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¿De dónde surge el pensamiento conspiranoico? ¿Por qué tanta gente está convencida de que un pequeño y poderoso grupo de personas maneja el mundo en secreto y en contra de los intereses de la gente de a pie? ¿Qué razones tenemos para creer que la civilización tal y como la conocemos está al borde del colapso y que se aproxima un nuevo orden mundial? ¿Es Bill Gates el culpable de todo lo que ocurre en nuestro planeta? Para Noel Ceballos, la conspiranoia es un marco paranoico con el que enfrentarse a un mundo cada vez más complejo y caótico. Una fórmula mágica con la que reordenar la cacofonía informativa cotidiana hasta dar con una narración satisfactoria. Pero las teorías conspirativas actuales no son nuevas, sino meras actualizaciones de elaboradísimas falsedades o burdas mentiras —con apariencia de verdad— que llevan siglos circulando por las sociedades occidentales. Desde la Revolución francesa hasta el coronavirus, pasando por los Illuminati, los ovnis, el asesinato de JFK, el terraplanismo, el MK-Ultra, el cambio climático, Facebook, el 5G o la oscura sombra del antisemitismo, este libro viaja del pasado al presente para crear una suerte de Teoría Unificada de la Conspiranoia, siempre bajo la premisa de que podemos descubrir mucho acerca de una sociedad si echamos un vistazo a sus peores pesadillas. "Una lectura apasionante, extraordinariamente documentada y divertida, tan erudita que casi se diría que ha sido escrita por uno de los Tiradores Solitarios". Pedro Vallín
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Seitenzahl: 361
Veröffentlichungsjahr: 2021
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EL PENSAMIENTO CONSPIRANOICO
© del texto: Noel Ceballos, 2021
© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.
Primera edición: junio de 2021
ISBN: 978-84-18741-04-3
Depósito legal: B 6489-2021
Diseño de colección: Enric Jardí
Diseño de cubierta: Anna Juvé
Imagen de cubierta: © Helena Visuals
Maquetación: Àngel Daniel
Producción del ePub: booqlab
Arpa
Manila, 65
08034 Barcelona
arpaeditores.com
Reservados todos los derechos.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.
INTRODUCCIÓN: HACIA UNA TEORÍA DE LA TEORÍA DE LA CONSPIRACIÓN
CAPÍTULO 1
La trampa Illuminati
CAPÍTULO 2
Todos los periódicos mienten
CAPÍTULO 3
La «cábala internacional» o el antisemitismo a través de los tiempos
CAPÍTULO 4
Los ojos de Soros
CAPÍTULO 5
Una tranquila noche en Roswell, Nuevo México
CAPÍTULO 6
Vigilad los cielos
CAPÍTULO 7
El complejo militar-industrial secuestró a mi chica
CAPÍTULO 8
Cuando la psicopatía gobierna el mundo
CAPÍTULO 9
El control de las mentes
CAPÍTULO 10
Salvemos la Tierra plana
CAPÍTULO 11
El viejo arte del magnicidio
CAPÍTULO 12
Conspiranoico en jefe
CAPÍTULO 13
Todo es una inmensa broma
CAPÍTULO 14
Suscríbete y no te olvides de dar al like
CAPÍTULO 15
La pantalla conspiranoica
NOTAS PARA UN EPÍLOGO CONSPIRANOICO
Para Pedro, Esther y Manuel:el único conciábolo del que formaría parte
Piensa en Bill Gates.
Y ahora describe aquello que ves.
Hasta mediados del año 2020, lo que la inmensa mayoría de encuestados respondería a esa extraña petición sería algo en la línea de: «magnate norteamericano de la informática, cofundador de Microsoft, astuto —si bien proverbialmente despiadado con la competencia— empresario, paradigma de Silicon Valley, padre de la revolución tecnológica que puso un PC en cada domicilio entre las décadas de 1970 y 1990, constante termodinámica en cualquier lista que la revista Forbes haya elaborado desde el advenimiento de Windows, filántropo, codirector (junto a su esposa Melinda) de la fundación privada de caridad más grande del mundo, impulsor de numerosas iniciativas científicas encaminadas a la lucha contra enfermedades como la tuberculosis o la malaria, protagonista de una miniserie documental en Netflix (Inside Bill’s Brain: Decoding Bill Gates) francamente recomendable para lo que suelen ser estas cosas, enemigo íntimo de Steve Jobs, escritor del best seller Camino hacia el futuro1, autor de la frase «El ordenador nació para resolver problemas que antes no existían», la encarnación quizá más perfecta del arquetipo nerd en la cultura popular, tan multimillonario que nuestro cerebro se haría daño si realmente intentase pensar en ello (gafas, jerséis de colores aburridos, sonrisa eterna, más o menos simpático, más o menos afable, más o menos buen tipo).
Ya sabes. Bill Gates.
O, al menos, lo que antes entendíamos por «Bill Gates». En 2015, nuestro hombre concedió una TED Talk en la que aseveraba que «si algo mata a unos diez millones de personas durante las próximas décadas, es más probable que se trate de un virus infeccioso que de una guerra»2. Durante los primeros compases de la crisis del coronavirus, esta charla comenzó a circular por internet como prueba, quizá concluyente, de que Gates tenía una bola de cristal en alguna de sus casas. Pero eso no era todo: a mediados de marzo de 2020, la Bill & Melinda Gates Foundation donó cien millones de dólares a la Coalition for Epidemic Preparedness Innovations (CEPI). Lanzada en Davos tres años atrás, la CEPI es una alianza de fondos públicos, privados y filantrópicos dedicada a financiar el desarrollo de vacunas para combatir enfermedades infecciosas emergentes, así como a mejorar los niveles de respuesta colectiva en caso de crisis sanitaria. La fundación empezó también a trabajar, junto a Wellcome Trust y Mastercard, en la creación de una aceleradora terapéutica para mejorar la forma de detectar, aislar y tratar la covid-19 en todo el mundo, iniciativa a la que también se sumaron donantes privados de la talla de Madonna, Mark Zuckerberg, Priscilla Chan o Zhang Yiming, el fundador de TikTok. El matrimonio Gates llevaba años anticipando un posible escenario pandémico y preparando las respuestas inmediatas que deberían darse si finalmente se desarrollaba, luego eso explica por qué pasaron por su fundación la inmensa mayoría de iniciativas para atajar el virus que surgieron en las primeras semanas de alarma. El tipo lo advirtió en su charla: la próxima catástrofe humana no iba a ser bélica, sino microscópica.
Lo cual nos lleva a la pregunta: «¿qué vemos cuando pensamos en Bill Gates?», pues durante los Tiempos del Corona ha empezado a surgir una inquietante nueva respuesta a la, hasta ahora, sencillísima pregunta. En concreto, asistimos al desarrollo de una narrativa que lo coloca en el centro neurálgico de una operación en dos fases: primero, la diseminación invisible de una enfermedad sintetizada en laboratorio; simple tapadera para conseguir que, en el paso número dos, la población mundial acepte de buen grado ser inoculada con una vacuna que, por supuesto, llevaría incorporada una letra pequeña en forma de microchips de lavado y reprocesamiento neuronal. Gates, como arquitecto supremo de un plan de dominación global (o, como mínimo, de control poblacional a gran escala) que lo sitúa más cerca del villano clásico de James Bond3 que del filántropo techie con documental en Netflix.
A efectos de percepción popular, su figura se desdobla en papeles antagónicos de redentor/corruptor de la humanidad, hasta el punto de animar a gente (a la que, hasta hace solo unos meses, no podría importarle menos lo que hiciera o dejase de hacer el segundo hombre más rico del mundo4) a concentrarse en eventos como, por ejemplo, el celebrado en la madrileña plaza de Callao el 14 de junio de 2020, donde un puñado de personas prescindieron tanto de mascarilla como de distancia social para entonar un pegadizo cántico: «Bill Gates a prisión, a prisión, a prisión». La manifestación, apoyada por el llamado «Colectivo Resistencia Democrática», tenía por objetivo protestar contra el Nuevo Orden Mundial y exhortar al presidente del gobierno, Pedro Sánchez, a que dimitiese de inmediato. Esto es, al menos, según un tuit de Rafael Palacios (@rafapal), quien se define en la red social como un seguidor de «la energía libre, las verdades censuradas, la historia oculta y la conspiración». Cuatro términos que no suelen aparecer entre las noticias destacadas del día... hasta que, de repente, lo hacen. O hasta que, como diría el periodista y escritor Hunter S. Thompson, las cosas se vuelven raras, momento en que lo raro se profesionaliza. O, como mínimo, se institucionaliza.
El caso de Bill Gates es, en realidad, una entre las muchas puertas de acceso al fenómeno de la conspiración que podríamos haber elegido. Uno de esos casos en los que la verdad aparente, o el mundo tradicional que experimentábamos hasta el momento, empieza a tambalearse dejando a la vista lo que muchos creen entender como una verdad inherente y, qué decir, oculta. A partir de entonces, cada cual debe decidir si quedarse en el sendero conocido o, como la Alicia de Lewis Carroll, dar un paso a través del espejo y enfrentarse a lo que sea que se encuentre allí. Poco antes de la extraña manifestación de Callao, el cantante Miguel Bosé utilizó sus redes sociales como altavoz para propagar el que podríamos considerar mejor (o, en todo caso, más sucinto) resumen sobre las teorías de Gates que se contaban a través del espejo en los duros y confusos primeros meses de la pandemia:
La farmacéutica GAVI, para quien no lo sepa, es propiedad de la Fundación Bill & Melinda Gates, los especialistas en vacunas fallidas que tantas víctimas han causado alrededor del mundo. India los ha expulsado y denunciado. África aún acarrea sus consecuencias. Kenia ha destapado sus atrocidades. Bill Gates, el eugenésico, se olvida de la existencia de la maldita hemeroteca, y en el pasado habló reiteradamente de más sobre su proyecto de vacunas que portarían microchips o nanobots para obtener todo tipo de información de la población mundial con el único fin de controlarla. A estas se les podrían añadir también diversos metales, aún más tóxicos que los que ya incluyen, adyuvantes ilegales o el llamado «polvo inteligente», todos ellos atentando contra nuestra salud y sin nuestro consentimiento. Llevada a cabo esta fase, y una vez que activen la red 5G, clave en esta operación de dominio global, seremos borregos a su merced y necesidades5.
No fue el único: Enrique Bunbury también utilizó Twitter para compartir un cartel del #ExposeBillGates Day of Action (o «Día de la Acción #ExponedABillGates»), un evento que pretendía organizar a la población para asaltar las calles y «esparcir la verdad acerca de la agenda de dominación» del multimillonario. Días más tarde, el músico publicó una carta donde denunciaba el acoso al que había sido sometido tras la publicación. Además, recordaba que era culpable solo de lo que dice y escribe, no así de lo que el receptor entienda, pero subrayando que, en el tema de Bill Gates, «no hay nada de conspiración, a mi parecer. Son sus palabras las que son cuestionadas por muchas personas en el planeta. Palabras que son fácilmente localizables en internet y en sus discursos. Puedes dudar de sus intenciones o creer en la bondad de sus actos a pies juntillas, pero los datos están ahí, solo es cuestión de valorarlos según tus códigos morales o filosóficos».
Lo que Bosé y Bunbury describen aquí son las bases de un fenómeno, el pensamiento conspiranoico, que tiene a sus espaldas siglos de historia y que ha demostrado una y otra vez una capacidad para mutar y adaptarse a todo tipo de contextos, similar a la que podríamos atribuirle a un virus. La Fundéu admitió el término «conspiranoia» como válido en octubre de 2019 —evidentemente sin saber lo que se nos venía encima— definiéndolo como la «tendencia a interpretar determinados acontecimientos como fruto de una conspiración». Antes, el diccionario General de Vox se refería a ello como la «convicción obsesiva de que determinados acontecimientos de relevancia histórica y política son o serán el resultado de la conspiración de grupos de poder o de un grupo de personas influyentes». La Fundéu señala al sociólogo Enrique de Vicente como acuñador del término en castellano, fruto de la fusión entre las palabras «conspiración» y «paranoia». La conspiranoia puede ser un interés o una forma de vida (a menudo arranca como lo primero para, poco a poco, terminar convirtiéndose en lo segundo). Por ello, el objetivo del libro que tienes entre manos es bien sencillo: dilucidar qué mecanismos históricos y sociológicos se pusieron en marcha hacia finales de la década de 2010 para que el planeta entero viviese ese lento e inexorable proceso de transformación del pensamiento conspiranoico, de interés a forma de vida, sin darse apenas cuenta. Un mundo en el que cantantes pop de primera línea comparten en público teorías recién extraídas de los márgenes, extrañas iniciativas populares son instrumentalizadas por movimientos ideológicos de difícil categorización (el Colectivo Resistencia Democrática era quien decía estar también detrás de las caceroladas patrióticas en la calle Núñez de Balboa), ciudadanos aparentemente razonables se ven empujados a la acción a través de hashtags en redes sociales y cada nuevo ciclo de noticias parece llevar incorporadas nuevas narrativas de sospecha, sin importar lo excéntricas o delirantes que puedan parecer a simple vista.
Y, como tantas otras parcelas de la vida moderna, esto es algo que se puede explicar a través de un episodio de Los Simpson.
En «El abuelo contra la impotencia sexual», sexto episodio de la décima temporada de la serie, el abuelo Abe Simpson decide ayudar a reavivar la exigua vida sexual de Homer y Marge a través de un tónico milagroso que, para sorpresa de todos los implicados, funciona. A medida que sus padres empiezan a pasar más tiempo a solas en dormitorios con las persianas bajadas, los niños de la ciudad de Springfield se preocupan. Reunidos en la casa-árbol de Bart, un puñado de las mejores mentes de su generación traza una serie de hipótesis para explicar las cada vez más alarmantes ausencias adultas, entre las que destaca una alianza entre el complejo militar-industrial y los alienígenas para obligar a sus progenitores a retirarse temprano cada noche y, por tanto, dejar a la infancia norteamericana sin cenar. Cuando Lisa sugiere, con una voz rebosante de sarcasmo, que quizá la explicación sea tan sencilla como que todos los padres y madres de los allí presentes se han convertido en vampiros diurnos, la teoría es recibida con los brazos abiertos e incorporada rápidamente al esquema general de las cosas, pues nada impide que los alienígenas y los vampiros puedan convivir en una misma narrativa conspiranoica.
Hay un cómic de Alan Moore y Melinda Gebbie que comparte una situación muy similar. Se trata de una aventura infantil protagonizada por Cobweb, superheroína a la que los lectores de la serie regular Tomorrow Stories6 conocerán mejor en su versión adulta, por lo que funcionaría como una suerte de precuela para el personaje. En cualquier caso, nuestra detective de siete años cree haber encontrado un alambicado caso de suplantación, dobles identidades y demás facetas comunes del género noir… donde solo hay una evidente historia de infidelidad entre tres mayores de edad. Cuando la niña, incapaz de comprender lo que está sucediendo, les expone sus conclusiones, ellos deciden autoengañarse y aceptarlas de buen grado, pues la narrativa inocente resulta más tentadora, segura y cómoda para todos que la dura realidad del mundo adulto.
En ambos casos observamos a niños intentando explicar la razón de ser de unos acontecimientos que, por cuestiones de (in)experiencia, aún no pueden interpretar del modo correcto. Por tanto, lo que hacen es construir interpretaciones erróneas, alambicadas y, sí, conspiranoicas, cuando lo cierto es que la verdad está ahí, fuera de su experiencia vital hasta el momento.
Entonces, ¿es siempre el pensamiento conspiranoico fruto de una mala lectura de las sombras en la caverna platónica? No exactamente, pero hay un elemento muy importante en los dos ejemplos de ficción anteriores: la precipitación o el salto (de fe) hacia las conclusiones cuando los hechos quizá exigían una investigación en mayor profundidad. La mente conspiranoica es capaz de detectar una trama insondable de manipulación de la realidad, donde otros solo ven noticias sin aparente conexión o, incluso, eventos aislados tan relevantes para la historia de la humanidad como el asesinato de Kennedy o el 11-S. Cualquier pequeña pista es susceptible de entrar en relación con otras, pues la conspiranoia es, en esencia, la capacidad para construir un relato convincente a partir de hechos dispares. Por ejemplo, la Cumbre de la Tierra, celebrada del 3 al 14 de junio de 1992 en Río de Janeiro y organizada por la ONU con el transparente objetivo de llegar a una serie de acuerdos generales sobre desarrollo sostenible. Frases tan anodinas como «La protección del medio ambiente debe ser parte de nuestro proceso de desarrollo» podrán engañar a los incautos, pero la mente conspiranoica tiende a ver en esas declaraciones de buenas intenciones la punta de un iceberg tenebroso. Así, muchos conspiranoicos leyeron el llamado Programa 21 (en sus palabras, «Agenda 21») como el manifiesto en código de un comunismo global que, tras la caída del muro de Berlín, se había infiltrado en Naciones Unidas, ONGs y demás organismos aparentemente respetables para «conseguir que el 90% de la población mundial fuera asesinada a través del aborto y segar otras vidas a través de enfermedades, hambre, guerras, colapso económico [...] o la distribución de vacunas y medicinas que producen una muerte lenta».
Si te sorprende encontrar referencias a vacunas asesinas veintiocho años antes del plan de dominación global de Bill Gates, no debería. Una de las bases del pensamiento conspiranoico es que todo está conectado, luego es muy difícil encontrar un complot insidioso de alcance internacional que se produzca en el vacío. En realidad, todo podría tener su origen en el movimiento antivacunas, bautizado a principios de 2019 por un estudio del Dartmouth College de Hanover (Estados Unidos) con el nombre de «histéresis», pero que realmente tiene sus raíces en el siglo XVIII, cuando diferentes eminencias religiosas del Reino Unido comenzaron a oponerse a la inoculación por considerarla pecaminosa. Si las enfermedades eran enviadas por Dios como castigo por nuestros pecados, cualquier intento de frenar esa injerencia divina a través de la ciencia debía ser, por definición, inmoral y obsceno. El virus antivacunas fue evolucionando con el paso de los siglos, adaptándose a diferentes coyunturas socioculturales hasta llegar a su forma actual, en la que el principal aliado de la histéresis ya no es el diablo (en estrecha asociación con la comunidad científica), sino la nanotecnología. «Nunca he tenido nada que ver con un microchip», declaró Bill Gates en las páginas de El País7. «Es difícil desmentir esto porque es tan estúpido y extraño... Repetirlo tantas veces casi parece que le otorga credibilidad. Lo que hace nuestra fundación es invertir dinero para comprar vacunas».
Y eso explica, precisamente, por qué el movimiento antivacunas lo ha colocado en su diana. Solo fue necesaria la sugerencia de que dicho medicamento, esencial a la hora de perseguir la ansiada inmunidad de grupo frente a la pandemia, debería incorporar, con el tiempo, algún tipo de «certificado digital» que mostrase datos de pacientes que hayan recibido test o se hayan recuperado. De ahí a artículos con titulares fraudulentos como, por ejemplo, «Bill Gates usará microchips para luchar contra el coronavirus» solo hay un paso. Pero esto es solo el principio. La mente conspiranoica se encuentra trabajando en todo momento para detectar tramas ocultas en las noticias del día a día, pero también para anticiparlas de forma activa. Unas declaraciones de Bill Gates sacadas de contexto, unidas al poderoso movimiento antivacunas, pueden dar como resultado una conspiración explosiva, aunque... ¿por qué detenerse ahí? Es evidente que este hombre debe de seguir teniendo contactos (o tentáculos) en el mundo de la tecnología punta, luego añadamos la activación de la red 5G al guiso. Y, solo para revestir el conjunto de una sensación mayor de plausibilidad, señalemos directamente a GAVI (Global Alliance for Vaccines and Immunization), una alianza mundial que compra vacunas al por mayor para, así, reducir el precio de la dosis y poder comercializarlas en países aún en vías de desarrollo. La fundación de los Gates participa en ella, al igual que la Organización Mundial de la Salud o UNICEF, pero, a efectos prácticos, podríamos decir que GAVI es una simple tapadera para el matrimonio que, por supuesto, podría ser también responsable directo de la pandemia, tal como venía anunciando (o amenazando) desde el año 2015. Un plan perfecto de «creación de la enfermedad + comercialización posterior del remedio», si no fuera porque un montón de blogs y pódcast amateur colocaron en su lugar las piezas del puzle y, gracias a unas generosas dosis de precipitación, pensamiento mágico, salto a conclusiones y deformación de la realidad con fines especulativos, han construido un relato convincente de abusos por parte de los poderosos, pues ese es el ADN mismo de la conspiranoia.
Desde que existe el mundo, existe la conspiración. El historiador Gordon S. Wood razona que, ya que la política solía ser territorio exclusivo de las élites poderosas, el pueblo llano considera los «innumerables complots de la Antigüedad y el Renacimiento» como algo que «se daba por hecho», o como «el proceso natural por el que los gobernantes eran depuestos»8. Es decir, que antes nadie creía necesario dar una explicación a sucesos que, en el fondo, no le incumbían lo más mínimo: se entendía que la propia naturaleza del poder en aquellos siglos llevaba inscritas las luchas intestinas entre diferentes facciones, de manera que un atentado o un golpe de Estado que quitara a unas para poner a otras formaba, simplemente, parte del espectáculo. Nosotros no éramos, en ningún caso, elementos activos en esas maquinaciones palaciegas, pues no se necesitan ardides para engañar o manipular a la población dentro de una sociedad dividida en castas. Cuando pasamos de ser súbditos a tener un mínimo de voz y voto en la vida política, en el momento en que el progreso social posibilitó la aparición de los primeros mecanismos democráticos, fue cuando la conspiración evolucionó también gradualmente: de pasatiempo aristocrático a instrumento preciso por el cual los miembros de la élite conservaban su posición de poder, siempre a expensas de los más desfavorecidos.
Es la diferencia entre, pongamos por caso, la llamada Conspiración de Ridolfi, un complot católico para deponer a la reina Isabel I de Inglaterra y sustituirla por su prima, María I de Escocia, y el caso Plame, un escándalo político de 2003 relacionado con la CIA y la supuesta adquisición de uranio en Níger por parte de Sadam Husein. El primero tuvo lugar a espaldas de una opinión pública aún inexistente, mientras que el segundo se desarrolló a través de reportajes de The New York Times, testimonios ante el Congreso de Estados Unidos, declaraciones recogidas en prensa internacional y demás procesos abiertos, pues de lo que se trataba, en el fondo, era de dilucidar si el gobierno y los medios habían manipulado la opinión del país en lo referido a una posible intervención militar en Iraq.
Conspiraciones concretas como la de Valerie Plame son todo el combustible que la mente conspiranoica necesita para seguir adelante: si ellos nos han mentido una vez, ¿quién nos garantiza que no lo hagan de manera sistemática? Los cimientos mismos de la conspiranoia son las sospechas de que el sistema está abrumadoramente escorado a favor de una minoría acaudalada y poderosa que no duda, ni por un segundo, en poner a funcionar sus vastos recursos con el objetivo de engañar al ciudadano de a pie. No es extraño, por tanto, que una de las metáforas favoritas de la conspiranoia actual sea esa dicotomía entre la pastilla roja y la pastilla azul que vimos en la película Matrix (The Wachowskis, 1999): acepta tu realidad tal y como ellos quieren explicártela o, por el contrario, descubre por ti mismo los hilos secretos de la sociedad; la verdad nunca revelada; el guion que da sentido a todo, oculto al común de los mortales.
En el fondo, se trata de intentar ordenar el caos cacofónico de la vida moderna, lo que no diferenciaría tanto al pensamiento conspiranoico del religioso. En lugar de aceptar que las sociedades contemporáneas han llegado a un nivel tal de aceleración que nos es absolutamente imposible plantear una teoría del todo, la conspiranoia propone una motivación oculta o causalidad que niega el azar, la torpeza inherente a toda burocracia o la multiplicidad de puntos de vista. Solo hay una explicación racional para absolutamente todo lo que nos ocurre: que forma parte de un diseño preestablecido —lo cual es mucho más tranquilizador que la alternativa—. En ocasiones, como ocurre en el caso de Los Simpson, se trata de suposiciones salvajes efectuadas por pensadores que, pese al propósito de llegar más allá de lo cotidiano, solo disponen de una parte de la información total. Los secretos de Estado y la mecánica interna del poder generan un escenario excluyente, luego la noción de que existen pistas aparentemente inofensivas que, tras ser interpretadas del modo correcto, podrían darnos acceso a una visión de conjunto, se vuelve cada vez más y más atractiva. La idea de un sistema coordinado, por siniestra que sea, resulta preferible a la realización de que flotamos a la deriva en un universo nihilista, gobernados por gente incompetente y expuestos a todo tipo de contingencias imprevisibles. La conspiranoia nos salva del nihilismo. Amén.
Como sistema de creencias, el pensamiento conspiranoico eleva complots específicos a la categoría de norma general y nos convence de que todo forma parte de una red interrelacionada. Acontecimientos tan trascendentales como una pandemia sirven no solamente como aceleradores conspiranoicos (si querías una prueba de que el poder intenta manipular y someter a la población, no vas a encontrar ninguna mejor), sino también como marcos generales o líneas de bajo en la gran canción de la vida cotidiana. Dado que la mente conspiranoica no suele hacer diferencias entre lo que decide creer o no, optando casi indefectiblemente por un enfoque de «todo está conectado», la crisis de la covid-19 solo tardó unas pocas semanas en ser incorporada a narrativas conspiracionales ya existentes como los chemtrails, el Nuevo Orden Mundial y, por supuesto, el movimiento antivacunas. Todos ellos serán explorados a conciencia en las páginas de este libro pero, de momento, lo que nos interesa es subrayar la naturaleza acumulativa del pensamiento conspiranoico: en el instante en que abres tu mente a la posibilidad, todo comienza mágicamente a encajar en la narrativa. En lugar de partir del estudio de los hechos para extraer una conclusión razonada, la conspiranoia parte de la teoría y, más adelante, intenta ajustar la práctica a sus renglones, sin importar la cantidad de vueltas o reinterpretaciones que sean necesarias para acomodarla.
La actual era de la posverdad constituye, como es lógico, un terreno especialmente fecundo para este tipo de ideas. Una encuesta de YouGov, celebrada a mediados de 2020, sugiere que un 28% de la población estadounidense está convencida de que Bill Gates quiere usar las vacunas como caballo de Troya para implantar microchips en nuestros cerebros. El porcentaje crece hasta el 44% entre los votantes del Partido Republicano. Algunos capítulos de este libro están dedicados a estudiar cómo el auge de las fake news, sobre todo a partir del año 2016 (es decir, de los meses que mediaron entre el Brexit y la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos), han convertido al pensamiento conspiranoico en una de las indiscutibles fuerzas motrices del movimiento conservador, con figuras como Alex Jones o Daniel Estulin que han ascendido hasta el primer plano de la actualidad política y organismos oficiales haciéndose eco sin pudor de cualquier tipo de conjetura que pudiera resultar atractiva al lector/cliqueador de enlaces. El asalto a la verdad al que hemos asistido en los últimos tiempos ha supuesto un auténtico cambio de paradigma: por primera vez, la conspiranoia no viaja de abajo arriba, sino que ahora empieza a ser instrumentalizada por líderes mundiales con obvios fines electorales. Cuando Trump tuitea la clase de frases que uno esperaría ver en un fanzine antisemita pero no en la cuenta oficial de la Casa Blanca, es cuando sabe que estamos viviendo tiempos extraños.
Internet es, como se ha visto en el caso de Bill Gates, la principal vía de transmisión actual de muchas de estas ideas excéntricas, pero no siempre fue así. En las próximas páginas veremos cómo la tradición oral, los libelos o los ensayos literarios fueron el primer canal de ideas conspiranoicas, antes de que surgieran los primeros boletines de correo, las revistas especializadas o, ya a partir de los años ochenta, los primeros foros de IRC. Sin lugar a dudas, nuestra exposición al pensamiento marginal y, en ocasiones, incluso peligroso desde el punto de vista de la armonía social, nunca ha sido mayor que ahora mismo: hoy podemos recibir un enlace a un vídeo que contenga «todo aquello que no quieren que sepas sobre el coronavirus» en cualquier momento. La lucha contra este tipo de desinformación tiene un efecto paradójico: cuando Facebook retiró un clip (narrado por el farmacólogo italiano Stefano Montanari) que trataba sobre cómo la pandemia es en realidad un bulo inventado por una élite poderosa para «llenar sus bolsillos con dinero y corrupción, ya de por sí rebosantes», mucha gente que había sido seducida por su mensaje argumentó que ellos controlan Silicon Valley, de modo que la propia retirada del vídeo por parte de la red social era la prueba definitiva de que lo que se contaba en él era cierto. Tras años de inacción, apoyada en el pretexto de que la ausencia de moderación era la única garantía de libertad de expresión, Facebook liberó de la botella a un genio que ahora es muy difícil volver a atrapar. Cuando crees enfrentarte a un enemigo tan colosal que, de hecho, se ha infiltrado en todos los estamentos de la vida social, cualquier medida tomada en pos del rigor informativo será contemplada como un flagrante intento de censura.
En su artículo «Miguel Bosé contra el mundo», Manuel Jabois argumenta que «sus tuits contra las vacunas y la tecnología 5G, según su entorno, se deben a su gusto por las webs seudocientíficas y las páginas de conspiraciones, pero también a su soledad». Quizá esta sea la última clave que necesitemos apuntar antes de zambullirnos de lleno en un recorrido por la gran historia de la conspiranoia, siempre desde una postura analítica —y, si se permite, sociológica— que no se preocupe tanto del qué o el cómo, sino del porqué. No quiere ser este texto un catálogo universal de conspiraciones, ni tampoco uno de esos libros que afirman revelar las claves secretas del funcionamiento de las sociedades modernas. El autor no sabe quién está detrás de las grandes decisiones que hacen girar al mundo, pero tampoco le interesa demasiado descubrirlo. Por tanto, no estás leyendo las impresiones de un creyente, aunque eso no significa que el objetivo sea ridiculizar de manera gratuita la mente conspiranoica o suponer que un sistema de creencias cada vez más implantado y con más relevancia sociocultural es algo que se pueda despachar con un par de chistes y alguna que otra mirada por encima del hombro. Al contrario: la conspiranoia de cada época, por muy desfasada que pueda parecernos en ocasiones, suele revelar las claves menos evidentes del contexto histórico en que fue formulada. Es un compendio de miedos y ansiedades sociales, un constructo paranoico que da forma concreta a los monstruos (reales o imaginarios) de cada tiempo. Sus afirmaciones podrán ir muy desencaminadas —o no—, pero es evidente que diseccionarlas resulta interesante si se quiere acceder a una suerte de «historia fantasmática» de la modernidad. Un universo paralelo donde todas las sospechas acerca del poder se hacen realidad y el Mal triunfa sobre la población indefensa. Narrativas de David contra Goliat para explicarnos a nosotros mismos.
En el mundo poscovid-19, esas narrativas pasan de forma clara por el aislamiento, así como por sus consecuencias psicológicas a medio y largo plazo. Se ha dicho por activa y por pasiva que el peor momento para que estalle una pandemia es uno donde la verdad no es un elemento absoluto, así que es sencillo imaginar la escena: gente cada vez más sola, consumida por la distancia social y la pérdida devastadora de sus seres queridos, que, al mismo tiempo, se expone a elaboradísimas teorías que detallan cómo, en realidad, todo esto no es consecuencia inevitable de un mundo fuera de control, por muy irracional que pueda parecernos desde nuestras respectivas atalayas, sino un plan de dominación a gran escala que nos utiliza a nosotros, los ciudadanos de a pie, como peones inconscientes.
En el fondo, se trata de decidir: la entropía o Bill Gates. Abstracción o concreción. Caos narrativo u orden conspiranoico. La aceptación de que existen dinámicas universales que escapan por completo al control humano o la idea de un supervillano a quien culpar de todo. Al fin y al cabo, la existencia de un enemigo colectivo siempre ha sido, como veremos a continuación, la salsa de ajo en la cocina de la Historia.
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1 En realidad, este ensayo de 1995 fue coescrito junto con Nathan Myhrvold, por entonces jefe de Tecnología de Microsoft, y el periodista Peter Rinearson. Su tema principal es el advenimiento de la llamada «superautopista de la información» en los albores del siglo XXI, razón por la cual la foto de portada muestra a Gates posando junto a una carretera que se pierde en el horizonte. Su autora, en caso de que te lo estuvieras preguntando, es Annie Leibovitz.
2 La charla se titula «¿El próximo estallido? No estamos preparados». Se puede encontrar en TED.com, aunque escucharla hoy se parece mucho a contemplar a uno de esos científicos mal peinados que intentan avisar al presidente de que el meteorito va a impactar contra la Tierra durante el primer acto de una película sobre catástrofes.
3 O de Doctor Who, en realidad. Hay un episodio de 2007, «El sonido de los tambores», donde el villano logra exactamente eso gracias a la tecnología móvil, todo para poder ser elegido primer ministro por una aplastante mayoría.
4 Solo por detrás de Jeff Bezos, fundador de Amazon, en el momento de escribir estas líneas.
5 Unas semanas más tarde, Bosé animó desde sus redes sociales a participar en una manifestación negacionista aún mayor, celebrada en la plaza de Colón el 16 de agosto de 2020. Manifestación a la que él mismo no asistió.
6 Publicada por America’s Best Comics entre 1999 y 2002.
7 La pieza, titulada «Bill Gates responde a las teorías de la conspiración: “No tengo nada que ver con un microchip. Es muy estúpido tener que negar esto”», apareció en junio de 2020.
8 Wood, Gordon S., Conspiracy and the Paranoid Style, William and Mary Quaterly 39, nº 3, 1982.
El 15 de mayo de 2020, en pleno San Isidro, Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, ordenó a la Consejería de Políticas Sociales abrir una investigación interna para dilucidar cómo era posible que alguien hubiera subido «por error» (sus palabras) a la plataforma informática un contrato, por valor de más de medio millón de euros, destinado a la empresa propietaria del apartahotel en el que se hospedaba desde el 16 de marzo del mismo año. Es decir, desde el día que dio positivo por coronavirus —si bien es cierto que se dieron diferentes versiones en torno a la fecha exacta de su check-in.
«Aquí lo único raro que ha habido», explicó Díaz Ayuso al diario El Español, «ha sido un contrato que se ha subido a unas horas extrañas, casualmente mal puesto, y justo se ha enterado un periodista en ese momento». La noticia de Ana I. García, titulada «Ayuso ve la “mano negra” de Ciudadanos en la denuncia de su apartamento», prosigue: «Unas horas después de que Ayuso anunciara la investigación interna en la Asamblea de Madrid, el consejero del ramo, Alberto Reyero (Ciudadanos), ha anunciado el cese del secretario general técnico, Miguel Ángel Jiménez, la persona que supuestamente subió a la plataforma el contrato». La versión oficial es que fue un error humano de carácter administrativo, pero el equipo de la presidenta no se mostró para nada convencido: habla de una «persecución» por parte del equipo de Cs, con quienes gobierna en la Comunidad, «ya que era imposible encontrar [el contrato] con un rastreo normal: había una errata en el nombre de la empresa».
Puestos a defender la «teoría del enemigo interior» o del fuego amigo dentro de su propia coalición, Ayuso no tenía que haber mirado más allá de Kike Sarasola, empresario hotelero que, según su testimonio, negoció personalmente con la presidenta un precio por el alquiler de la habitación de lujo donde pasó la mayor parte de la cuarentena. En sus declaraciones para el programa de televisión Espejo Público, el presidente y fundador de la cadena Room Mate negó la existencia del supuesto contrato para alojar a sanitarios y a ancianos de residencias durante el periodo de crisis —«Room Mate no ha cobrado un solo euro […] Todo lo hemos hecho gratis y ayer mancharon nuestro nombre»—, y aseguró que la presidenta se había puesto en contacto con él para alquilar la habitación en el comienzo del estado de alarma. Es decir, el 14 de marzo, lo cual choca con la versión que la propia Díaz Ayuso presentó en la Asamblea. Resumen: en cuanto supo de su positivo en la prueba por coronavirus, consideró prudente trasladarse a un espacio diferente a su vivienda habitual para no contagiar a sus vecinos, así como por «motivos de logística». En cualquier caso, tanto ella como Sarasola coinciden plenamente en un punto: «Yo creo que hay una mano negra —aseguró el empresario por televisión—, alguien interesado en atacar».
Sirva esta breve y cercana introducción para recalcar la conveniencia del pensamiento conspiranoico a la hora de explicar cambios bruscos en las circunstancias vitales de una persona o grupo de personas. Contra la navaja de Ockham, la teoría de la Mano Negra: es evidente que esto (lo que sea que nos haya puesto en el disparadero) responde al esfuerzo coordinado de un poder que actúa entre bambalinas y protegido por las sombras. No cabe la menor duda de que esa es la única explicación posible a la situación concreta en la que nos encontramos. Hablamos, por supuesto, de «alguien interesado en atacar». Ni siquiera es necesario ser culpable de manera activa para poder recurrir a un enemigo exterior o interior que explica la historia completa de tus males mientras te exime a ti de toda responsabilidad, algo que cualquiera que utilice habitualmente la expresión «Parece que me ha mirado un tuerto» sabe a la perfección. Asumir la responsabilidad es una opción, preguntarse entre gritos (al más puro estilo de Jorge Berrocal, antológico concursante de la primera edición de Gran Hermano) «quién te pone la pierna encima para que no levantes cabeza», es otra.
Se trata de una reflexión que podemos encontrar en la mismísima zona cero de la teoría de la conspiración. Podemos afirmar que Europa se encargó de traer a este bebé al mundo allá por 1797, poco antes de que ese periodo de intenso conflicto social y político conocido como la Revolución francesa finalizara tras el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte. El statu quo y los poderes fácticos en el viejo continente no habían sufrido un golpe tan colosal y decisivo desde la caída del Imperio Romano, luego era, hasta cierto punto, inevitable que ciertos analistas políticos comenzasen a vislumbrar una especie de «gran complot» detrás de algo que, de otro modo, debía ser comprendido como una simple catarata de acontecimientos complejos y cambios sociales bruscos regidos por un principio, la soberanía popular, que al Antiguo Régimen le resultaba especialmente duro de tragar. Un movimiento de masas es, por definición, un evento irracional: los pensadores tradicionalistas afines a la Francia de Luis XVI veían más tranquilizadora la teoría de que su caída no tuvo nada que ver con su propia hibris, ni siquiera con una suerte de movimiento histórico pendular, sino con la injerencia directa de manipuladores secretos.
La diferencia fundamental entre la conspiración de los jacobinos y cualquiera de las que existieron en la antigüedad fue que ese papel de villano tenebroso capaz de manejar todos los hilos ya no se podía atribuir a un grupo perfectamente identificable de individuos, sino que la naturaleza caótica, confusa e increíblemente compleja de la Revolución hacía necesaria la creación de un constructo moderno: una red altamente coordinada de enemigos. Tal como afirma Gordon S. Wood en el ya citado Conspiracy and the Paranoid Style, se trataba de construir todo un corpus teórico —bastante más complejo que «unos senadores acuchillaron a César»— capaz de explicar el giro de 180 grados que acababa de sufrir el curso natural de los acontecimientos sociales y políticos, ya que ningún «pequeño grupo de maquinadores particulares» tenía capacidad suficiente para orquestar la toma de la Bastilla y el posterior desmoronamiento del absolutismo. No, ahora «únicamente sociedades secretas altamente organizadas, como los Illuminati o los masones, podían, gracias a la movilización de millares de individuos unidos por un mismo diseño siniestro, estar detrás de una revuelta que afectaba a toda Europa».
Hablar de los orígenes de las sociedades secretas, o de aquellas organizaciones que exigen a sus miembros ocultar ciertos aspectos u objetivos de su actividad para poder operar a espaldas del ojo público, es hablar del nacimiento de la francmasonería, organización de carácter iniciático que se basa en un texto fundacional, The Constitucions of Freemasons, redactado por el pastor presbiteriano escocés James Anderson (con ayuda de Jean Théophile Désaguliers, un protestante francés en el exilio) allá por 1723. Por su parte, la Orden de los Illuminati se funda en Baviera el 1 de mayo de 1776. Su fin esencial: velar contra los excesos de la influencia religiosa y los abusos por parte de los poderes estatales, no distaba mucho del de los primeros masones, pues ambas asociaciones eran innegables hijas de la Ilustración dieciochesca. El problema es que al gobierno bávaro y a la Iglesia católica no les gustó nada que unos autodenominados «iluminados» operasen en secreto bajo sus narices, de modo que no pararon hasta suspender su derecho de organización y libre asociación, empujando así a sus miembros a la disolución en 1785. Sin embargo, uno nunca podía sentirse seguro con un grupo de intelectuales que ya había optado por el secretismo anteriormente… No existía, en otras palabras, manera de saber a ciencia cierta si una sociedad secreta había dejado realmente de operar o si, por el contrario, solo se había sumergido aún más en las tinieblas, transformándose en lo que los enemigos de la Ilustración siempre temieron: un fantasma.
O una mano negra. Alguien interesado en atacar.
Esta era, al menos, la teoría que el químico escocés John Robison defendió con considerable vehemencia en su tratado Pruebas de una conspiración contra todas las religiones y los gobiernos de Europa llevada a cabo a través de reuniones secretas entre francmasones, Illuminati y sociedades lectoras (1797). Si creías que los titulares clickbait eran un invento de internet, es evidente que estabas equivocado. En este increíblemente exitoso volumen (trata de resistirte a un libro con esas palabras en portada), Robison ajustaba cuentas con quienes llevaban un tiempo siendo sus enemigos jurados: los nuevos científicos ilustrados, a quienes consideraba impíos y deshumanizados. La suya es la historia de una tragedia, o la caída en desgracia, de un prohombre importantísimo para la ciudad de Edimburgo que viviría sus últimos días como hazmerreír y diana oficial la misma comunidad que lo había encumbrado años atrás.
Nacido en Baldernock, una parroquia a dieciséis kilómetros del centro de Glasgow, en 1739, John Robison pasó su juventud viajando por el mundo con la Royal Navy, donde su talento como matemático fue empleado en labores de navegación y agrimensura. Tras establecerse como profesor de ciencias aplicadas en Escocia, desarrolló una especial animadversión hacia el sistema continental, representado por el noble francés Antoine Lavoisier, cuyo trabajo es considerado esencial para la llamada «revolución química» de mediados del siglo XVIII. Los numerosos progresos laborales de Robison, quien llegó a ser nombrado secretario general de la Royal Society de Edimburgo e inventó la sirena mecánica, se vieron siempre ensombrecidos por su abierto desprecio hacia todo lo que oliese a ciencia ilustrada continental. Su gran contradicción vital es que, por lo que sabemos, él mismo participó de alguna manera en la escuela escocesa de la Ilustración, que se adhería a muchos de los preceptos racionalistas de su contrapartida europea. Su nombre aparece en las actas de The Poker Club, uno de los centros neurálgicos del movimiento, pero también nos consta, gracias a su propio testimonio, que fue iniciado en la masonería por el rito escocés. Sus grandes bestias negras eran, por tanto, versiones ligeramente diferentes de aquello que él mismo practicaba y en lo que, hasta donde sabemos, creía.
Teniendo en cuenta que su archienemigo Lavoisier, miembro destacado de la Ferme générale
