El rugby - Andrés Reggiani - E-Book

El rugby E-Book

Andrés Reggiani

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Beschreibung

Es un deporte con ciento cincuenta años de vida en el país, clubes con tradición en casi todas las provincias y popularidad creciente en las últimas décadas, pero no tenía una historia documentada y completa. Hasta ahora. Este libro atrapante, la primera historia del rugby en la Argentina, viene a llenar ese vacío. Plenas de crónicas y personajes, estadísticas y reconstrucciones de momentos clave, estas páginas abren con la llegada del rugby al país a fines del siglo XIX de la mano de los empleados de empresas inglesas, describen su arraigo entre los sectores acomodados locales después de la Primera Guerra Mundial y el surgimiento de los clubes, y llegan hasta la actualidad, con las polémicas por la persistencia del amateurismo, las iniciativas para llevar este deporte a barrios carenciados y cárceles como instrumento de inclusión social, y también las acusaciones de elitismo, machismo y violencia que en ocasiones recibe. Además, exploran la incorporación del rugby a los Campeonatos Evita bajo el primer peronismo, las controversias por los viajes de jugadores argentinos a Sudáfrica durante el apartheid, y las poco contadas historias de los rugbiers desaparecidos durante la última dictadura militar. Especial para fanáticos pero muy apto para legos, este libro –que tiene ya destino de referencia en las bibliotecas– muestra que la historia del rugby local es en buena medida el relato del intento por ganar un lugar entre las grandes potencias de este deporte, alejadas en espacio y en recursos. En el país del fútbol, el rugby supo encontrar la manera de volverse, también, una pasión argentina.

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Seitenzahl: 452

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Índice

Cubierta

Índice

Portada

Copyright

Introducción

1. El “rugger” desembarca en las pampas

Los orígenes del rugby, entre el mito y la historia

La pelota ovalada llega al Río de la Plata

Sociabilidades imperiales

2. Un deporte “inglés” en la Nueva Argentina peronista

El universo del rugby y sus espacios de práctica

Rugby desde abajo: la historia de Beromama

Consumir el rugby: espectadores y lectores

El involucramiento del Estado

Una convivencia difícil

3. Décadas de luces y sombras

“Embajadores de lujo”: la gira sudafricana de Los Pumas (1965)

¿Inglés o francés? La idiosincrasia del rugby criollo

Antiimperialismo, rugby “oligarca” y la gira inglesa de 1973

Su hora más aciaga: rugby y terrorismo de Estado

4. Jugar con el apartheid

La gira del SIC a Rodesia del Sur y la intervención a la UAR (1973)

Los Pumas se “disfrazan” de Sudamérica XV (1980-1982)

Derechos humanos, Malvinas y la gira de Jaguares (1984)

5. La globalización y el desafío del profesionalismo

El universo del rugby argentino en su centenario

Un deporte global

El seleccionado argentino en los primeros mundiales de rugby (1987-1999)

Un experimento fallido de profesionalismo light: la Fedar

Epílogo. Nuevos escenarios

Anexo

Agradecimientos

Bibliografía

Andrés Reggiani

Alan Costa

El rugby

Historia, rituales y controversias desde sus orígenes hasta hoy

Reggiani, Andrés

El rugby / Andrés Reggiani; Alan Costa.- 1ª ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2024.

Libro digital, EPUB.- (Singular)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-801-353-4

1. Rugby. 2. Historia. 3. Historia Social. I. Costa, Alan II. Título

CDD 796.333

© 2024, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.

<www.sigloxxieditores.com.ar>

Diseño de cubierta: Emmanuel Prado / manuprado.com

Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina

Primera edición en formato digital: junio de 2024

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-353-4

Introducción

Caricatura “Evolución del jugador de rugby”, revista Tackle, 1951

El rugby es un deporte de hooligans jugado por caballeros.

W. Churchill

Un rugbier argentino es un italiano que habla español y sueña con ser inglés.

J. Lacouture

El 18 de enero de 2020 un grupo de jóvenes asesinó a Fernando Báez Sosa a la salida de un club nocturno de Villa Gesell, una pequeña ciudad costera en la provincia de Buenos Aires. La conmoción causada por la noticia fue aún mayor cuando se supo que los victimarios, pertenecientes a un club de rugby de la ciudad de Zárate, profirieron insultos racistas mientras golpeaban al joven de origen migrante.[1] A fines de ese mismo año, cuando todo parecía indicar que el crimen de Báez Sosa había quedado acotado a un episodio repudiable pero excepcional, el “tibio homenaje” que Los Pumas rindieron a la memoria del recientemente fallecido Diego Maradona, antes de comenzar el segundo partido del Rugby Championship contra los All Blacks, volvió a poner al rugby en el centro de la polémica.[2] La falta de sensibilidad hacia la memoria de un ídolo popular, una sensación que los neozelandeses magnificaron cuando su capitán depositó sobre el césped una camiseta negra con el número 10 y el nombre de Maradona, mutó en escándalo días después luego de que salieran a la luz los tuits racistas de tres jugadores del equipo nacional, incluido su capitán. En pocas horas, las repercusiones del episodio marchitaron los laureles que los rugbiers argentinos habían obtenido dos semanas antes en su histórico triunfo sobre los neozelandeses.[3]

Nunca antes se habló tanto y tan mal del rugby. Estos episodios dieron lugar a una catarata de intervenciones de periodistas, personas vinculadas a este deporte e investigadores de diversas disciplinas académicas, desde la sociología y la antropología hasta la filosofía y la psicología.[4] Aunque las posturas de especialistas y blogueros mostraron más matices de lo que cabría suponer, la imagen del rugby se vio sensiblemente deteriorada.[5] La mayoría de las opiniones reproducían lugares comunes de lo que, sin riesgo de exageración, cabría llamar la “leyenda negra” del rugby nacional. Esta podría resumirse, simplificando un poco, de la siguiente manera: un deporte de élite que promueve valores machistas, violentos y racistas. Traducido en términos algo más académicos: un campo donde se construyen y reproducen hábitos propios de una sociabilidad hipermasculina en la cual se ponen en juego usos y sentidos del cuerpo, que a su vez se articulan con identidades sociales y étnicas.

Sin ser totalmente falsa, esta caracterización es problemática, ya que postula una imagen del rugby como conjunto de prácticas inmunes al paso del tiempo, que no reflejan la realidad de un deporte atravesado por tensiones y experiencias socioculturales muy diversas. Hablar de manera genérica de “el rugby” o, como suelen hacerlo sus autoridades, de “la gran familia del rugby”, conlleva el riesgo de simplificar un panorama más complejo. De todas las voces que se hicieron escuchar durante esas polémicas, la historia fue la gran ausente. El rugby argentino carece aún de un relato ordenado de sus orígenes y evolución basado en el examen crítico de las fuentes y que vaya más allá de la celebración de algunos hitos históricos. Este libro, que busca dar sentido a la evolución histórica del rugby en la Argentina en sus diferentes contextos sociopolíticos, intenta saldar esa deuda.[6] Territorio dominado por la pluma de exjugadores y periodistas especializados, al rugby nacional le cuesta pensarse históricamente. Este déficit no se condice con la realidad de un deporte que reúne entre 70.000 y más de 100.000 jugadores, federados y no federados de todas las categorías, que lo practican en más de 400 instituciones,[7] y cuyo seleccionado nacional interviene en varias competencias internacionales.[8] Además de su larga presencia en el país, el rugby es el segundo deporte que más jugadores exporta al exterior, después del fútbol.[9] Aunque afianzado a nivel competitivo en el plano local e internacional, al rugby argentino no le ha resultado sencillo situarse en relación con el mundo social que lo rodea, una consecuencia, entre otras, del histórico apego de sus instituciones representativas a la filosofía del amateurismo, del deporte por el deporte mismo. Uno de los corresponsales que acompañó a los jugadores argentinos que en los años ochenta viajaron a Sudáfrica violando el boicot contra el apartheid advirtió que la tendencia a distanciarse de la realidad política y social del país hacía del rugby “una isla dentro del deporte argentino”.[10]

Las escasas investigaciones locales que buscan desentrañar el significado de lo que una antropóloga llamó “ser rugby” (Saouter, 2000), como ciertas nociones de masculinidad y pertenencias de clase, tienden a reforzar un sentido común muy extendido, según el cual a través de este deporte de alto contacto físico se pone en juego o articula la identidad masculina de jóvenes acomodados, unidos en una hermandad viril de la cual quedan excluidos “flojos” y mujeres. Sin embargo, como mostraremos en estas páginas, la asociación entre rugby, clase y masculinidad es problemática por varias razones. En primer lugar, porque, como en el estudio de otros procesos sociales, es necesario distinguir entre prácticas y discursos, y dentro de estos últimos, entre las enunciaciones no siempre coincidentes ni de igual peso o visibilidad de jugadores, técnicos, autoridades de la Unión Argentina de Rugby (UAR), dirigentes de los clubes, periodistas y simples simpatizantes. En segundo lugar, porque las identidades más estrechamente vinculadas al rugby, aunque no necesariamente exclusivas de este, están sujetas a tensiones y cambios que interpelan algunos de los supuestos que las fundamentan. La llegada del rugby a la Argentina a fines del siglo XIX de la mano de los empleados de empresas inglesas, el arraigo entre los sectores acomodados locales después de la Primera Guerra Mundial, su incorporación a los Campeonatos Evita bajo el primer peronismo, los jugadores desaparecidos-asesinados durante la última dictadura militar, el tardío surgimiento del rugby femenino o las iniciativas para hacer de él un instrumento de inclusión social llevándolo a barrios carenciados y la población carcelaria son otros tantos ejemplos de una diversidad de experiencias que han ido corriendo hacia los márgenes las fronteras sociales del rugby.[11] Pese a ello, no es infrecuente encontrarse con afirmaciones que simplifican al extremo del estereotipo los significados de un panorama por demás complejo. Así, por ejemplo, en un texto sobre antropología del deporte puede leerse que, en la Argentina,

el rugby se practica sobre todo en clubes privados localizados en barrios exclusivos, cuyos miembros incluyen a jugadores, sus padres y sus abuelos, casi siempre exjugadores, y también a familiares mujeres que juegan hockey sobre césped cuando son jóvenes. Los rugbiers frecuentan los clubes con sus familias desde la primera infancia y forman grupos muy estrechos de coetáneos que pasan una considerable cantidad de tiempo juntos, en especial durante los entrenamientos de rugby que se realizan en la primera juventud. La mayoría de los rugbiers están preparados para dirigir las empresas familiares o heredar sus actividades profesionales una vez finalizados sus estudios universitarios. Suelen encontrar esposa entre las familiares de sus compañeros de equipo, muchachas que probablemente juegan al hockey sobre césped en el mismo club, y cultivan lazos sociales con otros miembros, con quienes más tarde formarán redes profesionales de apoyo mutuo que durarán toda la vida (Besnier, Brownell y Carter, 2018: 146).

Más que una caracterización realista de los y las miles de rugbiers aficionados y aficionadas que lo practican en clubes, empresas e instituciones educativas, el fragmento citado es una generalización de toda la población deportiva de características socioculturales específicas de determinados sectores sociales. Se reproduce un estereotipo, el de los jugadores de los clubes tradicionales de la Capital y de la zona norte del Conurbano, que el imaginario popular asocia con el barrio de San Isidro –declarado “capital del rugby” por una ordenanza municipal de 1972– y con dos instituciones consideradas sinónimos de rugby: los clubes Atlético de San Isidro (CASI, “la catedral”) y San Isidro Club (SIC, “la zanja”).

En estas páginas veremos cómo, en sus ciento cincuenta años de presencia en nuestro país, tan antigua como el fútbol, el rugby ha pasado por fases de desarrollo que han sido producto, por un lado, de la evolución del juego bajo la influencia de diferentes estilos extranjeros y su adaptación a la “idiosincrasia” criolla; por otro, de su filtración hacia sectores más amplios de la sociedad, fenómeno que a su vez se reflejó en prácticas de sociabilidad no siempre congruentes con el espíritu y los valores enunciados por las instituciones guardianas del rugby amateur. Un ejemplo ilustrativo de este fenómeno es el rugby practicado por jóvenes “pobres y reos”, como el primer Beromama de los años cuarenta, o los poco conocidos clubes que luchan por sobrevivir en la frontera porosa que separa el rugby “con clase” del “otro rugby”. La persistencia de un acentuado espíritu amateur en la retórica de la Unión Argentina de Rugby y de muchos clubes hizo difícil percibir en la cultura deportiva cambios importantes que no pasaban necesariamente por su monetización o profesionalización. Introducido por la comunidad británica en las últimas décadas del siglo XIX, el rugby se difundió a los sectores medios de la mano de la movilidad social, la expansión de la sociedad civil y el crecimiento del bienestar. Entre las décadas del veinte y el cincuenta, experimentó un doble proceso de “criollización” cultural y “nacionalización” territorial. En los equipos, los apellidos españoles e italianos reemplazaron a los ingleses, la extracción social de los jugadores se diversificó y el surgimiento de las uniones provinciales llevó el rugby a todos los rincones del país.

Hablar sobre los sentidos y usos del cuerpo en un deporte de alto contacto físico e incluso violento nos pone ante el riesgo de decir lo obvio o de caer en clichés, olvidando por momentos que, como en todo deporte, la elección por el rugby involucra, en primer lugar, la atracción que ejerce su dimensión lúdica, el placer de jugar con otros, la posibilidad de descargar tensiones a través de una “guerra simulada” y regulada, en la cual treinta cuerpos sincronizan sus capacidades para doblegar a un adversario. El universo de la masculinidad deportiva, nos recuerda Georges Vigarello, está constituido por una “nebulosa de goces diversos” provocados por “el placer físico, el sentimiento de plenitud, la voluntad de superación”. Uno de los pioneros del rugby evocaba ese imaginario de deleite al recordar el momento en que “una pelota ovalada de cuero engrasado penetró como un pequeño dios obeso y esquivo que se impondría a sus fascinados discípulos” (Vigarello, 2011: 231-255). No es necesario recalcar que, con sus reglas y rituales, el rugby mantiene un vínculo profundo con nociones de masculinidad e identidades de clase forjadas en un período histórico en el que la burguesía impuso un modelo de sociabilidad y una estética corporal que encontraron en ese y otros deportes ejemplos consumados del sportsman amateur. Sin embargo, caracterizarlo como un deporte creado por hombres y para hombres, con rituales y reglas concebidos para resguardar las virtudes masculinas, un habitus viril de “distinción” de una clase privilegiada, conlleva no solamente el problema de pasar por alto su dimensión lúdica; también corre el riesgo de fijar ciertas nociones de clase y masculinidad como permanentes e inalteradas, ajenas al entorno social en el que está inserto el rugby.

Un ejemplo de esto último lo encontramos en el análisis de Pierre Bourdieu sobre la transformación del rugby francés luego de que su centro histórico migró desde la costa noratlántica a las comarcas rurales del sudoeste, tema que ampliaremos en otros capítulos. “La exaltación de la proeza viril y el culto al espíritu de equipo, que los adolescentes de origen burgués o aristocrático de las public schools inglesas o sus émulos franceses de principios de siglo asociaban a la práctica del rugby”, afirma, se perpetuó entre las clases medias y medias bajas del Mediodía (Midi) “a costa de una profunda reinterpretación” del juego. En ese nuevo escenario geográfico y sociocultural, marcado por las consecuencias de la Primera Guerra Mundial y el declive de la agricultura, la exaltación de la manliness y el culto al team spirit del rugby universitario dieron paso al “gusto por la violencia (el castañazo) y la exaltación del sacrificio oscuro y típicamente plebeyo hasta en sus metáforas (ir al tajo)”, un estilo que los propios franceses denominaron “rugby de muerte [sic]” (Bourdieu, 2013: 187-188).

Simplificando un cuadro más complejo, podríamos decir que el rugby ha dado lugar a dos maneras de practicarlo y sentirlo, cada una con sus propias nociones, asumidas o no, de masculinidad: el sportsman amateur y el jugador profesional. Cada una remite a lo que podría calificarse como la esencia de lo que significa para qué y cómo jugar; simplificando una vez más: jugar para distinguirse o competir para ganar. Se trata de modelos ideales que permiten apreciar mejor los rasgos constitutivos de una y otra forma de concebir la identidad de rugbier y la relación que esta guarda con su entorno social. En esta cuestión también hemos seguido el camino trazado por dos autores que influyeron notablemente en Bourdieu. Se trata de Eric Dunning y Kenneth Sheard, cuyo libro Barbarians, Gentlemen, Players [Bárbaros, caballeros, jugadores] (2005), expresa, ya desde el título mismo, la doble transformación del sentido del juego y de la identidad del jugador, desde sus oscuros orígenes en los anárquicos y violentos pasatiempos premodernos, pasando por su incorporación como variante más “civilizada” en las escuelas de élite de la Inglaterra victoriana, hasta su transformación en el actual deporte globalizado y profesional.

Los valores y el espíritu del rugby

Al hablar de los significados del rugby pocas palabras aparecen mencionadas con más frecuencia que “valores” y “espíritu”. Su enunciación en documentos oficiales, notas periodísticas y relatos autobiográficos parecen querer afirmar ciertos rasgos específicos del rugby, no necesariamente exclusivos, pero que se suponen mejor representados o más respetados que en otros deportes y que pueden sintetizarse como el correcto comportamiento dentro y fuera de la cancha: jugar según el reglamento, respetar al réferi y al adversario, sin los cuales no habría juego posible, y moderar el entusiasmo fuera del campo de juego. En resumen, conducirse como personas “civilizadas”. Psicólogos y pedagogos coinciden en que la espontaneidad y la participación activa que genera el deporte, al enseñar a superar las dificultades del juego y aceptar ciertas normas que están por encima de los deseos de cada uno, aportan valiosos elementos a la educación, entendida como un sistema que nos prepara para la vida en sociedad. Si bien todos esos elementos están presentes en la mayoría de los deportes, sostiene el ex puma y periodista Nicanor González del Solar, “el rugby los supera”, porque ante todo

el rugby implica una conducta ajena al campo de juego. Son actitudes que permiten que un juego riesgoso sea diversión. Pero también significa una fusión de habilidades con el respeto hacia los demás. Antes de entrar a una cancha a patear “una ovalada” se necesita estar consustanciado del “espíritu del rugby”, cuya premisa básica es el juego limpio. ¿Qué pasaría si en el rugby no existiera esa limpieza dentro y fuera de la cancha? Se desmoronaría toda su estructura, porque quedarían oportunistas que destrozarían al rival o introducirían el lucro.

Para el veterano cronista, el rugby se distingue de otras disciplinas por ser un “juego asociado, donde prevalece la actividad conjunta”. El aula y el rugby se asocian “en la necesidad comunitaria del aprendizaje, porque no sirve el hombre aislado –ni el rugbier que pretende jugar solo– si no refleja sus progresos en el grupo”. Esa dimensión social y solidaria encuentra su expresión más clara en el scrum, instancia del juego que requiere que todas las fuerzas actúen al unísono, que empujen hacia un mismo lado como un bloque. La actitud solidaria en el scrum es una enseñanza fundamental, algo “básico para la vida”. Pero aún más, ya que, si bien en todos los deportes se respeta al oponente, en muy pocos se lo invita al término del partido “sin fijarse en triunfos o derrotas”.

Nace la amistad. […] Se conoce gente, no solo se compite con individuos, ya que se los ve como personas, no excluyentemente como atletas. Esta actitud ayuda al niño a descubrir que hay otros, que no juega solo. También favorece al adolescente, que, en su crisis de imagen corporal, siente que forma parte de un grupo, que no es un ser distinto.

A todos esos atributos distintivos del rugby, González del Solar agrega la “buena intención”:

En el rugby se ve con suma claridad que la habilidad en el juego no es tan importante como la comprensión y aceptación de todas esas premisas de caballerosidad y respeto. Pero el rugby no limita su código de conducta a lo que sucede fuera del campo de juego. Se mantiene en los encuentros, ya que el respeto de las reglas permite que se juegue y no solamente que se “puje” […]. Toda la dinámica del rugby está sostenida por esa “buena intención”. Sin ella, se caería en una actividad irracional, donde no habría diversión […] sino una mera manifestación de actos animales (González del Solar, 1973).

Las referencias reiteradas a estos atributos, que con el correr de los años fueron adquiriendo tonos de advertencia, son un buen indicador de los cambios que el rugby experimentó a lo largo del tiempo, tanto en su estilo de juego como en su inserción social. Su difusión a los sectores medios, en paralelo con la popularización del fútbol, se acompañó de alarmas reiteradas sobre “episodios lamentables”, “hechos bochornosos” y ocurrencias “nunca vistas” en un partido de rugby: jugadores que se tomaban a los golpes, espectadores, mujeres incluidas, que desde las tribunas insultaban y protestaban los fallos para luego invadir la cancha y agredir al árbitro, confirmaban a ojos de dirigentes y periodistas el temor de que los aspectos menos edificantes del fútbol contaminaran el gentleman’s game. Esas preocupaciones no pasaban por el temor a una improbable mercantilización del rugby, sino por aquellos rasgos de la “cultura futbolera” que hacían de ella un fenómeno de masas, con sus rituales, excesos y “vicios”, tan en las antípodas del desinterés y el autocontrol del verdadero sportsman. Esto explica la ambivalencia de la dirigencia ante fenómenos que, si bien por un lado reflejaban el entusiasmo que el rugby despertaba en sectores no tradicionales, por otro generaban aprehensión ante cambios que volvían problemática la gestión de un deporte en expansión. Un informe de la UAR de 1965 advertía con alarma sobre la pérdida del “espíritu de club” y el sentido de “orden, jerarquía y disciplina” ocasionados por las “escisiones de grupos errantes que se transforman en instituciones-problemas”, por “clubes que no son tales sino que se trata de grupos de amigos cuya única preocupación es la de actuar juntos”, entidades “pseudoestudiantiles” que “nacieron o cayeron en la nada y en la nada prefirieron quedarse, vegetando, gozando de las comodidades ajenas”, y que año tras año “peregrinan de una puerta a otra, procurando encontrar un club o colegio que les permita emplear sus instalaciones o el baldío donde clavar sus postes improvisados y armar la casilla prefabricada”.[12]

Rugby regional, nacional, global

Una de las primeras y más duraderas impresiones que llamaron la atención de los jugadores franceses que visitaron la Argentina en 1949 fue la extraña mixtura europea del rugbier criollo: “Tienen apellidos italianos, hablan español y sueñan con ser ingleses” (Lacouture, 1993: 88). Esta imagen, que el periodista Jean Lacouture rescató como la característica singular del rugby argentino, reflejaba el acriollamiento de un deporte que todavía mantenía fuertes lazos con su cuna inglesa. En sus comienzos, el universo del rugby local, territorialmente hablando, fue netamente rioplatense, tanto en su identidad institucional (River Plate Rugby Union Championship [Torneo Unión de Rugby del Río de la Plata]) como en la de las entidades que participaban en el campeonato (varios clubes de Buenos Aires, uno de Rosario y uno o dos de Uruguay). En los años cuarenta y cincuenta se produjo un doble proceso de nacionalización: se introdujo el Campeonato Nacional, certamen que contribuyó a difundir el rugby más allá de sus zonas de influencia originales; al mismo tiempo, el rugby uruguayo formó su propia liga y estructura luego de que la Unión de Rugby del Río de la Plata se transformara en Unión Argentina de Rugby.

Hablar de la relación entre el rugby y la identidad nacional obliga a tener en cuenta dos condicionamientos: por un lado, su débil arraigo y lento desarrollo en nuestro país; por otro, su ausencia casi total en el resto del continente latinoamericano. La historia del rugby argentino es un largo camino cuesta arriba en un país y región dominados por el fútbol. Este aislamiento geográfico no solo constituyó un importante obstáculo para el perfeccionamiento del juego, sino que reforzó su vínculo con “la gran familia del rugby” del exterior, haciendo que los jugadores argentinos miraran a británicos, franceses, sudafricanos, australianos y neozelandeses con la admiración y la humildad del alumno que tiene mucho que aprender. El tardío despertar del sentimiento nacional también fue producto de una visión y de un discurso que renegaba de las pasiones de los deportes de masas como impropios del sportsman amateur.

La tierra yerma que América Latina fue para el rugby argentino y que hizo que este se tornara irremediablemente hacia el Imperio Británico y luego también hacia Francia dio pie para que algunos vieran en ese deporte otra expresión del talante extranjerizante de una minoría cosmopolita. Como mostraremos, el “encuentro”, si cabe la palabra, entre el rugby y la nación (como sentimiento) fue producto tanto de su irrigación hacia los sectores medios como de su creciente visibilidad en los medios de comunicación. En este sentido, la periodicidad de las giras o visitas internacionales a partir de los años setenta –hasta entonces realizadas de manera más esporádica– y la introducción de la Copa Mundial Webb Ellis a fines de la década siguiente permitieron a los jugadores argentinos foguearse con equipos de primer nivel y moldear la idiosincrasia de un rugby que, además de su evolución técnica, se mostraba más poroso a influencias de su entorno social (González del Solar, 1972). Un ejemplo simbólico de este cambio quedó reflejado en el abrazo de Maradona, vistiendo la camiseta de Los Pumas, y el medio scrum del seleccionado nacional, Agustín Pichot, luego del Mundial de Rugby de 1999.

¿Podría el rugby haberse popularizado? Salvo por sus aspectos técnicos, que veremos más adelante, en el resto de sus características deportivas no había nada, per se, que le impidiera difundirse más ampliamente. Las dimensiones del campo de juego son prácticamente las mismas que las del fútbol y lo mismo cabe, con la excepción de la pelota y el sistema de puntuación, para la indumentaria de los jugadores.[13] Dejando de lado el riesgo de lesiones más o menos severas, aspecto difícil de ponderar a la edad temprana en que se elige un deporte, dos factores dificultaron la popularización del rugby en un país donde el fútbol podía satisfacer las necesidades de consumo de espectáculos accesibles al gran público. El primero es la complejidad de sus reglas, en particular las instancias en que se sanciona la ley del offside y –lo que es peor, como ocurre en cada mundial de rugby– los diversos criterios para aplicarla. A esto hay que sumarle el tedio que para el no iniciado suponen las acciones estáticas en las cuales los jugadores se disputan la posesión de la pelota impidiendo que esta fluya con movimientos de ataque más vistosos y adecuados para un deporte de espectadores. El segundo obstáculo fue la decisión de mantenerlo no solo como deporte amateur, sino también alejado de cualquier contagio posible con el profesionalismo, decisión que impidió al rugby convivir y compartir espacios con instituciones donde se practicaba fútbol o alguna otra disciplina rentada. En los años treinta, la decisión de la entonces Unión de Rugby del Río de la Plata de desafiliar o rechazar la solicitud de afiliación de clubes como River, Racing, Ferrocarril Oeste u Obras Sanitarias, o la eliminación de los Campeonatos Evita después del golpe de 1955, invita a repensar la historia del rugby también a partir de los caminos que no se tomaron.

¿Rugby de derecha o de izquierda?

Aunque pocos se animarían hoy a establecer de manera explícita una relación entre el rugby y una identidad o filiación ideológica determinada, en el imaginario popular el arraigo de ese deporte en los sectores acomodados y la adhesión a los principios del amateurismo puro y duro lo ubicó en el universo conservador, cuando no oligárquico. Así lo vieron las organizaciones revolucionarias que en los años setenta impidieron la visita a nuestro país del seleccionado inglés, y lo mismo ocurrió con los jugadores que militaban en la izquierda, que se vieron ante la necesidad de discutir sobre la conveniencia de seguir jugando o no. Los pronunciamientos de apoyo a la última dictadura por parte de algunos dirigentes de la UAR confirman esas impresiones. Pero ¿qué decir del juego en sí mismo? ¿Hay en el rugby algo inherente a él que lo empuje en una u otra dirección ideológica?

Poco después de la VI Copa del Mundo de Rugby (Francia, 2007), el filósofo y periodista francés Alain Duhamel aventuró una hipótesis que ubicaba al rugby a la derecha en razón de sus valores, de lo que hace de él una “especie de religión aparte dentro del mundo deportivo, barroca y extravagante”. En esta caracterización ocupaba un lugar central la analogía guerrera escenificada por la “batalla viril” en la que “treinta gladiadores” lanzan todas sus fuerzas a la lucha “sin contener sus golpes, sin temor a las narices rotas, las costillas fracturadas, los ojos hinchados. Al contrario: los puntos de las suturas, las cicatrices y los clavos se exponen como trofeos de bravura”. El “gusto del castañazo, el espíritu de cuerpo salvaje, la pasión de la proeza, la superación de la voluntad hasta el heroísmo”, ningún otro deporte colectivo, sostenía Duhamel, “armoniza de semejante forma disciplina y violencia, potencia y aspereza”.[14] Al elegir caracterizar el rugby de acuerdo con su “temperamento” en lugar de su “arqueología”, el pensador pasaba por alto el hecho de que el rugby francés echó sus raíces más sólidas en las comarcas del sudoeste, históricamente dominadas por la izquierda no comunista.

La réplica de Rugbyfoue, un bloguero francés, corrió el foco de la discusión al terreno del deporte como factor de integración. Para este aficionado anónimo, el rugby es “un deporte de izquierda en el sentido cultural del término”. Por sus características mismas, requiere diferentes talentos: “los gordos, los altos, los bajos, los rápidos, los macizos, los ágiles, todos hacen falta en el rugby”. ¿Qué escuela, qué club, se preguntaba, “no ha jugado con esa sensibilidad polisémica y no ha utilizado ese eslogan para atraer a los jóvenes?”. En el line out, hacen falta los altos para saltar y los gordos para alzarlos; en el scrum, los macizos para empujar; en la tercera línea, atletas capaces de correr hacia los cuatro costados del terreno; en los tres cuartos, “gacelas” capaces de superar en velocidad a sus adversarios y jugar al amague. El rugby “es donde más se plasma esa pluralidad de capacidades físicas, lo que lo hace un deporte integrador por excelencia”. El bloguero también llamaba la atención sobre su singularidad como juego colectivo, “mucho más que otros deportes en los que lo colectivo consiste únicamente en pasar la pelota y planificar movimientos (básquetbol, fútbol, handball)”; porque en el rugby lo colectivo se traduce en acciones y movimientos que requieren la colaboración de varios jugadores. En el line out, un jugador lanza la pelota, como en el fútbol, pero otro jugador salta para atraparla sostenido por otros dos (lifters) que cambian de posición para engañar a la defensa. El scrum es el acto colectivo por excelencia del rugby, ocho jugadores unidos de manera muy compacta que empujan para hacer retroceder al pack adversario, en el que la unión y la coordinación son mucho más importantes que la fuerza. El ruck (cuando la pelota está en el suelo y uno o más jugadores de cada equipo sobre sus pies se agrupan alrededor de ella) y el maul (cuando el portador de la pelota es sujetado por uno o más oponentes y al mismo tiempo uno o más compañeros del portador de la pelota están asidos a él), son otros tantos “ejemplos de movimientos recíprocos, de una unión y coordinación perfectas, de acciones creadas por lo colectivo. En el rugby, el individuo por sí solo no es nada y no está allí más que para servir a lo colectivo; es todo menos elitista”.[15]

Para completar esta muestra de opiniones, citemos una fuente algo más científica. Durante la realización de la X Copa Mundial de Rugby (Francia, 2023), la extrema derecha de ese país usó el rugby, más precisamente al capitán del seleccionado nacional, Antoine Dupont, como ejemplo de valores como el patriotismo, el esfuerzo y todo aquello que pone límites a la “decadencia” y la “degeneración”.[16] El episodio desató en la opinión pública un debate sobre las afinidades políticas del rugby francés: el juego de la ovalada ¿se inclinaba hacia la derecha o hacia la izquierda?[17] Con el objeto de dar algún sustento empírico a suposiciones y creencias, en septiembre y octubre de 2023 la Fundación Jean Jaurès del Partido Socialista llevó a cabo una encuesta entre tres mil franceses para conocer con mayor precisión su relación con el rugby. Las conclusiones confirmaban, en parte, lo expresado en las dos fuentes antes citadas. El dato más interesante era el referido a las diferencias en el posicionamiento ideológico según se trate de un aficionado –alguien que dice que le gusta el rugby– o de un practicante –alguien que lo juega o lo ha jugado–. En esta última categoría, los encuestados se posicionan mayoritariamente a la izquierda, mientras que en la primera lo hacen a la derecha.[18] Estos resultados no sorprenden demasiado si se tiene en cuenta que las regiones donde el rugby es hegemónico desde hace casi un siglo –todo el sudoeste de Francia– son distritos que históricamente votaban por la izquierda no comunista. Dejamos al lector que saque sus propias conclusiones.

Objetivos y estructura del libro

La idea de hacer un libro sobre el rugby surgió del cruce de nuestras experiencias como jugadores y la realidad social y política. Ambos autores crecimos en familias de rugbiers y mantuvimos un estrecho vínculo con ese deporte durante gran parte de nuestra juventud. Vivimos el rugby en espacios diferentes, uno en un club tradicional de la Capital, el otro en un polideportivo del Conurbano bonaerense, ambos fundados por colectividades extranjeras. Y también lo practicamos en épocas diferentes: la era de Hugo Porta, la dictadura y los primeros pasos de la democracia, en un caso; los mundiales de rugby, el profesionalismo y la crisis de 2001, en el otro. El placer del juego y el oficio de historiador nos han sido de gran utilidad a la hora de extremar los cuidados en la formulación de hipótesis y conclusiones sobre asuntos que siguen prisioneros de clichés y estereotipos.

El libro está organizado en capítulos ordenados cronológicamente, opción metodológica que –creemos– hace más fácil apreciar la evolución del rugby en nuestro país. En cada uno de los capítulos hemos privilegiado uno o dos ejes temáticos que pensamos que reflejan los aspectos más relevantes de la relación entre el deporte, la política y la sociedad en un período determinado. Deseamos advertir al lector que en el libro no encontrará una historia detallada de clubes, campeonatos y partidos, sino un análisis crítico de la evolución del rugby a lo largo de diferentes escenarios sociales y políticos. El libro aspira a ofrecer la información y herramientas analíticas que ayuden a una mejor comprensión no solamente de sucesos trágicos como el de Villa Gesell, sino de episodios en apariencia más banales que contribuyeron a configurar una determinada imagen del rugby nacional. En este sentido, el libro tiene como propósito llenar un espacio en la historiografía del deporte argentino acercando a lectoras y lectores, sean o no especialistas, un relato ordenado basado en el análisis crítico de fuentes primarias y secundarias de archivos y bibliotecas de nuestro país y del exterior. Asimismo, es nuestro deseo que la obra dialogue y tienda puentes con investigaciones sobre otras disciplinas deportivas, así como con la historia de la cultura y la sociedad.

[1] “El crimen en Villa Gesell y el ‘gen rugbier’”, Clarín, 19/1/2020; “Carta abierta de un ex Puma: ‘Perdón Fernando, el rugby llora por ti’”, Infobae, 20/1/2020; M. Wainfeld, “El ADN del rugby: jugar con clase”, Página/12, 20/1/2020; J. Búsico, “El rugby debe hacerse cargo”, La Nación, 22/1/2020; M. Maidana, “No son manada”, Anfibia; E. de la Serna, “Tercer tiempo”, El Cohete a la Luna, 2/2/2020.

[2] “Fuertes críticas a Los Pumas por no homenajear a Maradona”, Perfil, 28/11/2020; “Duras críticas a Los Pumas porque no homenajearon a Maradona en el partido con los All Blacks”, Infobae, 28/11/2020; D. Dionisi, “Inexplicable omisión”, Periodismo Rugby, 28/11/2020; A. Downie, “Ola de indignación contra Los Pumas se extiende en Argentina tras criticado tributo a Maradona”, Reuters, 1/12/2020.

[3] “Los Pumas: fuerte repudio del Inadi y la DAIA contra los posteos racistas de algunos jugadores”, La Nación, 30/11/2020; “Escándalo en Los Pumas: la Unión Argentina de Rugby castiga duro a tres jugadores por los tuits racistas”, Clarín, 30/11/2020; “Escándalo por los tuits racistas y discriminatorios del capitán de Los Pumas”, Página/12, 1/12/2020; F. Corbiere, “Tres tristes Pumas”, El Cohete a la Luna, 6/12/2020; “La World Rugby criticó a Los Pumas por sus tuits racistas”, Infobae, 8/12/2020.

[4] “La masculinidad, la violencia y la clase social explican los ataques de rugbiers”, Télam, 20/1/2020; L. Grayani, “Rugbiers, violencia y masculinidad dominante: la palabra de especialistas”, La Izquierda Diario, 23/1/2020; A. Grasso, “Hay que repensar las masculinidades”, Perfil, 25/1/2020.

[5] A. Miranda, “El rugby y los sponsors: qué pasó con las empresas luego del asesinato de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell”, La Nación, 27/2/2020.

[6] Véanse Mackern (s.f.), Spinetto (1992), Unión Argentina de Rugby (1998), Búsico, Cloppet y Mamone (2003), Bertta y Severo (2012), Búsico (2015), Cánepa (2015), Gómez (2015), Perasso (2017).

[7] Unión Argentina de Rugby (UAR), Memoria y balance 2019. Estas cifras colocan a la Argentina entre los diez países del mundo con mayor número de jugadores (federados). Véase <publications.worldrugby.org/yearinreview2018/en/56-1>. Una encuesta realizada en 2006 por la Secretaría de Medios de Comunicación de la Nación ubicó al rugby entre los cinco deportes más populares, por debajo de fútbol (56,3%), tenis (13,2%), vóley (11,7%) y básquet (8,5%), y por encima de natación (3,2%), gimnasia (2,6%), hockey sobre césped (1,7%), handball (1,7%), boxeo (1,7%) y automovilismo (1,6%). “La eterna discusión: ¿cuál es el segundo deporte?”, Infobae, 15/5/2007.

[8] Los Pumas –primer seleccionado nacional– disputa el Mundial de Rugby y el Rugby Championship; Argentina XV –segundo seleccionado nacional– participó en el Americas Rugby Championship y el Sudamericano de Rugby hasta 2020. A estos hay que agregar las selecciones que participan en torneos con equipos de siete jugadores (rugby seven): la selección masculina que participa de World Rugby Seven Series y los Juegos Olímpicos y la femenina que compite en los Seven Sudamericanos. Los jugadores argentinos (varones) también participan en certámenes de rugby profesional. Hasta la pandemia, la Unión Argentina de Rugby participó con su franquicia Jaguares en el torneo Súper Rugby junto con equipos de Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Japón; más tarde, ese mismo equipo, redesignado como Jaguares XV, compitió en el torneo Súper Rugby Américas junto con equipos de Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay y Estados Unidos. Desde 2023 fue sustituido por los conjuntos Dogos XV y Pampas XV.

[9] S. Barbui, “Rugby for export”, Clarín, 1/3/2003; A. Miranda, “El éxodo del rugby: la fuga que obligará a Los Pumas a reinventarse”, La Nación, 12/7/2020; M. L. Insaurralde, “Un éxodo masivo de jugadores y el temor de cortar con un plan que lleva 12 años: ¿qué ocurrirá con Jaguares?”, Infobae, 18/7/2020.

[10] M. Guerrero, “El rugby en una gira con pocos dividendos”, Tiempo Argentino, 29/10/1984.

[11] G. Pagés, “Otra historia del rugby: un deporte con más de 150 desaparecidos”, La Izquierda Diario, 23/1/2020; Cánepa (2015); Gómez (2015); Veiga (2006).

[12] UAR, Memoria y balance 1965, “Subcomisión de Canchas, Instalaciones y Colores”. El documento resulta interesante porque aborda un fenómeno bastante singular en el rugby, como son las permanentes escisiones de grupos de jugadores que, disconformes, abandonan el club original para fundar una nueva entidad.

[13] Originalmente, las camisetas se diferenciaban de las usadas en el fútbol por el diseño; el corte de los pantalones también era muy similar; los botines se distinguían por la cantidad de tapones y más tarde por el uso de modelos de caña alta para los delanteros.

[14] A. Duhamel, “Rugby, objet politique identifiable”, Libération, 12/9/2007.

[15] Rugbyfoue.over-blog, “Le rugby est-il de gauche, ou de droite?”, 3/5/2012.

[16] T. Denis, “La France rugby”, Valeurs Actuelles, 16/9/2023.

[17] “Coupe du monde de rugby: Jean Dujardin et Antoine Dupont s’unissent contre Valeurs Actuelles”, Libération, 16/10/2023; É. Serres, “L’Ovalie fabulée de l’extrême droite française”, L’Humanité, 18/9/2023; R. Garrat-Valcarcel, “Coupe du monde de rugby: Le rugby est-il-condamné à être de droite?”, 20 Minutes, 21/9/2023; P. Godon y R. Godet, “Coupe du monde de rugby: comment l’extrême droite essaie de récupérer les valeurs de l’ovalie”, France Info, 22/9/2023; “Comment le rugby est devenu la coqueluche de la droite chauviniste”, Le Nouvel Économiste, 16/10/2023; I. Chopard, “Le rugby, un sport de droite?”, Boulevard Voltaire, 15/10/2023.

[18] T. Pierre, “L’ovalie vote-t-elle à gauche ou à droite? Radiographie des amateurs de rugby”, Fondation Jean Jaurès, 13/10/2023.

1. El “rugger” desembarca en las pampas

El presidente del gobierno provisorio de la nación, José Félix Uriburu, acompañado de autoridades nacionales y provinciales, saluda al público asistente durante el partido “Argentinos” vs. “Extranjeros”, jugado en la cancha del Club Atlético de San Isidro, el 30 de agosto de 1931. Archivo General de la Nación

Rosario jugaba contra Córdoba en este último lugar, y al hacer uso el árbitro de su silbato, soldados (dos o tres) hicieron su aparición y pidieron una explicación, y al señalarles la necesidad de usar el silbato, permanecieron como espectadores pasivos del juego y parecieron apreciar plenamente las payasadas de Los Locos Ingleses.

River Plate Sport and Pastime, 1892

Los primeros años del rugby en la Argentina estuvieron fuertemente asociados a los residentes británicos y limitados a un espacio geográfico muy reducido: Buenos Aires, Córdoba y Rosario. Allí se organizaron los primeros partidos amistosos entre combinados, clubes y empresas, que sirvieron de base para la futura organización del rugby local. Los espacios de práctica estaban todavía acotados a las instituciones deportivas de hombres adultos que poseían tiempo libre para practicarlo durante la corta temporada que coincidía con los meses de otoño e invierno. En las primeras décadas del siglo XX, el fuerte vínculo con la comunidad británica facilitó la llegada al país de cuatro contingentes extranjeros: tres combinados de las islas británicas y un seleccionado sudafricano. Por otro lado, la escasa divulgación del deporte entre la población criolla antes de la Primera Guerra Mundial impidió su difusión, ya que con frecuencia los clubes debían retirar sus equipos de las competencias al no poder reunir el número suficiente de jugadores. Esta situación se revirtió en la década de 1920 cuando los sectores altos y medios locales se volcaron al rugby con mayor entusiasmo, lo que contribuyó a su arraigo firme y definitivo en el país.

Los orígenes del rugby, entre el mito y la historia

El primer partido de rugby en la Argentina se jugó en 1874, apenas unos años después de la fundación del club Buenos Aires Football (1867). Sus primeros pasos en nuestro país estuvieron íntimamente ligados a las actividades recreativas de la colectividad británica. Para ese entonces, el deporte de la pelota ovalada se había convertido en uno de los juegos de equipo más populares entre los alumnos de las escuelas de élite de la Inglaterra victoriana, las public schools.[19] Según el mito fundacional, el rugby nació en la escuela de la ciudad que dio el nombre a este deporte, situada en el condado de Warwickshire –unos 140 kilómetros al norte de Londres– cuando, durante un partido de fútbol jugado en una fría tarde de 1823, un alumno llamado William Webb Ellis, “con fina indiferencia por las reglas del fútbol como se jugaba en su tiempo, tomó por primera vez la pelota en sus brazos y corrió con ella, dando así origen a la característica distintiva del juego de rugby”. Así se lee en la placa conmemorativa colocada en la entrada principal de Rugby, sobre la calle Lawrence Sheriff. Aceptado en el mundo entero –incluyendo a World Rugby, la entidad rectora del rugby internacional, que designó a la copa mundial como “Trofeo Webb Ellis”–, este relato constituye lo que Eric Hobsbawm y Terence Ranger llamaron una “tradición inventada” (Hobsbawm y Ranger, 2002).[20] Para empezar, el joven con la pelota representado en la estatua colocada en 1997 en la otra entrada de la escuela, sobre Dunchurch Road, no es Ellis sino el hijo de 13 años del escultor. La única imagen que poseemos de Ellis, un clérigo proveniente de una familia de clase media de Salford, es el dibujo de un hombre de mediana edad. Tampoco existe evidencia alguna de que él fuera el primero en tomar la pelota con la mano y correr con ella. El mito parece haberse originado en una serie de artículos publicados a fines de la década de 1870 por un antiguo alumno de Rugby, Matthew Bloxam, aunque este admitía que no había presenciado el supuesto acto de picardía de Ellis. En 1895, la asociación de exalumnos de Rugby, la Old Rugbeian Society, creó una comisión para determinar los orígenes del deporte. La investigación no pudo dar con ningún testigo directo ni con nadie que hubiera escuchado que Ellis había tomado la pelota con la mano. A pesar de todo, la comisión lo declaró inventor del rugby fútbol (Collins, 2022: 5-6).

Entonces, ¿quién “inventó” el rugby? La respuesta es “nadie”, o lo que es lo mismo, muchas personas anónimas que a lo largo de los siglos se entretenían pateando, atrapando y transportando una pelota –de diferentes tamaños y formas– hacia el lado contrario. Historiadores y sociólogos han visto en los orígenes del rugby la superposición de dos procesos socioculturales concurrentes: la persistencia en la era industrial de prácticas lúdicas tradicionales, las cuales, además de ser muy violentas, tener reglas muy laxas e involucrar a una numerosa cantidad de participantes, podían extenderse por varios días –como el hurling inglés, el knappans galés o la soule y la barette francesas–.[21] Algunos han remontado los orígenes del rugby a formas tan remotas como el episkyros griego y el harpastum romano;[22] también, a la introducción de los deportes al aire libre –fútbol, rugby y cricket– en las escuelas de élite con el fin de templar el cuerpo y moldear el carácter de los jóvenes (varones) que más tarde debían conducir los asuntos del imperio.[23] Además de mantener a los adolescentes alejados de influencias y pasatiempos perniciosos, las prácticas deportivas debían inculcar virtudes como el liderazgo, el sacrificio y el espíritu de equipo. Los educadores reformistas ingleses llamaron a esta combinación innovadora de formación académica y deportes “cristianismo muscular”, adaptación victoriana del viejo adagio mens sana in corpore sano. La importancia que adquirieron los deportes en la formación de la clase dirigente inglesa quedó reflejada en el aforismo “Waterloo [la batalla en la cual los ingleses derrotaron a Napoleón] se ganó en las canchas de [la public school] Eton”, fórmula –atribuida al duque de Wellington– que condensaba la convicción de que correr en la lluvia y el frío con una pelota, en la mano o con el pie, era la condición indispensable para la defensa de la nación.[24]

El rugby inglés llegó a nuestro país cuando este y el fútbol ya se habían separado para convertirse en dos deportes diferentes; en la terminología de la época, rugby union y football association.[25] Pero había, además, otro conflicto en ciernes que produciría un cisma dentro del rugby mismo. Los dirigentes de la Rugby Football Union (RFU), creada en 1871, temían que este resultase contaminado por las tendencias que en 1885 llevaron a la profesionalización del fútbol, hasta entonces dominado por miembros de las public schools. Desde entonces, ningún equipo integrado por jugadores educados en las instituciones de élite participó en los torneos de fútbol profesional. En 1886, la RFU declaró al rugby deporte estrictamente amateur, prohibió el profesionalismo y advirtió que todo miembro que recibiese dinero para jugar sería expulsado. Los temores se vieron confirmados cuando dirigentes de clubes del norte de Inglaterra, región donde el rugby había cobrado gran arraigo entre la clase trabajadora, insistieron en la necesidad de compensar económicamente a los jugadores que debían sacrificar una parte de sus ingresos para entrenar y jugar (broken time, “lucro cesante”). Ante la negativa de la RFU, en agosto de 1895 representantes de varios clubes de los condados de Yorkshire y Lancashire –cuna de la Revolución Industrial– se separaron y formaron la Unión del Norte (Northern Union). Así, en el mismo año en que los exalumnos de Rugby formaban una comisión para investigar los orígenes de ese deporte, se consumaba un cisma entre sus variantes amateur (union) y profesional (league), el cual duraría exactamente un siglo, hasta que en 1995 la World Rugby lo convirtió en deporte profesional. Como veremos, la condición amateur del rugby argentino, que se mantiene hasta hoy –con algunos cambios–, tuvo efectos importantes en el desarrollo del deporte (Dunning y Sheard, 1979).

El conflicto en torno a la compensación económica de los jugadores era parte de una batalla cultural en la que se dirimía la identidad del rugby inglés. Los defensores del amateurismo sostenían que ese deporte era propiedad de las escuelas de élite en las que había nacido y desarrollado. “Como lo sugiere su nombre”, afirmó el rugbier y cricketer internacional, Frank Mitchell, “el juego del Rugby surgió en nuestras public schools. Creció en nuestras mejores universidades y clubes de Londres; ¿por qué deberíamos entregarlo sin pelear a una horda de jugadores de clase trabajadora que rápidamente se tragará a todos los demás?”. Un representante de los clubes del norte, A. A. Sutherland, le replicó:

La prosperidad y popularidad del rugby se remonta a la época en que el trabajador comenzó a interesarse en él, física y mentalmente. Su éxito en el juego quizá no sea del agrado del corinthian, pero es un hecho que desde que [el trabajador] metió sus narices en el juego [el rugby] se desarrolló rápidamente.[26]

El desafío de los clubes del norte obligó a los dirigentes del rugby amateur a procurarse una legitimidad histórica con la que pudiesen justificar su control del deporte. Las masas ya se habían adueñado del fútbol y, tras la secesión de los clubes rebeldes que condujo a la formación de la Unión del Norte, también el rugby corría el peligro de caer en manos de las clases trabajadoras. Para evitarlo, necesitaban una narrativa fundacional que demostrase que había sido inventado en las public schools, y de esa manera preservarlo como algo que les pertenecía por derecho propio, un habitus de clase impermeable a toda contaminación con actitudes ajenas al verdadero “espíritu deportivo” (true sportsmanship). Fue a partir de ese momento que el mito de Ellis cobró vida propia y recorrió el mundo, otorgándole legitimidad histórica a los dirigentes de la RFU y negando la validez del rugby league como variante legítima del juego.[27]

El desarrollo del rugby en la Argentina dependió en gran medida del perfil social de los súbditos ingleses que residían en el país. Un dicho famoso que recorrió todos los rincones del Imperio Británico afirmaba que, tras la llegada a puerto de un buque, los oficiales descendían con una pelota ovalada mientras que los marineros lo hacían con una redonda. El rugby que llegó a nuestras tierras fue el deporte amateur practicado por los clubes que integraban la RFU. Los jugadores que organizaron los primeros partidos eran varones adultos, muchos de ellos graduados de las escuelas de élite e imbuidos de los códigos de comportamiento y expectativas de la triunfante burguesía victoriana, así como del deber que les cabía como misioneros de la civilización británica, uno de cuyos instrumentos era el deporte. Contrariamente a una creencia muy difundida, el “rugger”, como también se lo conocía, no era un pasatiempo aristocrático, como los exclusivos deportes ecuestres, sino un juego de los sectores medios en ascenso, representativos de esa Inglaterra industrial que exhibió su prosperidad en la primera Exposición Universal de Londres (1851). En ese viaje fuera de su cuna, el rugby echó raíces duraderas en las regiones donde los intereses económicos y las instituciones culturales del Imperio, como clubes y escuelas, encontraron en las élites y clases medias autóctonas un agente transmisor de las novedades importadas de Europa.

El rugby llegó a la Argentina en el momento en se dirimían los conflictos que llevaron a la ruptura entre dos concepciones incompatibles del juego: como ocupación y como habitus de clase. El River Plate Rugby Union Championship, fundado cuatro años después del cisma del rugby inglés (1899) y antecesor de la actual Unión Argentina de Rugby, hizo suyos los principios consagrados por la RFU inglesa, es decir, los que definían al deporte como estrictamente amateur. Ese vínculo quedó formalizado en 1910 cuando, en ocasión de la primera visita de un equipo inglés a la Argentina, la entidad local se afilió a la RFU, y se vio reforzado de manera intermitente por las visitas de combinados británicos integrados por universitarios.

La pelota ovalada llega al Río de la Plata

En la segunda mitad del siglo XIX, con la apertura económica del país a los grandes capitales ingleses, arribaron a la Argentina directivos y personal administrativo de ferrocarriles y empresas comerciales educados en las public schools (Silvera, 2014: 75; Graham-Yooll, 2000). Durante las décadas de 1870 y 1890, estos extranjeros organizaron encuentros deportivos amistosos en la ciudad de Buenos Aires ante la mirada curiosa de la población local.

La primera referencia a un partido de fútbol conocida se encuentra en el intercambio epistolar de Thomas Hogg y el diario personal de Walter Heald, dos jóvenes que trabajaban en empresas inmobiliarias. Ambos eran entusiastas del fútbol y, a fines de 1867, se hicieron traer de la ciudad de Rugby dos balones cuyas características no especificaban (Raffo, 2004: 77-79). Unos meses más tarde publicaron en el periódico de la comunidad británica, The Standard of Buenos Aires, una serie de resoluciones, con el título “Football Club”, en las cuales se informaba la realización de partidos en el campo de deportes del Buenos Aires Cricket Club,[28] que hasta ese momento solo se usaba para el cricket; además, se fijaba un monto de inscripción para los partidos, el primero de los cuales debía jugarse el 25 de mayo de 1868, y se dejaba abierta la posibilidad de modificar las reglas con respecto al acarreo de la pelota con la mano y el uso del pie.[29]

Como lo señalamos anteriormente, el primer partido de rugby jugado en la Argentina según las reglas establecidas en 1871 por la RFU tuvo lugar el 14 de mayo de 1874 en el Old Polo Ground de Flores, predio situado en las proximidades de la actual estación Caballito del Ferrocarril Sarmiento. En ese lugar se enfrentaron dos equipos integrados por socios del Buenos Aires Cricket Club: “Mr Hoggs’s side” vs. “Mr Trench’s side”.[30] En los diez años siguientes, las actividades deportivas y las noticias acerca de ellas fueron esporádicas, en parte como resultado de los conflictos políticos y del brote de fiebre amarilla (Raffo, 2004: 203-205). En la década de 1880 aparecieron los primeros clubes que incluían el rugby en su oferta deportiva. En 1884 se fundó en Plaza Jewell el Rosario Athletic Club, entidad integrada por empleados del Ferrocarril Central Argentino (Central Argentine Railway). Dos años después, empleados de bancos ingleses y del Ferrocarril del Sud (Great Southern Railway) fundaron el Buenos Aires Football Club, que más tarde se fusionaría con el Buenos Aires Cricket, dando lugar al Buenos Aires Cricket & Football Club. Los socios de Rosario Athletic y de Buenos Aires Football trasladaron la rivalidad entre ambas empresas ferroviarias a dos encuentros de rugby anuales; estos fueron los primeros partidos de rugby entre equipos de clubes que se jugaron en la Argentina (Blanco, Búsico y Scher, 2010: 83).

Desde sus comienzos, el rugby se vio envuelto en la vida política argentina. En julio de 1890, en vísperas de la Revolución del Parque, los dos clubes debían jugar el segundo partido anual. Días antes, en su columna deportiva, The Standard