

Capítulo 2: La reencarnación

Capítulo 3: La transmigración

Capítulo 4: Vidas pasadas

Capítulo 5: Las técnicas y los casos

Capítulo 6: Los estados ampliados de conciencia

Capítulo 7: Los falsos recuerdos

Bibliografía

Artículos y trabajos académicos

Sitios web

PALABRAS PREVIAS

 

El presente trabajo tiene un carácter estrictamente introductorio. Su autora no es médica ni psicóloga, a pesar de que ha dedicado mucho de su tiempo a la investigación de los fenómenos que dan cuenta de ese leve, inasible (aun en lo conceptual) y milenario concepto que llamamos alma. Y digo concepto por no decir materia, lo que sería a todas luces una contradicción, por ser precisamente el alma lo que escapa de la materia. Y no digo tampoco principio de fe porque, aun fuera de las religiones o incluso oponiéndose a ellas, se ha hablado y se habla del alma y sus migraciones como algo cada vez menos sujeto a discusión.

Soy bióloga y ocurrió que una mañana (hace ya más de diez años), un amigo y colega me invitó a participar en una de sus sesiones de terapia. Lógicamente me negué, en la medida en que cualquiera que se psicoanalice sabe que el ámbito entre terapeuta y paciente debe ser absolutamente cerrado y privado.

Sin embargo, con paciencia, mi amigo pasó a explicarme que no era precisamente psicología tradicional la que se pondría en juego en aquella sesión. Y esa mañana escuché hablar por primera vez de terapia transpersonal, o de regresión, y de vidas pasadas. La intención de mi amigo era que yo oficiase de testigo de lo que allí ocurría. Desde luego, contaba con el acuerdo del terapeuta.

Confieso que una vez que me explicó de qué trataría la sesión, me habría negado si la petición hubiera venido de otra persona, pero tenía deberes de solidaridad y afecto hacia ese amigo (un cientificista a ultranza durante toda nuestra carrera) y al rato, debo confesarlo, también experimenté cierta curiosidad. Prometí, eso sí, no reírme, no burlarme, dejar de lado todo prejuicio.

Debería aclarar también que por esos días yo estaba concluyendo un curso de ruso que había comenzado tres años antes, legado de mi abuela materna que me indujo el amor a una lengua para algunos dura, pero dulcísima a mis oídos de nieta mimada. Y aunque no lo supe en ese momento, allí estaba la clave de por qué era yo, precisamente, la elegida para ser testigo de aquella sesión.

Lo cierto es que después del proceso hipnótico a que fue sometido por el terapeuta, mi amigo comenzó a narrar una historia en la que él era un capitán de caballería del ejército del zar Nicolás. Los hechos ocurrían en la misma semana en que comenzaba la insurrección bolchevique. Y aunque él no combatía en el frente, la noticia ya se desparramaba entre los soldados que empezaban a negarse a seguir peleando.

Supuse que tal vez —aun ignorándolo él mismo—mi amigo, en estado hipnótico, estaba reproduciendo alguna historia leída en algún libro, con la sola diferencia de que aquíél era el protagonista. Sin embargo, toda mi teoría se derrumbó cuando, de repente, comenzó a dar voces arengando a la tropa, en… perfecto ruso.

Huelga decir que mi amigo desconocía absolutamente el idioma, y que su pronunciación era tan nativa, tan perfecta, que muchos de los términos que usaba escapaban aún a mi conocimiento. Aquella escena puso patas para arriba toda mi lógica positivista.

Se dio no obstante otra circunstancia providencial. Mis abuelos rusos emigraron primero a la Argentina, país al que amo entrañablemente, y luego vinieron a California. Aquí mi madre, ya adolescente, conoció a mi padre y tuvieron a esta curiosa amalgama ruso-hispano-sajona. Aún faltaba otro elemento esquizofrénico: el de la científica que se iría apasionando por los misterios del alma.

Pero dije que la circunstancia fue providencial porque mi amigo se detuvo, por decirlo de alguna manera, en otra vida anterior, y en esta hablaba español con acento del Caribe, siendo que lo único que de esa lengua conoce es la carta del restaurante mejicano al que íbamos en nuestra época de estudiantes. Por segunda vez atestigüé que usaba un idioma que no podría articular en estado de atenta vigilia.

En virtud de esas limitadas pero útiles cualidades mías, el terapeuta me preguntó si podría auxiliarlo en una sesión que tendría al día siguiente, con una muchacha que aparentemente había vivido antes en la Lima colonial, y dije que sí sin siquiera consultar mi agenda.

A partir de esa experiencia, y no pudiendo conformarme solo con el asombro, dediqué todas y cada una de las horas libres que me dejaba mi profesión a estudiar y documentarme acerca de la teoría de la reencarnación y la existencia de vidas anteriores. Para mi amigo fue una terapia transitoria y debo decir que efectiva para cierta fobia que había desarrollado desde años antes. Para mí se transformó en una pasión y en la alegría de sucesivos descubrimientos.

Este libro es el producto de ese trabajo, de años recopilando material, entrevistando a profesionales y hablando con pacientes. Reitero: no es el trabajo de un especialista. Más bien es el itinerario de preguntas y respuestas que debí seguir como aficionada al tema.

Pese a todo, decidí inhibir mi propia opinión al respecto. Tampoco doy testimonio de regresiones efectuadas por mí. No es este un acto de fe ni un texto que busque prosélitos. Lo que el lector encontrará aquí son los fundamentos dados por los teóricos, casos narrados por los propios terapeutas, explicaciones científicas de psiquiatras, psicólogos e hipnoterapeutas, todos con solidez profesional.

Me gustaría que el presente libro fuera tomado como un pequeño manual introductorio, una compilación con la cual quien nada sepa al respecto pueda orientar sus primeros pasos. Valen más las voces transcritas que los aportes que pueda hacer quien no es más que una compañera en la ruta. No hay otra pretensión que esa, limitada pero honesta.

Como científica he procurado que cada uno de los párrafos esté documentado y que los materiales que aquí expongo se vean validados por la trayectoria de su autor. Me he permitido incluir tres historias (recuadradas al final de algunos capítulos) que me ha tocado atestiguar personalmente. Incluyo una bibliografía que me ha sido de suma utilidad y espero lo sea también para los demás.

Mi curiosidad me ha llevado por un recorrido fascinante y asombroso. Invito al lector a iniciarlo. Y a emprender, sobre todo, un descomunal desafío para el pensamiento y las propias creencias. Gracias.

E. B.

EL ALMA

 

A lo largo del tránsito histórico del Hombre, si algo hay de cierto es el acoso de algunas preguntas de orden existencial que ni los más luminosos avances de la ciencia pudieron contestar en forma contundente.

Los interrogantes acerca de los orígenes humanos, así como los de la ruta posterior a la muerte física, han desvelado —y siguen haciéndolo— a científicos, religiosos, filósofos e individuos comunes y corrientes, casi desde el mismo momento en que el Hombre comenzó a tener conciencia de su existencia.

Pero no solo eso: la misma conformación humana, más allá de órganos, piel y huesos, constituye un enigma poblado de respuestas en permanente revisión.

¿Existe efectivamente el alma humana? Y si es así, ¿qué es?

Ya en 1764, en el prólogo de su Diccionario filosófico, Voltaire se formulaba esta pregunta y escribía al respecto:

Fundándonos en los conocimientos adquiridos, nos hemos atrevido a cuestionar si el alma se creó antes que nosotros, si llega de la nada a introducirse en nuestro cuerpo, a qué edad viene a colocarse entre una vejiga y los intestinos, si allí reside o aporta algunas ideas, y qué ideas son estas; si después de animarnos algunos momentos, su esencia, luego que el cuerpo muere, vive en la eternidad; si siendo espíritu, lo mismo que Dios, es diferente a este o es semejante. Estas cuestiones que parecen sublimes, como dijimos, son las cuestiones que entablan los ciegos de nacimiento respecto de la luz.

¿Qué nos han enseñado los filósofos antiguos y los modernos? Nos han enseñado que un niño es más sabio que ellos, porque este solo piensa en lo que puede conseguir. Hasta ahora la naturaleza de los primeros principios es un secreto del Creador. ¿En qué consiste que los aires arrastren los sonidos? ¿Cómo es que algunos de nuestros miembros obedecen constantemente a nuestra voluntad? ¿Qué mano es la que coloca las ideas en la memoria, las conserva allí como en un registro, y las saca cuando queremos y también cuando no queremos? Nuestra naturaleza, la del universo y la de las plantas están escondidas en un abismo de las tinieblas. El hombre es un ser que obra, que siente y piensa: he aquí todo lo que sabemos, pero ignoramos qué es lo que nos hace pensar, sentir y obrar. La facultad de obrar es tan incomprensible para nosotros como la facultad de pensar. Es menos difícil concebir que el cuerpo de barro tenga sentimientos e ideas que concebir que un ser tenga ideas y sentimientos.

Comparad el alma de Arquímedes con la de un imbécil: ¿son las dos de la misma naturaleza? Si es esencial en ellas el pensar, pensarán siempre con independencia del cuerpo, que no podrá obrar sin ellas; si piensan por su propia naturaleza, ¿será de la misma especie el alma que no puede comprender una regla de aritmética que el alma que midió los cielos? Si los órganos corporales hacen pensar a Arquímedes, ¿por qué un idiota, mejor constituido y más vigoroso que Arquímedes, dirigiendo mejor y desempeñando con más perfección las funciones corporales, no piensa? A esto se contesta que su cerebro no es tan bueno; pero eso es una suposición, porque los que así contestan no lo saben. No se encontró nunca diferencia alguna en los cerebros disecados; y es además verosímil que el cerebro de un tonto se encuentre en mejor estado que el de Arquímedes, que lo usó y lo fatigó prodigiosamente… Deduzcamos, pues, de esto lo que antes dedujimos, que somos ignorantes ante los primeros principios.

Hasta ahora la naturaleza de los primeros principios es un secreto del Creador. Nuestra naturaleza, la del universo y la de las plantas están escondidas en un abismo de las tinieblas.

Pero no solo Voltaire, en el ámbito de la filosofía, se interrogó —y procuró contestarse— acerca del alma humana.

En un párrafo de Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche también asalta el tema. Claro, a la manera en que el pensador alemán solía hacerlo:

En otro tiempo el alma miraba al cuerpo con desprecio, y ese desprecio era entonces lo más alto: el alma quería el cuerpo flaco, feo, famélico. Así pensaba escabullirse del cuerpo y de la tierra.

¡Oh!, también esa alma era flaca, fea y famélica: ¡y la crueldad era la voluptuosidad de esa alma!

Mas vosotros también, hermanos míos, decidme: ¿qué anuncia vuestro cuerpo de vuestra alma? ¿No es vuestra alma acaso pobreza y suciedad y un lamentable bienestar?

EL ALMA PARA EL BRAHAMANISMO

Y si el interrogante acerca del alma humana, de su existencia, de su forma y su localización ha sido materia de desvelo teórico para filósofos, científicos y hasta literatos, de más está decir que constituye el centro de las definiciones para todas las religiones, tengan estas las características que tuvieren.

Los brahamanistas aseguran que, descrita en el Bhagavad-gita, el alma es una partícula atómica antimaterial, muchísimo más sutil que la energía material. De tamaño atómico, es la fuerza vital para todos los seres vivos y su fuente de energía. La energía del atma —como se la nombra en sánscrito— se difunde por todo el cuerpo y es la causa por la cual se siente dolor o placer en las distintas partes de este.

Según esa corriente de pensamiento, esa energía que difunde el alma es lo que conocemos como conciencia.

Ante la muerte física, postulan los krishnas, el alma deja el cuerpo sin ser afectada. Por eso el Bhagavad-gita le atribuye una naturaleza inmutable, indestructible e indisoluble. Además existe en todas partes y es invisible. Cada alma minúscula es una parte fragmentaria y eterna de Krishna, o sea de Dios; y la energía de cada una de esas almas deriva de su relación con Él, a la sazón, el Alma Suprema.

Los vedas (sacerdotes) describen al alma como energía marginal dotada de libertad para elegir servir a Dios o no hacerlo. Y cuando ocurre esto último, las cualidades espirituales inherentes a ella quedan temporalmente bloqueadas, por lo cual abandonan el campo de energía espiritual pura y, bajo la influencia de la energía material, entran a un cuerpo físico.

En su estado original, trascendental, afirman los krishnas, el alma está caracterizada por tres cualidades.

- La primera es “eternidad”, o sea, es no nacida, inmortal.

- La segunda es “conocimiento”, fuente de toda inteligencia.

- Y la tercera es “bienaventuranza”, vale decir, la suma total de toda felicidad.

Chandra, diosa védica que representaba a la luna y se moviliza en un carro que viaja por el cielo tirado por antílopes.

Para la Iglesia católica, entretanto, el alma es el principio de vida del cuerpo. Alma, según el Catecismo (364), significa el principio espiritual en el hombre.

El 13 de mayo de 2001, Enrique Cases, un sacerdote católico que integra el cuerpo docente de la Universitat Internacional de Catalunya, publicó un luminoso trabajo que ilustra de manera integral la postura de la Iglesia frente a la difícil cuestión:

Alma es aquello por lo cual el hombre se mueve y vive. No es un espíritu más o menos conectado con el cuerpo. Se puede decir que el hombre no tiene cuerpo y alma; es cuerpo y alma a la vez. La vida que mueve al cuerpo proviene del alma. Pero esa alma está toda en todas las partes del cuerpo. No está más en el cerebro que en el dedo, aunque los use de manera distinta. En términos filosóficos, que la Iglesia ha querido aprovechar en este caso, el alma es la forma substancial del cuerpo (DzS 902).

Procurando desentrañar tanto la espiritualidad del alma como su inmortalidad —conceptos que postula la Iglesia católica—, Cases acude a algunos razonamientos ilustrativos:

A) El hombre no es solo cuerpo. Una casa es algo más que los elementos que la componen. Se puede vivir en ella. Tiene una forma. Pero si se destruye esa forma solo quedan los elementos en desorden. En el hombre ocurre algo parecido con una diferencia esencial. Todo hombre es algo más que los elementos que lo forman. Pero a pesar de que todos los elementos del hombre cambian con el tiempo (en el paso de niño a anciano cambian todas las células muchas veces), permanece el mismo yo. Luego ese yo es más permanente que los elementos que lo componen.

B) El hombre no es solo alma. Un gran descubrimiento de muchos pensadores antiguos y modernos es el pensamiento humano, y con él toda la riqueza de su interioridad. Si se separa ese actuar espiritual de lo material se llega al dualismo (el hombre es como un jinete en el caballo que es el cuerpo), o a pensar que el único componente humano es el alma, y el cuerpo es una cárcel más o menos despreciable. La fe dice que el cuerpo está íntimamente unido al alma recibiendo de ella la vida, y es digno de respeto, aunque sea inferior al alma.

Al igual que Voltaire, Enrique Cases también aborda la espinosa cuestión de los sentimientos y la capacidad de pensar que tiene el hombre, pero a diferencia de aquél, extrae conclusiones positivas:

1) La abstracción (separar en la mente la idea de las cosas) es conocer y es una operación que no se puede explicar por la materia; ninguna reacción química, ni las acciones del cerebro, la pueden explicar. Al abstraer se hace la luz en la mente, se conoce la idea. Aquí se puede ver el concepto y todas las creaciones de la mente humana: matemáticas, ciencia, arte, filosofía. La riqueza es tal que supera todas las posibilidades de la materia con sobreabundancia.

2) La reflexión es una operación totalmente separada de los sentidos, inmaterial, espiritual, el espíritu se flexiona sobre sí mismo, se piensa, se reconoce y razona. Esta operación aun se explica menos por lo material que la abstracción pues, más inmaterial aún, es totalmente espiritual. Aquí vemos las grandes intuiciones de la sabiduría humana, las creaciones del genio humano.

3) El intelecto del ser es lo más alto que puede alcanzar la inteligencia, es intus legere (leer dentro), pues con ella capta el ser más allá de las mismas ideas, en su profundidad más íntima.

Para Cases, estas tres operaciones que no se pueden explicar por el cuerpo, y ni siquiera por el cerebro, en tanto órgano material, fundamentan la existencia del alma como materia espiritual. El querer y el pensar, dice, son funciones que corresponden a la órbita espiritual y se ejecutan por medio de la voluntad. Y luego sintetiza:

El alma es una sustancia espiritual más o menos llena de conceptos y de amores, pero es más que una idea; es una sustancia espiritual, no admite descomposición. Por ello, a la evidencia de su existencia por las operaciones que posee, se sigue que es inmortal. Esto coincide con la experiencia del hombre que se resiste a la idea de desaparecer definitivamente con la muerte y ser un ser absurdo. El hombre no es un ser para la muerte, o lo que es lo mismo, un ser para el absurdo o para la náusea como afirmaban los existencialistas. El hombre ambiciona una felicidad plena que solo le puede ser dada por el Bien infinito que es Dios. Desea además que sea para siempre y con la felicidad, el amor, la justicia y todas las cosas buenas. Estas experiencias corresponden al razonamiento que dice que el alma es inmortal porque es una sustancia espiritual.

Parece obvio, entonces, que más allá de cuestiones formales (San Agustín proclamaba que el alma no se mueve de lugar, ni está contenida ni circunscrita a lugares determinados, ya que carece de longitud, latitud y altura), existe una coincidencia básica entre filósofos y teólogos en cuanto a la existencia de algo así llamado “alma”. O, cuanto menos, respecto de la existencia de un cúmulo de energía indescifrable, hasta hoy, por las ciencias biológicas.

Admitir este argumento conduce inexorablemente a tener que abocarse a la tarea de revisar la concepción budista de la reencarnación, y en otro plano —o en uno paralelo— el de la trasmigración.

EL KARMA

Hablar de reencarnación, entonces, exige empezar definiendo el concepto que la justifica, que le da entidad: el karma.

Karma, en sánscrito, significa acción. El budismo divide en tres categorías esas acciones: acciones del cuerpo (comportamiento), acciones de la boca (palabras y lenguaje), y acciones de la mente (pensamientos).

Así, una vez producida cualquier acción por el individuo, esta no se diluye en el tiempo o adquiere la simple condición de anécdota. Cada acto, bueno o malo, permanece en la vida del sujeto, en el presente, como una energía potencial, influyendo en el curso de la existencia, desde que esa acción se ha producido en adelante.

Paralelamente, el budismo proclama la naturaleza eterna e interminable de la vida. La concibe como un ciclo indefinido de nacimientos y muertes, unos detrás de las otras. De tal modo que aquellas acciones ejecutadas por un sujeto en un cierto momento del ciclo (o en lo que él considera “esta” vida) no necesariamente influirán en ese periodo de tiempo. Pueden hacerlo en el siguiente ciclo. El karma, entonces, es el portador de las consecuencias que un individuo debe pagar en algún momento; quizás, no por lo hecho en esta vida, sino por lo que hizo en vidas pasadas.

Con notable lucidez, el buda Shakiamuni definió este concepto:

Si una persona comete un acto de bien o de mal, ella misma se convierte en heredera de dicha acción. Esto se debe a que esa acción, en realidad, nunca desaparece.

Karma, en sánscrito, significa acción. El budismo divide en tres categorías esas acciones: acciones del cuerpo (comportamiento), acciones de la boca (palabras y lenguaje), y acciones de la mente (pensamientos).

Los griegos, muchísimo más deterministas que los seguidores del budismo, imaginaban que existían tres diosas mayores, a las que identificaban como las Parcas: Cloto, que determinaba el nacimiento hilando el tejido de la vida humana; Láquesis, que esparcía dicho tejido, predeterminando el camino que esa persona debía seguir en la vida; y por fin, Átropos, que decidía la muerte del sujeto cortando el tejido. Con lo cual poco era lo que el hombre tenía en sus propias manos respecto de su destino.

Esta idea que, en muchos sentidos, podría identificarse con el concepto de “evasión”, planteado más tarde por el psicoanálisis, responde, probablemente, a la sensación de impotencia que debió sentir el hombre de la antigüedad frente a los peligros y los enigmas a los que lo sometía, entonces, la naturaleza.

El budismo, en cambio, invirtió la ecuación, enseñando que la causa de las miserias y flagelos del hombre no yace en fuerzas o circunstancias externas, sino en su propio interior. Así, las acciones buenas (buen karma) producen efectos felices y placenteros, y las acciones malas (mal karma), dolores y sufrimientos.