El precio de ser madre - Júlia Bacardit - E-Book

El precio de ser madre E-Book

Júlia Bacardit

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Beschreibung

Durante los primeros años del siglo XXI ha habido un gran aumento de los tratamientos de reproducción asistida. Las causas son diversas: la caída de la fertilidad, el estilo de vida, y la precarización económica y social, entre otros. La tecnología es una bendición pero también implica riesgos e incertidumbres. Muchos tratamientos exigen el uso de óvulos donados. A diferencia de lo que ocurre en muchos países de la UE, en España la donación es anónima y es un doble incentivo: anima a muchas mujeres en situación precaria a donar óvulos a cambio de una compensación de entre 900 y 1.200 euros, y muchas mujeres y parejas extranjeras viajan a España para comprar dichos óvulos. Sin garantía de anonimato, las donantes se expondrían a que los nacidos de sus óvulos pudieran conocerlas al llegar a la mayoría de edad, como sucede en muchos países. El derecho a conocer los propios orígenes está garantizado por la legislación nacional e internacional, y las donaciones anónimas las contradicen. Legalmente, ninguna mujer puede donar óvulos más de tres veces y el máximo de bebés que pueden nacer de ellos es seis, pero no hay ningún registro centralizado que lo controle. En nuestro país, una mujer puede donar tantas veces como quiera, por altruismo, por la recompensa económica o por ambas cosas, sin casi ningún control, asumiendo riesgos para su salud actual y futura, sin que las clínicas sean responsables. ¿Qué hacemos con los cientos de miles de embriones congelados en España? ¿Podemos hablar de ovodonación o debemos llamarlo venta? ¿Debe ser una salida económica desesperada para mujeres jóvenes y precarias? ¿Debemos replantearnos la maternidad a cualquier precio o damos vía libre a los avances de la reproducción asistida?

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Seitenzahl: 306

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Júlia Bacardit

El precio de ser madre

A toda mi familia, a mis amigos y amigas que se han interesado en la gestación de este libro, y a mi editor

Quiero agradecer la colaboración de todas las mujeres que me han ofrecido su testimonio, tanto las donantes como las receptoras. Sin Andrea, Carla, Clara, Elvira, Gema, María, Tania, Zaida, Olga y Araceli, Gala, y Samanta Villar, este libro no habría sido posible. Tampoco hubiera podido llevar a cabo esta investigación sin la colaboración del doctor Pere Barri del Instituto Dexeus, ni sin las largas entrevistas que me concedieron y corrigieron el embriólogo Enric Güell y la embrióloga Júlia Cura. También quiero dar las gracias a Maribel Fernández, que me contó sus experiencias como psicóloga en el ámbito de la reproducción en la sanidad pública; a la antropóloga Diana Marre y a la doctora Ascensión Cambrón Infante, por su tiempo; y a mi gran amiga y psicóloga Irina Rodríguez, siempre dispuesta a facilitarme los contactos adecuados.

© de la obra: Júlia Bacardit

© de la edición: Apostroph, edicions i propostes culturals, SLU

© de la cubierta: Apostroph

© de la fotografía de contracubierta: Cesc Sales

ISBN: 978-84-122549-3-8

Edición: Apostroph

Diseño de cubierta: Apostroph

Diseño de tripa: Mariana Eguaras

Maquetación: Apostroph

Primera edición en papel: noviembre 2020

Primera edición digital: noviembre 2020

Apostroph, edicions i propostes culturals, SLU

www.apostroph.cat

[email protected]

Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Este libro ha sido posible gracias a un proyecto de crowdfunding en Verkami. Estos han sido los mecenas, por orden alfabético y bajo el nombre con el que han elegido aparecer en los créditos:

Alba Currubí Codina, Aliss, Àngel Fernández, Anna, Anna Coma, Anna Coretger, Ariadna Tarragó Blaya, Asel·la Fernández i Gómez, Bernat Puigtobella, BlauFosc, Carles Pagès, Clara B, Clara C, Claudia Grau Boscà, Cristina Arboles, Cris PS, Cristina Saez, Edu Hurtado, EGG,

Ferran Cerdans Serra, Miquel M. Gibert,

Genís Poch i Cassola, Guillem González, Helena P, Irene Pujadas Farré, Joan López Rovira,

Josep Maria Escofet,Laura Guilera, Leonora T,

Maite Moreno, Mar, Marta, Marta Cava, Marta Ruiz Marta Vall-llovera, Meritxell, Montse R. G.,

Nazaret CH, Nita, Nuri, Oscar Arenas Larios,

Pablo Salvador López, RALCO, Ramon,

Ramon Bacardit, Sandra M

Otros mecenas han preferido no aparecer en los créditos.

Agradecemos el apoyo de todos ellos.

Presentación del editor

En marzo de 2019, Júlia Bacardit contó en un hilo de Twitter que ningún medio quería publicarle un artículo sobre la donación de óvulos. Me pareció raro, porque es una cuestión de evidente interés social. Llevado por la curiosidad, le pedí que me permitiera leerlo. Me mandó un texto de cinco mil palabras; todavía necesitaba algo de trabajo, pero ya era un buen borrador de un artículo excelente.

Al cabo de un tiempo y de haberlo pensado un poco, le propuse convertir ese artículo en un breve ensayo periodístico de unas treinta mil palabras; el tema lo merecía y Júlia lo conocía bien. Dijo que sí.

En otoño de 2020 publicamos El precio de ser madre, un libro que ha crecido hasta las sesenta mil palabras —algo más de doscientas páginas— y que rinde honores a la mejor tradición del ensayo periodístico. Riguroso, bien documentado, diverso, Júlia Bacardit presta atención a toda las voces, las pondera y nos las ofrece para que podamos conocer los aspectos más controvertidos de la donación de óvulos en particular y de la reproducción asistida en general.

Este es un libro complejo. Júlia no se limita a exponer hechos, también nos ofrece su punto de vista, porque una de las motivaciones que la empujaron a escribir el artículo, y luego la han llevado a escribir este libro, es que ella es una mujer y la maternidad le preocupa. De hecho, debería preocuparnos a todos, pero tal y como he podido entender durante su lectura —los editores debemos leer los libros varias veces— el papel del hombre en los tratamientos de reproducción asistida es el de una triste figura, a ratos trágico convidado de piedra, a ratos imprescindible actor de reparto. Siempre secundario, en cualquier caso, porque, como muy bien dice Júlia, el cuerpo de la mujer se convierte en un campo de intervención y yo casi diría que en un campo de batalla.

Este libro da voz a los mejores profesionales de la reproducción asistida del país, a trabajadoras del sector, a académicas, antropólogas, psicólogas y también recoge los testimonios de donantes y receptoras. Estas voces nos acompañan durante todo el libro para humanizar una cuestión en la que a veces la tecnología pesa demasiado y parece olvidar que estamos hablando de seres humanos: las donantes, las receptoras y sus hijos. Os recomiendo, antes de comenzar la lectura, que consultéis el glosario al final del libro y os empapéis de algunos conceptos clave.

Júlia criba y tamiza un texto no siempre lineal, como tampoco es lineal la cuestión que trata. En la reproducción asistida el mercado se mezcla con las políticas de género, los eufemismos confunden los significados, la retórica publicitaria infantiliza la mujer, las promesas juegan con las esperanzas. Todo se mezcla, y por eso El precio de ser madre no es como beber un trago de agua fresca. Quizás os cueste un poco. Comprender requiere esfuerzo. Yo os aseguro que este esfuerzo valdrá la pena.

¿Por qué escribo este libro?

Una bióloga y trabajadora del sector de los tratamientos de reproducción asistida me dice en Twitter que mi entrevista en el diario Público1 le parece sesgada. Me dice, literalmente, que hable “con los papis y las mamis” de su clínica, y con profesionales como ella. Le respondo que la terminología papi y mami infantiliza a las parejas estériles, que el diminutivo forma parte de una retórica del amor y la ternura familiar pasados por el tamiz de los gabinetes de comunicación corporativa. En el mismo tuit, la bióloga me desea que pueda ser madre natural cuando quiera, no como les pasa a sus papis y mamis. Es una maldición inversa, como diciendo: “en el fondo mereces que te pase lo mismo, por haber escrito contra la familia asistida, la única opción de encontrar sentido a su vida que le queda a mucha gente”. La descendencia no debería dar sentido a la vida, no se puede confiar todo a los demás, pero no me puedo engañar: uno de los motivos por el que hago este libro es porque yo también quiero ser madre.

El precio de ser madre es la excusa para hablar de lo que define la feminidad y que no es otra cosa que nuestra relación de dependencia feroz con la maternidad. Recuerdo una escena de la película Calle Mayor2. La protagonista, Isabel, es una mujer soltera de 35 años que todo el mundo considera que se le ha pasado el arroz, en una aldea en el corazón de España. Un joven madrileño visita el pueblo y los amigos le retan a engañar a la mujer, a hacerle creer que quiere casarse con ella. Todo acaba tan mal como parece, con la protagonista sola, sentada en la misma silla donde se sienta en las fiestas del pueblo, ahí donde ningún hombre la saca a bailar, año tras año. Cuando se destapa la farsa, Federico, poeta y amigo de Juan —el farsante—, le dice a Isabel que se marche, que en la gran ciudad no vivirá angustiada por el rechazo ni la sensación de no haber sido elegida para el amor y su corolario, la maternidad, tarea de tareas, orgullo y maldición de la experiencia femenina. Ella prefiere la humillación y el ridículo público antes que trasladarse a Madrid y empezar una nueva vida, sola pero libre. El miedo a la soledad y a la independencia también es un conflicto político. Durante la película se ilusiona con los hijos que tendrán, la casa que comprarán; mientras ella sueña, él piensa en echarla por las escaleras, asustado por su propia apuesta y las consecuencias que acarrea.

La maternidad es un deseo intenso que tenemos casi todas en algún momento, pero pocas cosas nos dejan en una posición tan vulnerables. De ahí los diminutivos de las clínicas, la infantilización, las referencias a “cumplir tus sueños”. Me obsesiona entender de dónde viene la fijación por ser madres, pero puede que nunca llegue a saberlo.

Me preocupa la condición femenina; soy una mujer y escribo sobre reproducción asistida porque el ansia por ser madres, el doble movimiento de rechazo y embrujo que la maternidad ejerce hoy sobre nosotras, mujeres formadas y occidentales, es clave en la construcción de nuestra identidad sexual, social y vital. La maternidad no era ni es un capricho, por más que la pregunta sobre si debería o no ser un derecho me haya rondado por la cabeza estos días. Tras el deseo de ser madre hay algo latente, instintivo y sublimador. Casi todas las mujeres de mi generación y condición queremos ser madres y al mismo tiempo nos da miedo. Mi padre me cuenta a menudo que, antes, los partos eran las experiencias de guerra de las mujeres. Así ellas tenían su dosis de épica, porque parir niños equivalía a jugarse el físico. La medicina moderna ha convertido la mortalidad durante el parto en una anécdota estadística, pero ningún avance médico nos libera de nuevos retos: las complicaciones durante el tratamiento de fertilidad, la esterilidad fisiológica o por la edad, los partos complicados que terminan en cesáreas, la sutura, las enfermedades de los recién nacidos, el pánico de no ser madre. Lydia Davies lo dice en uno de los relatos de Ni puedo ni quiero: “No es que quisiera ser madre, es que no quería no haberlo sido”3.

Soy hija única y pronto cumpliré 29 años. No tengo primos, tampoco pareja. La primera vez que pensé en escribir este libro apenas tenía 20 años y me había planteado donar óvulos; hoy pienso que, si me quedara embarazada, fuera quien fuera el padre, no abortaría. Ahora, en cada menstruación dolorosa —y en la escritura de este libro he sufrido algunas—, pienso en los niños en los que se podrían haber convertido los óvulos perdidos. Lo hago sin pena, como un reloj que funciona. Cuando no estoy escribiendo el libro, mientras cocino, salgo a pasear o pienso en esta enésima posible relación de pareja que he visto esfumarse antes de crecer, me viene a la cabeza la inseminación artificial. Calculo que cada intento cuesta menos de 1.000 euros y si ahorro podré pagarlo me antes de cumplir 35 años. Me gustaría que fuera suficiente con una transferencia de semen el día de la ovulación, sin tratamiento hormonal. Quizás encargue el semen de un donante escandinavo para inseminarme yo misma en el sofá de casa. Las posibilidades de éxito son escasas y hay que repetir el procedimiento cuatro o cinco veces.

Tengo una fantasía recurrente: estoy sentada junto a dos o tres niños en una parcela de camping. Los cuido, son mis hijos, alrededor hay otras familias. No sé si sabría montar una tienda de campaña, pero no hay ningún hombre cerca, porque me aterra la idea de tener que obligar a un hombre a quererme y la posibilidad de que no haya ninguno que lo haga. El psicoanálisis vincula los deseos de autofecundación con las infancias traumáticas, pero todas las infancias son algo traumáticas. No es necesario haber nacido de los óvulos de otra mujer, ser adoptada o muy diferente para tener cicatrices, y cuando escribo sobre las consecuencias de ser hijo de las técnicas de reproducción humana asistida (TRHA) también lo tengo claro: nacer y crecer siempre deja cicatrices, al margen de los avances tecnológicos. Si hablo de los efectos perniciosos que la donación de gametos o la creación de embriones in vitro tiene para donantes, madres y niños no es para demonizar la ciencia.

No tengo intención de ir contra el progreso ni de menospreciar el efecto positivo de los avances de la TRHA. Con la reproducción asistida podemos aprender genética, ampliar el significado de la maternidad o cuestionar, e incluso revertir, las leyes de la naturaleza. Pero el progreso humano exige reflexión, preguntas éticas no sometidas al impulso de compraventa vinculado al deseo. Escribo este libro desde el abismo de la soledad futura, desde el miedo a no encontrar el amor y la desilusión de ver morir a mis padres sin ninguna línea de descendencia, sin apellidos que dejar a nadie; Navidades cada vez más grises, el lazo familiar con nuestra tierra perdido para siempre. Todo por permitir que el reloj funcionara.

El filósofo Slavoj Žižek dice que los espacios de protección son el inicio de la barbarie: los construimos para protegernos, pero también perpetúan el infierno del que nos queremos proteger. La maternidad es uno de esos espacios de protección simbólicos que, al mismo tiempo, nos sigue costando la vida; se abre camino, terca, al margen del cambio climático, las crisis económicas, los estragos en la salud y las relaciones románticas. Cuesta encontrar una relación entre la maternidad y la libertad, porque no hay equilibrio más dulce y precario que el del libre albedrío con el vínculo afectivo y los cuidados, imprescindibles para el crecimiento y la conservación de todo ser humano. Vengo a defender la maternidad a la intemperie, la maternidad que no puedo alcanzar sin los demás y la maternidad que tampoco puedo exigir como derecho humano a cualquier precio. Quiero poder decir bien alto y sin deber nada a la buena fe de los hombres que yo también quiero ser madre.

1 https://www.publico.es/culturas/ovodonacion-espana-julia-bacardit-hay-madre-comprar-ovulos-jovenes-costeando-universidad.html

2 Podéis consultar la ficha en: https://www.filmaffinity.com/es/film751438.html

3 Lydia Davis. Ni puedo ni quiero. Editorial Eterna Cadencia. Honduras, 2014.

Donantes y receptoras

Este libro ha sido posible gracias a la colaboración, entre otras personas, de donantes y receptoras de óvulos. Les queremos agradecer su participación; sin duda, ha enriquecido enormemente El precio de ser madre.

Durante la lectura podréis conocer sus circunstancias, inquietudes y puntos de vista sobre la donación y las técnicas de reproducción asistida.

Donantes

Andrea, 26 años. En el momento de publicar este libro se está sometiendo a una FIV-ICSI en Valencia. La calidad del esperma de su compañero es baja y ha debido someterse a la FIV-ICSI y, por lo tanto, a una extracción de óvulos.

Carla, 23 años, esteticista. Donante en tres ocasiones en la misma clínica de Figueres.

Clara, en la treintena, tiene dos hijos. Donante en Barcelona en una ocasión, cuando tenía 21 años.

Elvira, 39 años. Donó óvulos cuando tenía 22.

Gema, madre de un bebé. Donante en una ocasión, a los 19 años.

María, donante a los 21 años. Acababa de graduarse, quería irse de casa de su madre y necesitaba unos 1.000 euros para pagarse el master.

Tania, 32 años, ilustradora freelance. Donante en dos ocasiones, cuando era más joven. El dinero de las donaciones le iba bien dada la intermitencia de sus encargos de trabajo.

Zaida, 29 años. Donante en dos ocasiones, una de ellas antes de los 20 años, cuando todavía estudiaba, y otra a los 27. La primera vez en Sabadell y la segunda en Barcelona.

Receptoras

Olga y Araceli. Son pareja. Araceli, que ahora es madre de un niño por donación de esperma y con sus propios óvulos, comenzó el tratamiento cuando tenía 37 años. Olga todavía no ha cumplido los 35, pero también quiere ser madre biológica bajo el mismo procedimiento. Cuando las entrevisté Araceli estaba embarazada desde hacía poco tiempo.

Gala, en la cuarentena. Es maestra y madre de dos hijas por ovodonación. Sus hijas no son gemelas sino fruto de ciclos de in vitro diferentes. Ha decidido no contarles su origen genético.

Samanta Villar, periodista. Madre de gemelos por ovodonación. Desde el principio ha decidido contarles a sus hijos cuál es su origen genético y ha escrito un libro sobre el tema: Madre hay más que una: Un relato en primera persona sobre la aventura de la maternidad (Planeta, 2017).

Crónica de la reproducción asistida

La historia de la reproducción asistida empieza en el siglo XVIII. Las primeras investigaciones fueron veterinarias y su objetivo era mejorar la crianza de especies domésticas. Los experimentos con mujeres no se hicieron esperar: si en 1784 el italiano Lazzaro Spallanzani inseminó una perra con éxito, en 1790, sólo seis años más tarde, el cirujano escocés John Hunter lograba hacer lo mismo con una mujer. En 1866 Paolo Mantegazza fundó el primer banco para conservar el esperma de los soldados que iban a la que sería la Tercera guerra de independencia de Italia. Así se aseguraba de que pudieran inseminar a sus viudas, aunque ellos murieran. Menos de veinte años más tarde, en 1884, un médico de Filadelfia inseminó una paciente con el esperma del estudiante de medicina más atractivo que tenía a su cargo.

En 1944, en un laboratorio de Harvard, los ginecólogos John Rock y Miriam Mink anticiparon la fecundación in vitro con el cultivo de un óvulo y un espermatozoide; el resultado fue un embrión bicelular que no se implantó en el cuerpo de ninguna mujer. Cinco años después, en 1949, el biólogo francés Jean Rostand practicó, sin éxito, la primera inseminación artificial con semen congelado, pero en 1953 los científicos estadounidenses R.G. Bunge y J.K. Sherman consiguieron tres embarazos mediante la misma técnica. En los años cincuenta del siglo XX la inseminación artificial mediante esperma de donante se hizo realidad, y a lo largo de la década las técnicas más primarias empezaron a evolucionar sin hacer mucho ruido, con una población entre sorprendida y poco informada, y la firme oposición política de los sectores más conservadores, que acusaban a ginecólogos y científicos de “jugar a ser Dios”. En 1955 se celebró el Primer Congreso Mundial sobre Esterilidad y Fertilidad, y en 1964, en La Haya, se planteó que la inseminación artificial y el aborto legal contaran con el consentimiento de los dos miembros de la pareja.

A partir de los años setenta se empezó a utilizar la donación anónima de esperma, y en 1978 nace Louise Brown, la primera criatura in vitro. Tras ella vinieron otras, a cuentagotas, en todo el mundo. Mary Warnock, filósofa del Reino Unido, desempeñó un papel muy importante en los avances de los tratamientos de fertilidad. Sus estudios sobre fertilización humana y embriología durante los años 80 dieron lugar a la Human Fertilisation and Embryology Act, la ley que regula los tratamientos de fertilidad en el Reino Unido, y en la que se han inspirado legislaciones de catorce países como Suecia o Nueva Zelanda —pero no España y Francia, por ejemplo. Entre otras cosas, Warnock contribuyó a establecer el límite de catorce días para investigar con embriones, e insistía en que “la ignorancia y el prejuicio” no debían gobernar cuando se trata de investigaciones científicas.

A principios de los años ochenta se consolidó el éxito de la fecundación in vitro; en 1983 nació el primer bebé fruto de óvulos donados en Australia, y en 1984 nacía Victoria Anna Sánchez Perea1, el primer bebé in vitro con los óvulos de la propia gestante, en Barcelona. Lo consiguió un equipo de médicos liderados por Pere Barri Ragué, todavía hoy directivo del departamento y consultor del servicio de medicina reproductiva de la Dexeus; su hijo, Pere Barri Soldevila, ha seguido sus pasos. Cuatro años más tarde y en la misma clínica nacieron los primeros niños a partir de óvulos donados de España: como se implantó más de un embrión —práctica todavía habitual hoy en día— nacieron gemelos. La madre no tenía óvulos propios porque le habían extirpado los ovarios a causa de la aparición de múltiples quistes. Los dos primeros éxitos de la Dexeus fueron fruto de problemas de esterilidad fisiológica, por un problema en las trompas de Falopio en el caso de la Victoria Anna, y por la ausencia de óvulos propios en el caso de los gemelos.

La fecundación in vitro, que como su nombre indica se produce en un instrumento de laboratorio llamado placa de Petri2, es el primer paso imprescindible hacia la reproducción asistida con óvulos de otras mujeres, la técnica que traza la línea entre la reproducción artificial más sencilla y la más sofisticada: la cada vez más frecuente inyección introcitoplasmática de espermatozoides (ICSI, por sus siglas del inglés intracytoplasmic sperm injection) 3, que acompaña al espermatozoide lento hasta el núcleo del óvulo. El perfeccionamiento de la técnica in vitro en los años ochenta permitió miles de nacimientos. Estos avances coinciden con el desciframiento del genoma humano, la clonación terapéutica y la medicina predictiva, que en un futuro podría llegar a utilizar la clonación de órganos con fines terapéuticos. La exitosa clonación de la oveja Dolly nos descubrió el gran potencial que las células madre tienen para la medicina restaurativa, pero la opinión pública no estaba preparada para el debate de la clonación, un tabú que la literatura de ciencia ficción ha explotado con éxito. A partir de 1995 las donantes de óvulos en España empezaron a recibir una compensación variable pero sustancial, porque la oferta de las donaciones altruistas, puntuales y sin compensación ya era insuficiente. Se necesitaban más ovocitos y se estableció una indemnización por las molestias que la estimulación y la extracción de óvulos causaban a las donantes.

La FIV-ICSI y el diagnóstico genético preimplantacional (DGP) son inventos de los años noventa. A diferencia de lo que ocurría antes, la esterilidad masculina ya se puede solucionar casi siempre sin recurrir a la donación de espermatozoides. Hoy los laboratorios practican las FIV-ICSI sin enfrentarse a muchas más dificultades que en las in vitro convencionales. El DGP permite conocer el ADN de los embriones creados en el laboratorio antes de implantarlos, y es la manera de saber qué patologías podrán afectar al niño: desde su creación cada embrión tiene una genética única. Entre el año 2000 y el 2020 la revolución más importante ha sido la mejora de las técnicas de biología molecular, que ha permitido sacar provecho a la técnica del DGP, pero también han sido importantes son los avances en vitrificación o congelación ultrarrápida de gametos que alarga la vida de los embriones. Esta también es una de las causas de la proliferación global de embriones congelados listos para la inseminación si alguien se los quiere implantar. El perfeccionamiento de la técnica de embriones coincide con el inicio de la última crisis económica, la de 2008, quizá por influencia del freno social a la natalidad en tiempos económicos difíciles. Por otra parte, las técnicas de ultracongelación reducen los riesgos para la salud de los recién nacidos y, en esta misma línea, entre 2005 y 2010 se popularizó la hibridación genómica comparativa (CGH por sus siglas en inglés, comparative genomic hybridization), que permite comparar con rapidez las muestras de ADN de dos individuos sospechosos de tener diferencias en el número de cromosomas; dicha diferencia puede provocar enfermedades congénitas muy graves, raramente compatibles con la vida a medio plazo. Del 2010 hasta ahora la secuenciación de ADN ha perfeccionado su capacidad de detección.

Desde 2010 se ha ido extendiendo el time-lapse. Consiste en fotografiar un embrión cada cinco o diez minutos; uniendo los fotogramas se obtiene una película que permite ver cómo y cuándo se produce cada división celular. El time-lapse también permite observar otros fenómenos, algunos de mal pronóstico, como divisiones anormales o la presencia de multinucleación. Así, la imagen estática del embrión pasa a ser una secuencia definida de su crecimiento, y los videos y fotogramas permiten plantear estudios no invasivos sobre el potencial embrionario. Lo explica el embriólogo Enric Güell:

Actualmente se está investigando la relación entre contar con un buen embrión (el que da lugar a gestación evolutiva) y en qué momentos o de qué forma ha evolucionado durante el cultivo con time-lapse; aún no hay un algoritmo preciso y aplicable a todos los centros que permita aumentar la tasa de implantación de un embrión, situada alrededor del 30%.

1 Mencionamos su nombre completo porque es de dominio público y ha aparecido en numerosas publicaciones, tanto científicas como generalistas.

2 Las placas de Petri son unas bandejas transparentes, redondas y con tapa de entre 6 y 15 cm de diámetro. Hoy son de plástico, pero antes eran de cristal, de ahí la expresión “in vitro”, que significa “dentro del vidrio” en latín.

3 Al final de este libro hemos incluido un breve glosario con los términos técnicos y médicos más importantes.

1. La era sin niños

Desde la segunda mitad del siglo XX, Europa y el resto del mundo han visto como los pronósticos apocalípticos sobre la superpoblación mundial no se cumplían. Aunque la población mundial se multiplicó por cuatro a lo largo del siglo pasado, la contención de este crecimiento durante la segunda mitad y la introducción de nuevas tecnologías que permitieron el aumento de la productividad agraria en el Tercer Mundo, la convirtió en la época más próspera de la historia de la humanidad, con un desarrollo social y un crecimiento económico desconocidos hasta entonces. La demografía se reguló sin imposiciones, basada en muchas elecciones individuales que empujaron a la gente a priorizar más la calidad de vida que el número de hijos que pudieran tener. El descenso de la natalidad implicó el crecimiento de recursos y bienestar, y viceversa.

En 1990 las mujeres del mundo tenían una media de 3,3 hijos; en 2012, la media global había bajado hasta 2,51. Desde la década de 1950, la natalidad de los países que hoy forman parte de la UE ha caído por debajo del nivel de reposición generacional, con un mínimo de 2,1 hijos por mujer. La natalidad baja en todo el mundo, y durante la última mitad del siglo XX este descenso fue acompañado de un aumento del Producto Interior Bruto de todos los países. Pero a partir de un determinado momento y poder adquisitivo se rompe la correlación entre la baja natalidad y un PIB al alza. En los países con economías de subsistencia el descenso de la natalidad supone disponer de más recursos que estimulan el crecimiento económico, pero en los países industriales y postindustriales más ricos de la OCDE y la UE el escenario diferente. Dicho de otro modo, a diferencia de lo que sucede en los países en vías de desarrollo, el PIB de Suecia ya no se beneficia de su baja natalidad, y de ahí que los gobiernos tomen medidas más o menos explícitas para promover nacimientos. En la mayoría de los países europeos y de la OCDE, el descenso de la natalidad ya ha dejado de ser una ventaja. En el año 2012 los países más ricos y con un marco más favorable para la conciliación familiar eran los que tenían las tasas más altas de nacimientos y también de inserción laboral femenina.

Uno de los problemas de Occidente es que cada vez hay más gente mayor y que el sistema de pensiones es inviable sin jóvenes que lo sostengan. La tasa de dependencia en la Unión Europea está por las nubes: tres personas en edad de trabajar deberían generar recursos para mantener a dos que no lo están, y eso sin tener en cuenta que una parte de la población activa está en paro. Dentro de la OCDE, hasta 2002 todos los países de la UE presentaban tasas de natalidad inferiores al reemplazo generacional (los ya mencionados 2,1 hijos por mujer). Además, y en contraste con lo ocurrido en países como China, las instituciones europeas no debaten el control de la natalidad de manera directa.

La UE considera que la reproducción es una decisión individual y que, en última instancia, cada estado miembro es soberano de gestionarlo; el apoyo a la maternidad y las políticas familiares varían mucho en cada uno de los países de la Unión. España, líder en reproducción asistida, cuenta con pocas políticas públicas que favorezcan la conciliación entre la vida laboral y la familiar: como en otros países mediterráneos, los abuelos, doblemente envejecidos también por la maternidad tardía, son quienes deben compensar los escasos servicios de guardería y una legislación raquítica. Cada vez hay menos abuelos que lo sean en la cincuentena, lo habitual hace pocas décadas. Italia también ha alcanzado los índices más bajos de fertilidad: a falta de guarderías y otros equipamientos, en 2012 el 32% de los menores de tres años estaban a cargo de sus abuelos, un porcentaje que en el caso español era del 20%. En Francia, en cambio, la conciliación laboral y familiar volvió hace tiempo a la agenda política y la media de edad de las madres primerizas se encuentra entre los 25 y los 27 años; en España la mayoría de las mujeres no son madres hasta entrada la treintena.

Otras maneras de mantener la estructura de las pensiones son el retraso de la edad de jubilación —que en España ya está en los 67 años—, y fomentar la inmigración y su descendencia. Eso, junto con la mayor esperanza de vida de la población autóctona, ha permitido que la demografía europea se haya mantenido estable a pesar de la menguante tasa de natalidad. La relativa estabilidad poblacional no puede negar la evidencia: con el ritmo de envejecimiento actual y sin sustitución generacional (insuficiente a pesar y la contribución de los inmigrantes y sus hijos), lo que queda del estado del bienestar europeo ya es insostenible. El informe del instituto Max Weber que hemos mencionado apunta que, incluso si se optara por cuatro medidas como la inmigración, el retraso de la jubilación, una mayor participación de las mujeres en el mercado de trabajo y el estímulo de la natalidad autóctona, muchos países no tendrían una estructura económica lo bastante fuerte como para ofrecer trabajo a los jóvenes y garantizar la continuidad de la vida laboral a los mayores. El mismo informe también menciona las reticencias europeas a una inmigración que aporte una mano de obra que el mercado no pueda asumir y que además diluya las identidades nacionales, una preocupación que no recoge ningún documento oficial por su evidente proximidad ideológica con el fascismo y el nacionalsocialismo.

La ausencia de perspectiva de crecimiento económico a medio plazo se hace evidente con el bache de la crisis de 2008, desde la que los nacimientos en España se han reducido un 20%. Es previsible que los efectos de la COVID-19 acentúen esta tendencia. The Lancet2, una publicación británica especializada en medicina, publicó en julio de 2020 un artículo que preveía una disminución drástica de la población global desde ahora hasta 2100, por una combinación de fertilidad en caída libre y una economía que prevé un progreso estable sino todo lo contrario (traducción del original en inglés3):

A medida que la fertilidad disminuye y la esperanza de vida aumenta en todo el mundo, se prevé que el número de niños menores de 5 años disminuirá un 41%, pasando de 681 millones en 2017 a 401 millones en 2100, mientras que el número de individuos mayores de 80 años se multiplicará por seis: de 141 millones a 866 millones.

Entre otras medidas, para enderezar la situación habría que incorporar más mujeres al mercado laboral y, al mismo tiempo, favorecer la natalidad. Pero este doble reto requiere invertir más en políticas públicas y una legislación que persuada a los empresarios, no siempre proclives a facilitar la conciliación entre la vida familiar y la profesional. Por otra parte, la caída de la fertilidad en el mundo no se explica sólo por el retraso cada vez mayor de la maternidad en las sociedades occidentales, ni por las políticas de freno de la natalidad impulsadas en ciertos países africanos y asiáticos. El consenso académico indica que la fertilidad humana ha decaído en general por factores no sólo vinculados a la edad sino también biológicos y de estilos de vida. Lo demuestra el hecho de que cada vez más parejas que recurren a la asistencia reproductiva sufren una infertilidad de causa desconocida, atribuida a factores diversos como la ropa interior ajustada y la contaminación.

El caso español

En España, la natalidad empezó a descender a partir de 1975. Hasta finales de la década anterior mostraba una de las tasas más altas, pero hoy es uno de los países europeos donde nacen menos niños, en línea con Portugal, Italia y Grecia. En 2009 los nacimientos se redujeron en un 5% más en toda España4, y la ONU prevé que el 2050 sea el país más envejecido del mundo. Mientras aquí prosigue el descenso de nacimientos —en 2019 la tasa de natalidad española era del 7,6%, con un índice de fecundidad de 1,23 hijos por mujer—, los últimos años Francia ha logrado un repunte de la natalidad, aproximándose a la tasa de reposición de 2,1 hijos por mujer. Francia fue, hace medio siglo, uno de los primeros países en experimentar un descenso de nacimientos que ya no se traducía en un aumento del PIB. En 2007, el gasto público en prestaciones familiares, servicios y medidas fiscales de España era sólo del 0,52% del PIB, la inversión más baja de los países de la OCDE seguida por el 0,63% del gasto italiana y el 0,61% de la holandesa. Al mismo tiempo, Francia destinaba el 1,29% del PIB.

Francia ha podido revertir el descenso de la población y España no, pero no ha sido solo por falta de políticas pronatalistas ni por su escasa inversión. Hay tres factores básicos más5. El primero son las limitaciones estructurales del mercado laboral español, que condena las generaciones en edad reproductiva óptima al paro o a trabajos con sueldos bajos y pocas perspectivas de crecimiento. Las estadísticas corroboran la penalización de los jóvenes, doblemente castigados por la dificultad de encontrar trabajo y vivienda, y España es uno de los países donde los jóvenes tardan más en emanciparse. En el plano simbólico y cultural, la tensión entre la reticencia a abandonar la familia tradicional y la visión de la mujer —¡y del hombre!— libre de carga familiar deja poco espacio a la necesaria resignificación de la maternidad. Con la crisis de 2008, las posibilidades de aplazar la edad de jubilación, fomentar el trabajo de las mujeres, impulsar la natalidad local y favorecer la inmigración quedaron trabadas por la magnitud de la tragedia económica. Ser madre no es lo que era hace treinta años porque hoy son las mujeres y las parejas de cuarenta años las que soportan la tarea reproductiva. Durante los primeros veinte años de democracia la relación entre tasas de paro elevadas y nacimientos a la baja es clara.

Según el informe del Instituto Max Weber, entre 1975 y 2005 el paro fue un 290% más alto entre los españoles y españolas menores de 25 años que en el resto de la población. El descenso de la fertilidad todavía tiene más lógica si recordamos, como hacen los especialistas en reproducción asistida, que la fecundidad femenina y la calidad de la reserva ovárica bajan a partir de los 35 años, de ahí que se recomiende congelar los óvulos antes de esa edad. La inquietud también es social: en 2014 estalló una polémica vinculada a las grandes corporaciones del momento, Facebook y Apple, por haber ofrecido a sus trabajadoras6 la cobertura económica de la congelación de óvulos.

El paro y la fecundidad

Las altas tasas de desempleo entre la juventud española no son ninguna novedad. Ya antes de la crisis de 2008, el paro afectaba a los jóvenes más que a ningún otro sector de la sociedad. La situación económica precaria de la población en edad reproductiva óptima sobrecarga las generaciones mayores, sobre las que recae la tarea. La media de edad de las mujeres que son madres por primera vez tiene una tendencia clara al alza en España y en el conjunto de Europa. Entre 2003 y el 2017 la media de edad subió tres años, de los 29 hasta los 32, y la gráfica sigue trepando. En España, 2008 marcó un antes y un después en cuanto al aplazamiento medio de la maternidad: de hecho, entre 2006 y 2008 la edad de ser madre primeriza había llegado a bajar de casi 31 años hasta los 30; a partir del año de la crisis, en cambio, la subida se hace evidente. En el conjunto de la Unión Europea la tendencia es similar, aunque la media de edad es 0,2 puntos más baja (de 30,5 a 30,7 años) que en España. Como se observa en el gráfico de la página 18, en el ámbito europeo el retraso de la maternidad es más gradual que en España.

2008 marca un antes y un después, pero la crisis afectó de manera más abrupta la edad de ser madres de las mujeres españolas, y ya en 2003 las catalanas tendían a ser madres un poco más tarde que el resto de españolas. Si nos fijamos en las estadísticas de Idescat7 del año 2007 constatamos que los hombres catalanes de entre 16 y 24 años superan a las mujeres en cuanto al número de parados, y que en esas edades hay muchas más mujeres activas que hombres. A partir de los 25 el patrón se invierte. De los 25 a los 29 años la diferencia es discreta, pero crece entre los 30 y los 34 años: 14.637 parados por 21.728 paradas. La diferencia aquí es de 7.055 paradas más que parados, y durante el año 2007 fue la mayor diferencia entre hombres y mujeres seguida por el siguiente tramo de edad, de los 35 a los 39 años, edad aún plausible para la maternidad. El tramo de los 30 a los 34 años coincide con la media de la primera maternidad tanto en Cataluña como en el conjunto del estado y la UE. En España y Cataluña —hasta principios de los 2000, más en Cataluña que en el resto— las mujeres gestaban y daban a luz más tarde.

La relación entre el paro femenino y el pico de la fertilidad en Cataluña es bastante evidente y se explica, al menos en parte, por las reticencias de muchos empresarios en contratar a mujeres en edad de ser madres primerizas: prefieren contratar a un hombre de la misma edad o quizás una mujer mayor, con hijos adolescentes o sin hijos ni posibilidad de tenerlos. La balanza no vuelve a favorecer —ligeramente— a las mujeres hasta el último tramo de la vida laboral, en el que sólo 11.896 mujeres están sin trabajo en contraste con 12.517 hombres. En el año 2007 la “penalización laboral” de las mujeres en edad socialmente aceptada de quedarse embarazadas es patente, si es que podemos hablar solo de penalización: es probable que algunas desempleadas decidieran hacer una pausa laboral que se podían permitir. Un año más tarde, con la crisis de 2008, la cifra de mujeres desempleadas en edad de ser madres fue notablemente inferior.