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Hay libros que cuentan historias y otros nos las explican. Este nos ayuda justo a entender las causas de las rebeliones populares de 2011 y las razones que llevaron a la mayoría a evolucionar de formas turbulentas. Gilbert Achcar empieza por analizar la modalidad del capitalismo en el Medio Oriente y cómo se ha bloqueado el desarrollo económico y social, ocasionando desempleo, desigualdad, pobreza y frustración. Su exploración no se limita a la racionalidad económica, ya que profundiza en lo político. Considera el papel de los regímenes despóticos y sus rasgos sociales, desmenuza las características del fundamentalismo islámico y su protagonismo, para lo que ofrece valiosas claves históricas y políticas difíciles de encontrar en otros libros. Aborda también el papel de las grandes potencias, en especial el de Estados Unidos. Un argumento importante del libro es que la Primavera Árabe fue no únicamente un momento importante en la historia de la región, sino el inicio de un proceso revolucionario de largo aliento. Esta obra es imprescindible para entender no solo la Primavera Árabe sino mucho de lo que ocurre en el conjunto del Medio Oriente contemporáneo.
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Seitenzahl: 679
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Una exploración radical de la sublevación árabe
Gilbert Achcar
Traducción de Irlanda Villegas Salas y Agustín del Moral

Universidad Veracruzana
Martín Gerardo Aguilar Sánchez
rector
Juan Ortiz Escamilla
secretario académico
Lizbeth Margarita Viveros Cancino
secretaria de administración y finanzas
Jaqueline del Carmen Jongitud Zamora
secretaria de desarrollo institucional
Agustín del Moral Tejeda
director editorial
Título original: Le peuple veut. Une exploration radicale du soulèvement árabe
©️ Gilbert Achcar, 2013
Edición en francés por Actes Sud
Este libro fue publicado en el marco del Programa de Apoyo a la Publicación del Instituto Francés de América Latina (ifal)
Primera edición, 8 de noviembre de 2023
D. R. © Universidad Veracruzana
Dirección Editorial
Nogueira núm. 7, Centro, cp 91000
Xalapa, Veracruz, México
Tels. 228 818 59 80; 818 13 88
https: /www.uv.mx/editorial
ISBN electrónico: 978-607-8923-65-6
Maquetación y collage digital de forros: Enriqueta del Rosario López Andrade
Cuidado de la edición: Silverio Sánchez Rodríguez
Producción de ePub: Aída Pozos Villanueva
PREFACIO A LA EDICIÓN EN ESPAÑOL
Más de seis años han transcurrido desde la redacción de este libro. Seis largos años que han visto el empuje planetario de la extrema derecha, de la que Donald Trump se convirtió en un mascarón de proa a partir de la campaña por las elecciones presidenciales estadounidenses, antes incluso de su acceso a la presidencia de Estados Unidos en enero de 2017. De este empuje de la extrema derecha, el actual presidente brasileño Jair Bolsonaro es el avatar más reciente en el momento de escribir estas líneas. Otros acontecimientos de la misma índole han confirmado esta tendencia mundial, como la llegada al poder de la extrema derecha en Italia o incluso su avance electoral en Alemania y en España.
Este viraje planetario hacia la extrema derecha no deja de guardar relación con la inquietante evolución de la región árabe del Medio Oriente y de África del norte en el curso de estos últimos años. No solamente la emergencia de un fenómeno mortífero como “el Estado islámico” participa de la misma exacerbación de corrientes portadoras de odio “identitario”, cualquiera que sea la naturaleza de la identidad en cuestión, sino que además esta emergencia –acompañada de atentados perpetrados en suelo europeo por el llamado “Estado islámico” así como por la empresa terrorista competidora conocida como Al Qaeda– ha contribuido poderosamente a propulsar el reciente empuje de la extrema derecha en el hemisferio occidental. La islamofobia es, en efecto, un componente fundamental de la ideología de la mayor parte de la extrema derecha de nuestro tiempo, sustituyendo la función que le correspondió al antisemitismo entre finales del siglo xix y el fin de la Segunda Guerra Mundial.
A un nivel más profundo, “la Primavera árabe” de 2011-2012, con repercusiones internacionales tan variadas como el movimiento de los indignad@s en España o el de los Occupy en Estados Unidos, propulsó un nuevo empuje protestatario de izquierda a escala mundial, a un nivel incluso más importante que el que inauguró la revuelta zapatista de 1994 seguida de la movilización de Seattle contra la Organización Mundial del Comercio en 1999, luego del desarrollo del movimiento altermundialista en el curso de la primera década del nuevo milenio. Los espectaculares progresos de la izquierda en los dos bastiones del imperialismo anglófono que son Estados Unidos y el Reino Unido, con el avance de Bernie Sanders en el primero y la llegada de Jeremy Corbin al frente del Partido Laborista en el segundo, aparecieron como la culminación de este empuje de la izquierda a nivel mundial.
Igualmente, pero en sentido inverso, el empuje reaccionario planetario fue impulsado por el estruendo de la ola revolucionaria árabe al chocar con la fachada de hormigón de los regímenes despóticos de la región. Una ofensiva contrarrevolucionaria se desarrolló en el mundo árabe a partir de 2013. Fue inaugurada por la intervención de Irán y de sus auxiliares regionales en el rescate del régimen sirio y desembocó en 2014 en la restauración total o parcial del antiguo régimen en los dos países-faro de la “Primavera árabe”, Egipto y Túnez, así como en la desviación de las dinámicas revolucionarias en Siria, Libia y Yemen hacia guerras civiles entre campos opuestos igualmente reaccionarios, al tiempo que el “Estado islámico” surgió de una manera repugnante en Siria y en Irak.
No es este el lugar para hacer un análisis de ese momento contrarrevolucionario del proceso histórico que en diciembre de 2010 desencadenó la inmolación por fuego de un vendedor ambulante en el centro pauperizado de Túnez. Cuando intenté hacer este análisis en un capítulo puesto al día destinado a la segunda edición en lengua inglesa de esta obra, el capítulo se convirtió en un nuevo libro, complementario de este, y apareció en 2016 bajo el título Morbid Symptoms: Relapse in the Arab Uprising(Stanford University Press). Espero que este libro sea traducido en su momento a la lengua española. Se encontrará, sin embargo, al final del libro, una larga entrevista publicada en diciembre de 2015 en Jacobin, sitio de la izquierda radical estadounidense, con motivo del quinto aniversario del desencadenamiento de “la Primavera árabe”. En esta entrevista, que tradujo y publicó en su mayor parte el sitio de la izquierda radical del Estado español Viento sur, resumo los análisis del libro que aparecería unos meses más tarde.
Un tema central de mi perspectiva analítica en las dos obras es que lo que al principio fue llamado “primavera”, en la ilusión o la esperanza de que sería un episodio de corta duración que desembocaría en una democratización que zanjaría el problema, no era más que el comienzo de un proceso revolucionario a largo plazo que se extendería durante varios años, incluso a lo largo de varias décadas, a semejanza de los grandes procesos revolucionarios históricos. Esta afirmación se apoya en el análisis de la explosión que sacudió al mundo árabe en 2011 como resultado de un bloqueo socioeconómico de larga duración, del cual el bloqueo político es a la vez causa y efecto, y que no podría ser resuelto por una democratización superficial, sino que era imprescindible un cambio social y económico radical. Por tal razón, este libro, en el que este análisis socioeconómico se desarrolla junto con el de las dinámicas sociopolíticas del levantamiento árabe, sigue proporcionando los instrumentos fundamentales para la comprensión de los acontecimientos en curso en la región árabe, cuando menos desde mi punto de vista.
La región árabe ha entrado en una zona de turbulencia política de larga duración de la que, según este diagnóstico, solo podrá salir si sobreviene el cambio radical referido. Sin ello, la región está condenada a hundirse todavía más en la barbarie. En este sentido, es una ilustración a todo color de la alternativa entre progreso social y barbarie a la cual está confrontado nuestro planeta en su totalidad, en esta época marcada por un capitalismo decadente y regresivo que debe en gran medida su sobrevivencia a la degeneración del “socialismo” del siglo xx y a la impericia de sus continuadores contemporáneos.
* * *
Evidentemente, esta edición mexicana no habría visto la luz del día sin el interés manifestado por la editorial de la Universidad Veracruzana y, en particular, por mi interlocutor Jesús Guerrero. Debo ya a esta excelente casa editorial la publicación en lengua española de una obra anterior, Los árabes y el Holocausto. La edición que el lector tiene en sus manos pudo aparecer gracias también a la contribución del Centro Nacional del Libro Francés, que financió su traducción. Y, obviamente, reconozco particularmente la intervención de mi amigo de larga data y escritor él también, Agustín del Moral Tejeda, quien dio a conocer mi obra a la Universidad Veracruzana. Del Moral Tejeda e Irlanda Villegas tradujeron este libro. A todos ellos, un enorme agradecimiento.
Gilbert Achcar
Londres, 5 de agosto de 2019
AGRADECIMIENTOS
Esta obra es fruto de un compromiso adquirido poco después del inicio de la ola revolucionaria que se apoderó del mundo arabeparlante. Se apoya, no obstante, en las clases sobre los problemas del desarrollo en el Medio Oriente y en África del Norte que impartí en la Facultad de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres durante el periodo escolar 2007-2008. En ese sentido, estoy en deuda con mi institución, que ofrece un ambiente más que propicio y una vasta biblioteca para la investigación sobre la región objeto de nuestro estudio.
La docencia y la investigación universitarias no son, sin embargo, más que algunas de las fuentes de esta obra. El principal sustento, que agradezco profundamente, se lo debo a aquellas y aquellos con quienes sostuve encuentros y con quienes he discutido a lo largo de mis visitas a distintos países de la región durante varias décadas y, en particular, desde los inicios del levantamiento. En cuatro momentos clave de este recorrido, en 2011, tuve el honor de ser invitado a la Universidad de Primavera de attac-Marruecos,1 en Casablanca, en el mes de abril; a las Jornadas Socialistas, organizadas en El Cairo por el Centro de Estudios Socialistas Egipcio, en el mes de mayo; a la reunión de miembros eminentes de la oposición siria, que se celebró en la periferia de Estocolmo, en octubre; lo mismo que a festividades en torno al primer aniversario del desencadenamiento de la sublevación tunecina, en Sidi Bouzid, en el mes de diciembre.
Del mismo modo, agradezco las distintas invitaciones que se me hicieron a fin de someter algunas tesis de esta obra ante el escrutinio de públicos especializados en diversas instituciones académicas, en particular, las realizadas por Henry Laurens en el Collège de France; Robert Wade en la London School of Economics; Rashid Khalidi y Bashir Abu-Manneh en Columbia University de Nueva York; Joel Beinin en Stanford University; Ronit Lentin en el Trinity College de Dublín; Haideh Mghissi y Saeed Rahnmea en la York University de Toronto, Farid al-Alibi en la Université de Kairouan; Tullo Viegevani en la Universidade Estadual Paulista (Unesp) de Sao Paulo, así como por la Asociación Nacional de Graduados e Investigadores en Ciencias Sociales (anpocs) brasileña en su congreso anual en Caxambu.
Los amigos que nombro a continuación han leído parcialmente o en su totalidad el manuscrito de esta obra y me han beneficiado con sus comentarios a lo largo de su redacción: Henry Bernstein, Ray Bush, Franck Mermier, Saleh Mosbah, Alfredo Saad-Filho, Fawwaz Traboulsi y Lisa Wedeen. Los muy puntillosos comentarios de Omar El Shafei, quien tradujo la obra al árabe, me han sido de gran utilidad. Mi colaboración por segunda ocasión con Geoff Michael Goshgarian, quien la tradujo al inglés, igualmente me ha brindado la oportunidad de valiosos intercambios. Suplico a aquellas y aquellos a quienes pudiera olvidar en esta lista de agradecimientos tengan a bien disculparme. Ninguna de las personas que he mencionado es responsable en modo alguno ni de las tesis ni de los posibles errores de esta obra.
NOTAS PRELIMINARES SOBRE LOS PAÍSES ÁRABES Y LA REGIÓN DEL MeDiO ORIENTE Y ÁFRICA DEL NORTE
La designación “árabe” en esta obra se refiere a los miembros de la Liga de los Estados Árabes (con excepción de Comoras, Yibuti y Somalia) y al hecho de que los países concernientes tienen el árabe como lengua principal de administración, información y enseñanza. Se trata de una designación geopolítica y lingüística (de donde se desprende una referencia al espacio arabeparlante), pero de ninguna manera obedece a una designación “étnica”. Las poblaciones étnicamente no árabes constituyen partes importantes de los moradores de los países en cuestión, en particular los amazighen en África del Norte (Magreb) y los kurdos en el Medio Oriente (Máshreq). Ellas participaron activamente en los levantamientos de la región.
Varias de las instituciones internacionales, cuyos estudios y estadísticas son copiosamente citadas en este libro, se refieren a un conjunto denominado “Medio Oriente y África del Norte” (de uso corriente, mena, por sus siglas en inglés) al cual se suma Irán e incluye los países arriba descritos. Dada la ausencia de datos restringidos a los Estados árabes, he tomado en cuenta las cifras correspondientes a la región mena. Las gráficas publicadas en esta obra son originales en su totalidad; las fuentes indicadas son aquellas de donde provienen los datos utilizados para su integración.
Sobre la transliteración del árabe
La romanización de los términos y nombres árabes practicada en esta obra es una versión muy simplificada de las transliteraciones propias de la literatura especializada, con el objetivo de facilitar la lectura a los legos y permitirles a los iniciados reconocer el original árabe. Se han evitado los caracteres especiales, con excepción del apóstrofo invertido (ʻ) utilizado para la letra árabe ʻayn. Para los nombres propios de las personalidades más conocidas, se ha conservado la ortografía corriente con la misma intención. Finalmente, siempre que las personalidades árabes han publicado en lenguas europeas, se ha respetado la transliteración de su nombre propio elegida por ellos mismos en caracteres latinos, lo mismo que se ha respetado en las citaciones la romanización de los nombres árabes practicada por los autores.
Sobre el género
Me disculpo una vez más por haber tenido que renunciar a un texto no-masculinista en francés. El problema es que “ellos/ellas”, “esos/esas”, etc., que no plantean problema alguno en textos cortos, aumentarían considerablemente el volumen de un libro si se utilizaran de forma sistemática. Es deseable que el progreso del feminismo consiga imponer en francés el uso opcional del femenino y del masculino en los singulares genéricos, tal y como se ha impuesto en inglés, y que los plurales incluyan a los individuos de ambos géneros.
INTRODUCCIÓN.
Sublevaciones y revoluciones
“¡El pueblo quiere!” Esta proclamación estuvo y sigue siendo omnipresente en la sublevación, en el largo desarrollo que ha sacudido el espacio arabeparlante desde el episodio tunecino inaugurado en Sidi Bouzid, el 17 de diciembre de 2010. Ha sido conjugada en todos los modos y en todos los tonos posibles para diversas y múltiples reivindicaciones, desde el célebre eslogan revolucionario “¡El pueblo quiere la caída del régimen!” hasta los más variados registros del humor, como la pancarta que blandía un manifestante de la plaza Tahrir en El Cairo: “El pueblo quiere un presidente que no se tiña el cabello”.
El eslogan “El pueblo quiere…” nació en Túnez, donde hacía eco a dos célebres versos del poeta Aboul-Qacem al-Chebbi (1909-1934) que se integraron al himno nacional de ese país:
Cuando un día el pueblo se decida a vivir, el destino lo escuchará infaliblemente
La noche no podrá más que disiparse y las cadenas del yugo se abrirán indefectibles2
El paso al acto que expresa la afirmación colectiva en el presente que el pueblo quiere, aquí y ahora, manifiesta de la manera más explícita posible la irrupción de la voluntad popular sobre la escena política árabe, esa irrupción que es la característica primaria de cualquier sublevación democrática. A diferencia de las proclamaciones adoptadas por las asambleas de representantes como el “Nosotros, el pueblo” (“We the people”) en el preámbulo de la Constitución de los Estados Unidos de América, la voluntad del pueblo se manifiesta aquí sin intermediario alguno, pronunciada a todo pulmón por las inmensas muchedumbres como aquellas que vimos reunirse en plazas de Túnez, Egipto, Yemen, Bahráin, Libia, Siria e incluso de otros países.
El uso del término “revolución” para describir las conmociones en curso en la región árabe ha sido, sin embargo, y sigue siendo, fuertemente debatido e interpelado, incluso en el caso de las movilizaciones coronadas de victorias, donde el pueblo ha llegado a deshacerse del tirano que lo oprimía. Si el subtítulo de este libro utiliza el término más neutro de “levantamiento”, es con el propósito de no dar una respuesta a esta cuestión en toda su cobertura, más aún cuando el término “revolución” tiene más de una acepción.
La región indiscutiblemente ha conocido levantamientos, toda una gama que va desde el rompimiento de manifestantes hasta la insurrección armada. Esta misma gama es cubierta por el término árabe intifada que la población palestina de los territorios ocupados por Israel en 1967 hizo entrar en el vocabulario internacional. El término árabe thawra también tiene una amplia aceptación: derivada del verbo thara [rebelarse], en su origen corresponde al concepto de revuelta más que al de revolución. La Gran Revuelta árabe de 1916-1918, la Revuelta de 1920 en Irak, la Gran Revuelta siria de 1925 y la Gran Revuelta palestina de 1936 son, por lo tanto, traducciones y usos correctos del árabe thawra. Por esa misma razón los insurgentes, tanto rebeldes como revolucionarios, son igualmente thuwwar en árabe.
La lengua persa, seguida en ello por las lenguas sobre las que más ha influido, ha elegido con razón el término árabe inqilab (derrocamiento) para traducir el concepto occidental de revolución. En árabe, en contraste, este último término ha llegado a designar los golpes de Estado, en tanto que la revolución –en el sentido de una alteración/conmoción radical que incluye, por lo menos, un cambio de régimen político por vías transgresoras de las leyes en vigor– es designada por thawra, tal y como la simple revuelta. Estas evoluciones semánticas diversificadas permiten poner en evidencia las imprecisiones de los conceptos utilizados en el vocabulario corriente.3
Así, el concepto de revolución en las lenguas occidentales generalmente pone en escena un movimiento popular que apunte a un derrocamiento del poder político desde su base y que no necesariamente desemboca en el uso de armas, en tanto que el golpe de Estado es el resultado de la acción de una facción, surgida del Ejército la mayoría de las veces, que se apodera del poder en la cima, siempre por la vía armada. Ahora bien, la historia de la región árabe ha conocido golpes de Estado que han desembocado en una alteración profunda de las instituciones políticas y de las estructuras sociales, de naturaleza innegablemente revolucionaria. Para no citar más que un ejemplo, el golpe de Estado perpetrado por los Oficiales Libres dirigidos por Gamal Abdel-Nasser, el 23 de julio de 1952, indiscutiblemente desembocó en la transformación más radical de Egipto que ha habido hasta la reciente Revolución del 25 de enero de 2011.
El golpe de Estado de 1952 condujo a una alteración de la dinastía y a la abolición de la monarquía y del régimen parlamentario, así como a la instauración de una dictadura militar republicana, la nacionalización de las posesiones extranjeras, la subversión de las clases poseedoras en el antiguo régimen (grandes propiedades de tierra, capitalismo comercial y financiero) y un esfuerzo mayor de industrialización y de profundas reformas sociales progresistas. Estos cambios ameritan ciertamente más el título de “revolución” que los resultados de la alteración puesta en marcha en enero de 2011, que no desembocó, al menos hasta ahora (cuando escribo estas líneas), más que en la alteración de un clan restringido que dominaba al Estado y en la democratización del régimen cuasi presidencial, mediante el intento de un cambio de constitución a través de vías que buscaban inscribirse en una continuidad jurídica con las instituciones del antiguo régimen.
También podríamos añadir que la contrarrevolución pasiva efectuada por Anouar al Sadat, luego del deceso de Nasser el 28 de septiembre de 1970, también conllevó cambios socioeconómicos más profundos que los que Egipto conoció desde la caída de Hosni Moubarak, el 11 de febrero de 2011. Y, sin embargo, la sublevación que comenzó el 25 de enero de 2011 representa una irrupción de las masas en la escena política de una amplitud inigualable en la muy larga historia del país de las famosas pirámides. Inaugura de este modo, sin lugar a dudas, una dinámica revolucionaria cuyas consecuencias no pueden todavía, tan tempranamente, ser juzgadas. Las consecuencias más radicales del golpe de Estado de 1952 no se manifestaron sino muchos años más tarde, no podríamos olvidarlo.
En este sentido, no da prueba de una perspicacia fuera de lo común, más allá de identificar enseguida una dinámica revolucionaria, desde las primeras horas incluso, a semejanza del duque de La Reochefoucauld-Liancourt quien, “en la noche del 14 al 15 de julio de 1789 –que se volviera un célebre relato luego de que lo retomase Hipólito Taine– hizo despertar a Luis XVI para anunciarle la toma de la Bastilla. ՙEs, por lo tanto, una revuelta’, dijo el rey. ՙSeñor, respondió el duque: es una revolución’”.4 Si el duque hubiera tenido tal propósito, no podía haberse referido a las intenciones de los amotinados: estos, en efecto, no se proponían expresar un descontento circunstancial por medio de una revuelta efímera, sino más bien poner fin al absolutismo de una vez por todas. Tenían intenciones claramente revolucionarias, identificables como tales desde la toma de la Bastilla.5
No obstante, más allá de las intenciones de los amotinados del 14 de julio, en ese momento nadie podía, con certeza, predecir cuál sería el resultado final del suceso: si desembocaría en un cambio radical o se añadiría a la larga lista de revoluciones abortadas y rebajadas al grado de revueltas. Se hace necesario, por lo tanto, proseguir la lectura del relato de Taine y su descripción de la sublevación, típicos del historiador conservador que era:
El suceso era mucho más grave todavía. No solamente el poder se le había ido de las manos al rey, sino que había caído hasta ese punto en las manos de la Asamblea; había caído por tierra, en las manos del vil pueblo, de la muchedumbre violenta y sobreexcitada, las aglomeraciones que lo recogían como un arma abandonada en plena calle. De hecho, ya no había gobierno; el edificio artificial de la sociedad humana se desmoronaba del todo; se retornaba a un estado salvaje. No era una revolución, sino una disolución.6
Así, los conservadores de toda calaña (incluso quienes se proclamaban progresistas y antiimperialistas en la región de la cual se ocupa este libro) menoscabaron las sublevaciones contra los regímenes con los cuales se identificaban, calificándolas de desórdenes, al ser incapaces de ver el fruto de una conspiración. Ello no cambia en nada el hecho de que la irrupción del pueblo liberado de las cadenas de la servidumbre, voluntaria o involuntaria, la afirmación de su voluntad colectiva en las plazas públicas y su éxito en el derrocamiento de sus tiranos sean las señales indudables de una revolución política.
Esta descripción se aplica sin la menor duda a los levantamientos de Túnez, Egipto y Libia, en tanto que en el caso del de Yemen se ha saldado, hasta el momento, con un compromiso a medias. Sin embargo, la revolución política en Túnez y en Egipto ha dejado intacto, en lo esencial, el aparato de Estado del régimen depuesto; solo en Libia dicho aparato fue ampliamente desmantelado por la guerra civil. En contraste, ninguno de estos países ha conocido todavía una revolución social, en el sentido de una alteración profunda de su estructura social. Solamente las fracciones más o menos importantes de la cima de la jerarquía social se han visto afectadas; ninguna parte de esta jerarquía en sí se ha modificado.
Por mi parte, he descrito brevemente las sublevaciones, desde los primeros meses de 2011, como constituyentes de un proceso revolucionario prolongado o a largo plazo, formulación que permite conciliar la naturaleza revolucionaria del suceso y su estado inacabado, en razón de dos grandes consideraciones: por una parte, el hecho de que las ondas del choque revolucionario han estremecido a casi la totalidad de los países de la región árabe y que, si bien es cierto que hasta el momento de redactar estas líneas no han desembocado en un levantamiento generalizado más que en seis países de dicha región, es altamente probable que le seguirán otros en los meses y los años próximos; por otra parte, el hecho de que las revoluciones políticas que han conocido los tres países arriba citados no sabrían resolver las causas profundas que se encuentran en el origen de la explosión que ha abrasado a la región y cuya solución exige profundas transformaciones socioeconómicas.
La existencia de causas más profundas que la sola dimensión política se revela por el hecho mismo de que la ola revolucionaria inaugurada en Túnez se ha extendido al conjunto del espacio arabófono. Esta propagación no se debió a un mero factor lingüístico: en cuestión de revoluciones, el contagio no se da por el ejemplo, sino a partir de que el terreno es favorable para ello. Siempre es necesario que exista una predisposición a la revolución para que una chispa encienda el fuego en todo un complejo geopolítico y cultural. Ahora bien, la diversidad de los regímenes políticos de la región lógicamente puede ser analizada en busca de la existencia de factores socioeconómicos subyacentes que pudieran constituir la trama común de esas ondas que han provocado la colisión regional. Además, el despotismo no constituye en sí mismo una razón suficiente para el estallido exitoso de una revolución democrática. De otro modo, ¿cómo explicar el momento de su triunfo?, ¿por qué se desató en 2011, después de decenios de despotismo en la región árabe?, ¿por qué en 1789, en Francia, después de una larga historia de absolutismo y de revueltas campesinas?, ¿por qué en 1989, en Europa del Este, y no entre 1953 y 1956?
Sin embargo, si es que los factores socioeconómicos están en el principio mismo del levantamiento árabe, ello significa que los cambios radicales apenas están por venir y que traerán consigo, por lo menos, nuevos episodios de revolución y contrarrevolución, tanto en los países ya conmocionados como en otros, durante un largo tiempo. Después de todo, si se ha acordado designar el 14 de julio de 1789 como el día del inicio de la Revolución francesa, todavía está por discutirse el año de su culminación (1799, 1830, 1851 e, incluso, 1870-1875). De acuerdo con la hipótesis de menor duración, la Revolución francesa duró más de 10 años. El proceso revolucionario en la región árabe pronto alcanzará la fase de los dos años: es muy que probable que se extienda por muchos más todavía.
Todo ello es lo que este libro trata de explicar. Su objetivo no es relatar historias particulares, puesto que cada una de ellas son objeto ya de varias narrativas y continuarán siendo, con toda seguridad, en los años por venir, motivo de numerosos trabajos que sabrán beneficiarse del paso del tiempo y de la decantación de los sucesos y de las fuentes de información. El proceso revolucionario en la región árabe está en curso y proseguirá por largo tiempo todavía, de modo que toda crónica que busque estar al día conlleva el riesgo de estar desfasada incluso antes de llegar a la imprenta. Este libro se propone, ante todo, analizar la dinámica de los sucesos a fin de intentar extraer las grandes enseñanzas y escrutar el horizonte. Se trata de una exploración radical del levantamiento árabe en los dos sentidos de la radicalidad: que se propone localizar las raíces profundas del fenómeno y que comparte la convicción de que no hay solución durable a la crisis más allá de la manifestación de su transformación.
Londres, 30 de octubre de 2012
I. EL DESARROLLO BLOQUEADO
En cierto punto de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes […] A partir de las formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas. Entonces, se inaugura una época de revolución social.
Karl Marx, prefacio a la Crítica de la economía política, 1859
Cuando una alteración revolucionaria no es un fenómeno aislado, imputable a circunstancias políticas particulares en el país en el cual surge, sino una onda de choque que va más allá del orden de lo episódico e inaugura una verdadera época de transformación sociopolítica que afecta a un conjunto de países caracterizados por estructuras socioeconómicas similares, entonces la tesis de Marx citada en el epígrafe cobra sentido. Las revoluciones “burguesas” europeas constitutivas de la era de las revoluciones –desde la guerra de independencia de los Países Bajos hasta el siglo xvi y la Revolución inglesa del xvii hasta la “Primavera de los pueblos” europea de 1848, pasando por el largo proceso de la Revolución francesa– aparecen, en efecto, como sacudimientos sísmicos provocados por la colisión de dos placas tectónicas identificadas por Marx: las fuerzas productivas en desarrollo y las relaciones de producción existentes, representadas por lo que el autor de El capital llamaba la “superestructura jurídica y política” en cuyo centro se sitúa el Estado. Estas revoluciones han acelerado el paso de las sociedades de predominancia agraria surgidas de la era feudal medieval a sociedades dominadas por la burguesía urbana, inaugurando así la industrialización capitalista.
Un bloqueo de la misma naturaleza originó la onda de choque, cuyo epicentro sería la Polonia de 1980, que revirtió el conjunto de los regímenes llamados “comunistas” de Europa Central y Oriental y que culminó con la disolución de la Unión Soviética en 1991. Esta onda expansiva depuso el modo de producción burocrático, estancado en su propio centro, y lo reemplazó por “la economía de mercado” en la región, dándole el toque final, de ese modo, a la esencia de la globalización capitalista. No se ha subrayado hasta qué punto este vuelco histórico constituyó una ilustración sobresaliente de la tesis de Marx –una nueva ironía de la historia, dado que los regímenes caídos pretendían inspirarse en su “doctrina”–. Es, sin embargo, un crítico marxista del régimen de la urss, León Trotski, quien lo vio venir primero –en 1936, cuando la “patria del socialismo” alardeaba de récords de crecimiento–, cuando la economía del mando burocrático terminaría por desafiar al “problema de la calidad”, anticipando así el periodo que, en los inicios de los setenta (siglo xx), se conocería como “la era del estancamiento” y que terminaría con el hundimiento de los regímenes surgidos del estalinismo.7
¿Acaso nosotros asistimos en la región árabe, a partir de 2011, a una “época de revolución social” provocada por el bloqueo del desarrollo de las fuerzas productivas debido a factores comunes en los países de la región y propias de ellos, a la manera de los dos casos históricos citados? La pregunta ameritaría plantearse de no ser porque la sacudida telúrica afecta a la región en su conjunto –desde Mauritania y Marruecos hasta el golfo árabe-iraní–. Por ello, además, la alteración en curso de los países árabes no ha dejado de ser comparada con la onda de colisión de Europa del Este en los años ochenta (siglo xx). No obstante, esta alteración no es –o, por lo menos, no es todavía– portadora de un cambio radical en el modo de producción. Nada equivalente en profundidad al gran desbarajuste que terminó por incorporar los países denominados “comunistas” al capitalismo mundializado parece perfilarse en el horizonte del proceso revolucionario en curso en el espacio arabeparlante.
Mientras que las alteraciones europeas de los años ochenta (siglo xx) fueron consecuencia de una crisis en el centro mismo del modo de producción burocrático, la crisis de la región árabe no afecta más que una de las zonas periféricas del modo de producción capitalista mundializado contemporáneo. Esta crisis, por lo tanto, no estaría obligada –por ella misma y por sí sola– a manifestarse como un bloqueo general a este modo de producción, ni tampoco a ser un obstáculo circunscrito a su propia periferia, desde el momento en que continúa generando su desarrollo en otras zonas de esa misma periferia. E, incluso, si la crisis de la cual sufren las consecuencias actualmente las economías más desarrolladas del centro del sistema mundial –las de Europa en primera instancia– terminara por revelarse como la expresión de un bloqueo insuperable, generador de alteraciones sociopolíticas, la coincidencia de esta crisis con la del espacio arabófono no podría ser interpretada como relevante en cuanto a una relación causa-efecto.
En la misma medida en que, en sus particulares modalidades, la crisis de los países del espacio arabeparlante se limita netamente a dicho espacio, revela en toda forma la acción de factores específicos más allá de la crisis del capitalismo mundializado en su generalidad o, aún más, la crisis del “neoliberalismo” en tanto que modo de gestión dominante del capitalismo en su fase actual de mundialización. Con el objetivo de identificar los factores específicos en marcha, es menester comparar el espacio arabófono con otras regiones periféricas del sistema económico mundial –en particular, los países del conjunto afroasiático a los que pertenece la región árabe.
Por consiguiente, la tesis paradigmática de Marx sobre las revoluciones no debe descartarse, no obstante la explicación de las alteraciones en curso en la región árabe. Es necesario, sin embargo, derivar variantes de menor alcance histórico. El desarrollo de las fuerzas productivas puede ser bloqueado, en efecto, no por las relaciones de producción constitutivas de un modo de producción genérico (como la relación capital/trabajo asalariado por el modo de producción capitalista), sino por una variante específica del modo de producción genérico. En tal caso, la eliminación del bloqueo no requiere obligatoriamente suprimir el modo de producción fundamental, si bien necesita un cambio de modalidad o de “modo de regulación”.
Este tipo de cambios no pasan necesariamente por revoluciones sociales o incluso políticas; pueden resultar de crisis económicas que inducen un cambio de rumbo por parte de la misma clase económicamente dominante. El gran capital ha negociado más de un viraje de este tipo a lo largo de su historia. La Gran Depresión de los treinta, seguida de la Segunda Guerra Mundial, lo mismo que la recesión general de los setenta, indujeron un cambio de mayor alcance, en dos direcciones diametralmente opuestas. Sin duda, las relaciones de fuerzas sociales han formado parte de la ecuación en ambos casos: el movimiento obrero salió reforzado de la primera crisis; debilitado de la segunda. Y, sin embargo, no se trataba de épocas de revolución o de contrarrevolución propiamente dichas.
Estos cambios de modo de gestión en el marco de la continuidad fundamental de las relaciones de producción capitalistas ilustran de alguna manera la otra tesis que enunció Marx pocas líneas después de las frases del prefacio de 1859 citadas en el exergo de este capítulo:
Una formación social jamás desaparece antes de que se hayan desarrollado suficientemente todas las fuerzas productivas que ha podido contener en sí; jamás fueron sustituidas por nuevas y superiores formas de producción, antes de que las condiciones materiales de existencia de tales relaciones hubieran hecho eclosión en el propio seno de la antigua sociedad.8
También existen, no obstante, situaciones en las que el desarrollo de las fuerzas productivas se traba, no por una “simple” crisis de regulación o de modo de gestión, sino por una dominación social particular, portadora de una variante específica del modo de producción genérico. En casos similares, el desbloqueo no puede efectuarse más que por medio de la subversión de esta categoría social particular, es decir, por una revolución social, sin que por fuerza ello deba conducir obligatoriamente a un cambio radical del modo de producción. Es posible conservar aquí la definición que Albert Soboul hizo de la revolución: “Transformación radical de las relaciones sociales y de las estructuras políticas sobre los fundamentos de un modo de producción renovado”,9 a condición de que se admita que la renovación puede limitarse a un cambio profundo de las modalidades del modo de producción, sin necesariamente desembocar en un cambio de modo genérico.
El desarrollo capitalista puede estar bloqueado, en efecto, por una configuración distintiva de grupos sociales dominantes manteniendo cierta modalidad del capitalismo, más que por las relaciones de producción salariales-capitalistas en general y por las relaciones de propiedad que se reportan (la propiedad privada de los medios de producción social). Más tarde discutiremos las condiciones de desbloqueo y las dinámicas sociales que pueden acompañarlas. Lo que nos importa aquí es el bloqueo en sí, cuya existencia tenemos que verificar como primer paso.
La constatación
El indicador del desarrollo económico citado de forma más frecuente –en el sentido de crecimiento e independientemente de otros aspectos del desarrollo humano– es la progresión del Producto Interno Bruto (pib), tanto en lo absoluto como en lo relativo a la población. Este indicador es, sin lugar a dudas, bastante discutible (y volveremos a ello); no obstante, permite darnos cierta idea de la evolución relativa de la producción de bienes y servicios: su crecimiento en el tiempo, lo mismo que las diferencias de ritmo entre países y regiones del mundo.
Resulta que, de todas las regiones a las que se les ha seguido llamando Tercer Mundo, la región Medio Oriente África del Norte (mena, por sus siglas en inglés) es la que padece la crisis de desarrollo más aguda. Luego de la década de 1960, en el curso de la cual la mayor parte de las economías de la región estuvo dominada por el sector público en una óptica desarrollista estática, los setenta atestiguaron la inauguración y la extensión progresiva de las políticas llamadas de infitah [apertura] –el nombre otorgado en el espacio arabófono a la política económica liberal, acompañada de la privatización de los medios públicos y de la reducción de las conquistas sociales–. Ciertos países de la región –Egipto en particular– han sido así precursores de “programas de ajuste estructural” que serían impuestos en el mundo entero a partir de la década de los ochenta en el marco de la desregulación neoliberal.10
Ahora bien, el balance de los decenios 1970-1990 se caracterizó por el estancamiento del pib por habitante en la región mena: su tasa de crecimiento anual media (a precios constantes en las divisas locales) también fue ligeramente negativa. Su crecimiento medio volvió a la normalidad en los dos siguientes decenios, pero siguió por debajo del neto –en promedio– de la mayoría de los países en desarrollo (figura 1.1).

Figura 1.1
Fuente: unicef.
Es evidente que la media regional oculta disparidades entre casos individuales, pero la mayoría de los comportamientos positivos del periodo 1970-1990 es inferior o igual a la media de los países en desarrollo. Egipto se distingue por una tasa media de 4.1% en 1970-1990, netamente superior a la de otros países de la región y propulsada por el crecimiento de sus ingresos petroleros, los envíos de remesas de sus trabajadores migrantes, las ayudas otorgadas por las monarquías petroleras y por las potencias occidentales, así como por la expansión del turismo (todos estos factores combinados con la compensación del perigeo debido a la guerra de octubre de 1973, que explican el apogeo de 1976), pero esta tasa cayó a 2.7% en 1990-2010,11 pese a los excepcionales comportamientos del trienio 2006-2008 sobre los cuales volveremos más adelante. La tendencia lineal de la progresión del pib por habitante de Egipto en los cuarenta años considerados es declinante (figura 1.2).

Figura 1.2
Fuente: Banco Mundial.
Podríamos legítimamente suponer, sin embargo, que los malos resultados del pib por habitante en la región mena se deben más a un crecimiento demográfico excepcionalmente mayor que a un crecimiento económico excepcionalmente débil. Es verdad, en efecto, que la tasa anual media de incremento demográfico de la región era el más elevado del mundo en las décadas de 1970 a 1990, como consecuencia del fuerte empuje demográfico que resultó de las reformas sociales y de las inversiones en el sector salud realizadas durante los sesenta. Esta tasa, sin embargo, se estabilizó entre las décadas 1990 y 2010 a un nivel inferior al del África subsahariana (figura 1.3).12 Se mantuvo superior a 17% en el caso de Asia del Sur durante el mismo periodo mientras que la tasa de crecimiento del pib por habitante en la región mena era inferior a 47% en relación con este mismo indicador en Asia del Sur (figura 1.1).

Figura 1.3
Fuente: unicef.
Nótese también que la media de la tasa de crecimiento demográfico anual para los países árabes –2.2% en 2010, según cifras del Banco Mundial– fue empujada hacia el alza por las cifras anormalmente elevadas de ciertas monarquías petroleras cuyo crecimiento demográfico se debe, en gran medida, si bien no principalmente, a la importación de mano de obra. Todos los países del Consejo de Cooperación del Golfo (ccg) tenían en 2010 tasas medias de crecimiento demográfico superiores a la media árabe, con un porcentaje de 2.4 para el Reino Saudí, 9.6 para Catar, 2.6 para Omán, 3.4 para Kuwait, 7.6 para Baréin y 7.9 para los Emiratos Árabes Unidos (eau). Para los otros países, en 2010 y según la misma fuente, las tasas fueron: 0.7 para Líbano, 1 para Marruecos y para Túnez, 1.5 para Argelia y para Libia, 1.7 para Egipto, 2 para Siria, 2.2 para Jordania, 2.4 para Mauritania, 2.5 para Sudán, 3 para Irak y 3.1 para Yemen.13
La otra observación que se vuelve necesaria en el tema de las cifras de crecimiento del pib para la región mena sobre las cuatro décadas revisadas es que fueron determinadas en buena medida por las fuertes fluctuaciones del precio del petróleo en el transcurso de dicho periodo, dado que se trataba del principal insumo de exportación de la región. Sin embargo, la fluctuación de los precios reales del crudo –una muy fuerte alza entre 1973 y 1981, seguida de una caída en 1986 y de un resurgimiento a partir de 1988– no podría explicar el balance negativo de las décadas comprendidas entre 1970 y 1990. De la misma manera, la baja continua –si bien débil– de estos precios hasta 1998 y su nueva caída en 2008 no sabrían compensar la fuerte alza que tuvieron entre 1998 y 2008.14
Es posible verificar que el comportamiento particularmente adverso de la región mena no es el mero reflejo del mercado petrolero si se consideran los años 2000-2008, en el curso de los cuales los precios del petróleo presentaron una alta espectacular: el precio real del crudo (base 193) había pasado de 7.99 dólares en 2000 a 16.04 en 2008, es decir, una progresión de más del doble en el periodo (la subida estrepitosa se dio a partir de 2005, para ser más precisos).15Comparemos las tasas anuales medias de crecimiento del pib total de las diferentes regiones en desarrollo de África y de Asia entre 2000-2008 (figura 1.4).

Figura 1.4
Fuente: Banco Mundial.
La constatación no deja de sorprender: la tasa de crecimiento de la región mena no es solamente muy inferior a las de Asia del Sur y de Asia del Este, sino que también es superada por la del África subsahariana. Esta comparación, sin embargo, sobre el pib total neutraliza de igual manera el factor demográfico que pesa sobre las cifras del crecimiento del pib por habitante, aunque es perfectamente legítimo considerar que estas últimas cifras por sí solas constituyen un índice de crecimiento válido. En realidad, el hecho mismo de evocar la riqueza petrolera particular de esta región del mundo –una región rica en materias primas y en capitales, y que no carece de mano de obra, con lo que reúne los tres ingredientes de base de la industrialización– pone aún más en relieve la agudeza del problema que padecía.
Se sabe, no obstante, que la validez del pib como índice de desarrollo, más que de crecimiento, está limitado al no tener en cuenta la economía conocida como “informal” y la dificultad de cuantificar monetariamente los servicios públicos tales como la educación y la salud, además del hecho de que ignora los costos ambientales y los aspectos cualitativos de tales servicios.16 Justamente para tomar en consideración estos últimos aspectos, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud) ha concebido su propio “índice de desarrollo humano” (idh) que, de acuerdo con la definición oficial, es un “índice compuesto que mide el nivel medio alcanzado en tres dimensiones esenciales del desarrollo humano: salud y longevidad, acceso a la educación y nivel de vida digno”.17
De acuerdo con el idh, el comportamiento de los Estados árabes durante las décadas 1980-2010 fue superado por el de Asia Oriental (figura 1.5), pese al hecho de que la región árabe es mucho más rica con un pib (en 2009) por habitante de 8 256 dólares estadounidense contra 6 227 de Asia Oriental en paridad de poder adquisitivo (ppa), según las cifras del pnud.18 (Para decirlo con sencillez: 1 ppa tiene un poder adquisitivo local equivalente al de 1 dólar en Estados Unidos.) Asimismo, la distancia entre el comportamiento de los Estados árabes y el de Asia del Sur en materia de idh es muy inferior a la distancia de riqueza entre ambas regiones (3 368 dólares estadounidenses ppa de pib por habitante para Asia del Sur).

Figura 1.5
Fuente: pnud.
Pobreza, desigualdad, precariedad
La situación social que afrontan las poblaciones del espacio árabe podría resumirse en una tríada –pobreza, desigualdad, precariedad– a la manera de la divisa de la Revolución francesa –Libertad, Igualdad, Fraternidad.
Si bien es cierto que la pobreza es una noción relativa, lo es aún más cuando se trata de mostrarla en cifras. Basta con ver la manera en la que el Banco Mundial ha revisado sus estimaciones de la pobreza en el mundo en función de un nuevo cálculo de paridad de poder de compra realizado en 2005, cuyo antecedente se dio en 1993. A la manera de devaluaciones y de reevaluaciones repentinas, las nuevas estimaciones han modificado considerablemente la riqueza relativa de numerosos países. Algunos han visto, así, su pib por habitante dramáticamente calificado a la baja, en tanto que otros, al alza.19
Uno de los resultados más impresionantes de este reajuste fue el cambio radical de las estimaciones de pobreza en varios países. Un buen ejemplo es la cifra de más de 40% de egipcios que vive con menos de 2 dólares al día, lo cual ha sido citado numerosas veces desde el inicio de las protestas en Egipto en enero de 2011, incluso en publicaciones de corte económico.20 Ahora bien, esta estimación se refiere de hecho a las cifras fundadas en las paridades de 1993 que siguieron encontrándose en las publicaciones del Banco Mundial hasta el Rapport sur le développement dans le monde 2008, que apareció en el otoño de 2007. La proporción de habitantes de Egipto que vivían con menos de 2 dólares estadounidenses al día, según las paridades de 2005, había caído en 18.4% sobre la base de una encuesta realizada entre 2004-2005. Inversamente, la proporción de menos de 2 dólares/día pasó en Túnez de 6.6% en ppa 1993 a 12.8% en ppa 2005, según una misma encuesta efectuada en 2000. Para otros países, en contraste, como Marruecos o Yemen, las tasas apenas se vieron afectadas.
La baja radical de cifras egipcias, concernientes a la población más numerosa de la región mena, no hizo sino acentuar la diferencia entre esta última y las otras partes del mundo en desarrollo, en tanto dependía de los datos proporcionados por instituciones internacionales. De ese modo, de acuerdo con las cifras del Banco Mundial, la proporción de personas en pobreza extrema según el umbral internacional (menos de 1.25 ppa/día) es menor en la región mena que en todas las otras regiones en desarrollo. En 2008, solo alcanzaba 2.8% en la región mena contra 6.5% en Latinoamérica, 14.3 en Asia Oriental y tasas pasmosas de 36% en Asia del Sur y 47.5% en África subsahariana. Con América Latina, la región mena conocía las tasas más bajas de población con menos de 2 ppa/día: siempre en 2008, 13.9 en la región mena y 12.4 en Latinoamérica, contra 33.2 para Asia Oriental y las tasas aún más extraordinarias de 69.2 para África subsahariana y 70.9 para Asia del Sur.21
No obsta que, de acuerdo con estos mismos datos, las tasas de pobreza en menos de 2 dólares/día se han elevado en varios países árabes, aun cuando la miseria no es muy extensa más que en Mauritania, Sudán y Yemen, así como entre los palestinos (en Gaza, en particular). Al limitarse a países donde las estimaciones se han realizado estos últimos años, el porcentaje de menos de 2 dólares/día alcanzó los 14 puntos en Marruecos (2007), 14.5 en Egipto (2008), 16.9 en Siria (2004), 21.4 en Irak (2007), 46.6 en Yemen (2005) y 47.7 en Mauritania (2008).22 Que uno de cada siete habitantes tenga que contentarse con sobrevivir con menos de dos ppa/día como en el caso de Marruecos, donde la tasa es la más baja entre los países citados, es ya una proporción considerable, incluso si pudiera parecer benigna en comparación con los registros sudasiáticos y subsaharianos. Para las personas en cuestión, sin embargo, sea que constituyan 10% o 70% de la población, la miseria es igualmente penosa. En realidad, resulta aún más difícil resignarse a que sea minoritaria y que frecuente el exceso y el lujo ostentoso.
Estas cifras son, sin embargo, altamente debatibles como indicadores de pobreza. Han sido cuestionadas por el Rapport sur le développement humain dans le monde arabe 2003, el segundo de la serie publicada por el pnud, que sostenía que “la base de los datos sobre la extensión y las características de la pobreza y de la distribución de ingresos en los países árabes es extremadamente endeble”, al referirse a las estimaciones que mostraban que “la pobreza en los países árabes es más extendida de lo habitualmente reportado en las bases de datos internacionales, en particular las recopiladas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional”.23 Al constatar que “la aplicación del umbral internacional de 2 dólares/día y del umbral nacional inferior de pobreza producía una imagen prácticamente idéntica de la pobreza extrema en la región”, el Rapport sur le développement humain dans le monde arabe 2009, el quinto de la misma serie, deducía que “sería razonable suponer que hay un porcentaje netamente más importante de la población por debajo del umbral superior de pobreza o a ese nivel”.24
El umbral nacional superior de pobreza definido en cada país es aquel que permite procurar a la vez una canasta alimentaria básica y los bienes no alimentarios esenciales, en tanto que en el umbral inferior se impone un compromiso entre estas dos categorías de gasto mínimo. La imagen que se desprende de las estimaciones del número de personas que viven bajo este umbral “superior” en la región árabe, donde varía entre 2.43 y 2.7 ppa/día, es bastante distinto del que arroja la aplicación del umbral internacional de 2 ppa/día. De acuerdo con el reporte del pnud, las cifras de tasas de pobreza en los países para los cuales hay datos disponibles (recopilados entre 2000 y 2006 según el país) son en porcentaje: 11.3 en Jordania, 23.8 en Túnez, 28.6 en Líbano, 30.1 en Siria, 39.6 en Marruecos, 40.9 en Egipto, 53.9 en Mauritania y 59.9 en Yemen –con una tasa media considerada para la región de 39.9, muy superior al 16.9% de habitantes de la región mena censados, que viven por debajo del umbral internacional de 2 dólares /día.25
En su excelente y edificante crítica de las (sub)estimaciones de pobreza para Egipto, en general, y para la zona metropolitana de El Cairo, en particular, Sarah Sabry proporciona una de las claves para entender la considerable diferencia entre el 18.4% de egipcios por debajo de este umbral internacional, según cifras del Banco Mundial, y el 40.9% que vive por debajo de 2.70 dólares/día, de acuerdo con las estimaciones nacionales. La autora subraya “el alto porcentaje de la población, casi 35% que se considera vive en un nivel muy próximo al umbral de pobreza […] Ello significa que pequeñas diferencias metodológicas pueden traer consigo grandes consecuencias sobre el número de pobres en Egipto”.26 Esta misma realidad contribuye a explicar la rapidez con la cual la tasa de población egipcia que vive por debajo del umbral nacional inferior de pobreza pasó de 19.6% en 2004-2005 a 25.2% en 2010-2011, de acuerdo con las estadísticas nacionales.27
No sería sorprendente constatar que lo que hemos subrayado para las estimaciones de la pobreza se aplica igualmente a las estimaciones de las desigualdades socioeconómicas. A este respecto, no hay más que nueve Estados árabes para los cuales existen cifras resultantes de encuestas efectuadas desde 2000 en las estadísticas del Banco Mundial. Los coeficientes Gini, que miden la desigualdad de los ingresos o de los gastos sobre una escala que va de 0 para la igualdad absoluta al 100 para la desigualdad absoluta (una misma persona percibe o gasta todo), varían en estas estadísticas del 24.9 para Japón y 25 para Suecia, que son los países más igualitarios (en ingresos), al 65.8 para las Seychelles, el país menos igualitario (en gastos). Los nueve Estados árabes se sitúan en una zona de desigualdad de gastos de mediana a elevada entre el 30.8 para Egipto y 41.4 para Túnez (tabla 1.1), niveles sobre todo medios en comparación con 33.4 de la India, 34 de Indonesia, 38.3 de Irán, 39 de Turquía, 48.8 de Nigeria, 43 de Filipinas y 63.1 de África del Sur, considerando solamente aquellos países cuyas cifras de consumo se reportan.
Tabla 1.1. Distribución del consumo
Año de la encuestaÍndice GiniGastos (%)
Decil inferiorQuintil inferior2o. quintil3er. quintil4to. quintilQuintil superiorDecil superiorEgipto200830.849.21316.42140.326.6Irak200730.93.88.712.816.72239.925.2Jordania201035.43.47.711.615.721.543.628.7Marruecos200740.92.76.510.514.520.647.933.2Mauritania200840.52.4610.415.121.54731.6Catar200741.11.33.9………5235.9Siria200435.83.47.711.415.521.443.928.9Túnez200541.42.45.910.114.721.347.932.5Yemen200537.72.97.211.315.32145.330.8
Fuente: Banco Mundial, 2012.
Al igual que para los niveles de pobreza, estos datos son cuestionados por el Rapport sur le développement humanin dans le monde arabe 2003, donde Egipto sigue constituyendo una vez más la piedra de toque de los datos proporcionados por las instituciones financieras internacionales de los Estados árabes:
Incluso si existen encuestas de campo sobre el tema de ingresos y gastos (estos últimos constituyen la fuente principal para las estimaciones de la distribución de ingresos), tales encuestas presentan fallas que hacen disminuir su credibilidad, sobre todo en lo tocante a los parámetros de la distribución de ingresos, debido a los sesgos de los datos recabados. En Egipto, por ejemplo, apoyándose en resultados de encuestas sobre ingresos y gastos en la primera parte de la década de 1990, se observa una mejoría del coeficiente Gini –es decir, que la distribución del ingreso se vuelve más igualitaria–. Pero ello no corresponde a la situación económica del conjunto, en particular los criterios de desempleo y pobreza, así como las constataciones realizadas en cuanto a la distribución de la riqueza durante el mismo periodo […] La parte del trabajo en el valor agregado ha disminuido, de cerca de 40% en 1975 a casi 25% en 1994, lo cual indica un deterioro de la distribución del pnb en favor de los ingresos de los más ricos.28
Las estimaciones de desigualdad disponibles para los países árabes se basan en el consumo global, expuestas por deciles y quintiles de la población, clasificadas de acuerdo con los gastos por persona.29 Estos cálculos no proporcionan más que una idea aproximada de las desigualdades sociales. Las desigualdades de los ingresos son forzosamente más importantes que las desigualdades de los gastos, pero es imposible calcularlas en los países sin transparencia alguna en cuanto a esto. Las desigualdades en la repartición de la riqueza son aún más insondables. Bien que se haya confundido desigualdad de gasto y desigualdad de ingreso al afirmar que el nivel de este último es moderado en los países árabes, el Rapport sur le développement humain dans le monde arabe 2009 ha comprobado, sin embargo, el contraste entre esta constatación (errónea) y las realidades sociales vividas y percibidas en estos países, sin dejar de subrayar la diferencia entre desigualdad y riqueza:
A pesar de los niveles moderados de desigualdad de ingresos, la exclusión social ha aumentado en el transcurso de las últimas dos décadas. Cada vez hay más índices que sugieren que la desigualdad de riqueza ha empeorado considerablemente. En numerosos países árabes, por ejemplo, la concentración de la tierra y de las propiedades es ostensible y provoca un sentimiento de exclusión entre los otros grupos, aun cuando la pobreza absoluta no aumenta. Por otra parte, la concentración de pobres en los barrios bajos desprovistos de drenaje, agua potable, parques recreativos, electricidad confiable y otros servicios agrava esta exclusión. Estas tendencias, combinadas con tasas de desempleo elevadas, producen inquietantes dinámicas de marginalización que se traducen en elevadas tasas de habitantes de barrios pobres en las ciudades y aglomeraciones árabes: 42% en 2001.30
Los datos del Banco Mundial indican que el gasto del 10% de la población que más consume en cada uno de estos países árabes, de los cuales se dispone de cifras, es 10.4 veces más elevado, en promedio, que el del 10% que menos consume (tabla 1.1). Estos datos son poco creíbles, incluso con respecto a los países que se han vuelto a censar. Tomemos una vez más el caso de Egipto: según esas cifras, el 10% de la parte inferior de la escala gasta 4% del consumo total en este país contra 26.6% para el 10% de la parte superior de la escala, o sea ¡casi siete veces más! Quienquiera que esté familiarizado con Egipto y sus niveles de vida sabe perfectamente que la distancia de los gastos entre el 10% más pobre –quienes viven principalmente en las regiones rurales– y el 10% más rico es mucho más elevado, sin mencionar las desigualdades de ingreso y de riqueza. En un país donde más de 40% de los habitantes vive con menos de 2.70 ppa/día (umbral nacional superior) y 18.4% con menos de 2 ppa/día (umbral internacional superior), ello significa que 10% del extremo superior de la escala gasta menos de 14 ppa/día en promedio –es decir, 420 ppa/mes, lo correspondiente a 155 dólares estadounidenses en la tasa del mercado en 2008–.31 Esto no parece verosímil.
La diferencia de gastos en Catar puede parecer un poco más creíble, con un decil superior en gastos 27.6 veces mayor que el decil inferior de la escala según las cifras del Banco Mundial. Ello no impide que en tanto que se conocen, por una parte, las miserables condiciones de vida de los trabajadores asiáticos migrantes, los peor pagados del emirato –cuyos gastos no sobrepasan 75 dólares mensuales y que constituyen bastante más de 10% de la población–, y, por otra parte, el frenesí de lujo ostentoso que caracteriza a las capas privilegiadas, esta diferencia también parezca estar muy por debajo de la realidad. Además, la fracción superior del 10%, aquí como en otras partes, diluye el efecto de desigualdad de una fracción más reducida de súper ricos en varios puntos porcentuales en la cima de la pirámide social, estrato mucho más visible en tanto que su consumo es extravagante.
Catar es el Estado más rico de la región en cifras relativas a la población. Disputa con los principados de Liechtenstein y de Mónaco el privilegio de ser el Estado con ingresos por habitante más elevado del mundo. Ahora bien, las desigualdades de ingreso entre los individuos en los países árabes se conjugan con las desigualdades del ingreso medio por habitante entre estos países. Estas últimas disparidades son más elevadas en la región árabe que en todos los otros conjuntos geopolíticos del planeta. Reflejan, de hecho, las desigualdades que conocemos a escala mundial, ya que en la región árabe es posible encontrar Estados con pib por habitante bastante superior al nivel promedio del grupo de países más ricos del mundo, frecuentando otros Estados con pib por habitante muy inferior a la media mundial (tabla 1.2). El pib por habitante de Catar era, de este modo, 66.6 veces más elevado en 2008 que el de su país vecino, Yemen. Las cifras de ingreso nacional bruto por habitante, que consideran los ingresos en el extranjero de los Estados y sus residentes, mostraban disparidades aún más notables, en el caso de que estuvieran disponibles.
Tabla 1.2. pib por habitante 2008 (dólares estadounidense corrientes)
Catar79 303Túnez3 954Kuwait58 383Jordania3 922EUA42 108INGRESO MUNDIAL MEDIO3 491INGRESO MUNDIAL ELEVADO39 631Irak2 867Omán22 968Marruecos2 793Baréin20 813Siria2 678Reino de Arabia Saudita18 203Egipto2 079Libia15 150Sudán1 401Líbano7 219Yemen1 190Argelia 4 967Mauritania1 089Fuente: Banco Mundial.
Si, como hemos visto, la región árabe ciertamente presenta tasas de pobreza y desigualdad muy elevadas, aunque inferiores en promedio a las de otras regiones en desarrollo de África y Asia, sin embargo, en la tercera parte del lema, la precariedad, es donde indiscutiblemente bate todos los récords mundiales: la precariedad entendida aquí como la combinación de informalidad, desempleo y subempleo.
Sector informal y desempleo: El síndrome Bouazizi
