El motín del San Jerónimo - Pablo Martín Tharrats - E-Book

El motín del San Jerónimo E-Book

Pablo Martín Tharrats

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Esta novela histórica se basa en el testimonio legado por el soldado Juan Martínez, quien reseñó el viaje desde las costas americanas de Acapulco hasta la filipina isla de Cebú, en 1566, a bordo del galeón San Jerónimo. La misión del viaje era socorrer, con hombres y bastimento, a don Miguel López de Legazpi (entonces gobernador de la isla asiática); misión que tomó 168 días. En la nao capitaneada por Pedro Sánchez Pericón fungía como piloto Lope Martín, quien sería encarcelado y ejecutado al llegar a destino por haberse declarado en rebeldía contra López de Legazpi. Por ello, lo que menos quería el piloto del San Jerónimo era que este llegara a destino. Con su voluntad enfilada a que la tripulación estuviera en contra del capitán, Lope Martín protagoniza el motín: una fascinante aventura repleta de rivalidades, desembarcos, astucia y alianzas que se entrelazan en un episodio naval y social de la historia del Imperio español.

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Seitenzahl: 404

Veröffentlichungsjahr: 2023

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El motín del San Jerónimo

Pablo Martin Tharrats

© Pablo Martin Tharrats, 2021

© El motín del San Jerónimo

Noviembre 2023

ISBN papel: 978-84-685-6669-6 ISBN ePub: 978-84-685-6657-3

Depósito legal: M-31779-2023

Imagen de portada: “El motín del San Jerónimo” de José Ferre-Clauzel

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

Paseo de las Delicias, 23

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Dedico este libro a mis hijos, Mireia, Inés y Pablo, y a mi esposa Cristina.

También se lo dedico de todo corazón a mis padres que están en el Cielo con Dios. ¡Gracias por todo papa y mama!

Agradezco muy sinceramente a José Ferre-Clauzel por realizar tan magistral cuadro representando al galeón San Jerónimo y que sirve de portada de este libro.

Índice

Presentación

Prefacio

Capítulo I. De porqué el San Jerónimo zarpó dirección a Cebú

Capítulo II.Jueves 21 de febrero de 1566 parten de ciudad de México al puerto de Acapulco (10)

Capítulo III. El miércoles 1 de mayo de 1.566 zarpó del puerto de Acapulco el galeón “San Jerónimo” rumbo a las islas Filipinas

Capítulo IV. Muerte del caballo del capitán el 25 de mayo de 1566

Capítulo V. Viernes postrero de mayo de 1566

Capítulo VI. Fatídica noche del 3 de junio de 1566. Día de Pascua del Espíritu Santo

Capítulo VII. 4 de junio de 1566. Día de las conspiraciones

Capítulo VIII. 14 de junio de 1566. Muere el calafate y carpintero

Capítulo IX. Viernes 21 de junio de 1566. El sargento mayor Ortiz Mosquera

Capítulo X. Sábado 22 de junio de 1566

Capítulo XI. Sábado 29 de junio de 1566 (día de San Pablo y San Pedro). Avistan tierra

Capítulo XII. Lunes 1 de julio de 1566. Ven más islas

Capítulo XIII. Martes 2 de julio de 1566. Descienden a tierra

Capítulo XIV. Miércoles 3 de julio de 1566

Capítulo XV. Sábado 6 de julio de 1566

Capítulo XVI. Martes 16 de julio de 1566. Avistan tres paraos

Capítulo XVII. Miércoles 17 de julio de 1566. Van en busca de los tres paraos

Capítulo XVIII. Sábado 27 de julio de 1566. Dicen de ir en busca del parao que habían dejado en la isla

Capítulo XIX. Miércoles 16 de julio de 1566. Recuperan el San Jerónimo (Domingo 28 de julio de 1566. Recuperan el San Jerónimo)

Capítulo XX. Jueves 16 de julio de 1566 (Lunes 29 de julio de 1566)

Capítulo XXI. Jueves 1 de agosto de 1566

Capítulo XXII. Sábado 20 de julio

Capítulo XXIII. Domingo 21 de julio de 1566. El San Jerónimo zarpa dejando a los 27 amotinados de Lope Martín

Capítulo XXIV. Martes, 23 de julio

Capítulo XXV. Primero de agosto

Capítulo XXVI. Domingo 4 de agosto. Divisan tierra

Capítulo XXVII. Lunes 5 de agosto

Capítulo XXVIII. Miércoles 7 de agosto

Capítulo XXIX. Miércoles 14 de agosto. Regresan a la Isla de los Ladrones

Capítulo XXX. Viernes 13 de septiembre

Capítulo XXXI. Domingo 15 de septiembre

Capítulo XXXII. Miércoles 18 de septiembre al día 27 de septiembre

Capítulo XXXIII. Lunes 30 de septiembre

Capítulo XXXIV. 1 de octubre de 1566

Capítulo XXXV. Viernes, 4 de octubre de 1566 (Día de San Francisco)

Capítulo XXXVI. Sábado 5 de octubre de 1566

Capítulo XXXVII. Viernes, 11 de octubre de 1566. Avistan dos fuertes

Capítulo XXXVIII. Sábado, 12 de octubre de 1566

Capítulo XXXIX. Martes 15 de octubre de 1566. Arriban al campo y real puerto de Cebú

Capítulo XXXX. Octubre o noviembre de 1566 (Juan Martínez no especifica la fecha exacta, tan sólo indica “…Al cabo de ciertos días…”)

Capítulo XXXXI. En qué isla/atolón fondearon y desembarcaron

Capítulo XXXXII. Curiosidades del escrito de Juan Martínez.

Capítulo XXXIII. Tripulación embarcada en el San Jerónimo

Información adicional y bibliografía

Fuentes y Bibliografía

Cronología sobre el libro: “El motín del San Jerónimo”

Otros libros del autor

Presentación

Corría el año de Nuestro Señor de 1566, tan sólo setentaicuatro años antes, Cristóbal Colón había llegado al Nuevo Mundo, iniciándose así un periodo de la Historia de España, jalonado de grandes logros, importantes descubrimientos, y no menos aventuras y también desventuras. Una de éstas aconteció entre el 1 de mayo, hasta el 15 de octubre del año de Nuestro Señor de 1566, y quedó escrita para ser conocida por las generaciones venideras.

En España y sus dominios, reinaba Felipe II, llamado «el Prudente», hijo de Carlos I de España e Isabel de Portugal. Siendo Rey de España, Portugal, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, duque de Milán, soberano de los Países Bajos y duque de Borgoña, Rey de Inglaterra e Irlanda (iure uxoris), desde el 16 de enero de 1556 hasta su muerte el 13 de septiembre de 1598.

El autor del relato, fue Juan Martínez, joven soldado que vivió en primera persona todo lo que él más tarde narró y escribió (1) y bien sabe Dios, que fue él quien lo escribió, y que, en este libro, siguiendo su narración voy a plasmar añadiendo algo de mi pluma, no para darle lustre a la historia, que de por sí ya lo tiene sobradamente, sino más bien, para hacer más entretenida su lectura, así que lo que a continuación vuesa merced va a leer, es la historia narrada y escrita de su puño y letra por uno de sus protagonistas, el soldado Juan Martínez, quien la escribió en la localidad de Cebú, el 25 de julio del año de Nuestro Señor de 1567, y reflejada en este libro por el que abajo firma y rubrica.

Así pues, todo lo que leerás en este libro, sucedió tal y cómo lo dejó por escrito el soldado Juan Martínez, y si bien no es conocida tamaña gesta y gran sacrificio de soldados y marineros embarcados a bordo del galeón San Jerónimo, no por ello ha de ser menos cierta ya que son pocas las gestas e historias que conocemos hoy en día de la Historia de España y aunque estén escritas y podamos acceder a ellas, ya sea por desidia, dejadez o peor aún, desinterés, nuestra Historia ha caído en el olvido de los libros guardados en bibliotecas a las que nadie accede y en libros que nadie abre y lee.

Si tienes a bien dedicar unas horas a la lectura de este libro, descubrirás un pasaje de la Historia de España olvidado por todos y sepultado por años de mentiras las cuales han desdibujado nuestra Historia, a golpe de calumnias, tergiversaciones, medias verdades contadas al revés y grandes mentiras.

Si España tuviera una industria cinematográfica del nivel como la tiene Estados Unidos, en Hollywood, sin duda nuestra Historia se escribiría en mayúscula, ya que las películas se encargarían de darla a conocer, pero carecemos de ella. Además, hay que sumar el hecho de que son pocas las personas, y cada vez son menos, las que se interesan por saber la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, de la impronta que España dejó por medio mundo.

Pablo Martín Tharrats

En Barcelona y en Carbajales de Alba (en el alma), a 30 de octubre

Prefacio

Este libro, está basado en el escrito, que allá por el año de Nuestro Señor, a 25 de julio de 1567, un soldado de la Armada Española, llamado Juan Martínez, escribió para que fueran conocidas las vivencias que el galeón de Su Majestad el Rey de España, San Jerónimo, vivió en su odisea para llevar refuerzos y bastimentos a don Miguel López de Legazpi, Gobernador de la isla de Cebú, en las Filipinas, zarpando del puerto de Acapulco el 1 de mayo de 1566.

El texto que leas en cursiva, entrecomillado, y en castellano antiguo, es el texto original escrito por Juan Martínez, y que yo he transcrito literalmente. (1)

“… Relación detallada de los sucesos ocurridos durante el viaje de la nao San Jerónimo que salió de Acapulco bajo el mando de Pero Sánchez Pericón y por piloto á Lope Martín, con el objeto de llevar auxilios á Legazpi, y la noticia del arribo á Nueva España del navío San Pedro. Fué escrita dicha relación en Cebú á 25 de Julio de 1567, por Juan Martínez, que iba de soldado en la propia nao. Nárrase en ella además lo ocurrido en aquel campo desde su llegada hasta la fecha de la misma relación …”

En el escrito, Juan Martínez sólo menciona en dos ocasiones el nombre de la nao, y lo escribe como, “galeon san geronimo”, esto es, con “g”, sin embargo, en la introducción se menciona al galeón, como “nao San Jerónimo”. Por mi parte, me referiré siempre, como, San Jerónimo.

Capítulo I. De porqué el San Jerónimo zarpó dirección a Cebú

En la Real Audiencia de Méjico a principios de 1566.

—Es de menester enviar con la máxima premura refuerzos a Miguel López de Legazpi (2), y reforzar su expedición en Cebú. Sin duda su posición en esa isla de la Filipinas nos da una gran ventaja comercial que no debemos, ni podemos desaprovechar.

Quien habla es don Francisco de Ceinos, Oidor (3) decano y Presidente de la Real Audiencia de México, y tras la muerte del Virrey Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón, el 31 de julio de 1564, asumió el cargo de Audiencia Gobernadora en Real Audiencia de México, por lo que es el máximo responsable de la Corona Española en México.

Así mismo la Real Audiencia de México, estaba formada por los oidores don Jerónimo de Orozco, don Pedro Villanueva y don Vasco de Puga Villalobos.

—Así es don Francisco de Ceinos, pero para ello debemos de enviar hasta aquel paraje una flota compuesta de varios barcos, y en estos momentos en el puerto apenas si hay un par de naves, y encima están en un lamentable estado —dijo don Jerónimo de Orozco (4) oidor de la Real Audiencia de México.

—Lo sé, lo sé, pero es imperativo que partan prestos, refuerzos para apoyar a Legazpi. ¿Algo tiene que haber en alguno de los puertos de México del lado del Pacífico que podamos enviarle?

—Está el galeón San Jerónimo.

—¿No hay más barcos que puedan zarpar en auxilio de Legazpi?

—Que estén operativos para zarpar de inmediato, sólo disponemos de ese, y lo cierto es que su estado no es el más aconsejable para una travesía tan larga.

—¿Quién es su capitán?

—Es don Pedro Sánchez Pericón, sin duda un capitán curtido en el mar.

—¿Lo conocéis personalmente?

—Pues a decir verdad no.

—Da igual, siendo lo único que hay, mejor eso que nada, así que, adelante.

—Pero don Francisco, tardaremos semanas en organizarlo todo.

—Ni, pero, ni pera. Le he dado instrucciones muy claras y concisas, así que cíñase a ellas.

—Como ordenéis don Francisco, por cierto, tema aparte son los soldados que enviaremos en apoyo de Legazpi —dijo Jerónimo de Orozco.

—¿Soldados? —preguntó algo extrañado don Francisco de Ceinos.

—Legazpi, no sólo nos pide bastimentos, comida, y utensilios, además pide soldados para reforzar su guarnición, así como armas, cañones y pólvora.

—Eso es casi imposible, apenas tenemos una pequeña guarnición en Acapulco, más la de ciudad de México, como para enviarle hombres.

—Tenemos que enviarle varias compañías.

—¡Imposible! —exclamó don Francisco de Ceinos—Además, ¿dónde embarcaremos a varias compañías? La nao San Jerónimo es demasiado pequeña para llevar a tantos soldados. Envíele, unos cincuenta soldados, lo mejor armados y pertrechados que sea posible.

—¡Cincuenta! ¿Sólo cincuenta?

—En este primer viaje es más que suficiente, en los sucesivos viajes, le enviaremos más hombres.

—En relación a la tripulación —comenzó a hablar don Jerónimo de Orozco.

—Orozco, no me agobie con los detalles.

—Me refiero a los emolumentos a pagar a la tripulación.

—De ese menester, se encargará el capitán que es a él a quien le compete esa tarea. Así que vaya presto y sin tardanza a dar comienzo el cumplimento de mis órdenes.

—Por lo menos indíqueme ¿cuánto se pagará a la tripulación?

—Lo normal en estos casos.

—Lo normal para un viaje de estas características ronda los 175 pesos.

—¡175 pesos! —exclamó don Francisco de Ceinos—Intente que sea mucho menos, que no están las arcas para estos dispendios, pase que hay que llevar ayuda y socorro a Legazpi, pero al coste del barco y de las mercancías, ahora hay que sumarle el de la tripulación. Orozco, dígale al capitán que negocie bien, y a la baja, y que merme la tripulación a la imprescindible, que lo que priman son los cincuenta soldados, y la ayuda que se envía.

—Así se lo haré saber al capitán.

Lo que el secretario don Jerónimo de Orozco, intentó decirle a don Francisco de Ceinos, era que el barco no sólo no disponía de tripulación, es que, por no disponer, ni siquiera tenía piloto.

Tarea ardua se le planteaba a Orozco, y es que llenar la bodega del San Jerónimo con los avituallamientos necesarios para reforzar a Legazpi, era harto complicado teniendo en cuenta que, en los almacenes de la Corona de España en el puerto de Acapulco, había poco género y menos mercancías, aunque eso sí, mucho espacio vacío, y las arcas estaban escasas de efectivo con el que poder comprar nada a los comerciantes del puerto. Ante aquel panorama, el oidor don Jerónimo de Orozco, reconvertido por orden de don Francisco de Ceinos, en secretario para aquel cometido, se le planteaba el dilema de armar un galeón, y llenar sus bodegas de mercancías útiles y necesarias para reforzar la posición de Legazpi, allá en las islas Filipinas, y dada su situación decidió tomar por la directa, y coger el toro por los cuernos, y para ello sólo vio una opción, hizo llamar al capitán Pedro Sánchez Pericón.

***

Don Jerónimo de Orozco, hizo llamar al capitán don Pedro Sánchez Pericón.

El problema que se le presentaba a Orozco era doble, por un lado, sólo podía escoger entre un solo barco, el galeón San Jerónimo, y el segundo, es que dicha nao llevaba como capitán a un hombre que él jamás le hubiera confiado tan importante viaje, ya que por los informes que disponía, el capitán era un “…misero melancólico enemigo de afabilidad y amigo de soledad codicioso…”.

—Capitán, deberá partir con el galeón San Jerónimo de inmediato en ayuda y socorro de don Miguel López de Legazpi.

—Pero, Legazpi está en las Filipinas.

—En la isla de Cebú para ser más exactos.

—Es un viaje imposible.

—Capitán, para la Armada Española, no hay imposibles, sólo mediocres que se achantan ante la adversidad o ante lo desconocido, y enmascaran su cobardía e ineptitud, argumentando imposibles.

—¡Cómo osáis decirme eso! ¿Es que tal vez dudáis de mi capacidad como capitán, y de mi gallardía como marino español?

—En absoluto capitán, sólo que la empresa que os presento, es tarea difícil, incluso para un capitán como vos, es por ello que, si lo preferís, puedo buscar otro capitán que comande el San Jerónimo.

—¡Me ofendéis!

Orozco lo había intentado, y es que por intentar no perdía nada, más allá de la imagen que de él hubiera podido extraer el capitán, pero eso a él poco le importaba, al fin y al cabo, Pedro Sánchez Pericón, no era más que un marinero que además no tenía el linaje que él sí tenía. Así que el fin bien justificaba los medios, en este caso, que el capitán Pedro Sánchez Pericón aceptase comandar la expedición, incluso a expensas de que tomase una impresión errónea y equivocada sobre él, pero más alta era la empresa que le habían asignado a Orozco como para preocuparse por la opinión que él le pudiera haber transmitido al capitán.

—Vuestra tripulación deberá estar en el puerto de Acapulco para preparar y equipar la nave, y cargar cincuenta soldados, además de armas y provisiones.

—Me temo don Orozco, que eso será algo complicado.

—Y pues, ¿qué sucede, no os estaréis achantando?

—El San Jerónimo no está amarrado en el puerto de Acapulco, si no que está en el puerto de Guatulco. (5)

—Bueno, pues id allí y traed la nao al puerto de Acapulco.

—Eso lo podría hacer si tuviera tripulación y piloto.

—¿Cómo es posible que la nao San Jerónimo, esté sin tripulación, ni piloto?

—Estaba en dique, reparándola, y pensé en ahorrar unas monedas a la Corona, por ello licencié a toda la tripulación, menos a unos pocos para que vigilaran, e hicieran guardia, para evitar que los amantes de lo ajeno, se apropiasen de lo que no debieren.

—¡Reparándola! —exclamó don Jerónimo de Orozco.

—Sí, pero no temáis, nada que un poco de madera y unos clavos no solucionen —dijo Pedro Sánchez Pericón.

—¿Estáis seguro que sólo es eso?

—Por supuesto don Orozco, confiad en mí, el San Jerónimo, está presto para zarpar, lo único que precisaré, es tripulación.

A don Jerónimo de Orozco, se le presentaba otro problema, buscar una tripulación, y un piloto. Todo eso retrasaría todavía más la partida.

—Pues reclutad a quién sea menester, pero recordad, la Corona no anda sobrada de fondos, así que, si queréis ser vos el capitán del San Jerónimo, todos los marineros que reclutéis pagadles menos de lo estipulado para estos viajes.

—No os preocupéis don Orozco, además de pagarles menos, buscaré a hombres que incluso hagan el viaje de valde. El problema, será encontrar a un piloto.

—¿Qué dificultad puede haber? Pues no será por politos, los que se pueden encontrar por estas lindes, ya sea en ciudad de México, o en Acapulco.

—Hay muy pocos, o ninguno que conozca esas aguas, y si tenemos que embarcarnos en la aventura de ir a Cebú, por lo menos hagámoslo con alguien que conozca esas aguas, y el único que se las conoce, más o menos, dudo que esté por la labor de ir.

—¿Y en quién pensáis?

—En Lope Martín. (6)

—Os referís al rufián ese que traicionó a su capitán, y él, y el capitán Alonso de Arellano, el cual comandaba el patache San Lucas, llegaron hasta el puerto de Acapulco para atribuirse el mérito de ser los primeros en hacer el tornaviaje. (7)

—Ese mismo.

—¿Y qué haría falta para convencerle?

—Una Orden Real, y los grilletes, más que nada, porqué si vuelve a Filipinas, Legazpi, lo hará apresar y colgar acusado de deserción y traición.

—¿Y decís que es el único que puede llevar el San Jerónimo hasta las Filipinas?

—El único.

—De convencer al fulano ese ya me encargo yo —dijo don Jerónimo de Orozco.

***

Aquella misma mañana, el capitán Pedro Sánchez Pericón, comenzó a visitar todas las tabernas de ciudad de México, con la esperanza de encontrar primero un piloto para evitar tener que llevar a Lope Martín, y luego una tripulación, que sí difícil debía de haberle resultado a don Francisco de Ceinos encontrar a cincuenta soldados, más difícil le estaba resultando a él encontrar una tripulación.

Los pocos que había disponibles huían sólo verle, y es que Sánchez Pericón, tenía una reputación que le precedía, como el olor precede a la mierda. Además, se había extendido el rumor por todas las tabernas y antros de ciudad de México, que se estaba reclutando tripulación para ir a las Filipinas, en un galeón falto de reparaciones, y además se pagaba escasamente.

***

Apenas si logró enrolar a unos pocos marineros, por ello viendo que le estaba resultando del todo imposible cumplir con su palabra, pasados dos días, volvió a reunirse con don Jerónimo de Orozco.

—Capitán, ¿qué se le ofrece?

—Apenas si he logrado reclutar a unos pocos marineros.

—¿Y qué queréis que haga yo?

—Si vuesa merced pudiera ayudarme.

—No conozco las tabernas y los tugurios de la ciudad de México, así que decidme, en qué puedo ayudaros.

—Tal vez, si desde la Real Audiencia de México, emitierais una proclama, reclutando marineros.

—¿Estáis borracho?

El capitán Sánchez Pericón hizo el ademán de responder a la pregunta, pero se guardó muy mucho de decir nada, mordiéndose la lengua. Por la expresión de su cara, Orozco dedujo que aquella pregunta no sólo no le había gustado, si no que, sobre todo, le había ofendido. Antes de que pudiera sobreponerse ante la afrenta que consideraba haber sufrido al ser tildado de borracho, Orozco, prosiguió hablando.

—Lo único que podemos hacer es que el piloto Lope Martín, haga el reclutamiento de la tripulación que falta, y sea él quien la complete.

—Lope Martín reclutando a la tripulación, no sé yo don Orozco si esa es una buena opción.

—Tal vez tengáis razón, en tal caso encomendaré dicha tarea a Rodrigo de Ataguren, él siempre es el responsable de reclutar marineros e incluso soldados, siguiendo el encargo de la Real Audiencia de México.

—Tampoco me fio yo demasiado de Rodrigo de Ataguren —dijo el capitán.

—¡Pardiez Pericón, vos no os fiais de nadie!

—Por cierto, quería preguntaros si habéis podido hablar con Lope Martín.

—Esta mañana ha sido apresado en el puerto de Acapulco, y lo están trayendo a mi presencia, así que mañana a más tardar por la tarde, me reuniré con él. Y ahora capitán, váyase a ultimar los detalles de su travesía.

***

Don Jerónimo de Orozco había hecho llamar al piloto Lope Martín. Dado que a buen seguro éste no vendría de buena gana, a no ser que lo escoltara la guardia, hizo que lo apresaran, y le pusieran grilletes, de esta forma Orozco se aseguró que no huiría.

—¿Qué se le ofrece a vuesa merced? —preguntó el piloto Lope Martín.

—¿Sabéis quién soy?

—Por supuesto, sois don Jerónimo de Orozco, Oidor de la Real Audiencia de México. Pero decidme, ¿qué se le ofrece de mí a vuesa merced?

—Sencillo, quiero que zarpéis con la nao San Jerónimo rumbo a Cebú, para enviar ayuda y soldados.

—A Cebú, decís.

—Sí.

—Vuesa merced sabrá que en Cebú está Legazpi.

—Precisamente es él quien precisa de esa ayuda.

Lope prefirió no continuar hablando, estaba claro que don Jerónimo de Orozco sabía perfectamente sus problemas con la Ley, así mismo sabía perfectamente que si arribaba al puerto de Cebú, sería apresado por Miguel López de Legazpi, y tras un breve juicio, sería ahorcado, el problema es que, en México, él tampoco estaba a salvo, ya que la Corona, en cualquier momento, podía apresarlo, y colgarlo, por lo que, en aquella adversidad, vio una oportunidad de salvación, y es que en ese momento Lope Martín urdió un plan, y era huir de México, y del dominio de España en el San Jerónimo, y para ello se apoderaría por cualquier medio de aquella nao, y tomaría otro rumbo para ponerse a salvo. Estaba claro que el destino, una vez más, le era propicio, como los vientos que llevan un barco a buen puerto.

—De acuerdo, seré el piloto del San Jerónimo.

—Hay otra cosa más, deberéis ayudar a Rodrigo de Ataguren a reclutar a la tripulación. Por cierto, ¿conocéis a Rodrigo de Ataguren de Acapulco?

Lope dudó que responder, si decía que no, levantaría sospechas de que un piloto con su experiencia no conociera al responsable de reclutar a la mayoría de marineros que embarcaban en los barcos que zarpaban de Acapulco, rumbo a las posesiones del Imperio Español, y si decía que sí, Orozco podía pensar que entre ellos dos tramarían algo, por eso optó salirse por la deriva, y esquivar así su pregunta.

—Ese suele ser cometido del capitán, que, por cierto, ¿quién es?

—El capitán es Pedro Sánchez Pericón, ¿lo conocéis?

—Sí —el tono seco de su voz denotó que lo conocía demasiado bien, y que no era persona de su agrado.

—Reclutad vos mismo aquí en ciudad de México a una tripulación, y cuando los tengáis reunidos, partid raudo y veloz para Acapulco, pero no os demoréis demasiado, ya que deberéis zarpar lo antes posible. Y, sobre todo, sed tacaño con el dinero que acordéis, imaginaos que los pagáis a todos ellos con vuestro dinero.

—Dudo que aquí pueda enrolar a todos los marineros que precisaremos.

—¿Qué me proponéis? —preguntó don Jerónimo de Orozco.

—Pues que sea Rodrigo de Ataguren, quien reclute a los marineros, tal y como vos habéis señalado, ya que él en otras ocasiones ha reclutado soldados y marineros para las dotaciones de los buques de Su Majestad el Rey de España.

—Sea pues, enviaré un despacho, para que comience el reclutamiento de marineros para embarcarse en el San Jerónimo, y para ello le haré llamar a ciudad de México para que se persone ante mi presencia Rodrigo de Ataguren —dijo Jerónimo de Orozco—Por cierto, quiero que en la tripulación incluyáis a un joven protegido mío y de mi familia, irá como soldado.

—¿Tiene experiencia en la mar?

—La suficiente, y la que no tiene la suple mi recomendación, ¿estamos?

—Estamos, don Orozco.

Jerónimo de Orozco llamó a uno de los criados que estaba en la estancia contigua, cuando éste entró, Orozco le dijo que hiciera pasar al joven que estaba esperando.

Dos jóvenes entraron en la sala dónde estaban don Jerónimo de Orozco y Lope Martín.

—Os presento a mi sobrino, Alberto de Orozco, (8) mi protegido. ¡Ah! se me había olvidado por completo, el que le acompaña es Juan Martínez, (9) él es, bueno, él es un recomendado, y me han pedido si lo puedo embarcar en alguna expedición para que haga fortuna. Alberto, él es Lope Martín, el piloto de la nao San Jerónimo, en ella podrás ir hasta la isla de Cebú en las Filipinas, dónde podrás comenzar una nueva vida. Tal como acordé con tu madre antes de su repentina muerte, te estoy asegurando un porvenir y un futuro, y que mejor que labrártelo en unas nuevas tierras, lejos de México y de las habladurías. En cuanto a ti, Juan, lo mismo.

—Gracias tío, su ayuda se la agradecerá eternamente mi madre desde el cielo, y por supuesto yo mientras viva —dijo Alberto de Orozco.

—Lo mismo digo don Orozco, sin duda usted y su sobrino, pueden contar conmigo para lo que sea de menester —dijo Juan Martínez.

—¿Nos conocemos de algo? —preguntó Lope Martín a Alberto de Orozco.

—Sí, yo formaba parte de la expedición de Legazpi hace un par de años —respondió Alberto de Orozco.

—Bien, acompañad a Lope Martín, y poneos a sus órdenes, en cuanto a ti, Juan, además de cuidar de mi sobrino, ya me informarás del viaje a tu llegada a Cebú —dijo don Jerónimo de Orozco.

—Cuente con ello don Orozco —dijo Juan Martínez.

***

Rodrigo de Ataguren, era quién habitualmente, y siempre por encargo de la Real Audiencia de Méjico, era el responsable de reclutar a los marineros para la dotación de los buques que partían del puerto de Acapulco, además era él, el encargado de su avituallamiento. Al recibir un mensaje de don Jerónimo de Orozco oidor de la Real Audiencia de México, acudió con la mayor diligencia y prontitud a la llamada que le había hecho, dejando todo lo que le ocupaba en Acapulco, ya que sabía, o por lo menos intuía, que dicha petición llevaba pareja pingues beneficios.

—Mi buen amigo Rodrigo, siempre te he tenido en buena estima, y creo que tú eres una vez más, la persona indicada para cumplir este encargo, y es que la Real Audiencia de Méjico me ha ordenado equipar un barco para partir dirección a Cebú en apoyo de Legazpi.

—Don Orozco, me honra su confianza y sus palabras hacia mí, pero a buen seguro a vuesa merced no se le escapa la delicada situación que estamos atravesando, sin apenas buenos marineros dispuestos para embarcar y emprender viaje, y con nuestros almacenes prácticamente vacíos.

—De acuerdo Rodrigo, ¿cuánto?

—¿Cuánto qué, mi señor?

—Sí, cuánto por armar y poner en el mar un galeón con tripulación completa y llenar las bodegas con suministros suficientes para el viaje y bastimentos para llevar a Cebú.

—Tripulación completa lo veo tarea imposible, en todos los puertos de Nueva España, apenas hay marineros suficientes para armar un bote, y menos un galeón, y más para una travesía tan peligrosa.

—Pues búscalos.

—Además es prerrogativa del capitán, el poder seleccionar a alguno de sus hombres.

—El capitán, aunque lo ha intentado, apenas si ha logrado reunir a unos pocos marineros.

—Por cierto, ¿quién es el capitán?

—Un tal Pericón.

—¿Os referís al capitán Pedro Sánchez Pericón?

—Sí, el mismo que viste y calza, ¿lo conocéis?

—Sobradamente. Y vos don Orozco, ¿lo conocéis?

—Por supuesto, pero, ¿por qué me lo preguntas?

—No por nada, más bien por asegurarme que sabéis bien lo que estáis haciendo, y con quien os jugáis los cuartos de la Corona. Y, por cierto, ¿sabéis qué Sánchez Pericón es el capitán del galeón llamado, San Jerónimo?

—Sí, claro que lo sé.

—¿Y sabéis cuál es el estado de ese galeón?

—Por lo que sé, está en reparación

Rodrigo de Ataguren prefirió no seguir preguntando, no fuera caso que Don Orozco le preguntara a él sobre el galeón San Jerónimo, ya que por la información que disponía, la nao estaba en una situación lamentable, y por ello había sido enviada a reparar al puerto de Guatulco, para de esta forma alejarla de las miradas de los muchos curiosos que había en el puerto de Acapulco, además era allí dónde se enviaban a reparar los barcos, cuyos daños requerían de trabajos que duraban meses.

—¡Ah!, y como piloto irá Lope Martín —dijo don Jerónimo de Orozco.

Rodrigo de Ataguren puso cara de circunstancias, suerte que su experiencia en el juego de las cartas, le había enseñado a que su cara no fuera el reflejo de sus sentimientos, pero aun y así, por poco que se hubiera fijado en él don Jerónimo de Orozco, se habría percatado que su cara reflejaba la expresión de la perplejidad y de la sorpresa. Estaba claro que don Jerónimo de Orozco, desconocía por completo los problemas que Lope Martín tenía en Cebú con Legazpi, por lo que no sería él quien le diera nuevas sobre aquel espinoso tema, y más si Lope Martín parecía no haberle dado ninguna nueva a Orozco sobre el mismo.

—Esta vez además de mi parte habitual, quiero tener la libertad de elegir por mí mismo a la tripulación, sin que vos, ni nadie cuestione mi elección —dijo Rodrigo de Ataguren.

—Sólo es eso, pues sí eso es todo, concedido. Y ahora regresad a Acapulco y poneos manos a la obra, lo quiero listo para zarpar lo antes posible, y con ello me refiero a ayer, mejor que mañana.

***

Lope apenas estuvo un día y medio recorriendo las tabernas de ciudad de México, no por qué no hubiera marineros dispuestos a seguirle, si no porqué el plan que había urdido pasaba por seleccionar otro tipo de marineros. Lope buscaba a hombres dispuestos a todo, bueno a todo, menos a servir al Rey, y sobre todo buscaba a antiguos amigos y compañeros que sabía qué llegado el momento, podría contar con ellos. Por esto, apenas seleccionó un pequeño grupo al que dio instrucciones de partir a Acapulco. Él partió a caballo, ya que la prisa le acuciaba, y es que, don Jerónimo de Orozco, lejos de causarle un problema, se lo había solucionado al nombrar a Rodrigo de Ataguren como el reclutador de la tripulación en Acapulco. Lope Martín conocía sobradamente a Ataguren, ya que habían hecho un sinfín de negocios en el pasado, negocios un tanto turbios, por ello sabía que Ataguren le ayudaría a reclutar el tipo de marineros que él precisaba para llevar a cabo su plan.

***

A su llegada a Acapulco, Lope fue directamente a un viejo edificio del puerto donde Rodrigo de Ataguren, tenía su almacén, sus oficinas y su vivienda.

—¿Qué se os ofrece? —dijo un mozo que estaba en la entrada del edificio.

—Busco a Rodrigo de Ataguren —respondió Lope Martín.

—Don Rodrigo de Ataguren, no está ahora aquí.

—Pues dile que Lope Martín lo está buscando, dile que me puede encontrar en la taberna que hay al final de la calle del puerto.

—Contad con ello don Lope Martín —dijo el mozo.

Estaba claro que aquel mozo de almacén, trataba a todo el mundo llamándole don, y es que, para aquel muchacho, cualquier persona, por insignificante que pudiera ser, estaba muy por encima de su escalafón social, por lo que, para él, todo el mundo era don.

Pasadas unas horas, Rodrigo de Ataguren regresó a su almacén y el mozo le dio el recado, y se dirigió presto y sin dilación a la taberna, ya que el negocio que se le presentaba era de los suculentos y apetitosos y no quería dejarlo escapar.

—¿Dónde puedo encontrar a Lope Martín? —le preguntó Rodrigo de Ataguren al tabernero.

—¿Quién lo pregunta?

Sin duda el oriundo tabernero conocía de sobras a Rodrigo de Ataguren, pero su pregunta llevaba un mensaje entre líneas, que él identificó enseguida, por ello sacó de su bolsillo un par de monedas y las puso encima del mostrador, y es que sin monedas no había información.

—Subiendo las escaleras, la segunda puerta a la derecha, allí lo encontrarás, aunque ándate con cuidado, porqué está acompañado de malas compañías.

—¿Está con una mujer?

—Oye, en mi establecimiento, las mujeres que trabajan en él, no son malas compañías, son mujeres limpias y honradas, y sólo cobran por los servicios que ofrecen. Me refería a que está reunido con un par de rufianes de la peor calaña de los que es mejor alejarse.

Rodrigo de Ataguren, subió las escaleras y se dirigió hasta dónde el tabernero le había indicado, tras llamar a la puerta, esta se abrió de golpe.

—¿Qué se te ofrece? —espetó un tipo con aspecto algo deslustrado, y que, por el tono oscuro de su tez, a buen seguro que era un marinero de la Corona de España.

—Busco a Lope Martín.

—¿Quién pregunta por él? —replicó el marinero que le barraba el paso en el umbral de la puerta.

—Eso a ti poco te importa, ¿está aquí, o no?

Una voz desde dentro de la habitación, grito.

—¡Rodrigo, pasa hombre!

Rodrigo de Ataguren, flanqueó al marinero de la puerta y entró.

—Lope, tengo que hablar contigo de un negocio.

—¡Negocios! —exclamó Lope Martín —Esa es mi palabra preferida, junto a la de beneficios. Dime, de qué se trata.

—Con estos dos aquí, no —Rodrigo de Ataguren señaló a los dos individuos que estaban en la habitación.

—Son de mi plena confianza, lo que me tengas que decir a mí, se lo puedes decir a ellos.

—Serán de tu confianza, pero no de la mía.

—¡Eh, mequetrefe emperifollado, y tú quien diantres eres para dudar de nosotros! —exclamó uno de ellos.

—De acuerdo muchachos, ahora iros ya seguiremos hablando más tarde, id a bajo, y tomaros unos vinos, decidle al tabernero que los ponga a mi cuenta —dijo Lope Martín.

Los dos marineros salieron de la habitación, y justo cuando cerraron la puerta, Rodrigo de Ataguren se puso a hablar, estaba claro que no le hacía demasiada gracia estar allí más tiempo del estrictamente necesario.

—Tengo la solución a tú problema —comenzó diciendo Rodrigo de Ataguren.

—¿A cuál de ellos? —dijo Lope Martín, soltando a continuación una carcajada.

—Ya sabes a qué me refiero, al de reclutar una tripulación, y no me refiero a marineros cualquiera, sino a hombres que te sean fieles, para embarcarlos en el San Jerónimo. ¿Te interesa mi ayuda, o no?

—¿Y cuánto me costará tu desinteresada ayuda?

—Cuánto no, si no qué.

—Ya sé por dónde vas, quieres los documentos que te implican en el desfalco de los almacenes de la Corona de España, aquí en el puerto de Acapulco.

—Chico listo —dijo Rodrigo de Ataguren.

—Sabía que vendrías, cuando recibí personalmente la orden del Oidor de la Real Audiencia de México, don Jerónimo de Orozco, de reclutar marineros para zarpar de inmediato en la nao San Jerónimo, rumbo a la isla de Cebú —dijo Lope Martín.

—¿Qué has pensado? —preguntó Rodrigo de Ataguren.

—He reclutado a unos pocos hombres en ciudad de México, más los que reclutó el capitán, los cuales tendré que embarcar, me gusten o no —dijo Lope Martín.

—No te podía haber tocado un mentecato peor que Pedro Sánchez Pericón.

—Prefiero a ese mentecato que, a un buen capitán, de esta forma me resultará más fácil poner a la tripulación en contra suya.

—He llamado a nuestros viejos amigos, aunque no los he encontrado a todos, te he reunido un grupo de leales que llegado el momento te permitirán apoderarte de la nao, ¿por qué me imagino que ese es tú plan verdad? —dijo Rodrigo de Ataguren.

—Me conoces mejor que yo. Sí, ese es el plan. Me han dado la oportunidad que estaba soñando, un barco con tripulación que me sea fiel, para poder huir del dominio de la Corona de España, y el lerdo de don Jerónimo de Orozco, me lo ha puesto en bandeja.

—¿Sabes a quién he conseguido que embarquen?

—¿A quién?

—A nuestro amigo Ortiz Mosquera, el sargento mayor, y además he movido algunos hilos para que esté al mando de los cincuenta soldados embarcados, así que también te garantizas el apoyo de la tropa, o por lo menos, de alguno de ellos.

—Y ¿por qué Ortiz Mosquera? —preguntó Lope Martín.

—¿Tienes algo en contra suya?

—No.

—Pues a ti qué más te da, si va Mosquera, u otro.

—Pensaba que Mosquera había sido degradado. Aunque por mi mejor, con él me entiendo a la perfección.

—Estuvo a punto de ser degradado, pero en los nuevos territorios del Imperio Español, cualquier hombre, es necesario, incluso tipos como Mosquera —dijo Ataguren—. Por cierto, sabes quién también va, tu amigo Felipe del Campo.

La cara de Lope Martín cambió de golpe.

—Le he estado buscando desde que me encomendaron esta misión, y ya había perdido la esperanza de poder contar con él.

—Forma parte del destacamento de soldados que don Francisco de Ceinos envía a Legazpi.

—¿Y qué hace Felipe del Campo de soldado, pensaba que se había licenciado?

—Era eso, o cumplir condena en una cárcel de Su Majestad, por no sé qué asunto de un asesinato.

—Eso me da igual, con Felipe del Campo a bordo, tengo buena parte de mis planes conseguidos —dijo Lope Martín.

—¿Tan amigos sois?

—¿Amigos? ¡En absoluto! Pero a tipos como ese, es mejor tenerlos cerca y siempre a tu favor.

—El resto es cosa tuya, pero ten presente que tienes que encontrar tripulación en pocos días, en el tiempo que se tardará en cargar las bodegas del San Jerónimo —dijo Rodrigo de Ataguren.

—Pues no perdamos más el tiempo.

—Pero antes dame los documentos.

—Todo a su debido tiempo, cuando vayamos a zarpar, ven al puerto, y te los entregaré, pero no antes, no vaya a ser que te desdigas, y en vez de ir como piloto del San Jerónimo, vaya preso en sus bodegas para ser juzgado por Legazpi a mi llegada a Cebú —dijo Lope Martín.

Lope Martín reunió entre los tripulantes, gente de la peor calaña que pudo encontrar en el puerto de Acapulco, a muchos de ellos los conocía de otras travesías, y a los que no, su fama y mala reputación los precedía, con ellos, contaba en el momento oportuno tomar el control de barco. El problema es que Lope Martín, tuvo que seleccionar a marineros cuyas credenciales no encajaban con lo que él estaba buscando, pero la premura de tiempo que le había impuesto don Jerónimo de Orozco, no le permitió escoger a la gente que él hubiera deseado para llevar a buen fin sus planes.

Capítulo II.Jueves 21 de febrero de 1566 parten de ciudad de México al puerto de Acapulco (10)

Nota del Autor:

Todas las fechas que indico en el libro, han sido obtenidos del escrito de Juan Martínez, por lo que ninguna de ellas es inventada, aunque es posible que haya inexactitud en algún día, tal y como explico en el punto (10).

El grupo de soldados que don Francisco de Ceinos enviaba para reforzar a Legazpi, así como los marineros reclutados por Lope Martín y los marineros reclutados por el capitán Pedro Sánchez Pericón, marcharon desde ciudad de México, rumbo al puerto de Acapulco. Iban comandados por el capitán, y ya desde el primer día de marcha, éste comenzó a comportarse de una forma que llamó la atención de los hombres.

Así mismo en la expedición iban el hijo de capitán, Diego Sánchez, quien ostentaba el rango de alférez, y además iría embarcado el sargento mayor, Ortiz Mosquera, y el sargento de compañía y maestre de campo, Pedro Núñez de Solórzano.

La expedición partió de ciudad de México dirección al puerto de Acapulco, tomaron el camino de Suchimilco y Cuelnahuas en dirección al pueblo de Chilapa donde se alojaron cuarenta días.

“…De suerte que dando principio a nuestro deseado viaje començamos a marchar para el puerto todos los mas de la conpañia juntos por el camino de suchimilco y cuelnahuas e yguala a chilapa donde nos alojamos por 40 dias …”

—Me presento, me llamo Pablo Martín. (11)

—Yo Juan Martínez.

—Mucho gusto Juan, dime, ¿de dónde eres?

—De aquí, ¿y vos?

—Será mejor que nos apeemos el trato, más que nada porqué tenemos muchos días por delante y más los que estemos embarcados, así que te pido que nos tuteemos —respondió Pablo Martín—Yo soy de Zamora, de un pequeño pueblo llamado Carbajales de Alba. Y tú, ¿cómo es que te has embarcado en esta aventura?

Juan Martínez hizo intención de explicarle a aquel desconocido el motivo de su vieje, y, sobre todo, quién lo recomendaba, pero don Jerónimo de Orozco, su protector y benefactor, le había aconsejado antes de dejar la ciudad de México que no se fiase de los desconocidos, ya que la travesía en el mar sería difícil, y comenzar una nueva vida en las Filipinas, todavía mucho más, así que cuánto menos supieran de él, más fácil le resultaría evitarse enemigos.

—Me imagino que cómo todos, por buscar un futuro mejor. ¿Y tú?

Pablo Martín superaba en años y por lo tanto en experiencia a Juan Martínez, ya que casi triplicaba su edad, y es que Pablo había estado en un sinfín de expediciones, y se apuntó en aquella movido por un lado por su afán de aventura, que a pesar de su edad, todavía el cuerpo le pedía riesgos, y por el otro, le movía un afán de encontrar más fortuna a la que ya había conseguido en el Nuevo Mundo, y que lo había convertido en un terrateniente y por lo tanto en un hombre rico y de consideración, incluso se hablaba de que le otorgarían un título, y tal vez esa fue la tercera y verdadera razón que le impulsó a unirse a la expedición, para granjearse los favores de la Corte de España y del Rey, y recibir un título nobiliario que él bien consideraba más que merecido y ganado, el cual era mejor legado para sus hijos, que las tierras, y los dineros.

—Yo, pues digamos que ampliar horizontes.

—Por tu aspecto, ya superas en años al capitán, sin embargo, ¿en calidad de que vas en esta expedición?

—De pasajero, creo que debo ser el único, por lo que llevo visto, aquí sólo hay marineros y soldados.

—¿Y qué buscas en las Filipinas, tal vez fortuna? Te lo pregunto, porqué o bien has llegado hace poco tiempo de España, o bien si llevas años, no te deben de haber ido demasiado bien las cosas por estas tierras para que te embarques en este viaje.

—Llevo muchos años, tú no habías nacido, cuando serví a las órdenes de Hernán Cortés, quién conquistó México, con el que me embarqué en Cuba y zarpamos el 10 de febrero de 1519, recuerdo como si fuera ayer, la flota consistía en 11 naves, con 518 infantes, 16 jinetes, 13 arcabuceros, 32 ballesteros, 110 marineros y unos 200 indios y negros como auxiliares de tropa y llevábamos 32 caballos, 10 cañones de bronce y cuatro falconetes. También estuve con Pizarro en Perú, allá por el año de Nuestro Señor de 1532, y con Francisco de Orellana en el Amazonas en 1541. (12)

—Pero, ¿desde cuándo estás en el Nuevo Mundo?

—Llegué a la isla de Cuba con apenas quince años, concretamente en el año de Nuestro Señor de 1519, y a los pocos días de mi llegada, me enrolé en la expedición de Cortés, y desde allí hasta ahora, ha sido un no parar.

—¿Y después de todos estos años, no has logrado hacer fortuna, que todavía tienes que seguir navegando?

—Sí que la hice, y en demasía, por lo que he dejado arreglada la vida a mi esposa y a mis hijos e hijas, ya que tengo tierras y haciendas en México, Perú y Cuba, e incluso tengo una mina de plata en Potosí y otra de oro en Zacatecas, y entre todo ello, mis rentas anuales son elevadas. Además, cuando regresé por un par de años a España, compre tierras y casa en mi pueblo natal, Carbajales de Alba, pero no es eso lo que busco.

—¿Y tu esposa te ha seguido en todos tus viajes?

—Estuvo conmigo unos años aquí en el Nuevo Mundo, pero luego regresó a Carbajales de Alba.

—¿Y qué buscas si se puede saber?

—Cuando llegues a mi edad, tal vez lo entiendas, pero ahora, quédate con la fama, la gloria y la fortuna, que a buen seguro que es lo que buscas tú, ¿verdad?

Juan Martínez no respondió.

—Vosotros dos, menos cháchara, y a dormir que es tarde y la noche ya ha caído, además mañana partiremos al alba dirección al puerto de Acapulco —les gritó el sargento mayor Ortiz Mosquera.

—Durmamos ya, que si no el brabucón ese, te traerá problemas —dijo Pablo Martín.

—Poco me pude hacer ese a mí —respondió Juan Martínez.

—Créeme hijo, he conocido a muchos Mosquera en los años que llevo aquí, y con ellos no hay punto medio, o eres su enemigo, o si no su amigo, y esto último no te lo aconsejo ya que ese tipo de personas no son buena compañía, así que aléjate de él, es mejor estar a una legua suya.

“… e como hiziesemos cortes en chilapa luego se edifico una suntuosa horca a fin de atemorizar la gente y principal …”

—Por cierto, ¿qué piensas de la horca que mandó construir hace días el capitán? Con la madera que se gastó, las gentes de este pueblo podían haber construido dos o tres casas.

—Esa horca, no fue construida para ahorcar a nadie.

—¿Entonces?

—Su función es otra, sirve para decirles a los de este pueblo, que si vuelven a tocar a uno de los nuestros, como al soldado que acuchillaron la semana pasada, serán pasados por la horca, si te fijas no es para una persona sola, si no que se pueden ahorcar hasta cinco, así que hasta el más tonto del pueblo ahora sabe, que si uno de ellos nos toca, aunque sea un pelo, cinco de ellos serán ahorcados, es una buena medida, y por lo general surte efecto.

—Todos los días que estamos perdiendo en este pueblo, nuestro avituallamiento y alojamiento, ¿quién lo paga? Porqué desde el primer día que comemos carne, y buenos alimentos.

Pablo soltó una risa.

—Parece que no comieses carne todos los días —dijo Pablo Martín.

—Hombre todos los días, no, con suerte alguno que otro... al mes.

—Come a gusto y disfruta del yantar que tenemos, porqué cuando embarquemos esto escaseará, y en cuanto al coste, tranquilo, esto lo paga el Rey de España, que es quién ha fletado el barco y reclutado a la tripulación.

—Pues menudo dispendio —dijo Juan Martínez.

—Calculo que unos veintitrés maravedíes por persona, eso teniendo en cuenta que muchos vamos a caballo y éstos también comen y hay que alojarlos y cuidarlos. Ahora duerme que mañana por fin estaremos en Acapulco, un paso más cerca de las Filipinas.

***

A su llegada al puerto de Acapulco al día siguiente, sufrieron una tormenta de viento y lluvia, que derribó muchas casas, e hizo que el galeón San Jerónimo, que finalmente había arribado días antes al puerto procedente del puerto de Guatulco, se soltara de su amarre y su proa fuese a vararse sobre la playa tocando su quilla con el fondo rocoso, lo cual abrió varias vías de agua.