El problema del amor - Fernando López Luengos - E-Book

El problema del amor E-Book

Fernando López Luengos

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«Debo ser la más tonta del instituto pues todos los chicos con los que he salido me han engañado». «Con esa chica ya no siento nada, pero me dejo llevar por ella hacia las relaciones sexuales». «¿Por qué ya no sentimos lo que sentíamos al principio?». «¿Cómo pretendo arreglar los problemas con mis hijos, con mi marido, con mi compañero del trabajo...?». El profesor Fernando López Luengos parte de estas y otras inquietudes y preguntas —muchas planteadas por alumnos suyos a lo largo de su amplia trayectoria como docente — para explicar, en un breve ensayo a modo de guía, cómo funcionan y se desarrollan la afectividad y el amor en sus diferentes dimensiones y etapas. Para esta tarea se apoya en grandes maestros de la psicología y la espiritualidad —como Mª José de Ben, José Rivera o Juan José Rubio, entre otros —, así como en un trabajo de profundización personal en el ámbito de la neurociencia, la psicología y la filosofía, que nos aporta luz sobre la cuestión del amor. López Luengos aborda situaciones en las que la inmensa mayoría de los lectores se podrán ver reflejados para identificar qué nos hace actuar de esa manera, y así «llegar a gente a la que he visto con ansia de luz sobre temas tan confusos como la propia psicología y el amor». Pues las deficiencias en nuestro psiquismo actúan como obstáculos para el amor. Y las deficiencias en el amor delatan las carencias de nuestro psiquismo.

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Seitenzahl: 269

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Fernando López Luengos

El problema del amor

Una guía desde la psicología, la neurociencia y la espiritualidad

© El autor y Ediciones Encuentro S.A., Madrid 2021

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Colección Nuevo Ensayo, nº 91

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN EPUB: 978-84-1339-408-4

Depósito Legal: M-18409-2021

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa

y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

ÍNDICE

Prólogo

I. El amor es un problema

II. Amor visceral y amor racional

III. El suelo instintivo de la afectividad: la sexualidad

IV. La configuración de nuestra afectividad

V. Las fases del crecimiento emocional

VI. «Hacer el amor» sin amor

VII. Obstáculos para la construcción de la autoestima: los apegos

VIII. La Inteligencia Factorial: distorsiones cognitivas y apegos del entendimiento

IX. La Inteligencia Factorial: obstáculos para la atención consciente

X. El acceso a la Inteligencia General

XI. Condiciones de posibilidad del amor: el mundo interior

XII. Comprender la diferencia para abrazar la realidad personal

XIII. El amor como trascendencia. Orfeo y Eurídice

XIV. El amor comienza en un acto de esperanza

XV. Conclusión

I

II

III

Apéndice

Prólogo

Cuántas veces, en estos treinta años dedicados a la docencia, he presenciado sufrimientos inútiles en alumnos, en padres, en matrimonios y también en adultos solteros. Qué difícil se hace para tantas personas comprender su propia psicología, comprender sus ansias de ser amados. Y qué difícil se hace para muchos lograr la capacidad de amar en plenitud. Si hubieran conocido un poco los entresijos de su psiquismo cuánto podrían haberse ahorrado en sufrimientos. Pero, además, qué capacidad de gozar y de amar se han perdido. Qué potencialidad de creatividad y trabajo se ha perdido la sociedad por culpa de su raquítico crecimiento emocional. El problema del amor es la síntesis de todos los procesos psíquicos y parece ser uno de los temas más confusos para la sociedad.

He aprendido mucho sobre ello en entrevistas con adultos y también a través de la convivencia con mis alumnos (ya han pasado por mis manos más de 4.000). Entrevistas, test hechos a los alumnos y conversaciones constituyen una escuela única de psicología. Y precisamente de ahí es de donde ha surgido la necesidad de recoger detenidamente la doctrina que me enseñaron y que he experimentado y explicado durante estos años. Es una doctrina sobre la afectividad y el amor que aprendí de grandes maestros de la psicología y la espiritualidad (entre otros Mª José de Ben, José Rivera o Juan José Rubio) y que he podido ahondar desde la neurociencia, la psicología y la filosofía. He dedicado estos años a transmitirla en la docencia, en artículos en medios de comunicación y en conferencias por varios puntos de nuestra geografía. Ya hace tiempo que en las conferencias me han pedido algún libro para profundizar en lo que les explico en la ponencia. Y, aunque hay buenos materiales sobre el tema del amor, ninguno servía para ilustrar lo que yo deseaba. Por eso me he animado a recoger en un libro estos conocimientos enriquecidos con la historia de muchas personas con las que he tenido oportunidad de aprender y a las que —tal vez— he podido también enseñar algo. A lo largo de este libro aparecerán ejemplos de situaciones reales, aunque solo he incluido aquellos casos en los que la distorsión de algún dato —preservando el anonimato— no alteraba significativamente el sentido del relato.

Intento con este libro llegar a esta gente a la que he visto con ansia de luz sobre temas tan confusos como la propia psicología y el amor. Aunque los fundamentos son científicos y filosóficos escribo con un lenguaje al alcance de cualquier persona con una cultura mediana, sobre todo matrimonios y padres de familia. Pretendo también llegar a mis propios alumnos de bachillerato. De hecho, he contado con la ayuda de mi hija Inés (empezando su carrera) que me ha corregido toda expresión que resultaba o muy técnica o confusa. Verán que, en ocasiones, algunas palabras técnicas son traducidas a un lenguaje más popular. También ha estado presente la censura despiadada de mi mujer en alguna expresión «impertinente». Y he contado con las útiles aportaciones de mi amiga la psicóloga Carolina Martín Hernández. A ellas mi agradecimiento pues su huella está presente en estas páginas.

Finalmente quiero proponer la utilización del libro no solo como lectura relajada de temas curiosos, sino que también puede utilizarse como guion para un trabajo psicológico personal. En este caso, no hay más que coger los diferentes capítulos (a partir del cuarto) y llevar a cabo una reflexión sobre los temas propuestos aplicándolos a la experiencia propia. Es normal que susciten reflexiones dispares: algunos temas provocarán una reflexión mínima, pero otros tal vez inciten un trabajo profundo que puede prolongarse durante semanas. Para ello es conveniente la utilización de un cuaderno en el que vayamos apuntando nuestras conclusiones. El guion de estas reflexiones puede seguir estos tres apartados:

1. Definir y analizar cómo afecta en mi experiencia las ideas desarrolladas en el capítulo.

2. Hacer una valoración o juicio crítico sobre ello.

3. Formular propuestas de acción concretas y realistas.

Sin duda, el mejor maestro de nuestro psiquismo es el trabajo interior perseverante y concienzudo.

Fernando López Luengos ([email protected])

Toledo, Navidad de 2020

I. El amor es un problema

Cuando mi madre vivía sus últimos días, la debilidad le impedía hablar; apenas la lográbamos poner sentada no sin mucho esfuerzo y le costaba incluso tragar alimentos. Tampoco gozaba esos días de plena consciencia. Pero un día que se encontraba con alguna energía le hizo una seña a mi padre para que se acercara y pudiera oír lo que le susurraba «de una manera apenas audible pero clara: ‘nunca dejes de quererme’». Fue uno de los pocos momentos de plena lucidez en sus últimos días. La muerte de mi madre le llegó a mi padre cuando él tenía 67 años. En las memorias que más adelante escribió explicaba: «Nuestra relación humana ha estado centrada entre dos frases de ella, una primera cuando formalizamos nuestra relación de noviazgo en el mes de abril de 1955 (…) en el parque de El Ferrol, parece que lo estoy viendo, en donde me declaré cuando por toda respuesta me dijo ‘nunca te arrepentirás’. Entonces lo dijo una mujer llena de vida, belleza, juventud e inmensamente ilusionada y es que se enamoró desde el primer día como una colegiala. La segunda frase en este mundo, también de ella, poco antes de morir fue ‘nunca dejes de quererme’». Esta frase impactó profundamente a mi padre pues era la culminación de una promesa que habían formalizado muchos años atrás. Un año después de empezar a ser novios, sabedores de las dificultades laborales y familiares para una pronta boda se juraron amor eterno en la ermita de la Virgen de Chamorro que domina la ría de Ferrol. Ella, a pesar de haber tenido muchos pretendientes nunca quiso iniciar una relación que no fuera para un amor único, imperecedero. Y por eso cuando lo encontró, llegó a la convicción de que debía ser un amor eterno. Y así lo entendió también mi padre durante sus años de matrimonio. Y en esta convicción se mantuvo ya en la viudez permaneciendo fiel a su amor con un dolor profundo por la ausencia: «¡Cómo te podría dejar de querer, mi amor, si has sido toda mi vida, has sido el motor de ella y sin ti no hubiera tenido sentido! (…) solo estando juntos nos sentíamos completos. Por eso ahora sin tu presencia, por mucho que me digan de misiones que cumplir, no saben el vacío tan grande, tan grande que tengo y solo estoy pensando en cuándo nos volveremos a ver, así no se puede estar».

Sin embargo, a pesar de la dureza de estos años sin ella, él escribirá más tarde: «De hecho, sí que te digo, que de alguna manera estoy convencido que ya me estás ayudando a pesar de mi dolor y de mis sentimientos, que nos han de valer para aproximarnos más, incluso en este mundo». Y de ahí ha sacado fuerza para seguir con entusiasmo a pesar de atravesar momentos también de tristeza que solo parecen haber remitido con el avance de la demencia1.

La anécdota de la experiencia de mis padres plantea la cuestión de si es posible la esperanza ante la muerte del ser querido o bien si esta justifica la desesperación. Pues sabemos que ambas respuestas se dan en los seres humanos. Creo que el asunto no es menor. La muerte del ser amado es la prueba más dura que puede sufrir el amor y pone a prueba precisamente los fundamentos del mismo. ¿Cuáles son estos fundamentos? Tendremos ocasión de verlo más adelante.

En otras personas, el segundo drama que puede acompañar al problema del amor, es el fracaso en el proyecto soñado y la ruptura de la relación afectiva. «¿Por qué ya no sentimos lo que sentíamos al principio?, ¿por qué se esfumó el enamoramiento?». Cuántas veces he visto pintadas de enamorados expresando los incontenibles efluvios de su amor…, pero que —en muchos casos— se quedaron en eso, unos «efluvios» como fuegos artificiales. En una ocasión me comentaban unos amigos míos que habían comprado su piso a una pareja que se había casado recientemente. Los recién casados habían ido de luna de miel en avión, pero la vuelta la hicieron ya en aviones distintos. Su separación fue tan violenta que uno de ellos arrancó el cableado eléctrico para perjudicar al que tenía la casa en propiedad. No conozco a esta pareja, pero muy probablemente el día de su boda sería un día precioso y sus promesas de afecto sinceras. ¿Qué es lo que hizo que fracasara ese proyecto de amor?

Hay un tercer drama muy característico en el problema del amor que es la falta de éxito en la búsqueda de pareja. Así me lo expresaba una alumna en los primeros años de mi docencia. «Debo ser la más tonta del instituto pues todos los chicos con los que he salido me han engañado». Intentaré dar respuesta a cada uno de estos dramas a lo largo del libro.

Tenía razón Erich Fromm cuando afirmaba que «prácticamente no existe ninguna otra actividad o empresa que se inicie con tan tremendas esperanzas y expectaciones, y que, no obstante, fracase tan a menudo como el amor»2. Donde muchos pusieron la mayor ilusión encontraron dramáticamente uno de los sufrimientos más desgarradores. El psiquiatra Enrique Rojas opina de modo muy semejante: «Nunca en la historia de la humanidad hemos asistido a tantos fracasos afectivos, conyugales o de pareja como en la actualidad, y, al mismo tiempo, nunca se ha hablado tanto del amor»3. Algo debería mostrarnos esta experiencia universal tan repetida. Y es que, según Fromm, la inmensa mayoría de las personas desconoce realmente lo que es el amor e ignora sus fundamentos. Y no es extraño que esto sea así cuando resulta tan sencillo dejarse llevar de los impulsos y emociones relegando la razón a mero auxiliar de los primeros. No es sino un expresivo síntoma de la deficiente maduración psico-emocional de muchas personas.

Si miramos la estadística de matrimonios y separaciones de los últimos años la tendencia es desalentadora4:

En 1976 la edad media con la que la gente se casaba en España era 25,8 años. Desde entonces ha ido subiendo progresivamente hasta alcanzar los 36 años en 2016: ¿se ha retrasado la madurez o es que no estamos preparados para comprometernos?

Pero el problema no se limita a los cónyuges implicados, sino que se extiende dramáticamente a los hijos que nacen en estos matrimonios. Cuando empecé a dar clase hace treinta años, los alumnos cuyos padres estaban separados eran una minoría. La mayoría disfrutaba de una estabilidad familiar suficiente. Y esto se notaba en el aula. Ahora la situación se ha revertido. Son pocos los alumnos que pueden gozar de una situación familiar estable. En varias ocasiones me he encontrado con alumnos que me han dicho que no desean casarse porque han experimentado —con la separación de sus padres— que el amor es imposible. Es triste ver los efectos del desamor sobre los adolescentes. También han aumentado significativamente los comportamientos disruptivos como consecuencia de carencias afectivas familiares. Esto es algo que solemos comentar los profesores en las juntas de evaluación. Una de las primeras cosas que aprende un profesor novato es que un alumno conflictivo suele ser indicio de un problema familiar subyacente.

En una ocasión, estando en el aula de convivencia (es un aula en el que se envían a los alumnos que se comportan mal en clase) me llegó un chico de 13 años expulsado por el profesor. Venía con cara de fastidio y desafiante. Sabía que se había comportado mal y no le importaba. Le pregunté si no le importaba disgustar a sus padres… Me confesó que a su padre no lo conocía y que a su madre la veía muy poco porque habitualmente vivía con la abuela..., y mantuvo la actitud desafiante. Entonces le dije: «o sea, que como estás disgustado porque no estás con tu madre, te comportas mal adrede como venganza y para llamar su atención». La cara del chico perdió su dureza y se echó a llorar. Después de esto resultó más fácil tener una conversación serena con él, pues lo que necesita en primer lugar es saberse tratado con afecto.

Uno de cada tres alumnos de 1º de ESO (12-13 años) suspende todas las asignaturas. Pero, lo más triste es que a muchos de sus padres nos les importa nada. El sistema educativo sirve de filtro y acaban abandonando la enseñanza. Es lo que los políticos llaman fracaso escolar. Pero mejor habría que llamarlo fracaso familiar. O si se prefiere, fracaso afectivo. No es otro el drama que hay detrás de ello.

De hecho, este porcentaje que se repite cada año es compatible con los datos estadísticos que nos indican las tasas de disfunciones familiares: el 27% de los menores las sufren, un 16,7% padecen abusos físicos y un 14,8% abusos sexuales. ¿Qué capacidad de amar tendrán estos chicos cuando sean adultos? ¿Cómo no van a confundir el amor con sus carencias afectivas?

Lo que las estadísticas nos recuerdan una y otra vez es que la gente no entiende qué es realmente el amor —como decía Erich Fromm— no conoce sus fundamentos y, en muchos casos, no está capacitada para amar, aunque sí lo esté para enamorarse. Fromm critica la creencia que reduce el amor a un problema de suerte, como «encontrar la media naranja»: se trataría de buscar y encontrar aquello que me enamorará y me hará feliz… cuando la realidad es muy diferente. Se trata en cambio —escribe— de un arte, el arte de amar. Y en todo arte es necesario un conocimiento teórico y una práctica. En el arte de amar, la primera dificultad radica en captar y comprender algunas ideas importantes. Captar lo que es verdadero y bueno para uno mismo. Pero hay una segunda dificultad todavía mayor: ser capaz de adherirse a eso que es verdadero y bueno para mí. Pues es fácil adherirse a lo que a uno le apetece, a lo que a uno le atrae; o a aquello que es afín al propio temperamento. Pero es más difícil aceptar que hay gustos y apetencias que son malos, que hay carencias emocionales que deben ser superadas. En síntesis, la primera dificultad en el amor es encontrar luz que ilumine mi interior para comprender mis deficiencias. Y la segunda dificultad es lograr transformarme, cambiarme aceptando mi debilidad, mis límites. Esto no es algo que suceda de manera repentina, sino que ha de ser fruto de un trabajo prolongado.

Las formas diversas de dramas afectivos, la muerte del ser querido o el fracaso o ruptura afectiva amenazan la estabilidad emocional de demasiadas personas. Si bien es cierto que cada hombre ha de pasar por su propia noche oscura, en palabras de san Juan de la Cruz, no menos cierto es que no pocas de estas noches se podrían evitar si no se ignoraran con tanta superficialidad algunos principios básicos de nuestra psicología y se adoptaran las decisiones correctas.

Que tanta gente fracase en el amor y que tanta gente sufra por ello, no demuestra que no se puedan conocer los fundamentos del amor y poner los medios para crecer en la capacidad de amar. Son muchas las parejas que testimonian que ese amor es posible. Son muchas las personas que han llegado a una capacidad enorme de amar y que no han sucumbido a las dificultades.

Un criterio elemental en el que insistía la psicóloga María José de Ben5 es que no fallan los matrimonios: lo que falla realmente, es que no hay un hombre, no hay una mujer y, en consecuencia, no ha llegado a haber un matrimonio auténtico. En términos canónicos se trataría de un matrimonio nulo. Ese hombre y esa mujer no están construidos psicológicamente, no han alcanzado su madurez. Pues cuando ambas personas están construidas psicológicamente, cuando su psiquismo es sólido, no puede haber fracaso matrimonial. En realidad, el fracaso matrimonial no hace más que exteriorizar la profunda carencia previa en sus integrantes. La mayoría de la gente considera que el problema se resuelve cambiando de pareja, que lo que falla es el medio utilizado para alcanzar el amor, pues «se ha acabado el amor». Pero, en realidad no se trata de cambiar las circunstancias que vivimos sino nuestro modo de vivir las circunstancias. No se trata de cambiar el caballo sino al propio jinete: cambiarse uno mismo. Como nos enseña la psicología moderna, confundimos las cosas con nuestra interpretación de las mismas. Creemos que nuestra interpretación (configuración, Gestalt) es la única realidad ignorando que nuestra forma de mirar arrastra todas nuestras carencias, y nuestras distorsiones cognitivas. Esto es lo que tenemos que explorar en las próximas páginas.

Es muy significativo, a este respecto, que entre los propios adolescentes el interés por información relacionada con la temática de la sexualidad y la afectividad no se centra en los aspectos corporales sino en la comprensión y gestión de los sentimientos y emociones. Obsérvese la siguiente encuesta6:

Porcentaje de jóvenes que refieren que les gustaría saber más sobre estos temas:

1. Cambios físicos de chicos y chicas: 59,4%.

2. Anticoncepción, 67%.

3. La diferencia entre deseo, atracción y amor, 80%.

4. Qué significa enamorarse 82,2%.

5. Cómo manejar mejor los sentimientos y las emociones, 83,2%.

Aunque la edad media de inicio de relaciones sexuales entre jóvenes haya bajado en España hasta los 16 años (hace cuarenta años estaba en 23) el problema fundamental no tiene que ver en primer lugar con la sexualidad, sino con la comprensión y gestión de los propios sentimientos y emociones. En esta inquietud se constata un vacío de criterio, pero al mismo tiempo se trasluce una certeza: que la sexualidad depende radicalmente y se subordina a la afectividad. La afirmación parece una obviedad, pero tendremos ocasión de comprobar lo fácil que resulta ignorarlo, y sus penosas consecuencias.

Necesitamos, por tanto, recurrir a la psicología experimental pues esta puede iluminar el intrincado nudo de las diferentes fuerzas afectivas. Pero necesitamos una psicología experimental lo suficientemente profunda como para incorporar la dimensión espiritual del sujeto7. Pues el amor humano no consiente ser reducido a una sola de sus dimensiones ya que incluye e integra la totalidad de los procesos psíquicos fundamentales: procesos puramente químicos, procesos vegetativos con una amplia gama de respuestas endocrinas, procesos instintivos reflejos, procesos emocionales que reabren heridas lejanas, procesos emocionales absolutamente desconocidos para el sujeto, y, finalmente, los procesos cognitivos superiores. Por ello, el proceso del amor significa y supone la suma y resumen de todo el psiquismo humano. Y esto lo convierte en el índice más significativo de la madurez psicológica. El propio Freud, a pesar de su reduccionismo biologicista (reducir el hombre a solo su dimensión biológica), advertía que el criterio para detectar la madurez de una persona se define por su capacidad de trabajar y su capacidad de amar8.

Ahora bien, si bien es cierto que el amor significa la síntesis de los procesos psíquicos fundamentales, no menos cierto es que, en el ámbito social y cultural ha sufrido todo tipo de reduccionismos a lo largo de la historia (romanticismo, puritanismo, banalización de la sexualidad…). Y en la actualidad, de manera muy extensa, es utilizado de forma interesada en los distintos medios de comunicación, el cine, las novelas o la prensa rosa. El amor es una palabra profanada, devaluada y manoseada, al mismo tiempo que se idealiza hasta lo imposible como si fuera la solución mágica a todos los problemas. En una película de aventuras, por ejemplo, aparecen un chico y una chica como protagonistas. Después de muchas vicisitudes el argumento culmina en un desenlace afortunado, pero parece que este estará incompleto si el chico no acaba saliendo con la chica. Lo emocional de un momento prevalece sobre lo racional de un proyecto. Sin embargo, el amor es algo mucho más complejo y se ignora que, precisamente por integrar el conjunto del psiquismo humano, viene a ser como el excitador que provoca la reacción de nuestros componentes psíquicos: nuestra emotividad herida, nuestra estructura cognitiva, nuestros criterios morales… El problema del amor pone de manifiesto todas las carencias que arrastramos y las deficiencias de nuestra madurez psicológica. De ahí que resulte tan sencillo manipularlo en el cine, en las novelas o la prensa rosa para disimular estas deficiencias, permitiéndonos escurrir el bulto en nuestro afrontamiento de la realidad. Incluso es utilizado desde algunas ideologías para construir un modelo de sexualidad que enmascara las experiencias frustrantes de sus constructores: Simone de Beauvoir, Kate Millett, Sartre, Shulamith Firestone (por citar algunos cerebros de la revolución sexual del feminismo de la segunda ola) tuvieron una experiencia afectiva y sexual tortuosa y sufrieron una afectividad problemática en su infancia. Y ni siquiera están exentos de esta conflictividad muchos profesionales de la psicología.

Todo parece apuntar a una sentencia pesimista sobre el amor. Pero, la realidad es otra: estos fracasos afectivos no hacen sino reforzar la veracidad de una doctrina del amor que integra y tiene en cuenta todos sus niveles. En el funcionamiento óptimo de nuestro psiquismo no vale todo. Y el fracaso o el sufrimiento tiene que ver más con una gestión incorrecta de nuestro psiquismo que con acontecimientos desafortunados. El amor es el fruto culminante del éxito de nuestra madurez psicológica.

II. Amor visceral y amor racional

Una cría de elefante cae a un estanque con agua y no puede salir. Inmediatamente su madre y otras hembras de la manada intentan ayudarla sin éxito; primero desde arriba, después entrando en el mismo estanque9. Hasta que, después de varios intentos, logran su objetivo. El video en YouTube tiene comentarios alusivos a la belleza del amor maternal de estos elefantes. En otro video, unos gansos del Nilo fingen estar heridos ante un leopardo para proteger a sus crías10. Y logran atraerle peligrosamente para alejarle de aquellas. Hay muchos otros ejemplos en el reino animal de comportamientos «heroicos» para protegerse unos a otros o proteger a las crías. Sin embargo, este impulso animal tiene poco que ver con el amor humano cuando este se desenvuelve desde las funciones superiores del psiquismo. Si bien es cierto que se trata de conductas que logran el bien del otro individuo, nada hay en esta acción que haya sido previamente comprendido y decidido. Se trata de un impulso que está diseñado desde su código genético y que responde a lo que en psicología se denomina conducta innata, y pautas fijas de acción. Toda conducta innata está predefinida en el cerebro y es idéntica a todos los individuos de la misma especie. Son comportamientos rígidos, estereotipados que se desencadenan mecánicamente a partir de un estímulo y siempre se ejecutan de la misma manera. Una golondrina solo hace nidos de golondrina, aunque haya sido criada fuera de un nido. El pájaro cuco, en cambio, pone los huevos en el nido de otras especies, también siguiendo su instinto. Estos huevos serán incubados por otros padres que, fieles también a su impulso instintivo, empollan sin distinción los huevos que hay en el nido, a pesar de que el intruso acabará expulsando a sus hermanastros del nido. El código genético de esa especie no distingue las propias crías de otras crías. En cambio, el pingüino sí es capaz de identificar a su cría para alimentarla. Cada especie obedece ciegamente a los complejos mecanismos impulsivos predefinidos en su código genético.

La comparación con la conducta humana es infructuosa, pues, aunque compartimos con los animales los impulsos instintivos (y en el tema del amor hay, también, impulsividad instintiva) sin embargo, el psiquismo humano tiene funciones superiores muy alejadas de la inteligencia animal. No obstante, es imprescindible tomar consciencia de nuestras funciones animales inferiores para distinguir y comprender correctamente las funciones superiores en las que habita el amor humano pleno. Quizás sea este el primer paso necesario para intentar adentrarnos en la comprensión de nuestra afectividad: distinguir entre la dimensión animal del amor y otra dimensión superior. Distinguir los impulsos suscitados por diferentes compuestos químicos y motivaciones emocionales inconscientes y, por otro lado, la respuesta de nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Distinguir entre amor visceral (carnal) y amor racional o personal. Al primero pertenecen los movimientos ciegos de apego al bebé en la madre, o la atracción erótica entre hombre y mujer, pero también la atracción emocional «romántica». Al segundo pertenece la inteligencia superior que opera con la voluntad cuando nos comprometemos en fidelidad.

La atracción de una madre ante el llanto del bebé puede ser producida por un acto personal. Pero incluye, también, procesos químicos desencadenados por la oxitocina. Una simple inyección de oxitocina en una oveja sin crías provoca en ella la aceptación maternal de corderos ajenos. Hay abundante evidencia científica del vínculo entre la oxitocina y las conductas maternas en humanos: contacto afectivo, contacto visual, sensibilidad a las señales infantiles. Y la interacción madre-criatura tiene un fuerte efecto sobre la afectividad infantil que es el fundamento de su madurez emocional, nada menos. El apego a la madre, tan determinante en los primeros movimientos del crecimiento emocional, viene condicionado por esta hormona. Pero no es mejor madre quien está más apegada a sus crías; en todo caso será una buena hembra. Pues este amor visceral no es un acto de donación, sino que es posesivo. El amor racional, en cambio, sí lo es.

En otro ejemplo, unos padres incapaces de soportar el llanto del niño cuando está buscando el sueño sentirán la necesidad de cogerlo en brazos…, hasta crear en él una dependencia hacia el confort de ser abrazado. En casos extremos, ha habido padres que han mantenido esta conducta más allá de los cuatro años del niño; y han tenido que recurrir al psicólogo para lograr la emancipación del niño por las noches. Ese amor hacia el hijo está contaminado por las dependencias emocionales del padre o de la madre. No es amor racional, es amor visceral y acaba perjudicando seriamente al hijo. Pues estos padres actúan mirando hacia sus propios sentimientos, hacia su angustia al oír el llanto, y no hacia el bien objetivo del niño. Hay mujeres que han desplazado de la cama al marido —de manera habitual— para poder consentir al niño que desea dormir acompañado.

El amor racional —gobernado por la inteligencia superior— es muy diferente: soportará el llanto del niño cuando este es necesario para su bien; inmola sus sentimientos por el bien del ser amado.

El amor visceral de los padres no supone necesariamente mala voluntad. No está reñido con deseos sinceros y profundos de amar. Pero, puede ser un afecto poblado de imperfecciones (aunque podrían no ser culpables). Por ejemplo, la indulgencia de una madre hacia su hijo, aunque llegue cien veces borracho, mientras que a su marido le pone un límite. En el primer caso se impone el amor visceral. En el segundo caso ¿habrá realmente amor racional? También es amor visceral el celo con el que una madre justifica a su hijo cuando en el instituto ha hecho una faena.

En el amor visceral al hijo se mezclan habitualmente nuestras carencias emocionales. Cuando unos padres advierten que se les va de las manos la educación de un hijo consentido, recurren a expresiones como «hago lo que puedo», «es que no me da la vida…». Pero en estas respuestas hay un cierto perfeccionismo de autocensura. Hay una incapacidad de aceptar los propios límites, la propia debilidad. Tal vez una autoestima insuficiente impide percibir con serenidad, con libertad, esos límites. Y, sin embargo, será necesario descender al fondo de nuestra miseria para poder remontar después a las cimas del amor. Los padres deben ser conscientes de que no pueden amar a su hijo por encima de sus propias capacidades de amar, y de que, inconscientemente, le insuflarán sus inseguridades emocionales. Pero esta capacidad de amar ha de aumentar eliminando los apegos o dependencias emocionales: necesitamos explorar más a fondo estos mecanismos de nuestra emotividad. Lo estudiaremos más adelante en los capítulos IV y V.

El amor visceral, por tanto, incluye todos los procesos de origen inconsciente que se fundamentan en impulsos instintivos o bien en impulsos y dependencias emocionales. Esta distinción nos ofrece una perspectiva panorámica de nuestra psicología en la que descubrimos tres niveles:

- Nivel biológico, compuesto por procesos instintivos regulados por sustancias químicas y por mecanismos homeostáticos (conjunto de fenómenos de autorregulación por los que un organismo mantiene el equilibrio interno).

- Nivel afectivo-emocional que incluye el historial afectivo con sus logros y con sus heridas.

- Nivel racional que integra y debería dirigir los anteriores.

Ya en el s. IV a. C. Platón también distinguía en nuestro psiquismo tres dimensiones: alma concupiscible (en la que habitan los impulsos y deseos instintivos), alma irascible (sede de las emociones) y alma racional. E incluso imaginó una localización corporal para cada una: vientre, pecho y cabeza. Hoy en día sabemos que esta localización no es correcta, pero sí lo es la triple división de nuestros procesos psíquicos, y su diferente ubicación.

Las investigaciones de los últimos años en neurociencia nos permiten comprender mejor cómo funcionan realmente estas tres dimensiones implicadas en la afectividad. Según el neurocientífico MacLean (1913-2007) nuestro cerebro está formado en realidad por tres cerebros interconectados entre sí, aunque distinguibles anatómica y funcionalmente. Estas tres estructuras proceden de una larga historia evolutiva desde cerebros más primitivos:

Cerebro reptiliano: en el proceso evolutivo es la parte más primitiva del cerebro y se encuentra en el bulbo raquídeo y en el cerebro medio. Regula la vida vegetativa y la instintividad.

Cerebro límbico: localizado en el sistema límbico, incluye pequeñas estructuras como la amígdala, el hipocampo y el hipotálamo. Gobierna la vida emocional, los lazos afectivos, el impulso sexual, la agresividad y el estado de ánimo.

Cerebro racional: localizado en la corteza cerebral o neocórtex. Es la parte del cerebro más reciente en el proceso evolutivo y la última que madura en la vida del individuo, después de la adolescencia. Es el responsable de las funciones superiores, entender, comprender y razonar. El cerebro humano tiene una compleja y profunda vida interior que es lo que constituye la vida racional exclusiva en el ser humano a pesar de que hay animales que poseen un considerable grado de inteligencia. Pues la inteligencia animal no es capaz de abstracción y, consecuentemente, no puede hacer ninguna de las funciones más elevadas de nuestro psiquismo: la planificación del futuro, la ideación de situaciones abstractas, la reflexión sobre el pasado o sobre el futuro, sobre lo no presente y lo no real, la toma de decisiones voluntarias, la captación de los valores éticos, estético o cognitivos, etc.

La plenitud de la vida humana radica en un proceso interior que solo se logra cuando la racionalidad gobierna con solvencia la dimensión animal (instintos y sentimientos) integrando todos los niveles. Entonces puede con-centrarse ejercitando estas funciones superiores de la inteligencia que configuran el mundo interior. Surge allí el acto creativo, y la verdadera comprensión y razonamiento sobre la realidad en la que emerge, a su vez, el entender-se y comprender-se