El rumor de los sabios - Alex Gómez Aragón - E-Book

El rumor de los sabios E-Book

Alex Gómez Aragón

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El rumor de los sabios en la guerra tranquila nos introduce en un mundo pragmático y cruel. En el que los dos protagonistas, Antón y Elena, sin saberlo, se sumergirán en las turbias aguas de una guerra silenciosa gestada hace muchos años por grandes enemigos que luchan por dominar el poder tecnológico y científico. ¿En qué bando se posicionarán? ¿Serán capaces de sucumbir al poder y tomar partido o, por el contrario, tendrán la ética suficiente para negarse a semejante propuesta? ¿Quién está tomando las decisiones sobre ciencia y tecnología que determinará la vida de nuestros hijos en el futuro? ¿Algunos miembros del congreso? ¿Algunos miembros de los parlamentos? ¡Pero si solo hay un puñado de ellos con formación científica! Y ese es el peligro: organizar una sociedad en base a la ciencia y la tecnología, donde las personas que mandan no saben nada sobre ciencia y tecnología. Carl Sagan en su última entrevista el 27 de mayo de 1996, poco antes de fallecer el 20 de diciembre del mismo año.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Alex Gómez Aragón

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1114-658-6

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

,

Dedicado a los tres pilares que sostienen mi vida:

Candela, Roi y Carmen.

Prólogo

Antón Declaire ha sido invitado a un prestigioso y discreto evento donde acuden los mandatarios más importantes del panorama internacional. Cuando accede, el lujo que se respira —mucho mayor de lo que él podría siquiera imaginar— le hace plantearse qué hace ahí y a qué se debe el interés de quien le ha invitado a que él, un simple físico, acuda a esa reunión tan importante. No tardará en averiguar el motivo de la mano de un extraño llamado Josef Krasnov. A partir de ese momento, tendrá que afrontar las consecuencias de sus propias decisiones.

Elena Abeal es una joven periodista desprestigiada por un escándalo y renegada a un trabajo que no le gusta, pero le permite pagar sus facturas y atender a su madre, que se encuentra hospitalizada. Un día, recibe la propuesta de su vida por parte de Daniel Strauss, el prestigioso director de la revista Crypto, quien la invita a inmiscuirse en un mundo oscuro y tenebroso del que no podrá salir indemne.

CAPÍTULO 1

—¿Sr. Declaire? En breves minutos aterrizaremos —dijo el piloto tras activar el interruptor del intercomunicador y producir un desagradable chasquido, que sacó a Antón del semisueño en el que se había sumido.

En las pocas ocasiones que Antón Declaire había viajado en helicóptero, a la sensación de angustia inicial de volar en un aparato poco mayor que un coche, casi siempre le sucedía una agradable sensación de somnolencia.

—De acuerdo, gracias —contestó tras varios segundos intentando accionar el intercomunicador de sus auriculares y acertar a activarlo, tras varios intentos.

Al asomarse a la ventanilla de la aeronave, pudo distinguir con detalle las copas de los árboles pasando rápidamente bajo ellos. Su manto verdoso y espeso cubría las laderas de las montañas. Dando paso, al llegar al valle, a amplios claros donde rebaños de ganado pastaban plácidamente. Pequeñas casas aisladas, con tejados en forma triangular y una caída muy pronunciada, típicos de los lugares donde abunda la nieve, salpicaban el paisaje hasta donde alcanzaba la vista.

A los pocos minutos, el helicóptero sobrevoló un pequeño pueblo, en el cual pudo distinguir con claridad el campanario de una iglesia, así como algunos puestos de lo que parecía un mercado de frutas y verduras provisional.

—No se preocupe, Sr. Declaire, los lugareños ya están acostumbrados, estos últimos días ha sido constante el trasiego de helicópteros. Primero con el personal y el material necesario para los preparativos del evento y ahora con los invitados al mismo.

—¿Cuántos invitados somos? —preguntó Antón.

—Doscientos cincuenta, pero se permite un acompañante por invitado, por lo que habrá en el complejo unas quinientas personas alojadas. Más el personal de seguridad, mantenimiento y restauración, por supuesto. Fácilmente se concentrarán más de mil personas. ¿Es su primera vez en el evento?

—¿Puede preguntarme eso? —respondió Antón, sintiéndose de inmediato culpable por haber dado una respuesta tan cortante y fría al piloto.

—Tiene razón, discúlpeme —contestó él visiblemente azorado.

—No, No… pero fueron muy claros con las normas de seguridad en la invitación, no pretendía…

—Insisto, discúlpeme… —respondió el piloto cortando la comunicación acto seguido.

Continuó observando por la ventanilla como el helicóptero, tras pasar unos riscos, enfilaba en dirección a una enorme montaña. En mitad de su ladera, destacaba un imponente complejo turístico, presidido por un edificio central de enormes dimensiones.

Alejado de la civilización, aquel hotel de montaña era el lugar perfecto para poder reunirse con la más absoluta discreción. Antón siguió con la vista el recorrido de la única vía de acceso por tierra al complejo, una estrecha y sinuosa carretera que ascendía por la ladera, donde pudo ver en varios puntos vehículos de seguridad con guardias armados.

Antón fue citado para su asistencia al evento apenas dos días antes de su celebración. En una críptica conversación telefónica, se le invitó a acudir a un perdido aeródromo del sureste de Alemania, donde un enorme aparato lo esperaba para trasladarlo al complejo, sin ser informado en ningún momento del lugar exacto donde se celebraría la reunión. Según había podido leer en los foros de internet donde se hablaba del evento, ese era el procedimiento estándar para todos los afortunados invitados.

En el remoto caso de que algún periodista fuese lo suficientemente perspicaz, para descubrir la ubicación del evento con antelación suficiente y quisiera acercarse para fotografiar a la multitud de ilustres asistentes, lo tendría realmente difícil. Con el acceso por carretera fuertemente controlado y el espacio aéreo cerrado, con la única excepción de los helicópteros que transportaban a los invitados, acercarse al complejo era una misión casi imposible.

La aeronave redujo su velocidad e inició la maniobra para el aterrizaje, desde esa posición privilegiada podía contemplar todo el complejo desde una visión cenital donde se podía observar con claridad, como multitud de líneas de remontes para esquiadores, ascendían hacia las cumbres en diferentes direcciones. Con el suelo cubierto de hierba en lugar de nieve, los telesillas vacíos y las pistas de esquí desiertas, el complejo daba una sensación de abandono, que contrastaba con la frenética actividad en los alrededores del edificio principal.

Decenas de personas se arremolinaban en los alrededores de la puerta, formando corrillos, o paseaban por las inmediaciones del edificio disfrutando de las vistas del valle que se extendía a sus pies.

La zona de aterrizaje para helicópteros se encontraba a varios cientos de metros del edificio principal, identificada con la característica letra «H» gigante. Varios vehículos todoterreno esperaban perfectamente alineados en el aparcamiento de la pista de aterrizaje. En la pasada por encima del hotel, pudo ver como varias furgonetas frigoríficas dejaban material en la parte posterior del edificio central, donde el personal de servicio descargaba voluminosas cajas de viandas. Bajo la atenta mirada de varios hombres armados, vestidos al igual de los que controlaban el acceso al complejo por carretera, con ropa táctica negra, botas y pasamontañas.

En uno de los laterales del hotel, una enorme estructura acristalada reflejaba con fuerza los rayos del sol del verano austríaco. Antón pensó en que quizá fuese una piscina cubierta, pero luego cayó en la cuenta de que se trataba de un salón de congresos. Pensó que si el evento tenía tal cantidad de asistentes, necesitaría un espacio bastante amplio donde reunirlos a todos.

El helicóptero tomó tierra con suavidad, Antón se despidió del piloto dándole la mano y tocándole con gratitud el hombro, recibiendo una sonrisa a modo de disculpa por la pregunta indiscreta que le había hecho minutos antes.

Pudo leer en esa sonrisa «No le digas a nadie que me he extralimitado o me echan del trabajo». «Y no le falta razón», pensó él.

Al abrir la puerta corredera de la aeronave, un viento frío le sorprendió. El contraste entre la temperatura en aquella montaña y la de Stuttgart, donde había pasado la noche anterior, era notable. Un hombre de unos treinta y pocos años, pulcramente vestido con un traje cruzado de raya diplomática azul oscuro y pañuelo a juego, le esperaba en la pista de aterrizaje con una voluminosa cazadora térmica The North Face, doblada en su antebrazo.

—Sr. Declaire, estamos en junio, pero el hotel se encuentra a 2800 metros de altura, a pesar de ser verano, hace un frío considerable, póngase esto —dijo mientras le ofrecía el abrigo y le ayudaba sacar el equipaje del interior de la nave. Antón agradeció la previsión del hombre y se puso la prenda—- Me llamo Mike Hughes —continuó el hombre trajeado, mientras caminaban hacia al aparcamiento ligeramente agachados para evitar un disgusto con las aspas del helicóptero, que aún giraban sobre sus cabezas—. Seré su recepcionista durante su estancia en el evento.

Tras retirarse ambos a una distancia segura, el helicóptero reiniciaba nuevamente el vuelo

—Como sabe, debo comprobar que no porta ningún aparato electrónico, teléfonos, ordenadores, tablets o cualquier otro dispositivo de comunicación con el exterior —dijo Mike mientras sacaba de un bolsillo un dispositivo en forma de pala de pádel.

—Claro —dijo Antón levantando los brazos para facilitarle la tarea—, ¿todo en orden?

—Es una comprobación rutinaria, Sr. Declaire —dijo Mike Hughes con una sonrisa de circunstancias. Al finalizar, guardó nuevamente el dispositivo—. Suba —dijo Mike Hughes tras recoger cortésmente el equipaje e introducirlo en el maletero del enorme todoterreno.

Antón rechazó sentarse en el asiento posterior del vehículo y prefirió ocupar el lugar del copiloto.

—¿Inglés? —preguntó sabiendo de antemano la respuesta. Aunque de origen francés, llevaba viviendo los últimos años en Londres. Por el acento, habría jurado que Mike era de Birmingham.

—Nací en Wolverhampton —respondió Hughes. Antón sonrió por su precisión al identificar el acento—. Pero hace muchos años que no vivo allí.

—Yo vivo en Londres desde hace un tiempo, me trasladé cuando comencé a buscar financiación para poner en marcha mi empresa.

—Qué mejor lugar que Londres para eso, ¿verdad? —apuntó Mike mientras arrancaba el vehículo.

—Sí, bueno, de momento no he tenido mucha suerte —respondió Antón cabizbajo y con gesto decepcionado.

—Quizá, si ha sido convocado al evento, es porque su suerte podría cambiar —dijo el inglés desviando brevemente la mirada del estrecho camino por el que circulaban y dedicándole una mueca cómplice—. Aquí respirará, durante estos tres días, un aire mucho más puro que en la City —dijo Mike cambiando intencionadamente de tema, mientras detenía el vehículo frente a la entrada principal del hotel.

—Eso espero —contestó el francés mientras observaba los corrillos de invitados, los cuales se saludaban en la escalinata del hotel como viejos amigos que llevan tiempo sin verse.

El hall era amplio y muy luminoso gracias a una enorme galería central que lo coronaba. La decoración, en contra de lo que Antón habría pensado a juzgar por la fachada ostentosa y rococó, era sobria y funcional. Destacando una enorme chimenea circular, rodeada de sofás y mesas de reunión. Saltaba a la vista que era un hotel pensado y concebido para la temporada invernal, con una amplia zona en la entrada para dejar los equipos de montaña. Así como rejillas en el suelo donde sacudir el equipo y desprenderse de la nieve antes de pasar al lobby.

La zona de check—in se encontraba vacía. En un principio, no ver a sonrientes empleados del hotel recibiendo o despidiendo a los huéspedes le llamó la atención, pero pronto cayó en la cuenta de que Mike se había identificado como su recepcionista. Si de algo podía estar seguro, era de que el hotel estaba dedicado por completo a la celebración del evento.

Pequeños grupos de invitados entraban y salían del comedor, el cual disponía de una gran terraza, con un amplio ventanal que mostraba una hermosa vista de los remontes de esquí y de las lejanas cumbres de nieves perpetuas.

—El hotel está a su entera disposición, Sr. Declaire —dijo sonriente Mike Hughes—. ¿Quiere tomar algo en el comedor o prefiere que se lo subamos a la habitación?

Antón optó por un café en su cuarto para poder organizar con tranquilidad la reunión con quien fuera que se había tomado la molestia de convocarle al evento.

Discreta y acogedora, la estancia estaba ubicada en el segundo piso y sus ventanales se orientaban hacia la entrada principal del hotel. No disponía de las hermosas vistas que se podían contemplar desde el comedor. Pero aquella situación le permitía cotillear el constante ir y venir de helicópteros, así como el constante flujo de ilustres invitados.

Se relajó durante unos minutos tumbado en la cama. Se había despertado pronto esa mañana y un par de horas de descanso le fueron útiles para aclarar las ideas y resaltar en su cabeza los puntos más importantes a desarrollar a la hora de exponer su proyecto.

Tres años atrás, Antón había decidido invertir los ahorros de su vida en fundar una empresa, destinada a recaudar fondos para impulsar el desarrollo de tecnología fruto de la investigación de la tesis que desarrolló cuando se doctoró en Física Teórica..

Tras todo aquel tiempo paseándose con su proyecto bajo el brazo, estaba bastante cansado de entrar y salir de lujosos despachos. Donde ejecutivos con trajes de dos mil libras le escuchaban hablar de su investigación con cara extrañada. Había preparado una bonita presentación en Power Point y había gastado buena parte de sus recursos económicos en la edición profesional de un vídeo, con impactantes infografías, que explicaba de manera clara y nítida las increíbles ventajas que supondría su proyecto a medio plazo. Cualquier persona con el más mínimo interés podría entenderlo sin necesidad de conocimientos en física previos.

No esperaba que los posibles inversores comprendiesen los fundamentos teóricos en los que su modelo se basaba, así que jugaba la baza de vender el aspecto económico. El desarrollo del primer prototipo de un generador de fusión fría basado en la sonoluminiscencia haría inmensamente rico a quien quisiera apostar e invertir en él.

Pero su éxito a la hora de recaudar los fondos necesarios para poner en marcha el prototipo había sido nulo. Las deudas comenzaban a amontonarse, estaba a punto de tirar la toalla y aceptar un puesto en la Universidad de Lyon donde le habían ofrecido dar clase de Física.

Ya casi se había resignado a abandonar su sueño y dedicarse el resto de su vida a la docencia, cuando recibió la llamada que le había llevado hasta allí. Alguien con mucha influencia había propuesto su participación en el evento. La reunión más discreta y selecta de las personas más influyentes, destacadas y poderosas de las sociedades europea y norteamericana.

Era muy difícil saber con antelación los nombres de las personas que acudían a la reunión anual, ya que los medios de comunicación no informaban jamás sobre el evento. Su existencia era oficialmente reconocida desde hacía apenas veinte años. Hasta ese momento, se celebraba de forma totalmente secreta desde, por lo menos, 1954.

Desde entonces, es conocida la asistencia de políticos, poderosos empresarios de todo tipo, altos funcionarios, jefes de Estado. Incluso miembros de la cultura, escritores, filósofos, directores de cine y actores de prestigio. Lo poco que se sabe del evento es que se repite cada año en un lugar distinto, siempre en lugares discretos y de muy difícil acceso. Fuertemente protegidos por los servicios secretos de varios países, los cuales se encargan de que los invitados se puedan relajar y mantener reuniones al más alto nivel. Con la absoluta tranquilidad de que no quedará constancia de nada de lo que allí ocurra. Todo lo que se pudiera decir o las decisiones que se pudieran tomar, quedarán para siempre en el más incondicional de los secretos.

La noche anterior, Antón había buceado en internet para obtener toda la información que pudo. Descubrió que el primer evento había sido creado por el primer ministro belga Paul Van Zeeland en los años cincuenta, con el objetivo de crear una red de contactos informales alrededor de la política, que afianzara las relaciones entre Europa y los EE. UU. en oposición a Rusia y su órbita comunista.

Desde entonces, se sospecha que en el evento se toman decisiones de gran calado político y económico al margen de los Gobiernos democráticamente elegidos. Son muchos los que acusan a los asistentes de confabularse y unir sus fuerzas para reforzar sus intereses comunes. Sin importarles lo más mínimo el daño que esas decisiones pudiesen causar, o las víctimas inocentes que pudieran quedar en el camino.

Contaminación medioambiental, hambrunas, miseria, golpes de Estado, protección a tiranos, manipulación de elecciones, epidemias. Según los conspiranoicos de internet, cualquiera de esos hechos, a priori inconexos, tenían detrás la mano negra de los siniestros invitados al evento.

Había leído todas aquellas cosas en internet acerca del evento como quien lee una novela de ciencia ficción. Esas teorías no era más que una maraña de suposiciones y datos intencionadamente conectados que solo tenían sentido en la mente de quien ve conspiraciones tras cualquier cosa.

Se inclinaba más por la versión ortodoxa de que el evento, no era más que una reunión de millonarios y personas poderosas que tenía como único objetivo hacerse más millonarios y poderosos, «nada nuevo bajo el sol», pensó.

Aun así, se sentía realmente desconcertado por la invitación. Su perfil en absoluto encajaba en la de los invitados que solían acudir y en el supuesto de que alguno de aquellos millonarios quisiera invertir en su proyecto, no necesitaba traer a Antón a aquel lugar. Había métodos mucho más sencillos y menos ostentosos de reunirse con él, pero una invitación al evento es algo que no se pide, todos desean y nadie rechaza. Quien quiera que fuera la persona que había decidido que Antón merecía participar en la edición de ese año, debía tener una enorme influencia y contactos al más alto nivel.

Mike le recogió en la habitación, el francés se había vestido con un impecable traje de Gieves & Hawkes azul de corte clásico. Su padre compraba sus trajes allí desde mediados de los 70 y le había transmitido el gusto por su diseño, clásico, aunque práctico y cómodo. En los últimos años, desde que había abandonado la bata blanca de físico y pasaba la mayor parte del día vestido con traje acudiendo a reuniones con sus posibles inversores. Su aspecto y la presencia física había pasado de carecer de importancia para él, a ser algo fundamental y en lo que gastaba el dinero que fuese preciso.

Hughes se había cambiado la ropa con la que le había recibido en la pista de helicópteros, sustituyendo el traje de raya diplomática por unos Boxcalf negros y un traje con camisa del mismo tono, en contraste con una corbata burdeos, como único toque de color. En su mano derecha, portaba un maletín y en la izquierda, un iPad.

—El primer día en el evento suele ser de lo más estresante, Sr. Declaire —exclamó Mike.

—Llámame Antón, por favor.

—No lo haré —respondió el inglés mientras presionaba el botón del ascensor y le dedicaba una cínica sonrisa.

—Oye, Mike, ¿te puedo hacer una pregunta? —le preguntó una vez en el interior del mismo.

—Si va a preguntarme quién le ha invitado, siento decirle que la respuesta es no —replicó Mike divertido por la lógica curiosidad que Antón sentía.

Se dio por vencido y decidió dejarse guiar en silencio. La afluencia de público por los pasillos ya era notable y el hall se encontraba muy concurrido a pesar de su amplitud. Tuvo dificultades para caminar entre el gentío y tropezó un par de veces con algunos de los invitados.

Todos ellos llevaban a su lado un recepcionista vestido exactamente igual que Mike Hughes, completamente de negro con una corbata color burdeos. De la misma manera, todos los recepcionistas llevaban en su mano un iPad. Antón encontró entre los invitados algunas caras conocidas por sus apariciones en la televisión, sobre todo políticos europeos y algún que otro norteamericano.

Algunos de ellos le saludaban con afecto y él respondía cortésmente, aunque estaba convencido de que ninguno tenía la más mínima idea de quién era él. Tras alejarse unos metros, se giraba para preguntar a Mike sobre la identidad de la persona a la que había saludado y este respondía escuetamente con el nombre, sector profesional y cargo.

Tras diez minutos en el hall, Mike recibió un aviso en su tablet: «Vamos al salón principal, va a dar comienzo el acto inaugural».

El salón principal, situado bajo la cúpula de cristal que había observado desde el aire, estaba dispuesto en forma circular alrededor de un pequeño escenario central, también circular. Los primeros invitados entraron ordenadamente, en cada asiento habían colocado un pequeño letrero con un nombre y la inicial seguida de un punto. Le llevó un rato encontrar el suyo: «ANTÓN D», pudo leer en el respaldo de una de las sillas.

Cuando se acercó a él, vio a un hombre de más de ochenta años cómodamente instalado en el asiento contiguo al que le habían asignado. El anciano le observaba con una sonrisa serena. Vestía un traje con raya diplomática de corte italiano con camisa negra y corbata blanca. Sus esqueléticas piernas estaban cruzadas con gracia y remataban en unos zapatos negros de afilada punta brillante.

Saludó al hombre tímidamente y se sentó en el lugar que le correspondía lo más discretamente posible, sin que el anciano levantase su mirada de él.

Poco a poco, todos los invitados terminaron por entrar en la estancia, completando los asientos. Pudo ver como las primeras filas eran ocupadas por personas que pudo reconocer a simple vista: ministra de economía de Alemania, director del banco central europeo, secretario general de la OTAN, secretario del Tesoro norteamericano...

Tras ellos, en las siguientes filas de asientos, pudo identificar algunos rostros gracias a las indicaciones que Mike le había facilitado en el lobby. Industriales farmacéuticos, dueños de petroleras, ejecutivos de empresas armamentísticas. Cayó en la cuenta de que, cuanto más adelantada fuera la fila en que el invitado se sentaba, mayor era su influencia o poder económico.

Cuando todos ellos se acomodaron en sus asientos, hubo unos segundos de absoluto silencio. Antón aprovechó y se incorporó ligeramente para observar a su alrededor por encima de las cabezas de los invitados. Así pudo comprobar como todos ellos se encontraban escrupulosamente alineados, sentados en sus sillas. Por último, varias decenas de uniformados recepcionistas con sus trajes negros y su corbata color burdeos entraron y formaron de pie, muy disciplinados, al fondo del salón.

Se le aceleró el pulso, sentía que estaba en un momento de enorme importancia en su vida. Jamás había pensado que podría llegar alguna vez a estar en una reunión entre gente tan importante. Pensó que quien le había incluido en la lista de invitados debía de tener mucho interés en su proyecto. Si estaba allí, sin lugar a duda era porque iba, por fin, a conseguir los fondos que necesitaba para ponerlo en marcha. Y al igual que la lechera del cuento, comenzó a hacer sus cábalas. Pensando en cómo podría desarrollar su empresa, a quién contrataría, el material que necesitaría, donde establecería su sede.

Mientras soñaba despierto, uno de los invitados de la primera fila se puso en pie y avanzó hasta el escenario.

—Señoras, señores… Bienvenidos al evento —dijo con solemnidad mientras él, excitado como un niño en su primer día en el circo, no perdía el más mínimo detalle.

—Esto es un rollo, ¿no crees? ¿nos vamos a tomar un gin-tonic? —le susurró su vecino de asiento, al oído.

Antón no daba crédito, estupefacto se giró sorprendido hacia el anciano, el cual le seguía mirando con la misma sonrisa serena, al tiempo que le indicaba con la cabeza la salida del salón.

—Anda, ayúdame —dijo mientras se apoyaba en su hombro para levantarse no sin dificultad.

Al mismo tiempo, el hombre del escenario seguía con el discurso inicial del evento para el resto de los invitados.

—Es un placer para nosotros darles la bienvenida una vez más al….

—¿Pero, pero? ¡No podemos salir! Acaba de empezar —protestó susurrando al inoportuno anciano.

—Sí, podemos, Antón, créeme que sí —contestó él—. Vamos, ayúdame —dijo el viejo pidiéndole un brazo con el que sostenerse al caminar.

Ojiplático, no tuvo otra opción que incorporarse y servir de apoyo para el anciano, caminando con dificultad en dirección a la puerta del salón. Uno de los recepcionistas se acercó ofreciendo su ayuda cosa que el viejo rechazó, indicándole que con la ayuda del francés era suficiente. De fondo, seguía hablando el ponente en su alocución inicial. .

—«Y nos enfrentamos a retos en esta década que solo con la cooperación…».

Una vez fuera del salón, Antón hizo el intento de dirigir al viejo hacia uno de los sillones del hall con la clara intención de sentarlo en él y regresar de inmediato al acto. Pero el hombre leyó hábilmente su plan y obtuvo como respuesta un sólido tirón en la manga, que le conminaba a acompañar a aquel vetusto saco de huesos hacia los ascensores.

Tras ellos, les seguían a una distancia prudencial, tanto Mike Hughes como otro recepcionista, que Antón entendió que era el que se ocupaba de asistir al anciano. Una vez en la puerta del elevador, realizó un último intento de desembarazarse del viejo.

—Bueno, aquí le dejo, yo tengo que volver, me voy a perder el inicio del evento —se excusó intentando, una vez más, soltarse del brazo..

—El evento al que debes asistir es el que se celebra en la terraza del hotel, pero a ese solo iremos tú y yo —le susurró el anciano al tiempo que le hacía un gesto con la cabeza para que entrase con él en la cabina del ascensor.

Se tomó un segundo para mirar detenidamente al viejo. De repente y por arte de magia, aquel hombre ya no le parecía tan desvalido ni dependiente. Unos ojos verdosos, duros y penetrantes le miraban desde lo más profundo de unas cuencas surcadas por infinitas arrugas. Su cráneo, despejado de pelo y con diminutas manchas marrones en la piel, remataba en una finísima coronilla de color plata.

—¿Estoy aquí por usted? —preguntó tímidamente cuando empezaba a comprender lo que estaba ocurriendo—. ¿Usted me ha traído al evento? —insistió.

—Sube —sonrió el anciano.

CAPÍTULO 2

El taxi de Elena se detuvo al tiempo que un joven de traje y corbata iniciaba una corta carrera esquivando, con simpáticos saltos sobre sus puntillas, los charcos de agua acumulados tras toda una tarde de precipitaciones. El joven, provisto de un gran paraguas negro clásico y enfundado en un traje de color gris oscuro, el cual le quedaba varias tallas más grande, portaba el escudo del restaurante Los Castellanos bordado con hilo dorado.

Elena abonó la carrera al taxista y agarró con fuerza el escuálido brazo del joven, pegándose lo más posible a él, para resguardarse de la abundante lluvia. Una vez en la entrada y tras un amplio recibidor con moqueta roja, la esperaba el metre. El cual la observaba con una amplia sonrisa, tras una mesa alta de madera delicadamente pulida, donde descansaba el libro de reservas.

Los Castellanos era un restaurante de más de cien años de antigüedad. Su decoración era recargada y nutrida con abundantes telares, cuadros, escudos heráldicos, armaduras y relieves. La gran mayoría con motivos referentes a la historia de Santiago de Compostela. Una hermosa talla de piedra presidía la sala y representaba a los tres Santiagos: Santiago el Peregrino, Santiago el Apóstol y Santiago Matamoros.

—¿Señorita Abeal? —preguntó el metre amablemente.

—Yo misma —contestó ella divertida—, tanta formalidad no forma parte de mi día a día. Además, lo de señorita suena peor que fatal, ¿no cree?

—Claro —replicó el metre entornando brevemente los ojos al tiempo que dibujaba en su rostro una ligera sonrisa de circunstancias—. El Sr. Strauss la está esperando en el reservado Campo de estrellas, acompáñeme, por favor.

Mientras Elena seguía al metre, repasó en su cabeza los datos que había podido recopilar en las pocas horas que habían pasado tras la llamada a su apartamento aquella mañana, citándola en el restaurante. Aunque en sus años como periodista no había tenido el más mínimo contacto con Daniel Strauss, su fama le precedía. Tras mucho tiempo trabajando en América Latina en la Agencia de Drogas Norteamericana, abandonó la DEA a principios de los años noventa. Después de denunciar diversas corruptelas y connivencias de diferentes Gobiernos con los cárteles del narcotráfico. Así como la toma de partido por algún bando en las guerras entre los capos por el control de la distribución de la droga. La cual discurre como una riada imparable hacia Norteamérica y Europa, donde las mafias encuentran su inmenso nicho de mercado.

Tras unos años inactivo, Daniel fundó la revista Crypto, donde se publicaban diversos reportajes de investigación sobre multitud de temas, en algunos casos, de lo más estrambóticos.

A mediados de los años 90, con la llegada de internet, la revista pasó a publicarse online con bastante éxito. Teniendo suscriptores por todo el planeta, adquiriendo gran prestigio en el mundillo del periodismo de investigación.

Elena había leído alguno de sus reportajes durante sus años en la Facultad de Periodismo, a principios del año 2000. Para aquel entonces, Daniel ya había publicado varios libros donde relataba su experiencia como agente federal en la lucha contra el narcotráfico, las redes de contrabando de armas y el lavado de dinero proveniente de diversas actividades ilícitas por destacados bancos norteamericanos y británicos. Ella no los había leído todos, pero su calidad periodística y la de las fuentes a las que Daniel accedía, estaban fuera de toda duda. Políticos, empresarios y banqueros de todo el mundo habían caído en desgracia o ido a la cárcel por las informaciones reveladas en la revista Crypto o en los libros que Daniel publicaba.

Adaptándose a los nuevos tiempos, Crypto había dado el salto a sector multimedia, con la realización de un programa de radio en diferido emitido por internet tanto en inglés como en español, aumentando con él su fama y prestigio internacional.

Daniel, aunque norteamericano, de Texas, era de origen hispanoamericano y dominaba ambas lenguas por igual. Su pódcast le catapultó al estrellato, pasando a ser uno de los entrevistados habituales en las cadenas de televisión más prestigiosas, así como tertuliano de análisis político.

Crypto se había convertido en una marca de solvencia y de rigor, que extendió su franquicia a otros programas que no presentaba Daniel, pero que se grababan en los estudios que este había construido en su rancho de Madisonville, a unos cien kilómetros de Houston. Donde gracias a producir contenidos multimedia de calidad, Daniel se había hecho con una pequeña fortuna.

Pero por lo que Strauss se había hecho mundialmente famoso era por ser el principal sospechoso de haber desvelado millones de comunicaciones internas del Gobierno de los EE. UU. e informes secretos de decenas de embajadas y delegaciones diplomáticas en casi todos los países del mundo en el año 2007.

Aquello causó un gran escándalo, países democráticos que vendían armas a sangrientas dictaduras, asesinatos de estado, apoyo a golpes militares, redes terroristas, cárteles de la droga y espionaje industrial a países aliados. Nadie supo nunca cómo lo hizo, en el caso de haber sido realmente Daniel el autor del robo de la información. Él se encargó, siempre que fue preguntado, de mantener el misterio, ni confirmó ni descartó haber tenido cualquier tipo de participación en el mayor agujero de seguridad gubernamental de la historia reciente.

Miles de archivos en soporte informático, documentos, grabaciones de reuniones entre mandatarios, vídeos de acciones militares clandestinas, comunicaciones cifradas entre embajadas, informes clasificados sobre dirigentes extranjeros. Todo aquel material sensible quedó revelado ante la opinión pública, cualquiera que lo deseara podría acceder a alguna de las miles de copias de respaldo alojadas en servidores situados en los países más remotos. Cada día miles de estas copias de seguridad se replican, desaparecen o cambian de ubicación de forma automatizada, silente y aleatoria, haciendo virtualmente imposible hacerla desaparecer de la red, ni aún por el país más poderoso del mundo.

La filtración fue de tal calado y cogió tan de sorpresa a los Gobiernos implicados, que se necesitaron meses de análisis por las diferentes agencias del Gobierno tan solo para valorar el alcance del hackeo. El congreso de los EE. UU. emitió un extenso informe de miles de páginas en el que desgranaba que, al menos el cincuenta por ciento de los documentos, habían sido manipulados o alterados de alguna manera. Reconocían la existencia de la brecha de seguridad, pero, a su manera, desacreditaban al menos la mitad de los archivos. Aunque implícitamente reconocían la autenticidad de la otra mitad, casualmente los menos comprometedores.

Las sospechas sobre la implicación en la filtración sobre Daniel Strauss fueron en aumento y fue procesado por la Fiscalía de los EE. UU. siendo sometido a juicio ante el tribunal Supremo. Pero, llegado el momento, no se pudo hallar ni una sola prueba concluyente contra él.

En una sentencia polémica, fue exonerado de los cargos que había levantado la fiscalía. Aunque en el imaginario popular, Daniel era el cerebro tras aquel terremoto político y diplomático. A esas alturas, Daniel Strauss se había elevado a la categoría de leyenda entre todo aquel que sospeche sobre las actividades oscuras de los poderes fácticos.

Elena pasó varias horas en los foros más oscuros de internet, donde pudo comprobar como Daniel era considerado algo así como el William Wallace de todos los desnortados conspiranoicos y frikis anarquistas de medio mundo. Pudo leer teorías de lo más disparatadas y surrealistas en la red. Desde las que decían que Strauss tenía a sus órdenes a un ejército internacional de hackers informáticos o que no era más que un agente de desinformación del Gobierno. Aunque, sin duda, la que más le hizo reír fue la que decía que Daniel era miembro de una raza alienígena dispuesta a invadir la tierra.

De la misma manera, Daniel Strauss era caricaturizado y vilipendiado en todo tipo de medios de comunicación. Donde se le acusaba tanto de alcohólico, mujeriego o de haber sido expulsado de la DEA por consumo de estupefacientes. Cada pocos meses, saltaba la noticia de que Daniel había ingresado en un centro psiquiátrico o que había sido detenido por abusar de una joven. Todas estas «noticias» aparecían y circulaban por la red con la misma facilidad con la que se disipaban al carecer de la más mínima prueba, aunque el objetivo de desacreditarle ante el gran público ya había sido alcanzado con éxito.

Cuando el metre abrió las puertas del salón «Campo de estrellas», Daniel Strauss se levantó ágilmente del chaisselongue donde se encontraba leyendo relajadamente su teléfono móvil.

—¡Elena, por fin nos conocemos! —exclamó, con fuerte acento latino, como si la conociese desde hace años y hubiese esperado la cita con ansia. Dirigiéndose hacia ella con los brazos extendidos y una amplia sonrisa.

Ella se sorprendió al ver que Daniel era bastante más bajo de lo que había podido deducir, al repasar durante esa tarde las entrevistas que pudo encontrar en YouTube, donde Daniel siempre salía sentado. No aparentaba, a primera vista, los sesenta y ocho años que reseñaba su biografía. Se encontraba en buena forma física, aunque una incipiente barriga asomaba bajo su jersey de punto JockeyMan. Tenía las piernas cortas y finas cubiertas con un pantalón de pana color marrón. Unos pequeños ojos azules destacaban en un rostro enjuto con antiguas y profundas marcas, secuela de alguna enfermedad infantil.

—Sr. Strauss, es un placer conocerle. —Elena no pudo evitar agacharse ligeramente al tiempo que ladeaba la cabeza mientras le daba la mano. La diferencia de altura era notable debido a los zapatos de tacón a los que Elena había escalado para la cita. Esos zapatos eran la única concesión que se permitió en cuanto a la indumentaria, debido a la excepcionalidad del encuentro. Los vaqueros elásticos y una chaqueta de cuero Belstaff que vestía, solían estar en su atuendo habitual. Los zapatos de tacón los dejaba para las celebraciones familiares o las ocasiones especiales y la cita con Daniel Strauss era, sin duda, una de ellas.

—No, no, Elena, el placer es enteramente mío, querida —dijo Daniel mientras sostenía su mano y la miraba delicadamente.

—Debo confesarle que fue una verdadera sorpresa que me invitase a cenar, Sr. Strauss. —Al momento de decirlo, cayó en la cuenta de que quizá no estaba siendo muy cortés preguntando tan directamente por el motivo de la cita.

—Nunca había entrado en Los Castellanos, a pesar de que llevo casi toda la vida viviendo en Santiago —reconoció ella, mientras se quitaba la chaqueta y alzaba la cabeza para contemplar detenidamente la estancia.

—Me encanta este lugar, siempre que vengo a Galicia me alojo en el Hostal de los Reyes Católicos, pero a comer siempre vengo aquí. Su decoración es espectacular y tienen el mejor jabalí con castañas que he comido nunca.

—Quizá el jabalí es un poco fuerte para cenar —comentó Elena sorprendida.

—Tienes toda la razón, por eso me he tomado la libertad de pedir unos platos variados fríos.

En ese momento, el metre y dos camareros entraron portando unas bandejas con diversos embutidos, algunos quesos para untar y una botella de vino Mencía de la Ribeira Sacra.

—¿Te gusta el Mencía? —preguntó Daniel mientras el camarero descorchaba la botella con meticulosidad.

—¡Por supuesto! —aseguró ella—, parte de mi familia es de Sober, uno de los pueblos entre el río Miño y el río Sil, donde se producen estos vinos, a menos de cien kilómetros de aquí. Cuando era pequeña, en el mes de septiembre, mis padres y mi hermano nos íbamos al pueblo para ayudar en la vendimia y hacer el vino, se podría decir que crecí bebiendo estos caldos.

—He leído en alguna parte que la uva se cultiva en bancales a la orilla del río —dijo Daniel mientras observaba, curioso, la etiqueta de la botella.

—Así es, es un tipo de cultivo traído a esa región por los romanos y está considerado como un cultivo heroico por la dificultad que tiene cuidar y recoger la uva. Recuerdo cómo, durante la vendimia, nos dolían las piernas después de subir y bajar por los bancales cargando cestos llenos de uvas. Su desnivel es de más del sesenta por ciento, la única manera de hacer la vendimia es a mano y le puedo asegurar que es muy duro. Nosotros éramos niños y cargábamos pequeños sacos, pero los trabajadores deben subir más de cuarenta kilos sobre sus espaldas.

—¡Vaya, sabiendo eso, creo que me sabrá aún mejor! —exclamó con satisfacción, mientras servía el vino.

—Poco, por favor —pidió ella al tiempo que hacía un gesto para que no colmase la copa—, al fin y al cabo, esta es una reunión profesional y no querrá hablar de trabajo con una borracha. —Elena levantó las cejas y apretó los labios dibujando una divertida mueca al tiempo que Daniel estallaba en una sonora carcajada.

—Directa al grano, me gusta —afirmó Strauss, mientras con una mano le indicaba para que tomase asiento.

Tras una hora de conversación y dos copas más de Mencía, la periodista se encontraba más que encantada con su interlocutor. Daniel mostraba una conversación ágil a la vez que profunda, con toques de humor constantes. Esquivaba con elegancia los intentos de la impaciente Elena por averiguar el motivo de aquel encuentro, a la vez que se interesaba por los trabajos que ella había realizado para su periódico.

—¿Cuántos años trabajaste en el periodismo de investigación? —inquirió Daniel al tiempo que se inclinaba para coger una aceituna.

—Algo me dice que si estoy aquí ya sabe la respuesta —contestó ella con honestidad—. Trabajé como periodista de investigación diez años en un diario regional. Hace dos, realicé un reportaje sobre unas licencias medioambientales para un jugoso negocio de instalación de molinos de generación eléctrica. Políticos corruptos, intermediarios sin escrúpulos, unas empresas muy beneficiadas y un par de funcionarios con remordimientos que me filtraron la información. Yo la contrasté y la publiqué sin saber el pozo en el que me metía. Las sociedades beneficiadas, en realidad, eran empresas pantalla pertenecientes a algunos grandes accionistas de los mayores bancos del país. Los cuales, a su vez, tienen un tanto por ciento elevado en el accionariado de los principales medios de comunicación en prensa escrita, televisión y radio. Durante tres semanas, mi nombre salía todos los días en los informativos de esas cadenas con titulares tendenciosos y con la clara voluntad de manipular mi investigación. Los dos testigos que me habían pasado la información y a los cuales había entrevistado, cambiaron misteriosamente de actitud y me acusaron de que les había engañado. Dijeron que les había grabado en una entrevista que ellos consideraban privada. En fin, de alguna manera les intimidaron y me dejaron tirada, el colegio de periodistas me sancionó por un supuesto comportamiento profesional irregular.

»Entre tanto, alguien se enteró de que me estaba acostando con un hombre casado y lo publicó en las redes sociales y en algún medio sensacionalista. Destrozaron mi vida y la del hombre de la que estaba enamorada, al cual consideraba mi marido, aunque sabía perfectamente que estaba casado con otra mujer. Acabaron por invitarme a abandonar el periódico y no me contrataron en ningún otro. Tras ocho meses de entrevista en entrevista, fui bajando el nivel de exigencia y acabé aceptando un trabajo en una tienda de fotocopiadoras.

»En resumidas cuentas, mi vida y mi profesión se fueron por la borda por publicar aquello. A mi madre, por todo lo que sufrió, le sobrevino una apoplejía y lleva los últimos dieciocho meses en un hospital casi paralizada.

»Desde entonces, pago las facturas gracias a mi trabajo haciendo fotocopias y me alegro de haber superado aquella etapa. Pero reconozco que en todo el día no he parado de preguntarme cómo es posible que alguien con tú, Daniel, viviendo a diez mil kilómetros de distancia, se haya podido interesar en una humilde y defenestrada experiodista como yo.

Elena contó su historia desapasionadamente, como si otra persona hubiera sido la víctima de lo que, sin lugar a dudas, había sido un duro trance en su vida. Daniel escuchó el relato con atención, aunque, evidentemente, conocía los pormenores de lo sufrido por ella, no apartó la vista ni un solo instante de su invitada.

Era obvio que el texano analizaba cada expresión, cada gesto y cada una de las palabras con las que ella relataba lo ocurrido. Cuando finalizó, Strauss se tomó unos segundos para reflexionar en silencio.

—Como sabrás, dirijo una pequeña revista, editorial y productora multimedia, la llamamos Crypto. Poco a poco ha ido mutando y creciendo, adaptándonos a las circunstancias y a las nuevas tecnologías.

—Por lo que he leído es una de las publicaciones más influyentes a nivel mundial —apuntó ella.

—Es posible, lo que sí es cierto es que nuestro trabajo gusta y desde que generamos contenidos por pódcast y YouTube hemos multiplicado por 100 nuestros suscriptores en todo el mundo. Emitir en inglés y español nos garantiza llegar a una gran parte de la población mundial y eso nos permite una fuente de ingresos regular, pero, sobre todo, nos da libertad. No dependemos de ningún gran medio de comunicación con su consejo de dirección, ni de accionariado. Grabamos los programas en el estudio de mi rancho y no tenemos coste de estructura así que todos los recursos que generamos, se dirigen a nuestras investigaciones.

—Un gran trabajo, sin duda —dijo Elena mientras agitaba la cabeza afirmativamente

—Recientemente hemos comenzado a incorporar a nuestro equipo a nuevos profesionales, que puedan participar en nuestro proyecto realizando algunas investigaciones sobre el terreno, entrevistando a testigos, llegando allí a donde nosotros no podemos llegar. Necesito personas de mi entera confianza, que puedan investigar de forma discreta y sin que se las pueda relacionar de ninguna manera ni conmigo ni con Crypto.

Elena se señaló a sí misma con el dedo pulgar de forma interrogante, mientras masticaba una loncha finísima de jamón de bellota.

—Obviamente —contestó Daniel al tiempo que entrelazaba los dedos detrás de su cabeza y se acomodaba en su asiento.

—He de reconocer que esta es la entrevista de trabajo más rara que he tenido, aunque también he de decir que no he tenido muchas últimamente —reflexionó ella en voz alta.

Daniel Strauss se incorporó y se acercó caminando a la puerta de la estancia con paso solemne. Los camareros no habían vuelto a entrar en la sala tras dejar la comida en la mesa y el texano entreabrió la puerta y se giró hacia ella.

—¿Un té? —preguntó.

—Rojo, por favor.

Pidió para él una menta poleo e invitó a Elena a sentarse en el chaisselonge que ocupaba una de las esquinas del reservado. Sentándose en un butacón, el cual acercó previamente, para poder estar cerca de su interlocutora.

—Como sabes, hace muchos años que investigo. Diferentes países, armas, drogas, corrupción política, judicial, policial. El mundo es un lugar bastante loco, lo único infinito es el universo y la estupidez humana y de lo primero no estoy tan seguro.

—Einstein, ¿verdad? —le cortó Elena rápida, como si de un concurso de televisión se tratase.

—Pues no lo recuerdo, la verdad —dijo Daniel simulando estar algo avergonzado por haber citado sin conocer la fuente, estallando acto seguido, en una sonora carcajada.

—Sí, fue Einstein estoy segura, lo vi en alguna cadena de esas de correos electrónicos con frasecitas profundas.

—Probablemente —Daniel inspiró—, pero de lo que te voy a hablar no es de estupidez, más bien todo lo contrario.

—Estoy intrigada —reconoció Elena enarcando las cejas.

—En las investigaciones que he hecho como agente de la DEA y, más tarde, como periodista, siempre ha habido una vocecilla que me decía que había algo, un nexo. —A Daniel le cambió el rictus en ese momento y Elena percibió que se tomaba muy en serio lo que le estaba diciendo—. Podría ser el apellido de un narcotraficante —continuó él—o uno de los testaferros de una empresa pantalla. Un lugar donde empresarios sin escrúpulos acudían regularmente. El director de un banco donde unos terroristas islámicos desviaban fondos para sus fechorías. Esta mera intuición, al principio, con el paso de los años se fue haciendo más fuerte dentro de mí. Cuantas más investigaciones llevábamos a cabo, cuantos más paraísos fiscales o servicios secretos monitorizamos, ese pálpito se hacía más y más fuerte. Había algo que unía todo aquello, pero no de una forma evidente, se trata de un camino que no deja rastro.

—Entiendo —apuntó ella realmente intrigada.

—Con el tiempo, dejé que ese pálpito tomase el timón de nuestras investigaciones en Crypto. Dejó de ser algo de fondo, para convertirse, poco a poco, en el hilo del que tirábamos. Así aprendimos a identificar comportamientos, pautas, formas de actuar y cuanto más aprendíamos, más rápidamente avanzábamos en nuestras investigaciones. Esa nube densa que envuelve todos esos turbios asuntos, se fue poco a poco despejando y llegamos a una conclusión.

—¿Conclusión? —preguntó Elena que a esas alturas ya podía notar como se le aceleraba el pulso y el vello de sus brazos estaba de punta. Gracias a la pasión con la que Daniel hablaba y la expresión de su rostro estaba tomando conciencia de la verdadera magnitud de la puerta que se estaba abriendo ante sus grandes ojos marrones.

—La conclusión fundamental a la que llegamos es que, sea quien sea quien coordine esas operaciones, el poder y el dinero no le importa lo más mínimo.

Elena dio sorprendida un ligero respingo en su asiento.

—Pero ¿cómo es posible eso? ¿Quién crea una red criminal internacional para no lucrarse? —replicó casi indignada.

—Vaya, con tanta cháchara se nos ha hecho tardísimo. Y mañana tengo que madrugar. —dijo Daniel por única respuesta, al tiempo que se levantaba del chaisselongue ante la cara de estupor de Elena—. Querida, mañana tengo una reunión a primera hora en mi hotel, el Hostal de los Reyes Católicos, pero sobre las diez habré terminado. Tengo unas horas hasta la salida de mi vuelo desde el aeropuerto de Lavacolla. Si te interesa unirte a nuestro equipo, te veré allí para desayunar. En caso contrario, habrá sido un placer conocerte y compartir este rato juntos.

—Déjese de rollos, Daniel —le cortó ella—, soy periodista y trabajo en una tienda de fotocopias. Mañana a las diez ya me habré despedido y estaré con usted desayunando. —Casi le riñó al sorprendido texano, el cual se mostraba encantado de la vehemencia de la mujer.

—Esperaba que te lo pensases un poco al menos, ni siquiera hemos hablado de dinero.

—¿Este trabajo me alcanzará para pagar las facturas? —preguntó ella con los ojos brillantes de la emoción.

—Más que de sobra, querida, el dinero no será un problema te lo aseguro.

—Pues no hay más que hablar. Hasta mañana entonces.

CAPÍTULO 3

Desde la terraza superior del hotel se contemplaba una amplia vista del valle, así como del tejado abovedado y cristalino del salón de reuniones. A través del cual, el viejo y Antón, sentados en unas cómodas sillas reclinables, podían observar con todo detalle a los invitados al evento desde un punto de vista casi cenital.

El anciano se inclinó sobre su asiento adelantando el cuerpo hasta casi rozar con su barbilla el dorso de sus rugosas manos. Las cuales se apoyaban sobre la cabeza de un caballo en bronce que formaba la empuñadura de su bastón. Se mantuvo en silencio mientras contemplaba con curiosidad a través de la cúpula. Observaba como, uno a uno, los invitados más ilustres al evento subían al estrado para declamar ante el atento foro.

Antón se mantenía expectante, entre tímido y confuso mientras intentaba, sin éxito, darle en su cabeza un sentido lógico a aquella situación. Tras varios minutos, el anciano hizo un gesto llamando la atención de los recepcionistas, los cuales, discretos y en silencio, aguardaban a una distancia prudencial.

—Caín, por favor, tráenos algo de comer y dos botellas de agua con gas —dijo en perfecto inglés, pero con un ligero acento que Antón pudo identificar claramente como eslavo.

—¿Y los gin-tonic? —se atrevió a preguntar, en tono jocoso.

—Tenemos toda la tarde, amigo mío. —Sonrió el anciano—. Mi nombre es Josef Krasnov —dijo mientras hacía el gesto de inclinar el ala de un imaginario sombrero.

—Encantado, Sr. Krasnov —respondió Antón alargando el brazo para estrechar su mano.

Krasnov la estrechó suavemente con su diestra, poniendo acto seguido la izquierda sobre ambas.

—¿Sabes de dónde procede el gesto de estrechar las manos? Se sabe que tiene más de cinco mil años —dijo tras agitar el francés la cabeza de forma negativa—. Existen antiguas esculturas y grabados con personajes dándose la mano en las culturas asirias. Se cree que cuando dos personas se encontraban en un camino y se paraban a parlamentar, se agarraban mutuamente la mano derecha, como señal de que ninguno la usaría para sacar un cuchillo y matar a la otra persona en un descuido.

—No tenía ni idea, nunca me había parado a pensarlo la verdad —dijo Antón.

—¿Crees que esos de ahí abajo no se apuñalarían entre ellos si pudieran? —dijo con sarcasmo Krasnov señalando la cúpula acristalada.

Bueno, jamás había estado en el evento, pero en ese salón de ahí abajo está la cúspide de la política y la empresa occidental. Hay más poder y dinero concentrado en ese salón, de lo que jamás llegaría a soñar. Solo el hecho de estar aquí para mí ya es un auténtico privilegio.

—No me has contestado —le cortó bruscamente Krasnov.

—Tiene razón —reconoció él—, entre esas personas existen, probablemente, intereses muy contrapuestos, pero esa es la misión de estar aquí, ¿no? Que esas personas tan poderosas puedan dialogar y entenderse en un ambiente distendido.

—Sigues sin contestar —recriminó Josef mirando de reojo a Antón con el gesto de estar a punto de perder la paciencia.

—Sí, claro —dijo él al fin—, supongo que algún invitado tendría motivos para apuñalar a otro. ¿Quién sabe? Guerras comerciales, desavenencias personales, no lo sé, los motivos pueden ser infinitos.

—¿Y por qué crees que no lo hacen? —interrogó Krasnov enarcando una ceja sobre una sonrisilla.

Antón levantó los hombros sin saber muy bien qué contestar.

—Porque es ilegal, por moral, por creencias religiosas, por miedo a la cárcel.

Krasnov pareció quedar satisfecho con la respuesta y se incorporó sobre la silla para señalar con un dedo tembloroso hacía la cúpula de cristal, con cierto aire de hartazgo.

—Todas las personas que ahí ves han ido pasando diferentes tamices sociales, económicos y morales. Existe algo parecido a un sistema de filtrado que deben ir superando poco a poco hasta llegar a tener las suficientes riquezas, influencia, poder, talento o falta de escrúpulos para ser invitado a acudir al evento. —El viejo hizo una pequeña pausa para dar un sorbo a su bebida y tras aclarar su garganta continuó—. Cuando esas personas llegan a estar ahí sentadas, creen haber alcanzado la cima y estar en lo más alto de la escala social. Deciden qué candidato político respaldar en tal o cual país, qué tratado internacional se debe o no firmar, qué tipo de fiscalidad es interesante para sus negocios. O si hay que apoyar militarmente a un bando u otro de un país envuelto en una guerra civil. Tomar ese tipo de decisiones les hace sentir poderosos y a esas personas les encanta.

»El poder acaba siendo como una droga de la que es difícil desengancharse y por ese motivo ninguno de ellos apuñalaría a su vecino. A lo único que esas personas temen de verdad en su vida, es a ser excluidos de la élite a la que pertenecen. El sentimiento de formar parte de un club tan exclusivo, unido al poder, es un cóctel de lo más adictivo.

—Entiendo —dijo Antón pensativo—, pero me ha invitado a venir a este lugar, yo no soy nadie, solo un físico que busca financiación para su proyecto y usted, de alguna manera, tiene el poder suficiente para lograr que me inviten a asistir al evento. Usted debe ser alguien muy poderoso, pero lo cierto es que no tengo la más remota idea de quién es.

—¿Te suena mi apellido? Krasnov —preguntó Josef ladeando la cabeza.

Antón intentó poner la cara menos ofensiva para decir lo obvio.

—No, lo siento pero no, la verdad, ¿es ruso?

—¡Cosaco! —exclamó el anciano algo ofendido—, mi padre era hermano del primer presidente de la República cosaca.

—¿República cosaca? no tenía ni la más remota idea de que existiese una República cosaca.

—Duró poco, apenas tres años escasos, entre 1918 y 1921. En plena revolución rusa, nuestro pueblo tuvo su pequeña ventana de libertad. Pero no te equivoques, ni nos subestimes, nuestra república era un país independiente de verdad, con nuestro parlamento, nuestra constitución, nuestros estatutos. En aquella época, los cosacos éramos casi cuatro millones en toda Rusia y nuestra capital era la ciudad de Novocherkassk, hasta que cayó bajo el ejército Rojo, el cual puso fin al estado cosaco.

»Ni los bolcheviques ni los mencheviques estaban muy contentos con el estatuto especial que teníamos durante el reinado de los Romanov y mucho menos con el nuevo estado independiente. Tras finalizar la guerra, debido a que casi todos los cosacos se habían opuesto a la revolución, nuestro pueblo fue perseguido por los vencedores, exterminando a dos tercios de todos nosotros, en masacres y hambrunas.

»Una parte, los cosacos del Kubán, decidieron plegarse a Lenin y posteriormente a Stalin, siendo reclutados para combatir dentro del ejército bolchevique. Para ellos, la Unión Soviética era la heredera natural del antiguo Imperio ruso. El resto, los que no claudicaron o fueron asesinados, se vieron obligados a emigrar fuera del alcance de la persecución comunista.

»Los cosacos se vieron condenados a una diáspora por toda Europa, durante los años veinte y treinta del pasado siglo. Intentaron adaptarse y convivir en paz en diferentes países. Hasta que alemanes e italianos comenzaron su guerra y les ofrecieron a nuestros líderes retomar las armas para luchar con ellos contra los soviéticos. Los fascistas les prometieron cumplir, de una vez por todas, nuestro anhelado sueño de tener un estado cosaco propio, por fin un país cosaco. Mussolini nos ofreció la región de Carnia, en el norte de Italia, como el lugar donde cumplir el sueño de nuestros ancestros.

»Esta promesa, nos llevó nuevamente a la guerra. Cambiaríamos las estepas heladas por los Alpes cárnicos, pero valía la pena si podíamos ser libres y dueños de nuestro destino. Mira esto —dijo extrayendo de su cartera con cuidado un antiguo billete perfectamente plastificado—, un rublo cosaco, de los pocos que quedan —dijo orgulloso, enseñando el billete vetusto y verdoso con un 100 en su anverso, con la imagen de una mujer con una toga, encima de la de un hombre barbudo, ataviado con una corona sobre el típico sombrero de astracán.

Antón cogió, con toda la delicadeza que pudo, el billete que Josef le ofrecía para contemplarlo al contraluz.

—Jamás había escuchado nada sobre los rublos cosacos, es una joya ¿verdad?

—Y tanto que lo es —dijo muy digno Krasnov recuperando el billete y devolviéndolo con sumo cuidado a su cartera—. Al acabar la Segunda Guerra Mundial —continuó el anciano—, llegaron los acuerdos de Yalta donde Stalin, Churchill y Roosvelt decidieron como quedaría configurada una Europa devastada por la guerra. Uno de los puntos del acuerdo, fue el de retornar a todos los rusos que habían escapado de los soviets a la URSS.