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Has ordenado tu espacio personal, ahora es el momento de ordenar tu espacio acústico. En una época en el que el ruido y el caos compiten por cada instante de nuestra atención, el prominente autor, músico y naturalista, Dr. Bernie Krause, nos presenta métodos para reducir el barullo de nuestra vida, restaurando así la sensación de satisfacción y recobrando la calma. En la misma manera en la que algunos influencers nos inspiran a ordenar nuestros hogares, El poder de la tranquilidad lleva la organización personal a un nuevo nivel: al ámbito acústico. El bioacústico Bernie Krause comparte consejos saludables que nos ayudan a identificar y reducir los ataques auditivos dañinos que nos asedian constantemente, una disonancia incoherente que impacta nuestra salud más de lo que podemos llegar a imaginar. De la mano de la guía tranquilizadora del autor serás capaz de afinar tu entorno, incrementar tu bienestar, reducir la ansiedad, y restaurar la sensación de paz interior, así como incrementar la productividad en tu propio espacio auditivo. El poder de la tranquilidad es un libro poderoso y revelador. Minuciosamente investigado y diseñado de manera accesible, es la mejor guía silenciosa de la actualidad, dirigiéndote desde un campo de escombros auditivos hacia una vida más tranquila, conectada y armoniosa.
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Seitenzahl: 169
Veröffentlichungsjahr: 2022
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El poder de la tranquilidad en un mundo lleno de ruido
Bernie Krause
Traducción de Pau Gros
Título original: The Power of Tranquility in a Very Noisy World, originalmente publicado en inglés por Little, Brown and Company, en 2021, en Nueva York
Primera edición en esta colección: mayo de 2022
Copyright © 2021 by Bernie Krause
This edition published by arrangement with Little, Brown and Company, New York, New York, USA. All rights reserved.
© de la traducción, Pau Gros, 2022
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2022
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 978-84-18927-93-5
Diseño de cubierta: Pablo Nanclares
Fotocomposición: Grafime Digital, S. L.
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
Para Al Young, y en memoria de Stuart Gage
«Lo esencial es invisible a los ojos.»
ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY, El principito
Lo más cerca que he estado nunca de tener una experiencia religiosa fue una tarde de octubre, hace ahora más de medio siglo. Había ido, yo solo, hasta un pequeño parque de las afueras de San Francisco. Mi objetivo ese día no tenía nada de extraordinario. Se trataba sencillamente de grabar los sonidos de la naturaleza para un álbum que estábamos preparando con mi colega musical, Paul Beaver, ya fallecido, a raíz de un encargo que nos había hecho Warner Brothers. El álbum en cuestión, que llevaba por título In a Wild Sanctuary, sería el primero de ese tipo que se centrara en el tema de la ecología, y también el primero que incorporase paisajes sonoros enteros (tanto urbanos como naturales) mezclados, como si de instrumentos de una orquesta se tratase. Era, además, la primera vez que probaba de grabar sonidos en el exterior.
Por suerte, hacía poco habían salido al mercado los magnetófonos estéreo, así que Paul y yo tuvimos la oportunidad de probar uno de los primeros modelos disponibles. No tenía ni idea de cómo grabar sonidos en el exterior y, si te soy completamente sincero, estaba algo nervioso ante los peligros y las dificultades a los que pudiese tener que hacer frente, por más que la localización fuera un parque público bien mantenido y lleno de caminos bien señalizados. Hasta ese momento, solo había trabajado en proyectos de sonido de interior, en estudios de grabación y de rodaje, recintos a menudo sin ventanas ni conexión con el mundo exterior. Nunca me había planteado siquiera que existiese otro campo que pudiese resultar tan gratificante como ese, un campo lleno de tantos encuentros emocionantes, tanto esplendor, y, menos aún, que pudiera tener un efecto positivo en mi TDAH. Todos esos sentimientos, casi siempre reprimidos en el bioma aislado de mi infancia y en los lugares en los que trabajé de joven, se desvanecieron en ese preciso instante como una medida de incertidumbre y agitación. Pero en esa tarde de otoño, justo cuando empezaba a oscurecer, me di cuenta de que mi vida ya había cambiado para siempre.
Por ese entonces, y estamos hablando de finales de la década de 1960, ese parque estaba casi vacío de transeúntes, más aún en cualquier tarde de un día entre semana. Vaya, era evidente que no había nadie a la vista desde donde me disponía a instalarme para grabar sonidos. Estaba completamente solo. Sin distracciones. De pie, al lado de un pequeño riachuelo y bajo el cobijo de las secuoyas, y, mientras escuchaba el ruido ambiental a través de mis auriculares, me sobrevino instantáneamente una sensación de sanación tan abrumadora, poderosa y emocional que hizo que casi se me saltasen las lágrimas. No es que hubiese un silencio total. El silencio completo (es decir, la ausencia de sonido) es muy difícil, por no decir imposible, de encontrar en el planeta Tierra. Corría una suave brisa de otoño entre los árboles que venía del oeste, y ese sonido se unía al suave fluir del agua del riachuelo. Y en ese momento me sentí más relajado de lo que había estado en todo el día. Una pareja de cuervos voló por encima de mi cabeza, y el sonido y la vibración de su aleteo por el cielo se podía percibir incluso desde la distancia. Cada elemento sonoro realzaba una extensa ilusión del espacio que se transmitía mediante lo que escuchaba a través de los auriculares. Había sonido, claro. Pero ¿qué había en esa serie de resonancias para que yo experimentase una reacción tan intensa y novedosa para mí? Primero, tengo que confesar que, por lo general, cualquier ruido de la ciudad me altera o me asusta; pero allí, en ese parque, no oía más que los ecos de las máquinas de construcción, y muy a la distancia. Lo que encontré principalmente esa tarde es el camino de la tranquilidad, una de esas decisiones y primeros pasos que ponen en marcha un sentido y un destino, y que he seguido a lo largo de toda mi vida desde ese momento.
Antes de esa tarde crucial, el ruido suponía para mí un estruendoso clamor de distracción acústica, un foco de dolor amplificado por mi TDAH y, por lo tanto, me exacerbaba la habitual sensación de hipersensibilidad sonora ante cualquier tipo de ruido. Y, aun con todo eso, me sentía atraído hacia el ruido, como una polilla se siente atraída por una bombilla encendida, por la misma razón que cualquiera de nosotros se siente atraído por el ruido: porque crea un aura de acción, una curiosidad, una sensación competitiva, una carrera hacia lo efímero, y yo, como muchos de nosotros, parecía incapaz de vivir sin ella.
A causa de mis problemas de visión, mi vida siempre se ha basado sobre todo por lo que percibo auditivamente. Desde que vi una fotografía de un estudio de grabación (debía tener unos cuatro o cinco años, supongo) decidí que mi objetivo era ser músico profesional. A los tres años y medio ya tenía un violín en las manos. A los cuatro, mi profesora de violín me descubrió el fascinante mundo de la composición musical. Y a los trece, aunque había dado algunas muestras de talento prometedor, me aburrí del violín y pasé a tocar la guitarra, y aprendí todos los estilos posibles con la esperanza de que eso me permitiera estudiar música en la universidad. Fue entonces cuando me llevé la primera de las grandes sorpresas de mi vida: fue en 1955, después de mandar mis solicitudes de ingreso a Juilliard, a la Eastman School of Music y a la facultad de música de la Universidad de Míchigan.
Porque resulta que, por aquel entonces, la guitarra no estaba considerada como un instrumento musical.1 Después de cambiar de rumbo y graduarme en Historia de América Latina, me marché a la costa este y empecé a formar parte de la escena folk de los sesenta en la ciudad de Boston. Un día, me pidieron que hiciera una prueba para ser el tenor de un conocido grupo de folk, The Weavers, un puesto que originalmente había ocupado Pete Seeger. Formé parte del grupo en el último año en que estuvieron en activo, en 1963. Después de que The Weavers se separara, me mudé a California para asistir como oyente a las clases de música electrónica que se impartían en el Mill College de Oakland, donde tuve a Pauline Oliveros como mentora y pude asistir a las clases que impartía Karlheinz Stockhausen. Fue allí donde conocí a Paul Beaver, y juntos creamos un grupo synth llamado Beaver & Krause. En 1967, empezamos a usar sintetizadores en música pop y en bandas sonoras de películas; la primera vez fue en el Monterey Pop Festival, y a continuación, y de manera semanal, en una serie de talleres que impartíamos en el estudio de Paul en Los Ángeles. Juntos, publicamos cinco álbumes; uno de ellos incluso entró en las listas de éxitos. Hasta el día en que Paul falleció, trabajamos (ya fuera juntos o de manera individual) en más de cien películas, entre las que destacan La semilla del diablo, Un hombre llamado Caballo, El hombre ilustrado, Love Story, Performance, Robinson Crusoe por un año y Apocalypse Now. Colaboramos con grandes nombres de la música, como Mick Jagger, George Harrison, Van Morrison, The Doors, David Byrne, The Beach Boys, Linda Ronstadt, Brian Eno y muchos otros. Mis inicios como músico profesional estuvieron llenos de felicidad, diversión y sesiones interminables grabando bandas sonoras de grandes películas y álbumes de cantantes y grupos muy populares. La gratificación de mi ego se construyó sobre los cimientos del sonido, pero al final eso me salió muy caro, hasta el punto de acabar enfermo. La última película en la que trabajé (y después de haber sido despedido y contratado de nuevo como cinco veces del proyecto) fue Apocalypse Now; mi cometido principal era crear los sonidos del helicóptero y programar los arreglos de aproximadamente una tercera parte de la banda sonora de sintetizadores.
Después de ese proyecto, decidí abandonar mi carrera como músico. Me matriculé en la universidad, hice un doctorado en Artes Sonoras Creativas, realicé unas prácticas en bioacústica marina y nunca más miré hacia atrás. Y, desde ese entonces, me he pasado los últimos cincuenta años grabando sonidos de la naturaleza en algunos de los rincones más remotos y exóticos del mundo, donde los entornos vitales siguen activos en su máximo esplendor. Durante todos estos años, he aprendido, gracias a esos momentos mágicos, a apreciar el valor de la serenidad y a saber cómo protegerme de las consecuencias físicas y emocionales del ruido. También he descubierto qué entornos acústicos tienen un efecto paliativo en los niveles de estrés o ansiedad. Nuestro cuerpo es sabio, y nos hace saber cuándo algo es beneficioso para nosotros.
Este libro que tienes entre manos, El poder de la tranquilidad en un mundo lleno de ruido, no es más que la crónica de ese viaje vital. Paso a paso, descubriremos juntos qué podemos hacer cada uno de nosotros para identificar los efectos positivos que nos ofrecen los encuentros acústicos y, a la vez, aprenderemos a erradicar los efectos perjudiciales de los entornos sonoros tóxicos a los que la mayoría de nosotros nos vemos expuestos en nuestro día a día. También te ayudaré a explorar las diferencias entre ruidos perjudiciales y las señales que nos hacen sentir bien, las diferencias entre el ruido como un factor de estrés y los entornos sonoros que nos sirven como neuroterapia emocional y psicológica y como estimuladores de la productividad. Al final de este libro, conocerás las técnicas para eliminar los sonidos perjudiciales y sustituirlos por señales sanadoras, que suelen encontrarse en entornos naturales, antiguas protosinfonías que hoy en día se usan por sus propiedades sanadoras (algunas de ellas están muy cerca, incluso cerca de nuestras casas); es decir, te propongo una especie de sesión de yoga para los oídos.
Pero, antes de todo eso, creo que resulta esencial determinar la distinción entre ruido y resonancia terapéutica. Y lo haré mediante pequeñas incursiones en los entornos en los que vivimos todos. Siguiendo estas sencillas sugerencias, descubrirás la enorme variedad de señales sonoras y lo que representa cada una de ellas; las que más te gustan, las que no te gustan nada y el porqué de tu reacción a ellas. Tómate los primeros capítulos de este libro como una especie de despertar auditivo, como una piedra de Roseta sónica, por un lado, y, por otro lado, también como un ejercicio de limpieza acústica que te ayudará a volver a estar alineado con lo que originalmente nosotros, los humanos, tenemos que escuchar: el mundo que nos rodea. Más adelante, nos centraremos en los efectos tóxicos de los ruidos de nuestro entorno, y explicaré qué los causan y qué podemos hacer (ya sea de manera individual o como sociedad) para frenarlos. Por último, nos adentraremos en el mundo de los tipos de decisiones acústicas que podemos tomar y el poder que tienen para transformar nuestras vidas en aventuras enriquecedoras y llenas de emoción.
A menudo me encuentro con gente que me hace la misma pregunta: «Si quisiera tener esa vida más relajada de la que tanto hablas, ¿qué se supone que tengo que hacer?». Y mi respuesta es clara: no se trata tanto de qué hacer para llegar a ese estado de tranquilidad vital. Se trata de saber qué no hacer.
«No creo que jamás podamos “escuchar” a nuestros enemigos, o hacer que estos “nos escuchen” a nosotros, mientras no sepamos escuchar nuestros propios sonidos.»
GARRET KEIZER, The Unwanted Sound of Everything We Want: A Book About Noise
Como dijo el gran David Bowie, «el futuro está en manos de aquellos que lo oyen llegar». Para oírlo llegar, sin embargo, debemos aplicar ciertos cambios en la forma en que escuchamos. Si crease un retrato general acústico de mí mismo, y de mis amigos y familia, creo que sería algo así: estamos en todas partes. Y el sonido que todos nosotros generamos también está en todas partes. Si fuesen tiempos más normales, habría multitudes de gente por las calles de la ciudad, por los patios de las escuelas, por los parques, en los centros comerciales y en las discotecas. Llevamos siempre los auriculares puestos, los ojos pegados al móvil, y no prestamos atención ni a las personas ni a las cosas que nos rodean por todos los entornos convulsos por los que nos movemos diariamente. Rara vez levantamos la cabeza. ¿Para qué? Estamos ligados a la servidumbre de los sonidos y las distracciones del mundo digital, que hoy en día personifican, entre otros, Spotify, Pandora, TuneIn, los tonos de llamada, Bandcamp y los sonidos de los juegos, todo un conjunto de ruidos que se expande exponencialmente en una mezcla de cinta de Moebius en constante evolución. Los ecosistemas sonoros en los que vivimos están rebosantes de hip-hop, rock y jazz: Lil Nas X, Mahler, Nicki Minaj y AC/DC. La música está en todas partes, siempre a un volumen muy alto, y se mezcla y compite encarnizadamente con el resto de los sonidos que nos envuelven. Elegimos lo que creemos que nos apetece escuchar. Pero, si nos paramos a pensarlo un momento, ¿cuánto de ello realmente oímos?
Cuando nos sacamos los auriculares, acabamos inundados con multitud de otros sonidos. Las antiguas estaciones de metro de las grandes urbes generan una serie de sonidos agresivos y molestos por el impacto del metal contra metal. La furia extrema de los rugidos del motor de los enormes coches y motos que pasan por los vecindarios nos sobresaltan y asustan, ya que, al fin y al cabo, eso es precisamente para lo que están pensados. El televisor encendido en la habitación de al lado añade un plus de contaminación sonora a nuestro estado mental con su infinidad de ruidos molestos. Los restaurantes a los que vamos a cenar y las calles por las que paseamos nos hacen muy difícil poder disfrutar de las más que merecidas noches tranquilas, asumiendo, claro está, que no estemos confinados por culpa de una pandemia. En un día laborable cualquiera, los martillos neumáticos y el constante repiqueteo de cualquier sitio en obras nos hace imposible relajarnos, y cada uno de esos sonidos está destinado a distraernos y a generarnos tensión, tanto física como emocionalmente.
Durante los últimos doscientos cincuenta años, nuestras vidas han sido asoladas cada vez más por el ruido humano. Y, aun así, este tipo de sonidos en particular se han colado tan sutilmente en nuestro día a día que somos incapaces de ver el daño auditivo que nos causa y el riesgo que supone para nuestro bienestar físico y para nuestra salud emocional. Cuando nació Airbnb, mi mujer Kat y yo decidimos poner en alquiler nuestra casa de invitados en Wild Sanctuary. Situada en el norte de California, con una extensión de ocho kilómetros cuadrados de pura naturaleza, empezamos a utilizarla como hostal de vez en cuando. Un fin de semana de verano llegó una pareja de Nueva York dispuesta a pasar tres noches allí. Pero, tras la primera noche de su estancia, a primera hora de la mañana, cuando cruzaba la puerta de casa para salir a correr, los vi sentados en las escaleras con las maletas hechas y el maletero del coche abierto. Al preguntarles si había habido algún problema, me contestaron que el ruido de los grillos que venía del bosque que rodeaba nuestra finca que oyeron durante toda la noche los había asustado y que habían decidido reservar un hotel en el centro de San Francisco, donde, cuando se fueran a acostar, solo escucharían los familiares ruidos de la ciudad. Aunque eran jóvenes, me di cuenta de que para ellos ya era demasiado tarde. El urbanismo ya había hecho mella en ellos de manera irreparable.
Si oyes un pitido estridente al salir de un concierto o de una discoteca, causado por el ruido extremo al que te has sometido, lo más probable es que hayas sufrido daños auditivos. Si has estado expuesto a ese ruido extremo durante un periodo de tiempo largo, puede que sufras pérdida de audición permanente. Para la generación milenial, esto es algo muy común: según un artículo publicado el año 2017 en The Lancet (una de las publicaciones más prestigiosas del ámbito médico), el tipo de pérdida de audición que describo es también «el mayor riesgo prevenible para evitar demencia, un riesgo mayor aún que el tabaquismo, la presión arterial alta, la falta de ejercicio físico o el aislamiento social».2
Y, a la vez, demasiados de nosotros hemos acabado olvidando las señales acústicas beneficiosas que estas señales dañinas han suplantado. Por lo tanto, no resulta nada sorprendente que, cada vez más, nos sintamos vacíos sin ellos. Pensemos en sonidos como el crujir de las hojas con las ráfagas de viento acariciando las copas de los árboles, el canto de los pájaros al atardecer, el suave arrullo de las palomas o el increíble rango de sonidos que hacen los cuervos. El ir y venir de las olas, el leve sonido del aleteo de un pájaro mientras surca el cielo, el rumor de una bandada de estorninos que migran en grupos durante un apacible día de invierno encima de un maizal…, todo eso complementa nuestro sentido de fascinación sonora.
Hubo quien encontró en la desaparición del ruido urbano durante el confinamiento por la pandemia de la COVID-19 algo casi aterrador. Si es tu caso, puede que sea una señal de cuán acostumbrado estás a ese ruido. En mi caso, sin embargo, me sirvió como respiro del estruendo sonoro que inunda nuestro mundo y nos distrae.
Al leer las páginas de este libro, espero que te des cuenta de que no solo nos perdemos gran cantidad de cosas que ocurren detrás de la música que suena en nuestros auriculares, sino que también descubras que el ruido visual y sonoro de nuestros dispositivos digitales supone un riesgo mayor a sufrir accidentes, a ser atropellados al cruzar la calle o incluso a chocar con transeúntes o contra un árbol, pues nuestros movimientos vienen determinados por la adicción y la obcecación. Este tipo de ruidos nos dañan los oídos, pero también la vida. Así pues, la pregunta esencial es esta: ¿qué podemos hacer ante este problema?
Llegados a este punto, repasemos algunas de las palabras clave que solemos tener malentendidas.
