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En tiempos difíciles, la delincuencia es una de las pocas cosas que sigue siendo rentable, pero si el abogado defensor Mickey Haller esperaba un repunte del negocio durante la recesión económica, la realidad es otra. Parece que incluso las personas que necesitan representación legal para no ir a la cárcel tienen que hacer recortes. De hecho, la parte más importante del negocio de Mickey en este momento no consiste en mantener a los clientes fuera de la cárcel, sino en mantener un techo sobre sus cabezas, ya que el auge de las ejecuciones hipotecarias afecta a miles de personas a las que se concedieron hipotecas poco realistas y que ahora se enfrentan a que las echen a la calle. Lisa Trammel es cliente de Mickey desde hace ocho meses y, aunque hasta ahora ha conseguido que el banco no le quite la casa, la tensión y la sensación de injusticia le han pasado factura. Hace poco, el banco consiguió una orden de alejamiento para impedirle protestar contra sus prácticas. Ahora, un empleado de alto nivel del banco, Mitchell Bondurant, ha aparecido muerto en el aparcamiento del banco y Lisa está a punto de ser acusada de asesinato. Para Mickey, es volver a lo que mejor sabe hacer en el escenario más grande de todos, pero si pensaba que defender a Lisa Trammel iba a ser un paseo, se equivocaba. No solo está a punto de descubrir algunas verdades asombrosas sobre su cliente, sino también sobre sí mismo, y para cuando llegue el veredicto, todo el mundo de Mickey habrá dado un vuelco.
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Seitenzahl: 744
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Dedicada a Dennis Wojciechowski,con todo mi agradecimiento.
La señora Pena me miró desde el asiento y levantó las manos en gesto suplicante. Con marcado acento, optó por el inglés para darme su mensaje final:
–Por favor, señor Mickey, ¿va a ayudarme?
Miré a Rojas, que había girado el rostro en el asiento delantero, por más que no necesitara que me hiciese de intérprete. Luego dirigí la mirada más allá de la señora Pena, por encima de su hombro y a través de la ventanilla del coche, en dirección al hogar que quería conservar a toda costa: una casita de dos habitaciones pintada de un color rosa desteñido y con un jardín desastrado tras la cerca de alambre. El escalón de hormigón bajo la puerta tenía grafiteado unos caracteres de los que tan solo podía descifrarse el número 13. No se trataba del número de la dirección. Esa cifra era un juramento de lealtad.
Volví a posar los ojos en ella. Tenía cuarenta y cuatro años y era atractiva a su modo, un tanto ajado. Era la madre soltera de tres adolescentes varones y no pagaba el alquiler desde hacía nueve meses. El banco había puesto en marcha el proceso de ejecución hipotecaria y tenía previsto vender las cuatro paredes y el techo entre los que vivía.
La subasta iba a tener lugar dentro de tres días. No importaba que la vivienda tuviera poco valor o que estuviera en una barriada infestada de pandilleros en South Los Angeles. Alguien iba a comprarla, y la señora Pena pasaría de ser propietaria a ser inquilina…, si es que el nuevo propietario no optaba por desahuciarla, claro. La mujer siempre había contado con la protección de la banda Florencia 13. Pero los tiempos habían cambiado. Y la adscripción a una u otra pandilla criminal ahora no iba a servirle de ayuda. Lo que necesitaba era un abogado. Me necesitaba a mí.
–Dígale que voy a hacer todo lo posible –indiqué–. Que estoy bastante seguro de que conseguiré evitar la subasta y poner en duda la legalidad de la ejecución hipotecaria. Al menos servirá para que todo vaya más lento. Y nos dará tiempo para montar una estrategia a largo plazo. Para que la saquemos de esta, con un poco de suerte.
Asentí y me mantuve a la espera mientras Rojas traducía. Venía contratando a Rojas como chófer e intérprete desde que había oído en varias emisoras hispanas de radio un anuncio en el que ofrecía ese doble servicio.
Noté la vibración del teléfono móvil en el bolsillo. La parte superior del muslo me sugirió que se trataba de un mensaje de texto, no de una llamada. Fuese lo que fuese, hice caso omiso. Una vez que Rojas terminó de traducir, volví a tomar la palabra antes de que la señora Pena pudiera decir algo.
–Dígale que tiene que entender que esta no es la solución a sus problemas. Puedo retrasar las cosas y podemos negociar con el banco. Pero no puedo prometer que no vaya a perder la casa. De hecho, la casa ya la ha perdido. Voy a recuperarla, pero tendrá que seguir viéndoselas con el banco.
Rojas tradujo sus palabras, sazonándolo todo con gestos de las manos. La verdad era que la señora Pena, con el tiempo, tendría que irse. Todo era cuestión del carrete que quisiera darme. Declararse insolvente nos daría un año más para la defensa. Pero eso no tenía que decidirlo ahora mismo.
–Y ahora dígale que necesito que me paguen por mi trabajo. Explíquele el plan de pagos. Mil por adelantado, y lo demás, a plazos mensuales.
–¿Cuánto cada mes? ¿Y durante cuánto tiempo?
Volví a mirar la casa. La señora Pena me había invitado al interior, pero yo había preferido hablar con ella en el coche. Este era un territorio en el que los tiroteos a la buena de Dios eran más que frecuentes, y yo había venido en mi Lincoln Town Car BPS, las siglas correspondientes a Ballistic Protection Series. Se lo había comprado de segunda mano a la viuda de un sicario del cártel de Sinaloa, asesinado poco antes. Las puertas estaban blindadas y las ventanillas contaban con tres capas de cristal inastillable. A prueba de balas. Las ventanas en la rosada casa de la señora Pena no lo eran. La moraleja aprendida a partir de lo sucedido al hombre de Sinaloa era que no hay que bajarse del coche a no ser que sea estrictamente necesario.
La señora Pena me había explicado que los pagos de la hipoteca que había dejado de hacer nueve meses atrás ascendían a setecientos dólares al mes. Seguiría absteniéndose de pagar al banco mientras yo llevara su caso. No tendría que desembolsar un centavo mientras yo mantuviera al banco a raya, de forma que este era un asunto en el que podía ganar bastante pasta.
–Dígale que doscientos cincuenta al mes. Y que se trata del plan de pagos con descuento. Asegúrese de que entiende que estamos ofreciéndole un chollo y de que no puede retrasarse con los pagos. Puede pagarnos con tarjeta de crédito, si es que tiene alguna con un poco de chicha dentro. Eso sí, asegúrese de que la tarjeta no expira hasta 2012 como muy pronto.
Rojas tradujo, con más gestos y muchas más palabras de los empleados por mí. Eché mano al móvil. El mensaje de texto era de Lorna Taylor: «Llámame pero ya».
Tendría que llamarla cuando terminara de hablar con mi cliente. Se supone que los despachos de abogados cuentan con una secretaria en jefe y una recepcionista. Pero yo no tenía más despacho que el asiento posterior de mi Lincoln, por lo que Lorna llevaba las demás gestiones y respondía a los teléfonos en el pisito de West Hollywood que compartía con mi investigador de confianza.
Mi madre era mexicana, por lo que entendía su idioma natal mejor de lo que dejaba traslucir. Cuando la señora Pena respondía, comprendía lo que estaba diciendo, grosso modo. Pero yo seguía dejando que Rojas me lo tradujera todo. La mujer dijo que entraría en la casa para coger los mil dólares iniciales y se comprometió a pagar cada mes de forma escrupulosa. A pagarme a mí, y no al banco. Calculé que, si lograba que siguiera viviendo en la casa un año más, me sacaría unos cuatro mil pavos en total. No estaba mal para un trabajito como ese. Lo más seguro era que nunca volviese a ver a la señora Pena. Denunciaría en el juzgado la ejecución hipotecaria y le daría todas las largas posibles al asunto. Seguramente, ni tendría que comparecer ante el juez. Mi joven pasante se encargaría de llevar todo el tema en el juzgado. La señora Pena estaría contenta, y yo también. Sin embargo, con el tiempo, el martillo acabaría por caer en el yunque, como siempre.
El caso tampoco resultaba tan difícil, por mucho que la señora Pena no fuera a inspirarle mucha simpatía a un juez. La mayoría de mis clientes dejan de pagar al banco tras haber perdido un empleo o experimentado un catastrófico problema de salud. La señora Pena dejó de hacerlo cuando encarcelaron a sus tres hijos, acusados de tráfico de drogas; de pronto, dejaron de enviarle dinero a casa. Teniendo en cuenta todo esto, no podía esperar que un juez se sintiera demasiado conmovido por ese caso. Pero el banco había jugado sucio. Yo había revisado el expediente de la mujer en mi portátil. Todo estaba allí: constaba que le habían enviado sucesivas notificaciones exigiéndole los pagos y, finalmente, para avisarla de la puesta en marcha de la ejecución hipotecaria. Pero resultaba que la señora Pena decía no haber recibido ninguna de estas notificaciones. Y yo la creía. Este no era uno de esos barrios en los que los agentes judiciales y similares se mueven a sus anchas. Sospechaba que las notificaciones habían acabado en la basura y que el agente de turno había mentido al respecto. Si lograba convencer al juez, quizá podría aprovechar esa pequeña ventaja para quitarle el banco de encima a la señora Pena.
Ese iba a ser mi alegato de defensa. Que a la pobre mujer no le habían notificado debidamente el peligro al que se exponía. Que el banco se había aprovechado de ella y había puesto en marcha la ejecución hipotecaria sin darle la oportunidad de abonar los pagos pendientes, y que el tribunal tendría que fallar en su contra por haber procedido de esa forma.
–Muy bien, pues trato hecho –convine–. Dígale que vuelva a casa a por el dinero mientras imprimo el contrato y el recibo. Vamos a ponernos manos a la obra hoy mismo.
Sonreí e hice un gesto con la cabeza dirigido a la señora Pena. Rojas tradujo y, al momento, se bajó del coche para rodear el vehículo y abrirle la puerta a la mujer.
Una vez que la señora Pena se hubo marchado, abrí el archivo con la plantilla del contrato en español y tecleé los nombres y las cifras. Lo envié a la impresora situada junto con otros dispositivos electrónicos en el asiento del acompañante. A continuación, rellené el recibo que indicaba que el dinero iba a ser ingresado en la cuenta de fideicomiso para mis clientes. Todo perfectamente legal. Siempre. Era la mejor forma de que el colegio de abogados de California no me buscara un problema. Ya podía tener un coche blindado a prueba de balas; el colegio era lo que me daba miedo de verdad.
El año había sido difícil para el bufete de abogados Michael Haller y asociados. Los abogados penalistas casi no encontraban trabajo en una economía en recesión. Como es natural, la criminalidad no había bajado. En Los Ángeles, avanzaba viento en popa a toda vela bajo cualquier tipo de economía. Pero los clientes de pago eran cada más escasos y eventuales. Se diría que nadie tenía dinero para pagar a un abogado. En consecuencia, la defensa de oficio estaba abrumada y sobrecargada de trabajo mientras los tipos como yo las pasábamos canutas.
Yo tenía gastos fijos y una chavala de catorce años que iba a un colegio privado y hablaba de estudiar en una universidad de las buenas cuando fuera mayor. Tenía que actuar, y lo que hice fue algo que en su momento me hubiera parecido impensable. Me especialicé en derecho civil. El único sector en expansión en el campo de la abogacía era la defensa contra las ejecuciones hipotecarias. Asistí a unos cuantos cursillos organizados por el colegio, me lo aprendí todo volando y empecé a publicar nuevos anuncios en dos idiomas. Monté varias páginas web y comencé a comprar los listados de casos de ejecución hipotecaria archivados en el registro del condado. Así fue como hice que la señora Pena se convirtiera en mi cliente. Correo comercial. Su nombre aparecía en el listado, por lo que le había enviado una carta en español ofreciéndole mis servicios. Según me dijo, esa carta mía era la primera indicación que le llegaba de que el banco se proponía quedarse con su casa.
Suele decirse que, si construyes algo, la gente acudirá. Resultó ser cierto. Me estaba saliendo más trabajo del que podía asumir –aquel día tenía seis citas más–, y hasta había contratado a una asociada de verdad para Michael Haller y Asociados por primera vez en la vida. La epidemia nacional de ejecuciones hipotecarias estaba ralentizándose, pero ni por asomo daba señales de desaparecer. En el condado de Los Ángeles, yo tenía un comedero del que seguir alimentándome durante los años venideros.
Los casos tan solo me reportaban cuatro o cinco de los grandes cada uno, pero este era un periodo de mi vida profesional en el que la cantidad estaba por encima de la calidad. Ahora mismo tenía más de noventa clientes con problemas hipotecarios en el zurrón. Estaba claro que mi chavala podía empezar a planear su matriculación en una universidad de las buenas. Y hasta a pensar en estudios de posgrado, qué demonios.
Había quienes pensaban que yo era parte del problema, que simplemente estaba ayudando a los parásitos a aprovecharse del sistema, lo que repercutía de forma negativa en la recuperación económica. Era una descripción que se ajustaba a algunos de mis clientes, desde luego. Pero yo me decía que la mayoría de ellos no eran sino víctimas por partida doble. Inicialmente, engatusados con el sueño americano de tener una casa en propiedad e incentivados para firmar unas hipotecas que ni remotamente iban a poder pagar. Y otra vez víctimas tras el estallido de la burbuja, cuando los prestamistas poco escrupulosos fueron a por ellos en el frenesí de ejecuciones hipotecarias. La mayoría de estos antaño orgullosos propietarios no tenían la menor oportunidad bajo la draconiana regulación californiana. Un banco ni siquiera necesitaba de aprobación judicial para arrebatarle la casa a una persona. Los grandes genios de la economía consideraban que esto era lo mejor. Que la máquina tenía que seguir girando. Que cuanto antes tocara fondo la crisis, antes empezaría la recuperación. Eso cuéntenselo a la señora Pena, les diría yo.
Circulaba cierta teoría que sostenía que todo formaba parte de una conspiración establecida por los principales bancos del país a fin de socavar las leyes sobre la propiedad inmobiliaria, sabotear el sistema judicial y crear una industria de ejecuciones hipotecarias en perpetuo funcionamiento cíclico que los llevaría a sacar tajada de ambos extremos del proceso. No acababa de comprarla del todo. Pero, durante mi corto periodo trabajando en este sector en concreto, había visto suficientes hombres de negocios, tipos en teoría sin mácula, comportarse como depredadores sin escrúpulos como para echar de menos la abogacía penalista de toda la vida.
Junto al coche, Rojas esperaba a que la señora Pena volviera con el dinero. Miré el reloj y vi que íbamos a llegar con retraso a mi próxima cita: una ejecución hipotecaria de un local comercial en Compton. Siempre hacía lo posible por agrupar geográficamente a mis nuevos clientes para ahorrar tiempo, gasolina y kilometraje del coche. Aquel día estaba trabajándome la parte sur de la ciudad. Al día siguiente me tocaba East Los Angeles. Dos días a la semana me los pasaba en el coche, fichando a nuevos clientes. El resto del tiempo lo dedicaba a trabajar en los casos.
–Vamos, señora Pena –dije–. Tenemos prisa.
Aproveché la espera para llamar a Lorna. Hacía tres meses que había empezado a bloquear el identificador de llamada de mi móvil. Nunca lo había hecho cuando me dedicaba al derecho criminal, pero, en mi nuevo mundo feliz de las ejecuciones hipotecarias, por lo general no me interesaba que la gente tuviera mi número directo. Ni los abogados de los prestamistas ni tampoco mis propios clientes.
–Bufete de abogados Michael Haller y Asociados –dijo Lorna al descolgar–. ¿En qué puedo…?
–Soy yo. ¿Qué pasa?
–Mickey, tienes que ir a la comisaría de Van Nuys ahora mismo –dijo con urgencia.
La comisaría de Van Nuys era el cuartel general del LAPD –el cuerpo de policía de Los Ángeles– para la cada vez más extensa conurbación de San Fernando Valley, en la parte norte de la ciudad.
–Hoy estoy trabajando en la parte sur. ¿Qué es lo que pasa?
–Tienen a Lisa Trammel en comisaría. Justo acaba de llamar.
Lisa Trammel era una cliente. Mi primera cliente por ejecución hipotecaria, de hecho. Había conseguido que siguiera viviendo en su casa durante ocho meses y confiaba en ganar por lo menos otro año antes de recurrir al botón nuclear: la declaración de insolvencia. Pero Lisa vivía consumida por las frustraciones e injusticias de su existencia, y no había forma de calmarla o mantenerla bajo control. Le había dado por protestar delante del banco con una pancarta denunciatoria de sus prácticas fraudulentas y acciones despiadadas. Así hasta que el banco consiguió una orden temporal de alejamiento.
–¿Ha quebrantado la orden de alejamiento? ¿La han detenido?
–Mickey, la acusan de asesinato.
Eso sí que no me lo esperaba.
–¿Por asesinato? ¿Quién es la víctima?
–Dicen que la acusan de haber asesinado a Mitchell Bondurant.
Otra cosa que me dejó boquiabierto. Miré por la ventanilla y vi que la señora Pena salía por la puerta de la casa. Llevaba un fajo de billetes en la mano.
–Muy bien. Llama a todo el mundo y cancela las demás citas del día. Y dile a Cisco que vaya a Van Nuys. Me encontraré con él allí.
–Hecho. ¿Quieres que Bullocks se encargue de las citas de la tarde?
«Bullocks» era el apodo que le dábamos a Jennifer Aronson, la asociada que había contratado durante su último curso en Southwestern, una facultad de Derecho situada en el edificio de los viejos almacenes Bullocks en Wilshire.
–No, no quiero que lleve las captaciones de clientes. Sencillamente, pospón las citas para otro día. Y escucha: creo que tengo el expediente de Trammel conmigo, pero la que tiene el listado de contactos eres tú. Habla con su hermana. Lisa tiene un hijo. Lo más seguro es que esté en la escuela, y alguien va a tener que hacerse cargo del chaval si Lisa no puede.
Hacíamos que todos los clientes nos proporcionaran un extenso listado de contactos, porque a veces era difícil dar con ellos para las comparecencias judiciales… Y también para asegurarme de que me pagaran por mi trabajo.
–Es lo primero que voy a hacer –dijo Lorna–. Buena suerte, Mickey.
–Lo mismo digo.
Apagué el móvil y pensé en Lisa Trammel. De un modo u otro, no me sorprendía que la hubieran detenido por matar al hombre que estaba empeñado en quitarle la casa. Tampoco era que hubiese pensado que las cosas fueran a terminar así. Ni por asomo. Pero, en el fondo, siempre había tenido claro que aquello iba a acabar de mala manera.
Sin perder un segundo, me hice con el dinero de la señora Pena y le entregué un recibo. Firmamos el contrato y ella se quedó una copia. Hice que me proporcionara un número de tarjeta de crédito, y me prometió tener un saldo mensual de doscientos cincuenta dólares mientras estuviera trabajando para ella. A continuación, le di las gracias, estreché su mano e hice que Rojas la acompañara hasta su casa.
Mientras lo hacía abrí el maletero con el mando a distancia y salí. Era lo bastante espacioso para que se pudieran guardar allí tres grandes archivadores de cartón, así como todo mi material de oficina. Encontré el expediente de Trammel en el tercer archivador y lo saqué. También eché mano al vistoso maletín que empleaba para mis visitas a las comisarías de policía. Al cerrar el maletero, vi el estilizado número 13 pintado con aerosol en color plata sobre la negra tapa del maletero.
–Los muy hijos de perra.
Miré a mi alrededor. Tres jardines delanteros más allá, un par de chavales estaban jugando en la calle sin asfaltar, si bien parecían demasiado jóvenes para ser artistas del grafiti. En la calle no había nadie más. Estaba atónito. Además de no haber oído o reparado en los daños efectuados a mi coche mientras estaba reunido con una cliente en el interior, era poco más de la una y sabía que la mayor parte de los pandilleros no se levantaban y se asomaban al nuevo día hasta media tarde. Eran seres nocturnos.
Expediente en mano, fui otra vez hacia la portezuela abierta. Me fijé en que Rojas estaba de pie en el escalón de entrada, charlando con la señora Pena. Silbé y le hice un gesto indicándole que volviera al coche. Teníamos que irnos.
Subí. Mensaje recibido: Rojas volvió al trote y se montó en el coche.
–¿A Compton? –preguntó.
–No. Cambio de planes. Tenemos que acercarnos a Van Nuys. Pero ya.
–Entendido, jefe.
Salió de la cuneta y enfiló el camino de regreso a la autovía 110. No era posible llegar a Van Nuys directamente por una autovía. Tendríamos que ir al centro de la ciudad por la 110 y enlazar con la 101 en dirección al norte. No podríamos habernos encontrado en un punto menos indicado de Los Ángeles.
–¿Qué le ha dicho la mujer? –pregunté a Rojas.
–Me ha preguntado por usted.
–¿Qué quiere decir?
–Me ha dicho que no le parecía que usted necesitara un traductor.
Asentí con la cabeza. Era algo que había oído otras veces. Los genes de mi madre hacían que pareciera más del sur que del norte de la frontera.
–También quería saber si estaba usted casado, jefe. Le he dicho que sí que lo estaba. Pero si quiere volver a visitarla y meter ficha, seguro que estará esperándolo. Aunque lo más probable es que luego le pida una rebaja en la minuta.
–Gracias, Rojas –dije con sequedad–. La mujer ya se ha beneficiado de una rebaja, pero lo tendré en cuenta.
Antes de abrir el expediente, miré mi listado de contactos en el móvil. Buscaba el nombre de algún policía de la comisaría de Van Nuys que pudiera proporcionarme un poco de información. Pero no encontré a nadie. Estaba metiéndome a ciegas en un caso de asesinato. No era un buen inicio.
Apagué el móvil, lo conecté al cargador y abrí el expediente. Lisa Trammel se había convertido en mi cliente tras responder a la carta genérica que yo enviaba a todos los propietarios de casas a los que habían amenazado con el desahucio. No creía ser el único abogado de Los Ángeles que estuviera haciéndolo. Pero, por la razón que fuera, Lisa respondió a mi carta y no a las de los otros.
Si eres abogado y trabajas por cuenta propia, la mayoría de las veces tienes la prerrogativa de escoger a tus propios clientes. A veces te equivocas. Eso es lo que pasó con Lisa. Yo estaba ansioso por empezar a trabajar en este nuevo campo. Andaba buscando clientes que estuvieran metidos en situaciones complicadas o de los que se hubieran aprovechado. Personas que eran demasiado ingenuas para saber cuáles eran sus derechos o sus opciones. Buscaba a personas que llevaran las de perder y creía haber encontrado a una de ellas en Lisa. No había dudas de que se ajustaba al perfil. Estaba perdiendo su casa por una serie de circunstancias que habían ido escapando a su control una tras otra, como una serie de fichas de dominó que se fueran viniendo abajo. Y su prestamista había dejado el caso en manos de una empresa especializada en desahucios que había puesto la directa y hasta quebrantado las leyes. Hice que Lisa se convirtiera en mi cliente, la sometí a un plan de pagos y me puse a luchar por su causa. El suyo era un buen caso, y yo estaba animado. No fue sino más tarde cuando Lisa se convirtió en una cliente problemática.
Lisa Trammel tenía treinta y cinco años. Estaba casada y tenía un hijo de nueve años llamado Tyler; su casa estaba en Melba, en el barrio de Woodland Hills. En 2005, cuando Lisa y su marido, Jeffrey, compraron la casa, ella era maestra de Ciencias Sociales en el instituto Grant y él trabajaba como vendedor en un concesionario de automóviles BMW en Calabasas.
Su casa de tres habitaciones tenía una hipoteca de setecientos cincuenta mil dólares y estaba valorada en novecientos mil. Por aquel entonces, el mercado inmobiliario gozaba de buena salud, y las hipotecas eran cosa corriente y fácil de obtener. Recurrieron a un agente hipotecario independiente que llamó a diversas puertas y les consiguió un préstamo a bajo interés que contemplaba un elevado pago final al cabo de cinco años. A continuación, el préstamo pasó a formar parte de un paquete de hipotecas para inversores que fue reasignado un par de veces antes de encontrar cobijo definitivo en WestLand Financial, filial del WestLand National, un banco que tenía su sede en Los Ángeles y en Sherman Oaks.
Todo iba sobre ruedas para aquella familia hasta que, cierto día, Jeff Trammel se dijo que ya no tenía más ganas de seguir siendo marido y padre. Unos pocos meses antes del pago final destinado a cubrir los setecientos cincuenta mil dólares de la hipoteca, Jeff tomó las de Villadiego y dejó su BMW M3 de exposición en el aparcamiento de Union Station y a Lisa con la obligación de efectuar el pago final.
Con un solo sueldo y un hijo al que mantener, Lisa pensó en qué opciones tenía. Por entonces, la economía era como un avión que, de repente, ha perdido su velocidad aerodinámica y que avanza planeando. Teniendo en cuenta su bajo sueldo de maestra, ninguna entidad iba a refinanciarle el pago final. Lisa dejó de pagar las cuotas de la hipoteca e hizo caso omiso de los avisos del banco. Una vez pasado el plazo de la cuota final, este emprendió el proceso de ejecución hipotecaria, y ahí fue donde entré en escena. Envié una carta a Jeff y a Lisa, sin saber que él ya no formaba parte del asunto.
Lisa me respondió.
Para mí, un cliente problemático es aquel que no entiende los límites existentes en nuestra relación, por mucho que yo los haya descrito con claridad, y de forma repetida en ocasiones. Lisa vino a verme con la primera notificación de ejecución hipotecaria. Asumí el caso y le dije que no hiciera nada y se mantuviera a la espera mientras me ponía manos a la obra. Pero Lisa era incapaz de no hacer nada. Después de que yo presentara una denuncia ante el juez para poner en duda la validez legal de la ejecución hipotecaria, empezó a presentarse en el juzgado por el papeleo y el aplazamiento. Tenía que estar allí y tenía que estar al corriente de todos y cada uno de mis movimientos, ver cada carta que enviaba y recibir un informe resumido de cada llamada telefónica que me llegaba. Solía telefonearme y chillarme cuando creía que no me estaba concentrando en su caso lo suficiente. Empecé a comprender por qué su marido se había dado el piro: no quería estar cerca de ella.
Empecé a preguntarme por la salud mental de Lisa y a sospechar que era bipolar. Sus llamadas y sus actos tenían algo de cíclico. Había semanas en las que no sabía nada de ella, alternadas con otras en las que me llamaba a diario hasta que conseguía que le contestara.
Tres meses después de que hubiera empezado a llevarle el caso, me dijo que había perdido su empleo en el distrito escolar de Los Ángeles por culpa de sus ausencias. Entonces fue cuando empezó a hablar de reclamar daños y perjuicios al banco que estaba tratando de desahuciarla de su hogar. En su discurso apareció cierto tono quejumbroso y exigente a la vez. El banco era responsable de todo: de que su marido los hubiera abandonado, de que hubiera perdido su empleo, de querer arrebatarle su hogar.
Cometí un error al revelarle cierta información y mi estrategia en relación con su caso. Lo hice con la idea de aplacarla, de tranquilizarla un poco. Nuestro estudio del historial del préstamo había sacado a relucir inconsistencias y aspectos dudosos en las sucesivas reasignaciones de la hipoteca a distintas sociedades controladoras. Había indicios de fraude, y yo me decía que podría utilizarlos en favor de Lisa cuando llegara el momento de negociar.
Pero esa información convenció a Lisa aún más de que el banco estaba abusando de ella. En ningún momento reconoció el hecho de que había firmado una hipoteca y estaba obligada a pagarla. Para ella, el banco no era otra cosa que el origen de todos sus problemas personales.
Lo primero que hizo fue crear una página web. Se valió de www.californiansforeclosurefighters.com para establecer un grupo llamado Foreclosure Litigants Against Greed. Lo mejor era el acrónimo: FLAG. Además, Lisa siempre empleaba la bandera estadounidense en sus carteles de protesta1. El mensaje venía a decir que el combate contra los desahucios era tan estadounidense como la tarta de manzana.
Pronto le dio por protestar ante la entrada de la sede corporativa de WestLand en Ventura Boulevard. A solas en ocasiones, otras veces con su hijito, y de vez cuando en compañía de personas que había atraído a la causa. Agitaban carteles que protestaban por la implicación del banco en unas ejecuciones hipotecarias ilegales y destinadas a echar a las familias de sus casas para dejarlas en la calle.
Lisa anunciaba sus actividades en los medios de comunicación locales. Apareció bastantes veces en televisión; siempre tenía a punto una declaración que pretendía dar voz a las personas en su situación, pintándolas como víctimas de la epidemia de desahucios, no como parásitos de manual. Me había fijado en que en el Canal 5 incluso formaba parte de las imágenes de archivo que siempre aparecían en pantalla cuando había nuevas estadísticas o consideraciones sobre el problema de los desahucios en el país. California era el tercer estado con mayor número de desahucios de Estados Unidos, mientras que Los Ángeles estaba en el epicentro del problema. Mientras se informaba, Lisa y los de su grupo aparecían en pantalla con los carteles en alto: ¡Que no me dejen sin casa! ¡Acabemos con los desahucios ilegales!
Bajo el argumento de que sus protestas constituían una suerte de reunión ilegal que obstaculizaba el tráfico rodado y ponía en peligro la integridad física de los peatones, WestLand solicitó y obtuvo una orden de alejamiento por la que Lisa iba a tener que mantenerse a más de cien de metros de distancia de toda oficina bancaria y de sus empleados. Sin dejarse amilanar, respondió plantándose con sus carteles y sus compañeros de protesta ante los juzgados del condado, en los que todos los días se celebraban juicios por desahucio.
Mitchell Bondurant era uno de los vicepresidentes de WestLand. También estaba al mando del Departamento de Préstamos Hipotecarios. Su nombre aparecía en la documentación del préstamo vinculado a la casa de Lisa Trammel. En consecuencia, también lo hacía en todas mis apelaciones al juzgado. Asimismo, le había escrito una carta en la que resumía lo que describía como indicios de prácticas fraudulentas por parte de la empresa especializada en ejecuciones hipotecarias contratada por WestLand para asumir el trabajo sucio de quedarse con los hogares y demás propiedades de los clientes que no estaban al corriente de sus pagos.
Lisa tenía derecho a ver todos los documentos generados por su caso. Recibió copia de la carta y de todo lo demás. A pesar de ser el rostro visible del proyecto de arrebatarle la casa a Lisa, Bondurant se mantuvo por encima de la disputa legal, escondiéndose tras el equipo de abogados del banco. Nunca respondió a mi carta y jamás llegué a verlo. Tampoco era consciente de que Lisa Trammel lo hubiera visto o hablado con él. Pero ahora estaba muerto, y la policía había detenido a Lisa.
Salimos de la 101 en Van Nuys Boulevard y nos dirigimos al norte. El complejo municipal tenía su centro en una plaza circundada por dos juzgados, una biblioteca, las oficinas municipales correspondientes a la zona sur de Los Ángeles y las dependencias policiales de San Fernando Valley, entre las que se contaban la comisaría de Van Nuys. En torno a esta agrupación principal de edificios se erguían otros de la burocracia gubernamental. Siempre resultaba complicado aparcar, pero eso a mí no me preocupaba. Eché mano al móvil y llamé a mi investigador, Dennis Wojciechowski.
–Soy yo, Cisco. ¿Estás por ahí?
En su juventud, Wojciechowski estuvo metido en el grupo de moteros Road Saints, pero cuando llegó ya había un miembro llamado Dennis. Como nadie era capaz de pronunciar el apellido Wojciechowski, le apodaron Cisco Kid por su tez oscura y su bigote. A estas alturas, el mostacho había pasado a la historia, pero el apodo seguía siendo el mismo.
–Ya he llegado. Estoy en el banco que hay frente a las escaleras de acceso a la comisaría.
–Llego en cinco minutos. ¿Has podido hablar con alguien? No tengo nada de nada.
–Pues sí. Tu viejo amigo Kurlen es el que lleva el caso. Al muerto, Mitchell Bondurant, lo encontraron en el aparcamiento de WestLand en Ventura hacia las nueve de esta mañana. El cadáver estaba en el suelo, entre dos coches. No está claro a qué hora se lo cargaron, pero ya estaba fiambre cuando dieron con él.
–¿Se sabe cuál es la causa de la muerte?
–Aquí es donde la cosa se complica. Al principio dijeron que le habían disparado, pues una empleada que estaba en otro piso del aparcamiento le dijo a la policía que había oído dos pequeños estallidos, como dos disparos. Sin embargo, al examinar el cadáver, todo apuntó a que lo habían matado a golpes. Le habían atizado con algo.
–¿A Lisa Trammel la detuvieron en el aparcamiento?
–No. Por lo que sé, se la llevaron de su casa en Woodland Hills. Todavía tengo que hacer unas cuantas llamadas. Por ahora es todo lo que tengo. Lo siento, Mick.
–No hay problema. Muy pronto vamos a enterarnos de todo. ¿Kurlen está en el lugar del crimen o con la sospechosa?
–Por lo que me han dicho, Kurlen y su colega fueron los que la detuvieron. Esta colega de Kurlen se llama Cynthia Longstreth y es subinspectora. El nombre no me suena de nada.
A mí tampoco me sonaba, pero, como se trataba de una subinspectora, me dije que debía de ser una novata de la Brigada de Homicidios y que por eso la habían emparejado con el veterano inspector Kurlen, para que fuera fogueándose un poco. Miré por la ventanilla. Estábamos pasando junto a un concesionario de BMW, lo que me llevó a pensar en el marido desaparecido que había estado ganándose la vida vendiendo cochazos alemanes antes de darse el piro de su matrimonio. Me pregunté si reaparecería ahora que habían acusado a su mujer de asesinato. ¿Asumiría la custodia del hijo que había abandonado?
–¿Quieres que llame a Valenzuela y le diga que venga? –preguntó Cisco–. Está a una sola manzana de distancia.
Fernando Valenzuela era un agente de fianzas a quien recurría en los casos en San Fernando Valley. Pero tenía claro que esta vez no iba a precisar sus servicios.
–Mejor esperemos un poco. Si la están acusando de asesinato, no van a concederle la libertad bajo fianza.
–Ya, claro.
–¿Sabes si han asignado ya a uno de los fiscales de distrito?
Estaba pensando en mi exmujer, que trabajaba en la oficina de la fiscal de distrito en Van Nuys. Podría ser una útil fuente de información confidencial… A menos que la hubieran asignado al caso. Entonces se daría un conflicto de intereses. Ya había sucedido antes. Y a Maggie McPherson no le haría ninguna gracia.
–Aún no me han dicho nada.
Pensé en lo poco que sabíamos y en cuál sería la mejor manera de proceder. Algo me decía que, una vez que la policía comprendiera qué tipo de caso tenía entre manos –un asesinato que llevaba a pensar irremediablemente en una de las principales catástrofes económicas de nuestros tiempos–, lo primero que haría sería establecer un muro de silencio y obligar a todas las fuentes de información a mantener el pico cerrado. Era imperioso actuar cuanto antes.
–Cisco, he cambiado de idea. No me esperes. Ve al lugar de los hechos y entérate de lo que puedas. Habla con todo el mundo antes de que la poli les ponga el bozal.
–¿Estás seguro?
–Sí. Ya me encargo yo de hablar con la policía. Si te necesito para algo, te llamo.
–Entendido. Y suerte.
–Lo mismo digo.
Apagué el móvil y miré la nuca de mi chófer.
–Rojas, tuerza por Delano y siga por Sylmar.
–Como usted diga.
–No sé cuánto rato voy a tardar. Déjeme en la puerta, vuelva a Van Nuys Boulevard, encuentre un taller de reparaciones y pregunte a ver si pueden eliminar esa pintada que tenemos en el maletero.
Rojas me miró por el retrovisor.
–¿Qué pintada?
1 «Foreclosure Litigants Against Greed» se traduce como ‘Víctimas de los desahucios contra los abusos bancarios’. Su acrónimo, FLAG, significa ‘bandera’ en castellano. (N. del T.)
El edificio de la policía en Van Nuys es una estructura de cuatro pisos que tiene varias funciones. Además de albergar la comisaría de Van Nuys, en él se encuentran las oficinas de los mandos policiales de la zona de San Fernando Valley y los principales calabozos existentes en la parte norte de la ciudad. Había estado allí antes, para otros casos, y tenía claro que, como sucedía en la mayor parte de las comisarías pequeñas o grandes del LAPD –el cuerpo de policía de Los Ángeles–, entre mi cliente y yo iban a levantarse numerosos obstáculos.
Siempre había albergado la sospecha de que a los agentes asignados al mostrador de recepción los escogían unos superiores taimados en función de su capacidad para confundir y desinformar a los visitantes. Si alguien lo duda, que entre en cualquier comisaría de la ciudad y le pida al agente del mostrador presentar una queja o una reclamación contra otro agente del cuerpo. Veréis lo que tarda en encontrar el impreso correspondiente. Los policías asignados a la recepción suelen ser jóvenes estúpidos e ignorantes, o viejos con el colmillo retorcido y que saben perfectamente lo que se hacen.
Tras el mostrador de Van Nuys se encontraba un agente que llevaba su apellido, Crimmins, impreso en la perfectamente planchada camisa de su uniforme. Era un veterano con el pelo plateado, experto en mirarte de forma inexpresiva. Así me lo demostró cuando me presenté como el abogado defensor de una detenida que estaba esperando mi llegada en la sala de inspectores. Como respuesta, frunció los labios y señaló una hilera de sillas de plástico, en la que al parecer tenía que acomodarme muy modositamente, a la espera de que considerase oportuno telefonear al piso de arriba.
Los fulanos como Crimmins están acostumbrados a tratar con gente timorata que obedece porque se siente demasiado intimidada para hacer cualquier otra cosa. Pero a mí no me iba a encontrar en ese bando.
–No, así no funciona la cosa –dije.
Crimmins entornó los ojos. Nadie le había plantado cara en todo el día, y mucho menos un abogado «penalista». Su primera reacción, automática, fue responder con un sarcasmo:
–No me diga.
–Sí le digo. Así que descuelgue el teléfono y llame al inspector Kurlen al piso de arriba. Dígale que Mickey Haller va a subir ahora mismo y que, si no veo a mi cliente dentro de diez minutos, iré al juzgado que hay al otro lado de la plaza para hablar con el juez Mills.
Me detuve, para que el nombre causara su efecto.
–Estoy seguro de que conoce al juez Mills. Por suerte para mí, ese hombre estuvo trabajando como abogado penalista antes de que lo nombraran juez. En su momento no le gustaba que la policía le tomara el pelo, y ahora tampoco le gusta mucho enterarse de que se lo están tomando a otros. Lo primero que hará será obligarlos a Kurlen y a usted a comparecer en su juzgado y a explicar por qué siguen jugando al viejo jueguecito de impedir que una ciudadana ejerza su derecho constitucional de contar con un abogado. La última vez que pasó algo parecido, al juez Mills no le convencieron las respuestas que le dieron y condenó al tipo que estaba sentado donde está usted ahora a pagar una multa de quinientos pavos.
Crimmins estaba mirándome como si le costara seguir mi discurso. Seguramente era un hombre de pocas palabras, me dije. Pestañeó dos veces y echó mano al teléfono. Oí que hablaba directamente con Kurlen. Luego colgó.
–¿Sabe cómo llegar, listillo?
–Sé cómo llegar. Gracias por su ayuda, agente Crimmins.
Me apuntó con el dedo como si este fuera una pistola, pegándome un último tiro para poder decirse a sí mismo que había hecho lo que había querido con ese hijo de puta de abogado. Me marché del mostrador y caminé unos pasos hasta el ascensor.
En el tercer piso, el inspector Howard Kurlen estaba esperándome con una sonrisa pintada en el rostro. No se trataba de una sonrisa amigable. Su expresión era la del gato que acaba de comerse al canario.
–Entiendo que ha estado divirtiéndose ahí abajo, abogado.
–Y que lo diga.
–Ya. Pero aquí arriba llega tarde.
–¿Y eso por qué? ¿Es que la han metido en los calabozos?
Abrió las manos en falso gesto de disculpa.
–Cosas que pasan. Resulta que mi colega justo se la ha llevado de aquí antes de que me llegara la llamada de abajo.
–Cosas que pasan, sí. Pero sigo queriendo hablar con ella.
–Tendrá que hacerlo en los calabozos.
Lo que probablemente me supondría una hora más de espera. Por eso Kurlen era todo sonrisas.
–¿Está seguro de que no puede hacer que su colega vuelva aquí con ella? No nos llevará mucho tiempo.
Me dije que aquello no era más que un brindis al sol, pero, para mi sorpresa, Kurlen cogió el móvil que llevaba en el cinturón. Pulsó una tecla de marcado rápido. O bien había decidido seguir con la broma, o bien estaba haciendo justamente lo que acababa de pedirle. Kurlen y yo nos conocíamos desde hacía mucho tiempo. Nos habíamos visto las caras en casos anteriores. Más de una vez había tratado de destruir su credibilidad como testigo. Nunca había tenido mucho éxito en este sentido, pero aquello hacía que difícilmente fuéramos a tener una relación cordial. Sin embargo, ahora estaba echándome un cable, y yo no estaba seguro del por qué.
–Soy yo –dijo Kurlen por el móvil–. Tráela para aquí otra vez.
Se quedó a la escucha un instante.
–Porque te lo digo yo. Tráela ahora mismo.
Sin decir más, apagó el móvil y me miró.
–Me debe un favor, Haller. Podría haberle hecho esperar un par de horas. En otros tiempos, lo hubiera hecho.
–Lo sé. Y se lo agradezco.
Echó a andar hacia la sala de inspectores y me hizo un gesto instándome a seguirlo.
–Bueno, cuando la mujer nos dijo que le llamáramos, nos contó que usted estaba llevándole lo del desahucio de su casa.
–Así es.
–Mi hermana se ha divorciado y ahora se encuentra metida en un lío parecido.
Ahí estaba la explicación. Hoy por ti, mañana por mí.
–¿Quiere que hable con su hermana?
–No. Lo único que quiero saber es si vale la pena luchar contra estas cosas o si es mejor resignarse a lo que hay.
Entrar en la sala de inspectores era como entrar en el túnel del tiempo. Todo en ella era propio de los años setenta: el suelo de linóleo, las paredes pintadas en dos tonos de amarillo, los escritorios grises para el funcionariado con ribetes de goma en los cantos. Kurlen seguía de pie, a la espera de que su colega volviese con mi cliente.
Saqué una tarjeta del bolsillo y se la di.
–Está usted hablando con un luchador, así que esta es mi respuesta. No puedo llevar el caso de su hermana, porque usted y yo nos meteríamos en un conflicto de intereses. Pero dígale que llame al bufete, y haremos que un buen profesional se ocupe de su asunto. Dígale que llama de su parte.
Kurlen asintió con la cabeza. Cogió un DVD con estuche que había sobre el escritorio y me lo entregó.
–Supongo que es mejor que se lo dé ya.
Miré el disco.
–¿Qué es esto?
–La conversación que hemos mantenido con su cliente. Como comprobará, dejamos de hablar con ella tan pronto como pronunció las palabras mágicas: «Quiero hablar con un abogado».
–Lo escucharé todo con atención, inspector. ¿Podría decirme por qué sospechan de ella?
–Claro. Es nuestra principal sospechosa y vamos a presentar denuncia porque ella fue la que lo hizo y así vino a reconocerlo antes de que pidiera hablar con un abogado. Lo siento, amigo, pero en todo momento nos hemos ajustado al protocolo.
Miré el disco con atención, como si fuera mi cliente.
–¿Está diciéndome que reconoce haber matado a Bondurant?
–No con esas palabras. Pero sí que reconoció algunas cosas y cayó en varias contradicciones. Prefiero dejarlo ahí por el momento.
–¿Mi cliente le ha dicho de forma precisa por qué hizo una cosa así?
–No ha hecho falta. La víctima estaba a punto de quedarse con su casa. Lo que constituye un motivo más que suficiente. La razón está clarísima.
Podría haberle respondido que se equivocaba, que yo estaba a punto de impedir que se consumara la ejecución hipotecaria. Pero mantuve el pico cerrado. Mi trabajo era reunir información, no proporcionarla.
–¿Qué más tienen, inspector?
–Ninguna otra cosa que por el momento quiera compartir con usted. Va a tener que esperar a la presentación de las pruebas para enterarse de todo lo demás.
–Conforme. ¿Han asignado ya al fiscal de distrito?
–No, que yo sepa.
Kurlen asintió con la cabeza mirando a mis espaldas. Me giré y vi que estaban conduciendo a Lisa Trammel hacia la puerta de una sala de interrogatorio. En sus ojos podía verse un brillo como el de un ciervo deslumbrado por los faros de un automóvil.
–Tiene quince minutos –dijo Kurlen–. Y porque me ha dado por portarme bien con usted. Supongo que no hace falta que vayamos a la guerra.
De momento no, me dije, mientras echaba a andar hacia la sala de interrogatorio.
–Espere, un segundo –dijo Kurlen a mis espaldas–. Tengo que mirar qué es lo que lleva en la cartera. Son las normas, ya sabe.
Se refería al maletín de aluminio forrado en cuero que llevaba en la mano. Hubiera podido objetar que un registro así quebrantaría el secreto profesional vinculado a la relación entre cliente y abogado, pero lo que me interesaba era hablar con mi cliente. Me acerqué a él, dejé el maletín en un escritorio y abrí el cierre. Todo cuanto había en el interior era el expediente de Lisa Trammel, un cuaderno de notas nuevecito y los últimos contratos y poderes de representación legal que había impreso durante el trayecto en automóvil. Me había dicho que iba a necesitar que Lisa me los firmase, pues mi representación ahora iba a pasar de lo civil a lo criminal.
Kurlen echó un rápido vistazo y con un gesto me indicó que lo cerrara.
–Cuero italiano de artesanía –observó–. Una cartera de las buenas, propia de un narcotraficante. No habrá estado relacionándose con mala gente, ¿verdad, Haller?
En su rostro reapareció la sonrisa del gato que se comió al canario. El sentido del humor de los policías resultaba único en el mundo.
–Ahora que lo dice, en su momento, este maletín perteneció a una mula de los narcos –le respondí–. Un cliente. Pero, como no iba a necesitarlo allí donde iba a estar, me lo quedé como parte del pago. ¿Quiere ver el compartimento secreto? Es un poco latoso de abrir.
–Creo que no me hace falta. Siga a lo suyo.
Cerré el maletín y volví hacia la sala de interrogatorio.
–Y, por cierto, es cuero colombiano –dije.
La compañera de Kurlen esperaba junto a la puerta de la sala. No la conocía personalmente, pero no me molesté en presentarme. Nunca íbamos a ser amigos, y algo me decía que casi seguro que me machacaría la mano al estrechármela, con la idea de impresionar como es debido a Kurlen.
La mujer me aguantaba abierta la puerta. Me detuve en el umbral y dije:
–Todos los aparatos de grabación y escucha de la sala están desconectados, ¿verdad?
–Eso es.
–En caso de no estarlo, nos encontraríamos ante un quebrantamiento de los derechos de mi clien…
–Conocemos las normas.
–Sí, pero a veces se olvidan de ellas, cuando les conviene, ¿no es así?
–Le quedan catorce minutos, señor. ¿Quiere hablar con ella o prefiere seguir charlando conmigo?
–Entendido.
Entré y la puerta se cerró a mis espaldas. La habitación debía de medir unos dos metros por dos metros y medio. Miré a Lisa y me llevé el índice a los labios.
–¿Cómo? –dijo ella.
–Quiero decir que no pronuncies una sola palabra hasta que yo te lo diga, Lisa.
Como respuesta se sumió en un torrente de lágrimas y emitió un gemido estridente y prolongado que acabó con una frase completamente ininteligible. Estaba sentada a una mesa cuadrada, con una silla delante de ella. Me senté y dejé el maletín en la mesa. Tenía claro que la habrían situado frente a la cámara oculta que había en la sala, por lo que no me molesté en mirar dónde estaba exactamente. Abrí el maletín y me lo acerqué, con la esperanza de que mi espalda cegara el ángulo de la cámara. Mi obligación era dar por sentado que Kurlen y su colega estaban escuchando y mirándolo todo. Otro motivo que podía explicar por qué Kurlen se había estado portando tan «bien».
Con la mano derecha fui sacando el cuaderno de notas y los distintos documentos; con la izquierda abrí el compartimento secreto del maletín. Pulsé la tecla de funcionamiento del distorsionador acústico Paquin 2000. El aparato emitía una señal muy baja de radiofrecuencia que bloqueaba por medio de desinformación electrónica todo dispositivo de escucha situado a menos de seis metros de distancia. Si Kurlen y su colega estaban escuchándonos de forma ilegal, no iban a oír más que un ruido inarticulado.
El maletín y el aparato escondido en su interior tenían casi diez años de antigüedad y, que yo supiera, su propietario original continuaba en una prisión federal. Los había aceptado como parte de su pago unos siete años atrás, cuando mi especialidad eran los casos relacionados con el tráfico de drogas. Tenía claro que los organismos policiales siempre trataban de tender trampas cada vez más sofisticadas y que el sector de las escuchas electrónicas sin duda había experimentado un mínimo de dos revoluciones desde entonces. Así pues, no las tenía todas conmigo. Iba a tener que andarme con cuidado con lo que dijera y esperaba que mi cliente hiciera otro tanto.
–Lisa, no vamos a hablar demasiado, porque no sabemos quién puede estar escuchándonos. ¿Entendido?
–Sí, creo que sí. Pero ¿qué es lo que está pasando? ¡No entiendo nada de todo esto!
Fue levantando progresivamente la voz hasta gritar la última palabra. Se trataba de un nervioso patrón de expresión al que muchas veces había recurrido al hablar conmigo por teléfono cuando le estaba llevando el caso de desahucio. La situación ahora era mucho más complicada, por lo que tenía que dejar las cosas muy claras.
–No me venga con esas, Lisa –dije con firmeza–. No vuelva a gritarme. ¿Entendido? Si quiere que sea su abogado en este asunto, no vuelva a gritarme.
–Vale, vale, lo siento, pero es que están diciendo que yo he hecho una cosa que no he hecho.
–Ya lo sé, y vamos a plantarles cara. Pero sin que me levante la voz.
Como la habían llevado de vuelta a la sala de inspectores antes de meterla en el calabozo, Lisa seguía llevando su propia ropa. Vestía una camiseta blanca con un dibujo floral al frente. No vi ningún rastro de sangre en la camiseta ni en cualquier otro lugar. Tenía el rostro manchado por las lágrimas; el cabello, castaño y rizado, desgreñado. Era una mujer de complexión pequeña, y la cruda luz de la estancia la hacía parecer aún más bajita.
–Necesito hacerle unas cuantas preguntas –dije–. ¿Dónde estaba cuando la policía la encontró?
–En mi casa. ¿¡Por qué están haciéndome todo esto!?
–Escúcheme, Lisa: tiene que calmarse y dejar que sea yo el que haga las preguntas. Esto es muy importante.
–Pero ¿qué es lo que está pasando? Nadie me dice nada. Lo único que me han dicho es que estoy detenida por el asesinato de Mitchell Bondurant. ¿Cuándo? ¿Cómo? En ningún momento me acerqué a ese hombre. En ningún momento quebranté la orden de alejamiento.
Me habría ido bien echarle un ojo al DVD de Kurlen antes de hablar con ella. Aunque estaba acostumbrado a meterme en un caso en situación de desventaja.
–Lisa, es verdad que está detenida por el asesinato de Mitchell Bondurant. El inspector Kurlen, ese hombre mayor, me ha dicho que usted misma ha venido a reconocerlo durante…
Soltó un chillido y se tapó el rostro con las manos. Vi que tenía las muñecas esposadas. Rompió a llorar otra vez.
–¡Yo no reconozco nada! ¡¡Yo no he hecho nada!!
–Cálmese, Lisa. Por eso estoy aquí. Para defenderla. Pero ahora mismo no tenemos mucho tiempo. Me han dado diez minutos para hablar con usted; luego van a llevarla al calabozo. Lo que necesito es…
–¿Van a encerrarme en la cárcel?
Asentí, muy a mi pesar.
–Y, bueno, ¿es que no tengo derecho a fianza?
–Es muy difícil conseguir la libertad provisional cuando la acusación es de asesinato. E incluso si yo pudiera arreglarlo, usted no tiene el…
Un nuevo chillido estridente estremeció la pequeña estancia. Perdí la paciencia.
–¡Lisa! ¡Pare de una vez! Y escúcheme bien, porque es su vida la que está en juego, ¿entendido? Tiene que calmarse y escucharme. Soy su abogado y voy a hacer todo lo posible por sacarla de esta, pero la cosa va a llevar su tiempo. Así que escuche bien mis preguntas y respóndame sin todo este…
–¿Y qué va a ser de mi hijo? ¿Qué va a ser de Tyler?
–Una persona de mi bufete va a encargarse de hablar con su hermana. Lo arreglaremos para que pueda estar con ella hasta que consigamos que usted salga en libertad.
Tuve mucho cuidado de no especificar plazo alguno al respecto. «Hasta que consigamos que usted salga en libertad.» Tal como yo lo veía, eso podía suceder al cabo de unos cuantos días, semanas o años. O podía no suceder nunca. Pero no me interesaba ser más concreto.
Lisa asintió con la cabeza, como si sintiera cierto consuelo al saber que su hijo iba a estar con su hermana.
–¿Qué me dice de su marido? ¿Tiene algún número de contacto?
–No. No sé dónde está. Y tampoco quiero que contacte con él.
–¿Ni siquiera por su hijo?
–Sobre todo por mi hijo. Mi hermana se ocupará de él.
Asentí con un gesto y lo dejé correr. No era el momento de hacer preguntas sobre su matrimonio fracasado.
–Muy bien, ahora que estamos más tranquilos, hablemos de lo sucedido esta mañana. Tengo el disco que me han dado los inspectores, pero quiero enterarme de todo por mi cuenta. Me ha dicho que estaba en casa cuando se presentaron el inspector Kurlen y su colega. ¿Qué estaba haciendo en ese momento?
–Yo… Estaba delante del ordenador. Enviando unos correos electrónicos.
–Ya. ¿A quién?
–A mis amigos. A la gente de FLAG. Estaba diciéndoles que mañana a las diez teníamos manifestación delante del juzgado y que vinieran con los carteles.
–Entendido. Cuando los inspectores se presentaron en su casa, ¿qué le dijeron exactamente?
–El único que habló fue el hombre. Él…
–Kurlen.
–Sí. Entraron, y me preguntó unas cuantas cosas. Ese tal Kurlen me preguntó si me importaría ir con ellos para seguir el interrogatorio. ¿Sobre qué?, dije. Me respondió que sobre Mitch Bondurant. En ningún momento me dijo que estuviera muerto o que lo hubieran asesinado. De forma que acepté. Pensé que quizá por fin estaban investigándolo. No me daba cuenta de que en realidad estaban investigándome a mí.
–Ya. ¿Kurlen le dijo que tenía el derecho de no responder a sus preguntas y de hablar con un abogado?
–Sí, como en las películas. Me dijo cuáles eran mis derechos.
–¿Cuándo se lo dijo exactamente?
–Cuando ya estábamos aquí, al decirme que estaba detenida.
–¿Vino con él en su coche?
–Sí.
–¿Y le dijo alguna cosa en el coche?
–No. Casi todo el tiempo estuvo hablando por el móvil. Le oí decir cosas como «sí, la tengo conmigo». Cosas por el estilo.
–¿La llevaron esposada?
–¿En el coche? No.
Kurlen era listo. Había asumido el riesgo de ir en coche junto con una sospechosa de asesinato sin haberla esposado, para que ella no sospechara demasiado y se aviniera a hablar con él. No hay mejor manera de tender una trampa. Y también serviría para que el fiscal pudiera alegar que Lisa en aquel momento no estaba detenida y que, en consecuencia, había dicho lo que había dicho de forma completamente voluntaria.
–Así que la trajeron hasta aquí y usted estuvo de acuerdo en hablar con él, ¿es eso?
–Sí. No tenía idea de que iban a detenerme. Lo que yo pensaba era que estaba ayudándolos a investigar un caso.
–Pero Kurlen no le explicó de qué caso se trataba.
–No, en ningún momento. Tan solo me lo contó después de decirme que estaba detenida y que podía hacer una llamada. Entonces fue cuando me esposaron.
Kurlen había recurrido a varios de los trucos más viejos del manual de la policía, pero por eso seguían constando en el manual: porque funcionaban. Tenía que mirar el DVD para saber qué era lo que Lisa había reconocido exactamente, si es que había reconocido alguna cosa. Mi tiempo era limitado, y no me convenía malgastarlo preguntándole al respecto cuando estaba tan nerviosa. Como para subrayar mis pensamientos, un puño golpeó la puerta y una voz ahogada dijo que me quedaban dos minutos.
–Muy bien, Lisa, voy a ocuparme de todo esto. Pero antes necesito que me firme un par de documentos. Este de aquí es un nuevo contrato que cubre la defensa penal.
Le pasé el documento de una página y puse un bolígrafo sobre el papel. Trammel lo revisó con la mirada.
–¿Y estas tarifas? –dijo–. ¿Mil quinientos dólares en caso de juicio? Yo no puedo pagarle eso. No tengo ese dinero.
–Es una tarifa estándar que solo se aplica si vamos a juicio. Y en lo referente a lo que puede pagarme o no, estos otros documentos tienen que ver con el asunto. Este de aquí me confiere poderes de representación, entre ellos los de gestionar la obtención de contratos para la publicación de un libro o la producción de una película basados en su caso, este tipo de cosas. Suelo trabajar con un agente que lleva este tipo de acuerdos. Si alguien está interesado, el agente se encargará de cerrar el trato. Este último documento estipula un gravamen de retención… Estamos hablando de una cuenta de fideicomiso sobre cualquiera de esos posibles pagos, para que la defensa sea la primera en cobrar.
Yo tenía claro que este caso iba a llamar mucho la atención. La epidemia de desahucios constituía la principal catástrofe económica en el país. Este caso bien podría dar origen a un libro, incluso a una película, con lo que al final seguramente podría cobrar mis honorarios.
–Muy bien, Lisa. Lo que ahora voy a decirle es el consejo más valioso que existe. Quiero que me escuche con atención y que me diga que lo ha entendido bien.
–De acuerdo.
–No hable de este caso con nadie que no sea yo. No hable de él con los inspectores, los funcionarios de la cárcel u otras presas. Ni siquiera hable de él con su hermana o su hijo. Cuando le pregunten, porque está claro que van a preguntarle, limítese a decirles que no puede hablar de su caso.
–Pero yo no he hecho nada. ¡Soy inocente! Los únicos que no hablan de sus casos son los culpables.
Levanté el dedo índice en gesto de admonición.
–No, en eso se equivoca. Y, Lisa, me parece que no está tomándose mis palabras en serio.
–No. Sí que me las tomo en serio, de verdad.
–Entonces haga lo que le digo. No hable con nadie. Y eso incluye el teléfono de la cárcel. Graban todas las llamadas, Lisa. No hable de su caso por teléfono, ni siquiera conmigo.
–Muy bien, muy bien. Entendido.
–Si así se siente más cómoda, puede responder a todas las preguntas que le hagan diciendo: «Soy inocente de todo cuanto me acusan, pero mi abogado me ha dicho que lo mejor es que no hable del caso». ¿Qué le parece la idea?
–Bien, supongo.
La puerta se abrió. Kurlen apareció en el umbral. Me miró con los ojos entrecerrados por la sospecha, lo que me indicó que seguramente había sido buena idea presentarme en la comisaría armado con el dispositivo distorsionador Paquin. Miré a Lisa otra vez.
–Muy bien, Lisa, la cosa se pone difícil, pero saldremos de esta. Y acuérdese de la regla número uno: no hable con nadie.
Me levanté.
–La próxima vez que nos veamos será durante la comparecencia inicial ante el juez. Hablaremos entonces. Ahora acompañe al inspector Kurlen.
