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Ante las pérdidas definitivas y el dolor de lo inconcluso, recupera la paz y sigue adelante con tu vida. ¿Quién no ha vivido un duelo, la pérdida de un empleo, el fin de una relación, una pelea con un amigo, un diagnóstico médico devastador…? En algunos casos existe una solución, pero en muchos otros sólo resta aceptarlo y continuar. Sin embargo, es normal sentir que quedaron cosas sin ser dichas. Explicaciones que no se dieron. Perdones que no se otorgaron. Sentimos que algo falta para concluir de una vez por todas y dar vuelta a la página. Sentimos que necesitamos un cierre, y quizá lo encontremos, pero con demasiada frecuencia tenemos que renunciar a conseguirlo. Cerrar ciclos es algo que casi todos anhelamos en algún momento, pero que pocos realmente comprendemos. En estas páginas, el Dr. Gary McClain, psicoterapeuta y coach relacional, explica qué significa este proceso, por qué lo queremos, cómo lo conseguimos y qué debemos hacer cuando no podemos obtenerlo. Si estás lidiando con el dolor de una pérdida o sólo sientes la necesidad de atar un cabo suelto en una relación, El poder del cierre te ayudará a dejar atrás el pasado y abrazar el futuro.
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Seitenzahl: 334
Veröffentlichungsjahr: 2025
Índice
PortadaPágina de títuloDedicatoriaIntroducciónPARTE I: DEFINIR EL CIERRECapítulo 1. Qué es un cierreCapítulo 2. Qué no es un cierrePARTE II: POR QUÉ QUEREMOS UN CIERRECapítulo 3. Estamos sufriendoCapítulo 4. Estamos enojadosCapítulo 5. Nos sentimos impotentesCapítulo 6. Queremos perdónCapítulo 7. Es parte de un cicloPARTE III: CÓMO BUSCAR EL CIERRECapítulo 8. Establece tus intencionesCapítulo 9. Ten la conversación (o no)Capítulo 10. EvalúaPARTE IV: CUANDO NO OBTIENES EL CIERRE QUE QUERÍASCapítulo 11. Cuándo alejarseCapítulo 12. Abraza la aceptaciónCapítulo 13. Lograr un cierre después de una muerteConclusión: Seguir adelanteAgradecimientosDatos del autorPágina de créditos7111213151617181920212223242527282930313233343536373940414243444546474849505152535556575859606162636465666769707172737475767778798081828384858687888990919293949596979899100101103104105106107108109110111112113114115116117118119120121122123125127128129130131132133134135136137138139140141142143144145146147148149150151152153154155156157158159160161162163164165166167168169170171172173174175176177178179180181182183184185187188189190191192193194195196197198199200201202203204205206207208209210211212213214215216217218219220221222223224225226227228229230231232233234235236237238239241242243244245246247248249251252A cualquiera que haya intentado encontrar un cierre con otro ser humano: aquellos que lo lograron, aquellos que no, y aquellos que aceptaron cuando llegó el momento de alejarse. Mi deseo es proporcionarte, en las páginas de este libro, orientación, aliento y algo de consuelo para el camino que te espera.
Introducción
“Si tan sólo pudiera tener un cierre…”.
¿Has oído a alguien decir estas palabras últimamente? ¿O tal vez incluso las has dicho tú? Sospecho que sí. Tal vez sea la razón por la que escogiste este libro.
Bueno, yo también. En mis más de veinte años como profesional de la salud mental, ésta es una de las frases que más he escuchado. Ya sea que mis clientes estén en terapia para lidiar con el duelo, la pérdida de un empleo, el fin de una relación, una familia disfuncional, un diagnóstico médico devastador o cualquier otro problema, a menudo hacen la misma pregunta: ¿cómo encuentro un cierre?
Cuando piensas en cerrar, ¿qué se te viene a la mente? Quizá se trata del término de una relación romántica. Luego de un rompimiento, lo más natural es querer tener unas cuantas palabras finales para expresar cómo te sientes, para tratar de entender lo que sucedió, para concluir las cosas “de una vez por todas” (o para ver si a la relación aún le queda una posibilidad). O quizá se trata de la muerte de un ser amado. Cuando alguien muere, sin importar qué tan sana o enfermiza era tu relación con esa persona, casi con toda certeza habrá cosas que se quedaron sin ser dichas y ya no podrán expresarse jamás, o algunos otros cabos sueltos que jamás podrán ser atados. Por supuesto que desearíamos poder encontrar un cierre, incluso si —especialmente si— es imposible.
He aquí la verdad fundamental sobre el cierre, según la he experimentado en mi propia vida y en la de mis clientes: a veces encontramos el cierre que queremos, y a veces tenemos que alejarnos. ¡Alejarte del cierre que creías necesitar y que te das cuenta de que no te será posible tener puede ser un acto de empoderamiento! Ése es el poder del cierre: tiene un impacto sobre ti cuando lo encuentras y cuando no.
Por eso escribí este libro. Después de tantos años de conversaciones acumuladas sobre este tema, me di cuenta de que es algo por lo que casi todos se obsesionan en algún momento, y que, sin embargo, poca gente entiende de verdad. En estas páginas explicaré lo que es realmente un cierre, por qué lo queremos, cómo lo conseguimos y qué hacer cuando no podemos tenerlo. (Alerta de spoiler: lo más común es que no lo consigamos.)
Sospecho que no escogiste mi libro porque buscabas una lectura sencilla para el verano. Quizá lo elegiste porque estás luchando por alcanzar un cierre en alguna parte de tu vida. Si es así, siento mucha compasión por ti, y también me siento profundamente honrado de que escogieras mi libro. Mi deseo, mi meta es que, después de leer los siguientes capítulos, termines con algo que tenga un valor personal: un pensamiento, un ejemplo, alguna idea que puedas aplicar a tu propia vida y, como resultado, busques con confianza el cierre que necesitas —o, por el otro lado, reconozcas que es tiempo de alejarse. La vida no siempre nos da lo que queremos, pero si estamos dispuestos a aprender la lección, con frecuencia nos da lo que necesitamos.
Mis conversaciones sobre cierres han sido al mismo tiempo reconfortantes y desgarradoras, acompañadas de emociones como tristeza, frustración, enojo y miedo, pero también alivio, felicidad, alegría pura y esperanza. Deseo que en las páginas que siguen encuentres una combinación de consejos prácticos y apoyo que te ayude a transitar por el cierre —o la falta de— en tu propia vida. Saber que podrías beneficiarte de leer mis palabras es la realización de uno de mis grandes sueños. Tal vez algún día me lo harás saber. Tal vez eso me dará a mí mismo un cierre.
PARTE I
Definir el cierre
CAPÍTULO 1
Qué es un cierre
Cuando trabajas en el campo de la salud mental, como yo, tienes las mismas conversaciones una y otra vez. Cada uno de mis clientes de terapia es un individuo con sus propias experiencias de vida, perspectivas y metas, pero ciertos temas se repiten con frecuencia. Uno de esos temas es el cierre. Y si bien cada uno de mis clientes es único, a veces las mismas palabras salen de su boca.
“Si tan sólo pudiera tener un cierre…”.
“Él de verdad me debe un cierre en esto”.
“¿Por qué ella está evitando darme un cierre?”.
Y con demasiada frecuencia: “¡Exijo un cierre!”.
Pero ¿qué es un cierre, y por qué siempre parecemos desearlo con tanta desesperación? A pesar de lo mucho que hablamos del tema, puede ser sorprendentemente difícil de definir.
En un sentido literal, la palabra cierre indica que algo llega a su término, como el final de una relación romántica, el final de una relación profesional o, el más doloroso de todos, el final de una vida. Pero el cierre es más complejo que eso. De hecho, a veces el cierre no tiene nada que ver con terminar, sino más bien con encontrar algún tipo de resolución a un problema que surge todo el tiempo.
¿Cómo saber si estás sufriendo por una falta de cierre? Éstas son algunas señales. Podrías encontrarte…
Buscando a alguien para solicitarle una conversación sobre lo que sucedió entre ustedes dos.Ensayando lo que quieres decirle a alguien para hacerle entender cómo te sientes. (Y experimentando muchos sentimientos incómodos mientras ensayas cómo crees que responderá, o cómo quieres que responda.)Imaginando cómo será tu relación con alguien después de que hayan tenido la “gran plática”.Fantaseando sobre cómo alguien se sentirá después de que tú “regreses” a esa persona después de lo que te hizo.O podrías encontrarte queriendo…
Regresar a donde tú crees que la relación necesita estar, con cada uno de ustedes dando y recibiendo de forma equitativa.Recibir finalmente lo que mereces y que la otra persona, consciente o inconscientemente, te ha estado negando.Que se te aligere una culpa que cargas cuando la otra persona finalmente te perdone por algo que le hiciste —o, a la inversa, podrías querer que esa persona te pida perdón (el cual podrás otorgar o no).Recibir reconocimiento y respeto por lo que contribuyes.Si te identificaste con cualquiera de las afirmaciones anteriores, podrías estar sintiendo la necesidad de un cierre.
Ejemplos de querer un cierre
A veces la mejor manera de definir algo es con ejemplos, así que aquí te presento varios casos de clientes de mi consultorio que hablaron conmigo sobre sus propias razones para querer un cierre.
Allie y su novio terminaron luego de haber estado juntos por más de dos años. Las cosas se habían estado poniendo complicadas durante los últimos dos meses —ella aún no sabe por qué. El rompimiento en sí ocurrió de repente, durante una discusión que los llevó a ambos a decidir alejarse de esa relación. Allie y su ahora ex se han texteado algunas veces desde esa noche, sólo para saber cómo se encuentra el otro. Ella le ha pedido reunirse para conversar sobre lo que sucedió, pero él se niega. “Debo tener algún tipo de cierre”, dice Allie. “¿Por qué no quiere concederme eso?”. Ella siente dolor emocional y el deseo de perdón, además de un poco de verdadero enojo…
Tommy fue despedido recientemente del empleo en el que llevaba cinco años. Él y su jefe no siempre estaban de acuerdo, y su jefe le llamó la atención más de una vez cuando no estaba satisfecho con el desempeño de Tommy. Pero, en general, Tommy pensaba que se llevaban bien. Entonces, Tommy fue requerido en Recursos Humanos y le dieron la noticia de su despido. Su jefe no estaba en la oficina ese día, así que Tommy recogió sus cosas y se marchó. En repetidas ocasiones le ha escrito correos electrónicos a su jefe pidiéndole hablar sobre lo sucedido, y su jefe no ha contestado. “Al menos me debe algunas respuestas sobre lo que pasó con mi empleo”, dice Tommy. “¿No puedo tener un cierre?”. Tommy siente frustración, miedo al futuro y la sensación de que ha sufrido una gran injusticia…
Amanda vive con una enfermedad crónica y se ha estado atendiendo con la misma doctora por años. Cuando Amanda dice que ama a su doctora, es porque de verdad es así. Han pasado juntas por momentos muy difíciles. Amanda aprecia sobre todo el haber podido abrirse con ella y decirle lo que piensa. La semana pasada, Amanda recibió una carta informándole que su doctora había dejado la clínica y proporcionándole el nombre del médico a quien le había sido transferido su caso. Amanda está devastada. “Me avergüenza admitirlo —me dice—, pero pensaba que se despediría y que me diría cómo seguir en contacto. No habría hecho menos triste su partida, pero al menos yo habría tenido un cierre”. Amanda siente tristeza y decepción, además de los problemas potenciales de adaptarse a un nuevo doctor…
Tengo muchas otras historias que contar sobre cierres, algunas de la vida de mis clientes y algunas de mi propia vida. Algunas de estas historias terminan bien, algunas no, pero todas ilustran nuestra necesidad fundamental de cerrar.
Los grandes acontecimientos de la vida —rompimientos, despidos, muerte— son más propensos a presionar ese botón psicológico que busca el cierre. Pero también quiero hacer notar que nuestra necesidad innata de cerrar es tan fuerte que se presenta en cada parte de nuestra vida, incluso en situaciones relativamente insignificantes.
He aquí algunos ejemplos.
Estás apurado y entras a una farmacia a surtir una receta. Esperas tu turno, pagas tu compra y sales a toda prisa. De pronto, te das cuenta de que no te tomaste el tiempo para responder al empleado de la farmacia, que te sonrió y te dio las gracias. Te preocupa haber sido tan descortés. Piensas que, la próxima vez que vayas a esa farmacia, ojalá te atienda el mismo dependiente para que puedas ser superamable. Hasta consideras regresar y disculparte por estar tan apresurado. Lo que buscas es un cierre.
O digamos que estás en una reunión con un grupo de colegas, discutiendo un proyecto. Cuando describes un problema que estás tratando de solucionar, un colaborador te interrumpe a media frase y propone una solución idéntica a la que precisamente estabas esbozando. No dices nada porque en el plano general no es tan importante, pero te quedas con el sentimiento de que fuiste agraviado. ¿Tendrías que haber confrontado a esa persona durante la reunión? ¿Haber hablado con ella después? ¿Haberlo comentado con tu jefe? Lo que sí sabes es que no puedes simplemente olvidarlo sin concluir de algún modo el asunto. Todas esas preguntas significan que quieres un cierre.
Hacia una definición de cierre
Como dije, es difícil establecer una definición precisa de cierre, pero haré mi mejor esfuerzo. Como yo lo veo, el cierre es un estado emocional definido por una sensación de finalización y claridad. Significa que sientes poca o ninguna ambigüedad pendiente sobre una situación. Tus preguntas han sido bien respondidas, incluso si no te gustaron las respuestas. Cuando no tienes un cierre en una situación, piensas a menudo en ello, incluso obsesivamente, intentado descubrir por qué las cosas sucedieron de ese modo o imaginando qué podría haber pasado si hubieras actuado de otra manera. Cuando sí tienes un cierre, puedes estar feliz o no con cómo resultó la situación, pero la entiendes relativamente bien y ya no te sientes obligado a invertir una gran cantidad de tiempo y energía mental en ello; puedes seguir con tu vida y concentrarte en otras cosas.
Las formas de cerrar más satisfactorias y deseadas con frecuencia involucran una comunicación honesta entre las personas y una resolución pacífica del conflicto, lo que produce un desenlace con el que todos están satisfechos en lo general. Pero ésa no es la única forma de cierre que existe. El cierre puede ser triste o doloroso. Puede dejarte lamentando —pero, con suerte, comprendiendo— las acciones de la otra persona (o las tuyas). Tal vez no siempre te gusten las respuestas a tus preguntas, pero si éstas han sido respondidas satisfactoriamente y te sientes capaz de dejar atrás el pasado, felicitaciones, eso es un cierre.
Digamos que alguien con quien has estado saliendo durante los últimos dos años acaba de romper contigo. Y digamos que tu sorpresa fue total, pues no te esperabas aquello. Te parecía que las cosas iban bien, cuando de repente: ¡bum! Tal vez querrías algún tipo de cierre, ¿cierto?
Ésta es una forma como podría suceder: tú y tu ex se reúnen. Hablan sobre lo que cada uno de ustedes aportó a la relación, tanto de lo que contribuyó como de lo que perjudicó a su éxito como pareja. Ambos sienten que aprenden mucho de sí mismos con esa conversación —lo que hacen bien en las relaciones y lo que necesitan mejorar, así como lo que deberían buscar en una pareja futura. Al terminar de charlar, se dan un abrazo y se van, tal vez con lágrimas en los ojos, tal vez sonriendo, tal vez lamentando que las cosas no hayan resultado mejor en la relación, pero ahora con claridad sobre por qué no fue así.
Pienso que éste es un buen ejemplo del cierre que a todos nos gustaría experimentar cuando terminamos una relación. Hollywood no lo podría haber escrito mejor. Cuando tengo un cliente en esa situación y estamos discutiendo el cierre, este tipo de escenario es lo que más desearía. Y aunque quizá no sea supercomún, sí llega a ocurrir —o al menos alguna versión parecida.
Pero éste es un escenario alternativo: tu ex llega al lugar de la reunión visiblemente agitado. Antes de que puedas hablar, se lanza a un ataque verbal, te culpa de todo lo malo que pasó en su relación y te dice la terrible persona que piensa que eres. Tú no puedes decir ni pío. Finalmente, te levantas de la mesa y te retiras, dejando a tu ex sentado solo con su coraje.
Tal vez sientas tristeza, ira y frustración por no haber tenido la oportunidad de contar tu versión de la historia, pero quizás esta desagradable experiencia te haya resuelto algunas cuestiones. Si te preguntabas si la relación aún tenía una posibilidad, ahora puedes tener la certeza de que no. O quizá te das cuenta de que tu ex no era una persona gentil o razonable, y de que estás mejor sin ella. Éstos pueden no ser los finales hollywoodenses que todos deseamos, pero si te llevan a alcanzar una mejor comprensión y te permiten seguir adelante con tu vida, pueden ser su propia forma de cierre.
El cierre se da de muchas formas distintas, y una de las claves para alcanzarlo, como explicaré en capítulos posteriores, es abrir tu mente a la posibilidad de que no tener un cierre de la manera en que esperas no significa necesariamente que no lo tengas. El cierre que queremos, necesitamos o pensamos que merecemos no siempre ocurre de la forma que esperábamos, pero incluso los cierres menos ideales pueden resolver nuestras ambigüedades y hacernos sentir liberados.
La necesidad humana de cerrar
¿Por qué es importante tener un cierre? Para mis clientes, la respuesta a esta pregunta a menudo es: ¡por todo! O al menos por su salud mental, su felicidad y su autoestima, por mencionar sólo algunas de las cosas que ellos consideran que están en riesgo. Nuestro deseo de cierre proviene de la necesidad de expresar nuestros sentimientos, de entender verdaderamente por qué ocurrió un evento, de encontrar una manera de continuar. También podemos buscar un cierre por otras razones: para perdonar o ser perdonado, para aclarar las cosas luego de un malentendido, para sanar nuestros propios sentimientos.
¿Por qué es tan fuerte nuestra necesidad de tener un cierre? Los seres humanos estamos programados para evitar la incertidumbre. La combatimos. La negamos. Le huimos. Y como resultado, sufrimos. Experimentamos una incomodidad natural con los cabos sueltos, las palabras no dichas, los sentimientos no expresados, las obligaciones que tememos no haber cumplido. Los humanos queremos saber. No nos gusta quedarnos en suspenso, sin saber por qué ocurrió un suceso, sin saber por qué otra persona escogió comportarse como lo hizo. Y dependiendo de nuestro propio nivel de actitud defensiva, también queremos saber lo que nosotros mismos posiblemente hicimos para contribuir a la situación.
Ese deseo tan humano de saber puede llevarnos a encontrar el entendimiento que buscamos. Pero también puede llevarnos a la obsesión, ocasionando que nos coloquemos en situaciones debilitantes que no nos conducen a ninguna parte. Y a falta de información real, nuestra mente está ansiosa por intervenir y crear historias que nos acarrean más dolor y sufrimiento.
Cuando imaginamos que tenemos un cierre, parece muy simple. Dos adultos se sientan a arreglar las cosas. Describen sus perspectivas individuales. Escuchan y comprenden. Llegan a un acuerdo de algún tipo sobre cómo seguir adelante, juntos o separados. Pero como sabemos, los humanos somos bastante complicados. Ordenar las emociones y los egos no es tarea fácil, como cualquier terapeuta te lo podrá decir. Requiere que seas capaz de expresar cómo te sientes, de poner en palabras tus pensamientos y tus sentimientos. Requiere que seas capaz de escuchar sin que estés a la defensiva. Requiere de hacer concesiones mutuas. En mi experiencia, cuando buscas el cierre con otra persona, lo que le estás pidiendo es que se abra, que sea vulnerable, que esté dispuesta a asumir responsabilidades y a tener una conversación honesta contigo. Tal vez sea pedir demasiado cuando tú y la otra persona están atrapados en su propia humanidad, con todas sus virtudes, sus defectos y sus contradicciones.
Reflexión final: mi propia historia de cierre
Mi madre solía decir: “Si me dieran un centavo cada vez que alguien dice…”. Así me siento con frecuencia respecto de la palabra cierre. Como terapeuta, estoy seguro de que no soy el único en ese aspecto. Pero tengo que decir que el cierre ha sido un tema recurrente en mi propia vida, y a menudo me pregunto si yo atraigo a los clientes que también están tratando de aprender a lidiar con eso. Cuando empecé a escribir este libro, estaba apesadumbrado por mi más reciente lucha con un cierre. Ésta es mi historia (una de ellas, cuando menos).
Mi gran amigo David posee una propiedad en el país donde creció, y gracias a la recomendación de otro amigo, contrató a un joven agradable y motivado llamado Víctor para ayudar con los trabajos de mantenimiento. Tanto David como yo pensamos que Víctor tenía mucho potencial. David decidió volverse su mentor y comenzó a darle apoyo financiero con regularidad para cubrir sus gastos básicos, su colegiatura y otras necesidades de él y su familia. Yo también me hice amigo de Víctor, y ocasionalmente lo ayudaba con algo de dinero, además de darle una computadora nueva.
Pero un par de años después, David hizo unos descubrimientos bastante decepcionantes. Se enteró de que Víctor no había estado usando el dinero de la manera que decía, y de que había estado inventando historias para asegurarse de que el apoyo financiero continuara. David le había dado a Víctor una cantidad significativa y ahora se sentía lastimado, tanto emocional como financieramente. Para mí, era doloroso ver lo profundamente traicionado que se sentía.
Luego de que todo explotó y David terminó su relación con Víctor, fui de visita nuevamente a ese país. Víctor, con quien yo no había hablado desde que todo esto sucedió, me pidió que nos reuniéramos para cenar. Decidí ir porque, sí, yo quería algún tipo de cierre. Desafortunadamente, no lo obtuve. Durante la cena, Víctor me contó cosas que estaban pasando en su vida que yo sabía que no eran verdad. Me sentí un poco traicionado, pero más que eso, me preocupé por él, por las decisiones que estaba tomando y por el rumbo que estaba tomando su vida.
Víctor siguió escribiéndome después de que regresé a Estados Unidos, y yo dudaba en responderle porque sentía que tenía que estar del lado de David. Pero David me dejó la decisión a mí, así que al cabo de unos días le respondí brevemente con unas pocas palabras: Espero que estés bien. Poco tiempo después de esto, Víctor me bloqueó.
Luego de perder contacto con Víctor, mi deseo de un cierre fue creciendo gradualmente, y en mi cabeza recreaba imágenes muy específicas de cómo pensaba que tendría que haber sido. Quería que Víctor reconociera sus mentiras y se disculpara conmigo. Quería aceptar sus disculpas. Me decía que ésta sería una gran oportunidad de crecimiento para él, pero sí, yo sabía que mi ego también estaba involucrado. (Nuestro ego siempre está involucrado.) Quería estar en contacto con él, y ayudarlo si lo necesitaba, siempre y cuando pudiera hacerlo de una forma que no dejara a mi amigo David sintiéndose más traicionado todavía.
Pasaron dos años. Durante ese tiempo, no tuve idea de lo que Víctor estaba haciendo de su vida, cómo la estaba pasando, si se encontraba bien o no.
Un día, David me llamó al trabajo. Cuando habló, pude percibir que estaba llorando. Me dijo que Víctor había muerto de cáncer, del cual no teníamos la menor idea que padecía. Recordé las frecuentes enfermedades que siempre parecía tener, la ayuda que periódicamente requería para pagar cuentas de hospitales. Pensé en la última vez que lo vi, en lo demacrado que se veía cuando lo abracé para despedirnos. Las respuestas a preguntas previas sin contestar cayeron en su lugar. Me di cuenta de que tal vez había estado enfermo durante todo el tiempo que lo conocimos, pero que nunca nos había hablado de su padecimiento. ¿Qué demonios habría estado cargando aquel joven, incluyendo quizás el fantasma de su propia muerte? ¿Por qué no nos dijo nada? ¿Por qué, por qué, por qué? Las cosas podían haber sido tan distintas. Hubiéramos podido ayudarlos, a él y a su familia, de la forma en que más lo necesitaran. Yo exigía respuestas. Mi mente racional me decía que no iba a ser posible obtenerlas, pero aun así las exigía.
Durante algunos días me encontré llorando en mi oficina entre cliente y cliente. A todos les decía que mis ojos rojos eran producto de una alergia. Y cuando estaba solo con mis lágrimas, volvía a pensar en un cierre. Fantaseaba con que David y yo volábamos a su país, les llevábamos comida a Víctor y su familia, y nos asegurábamos de que recibiera el cuidado adecuado. Me imaginaba sentado junto a la cama de Víctor diciéndole que lo apreciábamos y lo perdonábamos y lo amábamos, pidiéndole perdón por no haber hecho un mayor esfuerzo por seguir en contacto. Sobre todo, deseaba abrazarlo.
Quería un cierre. Quería una segunda oportunidad de conseguir este cierre. Un cierre verdaderamente fantástico que nos dejara a todos la sensación que nos deja una película con final feliz.
Pero una vez más, el cierre se me escapó.
Me sentía triste por mí y por mi amigo David y por el joven Víctor. Me sentía triste por todas las otras ocasiones en mi vida en que había necesitado un cierre y no lo había obtenido. Me sentía triste por mis clientes que están luchando por vivir su vida sin el cierre que necesitan para seguir adelante. Recordé las muchas, muchas veces en que mis clientes se sentaron en mi sofá y me hablaron de su propia falta de cierre. Rompimientos. Divorcios. Despidos. Reubicaciones. Diagnósticos médicos. Muertes. ¡Clientes que se cubrían el rostro para llorar mientras decían que querían saber! ¡Que necesitaban saber! ¡Que merecían saber! Y, sin embargo… no sabían nada.
Es simplemente humano querer un cierre. Buscarlo puede llevar a una resolución y al crecimiento, o puede llevar a la frustración y a más dolor. Pero incluso el dolor de no encontrar un cierre puede, al final, acarrearnos un crecimiento personal. Buscar un cierre ha sido un proceso doloroso, pero también enriquecedor, en mi vida y en la vida de mis clientes. ¿En la tuya también? Te invito a acompañarme en esta aventura de los cierres.
CAPÍTULO 2
Qué no es un cierre
Una manera de entender mejor lo que es un cierre es analizar lo que no es. Si el cierre es un estado de finalidad, claridad y paz, entonces lo opuesto al cierre podría definirse como algo parecido a la perturbación, la distracción o la rumiación obsesiva y enfermiza. Pero es más complicado que eso porque, cuando buscamos un cierre, por lo general tenemos una resolución en mente. Y sin importar que la resolución obtenida sea positiva o negativa, suele ser muy distinta de lo que esperábamos.
Así que, en este capítulo, enfoquémonos en tres cosas que con frecuencia son erróneamente confundidas con cierres pero que, en realidad, no lo son. El cierre no es venganza. El cierre no es control. Y, aunque están relacionados, el cierre no es aceptación.
El cierre no es venganza
¿Cuándo fue la última vez que la idea de vengarte cruzó por tu mente? ¿El mes pasado? ¿La semana pasada? ¿Hace una hora? Si respondiste que sí a cualquiera de estas preguntas, déjame asegurarte que eres una persona normal. De hecho, si hubieras contestado que jamás has sentido la necesidad de vengarte, me habría sentido bastante sorprendido. Cuando sentimos que se nos ha tratado injustamente o que intencionalmente hemos sido lastimados de algún modo, queremos “desquitarnos” con la persona responsable (o aquella que percibimos como responsable) de alguna forma que también le duela.
Ésa es la naturaleza humana. Pero no es un cierre.
Una pregunta que debes hacerte si estás contemplando alcanzar un cierre: ¿quiero tener un cierre saludable con esta persona, o sólo quiero lastimarla de la misma forma en que ella me lastimó a mí? La venganza a menudo es un motivador para cerrar en un cierto nivel. Quizá no sea la venganza despiadada y sin cuartel que deja a la otra persona sollozando y convertida en un amasijo de emociones. Pero la necesidad de sólo una o dos gotitas de venganza —hacer que alguien se sienta triste o culpable, por ejemplo— puede tener cabida en tus planes de cierre.
Ahí están James y Anna. Ellos tenían lo que pensaban que era una relación increíble. Ambos estaban en sus primeros treinta, estaban bien afianzados en sus respectivas carreras, eran atractivos y tenían muchos amigos. Describirlos como una pareja perfecta no parecía una exageración. Hasta que lo fue.
Luego de vivir juntos por algunos años, la compañía donde trabajaba Anna, una empresa emergente, finalmente alcanzó su punto crítico y se volvió exitosa. Anna jugaba un papel de liderazgo en la compañía, así que las exigencias que pesaban sobre ella se incrementaron exponencialmente, al igual que sus horas de trabajo. Ésta era la oportunidad de Anna para tener un gran impacto en su área, y la aprovechó. Salía del apartamento temprano por la mañana y regresaba tarde por la noche. Más o menos una vez por semana acababa durmiendo algunas horas en el sofá de su oficina y continuaba trabajando durante todo el día siguiente hasta la noche.
Las largas horas de Anna en el trabajo incluían interminables juntas con el director general de la compañía, Jonathan. James había convivido con él algunas veces en los eventos de la compañía, y aunque Jonathan parecía un tipo afable, cuando el tiempo que Anna pasaba fuera de casa se incrementó, James decidió que no confiaba en él. Observó a Jonathan y Anna juntos en una fiesta, y no le gustó la manera en que Jonathan ponía su mano sobre el hombro de Anna mientras conversaban.
Una noche, mientras James estaba solo en casa viendo la televisión, rumiando sobre las largas horas de trabajo de Anna y cómo él se sentía abandonado, decidió esperar despierto a Anna. Cuando ella llegó, alrededor de la medianoche, James estaba listo. Le dijo que no confiaba en Jonathan y que no le gustaba que trabajara tantas horas extra. Le puso un ultimátum: o renunciaba a ese trabajo o renunciaba a la relación.
Anna estaba impactada de que James la acusara de infidelidad. Se sintió herida y enojada por el hecho de que él intentara controlar su vida y robarle esa gran oportunidad en su carrera. Le dijo cómo se sentía. También le dijo que no veía de qué manera podían seguir como pareja si él desconfiaba tanto de ella. Airadamente, James estuvo de acuerdo en que, si ella no podía ponerse en su lugar y entenderlo, entonces tendría que marcharse. Anna empacó una maleta y esa noche se fue a dormir a un hotel. Pocos días después, fue al apartamento mientras James estaba en el trabajo y sacó el resto de sus pertenencias.
James quedó emocionalmente destrozado luego de lo que, finalmente fue capaz de admitir, era el final de su relación. Había juzgado equivocadamente cómo iba a reaccionar Anna. Había pensado que ella se disculparía por abandonarlo. Había dado por sentado que ella querría sentarse a resolver las cosas. Y sí, había predicho que ella valoraría más su relación que su trabajo y que incluso podría renunciar al día siguiente. Pero no había sido así como se dieron las cosas.
Después de que ella se mudó, él y Anna sólo tuvieron conversaciones breves, principalmente para arreglar asuntos pendientes sobre deudas monetarias y direcciones de reenvío. Él le escribió mensajes de texto en algunas ocasiones y sólo recibió respuestas cortas: Sí, estoy bien. Espero que tú también. Sentía que merecía algún tipo de cierre luego de todo el tiempo que habían pasado juntos, el hogar que habían construido, los planes que habían hecho. Entonces, le pidió que se reunieran. Le dijo que pensaba que era importante hablar sobre lo sucedido. Quería que ella supiera cómo se sentía ahora que estaba menos abrumado por las emociones. Les haría muy bien a los dos tener un cierre, le dijo.
James reflexionó mucho sobre esta conversación. De hecho, comenzó a ensayarla. Le hablaría desde el corazón, se dijo. Él y Anna realmente nunca habían hablado las cosas. Eso era lo que sus amigos y familiares le recomendaron: hablen las cosas. Lleguen a un acuerdo. Abrácense y deséense mucho éxito.
Pero en la mente de James, “hablar las cosas” significaba darle a Anna una lección. Decidió decirle a Anna lo negligente que había sido con su relación, y que jamás creería que ella y Jonathan no estaban teniendo un amorío. También le informaría que el sexo nunca había sido especialmente bueno y que él nunca se había sentido tan feliz como necesitaba sentirse en su relación. ¿Acaso no merecía hacerle saber aquello?, se preguntaba. Por supuesto que sí. ¿Y no sería beneficioso para ella saberlo? Seguro que sí. ¿Y Anna no debería sentir un poco del dolor que él había sentido? Desde luego que sí. Tal vez eso le daría finalmente el cierre que James necesitaba.
La venganza es dulce… hasta que no lo es. He estado en este negocio por mucho tiempo, y puedo decir con certeza que nunca he escuchado a alguien que se haya vengado de otra persona decir que se siente satisfecho. En el momento puede funcionar magistralmente: la otra persona está lastimada, humillada, devastada. Pero después, ¿te sientes tranquilo y en paz? Lo más probable es que te sientas avergonzado, incómodo y vacío. La venganza es una victoria temporal que con demasiada frecuencia termina sintiéndose como una derrota. Cuando la venganza se disfraza de cierre, sólo conduce a la necesidad de más cierre, a tener que reparar el daño provocado a ti mismo y a la otra persona, y a la necesidad de pedir perdón.
Eso es lo que le pasó a James. Cuando le soltó su discurso, la satisfacción que recibió fue sólo temporal. Duró únicamente hasta que Anna comenzó a llorar. El ver cómo lastimaba a alguien que había significado tanto para él dejó a James con un mayor anhelo de cierre. Ahora quería disculparse, decirle a Anna que en realidad no se sentía así respecto a ella. En lo absoluto. Quería decirle que tan sólo estaba enojado y quería desquitarse con ella por cómo lo había decepcionado.
Pero después de aquello, Anna cortó toda comunicación con él. La necesidad que tenía James de un cierre siguió tan intensa como había sido hasta antes de esa conversación, y él tendrá que vivir con eso por un largo, largo tiempo.
Si no estás seguro de si lo que buscas es un cierre o venganza, toma algo de distancia, identifica tus emociones y piensa en tus razones para querer un cierre, así como en las posibles consecuencias. Las motivaciones humanas rara vez son cien por ciento puras, pero ¿estás tratando de atar cabos sueltos y crear un entendimiento mutuo, o estás deseando causar dolor? Lo primero es un cierre. Lo segundo no. Los cierres motivados por la venganza son un viaje a ninguna parte.
El cierre no es control
No podría decirte con cuánta frecuencia la gente me pregunta cómo pueden hacer que alguien haga algo. “¿Cómo hago que él me dé crédito por ser una persona lista y competente?”. “¿Cómo hago que ella reconozca todas las cosas que he hecho por ella?”. “¿Cómo hago que esta persona entienda lo mucho que me importa?”. “¿Cómo puedo hacer que aquella persona me explique por qué se comportó de ese modo?”. Y se lanzan a contar una historia sobre intentar cambiar los pensamientos, los sentimientos o el comportamiento de alguien.
Por mucho que nos pueda gustar negarlo, la pura verdad es que no podemos controlar cómo piensa, siente o se comporta la demás gente. Simplemente, no podemos. Aceptar ese hecho puede ahorrarnos mucho sufrimiento, sobre todo cuando se trata de cierres.
Cuando hablo de cerrar con mis clientes, la mayoría de las veces éstos tienen una idea bastante clara de cómo quieren que sea. Algunas visiones son más realistas que otras. Pueden basarse en lo que el cliente piensa que la otra persona es capaz de hacer, en lo que cree que sería mejor para él y para la otra persona, o en lo que siente que merece. (Especialmente, en lo que siente que merece.) Pero lo principal es que tienen una imagen específica del cierre que quieren lograr.
A menudo les pido a estos clientes que imaginen las distintas resoluciones que podrían experimentar. Les digo: “Según lo que conoces de la persona con quien estás buscando el cierre, ¿cuáles son las formas posibles en que podría responder a tu petición?”. Esta pregunta suele encontrarse con algo de resistencia. Después de todo, es difícil renunciar a lo que sientes que es tu derecho de cerrar o a lo que crees que es la respuesta apropiada de la otra persona. Por supuesto que lo es. Como sabemos, los seres humanos tienen aversión por cualquier cosa que quede inconclusa. Nuestra mente es hábil para presentarnos todos los tipos de escenarios que den sentido a las cosas que no entendemos. Con el cierre, es natural querernos aferrar al que más se parezca a lo que nos haría sentir vindicados, extrañados o tan sólo menos agobiados. Pero subconscientemente creemos que las cosas deberían pasar de la manera que queremos que pasen.
A veces sí se resuelven de ese modo. Pero a menudo, no. El cierre que logramos podría no parecerse en nada al cierre que imaginamos, para bien o para mal. O podríamos no lograr ningún cierre en absoluto.
Si has padecido la muerte de un conocido, amigo o familiar, sospecho que has sentido, en cierto grado, una falta de cierre. Esto podría ser una melancolía sobre algunas palabras que te hubiera gustado compartir con esa persona, algo que hubieras querido que supiera. O podrías estar envuelto en una gran pena, rogándole al universo un último momento con esa persona para decirle lo que hubieras deseado expresarle cuando pensabas que te sobraba el tiempo.
Imagina que eres un adulto joven que pierde a uno de sus mejores amigos en un accidente automovilístico. Mientras lidias con el intenso y doloroso sentimiento de pérdida, podrías contactar a la familia de tu amigo y preguntarles si puedes visitarlos para expresar tus condolencias y compartir los recuerdos de tu amistad con su hijo. Esto ciertamente sería un gesto apropiado, dadas las circunstancias. Podrías mostrarles fotos de su hijo y tu grupo de amigos, y ellos podrían compartir historias de tu amigo cuando era niño. Se reirían juntos, llorarían juntos. Ese día volverías a casa plenamente consciente de tu duelo, pero también con un sentimiento de cierre por haber pasado ese tiempo en compañía de los padres de tu amigo, sabiendo que habían celebrado la vida de tu amigo y que se habían apoyado mutuamente en su dolor.
