El paro como teoría - Alejandra Azuero - E-Book

El paro como teoría E-Book

Alejandra Azuero

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Beschreibung

El paro nacional colombiano comenzó el 28 de abril de 2021 como reacción en contra de la controversial reforma fiscal impulsada por el gobierno en medio de la pandemia. Si bien el estallido social comenzó y terminó ese mismo año, la fuerza histórica del evento fue más allá, poniendo en marcha formas de experimentación estética, política y de sentido que aún no terminan. Alejandra Azuero Quijano propone pensar el paro como un estallido epistémico, un acontecimiento que articula historias y ritmos de tiempo que permiten repensar el pasado para entender y actualizar el presente. A partir de repertorios de resistencia e interrupción, el paro nacional reorganiza las coordenadas con las que se entiende, imagina, percibe y representa la política colombiana y, por extensión, la realidad política y social de América Latina y el Caribe. Estamos frente a un acontecimiento que tiene la capacidad de cambiarlo todo: la política, las condiciones sensibles y los modos del saber. Por eso mismo, el paro también llama a poner en marcha otras formas de narrar, de pensar y de representar su historia.

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Seitenzahl: 201

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Alejandra Azuero Quijano

El paro como teoría

Historia del presente y estallido en Colombia

Diseño de la cubierta: Toni Cabré

Ilustraciones de cubierta e interior: José Ruiz Díaz, La historia se escribe en Futura

Edición digital: José Toribio Barba

© 2023, Alejandra Azuero Quijano

© 2023, Herder Editorial, S.L., Barcelona

ISBN EPUB: 978-84-254-4824-9

1.º edición digital, 2023

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com)

Índice

EL PARO COMO ESTALLIDO

I. PODER CONTRAFORENSE

II. EL PARO COMO CRUCE

III. LAS DOS ALCALDESAS

IV. EL PARO COMO ARCHIPIÉLAGO

V. LA PRESIDENTA NEGRA

INTERRUPCIÓN

Este libro es para la primera, la segunda y todas las líneas de lucha que pusieron en marcha el paro nacional.

El paro como estallido

I

El paro nacional de 2021 tiene más de un comienzo. El más conocido es el del 28 de abril de 2021, cuando la huelga nacional comenzó formalmente como respuesta ciudadana a la impopular reforma tributaria impulsada desde el despacho del ministro de Hacienda de Colombia, Alberto Carrasquilla.1 El ministro, una de las caras más conocidas de la tecnocracia neoliberal que ha tenido a su cargo la política económica de la nación en las últimas décadas, se convirtió en el foco de un estallido social convocado por las fuerzas sindicales del país en contra de la reforma fiscal. La reforma, que fue percibida como regresiva por múltiples sectores sociales, era una reforma que no avanzaba en justicia tributaria para los colombianos de clases media y baja, mientras mantenía intactas las exenciones fiscales para el 1% más rico del país.2 Pero además, la reforma también fue asociada con el uso abusivo que hizo el presidente del poder de excepción durante la pandemia al tiempo que su gobierno se rehusaba a atender la intensificación de la precarización económica y social que trajo consigo el COVID-19.3 El paro comenzó como un grito público en contra de una reforma fiscal y semanas después la caída del ministro Carrasquilla sería vivida como uno de los momentos de mayor júbilo en las calles de la ciudad. Sin embargo, ya para ese momento el paro se había convertido en algo más que una huelga en contra del alza de impuestos.4

El paro nacional de 2021 también comienza en septiembre de 2020 en Bogotá, durante las protestas que se tomaron la ciudad tras el asesinato del abogado Javier Ordóñez a manos de la policía. Las imágenes de la muerte violenta de Ordóñez, que fue filmada por múltiples testigos que captaron el momento en que fue atacado con una TASER, fueron el detonante de protestas incendiarias a lo largo y ancho de la ciudad. La muerte de Ordóñez a manos del aparato de seguridad del Estado trajo consigo un estallido en contra de la violencia policial en Bogotá. Las imágenes que vimos de ese momento en televisión eran también reminiscencias del asesinato de George Floyd, quien de manera similar a Ordónez había sido asesinado en 2020 en medio de la calle por un oficial de policía de Mineápolis. El asesinato de Floyd, que fue filmado por una adolescente con su teléfono móvil, catalizaría protestas en más de cincuenta ciudades de Estados Unidos y movilizaría masas desde México hasta Hungría contribuyendo a la consolidación de un lenguaje global de protesta en el que la infraestructura de las ciudades se convertía en un espacio en el que hacer legible lo insoportable de la violencia policial.5

Las protestas del 9, 10 y 11 de septiembre de 2020 tras el asesinato de Ordóñez y la violenta respuesta de la policía produjeron un encuentro terriblemente asimétrico entre jóvenes empobrecidos de Bogotá, enfurecidos y con miedo y una fuerza policial fuera de control.6 Sin embargo, mientras los medios de comunicación masiva se centraban en los ataques contra la infraestructura y el personal de la Policía Metropolitana de Bogotá, en las calles la violencia policial se convirtió, literalmente, en una masacre.7 Las políticas de encierro decretadas por el Estado durante la pandemia también contribuyeron a esta fenomenología desigual de cuerpos enfrentados en la calle que vimos por televisión. La rabia y el enardecimiento tenían legítimo fundamento: además de haber causado la muerte de Ordóñez, la policía representaba de manera directa el control sobre los cuerpos durante la pandemia en un país que mantuvo una de las cuarentenas más largas del mundo.8 La física de los cuerpos encerrados y aislados contribuyó a la concentración de energía social que, una vez en la calle, estalló en un enfrentamiento abierto y letal entre el poder de la policía y el de los manifestantes.9 En las calles, hombres y mujeres jóvenes de sectores populares de la ciudad se manifestaban contra múltiples y entrelazados autoritarismos —la de ellos era una respuesta encarnada frente a modos y ritmos de encierro sin precedentes que se amalgamó con la opresión cotidiana de vivir en una sociedad tragicamente de­sigual—. Y a pesar de que el miedo al contagio fue un determinante que limitó la duración y escala de las protestas de septiembre, de manera indirecta la pandemia contribuyó a descentralizar y atomizar la revuelta popular, sacándola de las grandes plazas del centro de la ciudad y llevándola a los barrios del sur y el oeste de Bogotá, inaugurando una trayectoria de protesta que se repetiría durante el paro de 2021.10

El paro nacional de 2021 también comienza el 21 de noviembre de 2019 —el #21N—, durante las movilizaciones multitudinarias convocadas por centrales obreras a las que se unieron también grupos sindicales, profesores y estudiantes aglutinados en el «Comité Nacional del Paro». En medio de diversas demandas que incluían la protección de múltiples formas de vida —desde los páramos hasta los estudiantes— y la denuncia de un sinnúmero de promesas estatales incumplidas, también se le exigió al Presidente Duque que retirase su primer intento de reforma tributaria. Además, el Comité del 21N exigía el cumplimiento de los acuerdos de paz, así como los acuerdos del gobierno de Duque con estudiantes, líderes sociales, indígenas y trabajadores que habían sido pactados pero no fueron honrados.

Fue durante el 21N que, mientras en las calles se pedía el desmantelamiento del escuadrón antimotines de la Policía Nacional (ESMAD), la policía asesinó a Dilan Cruz durante las protestas. La muerte de Dilan, un estudiante de dieciocho años, se convertiría en un evento catalizador de esa protesta y de las que estaban por venir.

Al 21N parecía no poder detenerlo nada. Sin embargo, el cambio de ritmo que trajo consigo la llegada de diciembre y las fiestas de Navidad, así como el posterior encierro por decreto a raíz del COVID-19, lograron apagarlo. Y cuando las marchas fueron convocadas de nuevo a principios de 2020 el mundo había cambiado casi que de repente. La marcha citada por el Comité del Paro para el 21 de marzo nunca llegó a la plaza de Bolívar; pues ya para entonces se había instalado la cuarentena. La energía de los cuerpos deseosos de volver a la calle se replegaría hasta el asesinato de Javier Ordóñez.

Pero el 21N, y en ese sentido el paro nacional de 2021, tampoco fue solo nuestro. Su pulso fue también el de otras latitudes y pulsiones políticas en amalgamiento. El paro de 2019 arranca en Colombia tan solo semanas después de que masas de estudiantes en Santiago de Chile se convirtieran en el interruptor de una masiva revuelta popular al saltar los torniquetes de las estaciones de metro en protesta contra la subida de las tarifas del transporte público.11 Un salto que dieron ellos primero y que luego también daría el pueblo chileno. Un estallido popular sin precedentes en la historia de Chile que llevaría a la elección de una asamblea nacional constituyente, la primera de este tipo que es el resultado de un proceso popular y democrático en la historia de ese país. En parte por esa alineación temporal, así como por los ecos que entrelazan las luchas sociales colombianas con las chilenas, durante el 21N el estallido chileno se convertiría en uno de los referentes principales, no solo en cuanto a modos de organización juvenil y formas de protesta, sino también como un referente de esperanza radical y espejo a través del cual podíamos imaginarnos nosotros mismos.12

El paro nacional de 2021 también comienza un año antes, en 2018, durante el primer paro nacional estudiantil en contra del Gobierno de Iván Duque. El paro nacional universitario en respuesta a la crisis de financiación de la universidad pública fue una prueba de fuego para el movimiento nacional de estudiantes de educación superior, a partir del cual surgieron y se consolidaron nuevos e importantes liderazgos estudiantiles que se mantendrían en el tiempo. Pero además, este paro es en sí mismo un antecedente importante para el estallido chileno de 2019 que permite trazar una relación más que causal, pues apunta al entrelazamiento de movilizaciones en Colombia y en el resto de Sudamérica en contra del neoliberalismo y de las políticas de austeridad de los gobiernos de la región.13

Finalmente, el paro nacional de 2021 comienza en el Pacífico colombiano, concretamente en la ciudad portuaria de Buenaventura, durante el paro cívico de 2017. Los veintidós días del paro de Buenaventura marcaron un hito para la protesta negra en el Pacífico de Colombia, justamente una de las regiones que darían la victoria electoral a la izquierda en la campaña por la presidencia cinco años después.14 El de Buenaventura fue un paro que elevó la voz popular urbana, joven y afrodescendiente, en contra del abandono, del olvido y de los acuerdos incumplidos por el Estado, así como del atraso como una forma de sometimiento de la que el Gobierno —y no el pueblo— era responsable.15 Como escribo en uno de los capítulos de este libro, el paro de Buenaventura es parte de un archipiélago de ritmos de tiempo y resistencias negras que se conecta con el suroriente de Cali, aquel sector históricamente negro de la ciudad al que desde mediados del siglo XX han llegado múltiples olas de migrantes afrocolombianos, muchos desplazados de manera violenta de sus tierras y otros buscando oportunidades de supervivencia en una ciudad que de manera repetitiva les ha dado la espalda.16 A este archipiélago de resistencias, protestas y articulaciones comunitarias en los márgenes de la nación se sumarían en Siloé y en Agua Blanca, dos barrios negros de Cali, varias de las prácticas que llegarían a ser conocidas como la «primera línea» del paro nacional de 2021.17

Uno de los argumentos centrales de este libro es que el paro nacional es un evento que no comienza el 28 de abril ni termina cuando amainan las protestas en las calles de las ciudades y las vías de Colombia meses después. Si bien, en sentido estricto, el paro comienza y termina en 2021, su potencia —su fuerza histórica— excede la lógica del evento y por tanto no tiene un solo inicio ni un solo fin.18 Esto también se ve reflejado en la manera en que la protesta se expande y encuentra epicentros inesperados lejos de las plazas del centro de las ciudades y de otros lugares donde tradicionalmente ha acontecido la protesta de masas en Colombia. El paro se extendió hacia los barrios periféricos de las ciudades, las estaciones de los medios de transporte masivo, a los peajes y puestos de control de tránsito en medio de carreteras regionales y zonas rurales y se tomó las universidades públicas, los parques, los resguardos indígenas, las plazas de mercado y los altos edificios desde donde la gente hizo sonar ollas y cacerolas en una cacofonía producida a través de ventanas abiertas.

El paro nacional constituye un momento de articulación de fuerzas y ritmos de tiempo que son el resultado de múltiples trayectorias de descontento popular y reacciones de masa. Al mismo tiempo, cada una de estas trayectorias de acción popular pone de manifiesto procesos históricos que preceden y exceden el evento en sí mismo. En este sentido, propongo pensar el paro como una coyuntura, usando el término como lo hace el pensador jamaicano Stuart Hall siguiendo a Antonio Gramsci,19 es decir, como el punto de amalgamiento y articulación de procesos históricos de largo aliento y contingencias que nos permite repensar la historia para entender y actualizar el presente.

Los cinco capítulos del Paro como teoría fueron escritos en el transcurso de poco más de un año entre el inicio del paro, a finales de abril, y las elecciones presidenciales de 2022. Sin embargo, los capítulos articulan varios ritmos de tiempo, reflejando así lo que se describe a lo largo del libro como distintas temporalidades del paro nacional. Por un lado, como decía antes, el paro produce un ritmo de tiempo que lo excede, es decir, se trata de un momento «destituyente» que en cierta forma comienza pero aún no termina.20 Esta manera de entender el paro también nos permite apreciarlo más allá de la lógica del evento como un modo de producción de sentidos comunes, políticos y estéticos cuya duración es, o más bien puede ser, indefinida. Y precisamente por esta razón es por lo que los efectos del paro no pueden ser analizados y medidos exclusivamente a través de formas de conocimiento y representación convencionales, sino que su análisis requiere dar cuenta de los ritmos de aguante, resistencia, registro, cuidado y ayuda mutua a través de los cuales aquello que el paro puso en marcha se mantiene en el tiempo.21 Estos ensayos, a fuerza de girar sobre el paro como coyuntura, exploran la manera en que el evento comienza a apagarse al tiempo que aumenta vertiginosamente su densidad, es decir, su potencia para actualizar el presente.

II

El paro como teoría propone un análisis de la huelga de 2021 como un evento coyuntural que reorganiza de manera fundamental las coordenadas a través de las cuales entendemos, imaginamos, percibimos y representamos el campo de lo político en Colombia. Precisamente esta cualidad, esa potencia del paro nacional para desorientar y reorientar la política, para «cambiarlo todo», es lo que conceptualizo como un «estallido». El término, que hace referencia a un objeto que se rompe con estrépito causando un ruido extraordinario, es un concepto que nos ubica de inmediato en el plano de los sentidos y de los cuerpos, en concreto en el ruido que hace un objeto al caer o salir volando en pedazos y los efectos de ese proceso, que también evocan una experiencia de choque. El estallido es, por tanto, una experiencia encarnada y perceptual de gran intensidad que, por definición, también es propia de los cuerpos y de su física. Además, en el plano de la acción social, un estallido tiene la capacidad de cambiarlo todo: la política, las condiciones sensibles, los modos de saber… El estallido social es un fenómeno político, estético y epistémico que comienza en la calle y que se toma los cuerpos individuales y colectivos. Su potencia —simultáneamente desorientadora y reorientadora— es aquello de lo que se ocupa este libro.

En línea con esta proposición, los objetos que estallan en estos ensayos no son solo de orden físico, sino que también se trata de objetos de conocimiento (saberes, teorías, formas) que caen, se rompen y que, al hacerlo, se transforman (y nos transforman). Precisamente por su capacidad para reorganizar las coordenadas de sentido de la política, el análisis del paro como estallido nos obliga a poner en marcha otras formas de narrar, pensar y representar la historia (tanto la del paro como la de la nación). Esto incluye, por supuesto, encontrarnos de frente con la dificultad de articular los marcos de sentido, vocabularios, repertorios discursivos y gramáticas que hagan justicia a su potencia. Es justamente en ese sentido que el paro constituye un estallido epistémico.

En el centro del horizonte político que pone en marcha el paro está la «primera línea», un modo de articular y reimaginar el «frente» de batalla de los discursos militaristas que lo reemplaza por un modelo de autogestión y protección popular de la vida frente a las políticas de la muerte.22 En Colombia, la primera línea del paro la constituyeron en su mayoría grupos de jóvenes, generalmente empobrecidos o excluidos de la economía formal, así como de los sistemas de endeudamiento que actualmente permiten acceder a la educación.23 Fueron ellas y ellos —a quienes la vicepresidenta de Colombia, Francia Márquez, bautizó como los nadie— quienes asumieron como propia la labor de proteger a los manifestantes de la violencia estatal y paraestatal.24 Con la cara cubierta, para evitar ser perseguidos, y armados con escudos de latón, cascos, gafas de plástico y otras formas improvisadas de protección del cuerpo, los nadie se organizaron alrededor de puntos urbanos de resistencia y crearon y sostuvieron espacios para la autogestión y el cuidado colectivo, que iban desde cocinas comunitarias hasta procesos de educación popular. Sin embargo, a pesar de su poder simbólico, ético y político, la primera línea puso de manifiesto la relación de asimetría radical entre las fuerzas de seguridad del Estado y la ciudadanía que protestaba.25 La violencia del Estado contra los cuerpos convirtió el paro en un escabroso escenario de estallido contra los cuerpos.

En efecto, los cuerpos también estallaron, y no solo en tanto masas de manifestantes disipadas por la fuerza por medio de gases, manguerazos y aturdidoras, entre otros instrumentos militares y policiales, sino como cuerpos de carne y hueso que fueron mutilados, discapacitados, violados, asesinados y desaparecidos.26 Y es precisamente en este contexto en el que el asesinato de Dilan Cruz se convertiría en el cruel paradigma del paro como estallido encarnado —en su sentido más literal.27

Por todo esto, pero en particular por la distancia paradójica entre el esfuerzo por narrar y pensar el paro y las demandas radicales a las que el paro da voz, es necesario nombrar la manera en que el proyecto de este libro, como método y como objeto que resulta del estallido, pone en marcha una contradicción imposible de resolver. El saber del paro no es precisamente el saber de la Teoría, con «T» mayúscula, ese dominio epistémico reservado para las formas de conocimiento validadas por una jerarquía racializada, sexuada y eurocéntrica. En otras palabras, el paro como teoría, el paro como saberes producidos por la primera, la segunda y las demás líneas de lucha popular en medio de la protesta, está en tensión con el proyecto mismo del libro y, más aún, con la idea de teoría como una forma de atender el llamado radical de justicia y las temporalidades de lucha que el paro puso en marcha. Por ello, el libro existe en los márgenes del estallido. Es el tipo de quehacer que puedo reclamar como propio y desde el que produzco una intervención: una serie de escenas —de momentos— a partir de las cuales se abre la posibilidad de investigar la potencia del paro más allá de su duración en el tiempo.28

III

A pesar de que hay un inequívoco sentimiento de urgencia que anima estos ensayos, concretamente la urgencia histórica y política de encontrar maneras de pensar y de narrar el paro nacional, sería impreciso describir El paro como teoría como un libro de «actualidad» o como una «crónica» del paro nacional. De hecho, a pesar de que no ha sido del todo voluntario, la relación del libro con el tiempo del paro y con el paro como evento no está del todo alineada, es decir, está fuera del tiempo estricto del paro. El libro está, si se quiere, descoyuntado. Sin embargo, en lugar de pensar esta desalineación entre el tiempo del evento y la historia del evento como si se tratara de un obstáculo, estos ensayos proponen entender la historia del paro en términos del problema del «tiempo descoyuntado» (time out of joint), y más concretamente el tiempo descoyuntado del paro nacional.29

Un argumento implícito en estos ensayos es que más que un obstáculo por superar, el tiempo «descoyuntado» es parte de una condición histórica que constantemente silenciamos o reinterpretamos como un defecto social latinoamericano y caribeño. Se trata de una condición que experimentamos como el estrechamiento de los horizontes políticos posibles, y que vivimos con particular intensidad en las sociedades poscoloniales de América Latina y el Caribe tras el fin de la Guerra Fría. Esta concepción rectilínea y unidireccional de la historia y la trayectoria normativa que nos impone también tienen como consecuencia que seamos sociedades que han entronizado la transición hacia la democracia liberal como único horizonte deseable. Es la internalización y naturalización de ese mandato, y la imposibilidad de ajustarnos a él, la que constantemente pareciera dejarnos en «los márgenes» de la historia. Sin embargo, lejos de ser un problema ontológico —¿somos o no Estados fallidos?— se trata también de un problema epistémico, es decir, de cómo interpretamos la historia, pero no solo la historia nacional, sino aquella detrás de los marcos analíticos —aquellos que el antropólogo haitiano Michel-Rolph Trouillot agudamente llama «universales noratlánticos»— que nos han hecho pensar nuestra realidad a través de categorías que, lejos de ser neutrales o valores universales, encarnan visiones del mundo y formas de poder.30 Por todo esto, aquello que explica que vivamos con dificultad la posibilidad de pensarnos y experimentarnos como sociedades «en el tiempo» o «en la historia» no es la consecuencia de una característica intrínseca de nuestras sociedades, sino de una filosofía de la historia.31

En contraste, El paro como teoría repiensa esa condición generalizada de desalineación histórica y epistémica de América Latina y el Caribe —literalmente, la condición de vivir «no alineados»— como una contemporaneidad paradójica, es decir, como un lugar desde donde es posible repensar nuestra historia y su filosofía.32 Esta forma de hacer historia del paro como filosofía de la historia caribeña y latinoamericana también está ligada con una manera de pensar, o más bien de repensar, la historización en Colombia.33

El paro constituye un momento contradictorio en el que las masas reaccionan a la experiencia del tiempo descoyuntado, y al hacerlo ponen en marcha la posibilidad de una nueva coyuntura, de otro tiempo, que es lo mismo que decir la posibilidad de otra historia. Desde esta perspectiva, si bien el paro no resuelve la experiencia dislocada que tenemos de nosotros mismos en la historia, sí anima y sostiene otras formas de pensarnos como historia. Justamente por esta razón, El paro como teoría explora el estallido social de 2021 como una coyuntura que inaugura ritmos de tiempo y trayectorias políticas más allá de la transición a la democracia liberal. Por ejemplo, la coreografía cuir34de las voguistas en la plaza de Bolívar: el epicentro del segundo capítulo del libro.

Este libro también está orientado por la llamada de la vicepresidenta de Colombia, Francia Márquez, a «vivir sabroso».35 Esta es, antes que nada, una llamada a interrumpir el proyecto de transición permanente hacia el liberalismo. En efecto, la vida sabrosa es una idea política que Márquez pone a circular en medio del paro y que cuestiona de manera directa el paradigma de «Transición», con «T» mayúscula, que ha sido entronizado en Colombia y en buena parte de Latinoamérica como la única forma aceptable de imaginar la transformación política del presente.36 El corolario de ese proyecto es el paradigma de la «justicia transicional» y, en concreto, su promesa de superar el daño de la guerra mediante la verdad, la reparación y la reconciliación.37 Sin embargo, aun cuando la misma Márquez en ocasiones emplee el término, en su discurso la «transición» queda subordinada al ritmo de otra lucha política —siempre inacabada— que busca de manera incansable poner en relación las deudas históricas de la nación con aquellas asociadas al fin de la guerra. Esta manera de repensar la deuda en relación con la historia más allá de la lógica del crédito —y por ende las injusticias históricas como esas deudas que nunca podrán ser pagadas del todo— también orienta este libro.

De otra parte, la idea de pensar Colombia como «ensayo» latinoamericano está inspirada en dos trayectorias del término ensayo. Por un lado, en la obra del activista y pensador peruano José Carlos Mariátegui —en particular en su libro Siete ensayos de interpretación sobre la realidad peruana,38texto que no solo afirma un modo de pensar la realidad latinoamericana sino que representa la «irreverente creatividad y heterodoxia del pensamiento social latinoamericano»—.39 Por otro lado, la idea de Colombia como ensayo latinoamericano también busca poner en marcha la posibilidad de pensarla más allá de los excepcionalismos a través de los cuales el país ha sido analizado y teorizado —siendo la guerra, la coca y la supuesta ausencia de dictaduras algunos de los ejemplos emblemáticos de las múltiples variables que han hecho posible la idea de Colombia como una excepción