El nido vacio - Danielle Bean - E-Book

El nido vacio E-Book

Danielle Bean

0,0

Beschreibung

¿Qué sucede en el corazón de una madre cuando sus hijos crecen e inician sus propias vidas? ¿Cómo gestionar la ansiedad y la emoción, el dolor y la esperanza? La autora, gerente de CatholicMom.com, te ofrece aquí sus consejos para aceptar el sufrimiento —y quizás el llanto— con gracia, renunciar al control, centrarte en tu marido, llenarte de una alegría agradecida y confiar más en Dios. Ser madre nunca ha sido fácil: ni cuando llegan los hijos, ni cuando se van, pero es también una etapa bellísima de la vida, que hay que saber recorrer con visión positiva y creatividad.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 180

Veröffentlichungsjahr: 2025

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



DANIELLE BEAN

EL NIDO VACÍO

Agradece la maternidad y déjalos volar

EDICIONES RIALP

MADRID

Título original: Giving Thanks and Letting Go: Reflections on the Gift of Motherhood

© 2020 de Danielle Bean. Publicado por Ave Maria Press.

© 2025 de la edición española traducida por Gloria Esteban

by EDICIONES RIALP, S. A.,

Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid

(www.rialp.com)

Preimpresión: produccioneditorial.com

ISBN (edición impresa): 978-84-321-7153-6

ISBN (edición digital): 978-84-321-7154-3

ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-7155-0

ISNI: 0000 0001 0725 313X

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

A Dan, mi marido, mi héroe.

Eres el mejor regalo que me ha hecho Dios.

A Kateri, Eamon, Ambrose, Juliette, Stephen, Gabrielle, Raphael y Daniel.

Me hacéis sentir orgullosa. Y agradecida.

Cambiarán muchas cosas,

pero siempre seré mamá.

ÍNDICE

Prólogo. Buscar a Dios en los vacíos

1. Despedidas

2. Una sola carne

3. Hacia delante

4. Abrazar el ahora

5. El riesgo de amar

6. Buenas inversiones

7. Dejar ir

8. Cansancio acumulado

9. Ampliando horizontes

10. Testimonio

Conclusión. Algo hermoso para Dios

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Dedicatoria

Comenzar a leer

Notas

PRÓLOGO Buscar a Dios en los vacíos

¡Qué raro se me ha hecho hoy inscribir a mi hijo en la liga infantil de baloncesto! A sus doce años, Danny es el único hijo que me queda lo bastante pequeño para jugar en una liga infantil de baloncesto.

¿Cuántas veces a lo largo de los últimos años —pensaba yo— he estado en este mismo sitio, en las instalaciones de este polideportivo, inscribiendo niños en distintos deportes y otras actividades? Con algún bebé en brazos y varios niños pequeños a remolque, he completado formularios, firmado autorizaciones y rellenado cheques de cientos de dólares; he apuntado en la agenda los teléfonos de los entrenadores y las fechas de los entrenamientos. Por lo general los inscribía el último día, si es que no fuera de plazo e implorando clemencia… ¿Y por qué? Pues, básicamente, porque no llegaba a nada.

Esta vez, sin embargo, he llegado perfectamente, y solo había un formulario y un único cheque de 45 dólares. ¿Cómo es posible —me preguntaba— que haya llegado a este punto en que mi vida está en cierto modo tan llena y, al mismo tiempo, se está quedando tan vacía?

Mis hijos se han hecho mayores, se han echado una mochila a la espalda, me han roto el corazón en mil pedazos y se han montado con ellos en un avión. Tengo hijos viviendo en otros estados y estudiando ingeniería, políticas, filosofía o psicología. Tengo hijos a punto de casarse y de ampliar la familia de un modo novedoso. Ya no necesitan que les rellene ningún formulario de inscripción.

Cosa que me encanta y, al mismo tiempo, no me gusta nada.

Recuerdo que hace unos años, al ver a una amiga mía mayor que yo preparándose para enviar a la universidad al único hijo que le quedaba en casa, me preguntaba en qué aspectos cambiaría su vida. Pensaba en lo silenciosa que le resultaría la casa, en todo el tiempo de que dispondría y en esas «cenas en familia» compuestas exclusivamente por ella y por su marido.

Ahora todo eso lo conozco. No es que viva en un nido vacío del todo, pero sí en un nido que se está vaciando, y puedo ver yo misma cómo serán las cosas.

Yo aún me sigo viendo como esa joven madre que lleva un carro de la compra repleto de niños. Y si recuerdo tan vívidamente aquellos años y aquellos esfuerzos es porque se cuentan entre los más duros de mi vida. En mi cabeza continúa hondamente presente la realidad del infinito cansancio físico que conlleva ser madre de niños tan pequeños: por supuesto que sigo dedicándome a eso tan interminable, tan física, emocional y espiritualmente agotador que es cuidar de personitas que no son capaces de cuidar de sí mismas.

Pero no es así. Ahora cuido de adultos que necesitan de mi tiempo y de mi atención de un modo distinto. Y que a veces no me necesitan para nada.

El contraste entre una cosa y otra me vino a la cabeza hace poco mientras hojeaba mi primer libro, My Cup of Tea: Musings of a Catholic Mom, publicado en 2005, cuando tenía seis hijos menores de diez años y estaba embarazada del séptimo. El libro es una recopilación de ensayos acerca de la vida de familia, muchos de ellos redactados para la columna que por aquellas fechas escribía periódicamente en el National Catholic Register.

Al releer hoy estos ensayos me sorprende su sencillez. Mientras me empapo de los detalles del día a día de hace unos años, revivo de nuevo la ternura y el peso de la vida de una madre de niños tan pequeños.

Pasando las páginas del libro recordé que en una ocasión un editor amigo mío me advirtió que a veces mi forma de escribir corría el peligro de volverse «formulístico». En mi columna periódica solía exponer alguna de las dificultades a las que me enfrentaba como madre joven y luchadora, aunque por lo general las cosas acababan arreglándose con una visión clara y positiva del caos de la vida. Cosa que en parte obedecía al hecho de no disponer más que de setecientas palabras para exponer sucintamente algo relevante y significativo. Aun así, era consciente de que mis textos seguían una «fórmula».

Mi defensa de hoy, igual que la de entonces, se resume en que la vida es una fórmula. Las cosas se complican y los problemas nos salen al paso; y entonces podemos tener la suerte de acabar viendo nuestros combates iluminados por la cruz. La cruz de Jesús nos ofrece una visión clara y positiva del caos de la vida.

Con todo, al releer mis ensayos de entonces he de reconocer que algunos de los combates que he librado a lo largo de los años han necesitado de algo más que setecientas palabras para acabar bien. De hecho, los hay que han exigido años y los más importantes aún sigo librándolos: ¿Cómo conocer la voluntad de Dios? ¿Cómo confiar en la bondad y en la providencia divinas cuando las cosas se complican? ¿Cómo comprender el dolor, las penas, la pérdida, el sufrimiento? ¿Cómo renunciar a tener el control y cómo entregar a Dios nuestras vidas y las de nuestros hijos? Es posible que estos combates nunca concluyan a este lado del cielo.

Cuando era una madre más joven y agobiada, solía quedarme despierta por las noches, preocupada por si estaba haciendo las cosas mal. Por si estaba haciendo mal cosas importantes. Me sentía agotada y sin fuerzas, y era refunfuñona y egoísta. Estaba totalmente convencida de ser un auténtico desastre como esposa y como madre.

Si ahora echo la vista atrás, lo que veo es que hubo cosas que hice mal. Cosas pequeñas y cosas grandes. Cosas insignificantes y cosas importantes. Pero, siempre que me acordé de apoyarme en Dios, Él llenó esos vacíos con su gracia.

A veces solo me acordé de confiar en Dios en circunstancias «desastrosas». Si crecí en alguna virtud fue solo a causa de esas dificultades y del doloroso recuerdo de que no todo depende de mí. Y junto conmigo crecieron también mi marido y mis hijos.

Los seres humanos solo descubrimos el significado y el valor de lo que hacemos en nuestras relaciones con los demás. La vida en familia no consiste en otra cosa que en cultivar nuestras relaciones con el cónyuge y con los hijos: es la inversión más valiosa que podemos hacer. No obstante, a veces deja heridas y se hace dura. A veces hacemos mal las cosas y nuestras carencias abren vacíos. Todos tenemos carencias.

Cuando leo esos textos del pasado desearía poder retroceder en el tiempo y decirle a la joven madre de entonces que los vacíos de su vida —eso que le parecía que hacía mal— no eran sino ocasiones de buscar a Dios. «Busca a Dios en los vacíos», me gustaría decirle; «Él está ahí».

A ella no se lo puedo decir, pero quizá a ti sí.

La vida ha podido conmigo y me ha humillado en muchos aspectos, pero también ha llenado mi corazón de una dicha auténtica y me ha hecho madurar y crecer. Ahora que soy mayor y tengo una experiencia y una visión de las cosas más amplias, soy capaz de ver y de saber cosas que cuesta ver y saber cuando andas persiguiendo a niños en cueros.

Esas son las cosas que quiero que queden subrayadas en mi corazón y que quiero compartir contigo.

En las páginas que siguen vamos a abordar juntas algunas de esas cosas: nuestras dificultades en el matrimonio, en la crianza de los hijos y a la hora de confiar en Dios, y cómo obtener paz de nuestra identidad de hijos amados de Dios. Echaremos una ojeada a esos espacios a veces incómodos que dejan nuestros hijos cuando se marchan a la universidad, cuando empiezan a trabajar, cuando se casan o cuando, de una u otra manera, nos dejan para seguir viviendo por su cuenta.

Si hace unos años quizá nos costara adaptarnos al ritmo de nuestros nidos repletos, hoy nos toca lidiar con una nueva y desconcertante sensación de vacío. Ahí está. Puede que lo tengamos delante de los ojos o tal vez solamente en el horizonte, pero ahí está: es ese «nido vacío» que hemos contemplado en la vida de los demás. Solo que ahora esa es la expresión que empieza a convenir a nuestros hogares y a nuestras familias.

En esos nuevos y amplios espacios hay dolor y hay pérdidas, pero también hay alegrías y hay oportunidades. ¿Cómo gestionar esa mezcla?

Quiero recordarme tanto a mí misma como a ti que también en esta nueva fase de la vida podemos afrontar con confianza los obstáculos, sabiendo que la gracia de Dios llenará nuestros vacíos.

Quizá sabemos de la importancia de la vida en familia. Quizá sabemos que la labor escondida de una madre que juega y reza, que limpia y cocina, que ama y enseña es el trabajo más importante que podemos llevar a cabo y el que más perdura en el tiempo. Quizá sabemos que ser madre es un regalo y que cada uno de nuestros hijos es un don insustituible que recibimos de Dios. Y, precisamente porque sabemos todo esto, quizá nos resulte aún más difícil hallar la paz una vez que esa tarea parece en buena medida concluida.

¿Cómo gestionar esa distancia entre la maravillosa e importante tarea para la que estamos convencidas de que fuimos creadas y una familia que madura y que en muchos aspectos parece haber dejado de necesitarnos? Puede que estemos convencidas de que nuestra tendencia a amar y a cuidar de otros es un don innato y, de repente, nos encontramos con que nuestras familias avanzan y empiezan a exigir de nosotras una forma distinta de maternidad.

Ese es el vacío más grande: el vacío que queda entre lo que nos resulta conocido —esa clase de maternidad con la que quizá hemos acabado sintiéndonos a gusto— y eso nuevo que Dios nos pide ahora, esa nueva manera de desarrollarnos y crecer a la que Él nos invita.

Tal vez aún estés bregando con un carro de la compra repleto de niños y el vacío entre aquello que crees que se te pide y aquello de lo que te sientes capaz te llena de desaliento y de desesperación. Tal vez en tu caso todo eso haya quedado superado y al mirar atrás te preguntes qué fue de ello. Puede que para ti el vacío que se ha abierto sea una casa y una vida demasiado tranquilas en las que ya no hay necesidad de hacer la clase de tareas conocidas con las que te sentías cómoda. O puede que estés a medio camino entre una cosa y la otra, con un pie en lo de antes y el otro avanzando cautelosamente, tanteando dónde pisar seguro en un espacio nuevo y desconocido.

Te encuentre donde te encuentre este libro, te enfrentes a lo que te enfrentes mientras tu familia crece, cambia y se transforma, te invito a descubrir a Dios en tus vacíos. Él nos está esperando en cada momento del día a día, en los nuevos retos, alegrías, penas y victorias. Está con nosotros justo detrás de las nuevas maneras de dar gracias y dejar ir a las que estamos llamadas.

Allí es donde vamos a buscarlo juntas tú y yo.

1. DESPEDIDAS

—¿Tú qué crees? ¿Esto lo necesitaré en Florida o no?

Observé el jersey verde claro que me mostraba mi hija de dieciocho años pidiéndome opinión.

—Es probable —contesté—. Nunca viene mal tener algo ligero que ponerse.

Estábamos a finales de agosto. Iba acercándose el momento de la marcha a la universidad de Juliette, nuestra cuarta hija y la segunda de las niñas. Juliette había elegido estudiar lo mismo que su hermano mayor y a nosotros nos parecía buena opción, pero la facultad estaba en el sur de Florida, a más de 1500 millas de nuestra casa de New Hampshire. Iba a ser un cambio importante, tanto para ella como para nosotros.

Por mucho que hubiera querido, me habría resultado imposible olvidar su inminente partida. Las evidencias se amontonaban por toda la casa: libros apilados en el suelo del salón, prendas de ropa desparramadas por todas partes a la espera de acabar clasificadas en el montón de «me lo llevo» o de «no me lo llevo»; lámparas, alfombras y pequeños electrodomésticos cuidadosamente recolectados y almacenados a lo largo de todo el verano.

Y montones de trastos. Juliette se había pasado los últimos días del verano escarbando en cómodas, escritorios y armarios para extraer artículos olvidados de las entrañas más recónditas de su dormitorio: medallas y trofeos académicos y deportivos, un protector bucal para jugar al balonmano, accesorios de disfraces de Halloween, un domo de nieve roto y camisetas harapientas de carreras urbanas y campo a través.

Estábamos rodeados de pedazos de vida desperdigados por encima de las mesas y de los muebles, por el suelo y por los sofás.

La víspera de su marcha, mientras contemplaba a Juliette sentada en el salón y rodeada de las cosas que iba clasificando y amontonando para luego guardar ordenadamente lo seleccionado en bolsas y cajas que acabarían encajadas en cada rincón libre del Honda Civic de su hermano, aparcado en la entrada, me preguntaba cómo era posible que hubiera llegado ese momento.

Si alguna vez ha existido un estereotipo de momento maternal no cabe duda de que es este. Y si mis veinticuatro años ejerciendo de madre me han enseñado algo es que los estereotipos de momentos maternales son estereotipos por algún motivo. Porque son una parte obligada de la vida, un rito de iniciación importante, y porque son momentos compartidos por todas. Puede que difieran en los detalles, pero cualquiera de nosotras cuenta con su propia versión de las lágrimas derramadas al ver cómo sus hijos van cambiando, creciendo y preparándose para dejarnos mientras se pregunta cómo es posible que todo haya pasado tan rápido.

Aquel día yo me recreé en mi momento maternal estereotípico, permitiéndome detenerme en él y recordar un poco, a sabiendas de que estaba infringiendo una regla no escrita de la maternidad cuando los hijos son mayores. ¿Quién no conoce la prohibición de recordar la niñez de tu hijo cuando está a punto de marcharse a la universidad, de casarse o de iniciar de un modo u otro una vida lejos de ti?

—No lo hagas —me aconsejó en una ocasión una amiga más sabia y mayor que yo—. No te pongas a mirar fotos antiguas ni a recordarlos de niños, porque no pararás de llorar.

Y, sin embargo, eso es lo que hacemos las madres. Hace unos años, antes de que Eamon, nuestro segundo hijo, se marchara a la universidad, me pasé el verano anterior a su partida peleando contra el recuerdo de sus manos regordetas buscando las mías cuando empezaba a andar. Me acordaba de sus zapatillas diminutas, del camión volquete que tanto le gustaba y del ceceo con que nos pedía que le leyéramos su cuento favorito.

Mi amiga tenía razón. No paré de llorar.

Me pasé todo el verano llorando, unas veces a solas en la ducha, otras en un campo de béisbol, oculta tras las gafas de sol, e incluso haciendo cola en la oficina de correos. Lloraba porque no siempre lograba alejar el recuerdo de Eamon de bebé, empezando a andar, a los siete años o preadolescente. Por doloroso que fuera recordar lo que había dejado de ser, cuánto había cambiado y todo lo que estaba dejando de ser y cambiando ante mis propios ojos, deseaba revivir y recordar tantos buenos momentos y detalles como me fuera posible, porque aquel verano comprendí, con mayor certeza que nunca, que los recuerdos de familia son preciosos: son un regalo.

Y los regalos no se rechazan. Así que ese día me permití recordar a Juliette cuando aún era un bebé.

Ese año estábamos construyendo nuestra casa y llevé a Juliette primero en mi vientre y luego en brazos mientras talábamos árboles y desbrozábamos maleza, cavábamos cimientos y vallábamos un pequeño promontorio en medio del bosque. Fue una época de mucho trabajo y mucho esfuerzo para nuestra familia, que contó con la cordial compañía de Juliette, a quien el portabebés no le disgustaba, pero que prefería que la llevara en brazos… y con sus dedos metidos en mi boca. Sí, suena raro, pero era un hábito gracioso que Juliette adquirió durante la lactancia. Mientras le daba el pecho, ella exploraba mi cara con sus dedos antes de acabar metiéndomelos en la boca. Una peculiaridad que al principio me hizo gracia y que asumí sin pensármelo mucho, pero que acabó convirtiéndose en un hábito arraigado con el que Juliette se calmaba y que procuraba practicar en cuanto podía.

Los dedos de un bebé son una monada. A veces uno tiene ganas de besarlos y hasta de «comérselos». Ahora bien, que te los metan en la boca, y a todas horas, eso ya es otra cosa. Yo no sabía de ningún niño que hiciera algo así: era una manera de calmarse muy extraña —por no decir embarazosa e irritante— para un bebé. No obstante, ahí estaba Juliette, reclamando su espacio entre mis brazos y dentro de mi boca. A todas horas, todos los días de la semana.

Siempre he disfrutado el primer año de mi vida de mis hijos, cuando eran tan pequeños y tan dependientes de mí. Casi todos ellos han pasado ese primer año, esa época maravillosa en que son lo suficientemente pequeños para cogerlos y llevártelos a cualquier sitio, tan pegados a mí que la distancia entre ellos y yo nunca ha superado el tamaño de un brazo.

Maravilloso, sí, y agotador. A veces tan agotador que acababa hecha un mar de lágrimas en cuanto llegaba la noche y acostaba a Juliette. Luego, con el cuerpo dolorido, me tumbaba en la cama disfrutando del placer de no tener a ningún ser humano en contacto conmigo y derramaba lágrimas ardientes de agotamiento y frustración.

No tenía tiempo. No tenía espacio. No era nadie.

A veces, cuando tus hijos son pequeños y pasan todo el día tan cerca de ti, cuesta saber dónde acaban ellos y dónde empiezas tú. Nos perdemos en ellos.

Naturalmente, ese es el plan de Dios: que nos perdamos a nosotros mismos por el bien de los demás. La maternidad es una manera excelente de hacerlo, porque nuestros hijos nacen necesitados, demandantes y acaparadores.

Los hijos nos quitan lo que nos consuela. ¿Nunca te ha pasado que, intentando tomarte una taza de té, algo te ha distraído y te has ido dejando la taza en cualquier rincón de la casa, y luego has tenido que recalentarla varias veces a lo largo del día? Recuerdo cuántas tazas de té me he ido encontrando en repisas y alféizares al final de la jornada, como si fueran insignias a la maternidad. No me cabe duda de que habrá otras personas que también vayan perdiendo tazas de té, pero nadie tantas como una madre.

Los hijos nos quitan nuestro espacio. Trepan a nuestro regazo y a nuestra cama. Asaltan nuestro plato y se sirven solos. A veces se cuelgan de nosotras como monitos, gritando y metiéndonos los dedos en el pelo, en los ojos e incluso en la boca para calmarse.

Los hijos nos quitan nuestra identidad. Hubo una época en que fui Danielle, una alumna brillante. Después fui Danielle, la mujer de Dan. Y también fui Danielle, una mujer trabajadora, experta en organización, creativa, pastelera, escritora y chica para todo.

Y luego me convertí en mamá. Y mamá era mucho más y también mucho menos que todo lo que había sido hasta entonces. Mamá era algo inmenso: el sol alrededor del cual giraba el pequeño mundo de mis hijos. Y, al mismo tiempo, mamá era también algo oculto, diminuto, con muy poco que ofrecer al mundo exterior.

Recuerdo que mi hijo pequeño usaba la palabra «mamá» para todo.

Si se caía y se hacía daño, «mamá» significaba «consuélame».

Si no llegaba a coger la pelota que había rodado debajo del sofá, «mamá» significaba «ayúdame».

Si se subía a la trona, «mamá» significaba «tengo hambre, quiero comer».

Si estaba cansado, quejicoso o lleno de mocos, «mamá» significaba «arréglalo».

Para un niño mamá lo es todo. Mamá es el mundo entero. Es halagador. Y es extenuante.

Mamá lo es todo, pero a veces parece no ser nadie. Para un niño mamá siempre está ahí, aunque a veces dé la impresión de que no existimos.