El secreto de Laura - Laura Velasco - E-Book

El secreto de Laura E-Book

Laura Velasco

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Beschreibung

Las vivencias de una persona son las que marcan su vida, su carácter y su forma de ver lo que la rodea. Cuando nacemos nadie conoce los obstáculos que nos podemos encontrar en el camino ni las sorpresas que nos tiene preparadas el destino. Pero lo que nadie sabe es de lo que somos capaces cuando la vida nos pone a prueba. En este libro, Laura Velasco narra desde su propia experiencia todas las oportunidades de crecimiento que le ofreció la vida, sus sentimientos más íntimos y lo que se le pasaba por la cabeza en cada instante. Su vida no ha sido fácil, ha estado marcada por etiquetas, burlas e incluso agresiones, desconocimiento, valentía, lucha, superación y por supuesto, miedos. Cansada de tabúes, ignorancia y falta de información, la autora narra cómo consiguió ser la mujer fuerte y luchadora que es hoy día, ofreciéndole a sus lectores la oportunidad de adentrarse en la vida de jóvenes que están pasando por momentos que no deben ser motivo de noticia y, sobre todo, para demostrarles a aquellos que están luchando que rendirse es perder.

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Laura Velasco Moreno

Edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes.

Diseño de portada: Antonio F. López.

ISBN: 978-84-17542-53-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Mi familia, ese grupo de personas que siempre piensa en mí, me protege y me cuida.

Mi familia, esa gente asignada al nacer, pero también esas otras personas que aparecen en tu camino.

Porque no toda mi familia tiene mi sangre ni todos los de mi sangre son mi familia.

Mi alma gemela, la persona que me inculcó los valores que tengo hoy en día.

La primera persona que me sintió dentro de ella.

La persona que jamás me fallará.

Gracias.

Introducción

La vida es una constante lucha, una carrera de fondo y obstáculos que debemos superar día a día, mes a mes y año tras año. Desde que nacemos hasta que abandonamos este mundo estamos destinados a pelear y luchar por todo aquello que deseamos tener o conseguir, y cuando llegamos al objetivo automáticamente nos fijamos otra nueva meta. Un examen que queremos aprobar, un móvil que acaba de salir al mercado, la atención de un chico o una chica que nos gusta, salir hasta las tantas o el carnet de conducir son algunas de las cosas que solemos desear en una de las etapas más bonitas y a la vez complicadas de nuestras vidas, y es que la adolescencia está llena de nubes de ambiciones que queremos ir consiguiendo. Mi niñez y mi adolescencia también estuvieron marcadas por todas esas metas, pero sobre todo estuvieron definidas por conseguir algo que yo creía imposible, mi identidad.

Capítulo 1La niñez

Me hecriado en una familia normal, en un pueblo de la capital andaluza en una casa compartida con mis abuelos maternos, mis padres, mi hermana pequeña y mis tíos. Mi hermana y yo apenas nos llevamos dos años de diferencia, y siempre hemos tenido una relación muy cercana y cómplice como si de dos amigos se tratara. Sí, pongo amigos y no amigas porque yo antes me llamaba Carlos.

Mi hermana Nuria y yo, cuando no estábamos en el colegio, jugábamos en el patio de mi abuela, un patio grande, luminoso y con multitud de espacios donde dos niños de corta edad podían dar rienda suelta a su imaginación. El cuarto donde se guardaba la lavadora era una cueva pirata, el techado donde se guardaba la leña era una selva y los escalones de la escalera que subían a la azotea eran los bancos de una clase donde «las profesoras» enseñaban a sus alumnos. No, no me he equivocado al poner las profesoras, y es que, aunque me llamara Carlos, en los juegos siempre era Laura. Allí era donde yo me sentía cómoda, en ese mundo de fantasía donde yo era la exploradora Laura, la alumna Laura o Laura a secas.

Un día recuerdo que mi madre me preguntó que por qué me ponía nombre de niña cuando jugaba y yo le respondí que mi nombre no me gustaba, que tenía nombre de niño. No sé qué pensó mi madre en ese instante, la verdad es que me imagino que se le pasaría por la mente «Nos ha salido gay, gay, GAY». Pero la cosa no quedó ahí. A medida que íbamos creciendo mi hermana y yo nuestras diferencias físicas iban aumentando. Mamá, ¿por qué la hermana tiene el pelo largo? —desde este día mi madre comenzó a dejarme crecer el pelo—. ¿Cuando le va a salir lo mismo que a mí? ¿Por qué ella puede usar vestidos? Mi madre siempre me respondía lo mismo, ella es una niña y tu un niño. Con esa diferenciación me empezaron a salir pequeñas calvas en mi cabeza, zonas sin pelo que parecía un césped mal podado. Mi actitud empezó a cambiar, estaba apagada y triste y no quería ver a mi hermana ni en pintura, así que mi madre decidió llevarme al psicólogo para ver que ocurría.

Un día por semana iba a que mi madre hablara con una señora —la psicóloga— y ella me daba un folio para que dibujase a mi familia. Yo, que era muy obediente, así lo hacía, pero no dibujaba la típica familia de cuatro componentes dándose la mano y feliz, no; recuerdo que siempre tachaba a mi hermana del dibujo tras pintarla, que mis colores eran tristes y fríos y que cuanto más pequeña la dibujara mejor. ¿Odiaba a mi hermana y eso me producía estrés? ¿Quería ser el centro de atención? ¿No soportaba que otra persona compartiera el amor de mis padres? Pues no, según la psicóloga tenía celos, pero la típica pelusilla entre hermanos no creo que me hiciera perder el pelo y mucho menos cuando mis padres siempre nos han tratado a las dos por igual, pero claro, se nos escapaba algo, el problema no eran ni mi hermana ni mis padres, el problema era yo.

Los días pasaban hasta que llegaba mi cumpleaños y la navidad, nací un veintiséis de diciembre por lo que en dos semanas tenía multitud de regalos. Siempre vivía los días previos con mucha ilusión, escribiendo cartas con lo que me gustaría tener y en todas ellas siempre pedía muñecas, cocinitas o películas de princesas, pero lo que realmente deseaba nunca me atreví a escribirlo ni a articularlo. Lo que en realidad ansiaba tener era exactamente lo mismo que poseía mi hermana desde que había nacido, pero sabía que no podía escribir eso, no sabía el porqué, pero era consciente de que si lo escribía en esa lista de regalos, lejos de tenerlo por ser imposible, pensaba que se podían enfadar mis padres conmigo, pero en cierto modo, era «el niño» más feliz del mundo cuando abría los paquetes y veía que me regalaban casi todo lo que pedía. Mis padres siempre me complacían, siempre me daban todo lo que podían, sin prejuicios, querían hacerme feliz, querían que yo disfrutara y todo les daba igual con tal de que su primer hijo sonriera y disfrutara de esos días, pero claro, siempre estaba el típico familiar que en vez de regalar lo que el niño o la niña en cuestión quiere, regala lo que a él le gusta y a mí me regalaba balones, coches y equipaciones de fútbol. No digo con esto que haya que dar lo que el niño pide en concreto, pero sí en la línea de lo que le gusta, supongo que si mi sobrino me pide una pelota de baloncesto no le voy a regalar una raqueta. Llegué a cogerle una tirria de lo más grande a esta persona, me hacía llorar cuando desenvolvía sus regalos, en cierto modo notaba que me obligaba a ser quien no era, a usar lo que no me gustaba y a tener lo que no quería. Cuando él veía mis lágrimas siempre me decía «lloras como las niñas, juega con cosas de niños o siempre se reirán de ti, eres un macho», pero allí estaba mi madre para pararle los pies, la pobre tampoco sabía de qué se trataba todavía, pero nadie iba ridiculizar a su hijo por pedir cosas diferente al resto de los niños ni por ningún otro motivo. Hoy pienso que ella lo pasaba peor que yo en esos días. Bueno, en esos días y durante toda mi infancia porque la pobre mujer tuvo que aguantar siempre los típicos comentarios de: «Lo estás mariconeando»; «es culpa tuya por darle lo que pide’»; «lo proteges demasiado»; «si fuera mi hijo no jugaba con muñecas». A ella le daba igual, no iba a cambiar lo que hacía por complacer al resto, a quien quería complacer y criar feliz era a mí.

Para mi abuela materna también era más importante hacerme disfrutar que escuchar al resto, recuerdo que ella me hacía vestidos y faldas con los manteles de la mesa, me ponía mis sudaderas y camisetas en la cabeza como si fuera una larga melena y me dejaba coger sus tacones para jugar. Siempre me trataban en casa como lo que realmente era, como una niña, por lo que no notaba tanta diferenciación ya con mi hermana excepto cuando nos duchaban o teníamos que arreglarnos para salir a la calle.

Capítulo 2Comienza la diferenciación

En el colegio siempre me había arrimado a niñas, mi grupo de amigas estaba formado por Covadonga, Pilar y Rocío, las cuatro inseparables que intercambiábamos cartitas de olor, juguetes y juegos de princesas. Nuestras horas en el recreo las recuerdo como las más felices, siempre jugando y riendo y nunca sintiéndome diferente a ellas. Me querían, no notaban nada raro en mí, era una más y hasta ahí nunca me sentí diferente, pero con las buenas notas y promociones de curso tocó cambiar de centro, dejar el colegio que nos había acompañado durante toda la primaria para empezar un nuevo ciclo en el instituto, un colegio de mayores donde había gente de todas las partes del pueblo, gente que no conocíamos y que casi nos doblaban la edad. Recuerdo que mi madre estaba atemorizada. «He ido a echar la matrícula y los niños hasta se afeitan ya, este va a ser un llaverito a su merced, llevo las carnes abiertas», le decía a mi padre una noche mientras yo intentaba dormir.

«Los niños hasta se afeitan ya». No se me quitaba esa frase de la cabeza, durante buena parte de la noche mi cabeza no pensaba otra cosa. Retumbaban en mi interior esas palabras, aterrada de que algún día me iba a tocar a mí, yo no quería tener barbas, no quería afeitarme, no me sentía como un niño, por qué iba a tener que hacer semejante acción, ¿no había nada que me retrasara ese crecimiento? Aunque eso no lo iba a evitar, solo retrasarlo. Solo con pensar que iba a afeitarme me daban dolores de cabeza.