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El placer de la venganza tiene por objetivo levantar un espejo para que cada persona pueda ver el estado de su corazón y lo que determinados sentimientos y comportamientos dicen respecto a ella. El autor aborda el tema del perdón y explica cómo el rencor y el deseo de venganza pueden causarles daños físicos, emocionales y espirituales a las personas. Él usa ejemplos bíblicos e históricos para ilustrar las consecuencias de la falta de perdón y cómo Dios nos enseña a perdonar a nuestros ofensores.
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Seitenzahl: 128
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Copyright © 2025 Unipro Editora
Está prohibida la reproducción total o parcial sin el expreso consentimiento de la editorial.
Este libro fue revisado según la Real Academia Española. Los textos bíblicos citados están en la versión La Biblia de las Américas (LBLA), salvo expresa mención. El autor hace algunos comentarios en fragmentos bíblicos que están identificados entre corchetes y con formato diferente.
A pedido del autor, los pronombres divinos fueron escritos con inicial mayúscula en los versículos bíblicos. Fragmentos de algunos versículos fueron subrayados o escritos en negrita a criterio del autor.
Traducción: Marta Angélica Corvino
M141p
Macedo, Edir
El placer de la venganza / Edir Macedo. — 1. Ed. — San Pablo : Unipro Editora, 2025.
Título original: O prazer da vingança
ISBN 978-65-5445-067-6
1. Alma. 2. Salvación. I. Título.
CDD 230
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… pues Dios ve no como el hombre ve, pues el hombre mira la apariencia exterior, pero el Señor mira el corazón.
1 Samuel 16:7
Estoy cerca de cumplir los 80 años y, durante seis de esas casi ocho décadas, he caminado con mi Señor Jesús. Claro que no pasé por todo, porque, por más que se viva, nadie probará todas las experiencias que la vida proporciona. Sin embargo, ya experimenté muchas injusticias, dolores y calumnias. Entonces, si hay algo en lo que fui probado y tuve que aprender en la práctica, fue el perdón.
Justo al inicio de mi jornada, cuando deseaba ardientemente hacer la Obra de Dios, vino el dolor del rechazo. Con el pasar de los años, sufrí varias decepciones y traiciones provenientes de personas con las cuales tuve buenos ojos. Fui sincero con todos, al punto de invitarlos a sentarse a la mesa conmigo, pues confiaba, sin reservas, en el carácter de quienes se ponían a disposición para ayudar en el trabajo. También sufrí —y aún sufro— muchos intentos de asesinato de mi reputación por medio de injurias y difamaciones. Inclusive, ya enfrenté procesos judiciales y hasta una solicitud de arresto sin el menor fundamento debido a mentiras.
Muchos de estos dolores fueron públicos, pero algunos ocurrieron dentro del ministerio, a través de los llamados “hermanos”.
Sé lo que es ser amado y considerado, pero también sé lo que es recibir gratuitamente odio y desprecio.
No predico sobre guardar el corazón y aprender a perdonar en la teoría, porque hablar sobre el perdón cuando nunca se ha sido calumniado o perjudicado es fácil.
Ante la injusticia, lo normal es dejar que el corazón se llene de tristeza, de rencor y de deseo de venganza. Es parte de nuestra naturaleza ofendernos, resentirnos y querer devolver lo mismo, por así decirlo. Cualquier ser humano siente esto.
Por sí solo, vivir genera dolor; pero, cuando una persona decide vivir en la justicia, debe estar preparada para experimentar injusticias atroces. Si hay algo en esta vida que el justo tiene garantizado es que será herido, decepcionado y maltratado.
Sin embargo, las personas esperan ingenuamente el bien y no se preparan para recibir el mal como recompensa. Por eso vemos tanta gente resentida, emocionalmente enferma, espiritualmente débil y con espíritu contencioso.
Hemos visto la acumulación de la ira, el rechazo a perdonar y la voluntad de pagar mal por mal guiar las decisiones de muchos a lo largo de la vida.
Aunque algunas personas no admitan guardar resentimientos, en el fondo, saben que hay un rencor bien escondido en el corazón. A veces, camuflado por el tiempo, las risas o las tareas cotidianas, hay un resentimiento manchándoles la consciencia y robándoles las fuerzas para proseguir; esto sucede porque la falta de perdón no permite que tengan paz en el alma.
La verdad es que el resentimiento coloca al alma en una especie de prisión espiritual.
No son pocos los que dicen que ya perdonaron, cuando, en realidad, quieren que le vaya mal a la persona que los perjudicó. Como dicen por ahí: “¡Que se muera, que corra la noticia y que yo sea el primero en enterarme!” Esto se debe a que, con cualquier resentimiento, viene el deseo de venganza.
Tal vez piense que este tema no es para usted, pues la venganza es un sentimiento muy alejado de su realidad. Lamento decirlo, ¡pero eso no es verdad! El simple deseo de querer “justicia” a toda costa o de tomar represalias de alguna manera ya es un tipo de venganza. Sepa que desquitarse es vengarse, aunque sea una actitud aparentemente insignificante; cuando el objetivo es retribuir una ofensa, eso se llama venganza.
No vamos a engañarnos, mis queridos. ¡La venganza da placer! Al paladar de los que han sido heridos, cualquier mala noticia sobre quien les causó mal es dulce. La felicidad en el interior o un leve "¡Bien hecho!" ya muestra odio y sed de venganza.
Por no conocer la naturaleza humana, muchos desconocen el estado real de sus propios corazones; y a los que dicen que no son propensos a vengarse, sepan que esto solo será comprobado, de hecho, cuando sufran una injusticia.
Es común ver a personas queriendo demostrar que son buenas, diciendo que no guardan rencor y que no quieren el mal de los demás. Solo que, en realidad, prácticamente todas ellas ya enfrentaron o enfrentan dificultades en esa área. El gran problema es que no siempre son conscientes de ello —o tal vez no están siendo honestas consigo mismas.
Siendo así, en este libro trataremos —de manera clara, simple, pero profunda— qué siente el corazón al ser masacrado por el dolor y cuál es el proceso del perdón. Usted descubrirá que perdonar es una elección y que no tiene nada que ver con el corazón. Por eso, me atrevo a decir que perdonar es fácil, y que es perfectamente posible superar el resentimiento y seguir adelante con la vida incluso ante la peor injusticia. A través de reflexiones, usted descubrirá si realmente perdonó y si está libre del placer de la venganza.
¿Quién no ha tenido un pico de presión arterial, un aumento del nivel de glucosa o incluso un fuerte dolor de cabeza después de sufrir una decepción por parte de alguien?
¿O quién no ha tenido sus pensamientos tomados por la ansiedad y se quedó sin dormir durante toda una noche después de haber tenido un disgusto con una persona de su convivencia?
Problemas así pueden ocurrir en cualquier momento de la vida y con cualquiera. Pueden ser causados tanto por una persona que actuó de manera premeditada, traicionera y sin carácter, o por alguien que no tuvo la intención de hacer el mal, pero lo hizo. Estas cuestiones pueden generar una gran pelea, seguida de una ruptura en la relación. Por otro lado, los problemas también pueden surgir por una palabra fuera de lugar y, a pesar de no haber ruptura en la relación, la situación termina por hacer que el corazón se resienta y guarde rencor.
Sin embargo, cualquier malentendido o enojo —sea grande o insignificante a los ojos de quien está fuera de la situación— es suficiente para desestabilizar el cuerpo y ser un disparador que afecta su buen funcionamiento. Si situaciones de contrariedades provocan esta descarga en el cuerpo físico, al punto de ponerlo en riesgo, ¡imagínese lo que sucede en el alma, que es la parte más sensible del ser humano! Es el alma la que siente —con toda la intensidad— el amor, la compasión y la alegría, por ejemplo, pero es también en el alma donde se arraigan la ira, el resentimiento y toda la maraña de sentimientos a los que la naturaleza humana es susceptible, pudiendo dejar secuelas profundas.
Vivimos en un mundo extremadamente turbulento y hemos visto acontecimientos que nunca hubiéramos pensado ver. Son guerras, rumores de guerras, crisis económicas, políticas, climáticas y un infinito caos en el que está inmersa la humanidad.
Además de estas crisis que ocurren a pesar de lo que hacemos, hay otra, que es la marca de estos últimos tiempos. Hablo del enfriamiento del amor, como dijo el propio Señor Jesús que ocurriría; ¡por eso hay tantas traiciones, abandonos, rechazos e insensibilidad! Y no suceden lejos de nosotros, en tierras lejanas y entre desconocidos. Esta dura y fría realidad con la que el ser humano ha elegido relacionarse se ha generalizado y está arraigada en nuestra vida diaria —a veces incluso en nuestros propios hogares o en el círculo más íntimo de amigos. La falta de amor y consideración se ve tanto en los países ricos, con un alto nivel de desarrollo, como en los países con grandes carencias; en familias ricas y en familias pobres; entre los eruditos y educados y entre los incultos y analfabetos.
Hay una verdadera convulsión de desentendimientos, contiendas y resentimientos dejando al mundo cada vez más confuso.
Encendemos la televisión y vemos conflictos. Leemos las noticias y solo hay discordias, rivalidades y desesperanza. Salimos a las calles y nos sorprende la indiferencia, el egoísmo y la inhumanidad. Las personas se enorgullecen de ser hostiles, de enfadarse, de excluirse y anularse unas a otras. Les basta con ser contrariadas para buscar formas de vengarse y lastimar aún más a la otra persona. Utilizan la inteligencia para crear formas de declarar su odio con mayor vehemencia y herir a sus enemigos.
Difícilmente la respuesta a una ofensa es comprender, pasar por alto y perdonar. ¡Las redes sociales son prueba de ello! Reflejan lo que sucede en la vida real, con discursos de odio, comentarios agresivos, calumnias, cyberbullying, faltas de respeto e incluso delitos.
El odio se ha vuelto tan cultural que ni siquiera una palabra dicha fuera del discurso políticamente correcto puede ser perdonada. En nuestros días, basta con una publicación o un discurso considerado inapropiado para que se produzca una avalancha de cancelaciones y una prohibición para siempre jamás. Además de ser la forma moderna de apedreamiento, es la forma más rápida que tienen las personas de liberar todo el mal que acumulan en su interior.
Sin embargo, Dios no nos creó para que odiáramos. Vea cuán puro es un niño en sus sentimientos y acciones. Los pequeños pueden enojarse en un momento, pero enseguida el sentimiento pasa y vuelven a hablar con la persona que los lastimó, sin enojo ni frustración.
Vemos, entonces, que es urgente hablar sobre perdón en las relaciones —sea entre los pueblos, entre vecinos o entre hermanos— pues, ¿qué futuro puede haber para los seres humanos si no son capaces de pasar por alto una ofensa?
Necesitamos ser conscientes de que nos lastimarán y de que las personas más cercanas a nosotros —con quienes vivimos, a quienes consideramos y a quienes amamos— pueden ser la causa de nuestro dolor e incluso de un daño.
Sé que, para algunos, ese daño no es algo simple, pudiendo ser un abuso sexual, emocional o verbal; la pérdida de la reputación; un grave perjuicio económico o una infidelidad conyugal.
Hay pérdidas aún mayores, porque se puede reconstruir una casa, se puede recuperar un empleo, pero ¿qué pasa cuando hay una muerte? ¿Y cuando le quitan la vida a un ser querido de manera injusta y cruel?
Necesitamos hablar sobre esto porque el mundo fue, es y seguirá siendo un lugar peligroso y muy difícil para vivir si somos débiles en el sentido emocional y espiritual. Claro que hablar de perdón no significa cerrar los ojos ante las atrocidades y dejar de buscar, a través de la justicia, el castigo de los responsables y la reparación de los crímenes. Una cosa no tiene nada que ver con la otra.
Abordar este tema es analizar las batallas de la vida, que todos enfrentamos en diferentes escalas. Es aprender a luchar las guerras cotidianas contra las injusticias que se cometen en el trabajo, en la familia, en el círculo religioso o a través de una amistad que se ha vuelto ingrata y desleal.
¿Usted cree que es posible perdonar a quien causó el mal que sufrió?
¿Es posible superar pérdidas irreparables?
Pues le digo que no solo es posible, sino que no hay otro camino para seguir viviendo a no ser a través del perdón.
Solo el perdón tiene el poder para soltar las amarras que, día y noche, sujetan al ofendido a su agresor.
Quien no perdona actúa de manera contraria a lo que Dios orienta. Es un prisionero del odio y no podrá recuperarse mientras insista en pensamientos vengativos en relación con sus detractores.
La verdad es que el odio consume las fuerzas y la energía que el ser humano necesita para vivir.
Pero quien perdona nunca pierde. Solo gana, y gana con Dios. ¿Existe mayor y mejor riqueza que esta?
Por lo tanto, el perdón debe ocurrir rápidamente. Tiene que ser hoy. Tiene que ser ahora.
El perdón no puede esperar
Perdonar es cancelar la deuda que alguien tiene con nosotros y no volver a cobrarla nunca más. Por lo tanto, quien perdona ya no se ofende y, aun teniendo oportunidad, no se venga de su ofensor.
El Señor Jesús habló sobre varios temas durante Su ministerio, pero dos temas fueron muy frecuentes en Sus enseñanzas: el resentimiento y el perdón.
Inclusive, nuestro Señor dijo que debemos resolver nuestras diferencias con las personas rápidamente, sin demora.
Es fácil entender esto porque, cuanto más se tarda en aclarar un malentendido o en resolver un conflicto, más amargura e ira se generan y mayor es la culpa y el dolor que empiezan a existir en los corazones heridos.
Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el Altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del Altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.
Reconcíliate pronto con tu adversario mientras vas con él por el camino, no sea que tu adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
Mateo 5:23-26
La instrucción de un perdón liberado sin demora está retratada inclusive en uno de los momentos más memorables para la fe judía: el momento en el que las personas van al Altar para hacer sus ofrendas. El Altar del Templo tenía un gran significado, pues representaba al Trono de Dios en la Tierra. Por su parte, la ofrenda tiene el poder de materializar el alma de quien ofrenda y mostrar exactamente lo que cada uno tiene dentro de sí.
