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"En estos tiempos de caída de las grandes clasificaciones y de crisis de los universales, en que los cuadros clásicos son puestos en cuestión hasta dejarlos en el rincón de las 'antigüedades', Gil Caroz dicta sus clases de seminario sobre la 'neurosis obsesiva' en la Escuela de la Causa freudiana (ECF). Este libro reúne las ocho clases dictadas entre octubre de 2017 y junio de 2018 en el marco de la enseñanza abierta de la ECF en París, y una más dictada el 9 de noviembre de 2020 en el marco de una actividad del Psychoanalyse voor Kring, la sociedad psicoanalítica de la New Lacanian School (NLS), en Flandria, Bélgica. El autor hace un recorrido sobre la neurosis obsesiva a partir de la conceptualización freudiana, la enseñanza de Lacan y la orientación de la lectura de J.-A. Miller. Lo realiza tomando muy seriamente el texto freudiano y su clínica, con la claridad y la profundidad del psicoanalista que da cuenta de su práctica, conjugando conceptos estructurales como trauma, cuerpo y angustia en la obsesión, con conceptos fundamentales como transferencia y repetición a la luz de una clínica tan clásica como renovada. Si sabemos con Lacan que el 'despertar' es imposible, este libro propone un recorrido que muestra el margen de 'despertar' que se puede lograr en un análisis. Como sugiere el autor: '…el obsesivo duerme bien en su fortaleza, se trata de obtener algunos, a pesar de todo, efectos de despertar […] si el sujeto está en análisis, si es lo que él quiere, intentamos despertarlo un poco, darle un cierto acceso a su real' . El trabajo de establecimiento de este texto en español, realizado con una minuciosidad acorde al tema y a la ética analítica, nos lleva a recomendar este libro como indispensable para los analistas que sostienen una clínica de lo singular y renovada" (Alejandra Loray y Kuky Mildiner).
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Seitenzahl: 338
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Gil Caroz
Caroz, Gil
El obsesivo y su despertar / Gil Caroz. - 1a ed. - Olivos : Grama Ediciones, 2024.Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga Traducción de: Tomás Piotto ; Tomás Verger. ISBN 978-631-90405-5-5
1. Clínica Psicoanalítica. I. Piotto, Tomás, trad. II. Verger, Tomás, trad. III. Título.
CDD 150.195
© Grama ediciones, 2024.
Manuel Ugarte 2548 4° B (1428) CABA
Teléfono 4781-5034
http://www.gramaediciones.com.ar
@ Gil Caroz, 2024.
Diseño de tapa: Gustavo Macri
Traductores: Tomás Piotto y Tomás Verger
Armonización con la versión del libro en hebreo:
Zully Flomenbaum y Segio Myszkin
Revisión de la traducción y establecimiento del texto:
Alejandra Loray y Kuky Mildiner
Edición: Mónica Lax
Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por medios gráficos, fotostáticos, electrónicos o cualquier otro sin permiso del editor.
A los lectores de este libro les anticipo que no encontrarán aquí promesas de un despertar armonioso o definitivo. Lacan nos advertía de que el deseo, como elemento problemático, disperso, polimorfo y contradictorio, se encuentra a distancia de toda coaptación orientada. La ética del mediocritas está en los fundamentos del sueño del obsesivo, el de poder reabsorber todo el goce bajo lo simbólico. Si hay algo que nota Lacan, es que el análisis muestra que la puesta en contacto con el objeto causa es correlativa a la angustia. A lo largo de un recorrido, diferentes estrategias pueden surgir para evitar confrontarse a ella. Hacerlo todo para demorar el movimiento que lo liga con el objeto causa se vuelve parte del itinerario obsesivo. El retorno a la tendencia oblativa, la dispersión, la ignorancia y otras modalidades lo confrontan a un saber triste, cortado de la vida y que ha perdido el vacío que lo articula al propio goce. En el obsesivo dormido, el hecho de estar siempre cansado puede hacer síntoma, incluso con la emergencia del efecto anestésico del dormir al momento de escribir algunas líneas que lo confrontan a su relación con un Otro sin garantías. El deseo de retener emerge con fuerza en ese punto para impedir el movimiento hacia lo peor, que paradójicamente, también forma parte de su deseo.
El encuentro con la primera de las nueve lecciones que conforman este curso inaugura un cierto efecto de despertar. El trabajo de elucidación y traducción de este texto, sin imponerse como una repetición de la demanda, y la felicidad sintomática que se aloja allí empujaron a querer transmitir a otros lo vivo de este recorrido.
Transmito en su idioma original la respuesta que Gil Caroz dio cuando se le hizo saber que algo impulsaba en dirección al trabajo de traducción y publicación aquí presente: “[…] vous voulez malgré tout plonger dans cette aventure? […]”. (1)
Algo de este trabajo incluye el vértigo y el coraje de zambullirse para despabilarse un poco…
TOMÁS PIOTTO
1 “¿Quieren ustedes, a pesar de todo, sumergirse en esta aventura?” [N. de T.]
En 2017-2018, la Escuela de la Causa freudiana lanzó en París un ciclo de enseñanza a cielo abierto. En aquella época se propusieron varios seminarios. Se trataba de una modalidad que continúa hasta hoy y que ha tomado una dirección evidente: la extensión del psicoanálisis de orientación lacaniana.
¿Por qué elegir un ciclo de enseñanzas alrededor de la neurosis obsesiva? Gil Caroz, miembro de la Escuela de la Causa freudiana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, recorre de manera exhaustiva una multiplicidad de referencias de Sigmund Freud, Jacques Lacan y Jacques-Alain Miller, pero también de psicoanalistas posfreudianos y obras fundamentales del teatro y de la literatura. Un hilo conductor estará presente a lo largo de la serie de encuentros: la afinidad entre la estructura obsesiva y el psicoanálisis.
La forma de encadenamiento de las clases permite al lector hacer un recorrido. Un recorrido que, inevitablemente, provoca resonancias. La minuciosidad de este trabajo conducirá de manera indefectible a que la exigencia necesaria, la finura en la clínica diferencial, deberá ser aún mayor. En una época de forclusión generalizada, el imperativo clínico parece ser: ¿por qué se trata de una neurosis? Es menester demostrarla.
Esto es –realmente–, una aventura. Es la oportunidad de sumergirse en los meandros de la obsesión para encontrar sus aspectos más irreductibles. El recorrido lógico al que nos invita Gil Caroz propone, definitivamente, la apertura de la fortificación. O digamos también, una invitación a despertar. ¡Buena lectura!
TOMÁS VERGER
Cuando el Hombre de las ratas, quien debe su nombre a la dura obsesión que lo atormentaba, llegó a Freud, le dijo que había leído “Psicopatología de la vida cotidiana” (1) y que había encontrado que la forma de pensar del autor de este trabajo se correspondía con la suya propia. Según Freud, esto indicaba que existe algo en el psicoanálisis que se corresponde con la obsesión.
Freud escribe en “Inhibición, síntoma y angustia” que “la neurosis obsesiva es por cierto el objeto más interesante y remunerativo de la indagación analítica…” (2) El estilo de hablar y escribir de Lacan no se corresponde de la misma forma con la obsesión, pero su enseñanza contiene innumerables referencias a ella y, finalmente, esta se apoya en el plus de gozar que caracteriza a la obsesión. Hablar del obsesivo es hablar del psicoanálisis y de la manera en que lee la angustia, la represión, la agotadora lucha entre la pulsión y el Yo, y todo el resto de los combates en los que el sujeto y su cuerpo son los campos de batalla.
¿Y el despertar? Quizás más que en cualquier otra estructura, el obsesivo sabe que lo que lo angustia de verdad no es la muerte sino la vida. Por esta razón, el obsesivo pone en cuestión su vitalidad: “¿Estoy vivo?, ¿todavía no? ¿Cuándo empezaré a vivir? ¿Quizás ya estoy muerto?” Por el contrario, el despertar hace referencia a la vida, un horizonte al que todo analizante aspira la mayor parte del tiempo y del cual, al mismo tiempo, no quiere saber nada. Horizonte que supone que se puede atravesar esta aventura que nosotros llamamos “vida” no sin saber algo, aunque sea mínimo, de la causa que la sostiene. Horizonte que promete que desde el momento en que se nos revela y acordamos que no hay alternativa sino vivir, es posible también intentar saber cómo vivir. Desarrollar un “saber hacer” con lo que hay.
Las primeras ocho clases del libro bajo el título “El obsesivo y su despertar” fueron dictadas entre octubre de 2017 y junio de 2018 en el marco de la enseñanza abierta de la Escuela de la Causa freudiana (ECF), Escuela de la Causa freudiana en París. Se publicaron en un principio en francés en la revista Quarto de la ECF desde el número 118 hasta el 122. La novena clase fue dictada el 9 de noviembre de 2020 en el marco de una actividad del Psychoanalyse voor Kring, la sociedad psicoanalítica de la New Lacanian School (NLS), en Flandria, Bélgica.
Agradezco a Zully Flomenbaum, Alejandra Loray, Kuky Mildiner, Sergio Myszkin, Tomás Piotto y Tomás Verger por su interés y por el trabajo de traducción que ha dado lugar a la publicación de este texto en español.
Gil Caroz
1 Freud, S., “Psicopatología de la vida cotidiana”, Obras completas, vol. VI, Buenos Aires, Amorrortu, 1992.
2 Freud, S., “Inhibición, síntoma y angustia”, Obras Completas, vol. XX, óp. cit., p. 136
Tengo el placer de dar el primer curso de la nueva enseñanza a cielo abierto de la Escuela de la Causa Freudiana, en el marco de las “Enseñanzas lacanianas en el Gran París”. (1) Se me confió por azar, en función de mi disponibilidad, el honor de iniciar el primer curso, lo cual me place.
El título que he elegido es “El obsesivo y su despertar”. A partir de hoy, les hablaré de esto durante ocho encuentros que se extenderán hasta el mes de junio. Para esta primera clase introductoria les propongo conocer al obsesivo. Comencemos con esta pregunta: ¿qué es un obsesivo?
Fenómenos y estructura
En primer lugar, debemos responder a esta pregunta abordando algunos elementos de estructura. Solo después podremos describir la fenomenología ligada a esta categoría clínica. La razón es simple: a nivel fenoménico, a nivel de lo que se observa, el caso de un obsesivo no nos da ninguna pista sobre el caso de otro obsesivo. He aquí lo que Jacques Lacan dijo: “es concebible que un obsesivo no pueda dar el más mínimo sentido al discurso de otro obsesivo”. (2)
Dicho de otra manera, en cuanto al sentido que el sujeto le da a su estructura no hay necesariamente puntos en común entre los casos de quienes forman parte de esta categoría clínica. Esto rápidamente plantea la siguiente pregunta: ¿cómo hablar de una categoría cuando se trata de sujetos que no comparten rasgos? Interpreto que Lacan lo indica a nivel fenomenológico. Sin embargo, en cuanto a la estructura, sí es posible encontrarlos.
Esta distinción entre los obsesivos, que subraya la necesidad de tomarlos uno por uno –como a cada sujeto–, tiene un gran alcance. A su vez, Lacan agrega que es a partir del hecho de que un obsesivo no enseña nada de otro obsesivo que comienzan las guerras de religión. (3) Esta observación no señala solamente la afinidad entre el obsesivo y la religión. En efecto, sabemos que los rituales del obsesivo adquieren muy a menudo la apariencia de rituales religiosos, aunque no se trate más que de una religión privada. Es una ceremonia que se repite.
Para quienes lo conocen, el Hombre de las ratas, (4) el gran caso de neurosis obsesiva desplegado por Sigmund Freud –que será retomado frecuentemente a lo largo de este curso– es, según Lacan, la Biblia en materia de obsesión. Es necesario conocerla y releerla varias veces para intentar comprender la estructura compleja de estas ceremonias, incluso para entender la lógica de este caso. A su vez, es necesaria toda la literatura psicoanalítica posterior al texto de Freud para descifrar esta locura obsesiva.
Esta observación de Lacan sobre la diferencia entre obsesivos nos permite ver qué es lo que provoca las guerras de religión; nos reenvía a una cierta autonomía del obsesivo que hace de él un sujeto cerrado sobre sí mismo y prisionero de sus creencias. El obsesivo, según Lacan, es una “fortificación al estilo Vauban”. (5) Se trata de una estructura robusta cuya arquitectura es muy compleja y cuyas defensas son extremadamente difíciles de desmontar. Podría decirse que son, incluso, impenetrables. (6) Es precisamente porque las defensas tienen estas características que he propuesto tratar la cuestión del despertar en el obsesivo.
La relación inmediata de la histérica con su inconsciente la vuelve viva y despierta tanto en sus manifestaciones como con su interpretación, este está allí, siempre próximo. Ella relata dos sueños por sesión, mientras que cada vez que el obsesivo relata un sueño ¡es una fiesta! Ocurre lo mismo en relación con los lapsus, en tanto que los banaliza pasándolos por alto y continúa su ruta sin reparar en ellos.
Las defensas del obsesivo instalan una muralla tal con respecto a su inconsciente, y el analista debe emplear una gran destreza para perturbarla. La astucia es evocada por Lacan en “La equivocación del sujeto supuesto saber”, (7) texto en el que nos dice que el inconsciente mismo es astuto. Esto tiene resonancias políticas, pero también clínicas. Lo compara con el dios de los filósofos que no engaña, que no falla, para quien dos más dos son cuatro. A nivel del inconsciente, sorprendentemente, dos más dos pueden ser cinco.
Un psicoanalista, por ende, debe conocer la astucia y poder emplearla con el obsesivo contra esta fortaleza tan sólida y difícil de abordar. También debe saber hacer de la buena manera para romper las murallas y, llegado el caso, utilizar el martillo para provocar un sacudón. Pero no vayan a hacerlo mañana con el primer obsesivo que reciban porque no lo verán más. A diferencia de una histérica que entra rápidamente en análisis –ya que las formaciones del inconsciente le resultan familiares–, en el caso de un obsesivo esto lleva tiempo. Sin embargo, una vez que entra, es difícil hacerlo salir. A veces pasan treinta años y aún no está terminado. Se trata de una estructura robusta.
El carácter
En el nivel del cuadro clínico, encontramos contradicciones extremas. A veces un mismo individuo obsesivo puede ser agresivo y amenazante, oblativo y generoso, como también puede ser abierto y prolijo, o cerrado sobre sí mismo y muy secreto. Pueden encontrar dos individuos llamados obsesivos, siendo uno de ellos charlatán y activo, y el otro dormido y casi muerto.
Hablaremos de la neurosis obsesiva no en tanto patología, sino como un rasgo de carácter. Esta personalidad, a menudo muy fuerte, hace difícil, a nivel fenomenológico, la distinción con respecto a la paranoia. Cuando se tiene una personalidad al estilo de una fortaleza de Vauban, aunque esté en la escena del mundo, el individuo puede sentirse perseguido. Por esta razón es que debe defenderse.
En esta clase trabajaremos sobre el tema del carácter del obsesivo y en la clase siguiente nos abocaremos al síntoma. Los invito a leer para la próxima “Inhibición, síntoma y angustia” (8) de Freud y el curso El partenaire-síntoma” (9) de Jacques-Alain Miller.
La elección de abordar primero el carácter del obsesivo más que su síntoma se corresponde con una realidad clínica. El obsesivo puede pasar gran parte de su vida, o incluso su vida entera, sin tener la menor idea de que podría vivir de otra forma. Realizar ciertos deseos y fantasmas, amar francamente aquí y ahora a aquel o aquella a quien ama secretamente, irse cada tanto de vacaciones, trabajar un poquito menos, contradecir a su patrón, ser un poco menos pedante con los otros y menos riguroso consigo mismo.
Pero en la medida en que una parte de su construcción no se desprenda de su fortaleza de Vauban, en la medida que no sienta que su pensamiento se impone como extranjero a su yo, que sus excesos agresivos no se correspondan a sus ideales, que las ceremonias y rituales que se encuentre obligado a realizar no se conviertan en una necesidad, en que no note que su culpabilidad es totalmente insensata y que ninguno de estos elementos está desligado de lo que llamamos su “personalidad” –y que esta le resulte extraña– no habrá para él un síntoma propiamente dicho ya que este estará incorporado a su yo. (10)
Algo adviene síntoma para él en el momento en el cual uno de estos elementos se desprende y se le impone sin pertenecerle. Es así como, en El mito individual del neurótico, Lacan califica de desencadenamiento el momento en el que el Hombre de las ratas escucha el tormento de las ratas. Esto lo conduce al analista luego de algunos rodeos. (11)
Hasta que ese desprendimiento del síntoma no haya tenido lugar, el sujeto se siente totalmente en conformidad con su yo, está convencido de que su forma de estar en el mundo es la correcta y está orgulloso de ella. “Por supuesto que es necesario ser riguroso, por supuesto que es necesario verificar tres veces si he cerrado bien el gas y desconectado la plancha. Son cosas que hay que repasar antes de salir de casa. Por supuesto que es necesario hacer bien las cuentas y no ceder en nada ante mi mujer, ya que ella se deja llevar por sus pequeñas locuras. Por supuesto que es necesario significantizar todo el goce sin dejar ningún resto. En suma, yo sé cómo hacerlo y sé hacerlo mejor que cualquier otro”. Si el obsesivo prefiere la masturbación antes que la vida con una pareja es porque nadie puede procurarle más placer que él mismo.
Lacan establece con una bella fórmula esta adoración del sujeto obsesivo por sí mismo que encuentra su fundamento en la relación que mantiene con su cuerpo: “El obsesivo es el que más lo sufre […]”. (12) Agrega que esta adoración es “como la rana que quiere volverse tan grande como el buey”. (13) Elijo el término adoración porque reenvía a una cierta relación religiosa del obsesivo con su cuerpo.
A nivel pulsional esta afinidad apasionada del obsesivo con su cuerpo y su yo da cuenta de su lazo a la mirada. De esto les hablaré en una próxima clase. De todos modos, cabe reparar en la indicación clínica que Lacan da, ya que “resulta particularmente difícil […] alejar al obsesivo del dominio de la mirada”. (14)
Esto no impide que con estas observaciones Lacan agujeree la fortaleza de Vauban. Lo lleva a cabo haciendo alusión a ciertas fragilidades en la construcción del sujeto obsesivo. Detrás del buey está la rana. La fábula de La Fontaine nos muestra la suerte reservada a una rana que quiere volverse tan grande como el buey. Dicho de otra manera, si el obsesivo está contento con la solidez de su yo, si se infla excesivamente, es porque nada quiere saber. Se trata de un no querer saber sobre la soledad y la angustia de las cuales sufre. Estas constituyen el precio a pagar por la fortaleza que él se ha construido.
Por otra parte, hay una indicación suplementaria con relación al despertar del obsesivo que nosotros tratamos de formular. Este despertar no es fácil de lograr y, sin duda, no es sin dolor para el sujeto. El dolor viene de la caída que existe entre “yo era un buey” y “me he convertido en una rana”. No es imposible, tenemos pruebas en nuestra escuela gracias a los obsesivos que han hecho el pase, que han logrado romper en algo esas murallas. (15)
Sobre el grafo del deseo
¿Cuál es la estructura común a todas las contradicciones que podemos constatar en el obsesivo? Les propongo exponerlas a partir de la tercera parte del Seminario 5 de Lacan cuyo título es “La dialéctica del deseo y de la demanda en la clínica y en la cura de las neurosis”. (16) Esta parte del seminario es comentada por J.-A. Miller hacia el final de un pequeño fascículo llamado …du nouveau!, (17) que constituye una introducción al Seminario 5.
Lacan construye en este Seminario lo que él denomina su “grafo del deseo”. No voy a presentar el grafo en su totalidad ya que no es el objeto de este curso. A la vez, Lacan dice en algún lado que este grafo no es para comprender sino para usarlo. Tomaré entonces una parte; me referiré únicamente a dos pisos del grafo y al espacio que los separa.
Comencemos por el primer piso, el piso inferior.
Este piso se constituye después del primer encuentro entre el viviente y el lenguaje, que tiene lugar cuando el primero se ve confrontado a su Otro primordial, a saber, la madre. Lacan habla en términos del encuentro entre la necesidad y el significante. La necesidad es un movimiento hacia el Otro. Este comienza en el grafo abajo a la derecha hasta el encuentro con la cadena significante que se produce en el Otro (A), continúa su recorrido y, après-coup, tiene lugar la producción de una significación, de un mensaje, en s(A), que constituye un significado del Otro.
Se trata del encuentro de la necesidad del sujeto, de un elemento del organismo, con el Otro como sede del tesoro de los significantes. La madre es aquí un concepto, ella representa este Otro, es a ella a quien el recién nacido dirige sus necesidades, su demanda. Se constituye así la primera relación del sujeto con su imagen en el espejo sobre el eje que se puede trazar entre i(a) y m. En aquel momento, el grito del recién nacido entra en la maquinaria del lenguaje del Otro para devenir, après-coup, una significación.
La idea implícita es que hay una adecuación posible entre el organismo y el Otro en tanto que Otro del lenguaje. Es decir que es posible expresar en palabras la totalidad de una necesidad corporal. Esto resuena con el sueño del obsesivo, tal como lo he evocado anteriormente, aquel de poder reabsorber la totalidad del goce bajo el significante. Es importante notar que cuando se vierte la necesidad en una palabra, se produce una demanda. Esta última es una demanda de un objeto concreto, un objeto que pueda satisfacer una necesidad.
Aquí se sitúa la raíz de la oblatividad, que no es únicamente una defensa del sujeto contra sus tendencias agresivas. La oblatividad parte de la idea de que todo puede explicarse, que todo puede arreglarse de forma pacífica haciendo uso de la palabra. Es la idea de que todo el goce podría ser absorbido por la palabra.
En el segundo piso, el piso superior, encontramos todo lo que, en el humano, reenvía a un más allá de la demanda de saciar una necesidad. Toda demanda, incluso la más concreta, es también una demanda de amor, hay una satisfacción ligada al hecho mismo de que algo le sea dado. Poco importa de qué se trate. Es el hecho del don en sí mismo lo que le procura una satisfacción. Es el mensaje emitido, por ejemplo, por el sujeto de la anorexia, que es una forma de demanda de amor absoluta dirigida al Otro que evacúa toda posibilidad de necesidad concreta a saciar. Si la anoréxica come, ella come nada. Reenvía así al Otro un mensaje en el que puede leerse que lo que cuenta para ella es solo el amor.
Si el objeto de la demanda en el primer piso está marcado por lo concreto, en el segundo piso, el objeto demandado –el amor–, es abstracto. Otra manera de distinguir los dos pisos consistiría en decir que el piso inferior es aquel del conocimiento, de un saber expuesto que se sitúa en el yo del sujeto, mientras que el segundo piso es el del inconsciente, es decir, del deseo como agujero, una x en el saber. Este pasaje de lo concreto a lo abstracto, o del conocimiento al inconsciente, está garantizado por la intervención del padre –en tanto el primer piso está dominado por la operación de la madre– y asegurado por la zona intermedia entre los dos pisos donde se sitúa el deseo. Es el deseo el que cava una falta en la adecuación absoluta entre la necesidad y el significante del primer piso.
Esta falta que se introduce en la demanda es una manifestación de que no todo puede decirse. En otros términos: no alcanza el significante para significar la necesidad en su totalidad. Hay una falta en el Otro, cuyo matema lacaniano es S(): el significante de la falta en el Otro. Ya deben pesquisar que esta inadecuación entre el significante y la necesidad –digamos también entre el significante y el goce– no deja de constituir una problemática para el obsesivo. Sabemos que su sueño es justamente poder conciliar estos dos elementos inconciliables.
Encontramos también en el segundo piso del grafo, la castración. Esta nos reenvía a lo que viene al lugar de esta falta en el Otro. Se trata aquí del falo, en tanto es el significante cuyo significado es la parte indecible de la necesidad. Esta, cuando es situada en el Otro del significante, indica que hay del deseo. Es importante porque en el obsesivo el falo está por todos lados, es de alguna manera una suerte de caballo de Troya que instala el deseo y el goce en el campo del Otro simbólico como significante.
El deseo no tiene un lugar natural en lo simbólico porque lo simbólico no tiene vida. Sin el falo, el deseo no habría encontrado su lugar, en otras palabras, es, al mismo tiempo, un significante extranjero en el Otro simbólico. El falo como significante del deseo tiene una relación con la castración –menos phi (-φ)–, que agujerea al Otro simbólico produciendo en él una falta, de manera tal, que el Otro se encuentra dividido. Esto es lo que expresa la barra que aparece sobre A, A barrado (). Distingo así el deseo (d) como función que agujerea la demanda y se encuentra entre los dos pisos, y el falo, significante del deseo que constituye una indicación en el Otro simbólico de que hay del deseo.
Estos dos pisos y el deseo que se encuentra entre ellos, son del orden de un paradigma. Es la estructura de base en tanto que esta puede servirnos para la lectura de todas las demás. Digamos que cada estructura psíquica se constituye como un modo de relación a este modelo paradigmático. Retomo los significantes incluidos en este paradigma que van a servirnos para describir las particularidades de los mecanismos obsesivos: demanda, amor –pero también, odio e ignorancia–, deseo, el Otro como lugar del significante, el falo como significante del deseo y el Otro barrado
La demanda como objeto
Como mencioné más arriba, el sueño del obsesivo de poder reabsorber todo el goce bajo lo simbólico se sitúa en el piso de la demanda. La vida podría ser simple para él si nos quedáramos ahí. Sin embargo, una vez que el obsesivo se monta en la escena del mundo como un sujeto que tiene también un lazo al Otro y a la demanda de amor, las cosas se complican.
En efecto, todo en la estructura del obsesivo depende de su lazo a la demanda ( ◊ D). La relación del obsesivo a ella, destacada por Lacan, tiene vinculación con la zona erógena y el objeto anal a los cuales el sujeto está fijado, según Freud, desde su tierna infancia. La pulsión anal opera en torno a la cuestión de la demanda y el don. Es la madre quien demanda al niño que retenga a los fines de darle el objeto que deviene regalo. Toda esta relación magnífica con la madre da lugar en el obsesivo a sus mociones (18) contradictorias.
Por una parte, retiene el objeto, por ejemplo, guardando para sí el odio y la cólera a partir de una falsa calma y, por otra, puede “explotar” con una agresividad descontrolada e incontrolable cuando las pequeñas clavijas no entren en los agujeritos. (19) Si no, puede también emprender una revolución. Es el sujeto que al despertar se dice: “Hoy no diré una palabra en la reunión”. Intenta no decir nada y, en determinado momento, alguien aprieta el botón y él explota.
J.-A. Miller lo resume de la siguiente manera: la demanda es el objeto del obsesivo. Allí donde la histérica se hace desear por el Otro, el obsesivo se hace demandar. El deseo de la histérica es un deseo de deseo y no un deseo de objeto. Es así que ella sostiene el enigma del deseo, la x del deseo. Por el contrario, el deseo del obsesivo es un deseo de objeto que colorea el modo de su relación al otro ( ◊ a) con una tonalidad sádica. Hace surgir la demanda en el otro para responder con el rechazo.
A su vez, no plantea al otro su demanda para evitar la confrontación con el rechazo de esta. Este pattern tiene toda su importancia en la vida amorosa del sujeto, pero también, en la vida cotidiana. De esta manera, el obsesivo circulará en una ciudad extranjera y llevará un plano ante posibles eventualidades. Evitará siempre preguntar al otro su camino, ya que supondrá que el otro no tiene tiempo para responder o que será poco amable. La gran salvación de los obsesivos es, evidentemente, el GPS.
Contra el deseo
Siendo la demanda el objeto del obsesivo, se trata para él de evitar el surgimiento del deseo que aseguraría el acceso al segundo piso. No lo logrará del todo, pero hace el intento, se bate contra el deseo en tanto que este está en el Otro, designado por el significante del deseo. De hecho, hace todo lo posible para apagar e incluso destruir este deseo en el Otro.
Es una verdadera guerra que tiene con el deseo del Otro y a veces el analista puede sentirlo. El sujeto no habla, permanece largos momentos en silencio. Cuando habla hace un gran esfuerzo por hacer a un lado toda manifestación del inconsciente. Cuando esta surge, a pesar de sus esfuerzos por sofocarla, minimiza e incluso anula su alcance. Los obsesivos en análisis son muy serios. Hacen un gran esfuerzo para que el mismo tenga éxito.
Esto puede, en algunas ocasiones, lograrse. Pero no gracias a sus esfuerzos, sino más bien a pesar de ellos. Si el analista se muestra demasiado vivo, el obsesivo puede responder de manera muy agresiva. El deseo del analista consiste, en este caso, justamente en soportar, en no dejarse atrapar. Pero esto no está dado de antemano. Si el analista se equivoca, si es demasiado insistente, el analizante puede decir, después de haber cerrado la puerta, que no volverá. Y, efectivamente, no volver.
Si este aspecto de las cosas da al obsesivo la apariencia de un guerrero, se trata de un guerrero particular. Si nos atenemos a la fórmula de Lacan según la cual “el deseo es el deseo del Otro”, una vez que el obsesivo ha vencido, una vez que ha ganado la guerra, al mismo tiempo la pierde. Con la extinción del deseo del Otro, es su propio deseo el que se destruye. El sujeto obsesivo está entonces mortificado y esto tiene relación con la versión apagada del obsesivo –en contraste con el obsesivo exaltado– en cuanto a sus estados de angustia y trance.
Esta destrucción del deseo por parte del obsesivo opera a través de la demanda, que es un arma contra el deseo porque lo hace estallar. Es lo que Lacan demuestra con el ejemplo del niño que pide sin cesar, y con insistencia, una pequeña caja. (20) La carga agresiva que coloca en su pedido implica un ataque frontal contra el deseo del Otro, que proviene del hecho que el sujeto espera que su demanda sea rechazada. Este rasgo está a menudo presente en lo que el obsesivo dirige al Otro como demanda o deseo.
La demanda está siempre articulada en él a un rechazo anticipado, mientras que el deseo está siempre articulado a una interdicción. En suma, en cuanto al niño que pide la pequeña caja, no se trata de una demanda, sino de una exigencia que cansa al Otro, que lo acosa. El deseo no está motivado por un objeto concreto, sino por una falta que viene al lugar del objeto. De esta manera, la demanda, al instalar un objeto concreto en este sitio, (21) tapona la falta de la que el deseo depende. Por lo tanto, una vez que el sujeto ha obtenido lo que pide al Otro, pierde todo el interés por lo que ha conseguido y se encuentra en una situación embarazosa e incluso desorientado. Él ya no sabe por qué ha querido lo que ha conseguido.
Esto lo vemos en los mujeriegos que seducen mujeres en serie, al infinito. En cada conquista, este tipo de obsesivo reduce a la mujer conquistada a un objeto desecho. Es allí que hace aparecer en el horizonte otra mujer fálica que inviste de la libido necesaria para volverla apta y ubicarla en el lugar del nuevo objetivo a conquistar. Cuando nos referimos a mujer fálica no se trata de una mujer que tenga un pene y que, por ende, sea masculina. Se trata de una mujer que adquiere el valor de significante del deseo. Es precisamente por esto que el sujeto intenta conquistarla a los fines de matar el deseo que ella suscita.
Otro matiz del sendero de destrucción del deseo del Otro es la tentativa del obsesivo de tener un dominio sobre la libertad del Otro. Esto se da en tanto que la x del deseo abre a una libertad de elección. Una vez que él ha obtenido de su partenaire una declaración de sumisión, una vez que la mujer le ha prometido fidelidad ofreciéndole su libertad, el obsesivo deviene celoso. Él sueña poder reducir el deseo del Otro a cero y sabe que eso no es posible.
De repente, y J.-A. Miller lo destaca, (22) él se pregunta por dónde pasa la libertad del deseo del Otro. Esta debe estar en alguna parte. Sin dudas, su partenaire goza de su libertad a escondidas, y, por ende, el sujeto goza de sus celos, no se trata de los celos en espejo, de la proyección que consiste en ser celoso del otro porque se es infiel a sí mismo. Es un malestar que proviene del fracaso de reducir el deseo del Otro a cero.
Si el sujeto llegara realmente a destruir el deseo que da acceso al piso superior, no sería neurótico. El espacio entre estas dos líneas, la superior y la inferior, asegura lo que llamamos la división del sujeto. Es allí que encontramos la raíz de la división en la vida amorosa masculina, Freud aborda este punto en uno de sus textos. (23) La escisión radica entre la mujer del amor asociada a la madre y la mujer del deseo, mujer degradada, menospreciada y asociada a una prostituta.
Estas dos figuras del objeto desdoblado están presentes en el caso paradigmático de neurosis obsesiva de el Hombre de las ratas. Este desdoblamiento se presenta bajo la forma de la “mujer rica” y la “mujer pobre” tanto en él como en su padre. Es lo que encontramos en toda ambivalencia del neurótico obsesivo: se balancea de un extremo a otro sobre varios ejes. Puede ser agresivo y tierno, avaro y generoso, severo y gracioso. Es en la guerra que él libra contra el deseo que, en caso de reducirlo a cero, deja intacto su lugar. En otros términos, se trata del espacio que separa las dos líneas del grafo. Este espacio conserva la división. Cuando el humano no está dividido, es loco, nos recuerda Lacan.
A lo largo de toda esta descripción, tiene lugar un deslizamiento. Es tiempo de poner las cosas en su lugar. La lucha del obsesivo ataca al deseo del Otro en tanto que se trata del Otro simbólico, lugar del significante que incluye el deseo. Pero en los ejemplos que doy, a saber, el partenaire amoroso, el adversario, los progenitores del pequeño niño que exige la caja, ellos constituyen un pequeño otro, un semejante. El obsesivo ataca al deseo del gran Otro, pero solapa este deseo del Otro bajo el pequeño otro. A este último lo encuentra en su camino y entabla con él una relación en espejo con un cariz siempre agresivo, propio de la relación a-a’.
La operación que consiste en solapar al gran Otro bajo el pequeño otro es una especialidad obsesiva. Esta equivale a la que implica proyectar el deseo bajo la demanda, mortificando así al primero. Y es la misma que se evidencia cuando se quiere solapar la relación del dúo psicoanalítico al dúo psicoterapéutico, proyección acorde a nuestros tiempos. En efecto, Lacan sitúa sobre la línea superior, la transferencia como un amor articulado al deseo de saber.
Mientras que, por otro lado, asocia la línea inferior a la sugestión en tanto que se encuentra articulada a la demanda. El obsesivo, cuando se sumerge en la pasión de la ignorancia en relación al inconsciente y al deseo, tiene tendencia a solapar la transferencia bajo la sugestión. Llega a la sesión, le damos la palabra y nos dice: “De acuerdo, ¿no tendría usted un pequeño consejo para darme?” Es esquivo para tomar la palabra y lo esconde bajo una demanda de sugestión. Su trabajo consiste en separar el deseo del Otro en el cual él está incluido. J.-A. Miller llama a esto el algoritmo del automatismo burocrático del obsesivo.
d(A)] ⇒ [d//A] (antinomia entre el deseo y el Otro)
⇒ [d//A0] ⇒ (reducción del Otro a cero)
⇒ [d0//A0] (reducción del deseo a cero)
En otras palabras, cuando el deseo se separa del Otro, éste pasa a ser simbólico puro, sin vida, sin cuerpo, (A0). En consecuencia, también el deseo queda sin vida, d0, porque sin deseo del Otro, no hay deseo. El obsesivo es un burocrático ya que tiende a reemplazar el deseo por procedimientos automáticos, a fin de reducir todo lo posible la aparición de cualquier signo de vida. La siguiente escena podría servir como ejemplo: “No venga a contarme su deseo. Estamos aquí en la comisaría, explíqueme lo que pasó, no quiero escuchar su enunciación, su conmoción”.
Culpabilidad
Si el obsesivo anula el deseo del Otro y, por lo tanto, su propio deseo, ¿por qué se siente tan culpable? Hubiéramos esperado que el sujeto esté más propenso a la culpa cuando anhela algo. Esta pregunta planteada por Lacan resuena con la paradoja del superyó ya reparada y formulada por Freud. El superyó es el resultado de una economía de goce. Una vez que el sujeto comienza a obedecer a las exigencias del superyó, goza menos del lado del yo. Sin embargo, el goce no es anulado. Este no puede reducirse a cero. Se desplaza para simplemente situarse del lado del superyó.
Es así que el superyó gozador deviene aún más feroz en sus exigencias. En otras palabras, mientras más obedecemos a las exigencias morales del superyó, más culpables nos sentimos. (24) Lacan, en una demostración más lógica y estructural, explica las cosas de manera un poco desfasada, pero que se aúnan finalmente a la explicación de Freud. La culpabilidad no tiene nada que ver con la ley o la prohibición. La interdicción no toca en nada al deseo como tal. Es una operación de negación como la famosa frase “no es mi madre”. (25) Esto no anula el deseo, pero lo marca con un signo negativo.
- (Deseo)
La culpabilidad, según Lacan, (26) sobreviene cuando la demanda es percibida como prohibida en tanto que ella mata el deseo. Lo comprendemos si nos referimos a lo que dirá en su seminario sobre la ética, (27) a saber, la única cosa de la cual nos sentimos culpables es de haber cedido ante nuestro deseo. En el obsesivo no se trata de ceder ante su deseo, sino de atacarlo. Si por la demanda –demanda de muerte–, obtiene una reducción del deseo a cero, en el asesinato del deseo, en ese momento sobreviene la culpabilidad. Esta no es efecto de una transgresión de la ley, sino que es el efecto mismo de la mortificación del deseo por la demanda. Es así que el Hombre de las ratas llega a pensarse un “gran criminal”, cuestión que Freud confirma con su interpretación.
La demanda de reconocimiento
Esta nos conduce a hablar de las tendencias del obsesivo a realizar proezas que podrán tener lugar tanto en la adversidad con el otro como en la performance sostenida por su yo ideal. Se pueden encontrar sujetos obsesivos que, por el contrario, no logren su felicidad más que en el dormir. En el obsesivo dormido, el hecho de estar siempre cansado puede hacer síntoma y conducirlo al análisis. Sin embargo, las hazañas del obsesivo, cuando las hay, están siempre marcadas por la división entre demanda y deseo que se instala en el Otro y, por lo tanto, en el sujeto. Esta división delinea los límites y contornos de la misma.
Si el obsesivo se mata para alcanzar grandes proyectos y realizarlos a la perfección es para hacerse observar por el Otro. De hecho, se trata de una demanda de reconocimiento camuflada: “Trabajo bien y hago lo que hago porque soy un hombre de bien”. Sin embargo, detrás de esta posición de trabajador humilde, se esconde una demanda de reconocimiento gigantesca imposible de saciar. Como lo dice un adagio popular: “Cuando no se pide dinero a cambio de un servicio dado, lo que se quiere realmente es recibir oro”. El obsesivo no se va nunca de vacaciones porque si se mata trabajando, no es para ganarse el derecho a descansar, sino por su necesidad de reconocimiento. Si se bate en duelo con un adversario, este pequeño otro con el que se enfrenta le importa menos que el tercero a quien dirige –sin palabras– una demanda de reconocimiento insaciable.
