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Aparentemente todo va bien en casa de Hikaru, como nos parecería en la mayoría de nuestros hogares. Pero cuando el profesor llame a sus padres, estos descubrirán que el chico en realidad está distante y bajando su rendimiento, y que lo único que le interesa es conectarse a internet. Todos se darán cuenta entonces de su responsabilidad en la situación. Sin embargo, la situación en casa no empezará a mejorar hasta que Hikaru conozca a la señora Akiyama, una mujer misteriosa que le enseñará la importancia del contacto y de una buena comunicación con la gente a la que ama. Una historia emotiva llena de ternura que nos descubre cómo aprovechar el contacto y la comunicación para avanzar en el camino hacia la felicidad en el día a día. Incluye un capítulo final con recomendaciones prácticas que el 100% de los lectores podrá aplicar para mejorar sus relaciones personales.
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Seitenzahl: 57
Veröffentlichungsjahr: 2023
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El principio del círculo
Quedan rigurosamente prohibidas y estarán sometidas a las sanciones establecidas por ley: la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier procedimiento, incluidos los medios reprográficos o informáticos, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público sin la autorización expresa de Editorial Comanegra. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Primera edición: septiembre 2012Primera edición en digital: diciembre del 2023
© 2012 Editorial Comanegra
C/Trafalgar, 6, 3º D.34, 08010 Barcelona
www.comanegra.com
Maquetación: aQuatinta
ISBN: 978-84-15097-50-1
Producción del ePub: booqlab
El principio del círculo
Michi Kobayashi
Cuando sopla el viento de otoñoni una sola hoja permanece igual.
Togyu
El primer lunes de otoño no parecía ser un día especial a primera hora de la mañana. Hikaru salió de casa con prisa, con la mochila colgando de un hombro y los auriculares puestos.
En cuanto cruzó la puerta principal del edificio donde vivía con sus padres se quitó las gafas y se las guardó en el bolsillo.
Y ese día empezó a ser especial justo en el momento en que llegó a la parada del autobús, pero de eso no se dio cuenta hasta unas semanas más tarde. De hecho necesitaría muchos años para calificar ese día como el primero del resto de su vida.
Una chica de unos veinte años que estaba a punto de cruzar la calle se desplomó de golpe. Tirada en el suelo empezó a temblar y parecía hacer grandes esfuerzos por respirar. Enseguida la gente se agolpó a su alrededor sin que nadie supiera qué hacer. La mayoría había enmudecido, como Hikaru, que se había quitado los auriculares asustado. Sin embargo, algunas personas opinaban con bastante tranquilidad.
—Es epiléptica.
—No, es un ataque de ansiedad.
—¿Hay algún médico?
Y mientras la multitud hacía sus comentarios, una mujer de unos setenta años se abrió paso hasta la chica. Hikaru creyó conocer a la mujer, aunque en aquel momento no conseguía recordar quién era.
Sin ningún atisbo de duda, la mujer se arrodilló al lado de la chica. Le tomó una mano entrelazándola con la suya y le colocó suavemente la otra sobre el pecho, justo encima del corazón. En menos de un minuto la joven dejó de temblar y empezó a respirar más profundamente,
y un par de minutos después abrió los ojos, nerviosa, y empezó a llorar. Poco a poco fue tomando conciencia de la situación; entonces se colocó de lado y se cogió a las manos de la mujer. En ese momento ya se oía la sirena de la ambulancia que llegaba.
Hikaru, sin entender del todo lo que había ocurrido, ese día se fue al colegio lleno de curiosidad.
No es que atardezcaes que la lluvia es noche:otoño en la ventana.
Îo Sôgui
Las clases le habían resultado aburridísimas ese día. No sabía porqué pero cada vez le costaba más concentrarse en lo que decían los profesores. Hikaru estaba convencido de que ellos también se aburrían, que no se creían ni una palabra de lo que explicaban, y que sencillamente repetían con hastío lo que un día habían aprendido. A excepción, claro, de las clases de informática. Esas le resultaban siempre interesantes y la hora se le pasaba volando.
La última clase, la de inglés, había sido especialmente tediosa. La profesora, una mujer de mediana edad, tenía siempre cara de asco. Solía pasarse los primeros minutos sin decir palabra mientras los alumnos hablaban. Era su manera de quejarse en silencio, pero Hikaru estaba convencido de que así se ahorraba dar clase ese rato. Además, era la única profesora que, cuando los alumnos le hacían perder tiempo, no decía aquella frase tan odiosa: «Este tiempo lo recuperaremos después de que suene el timbre».
Mientras se dirigía a casa, Hikaru miraba al suelo. Hacía poco que el oculista le había detectado un principio de miopía y le había recomendado llevar gafas. Pero él pensaba que sus compañeros iban a reírse de él, así que cuando estaba en clase no se las ponía. Y cuando salía del instituto en dirección a su casa no dejaba de mirar al suelo. De esta manera no tenía que saludar a los vecinos o conocidos; sin las gafas le costaba reconocer las caras de lejos.
El suelo estaba lleno de hojas de muchos colores. Cuando era más pequeño e iba al colegio con su hermana, ella siempre las recogía para hacer manualidades. ¡Mei era tan distinta a él! Siempre iba hablando e inventando algún juego, y tenía una alegría contagiosa. Jugaban a imaginar lo que estaban pensando los serios ejecutivos que siempre tenían la misma cara, o ponían voz a los diálogos de la gente que pasaba junto a ellos.
Al entrar en casa dijo «hola» sin detenerse y se fue directamente a su habitación. Le pareció oír a su madre decirle algo desde el salón. En ese momento sólo pensaba en encender el ordenador, jugar un rato y chatear con su amigo Takuma. Pero ese día debía tener clases extraescolares, porque su amigo virtual no apareció hasta unas horas más tarde.
—Hik???
—*TKM*!!
—Q tal?
—Pfff, con los deberes… Y tú?
—Acabo de llegar a ksa.
Hikaru oyó a su madre llamarle desde la cocina.
—¡Hikaru! ¡A cenar!
—¡Un momento!
—Justo ahora tengo q ir a cnar!! Q palo!
—Mis padres están fuera hoy. Tienen una cena
Así q m estoy comiendo un bocadillo aquí, jeje.
—Q suerte!
—¡Hikaru! ¿Vienes?
—¡Voy!
—Q pesada mi madre. Me tengo q ir ya. T conectas luego, TKM?
—Sí… pero cena rápido!
—Sí! Jaja, siempre ceno rápido!!
La señora Hamamoto entró en la habitación.
—¡Hikaru! ¿Tengo que ir a buscarte cada noche? ¡Se enfrían los fideos!
—¡Ya voy!
El olor de los fideos con pescado era el de cada noche, el del momento familiar que para Hikaru significaba una interrupción bastante molesta pero, por suerte, breve. Su padre llegaba casi siempre tarde del trabajo, y su madre se acostaba pronto porque le costaba conciliar el sueño, por lo que las cenas se habían reducido a unos quince minutos.
Los tres empezaron a sorber la sopa con la televisión de fondo. A su padre le sonó el móvil un par de veces, posiblemente avisos de alguna rueda de prensa para el día siguiente. Hacía ya cinco años que el señor Hamamoto era jefe de redacción de un diario generalista. Su madre, directora del departamento de Comunicación de un museo de arte contemporáneo, tenía el móvil al lado por si había alguna urgencia. Solía haberlas, ya que habían reducido la plantilla y, sin embargo, habían aumentado el número de exposiciones anuales.
—Hikaru, ¿cómo ha ido el día?
—Bien.
—¿Qué nos cuentas?
—Nada especial.
—Vaya, ningún día pasa nada especial…
—No. Las clases son muy aburridas.
—Eso ya lo sabemos. ¿Qué tal las clases de inglés?
—Normal.
—¿Ya te gusta más la profesora?
—No. Menos.
—Pues tendrás que esforzarte para mejorar las notas de inglés aunque no te guste la profesora.
—…
—¿No, Hikaru?
—… Sí.
