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Nos han dicho que una dieta vegetariana puede alimentar a los hambrientos, honrar a los animales y salvar el planeta. Lierre Keith creía en esa dieta basada en plantas y pasó veinte años como vegana. Pero en El Mito Vegetariano explica que hemos sido engañados, no por nuestros anhelos de un mundo justo y sostenible, sino por nuestra ignorancia. La verdad es que la agricultura es un asalto implacable contra el planeta, y más de lo mismo no nos salvará. Keith argumenta que si queremos salvar este planeta, nuestra comida debe ser un acto de reparación profunda y duradera: debe provenir de las comunidades internas y activas, no debe imponerse a través de ellas.
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Seitenzahl: 648
Veröffentlichungsjahr: 2019
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El porqué de este libro
No me ha sido fácil escribir este libro. Y a muchos de vosotros no os resultará fácil leerlo. Lo sé. He sido vegana durante casi veinte años. Conozco bien las razones que me empujaron a adoptar una dieta extrema, y son razones honorables, incluso nobles. Son razones como la justicia, la compasión y un anhelo desesperado y sobrecogedor de arreglar el mundo. Quería salvar el planeta: los últimos árboles testigos del tiempo, los retazos de naturaleza que siguen alimentando a las especies que, bajo sus plumas y sus pieles, van desapareciendo en silencio. Quería proteger a los vulnerables, a los sin voz. Quería alimentar a los que tienen hambre. Quería al menos evitar participar en el horror de la ganadería industrializada.
Estas pasiones políticas nacen de un deseo tan profundo que alcanzan lo espiritual. Así era en mi caso, y así sigue siendo. Quiero que mi vida sea un grito de guerra, un campo de batalla, una flecha que apunta y dispara al corazón de la opresión: el patriarcado, el imperialismo, la industrialización, todos y cada uno de los sistemas de poder y sadismo. Si las metáforas de guerra resultan demasiado duras, puedo expresarlo de otro modo. Quiero que mi vida —mi cuerpo— sea un lugar donde se cuide a la Tierra, no donde se la devore; donde al sádico no se le dé cuartel; donde se pare la violencia. Y quiero que comer —la nutrición básica— sea un acto que sustente, no que mate.
Este libro ha sido escrito para estimular esas pasiones, ese anhelo. Este libro no pretende ridiculizar la idea de los derechos de los animales ni despreciar a aquellos que desean un mundo más amable. Todo lo contrario, este libro pretende honrar nuestro más profundo deseo de un mundo justo. Sin embargo, la filosofía y la práctica del vegetarianismo no ayudan en absoluto a esos deseos —de compasión, de sostenibilidad, de un reparto equitativo de los recursos—. Nos han llevado por el mal camino. Los defensores del vegetarianismo tienen la mejor de las intenciones. Quiero dejar bien claro aquí algo que repetiré más adelante en este libro: todo lo que dicen sobre la ganadería industrial es verdad. Es una actividad cruel, despilfarradora y destructiva. Nada de lo que afirmo en este libro tiene como propósito excusar ni defender las prácticas de la producción industrial de alimentos en ningún sentido.
El primer error consiste en dar por sentado que la ganadería industrial —una práctica que apenas tiene cincuenta años de historia— es la única manera posible de criar animales. Todos los cálculos sobre la energía utilizada, las calorías consumidas y los seres humanos malnutridos parten de la idea de que los animales comen cereales.
Se puede alimentar a los animales con cereales, pero esa no es su dieta natural. Los cereales no aparecieron hasta que los seres humanos domesticaron las gramíneas anuales, hace unos doce mil años, mientras que los uros, los progenitores silvestres de la vaca doméstica, llevaban ya en la Tierra dos millones de años. Durante la mayor parte de la historia del ser humano, los animales que pacían y pastaban no han competido con los seres humanos por el alimento. Estos animales ingerían un alimento que nosotros no podíamos comer —celulosa— y lo convertían en algo que sí podíamos comer —proteínas y grasas—. Los cereales aumentan de forma espectacular tanto el ritmo de crecimiento del ganado vacuno (es la razón por la que en Estados Unidos se utiliza tanto la expresión «alimentado con maíz») como la producción de leche en las vacas lecheras. Pero los cereales también acaban matándolos a ambos. El delicado equilibrio bacteriano del rumen (el primer estómago) de una vaca se acidifica y se infecta. Los pollos alimentados exclusivamente con cereales desarrollan el síndrome del hígado graso, cuando en realidad no necesitan comer cereales en absoluto para vivir. Las ovejas y las cabras, que son también animales rumiantes, no deberían tomarlos nunca.
Este malentendido proviene de la ignorancia, una ignorancia que se manifiesta a lo largo y ancho del mito vegetariano, pasando por su visión sobre la naturaleza de la agricultura y llegando hasta sus afirmaciones sobre la naturaleza de la vida. Somos ciudadanos urbanos de la era industrial y no sabemos de dónde viene nuestra comida. Esto incluye también a los vegetarianos, aunque ellos afirmen conocer la verdad. Y también fue mi caso durante veinte años. Para mí, todo el que comía carne negaba la realidad, yo era la única que me enfrentaba a los hechos. Es cierto que la mayoría de la gente que consume carne producida industrialmente nunca se pregunta qué animal ha muerto ni cómo ha muerto. Pero seamos honestos, la mayoría de los vegetarianos tampoco se lo plantea.
La verdad es que la agricultura es lo más destructivo que los seres humanos le hayan hecho nunca al planeta, e insistir en esta práctica no será lo que nos salve. La verdad es que la agricultura requiere la destrucción a gran escala de ecosistemas completos. Y la verdad es también que la vida sin muerte no es posible, que independientemente de lo que comamos, alguien tiene que morir para alimentarnos.
Quiero una rendición de cuentas completa, quiero ir mucho más allá de los alimentos muertos que servimos a la mesa. Me he preguntado por todo lo que ha muerto en el proceso, por todos los seres vivos a los que hemos matado para que los alimentos lleguen a nuestro plato. Esa es la pregunta más radical, y la única pregunta que nos permitirá llegar a la verdad. ¿Cuántos ríos hemos contenido con presas y hemos drenado? ¿Cuántas praderas hemos arado y cuántos bosques hemos talado? ¿Cuánta tierra vegetal hemos convertido en polvo que se ha llevado el viento? Quiero saber lo que le ha ocurrido a todas las especies —no solo a los individuos, sino a la especie en su conjunto—, lo que le ha pasado al salmón real, al bisonte, al gorrión sabanero pechileonado y al lobo. Y no me contento simplemente con saber el número de muertos y de desaparecidos. Quiero que vuelvan.
A pesar de todo lo que nos han contado y pese a la sinceridad de quienes nos lo han contado, comer soja no los traerá de vuelta. El 98 % de las praderas estadounidenses ha desaparecido, transformado en monocultivos de cereales anuales. El cultivo con roturación ha destruido en Canadá el 99 % del humus original del suelo.[1] De hecho, la desaparición de la tierra vegetal «rivaliza con el calentamiento global como principal amenaza medioambiental».[2] Cuando el bosque pluvial es destruido para producir carne de ternera, los progresistas se indignan, toman conciencia y se prestan a boicotear lo que haga falta. Sin embargo, nuestro apego al mito vegetariano nos deja incómodos, callados y, en última instancia, inmovilizados cuando el culpable es el trigo y la víctima la pradera. Abrazamos como un artículo de fe que el vegetarianismo era el camino hacia la salvación, tanto para nosotros como para el planeta. ¿Cómo es posible que nos esté destruyendo a ambos?
Debemos estar dispuestos a afrontar la respuesta. Lo que acecha en las sombras de nuestra ignorancia y nuestra negación es una crítica a la civilización en sí misma. Es posible que el punto de partida sea lo que comemos, pero al final del camino se encuentra toda una forma de vida, el orden mundial del poder y no poco apego personal a todo ello. Recuerdo en quinto de primaria el día en el que la señorita Fox escribió dos palabras en la pizarra: civilización y agricultura. Lo recuerdo por la suavidad de su voz, por la seriedad de sus palabras, por su explicación que era casi oratoria. Era algo importante. Y lo comprendí. Todo lo bueno de la cultura humana proviene de ese momento: toda la comodidad, la gracia, la justicia. Nacieron la religión, la ciencia, la medicina y el arte, y podíamos al fin ganar la batalla a la inanición, la enfermedad y la violencia. Y todo porque los seres humanos habían descubierto cómo cultivar sus propios alimentos.
La realidad es que la agricultura generó una pérdida neta para la cultura y los derechos humanos. La agricultura creó la esclavitud, el imperialismo, el militarismo, las divisiones de clase, el hambre crónica y la enfermedad. «Entonces, el auténtico problema no consiste en explicar por qué algunos pueblos tardaron tanto tiempo en adoptar la agricultura, sino por qué hubo quien empezara a practicarla, puesto que es obviamente terrible», escribió Colin Tudge de la London School of Economics.[3] La agricultura también ha resultado devastadora para las demás criaturas con las que compartimos la Tierra, y finalmente también para los sistemas de soporte vital del propio planeta. Todo está en juego. Si queremos un mundo sostenible, debemos estar dispuestos a analizar las relaciones de poder que existen tras el mito fundacional de nuestra cultura. De lo contrario, fracasaremos.
Cuestionarse hasta ese punto el mundo que conocemos resulta difícil para la mayoría. En este caso, la lucha emocional inherente a la resistencia a cualquier hegemonía está compuesta por nuestra dependencia de la civilización y por nuestra incapacidad individual para detenerla. La mayoría de nosotros no tendríamos ninguna posibilidad de sobrevivir si la infraestructura industrial se desmoronase mañana. Y nuestra conciencia queda igualmente impedida por nuestra impotencia. No he incluido en el último capítulo una lista de diez sencillas cosas que podemos hacer porque, sinceramente, no existen esas diez sencillas acciones que salvarán a nuestro planeta. No hay una solución personal. Existe una red interconectada de órdenes jerárquicos y extensos sistemas de poder a los que debemos enfrentarnos y que debemos desmantelar. Podemos no estar de acuerdo sobre la mejor manera de hacerlo, pero no tenemos más alternativa que hacerlo, si queremos que la Tierra tenga alguna posibilidad de sobrevivir.
Al final, toda la fortaleza del mundo será inútil si no disponemos de la suficiente información para trazar un rumbo sostenible para el futuro, tanto en la vida personal como en lo político. Uno de mis propósitos al escribir este libro es facilitar dicha información. La mayoría de las personas que viven en Estados Unidos no cultivan sus propios alimentos, ni mucho menos salen a cazar y a recolectar.[4] No tenemos forma alguna de determinar cuánta muerte está encarnada en un plato de ensalada, un bol de fruta o un filete de ternera. Vivimos en entornos urbanos, el último suspiro de los bosques, los miles de kilómetros robados a los ríos, las praderas y los humedales devastados y a los millones de criaturas que murieron para que nosotros disfrutáramos de nuestra comida. Ni siquiera sabemos qué preguntas debemos hacernos para encontrar las respuestas que buscamos.
En su libro Long Life, Honey in the Heart [Larga vida, miel en el corazón], Martin Prechtel habla del pueblo maya y de su concepto de kas-limaal, que podría traducirse como «endeudamiento mutuo, animación mutua».[5] «El conocimiento de que cada animal, cada planta, cada persona, cada viento y cada estación están en deuda con el fruto de todo lo demás es un conocimiento adulto. Saldar la deuda significa que no quieres formar parte de la vida y no quieres convertirte en adulto», explicó uno de los ancianos a Prechtel.
La única salida del mito vegetariano es perseguir el kas-limaal, el conocimiento adulto. Es un concepto que necesitamos, especialmente aquellos a los que nos mueve la injusticia. Yo sé que lo necesito. En la historia de mi vida, el primer bocado de carne tras ese periodo de veinte años marcó el final de mi juventud, el momento en el que asumí las responsabilidades de la edad adulta. Fue el momento en el que dejé de luchar contra el álgebra básica de la encarnación: para que unos vivan, otros deben morir. En la aceptación de esta verdad, con todo su sufrimiento y pesar, está la capacidad de elegir un camino diferente, un camino mejor.
Los agricultores activistas tienen un plan muy diferente al de los escritores polémicos para llevarnos de la destrucción a la sostenibilidad. Los agricultores hacen su análisis con una información de partida completamente diferente. He oído a algunos activistas vegetarianos afirmar que un acre de tierra solo puede alimentar a dos pollos. Joel Salatin, uno de los adalides de la agricultura sostenible y una persona que realmente cría pollos, dice, sin embargo, que esa cifra está en 250 pollos por acre.[6] ¿A quién debemos creer? ¿Cuántos de nosotros tenemos los conocimientos suficientes como para poder siquiera formarnos una opinión? Frances Moore Lappé dice que hacen falta entre cinco y siete kilos de cereales para producir medio kilo de carne de ternera.[7] Por otra parte, Salatin cría ganado sin darle nada de cereales, sino que los rumiantes van rotando por policultivos de plantas vivaces y así van creando mantillo año tras año. Los habitantes de las culturas industriales urbanas no tenemos contacto alguno con los cereales, los pollos, las vacas, ni mucho menos con el mantillo. No tenemos ninguna experiencia que nos permita sopesar los argumentos de los vegetarianos por razones políticas. No tenemos ni idea de lo que comen las plantas, los animales y el suelo, ni de cuánto comen. Y eso significa que no sabemos nada sobre lo que nosotros mismos comemos.
Afrontar la verdad sobre la ganadería industrial —el maltrato de los animales, los daños al medioambiente— era para mí de enorme importancia cuando tenía dieciséis años. Sabía que la Tierra se estaba muriendo. Era una emergencia diaria con la que había vivido siempre. Nací en 1964. Primavera y silenciosa[8] eran para mí inseparables: eran ocho sílabas, no dos palabras. El infierno estaba aquí mismo, en las refinerías de petróleo de Nueva Jersey, en el ardiente asfalto de la expansión urbana, en la creciente marea de seres humanos que inunda el planeta. Grité con Iron Eyes [Ojos de Hierro] Cody, suspiré por su silenciosa canoa y por un continente virgen, con sus ríos y sus pantanos, sus aves y sus peces. Mi hermano y yo escalábamos un viejo manzano en el parque del barrio y soñábamos que conseguíamos comprar una montaña. No permitiríamos la entrada a nadie, eso estaba claro. ¿Quién viviría en nuestra montaña? Las ardillas, era lo único que se me ocurría. Que nadie se ría de mí. Aparte de Bobby, nuestro hámster, las ardillas eran los únicos animales que había visto en mi vida. Mi hermano, con su socialización completa hacia la masculinidad, se dedicó después a torturar insectos y a disparar a los gorriones con su tirachinas. Yo me hice vegana.
Lo reconozco, yo era una niña excesivamente sensible. A los cinco años mi canción favorita era —y ahora sí que se puede reír todo el mundo— Those Were the Days de Mary Hopkin. ¿Por qué pasado trágico y romántico podía yo llorar a los cinco años? Pero era una canción tan triste, tan hermosa…; yo la escuchaba una y otra vez hasta acabar agotada de tanto llorar.
Sí, tiene gracia pensarlo ahora, pero no puedo reírme del dolor que sentía por mi impotencia ante la destrucción del planeta. Ese dolor era real y me sobrecogía. Y los vegetarianos por razones políticas me ofrecían una salvación muy convincente. Al no comprender en absoluto la naturaleza de la agricultura, la naturaleza de la naturaleza en sí ni, en última instancia, la naturaleza de la vida, no podía saber que por muy honorables que fueran sus impulsos, su receta no era más que un callejón sin salida hacia la misma destrucción que tanto deseaba detener.
Esos impulsos y esa ignorancia son inherentes al mito vegetariano. Después de volver a comer carne, durante dos años, sentía que algo me empujaba a leer los mensajes de los foros de discusión veganos. No sé por qué. No era porque buscara pelea. De hecho, nunca publiqué nada. Muchas subculturas pequeñas e intensas cuentan con una especie de elementos de culto y el veganismo no es ninguna excepción. Quizá esta compulsión tuviera algo que ver con mi propia confusión —espiritual, política y personal—. Quizá lo hacía como quien vuelve al lugar en el que ha sufrido un accidente: así era como había destruido mi cuerpo. Puede que tuviera preguntas y quisiera descubrir si era capaz de defenderme frente a las respuestas a las que anteriormente me había aferrado tanto, que me habían conferido superioridad moral, pero que ahora me parecían vacías. Es posible que nunca sepa el porqué. Lo que sí sé es que después me quedaba en un estado de ansiedad, enfado y desesperación.
Pero hubo una publicación que marcó un punto de inflexión. Un vegano contó su idea de que había que proteger a los animales para que no los mataran, pero no los humanos, sino otros animales. Habría que construir una valla en mitad del Serengueti para separar a los depredadores de las presas. Matar está mal y los animales no deberían morir por ningún motivo, de modo que los grandes felinos y los cánidos silvestres deberían quedarse a un lado, mientras que los ñus y las cebras vivirían al otro lado. Él sabía que a los carnívoros no les pasaría nada porque no necesitaban ser carnívoros. Eso de que los carnívoros tenían que comer carne era una mentira de la industria cárnica. Y su perro a veces comía hierba; por consiguiente, los perros podían alimentarse de hierba.
Nadie lo rebatió. Todo lo contrario, hubo varios comentarios a favor. «Mi gato también come hierba», añadió una mujer, con muchísimo entusiasmo. «¡Y el mío también!», dijo alguien más. Todo el mundo estaba de acuerdo en que construyendo vallas se pondría fin a la muerte de los animales.
Fijémonos bien en que el lugar elegido para este proyecto liberador era África. Nadie mencionó la pradera norteamericana, de donde tanto carnívoros como rumiantes habían sido expulsados en pro de los cereales que adoran los vegetarianos. Volveremos a este punto en el capítulo 3.
Yo ya sabía lo suficiente como para darme cuenta de que era algo completamente descabellado, pero a ninguno de los participantes del foro le pareció que fallara algo en la propuesta. De modo que, asumiendo la hipótesis de que habrá lectores que no tengan los conocimientos necesarios para formarse una opinión sobre esta idea, explicaré por qué es una absoluta locura.
Los carnívoros no pueden sobrevivir a base de celulosa. Es cierto que comen hierba de forma ocasional, pero la utilizan como medicamento, normalmente como purgativo para limpiar su tracto digestivo de parásitos. Los rumiantes, sin embargo, han evolucionado para comer hierba. Los rumiantes tienen rumen (origen etimológico de la palabra rumiante), que es el primero de una serie de estómagos que actúan como cuba de fermentación. Lo que realmente ocurre en el interior de una vaca o de un ñu es que las bacterias se comen la hierba y los animales se comen a las bacterias.
Los leones, las hienas y los seres humanos no tienen el aparato digestivo de los rumiantes. Literalmente todo nuestro sistema digestivo, desde los dientes hasta el recto, está diseñado para comer carne.[9] No disponemos de ningún mecanismo que nos permita digerir la celulosa.
Esto significa que en el lado de los carnívoros todos los animales morirían de hambre. Algunos aguantarían más tiempo que otros, y los que más aguantasen acabarían sus días como caníbales. Los carroñeros disfrutarían de un gran festín propio del Martes de Carnaval, pero una vez que hubieran limpiado los huesos, morirían de hambre también. Pero la destrucción no se detendría ahí. Sin herbívoros para pastar la hierba, la tierra acabaría convirtiéndose en un desierto.
¿Que por qué? Porque sin la presencia de rumiantes para equilibrar el campo de batalla, las plantas vivaces madurarían y darían sombra al punto de crecimiento basal que se encuentra en la base de las plantas. En un ecosistema frágil como el Serengueti, la descomposición es principalmente física (erosión) y química (oxidativa), no bacteriana ni biológica como ocurre en los ambientes húmedos. De hecho, los rumiantes son los que realizan la mayoría de las funciones biológicas del suelo al digerir la celulosa y devolver los nutrientes, de nuevo disponibles, en forma de orina y heces.
No obstante, sin los rumiantes, la materia vegetal se acumularía, lo que reduciría el crecimiento de las plantas y empezaría a matarlas. El suelo desnudo quedaría entonces expuesto al viento, el sol y la lluvia, que se llevarían los nutrientes, y la estructura del suelo quedaría destruida. En nuestro intento por salvar a los animales, lo habríamos matado todo.
En el lado de los rumiantes, los ñus y otros herbívoros se reproducirían al mismo ritmo que habitualmente, salvo que, sin el control demográfico que ejercen los depredadores, habría pronto más herbívoros que hierba. Los animales sobrepasarían a su fuente de alimento, se comerían las plantas hasta ras del suelo y después morirían de hambre, dejando tras de sí un paisaje gravemente degradado.
La lección que debemos aprender es evidente, aunque no es lo suficientemente profunda como para inspirar una religión: necesitamos por igual comer y ser comidos. Los rumiantes necesitan su dosis diaria de celulosa, y la hierba también necesita a los animales. Necesita el estiércol, con su nitrógeno, sus minerales y sus bacterias; necesita el control mecánico que aplican los rumiantes al pastar; y necesita los recursos que se almacenan en sus cuerpos y que son liberados por los descomponedores cuando los animales mueren.
La hierba y los rumiantes se necesitan mutuamente tanto como los depredadores necesitan a las presas. No son relaciones que vayan en un único sentido, ni de control y subordinación. No nos explotamos los unos a los otros al comer. Simplemente comemos por turnos.
Esa fue la última vez que entré en los foros de veganos. Comprendí que unas personas que desconocen hasta ese punto la naturaleza de la vida, con su ciclo de minerales y sus intercambios de carbono, sus puntos de equilibrio basados en el antiquísimo círculo de productores, consumidores y descomponedores, no podrían guiarme, ni tampoco tomar ninguna decisión útil sobre una cultura humana sostenible. Al alejarse del conocimiento de los adultos, de la comprensión de que la muerte está integrada en el sustento de todas las criaturas, desde las bacterias hasta los osos pardos, estas personas no podrían nunca calmar la sed emocional y espiritual que yo sentía precisamente por haber aceptado ese conocimiento. Quizá finalmente este libro no sea más que un intento de calmar ese dolor.
* * *
Hay otras razones por las que escribo este libro. Una de ellas es el aburrimiento. Estoy harta de repetir una y otra vez la misma conversación, especialmente porque no es una conversación agradable. Los vegetarianos pueden resumir su programa en frases concisas y concluyentes —«comer carne es asesinar»— y en soluciones expresadas como verdades evidentes, como esa tan convincente sobre los siete kilos de cereales que hacen falta para producir medio kilo de carne. Yo podría inventar mis propios eslóganes —¿«los monocultivos asesinan»? ¿«la marcha del millón de microbios»?—, pero resultarían incomprensibles para el gran público. Tengo que empezar siempre desde el principio, desde las primeras proteínas que se organizaron para crear la vida y que dieron después lugar a la fotosíntesis, las plantas, los animales, las bacterias y el suelo y, finalmente, la agricultura. He titulado esta charla «Microbios, estiércol y monocultivos», y tardo más de media hora en explicar la historia de fondo, que consiste esencialmente en una educación básica sobre la naturaleza de la vida. Y sí, todos deberíamos haber recibido esta información —material, emocional y espiritual— antes de cumplir los cuatro años. ¿Pero queda alguien que pueda enseñarnos? Y en realidad, ¿no está todo lo que está mal en nuestra cultura reflejado precisamente en esa pregunta?
Pero lo que hace que esta conversación resulte difícil no es solo la cantidad de información que hay que absorber. A menudo mi interlocutor no quiere recibir esa información, y la resistencia puede llegar a ser extrema. La palabra vegetariano no solo define lo que uno come o en lo que cree. Define quién es, y es una identidad totalitaria. Al describir una visión más amplia de las políticas alimentarias, no solo estoy cuestionando una filosofía o una serie de hábitos alimentarios, sino que me convierto en una amenaza para la imagen que tienen los vegetarianos de sí mismos. Y la mayoría reaccionará a la defensiva y con ira. Ya recibí correos de odio nada más empezar este libro, y no, gracias, si alguien está pensando en enviarme otro, que sepa que no necesito recibir más.
Y también escribo este libro como una fábula con moraleja. Una dieta vegetariana —en especial una versión baja en grasas y en particular una dieta vegana— no aporta los nutrientes necesarios para la reparación y el mantenimiento a largo plazo del cuerpo humano. Lo diré sin rodeos: te hará daño. Lo sé de buena tinta. Cuando llevaba dos años siendo vegana empecé a tener problemas de salud, y eran problemas muy graves. Desarrollé una enfermedad degenerativa articular que sufriré durante el resto de mi vida. Se manifestó esa primavera como un dolor sordo y extraño en un lugar en el que no sabía que podía sentir algo. Hacia el final del verano tenía la sensación de tener metralla incrustada en la columna.
Después pasé años con un dolor siempre creciente e innumerables consultas médicas cada vez más frustrantes. Tardé quince años en que me dieran un diagnóstico en lugar de un golpecito en el hombro. La columna vertebral de una adolescente no se desmorona sin razón y fue por eso, pese a mi perfecta descripción de los síntomas, por lo que ninguno de los médicos a los que consulté consideró siquiera la posibilidad de que tuviera espondilosis. Ahora tengo fotos de mi columna vertebral y me respetan. Tengo la columna como si hubiera sufrido un accidente de paracaidismo. Y podría decirse que mi columna sufrió el equivalente nutricional a un accidente de paracaidismo.
Al cabo de seis semanas de veganismo experimenté por primera vez hipoglucemia, aunque no supe que se denominaba así hasta dieciocho años más tarde, cuando hacía mucho que se había convertido en mi día a día. Al cabo de tres meses mi menstruación desapareció, algo que debería haber interpretado como un indicio de que mi decisión no había sido muy buena idea. Fue también entonces cuando empecé a notar el agotamiento, que no hizo más que empeorar, así como el frío permanente. Tenía la piel tan seca que se deshacía en escamas, y en invierno me picaba tanto que no me dejaba dormir por las noches. Cuando tenía veinticuatro años desarrollé gastroparesia, que tampoco me diagnosticaron ni trataron hasta los treinta y ocho, cuando encontré un médico especializado en la recuperación de la salud de los veganos. Fueron catorce años de náuseas constantes, y sigo sin poder comer después de las cinco de la tarde.
Por otra parte, estaban la depresión y la ansiedad. Provengo de un largo y venerable linaje de alcohólicos depresivos, por lo que es evidente que no heredé los mejores genes en cuanto a salud mental se refiere. La malnutrición era lo último que necesitaba. El veganismo no fue la única causa de mi depresión, aunque sí uno de los factores más determinantes. Pasé años sumergida en un mundo formado por un peso gris y sin sentido, perpetuamente igual, aunque ocasionalmente interrumpido por el pánico. Solía deshacerme en una profunda impotencia. Si no encontraba las llaves de casa, acababa hecha un ovillo en el suelo del salón, inmovilizada al borde del vacío. ¿Cómo podía seguir adelante? ¿Por qué querría seguir adelante? Había perdido las llaves y yo me sentía perdida, y sentía que el mundo y el universo entero estaban también perdidos. Todo se desplomaba, vacío, sin sentido, casi repulsivo. Sabía que no era racional, pero era incapaz de detener mis emociones hasta que habían completado todo su curso. Y ahora sé por qué. La serotonina la produce un aminoácido denominado triptófano. Y no hay fuentes vegetales de triptófano. Además, por mucho triptófano del que se disponga, no sirve de nada sin grasas saturadas, que son necesarias para que los neurotransmisores puedan efectivamente realizar su función de transmitir. Todos mis años de derrumbe emocional no se debieron a un fracaso emocional, sino a la bioquímica, aunque sí que fueron autoinfligidos.
¿Hay en el mundo algo más aburrido que oír hablar de los problemas de salud de otra persona? Intentaré ser breve. Nunca recuperaré mi columna vertebral, aunque ingerir una dieta que incluye productos de animales que se alimentan de pasto ha reparado en cierta medida el daño y ha reducido ligeramente mi nivel de dolor. Mis receptores de insulina también son escasos, pero las proteínas y las grasas mantienen mis niveles de glucosa en sangre estables y felices. No me ha fallado la regla en cinco años, aunque si algún día desarrollo cáncer en mis órganos reproductivos, le echaré la culpa a la soja. Mi estómago funciona —no muy bien, pero funciona—, siempre que no olvide tomar clorhidrato de betaína en cada comida. Entre mis ejercicios espirituales y mi dieta repleta de nutrientes, ya no estoy deprimida y doy las gracias por ello a diario. Pero el frío y el agotamiento son permanentes. Algunos días el mero hecho de respirar me supone gastar más energía de la que dispongo.
Nadie tiene por qué probar esto por sí mismo. Podéis aprender de mis errores. Todos mis amigos de la juventud eran radicales, absolutamente rectos, intensos. Ser vegetariano era evidentemente el camino, y ser vegano era el summum. Y todos los que lo practicamos a largo plazo acabamos con daños. Si sentís que cuestiono vuestro estilo de vida y vuestra identidad, puede que sintáis confusión, miedo y rabia al leer este libro. Pero creedme: nadie quiere acabar como yo. Quiero pediros a todos que aguantéis, que leáis este libro y que investiguéis las fuentes que incluyo al final. Por favor. Especialmente si tenéis hijos o queréis tenerlos. Estoy dispuesta a suplicar.
Los fumadores dicen siempre que no hay nada peor que un exfumador. La necesidad de hacer proselitismo sobre la buena nueva parece inevitable cuando se alcanza la salvación o, en su caso, el oxígeno. He hecho todo lo posible por evitar un tono de superioridad moral y apuntar a vuestro compromiso. Espero que haya funcionado. Por último, me gustaría decir que espero ante todo ser de ayuda, más que demostrar que tengo razón, especialmente teniendo en cuenta el futuro al que nos enfrentamos y cuánto nos jugamos. Los valores subyacentes que los vegetarianos afirman respetar —justicia, compasión, sostenibilidad— son los únicos valores que nos permitirán crear un mundo basado en la conexión en lugar de en la dominación; un mundo en el que los seres humanos se relacionen con todas las criaturas del mundo —cada roca, cada gota de lluvia, todos nuestros hermanos cubiertos de plumas y de pieles— con humildad, reverencia y respeto; el único mundo que tiene alguna posibilidad de sobrevivir al abuso denominado civilización. Con la esperanza de que ese mundo sea posible, os entrego este libro.
[1]Mollison, p. 205.
[2]Paulson.
[3]Citado en Manning, Against the Grain, p. 24.
[4]La Oficina del Censo de Estados Unidos considera la agricultura una ocupación estadísticamente poco significativa.
[5]Prechtel, pp.347-349.
[6]Salatin.
[7]Lappé, p. 70.
[8]Primavera silenciosa es un libro de Rachel Carson publicado en 1962 en el que se advierte sobre el impacto de los pesticidas. Es considerado por algunos como el primer libro de divulgación medioambiental. (N. de la T.).
[9]Véase el capítulo 3.
Vegetarianos
por razones morales
Empecemos con una manzana, un alimento tan pacífico que quiere ser comido, dicen los frugívoros, las personas que intentan vivir comiendo solo fruta, o morir en el intento. Algunas plantas rodean sus semillas con una pulpa dulce envuelta en colores llamativos para tentar a los animales para que se las coman y para que, al comérselas, se lleven las semillas a un nuevo suelo, potencialmente fértil. Los animales hacen lo que las plantas no pueden hacer por sí mismas, ya que están arraigadas en un único lugar: encontrar un lugar nuevo para que crezca su descendencia.
De modo que comerse una manzana está bien, según estos vegetarianos de altísimos principios morales, ya que nadie muere en este proceso. O eso es lo que parece.
El primer problema que surge aquí es que los seres humanos no plantan las semillas de la manzana. Las tiramos. Cortamos deliberadamente el corazón de la manzana para no comernos las semillas y las tiramos a la basura —lo que en los países industriales se traduce en que las sellamos dentro de una bolsa de plástico que acaba sepultada en un vertedero—. O una fábrica exprime o corta la fruta para que nosotros la disfrutemos después, convertida en zumo o en tartas de manzana de McDonald’s, y tira la piel, la pulpa y las semillas bien lejos de un claro del bosque con un buen montón de estiércol.[10]
O, si somos personas con una extraordinaria conciencia ecológica, tiramos las semillas en el montón del compost, donde el tiempo, el calor y las bacterias acabarán matándolas. Al fin y al cabo, uno de los objetivos de cualquier sistema de compostaje que se precie es precisamente matar todas las semillas supervivientes.
Y ninguno de estos destinos corresponde a lo que el árbol tenía previsto para sus semillas.
El árbol no nos regala esa pulpa dulce por la bondad de su corazón de madera. El árbol ha llegado a un acuerdo con nosotros, pero, aunque le hemos dado la mano y hemos recogido su fruta, no cumplimos con nuestra parte del trato.
Hay un flagrante antropocentrismo en este argumento, que resulta extraño por venir de personas que se han adherido a una idea política de liberación animal. «El árbol frutal me da alimento y yo devuelvo las semillas a la naturaleza para que puedan crecer más árboles», escribió un vegetariano.[11] Sí, de acuerdo, pero no es cierto que devolvamos las semillas a la naturaleza. ¿Por qué se nos permite a los seres humanos coger sin dar nada a cambio? ¿Eso no es explotación? ¿O, como mínimo, robar? La fruta no es, como afirman, «el único alimento que se nos entrega libremente».[12] El propósito de esa fruta no es servir a los seres humanos. Su propósito es servir a las semillas. La razón por la que el árbol dedica tantísimos recursos para acumular fibras y azúcares es garantizar el mejor futuro posible para su descendencia. Nosotros cogemos esa descendencia, en su dulce envoltorio, y la matamos.
Esto no es algo que los vegetarianos quieran oír, al menos aquellos que yo llamo vegetarianos por razones morales. Hay otras ramas en el árbol del vegetarianismo —los vegetarianos por razones políticas, que creen que una dieta basada en plantas es más justa y sostenible, y los vegetarianos por razones nutricionales, que creen que los productos animales son la causa de todos los males provocados por la dieta— y abordaré esos argumentos en sucesivos capítulos. Sin embargo, el argumento moral es el toque de trompeta que atrae a la mayoría de los vegetarianos a la causa. En mi caso, eso era lo que me impedía analizar o siquiera cuestionarme la dieta vegana, pese a todas las pruebas de que mi salud se estaba viendo negativamente afectada por ella. Quería creer que mi vida —mi existencia física— era posible sin matar, sin muerte. Pero no es posible. No puede haber vida sin muerte. Y puesto que en los cuentos de hadas siempre hay manzanas, sigamos sus migas a través del bosque de frutales.
Siguiendo estas migas llegamos directamente al segundo problema: en la naturaleza no hay manzanas. Las manzanas están domesticadas. Las manzanas empezaron su historia como Malus sieversii, en las montañas de Kazajistán y, en el principio de los tiempos, eran amargas.
«Es como hincar los dientes en una patata agria o una nuez de Brasil algo blanda y cubierta de cuero —describe Michael Pollan tras probar auténticas manzanas silvestres—. Al primer bocado, algunas de estas manzanas producían una sensación muy prometedora en la lengua (¡por fin me comeré una manzana de verdad!), pero, de repente, esa sensación se transformaba en una acidez tan intensa que se me revuelve el estómago solo con recordarlo».[13]
Y lo mismo puede decirse de casi todas las frutas domesticadas. Sus progenitores son prácticamente incomibles para los seres humanos.
«El árbol frutal me da alimento y yo devuelvo las semillas a la naturaleza para que puedan crecer más árboles».[14] ¿De verdad? Inténtalo si quieres. Porque la mayoría de los árboles que producen fruta comestible —y en particular los que dan manzanas— no nacen de semillas. Si plantáramos realmente las semillas de una manzana, la mayoría de las plantas silvestres que germinarían serían difíciles de comer para los seres humanos. Los árboles frutales son árboles con injertos, no germinan de una semilla.[15]
El alimento «natural» de los seres humanos no existe en la naturaleza. Si un día nos encontramos perdidos (y muriéndonos de hambre) en un bosque incomestible, quizá sea porque nuestro mapa moral estaba equivocado.
Decir que existe un «alimento que se nos entrega libremente» implica que hay alguien que da —el árbol, la caña de azúcar, el trigo—. Creer que existen alimentos que no suponen «ningún asesinato ni ningún robo de animales ni plantas»[16] implica reconocer que las plantas y los animales aman sus vidas y las partes de sus cuerpos, independientemente de que sean fibrosas o musculares, pero ¿no quieren a su descendencia? El argumento falla justo aquí. Si creemos que son sentientes, ¿por qué no creemos que sus bebés también lo son? Si está mal robar de una planta, ¿por qué no está mal matar una semilla? No se pueden admitir las dos cosas. O hay alguien que da, un ser que merece nuestra reciprocidad, o no lo hay. Si matar es el problema, la vida de una vaca alimentada con hierba me dará de comer durante todo un año, mientras que una única comida vegana de bebés vegetales —granos de arroz, almendras, brotes de soja— molidos o hervidos vivos supondrá cientos de muertes. ¿Por qué no importan esas vidas?
«No comeré nada que tenga madre o que tenga cara» era una de mis declaraciones de principios más recurrentes. Pero todos los seres vivos tienen madre. Y algunos tienen también padre. ¿Por qué no sabía yo eso? Lo que realmente quería decir era: no comeré nada que haya sido criado por su madre, lo que se refería, esencialmente, a las aves y los mamíferos, aunque tampoco comía pescado ni marisco. Algunos seres vivos dan sus vidas al engendrar a sus crías. Eso significa que no pueden seguir viviendo para criarlas, pero ¿significa eso que aman a sus crías menos que otros? La maternidad —y a veces la paternidad— como sacrificio definitivo. ¿No implicaría esa acción que son los que más aman a sus crías? Y si tu madre no te ama, ¿significa eso que tu vida vale intrínsecamente menos por eso?
Luego está la parte de la cara. ¿Por qué el hecho de poseer cara es lo que determina quién cuenta y quién no? Lo que realmente se define con esto es quién se parece más a los seres humanos y quién menos: ¿se parecen a nosotros? Ahí tenemos de nuevo el antropocentrismo, un sistema ético basado en lo que se parece un ser vivo a un ser humano. ¿Por qué es eso lo que importa? ¿Por qué son los seres humanos el estándar que decidirá quién vive y quién muere?
Del manzano cae una manzana. Nos comemos su dulce pulpa y, a pesar de nuestras hipócritas afirmaciones en sentido contrario, matamos las semillas. Quizá alguien pueda decir que, en otros tiempos, los seres humanos actuaban como agricultores involuntarios, portadores de semillas, que escupían o excretaban las semillas amargas, y que algunas de ellas germinaban. Que no siempre hemos robado y matado a los retoños del manzano. Quizá, si se retirara el asfalto y se restaurara la tierra, la reciprocidad subyacente en la relación entre los seres humanos y los manzanos podría restablecerse de forma natural.
Sin embargo, lo cierto es que los seres humanos no pueden sobrevivir únicamente a base de manzanas. Y en el universo de los vegetarianos por razones morales se considera que todas las semillas —los frutos secos, los cereales— se nos entregan libremente. En el caso de estas últimas semillas, no hay ni siquiera una sabrosa pulpa a cambio del transporte de bebés. Los seres humanos nos comemos las propias semillas. Recuerdo cómo me justificaba yo esto: las gramíneas anuales morirían de todos modos en la época de la cosecha, de modo que, en realidad, yo no mataba a nadie. El problema, evidentemente, es que yo no me comía la parte que moría: el tallo. Los seres humanos no podemos digerir la celulosa. Yo me comía precisamente la parte que más ganas tiene de vivir: la semilla. De hecho, tienen tantas ganas de vivir que incluso después de miles de años en estado durmiente, algunas de ellas germinan. ¿Quién puede afirmar que algo así es un ser que no ama su vida?
Sé por experiencia que el tema de las plantas y su sentiencia es un argumento que los detractores de los vegetarianos esgrimen constantemente en su contra. Soy muy consciente de lo engreídos y hostiles que suelen ser esos detractores. La idea de respetar a las plantas les resulta tan ridícula como la idea de respetar a los animales. Sacan a relucir ese argumento para actuar como abogados del diablo. Pero yo no defiendo al diablo. El diablo es obviamente capaz de arreglárselas a la perfección él solito. Yo pretendo tratar estos temas de forma seria. Oigo una súplica en las palabras de los vegetarianos, una súplica que es casi una plegaria. Déjame vivir sin hacer daño a otros seres. Deja que mi vida sea posible sin la muerte. Esta plegaria encarna tanto una fiera ternura como una apasionada repugnancia. Su corazón rebosa de amor por todos los seres, y sienten horror por el sadismo que infligen los humanos. Esta plegaria late en mí como un segundo corazón. Lo que me separa de los vegetarianos no es la ética ni el compromiso. Es la información.
Porque he cultivado manzanas y sé de lo que se alimentan. Podía haberme acercado a la tienda de jardinería más cercana y haberme limitado a comprar una bolsa de abono orgánico para árboles frutales sin preguntar nada. Pero no está en mi naturaleza el saltarme la letra pequeña. Quiero saber. Leo las etiquetas. Mi pasión por vivir una buena vida, una vida honorable y ética, me había empujado a cultivar con mis propias manos todos los alimentos que podía. Sabía que las tres acciones ecológicas que podíamos realizar como individuos eran: abstenernos de tener hijos, evitar conducir un coche y cultivar nuestros propios alimentos. Yo no tenía contacto alguno con la principal causa de embarazo; era demasiado pobre para tener coche; lo único que me quedaba era cultivar mi propia comida.
No empecé mi primer huerto bajo presión. La idea del huerto entró en mi mente como un rayo del amanecer. El que haya sufrido una depresión sabe perfectamente que cuando se siente algo, cualquier cosa, es como un milagro. Ante un mundo plano, crónicamente gris, el huerto generaba vida. Y rebosaba de verdor. Yo envolvía pequeñas semillas en un trozo de tela húmedo y, dos días más tarde, un dedito minúsculo, tan vacilante como la esperanza, surgía de cada una de ellas. Las semillas querían vivir, y yo también. Pasé largas noches en Nueva Inglaterra bajo una pesada montaña de mantas, resistiendo contra un dolor que no tenía fin, solo menguaba a ratos, y contra la depresión que, al igual que el frío, era omnipresente y estaba siempre hambrienta. Todo lo que dejaba asomar en el aire hostil eran la cabeza y una mano, con la que sujetaba un catálogo de semillas como si sostuviera una bandera blanca pidiendo clemencia. Y el huerto me trajo clemencia. Las plantas crecían, trepaban, florecían, daban fruto, eran una inexorable y silenciosa canción verde, un eterno círculo de anhelo que me superaba a mí, que iba mucho más allá de mi dolor. Encontré consuelo en el huerto, e incluso instantes de alegría que surgían de repente, maravillosamente, como las violetas y los acianos que germinaban cada primavera sin que yo hiciera nada.
Descubrí la revista Organic Gardening y, lo que era aún mejor, que en la biblioteca podía consultar antiguos números de esa misma revista. Me los leí todos. Llené una libreta entera con apuntes, con mi letra pequeña y formal. Era tan ingenua… ¿Cómo era posible que no supiera que los tomates no saldrían hasta que dejara de helar? «Finales de mayo», escribí, y lo subrayé. ¿De verdad que no sabía que no se pueden trasplantar las judías y que las flores boca de dragón son gramíneas anuales?
Por el estado de mi columna vertebral, apenas podía cavar, levantar peso ni hacer casi ningún trabajo físico. Pero no me importaba. Me puse rápidamente a investigar las técnicas de cultivo más radicales, más sostenibles. Ruth Stout fue toda una revelación.[17] Y el permacultivo también.[18] Utilizaría arriates anchos, mantillo permanente. Construiría el humus desde arriba hacia abajo, como en la naturaleza. No labraría la tierra, no dejaría zonas desnudas sin vegetación, no la excavaría una y otra vez. Percatarme de que la lógica que sustentaba estas técnicas era en realidad una crítica a los cereales de producción anual —a la propia agricultura— es algo que simplemente evité hacer.
Había también otras cosas que no sabía, incluso más básicas que las zonas de siembra y los periodos vegetativos. Había un conocimiento que busqué, pero que después rechacé: yo no era la única que comía. Las plantas también tenían hambre. Y luego estaba la tierra. Los libros de jardinería me decían: alimenta la tierra. ¿Y qué comía la tierra? ¿Qué era la tierra? ¿Acaso también ella estaba viva?
Una cucharada sopera de suelo vegetal contiene más de un millón de organismos vivos y sí, todos y cada uno de ellos comen para vivir. La tierra no está compuesta solo por suciedad. Un metro cuadrado de humus puede contener mil especies de animales diferentes,[19] que podrían ser 120 millones de nematodos, 100.000 ácaros, 45.000 colémbolos, 20.000 gusanos enquitreidos y 10.000 moluscos.[20]
Todas esas criaturas minúsculas viven en el humus y en torno a él, y el humus es una combinación de ácido húmico y polisacáridos. «Nadie sabe cómo se forma el ácido húmico, pero una vez que se ha formado, actúa como una sustancia viva», escribió Stephen Harrod Buhner.[21] Más vida. ¿Cuánto tenía que escarbar para dejar de encontrarme con criaturas vivas? Porque si estaba vivo, yo no podía matarlo. Leí que «existen animales muy pequeños que viven una vida básicamente acuática en el humus, en el agua que está pegada a los trozos de humus».[22] Había un mundo entero bajo mis pies, un mundo que tenía incluso su propio océano. Un mundo en el que se llevaba a cabo la auténtica labor de la vida —producir y descomponer—. Los animales como yo no éramos más que consumidores, solo hacemos autostop para que nos lleven los demás. Yo no podía hacer la fotosíntesis —convertir la luz del sol en masa—, ni convertir la masa en carbono y minerales. Los seres de ese mundo podían hacerlo, y lo hacían. Gracias a ellos, la vida era posible. Me sentí muy humilde.
Pero yo había apostado todo mi sistema moral —y había construido toda mi identidad— basándome en la idea de que mi vida era posible sin muerte. Cuanto más aprendía, más preguntas me veía obligada a ignorar si quería salvar la directiva ética que pretendía consistir en afrontar la verdad. ¿Importaban las vidas de los nematodos y los hongos? ¿Y por qué no? ¿Porque eran tan pequeños que no podía verlos? ¿Porque estaban al otro lado de una frontera intelectual que separa el nosotros de ellos? Pero se suponía que yo era una de esas personas valientes que se niegan a hacer esa distinción, que no consideran a los seres humanos superiores a los animales en una jerarquía y que reverencian el mundo natural y a todas sus criaturas.
Pero eso solo incluía a las criaturas que eran como yo de ciertas maneras muy concretas. Eso es lo que llegaba a entrever en minúsculos destellos, cada dato nuevo titilaba como una luciérnaga. Esos instantes de luz mostraban un oscuro bosque en el que me negaba a entrar. Y me refugiaba en lo que sabía, un rosario de estadísticas que eran mi penitencia y mi protección. Los kilos de cereales, los litros de agua, las barrigas hambrientas. Yo estaba en el lado de los justos y, al igual que otros fundamentalistas, solo conseguía mantenerme en ese lado evitando la información.
De modo que el ácido húmico —criatura misteriosa y muy viva— descompone los compuestos vegetales y los almacena. Cuando recibe las señales adecuadas de su ecosistema, los recombina y libera los nutrientes necesarios. «Mediante procesos de retroalimentación estrechamente ajustados, la información sobre las reservas químicas almacenadas en el ácido húmico llega a las comunidades de plantas que crecen por encima del suelo y les indica qué plantas deben crecer, de qué manera deben combinarse, en qué ecosistema deben crecer y qué sustancias químicas deben producir para que la tierra siga estando sana».[23]
La tierra no era una cosa, era un millón de cosas, y esas cosas estaban vivas. Sus procesos vitales —comer, excretar, hacer túneles, comunicarse, recibir información— eran los que hacían que en el resto del planeta fuera posible la vida. Descomponían la materia muerta de las plantas, los animales, los hongos y las bacterias, y ponían sus elementos constitutivos a disposición de otras vidas. Steven Stoll dice que el humus «es un filtro y un contenedor, una masa de micromateria y macromateria integrada, y una sustancia viva que no puede entenderse por reducción. Su forma final contiene tantísimos miembros y tantísimas relaciones simbióticas que constituye, como dijo el científico de suelos Nyle Brady, “la génesis de un cuerpo natural diferente a los materiales originales con los que se formó dicho cuerpo”».[24]
«Alimenta la tierra, no la planta» era el primer mandamiento del cultivo ecológico. Tenía que alimentar la tierra, porque la tierra estaba viva.
Nitrógeno, fósforo, potasio —NPK (por sus símbolos químicos)— es la triple diosa de todo el que planta y cultiva, la troika de elementos que determinan el crecimiento de las plantas. ¿Qué comían, pues, la tierra y las plantas? ¿Dónde podría conseguir esas sustancias? No había aprendido aún la expresión «sistema de circuito cerrado», pero eso era lo que buscaba. El nitrógeno era el más importante. Hay plantas que fijan nitrógeno. ¿No sería eso suficiente para mi huerto? ¿No bastaría con eso? Yo rogaba por que fuera así, pero estaba suplicando a un millón de criaturas que se habían organizado en relaciones de dependencia mutua hace millones de años. De nada les servía mi angustia ética. No existía ninguna planta con la capacidad de fijar nitrógeno que pudiera compensar todos los nutrientes que yo extraía del suelo. La tierra quería estiércol. Peor incluso, quería lo impensable: sangre y huesos.
Existían otras fuentes de nitrógeno que podría haber utilizado. En la actualidad, los combustibles fósiles constituyen la fuente de nitrógeno de los cultivos de todo el mundo. El abono sintético es lo que dio lugar a la revolución verde, con un incremento del 250 % en las cosechas. Incluso dejando de lado el hecho de que nada que esté hecho con combustibles fósiles es sostenible —no podemos cultivar combustibles fósiles y tampoco se reproducen—, los abonos sintéticos acaban destruyendo el suelo.
De modo que el nitrógeno sintético quedaba descartado. Con lo que tuve que enfrentarme a los productos animales. Obviamente, lo irónico es que ambas fuentes de nitrógeno, tanto el nitrógeno sintético como el orgánico, provienen de los animales. El petróleo y el gas es lo que queda de los dinosaurios. Por lo que mis opciones —nuestras opciones, en realidad— eran nitrógeno de reptiles muertos o de rumiantes vivos.
Mi huerto quería comer animales, pese a que yo no quisiera.
Y así llegué a otra intersección en mi peregrinaje. Podía comprar una caja de NPK compensado, perfectamente equilibrado y ecológico, o podía hacerme amiga de un ganadero. La caja era tentadora, porque me permitía mentir. Bueno, no exactamente mentir. Me permitía no saber lo que ya sabía. Podía rechazar la información. Porque en realidad ya sabía lo que había en la caja. La lista de ingredientes brillaba con luz trémula y ofrecía una promesa como siempre hace la fruta del conocimiento. Yo era Eva, y esa era mi manzana, ¿cuál sería el coste de comérmela? ¿Cuál sería el coste literal con el que me enfrentaba finalmente, el resultado del ciclo mineral? ¿Cuál el coste emocional para mis anhelos espirituales, mis pasiones políticas y mi identidad? ¿Y por qué al final todo se reduce a comer?
Y mordí la manzana. Leí la etiqueta de los ingredientes. Harina de sangre de animales, harina de huesos de animales, animales muertos, desecados y molidos. Dejé la caja y cogí estiércol. Fui a ver a los amigos de un amigo, que tenían un establo en el que ya no había cabras, pero que estaba lleno de estiércol. Resultó que conocía a la antigua dueña de las cabras y era una buena persona. Seguro que había cuidado bien de sus cabras, incluso las habría mimado. Quedé con un amigo que tenía una camioneta y una espalda bien fuerte. El estiércol llegó y el huerto explosionó. Las ramas de las tomateras cubrieron por completo las espalderas y los arriates y luego siguieron creciendo haciendo dibujos en la entrada. Mi patio trasero parecía salido de la película La tierra olvidada por el tiempo. Alimentaba a tres hogares con los productos de mi huerta y, aun así, algunas de las lechugas se espigaban antes de que nos hubiera dado tiempo a comérnoslas.[25]
Pero yo seguía hambrienta, aunque alimentada. No era el hambre que anticipa una comida, el olor de la cena a través de la puerta principal ni la mirada de deseo de un amante que cruza una habitación atestada de gente. Era un hambre que me atormentaba sin promesa alguna de ser mitigada. Ahora completaba el círculo en el huerto, pero mi sistema ético se había desmoronado.
Años más tarde, tendría una conversación con un sincero y joven vegano.
—Cogen trozos de pollos muertos y los esparcen en los campos. —Le temblaba la voz. Daba por hecho que yo me compadecería, que alguien con las ideas políticas que yo defendía se horrorizaría al instante. Su dieta ecológicamente pura, no violenta y basada en vegetales estaba siendo violada por las fuerzas del mal, por las fuerzas de la muerte.
—Las plantas también necesitan comer —intenté explicarle—. Necesitan nitrógeno y minerales. Hay que reponer lo que se extrae del suelo. Las únicas opciones que hay son los combustibles fósiles o los productos animales.
—Pero…, pero… —Su cuerpo empezó a temblar tanto como su voz. Yo sabía lo que quería decir. No es verdad. No puede ser cierto. Hay una manera de evitar la muerte y yo la he encontrado.
No era la única palabra que era capaz de pronunciar. Se dio la vuelta y se fue.
¿Cuántas veces me di yo la vuelta y me fui? Una y otra vez, y una vez más. Pero no podía darle la espalda a mi huerto, a mis intentos de no ser un parásito en el planeta. De modo que, mientras completaba el círculo de los nutrientes, no podía esconderme en ningún sitio con la información que estaba utilizando para alimentar el huerto. Podía jugar al escondite desde el punto de vista intelectual con respecto al estiércol de cabra —el estiércol ya estaba ahí, apilado en el establo, por qué no utilizarlo, no era yo la que oprimía a los animales para obtener leche y carne—, pero no resultaba tan fácil evitar la P (fósforo) y la K (potasio) del NPK.
La cantidad de fósforo disponible en todo el planeta es extremadamente limitada. «Junto con el agua dulce —explica Bill Mollison—, el fósforo será uno de los límites inexorables de la ocupación humana en este planeta».[26] Existe fósforo en rocas sedimentarias. No tenía a las rocas en la misma categoría que los animales, así que no me importaba utilizarlas. El problema era llegar hasta ellas. Había que extraerlas y luego molerlas y transportarlas. ¿Y sería posible hacer todo eso sin utilizar grandes cantidades de combustibles fósiles? ¿Y qué ocurriría cuando hubiéramos agotado todo el fósforo? De nuevo, ante la misma estantería de la tienda de jardinería, me encontraba con el mismo dilema. Podía comprar fósforo de roca, decidir que, dado que era «ecológico», estaba haciendo lo correcto, lo «verde», y simplemente no volver a pensar en ello. ¿Pero no había una fuente sostenible de fósforo a la que pudiera acceder directamente? Hice la pregunta, pero odié la respuesta.
«La harina de huesos de animales terrestres es una fuente tradicional [de fósforo], y la mayoría de las granjas (hasta 1940) criaban a una bandada de palomas para utilizarlas a ese efecto». O, teóricamente, podía obtener el fósforo de «aves marinas y salmón [quienes] intentan reciclarlo de nuevo hacia nosotros, aunque estamos reduciendo su número al negarles las áreas de reproducción».[27] Yo vivía a ciento cincuenta kilómetros del océano. Estaba a apenas un kilómetro y medio de distancia del río Connecticut, uno de los hábitats más meridionales del salmón atlántico, pero no ha habido peces anádromos en este río desde que construyeron una presa hace casi doscientos años para propulsar los molinos.
Y luego estaba la K, el potasio, que se encuentra en las cenizas, los huesos, la orina, el estiércol y algunos cultivos de cobertura. Podía fingir que había encontrado un abastecimiento de cenizas —ya que las estufas de madera están tan extendidas en el oeste de Massachusetts como los arces— y podía plantar algunos cultivos de cobertura, pero creo que para cuando llegué a la K estaba demasiado agotada intelectualmente como para siquiera intentarlo. Mi comida tenía que comer antes de que yo pudiera comérmela.
Había puntos más sutiles, todos ellos afilados y hambrientos, que fui aprendiendo sobre cómo se cultiva la fruta. Aún no tenía árboles frutales, pero formaban parte de la mítica granja que imaginaba para mi futuro. El calcio es siempre un factor limitante del suelo. Cuando se acaba el calcio, se detiene el crecimiento. Y aquí igual, el calcio vendría de… ¿Terminaría la frase con una caja ecológica de la tienda de jardinería, repleta de energía encarnada y polvo del matadero? ¿O aprendería a emplear la gramática de mis bisabuelos y alimentaría a los árboles con los huesos de los animales que vivían junto a mí? ¿No habría algún consuelo en esta información? Encontré cierto consuelo en The Apple Grower [El productor de manzanas] de Michael Phillips. En él se cita un libro de 1871 titulado The Apple Culturist [El cultivador de manzanas], en el que se narra la historia de un manzano cerca de las tumbas de Roger Williams, el fundador de Rhode Island, y su mujer, Mary Sayles. Se descubrió que las raíces del manzano habían entrado en las tumbas y habían tomado la forma de esqueletos humanos al tiempo que «las tumbas [eran] vaciadas de todas las partículas de polvo humano. No quedó ni rastro de ellos».[28]
Esta historia calmó mi conciencia, porque el árbol se comió a los seres humanos. La narrativa habitual de la teoría del hombre cazador me resultaba repugnante, con su determinismo biológico, su celebración de la dominación, la violencia, la violación y la muerte. El mito siempre termina con el hombre encima de los animales, de las mujeres, de la cadena trófica y del planeta. Puede que sea una realidad política, pero tiene un nombre —patriarcado— y una solución —la resistencia organizada—. Yo rechazaba la afirmación de que la jerarquía era inevitable, de que el Universo había elegido a los seres humanos para estar en la cúspide, de que los hombres tenían que ser hombres. Y me gusta creer que habría rechazado esta propaganda con la misma firmeza si hubiera nacido hombre, aunque soy consciente de que los privilegios del poder hacen que eso sea menos probable.
Incluso aquellos que deberían saber cómo son las cosas se tragan el mito del hombre en la cumbre. En una estupenda reunión de celebración del Día de la Tierra, unos bailarines disfrazados y colocados en fila representaron la cadena alimentaria, desde las plantas hasta los seres humanos. Pero la cadena trófica no acaba en nosotros, le repetía sin cesar a todo el que quisiera escucharme, casi siempre mis compañeros que se hartaron de oírme decir lo mismo una y otra vez. ¿Dónde están los carroñeros, los coyotes, las aves de carroña? ¿Dónde están los insectos, los gusanos, las bacterias? No estamos al final porque no es una fila. Es un círculo, y si tuviera que terminar en algún sitio lo haría en el punto en el que los descomponedores alimentan a los productores. No somos más que un sabroso tentempié.
