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El modernismo es un libro escrito en 1906 inspirado en las ideas de Max Nordau, un desaforado opositor a los decadentistas y, en general, contra todos los artistas del momento. Carlos Brandt, también enemigo enconado del modernismo estético, escribió este libro polémico en extremo, cuestionando las carencias intelectuales y la degeneración física, cerebral y moral de los escritores modernistas. La obra fue centro de discusiones apasionadas en un medio literario que resultaba ajeno y distante para el autor.
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Seitenzahl: 73
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Carlos Brandt
El modernismo
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Título original: El modernismo.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de la colección: Michel Mallard.
ISBN rústica ilustrada: 978-84-9007-396-4.
ISBN tapa dura: 978-84-1126-720-5.
ISBN ebook: 978-84-9007-582-1.
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Créditos 4
Brevísima presentación 9
La vida 9
Advertencia al lector 11
El Modernismo 11
A manera de prólogo 13
Modernismo 17
Historia del modernismo 21
Otros datos históricos 29
Puntos de contacto 35
El genio y el talento 39
Escuelas 43
La ciencia y el arte modernista 47
Naturaleza de los modernistas 51
El Modernismo en La Literatura. Rubén Darío 59
El modernismo en la pintura. Botticelli 65
El modernismo en la escultura. Falguière 71
La verdad y la belleza 75
Libros a la carta 79
Carlos Brandt acérrimo enemigo del modernismo escribió este ensayo extremadamente polémico, cuestionando las carencias intelectuales y la degeneración física, cerebral y moral de los escritores modernistas. El Modernismo escrito en 1906 se construye sobre los pilares de las ideas de Max Nordau, un desaforado opositor de los decadentistas y, en general, de todos los artistas del momento. Este ensayo fue centro de discusiones ardorosas en un medio literario que resultaba ajeno y distante para el autor.
Al señor doctor
Max Nordau
Como humilde prueba de aprecio
y admiración dedica este libro
El autor
Señor doctor
Max Nordau
París
Muy respetado señor doctor, y eximio y caro maestro: Inspirado en las ideas tan valientemente emitidas por usted en su insigne obra La degeneración, y, aguijoneado por el deseo de propagarlas aún más, si cabe, publiqué ahora tiempo un extenso artículo intitulado «El Modernismo», encaminado a impugnar el movimiento artístico conocido con ese mismo nombre, e indicando los perjuicios de su influencia desastrosa. A consecuencia de dicho artículo, que mereció los honores de la reproducción por parte de varios importantes periódicos, recibí algunas muy valiosas felicitaciones en las cuales se me excitaba también a continuar escribiendo sobre aquel mismo tema, en obsequio del actual desarrollo y buen nombre de nuestra literatura, hoy tan cruelmente azotada por los grafómanos modernistas.
Alentado por tal éxito, que considero únicamente como fruto de sus importantes investigaciones, resolví escribir el presente libro, que dedico a usted para hacer de ese modo, más sonora la constancia que hago de que, sin aquellas, jamás me habría sido posible llevarlo a cabo. La saludable influencia que para crearlo ejercieron sus interesantes observaciones, ricas y sabias conclusiones, hace que éstas se encuentren reflejadas en muchas de sus páginas, en donde las hallará usted como tapiz flamenco vuelto del revés.
Es tan eminente y meritoria su distinguida personalidad, y son tan pobres y humildes mis esfuerzos intelectuales, que a no ser por las expuestas razones, nunca me habría tomado la licencia de presentarlos en homenaje a uno de los más gallardos paladines de la idea, y una de las más vastas capacidades intelectuales de todos los tiempos: al ilustre autor de Las mentiras convencionales.
Por no tener a la mano ejemplos más apropiados para criticar la pintura y la escultura modernistas, he de conformarme con exponer en el presente libro un cuadro de Botticelli y una estatua de Falguière; empero consuélame el pensar que si existen obras más adecuadas para el caso, o sea más modernistas que las citadas, en cambio éstas me bastan para dar al lector una idea precisa de lo que es el modernismo, demostrándole, a un mismo tiempo, que dicho arte es completamente absurdo, y que el talento, cuando no va guiado por nobles ideales, podrá producir efectos sugestivos y hasta interesantes, pero de ninguna manera creaciones bellas y de aliento. Lo mismo puedo decir también con respecto a la crítica que hago sobre la literatura modernista, que para muestra basta un botón. Sin embargo, debo confesar que si he echado mano de Rubén Darío, no es a falta de otro más importante, sino por ser dicho escritor uno de los más influyentes modernistas hispanoamericanos.
El error con envejecerse no se transforma nunca en la verdad, ni ésta es siempre del voto de las multitudes de donde surge; y si digo así, es porque estoy cierro de que al verme atacar obras consagradas por el tiempo, y nombres aclamados por la numerosa falange modernista, no faltarán por ahí necios que formen alharaca al leer esta crítica que, seguramente, calificarán de atrevida. Tal calificativo solo lo merecen esos inconscientes que, a despecho del arte clásico o verdadero, se han arriesgado a entronizar a Góngora, Verlaine, Rubén Darío y demás advenedizos que ejercen de geniales, con detrimento del buen gusto literario; no yo, que al salir en defensa de los más grandes maestros del Clasicismo, tan menospreciados por aquellos, me abroquelo con la victoriosa bandera de Morel, Lombroso, Nordau, y otras eminencias más de indiscutible autoridad y de sólida base científica.
Indiferente a los ataques que se me hagan, y que consideraré como natural consecuencia del escozor que en la epidermis de mis criticados está destinado a producir el presente trabajo, solo me preocupa el poder alcanzar la valiosa indulgencia de usted, lo cual sería la más alta recompensa que podría esperar este libro, que no tiene más mérito que el de la buena intención que guió a su autor para escribirlo, ni otra aspiración que la de querer secundar humildemente sus nobles propósitos, aportando algunos datos más a las cuestiones tan brillantemente expuestas por usted en su magnífica obra que cité al comienzo de esta carta.
En la esperanza de seguir mereciendo la benevolencia que hasta ahora usted me ha dispensado, tengo el honor de repetirme de usted atentamente, su respetuoso admirador.
Carlos Brandt
Puerto Cabello (Venezuela). Agosto de 1906
De este modo han dado en llamar sus producciones todos aquellos escritores, pintores, etc., etc., que, independientes unos de otros, y menospreciando las reglas y preceptos que dejaron sentados hombres superiores del pasado, pretenden producir bellos efectos artísticos por medio de figuras extravagantes. La palabra modernismo abarca todos esos nuevos movimientos artísticos que se denominan simbolismo, decadentismo, diavolismo, misticismo, prerrafaelismo, realismo, parnasianismo, y otros más que sería prolijo enumerar. Vemos, pues, que el modernismo no es una escuela determinada sino que se compone de distintas corrientes; y aun los cultivadores de cada una de esas corrientes, son completamente independientes entre sí.
No siendo el movimiento llamado modernista una escuela artística determinada, como muchos lo pretenden, sino más bien el síntoma característico de ciertas mentalidades perturbadas, aunque geniales, se ha hecho un tanto difícil dar el conveniente calificativo a dicho movimiento. El de modernismo no le cuadra bien, por existir escritores modernos que no son modernistas, en tanto que otros, de siglos pasados, sí lo son. La manía de decir disparates data de antaño, siendo por lo tanto el modernismo una manifestación que se observa desde hace ya muchos siglos, como luego tendremos oportunidad de verlo en el próximo capítulo.
Mirada desde el punto de vista de su tendencia intelectual, el nombre que más convendría a la mencionada manifestación, sería el de decadentismo; desgraciadamente solo una fracción de los modernistas convino en llamarse de ese modo, habiendo optado las otras por llamarse simbolistas, estetas, parnasianas, etc., etc. Además la palabra decadentismo, que expresa decadencia en el arte, solo satisface el sentido artístico y no el científico; y ya veremos que este último es de bastante importancia, desde luego que los que se llaman modernistas, manifiestan más un estado patológico que una tendencia artística.
Finalmente Max Nordau, con sobrada razón, califica de degenerados a los modernistas. Llamar «degeneración» al arte extravagante o disparatado, no satisfaría por completo la acepción artística, puesto que en los manicomios y presidios hay idiotas y criminales (degenerados) que no escriben ni pintan; empero con res peno a la ciencia, hay que convenir en que la calificación de Nordau es la más acertada, máxime si se considera que el talento no excluye la perturbación mental ni los perversos instintos.
Veamos ahora la definición que, de su escuela, hace un modernista
