El sendero de las sábanas - Gonzalo Narvreón - E-Book

El sendero de las sábanas E-Book

Gonzalo Narvreón

0,0

Beschreibung

Franco acaba de cumplir treinta y seis años, es el hijo menor de tres hermanos, nacido en una familia tradicional y adinerada de Buenos Aires, que se mueve en un círculo socioeconómico elevado y exclusivo. Fue educado en uno de los mejores colegios privados de Argentina; se graduó con honores en la Universidad y luego permaneció unos años viviendo en el exterior, cursando un Master en finanzas. Practica tenis y rugby, deportes en los que se inició desde pequeño y los caballos se convirtieron en su afición. Por causa de una inesperada decisión tomada por su hermano mayo y cumpliendo con los mandatos impuestos por su familia, Franco se verá obligado a tomar la posta, recayendo sobre sus hombros el peso de transformarse en el heredero natural de imperio familiar y de asegurar un descendiente que pueda continuar con el linaje. La mayor parte de su tiempo la dedicaba a llevar adelante los negocios familiares, primero bajo el ala de su padre, de la que lentamente se fue alejando. A pesar de haber nacido en cuna de oro y de vivir en un mundo rodeado de confort y de bondades, su alma le esta demandando experimentar nuevas aventuras, el contacto estrecho con la naturaleza, y fundamentalmente, romper con todos los moldes y mandatos establecidos. Tras una noche de intenso trabajo y de una mañana atiborrada de reuniones en su despacho, quizá dando respuesta a sus deseos más profundos, de un modo inexplicable y fantástico, Franco abrirá sus ojos y se dará cuenta de que su despacho ha desaparecido y que, de pronto, se encuentra parado en medio de una ruta desconocida, que pareciera conducirlo hacia ninguna parte. Incrementando su incertidumbre, se topará con un misterioso y fantástico sendero que, internándose en el medio del espeso bosque, lo llevará a transitar por increíbles escenarios, haciéndolo testigo preferencial de las más libidinosas y eróticas escenas que Franco jamás hubiese imaginado que pudiese llegar a presenciar.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 233

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Gonzalo Narvreón

El sendero de las sábanas

ISBN Libro en papel: 978-84-685-6320-6

ISBN eBook en PDF: 979-85-387-4479-4

ISBN eBook en ePub: 978-84-685-6321-3

Impreso en España

Editado por Bubok Publishing S.L

 

 

 

 

“No hay más realidad que la que tenemos dentro, por eso es que la mayoría de los seres humanos viven tan irrealmente, al creer que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten que su mundo interior se manifieste.”

 

– Hermann Hesse –

 

 

 

 

 

Dedicatoria

A todos aquellos a los que no les interesa estar del lado de la mayoría y prefieren vivir siendo fieles a sus sentimientos y a sus principios.

 

Gonzalo Narvreón

Índice

 

– Introducción –

Parte 1 – La rutina –

Parte 2 – El muro –

Parte 3 – El sendero –

Parte 4 – Jugando un solitario –

Parte 5 – La dama se entretiene –

Parte 6 – La sábana naranja –

Parte 7 – La insatisfacción –

Parte 8 – La pasión –

Parte 9 – La dulce espera –

Parte 10 – Lo indefinido –

Parte 11 – La humillación –

Parte 12 – Las chozas –

Parte 13 – El Joven y la Dama –

Parte 14 – La Joven y el Caballero –

Parte 15 – La escalera empinada –

Parte 16 – Juego de hombres –

Parte 17 – Cosas de mujeres –

Parte 18 – El acantilado –

Parte 19 – Ángeles y Demonios –

Parte 20 – La noche –

Parte 21 – El tigre y Las dunas –

Parte 22 – Lo unos y los otros –

Parte 23 – El cañón –

Parte 24 – La cueva del demonio –

Parte 25 – No todo es lo que parece –

– Epílogo –

– Introducción –

 

 

P

uede que los sueños y las fantasías sean las más nítidas expresiones de los deseos de una persona, y que, inconscientemente, se conviertan en el motor más poderoso para movilizarla.

Franco deberá indagar dentro de su ser, para poder comprender por qué fue elegido como protagonista de la extraña y fantástica aventura que le tocará vivir, y deberá encontrar el significado de cada uno de los escenarios por los que el sendero de las sábanas lo hará transitar.

 

Parte 1 – La rutina –

 

L

a noche envolvía a la ciudad, y apenas una tímida claridad comenzaba a asomar en esa madrugada casi primaveral.

El amplio despacho en el piso veinticinco se encontraba casi en penumbras. A excepción de la tenue luz emitida por una lámpara apoyada sobre el escritorio y por las cuatro pantallas planas en las que se desplegaban uno tras otro gráficos y números indicando las cotizaciones de divisas en diferentes mercados internacionales, el resto era absoluta oscuridad.

Franco había permanecido en su despacho, frente a las pantallas, inmerso en los negocios de su familia. Las diferencias horarias con otras regiones, hacían que no tuviese horarios fijos de trabajo y debía adaptarse a lo que las necesidades le demandaran.

Bien entrada la noche, y presa del agotamiento, se había quedado dormido sobre el escritorio. Transcurrida media hora, y luego de haberse despertado sobresaltado, se había dirigido hacia el sillón con la idea de distenderse solo por unos minutos, aunque, finalmente, había caído nuevamente en un profundo sueño.

Lentamente, la luz exterior comenzaba a filtrarse por el vidrio de la fachada, mientras que, en el horizonte, el cielo se tornaba rojizo.

Franco comenzó a despertarse, sintiendo los ojos cansados y la boca reseca, producto de haber pasado tantas horas frente a las pantallas y de no haber ingerido durante la prologada jornada de trabajo.

Agarró el celular que había dejado sobre la mesa ratona y vio que eran casi las 07:00 a.m. Tenía varios mensajes que no pensaba responder hasta estar despabilado, por lo que volvió a dejarlo sobre la mesa.

Se acercó a la ventana y observó como una espesa niebla cubría la superficie del río y a toda la ciudad, dejando apenas percibir las luces de los vehículos que circulaban por la avenida. Franco sintió ganas de escaparse de sus obligaciones, aunque tenía programada una intensa agenda que le ocuparía toda la mañana y sabía que era imposible evadir esos compromisos.

Caminó hacia el baño privado que tenía dentro de su despacho, se quitó la ropa y parado frente al espejo, comenzó a pasar la máquina eléctrica sobre su rostro para recortar la barba que llevaba al ras, y que lucía como si hubiese sido prolijamente pintada. Luego se metió bajo la ducha que utilizaba casi a diario, tras recorrer en bicicleta los veinte kilómetros que separaban su departamento de la oficina.

El baño privado era un detalle particular que Franco le había solicitado a los arquitectos cuando construyeron las oficinas, ya que necesitaba contar con esa comodidad y con el espacio en el que pudiese tener ropa guardada para cambiarse ante un eventual viaje imprevisto y urgente que le impidiese pasar por su departamento.

Permaneció un buen rato bajo el agua tibia, disfrutando de la sensación de relax que le producía, luego de una noche de mal dormir, mientras que descargaba las tazas de café que había ingerido durante la prolongada jornada de trabajo.

Cerró los grifos y agarró un toallón blanco de entre varios que tenía apilados en los estantes de acero inoxidable. Comenzó a secarse parado frente a un espejo que cubría de piso a techo una de las paredes y que reflejaba su metro ochenta y cinco de altura y su físico armoniosamente tonificado, cubierto de vellos castaños que se ocupaba de recortar prolijamente.

Franco acababa de cumplir treinta y seis años y era el hijo menor nacido en una familia tradicional del norte del Gran Buenos Aires, que se movía en un círculo socioeconómico elevado y exclusivo. Cumpliendo con los mandatos impuestos por su familia, había estudiado en uno de los mejores colegios de Buenos Aires y luego había completado sus estudios universitarios de grado y de posgrado en Argentina y en el exterior.

Practicaba tenis y rugby, deportes en los que se había iniciado desde pequeño. Las visitas al campo de la familia eran permanentes y los caballos se habían convertido en una de sus aficiones. Franco era un eximio jinete, lo que lo había llevado a incursionar en el mundo del Polo, aunque solo de manera amateur.

Su hermano mayor, Mauricio, era el heredero por naturaleza. Primogénito, académicamente preparado, deportista, sociable, físicamente atractivo, conocedor de los negocios de la familia. Nada le faltaba como para ser el sucesor y la imagen perfecta de las empresas.

Luego de haber cumplido con los mandatos impuestos y estando a punto de casarse, una noche, Mauricio había juntado a la familia para confesarles sus inclinaciones sexuales, lo que había generado un gran disgusto a sus padres. En un abrir y cerrar de ojos, los proyectos del patriarca familiar quedaban hechos cenizas y la relación entre ellos se había resentido profundamente, al punto de que Mauricio había decidido dejar sus funciones en las empresas.

Ana, la hermana del medio, era artista plástica y tenía un espíritu bohemio. Al igual que sus hermanos, contaba con una sólida formación académica, pero lejos estaba de interesarse en los negocios familiares, más que en los beneficios económicos que estos le brindaban.

Por descarte, e inevitablemente, el peso de la continuidad del apellido y de estar al frente de los negocios, había recaído sobre Franco, quien había asumido la responsabilidad obedientemente y desarrollaba su función de manera eficiente.

Lo que en un principio le había provocado una sensación de poder y había puesto su ego y su autoestima por las nubes, con el correr de los años, esa posición impuesta se estaba convirtiendo en una carga sobre sus hombros, y si bien era una persona joven, año a año la percibía más y más pesada.

A pesar de haber nacido en cuna de oro y de vivir en un mundo rodeado de confort y de bondades, su alma le estaba demandando aventura, contacto estrecho con la naturaleza, y fundamentalmente, romper con todos los moldes establecidos.

Franco terminó de secarse y agarró del armario un traje gris oscuro, camisa blanca, una corbata lisa azul Francia, medias grises y zapatos y cinturón negros. Se puso desodorante, se vistió y sobre sus muñecas y cuello disparó un toque de Black 212 VIP de Carolina Herrera, que por esos días era su perfume predilecto.

Regresó a su despacho y se sentó frente a las pantallas para chequear emails. Sintiéndose muerto de hambre, decidió salir para comer algo en algún bar y, fundamentalmente, para respirar un poco de aire fresco.

Su asistente golpeó la puerta y tras el permiso de Franco, ingresó con agenda en mano, con un vaso de café con leche y dando los buenos días.

Franco comenzó a incorporarse y la asistente le recordó que en cuarenta y cinco minutos estaba agendada la primera reunión del día, por lo que no tendría suficiente tiempo como para un desayuno tranquilo y distendido.

Haciendo un cambio de planes y maldiciendo por dentro, le pidió a su asistente que le trajese un suculento sándwich para comer en su despacho antes de la reunión.

La asistente se retiró y Franco volvió a pararse frente a los vidrios que lo separaban del exterior.

El sol comenzaba a elevarse y la niebla ya estaba casi por completo disipada, por lo que se podía ver el río, que se perdía más allá del horizonte.

No supo por qué, o quizá sí, comenzó a pensar en cómo hubiese sido su vida si su hermano no hubiera tomado aquella decisión, que, por cierto, lo había puesto a él en el lugar en el que estaba y con el peso de concebir un heredero para la familia.

Recordó que luego de aquella noche en la que Mauricio se había confesado, comenzaron a mantener extensas charlas en las que hablaban sobre sus vidas, sobre sus deseos, sobre sus expectativas, sobre sexo, sobre las experiencias que cada uno había tenido, sobre sus fantasías y sobre la vida en general.

En una de esas charlas, Franco le había confesado que, en una noche de verano, estando sus padres en medio de uno de tantos viajes que hacían por negocios y por placer, se había acercado al cuarto de Mauricio. La puerta estaba entornada y había escuchado a su hermano conversando con otro hombre. Franco se había asomado tímidamente, y había visto a su hermano parado frente a su amigo, con sus caras a diez centímetros de distancia y que comenzaban a besarse. Franco no podía creer lo que estaba viendo y permaneció estático. Mauricio comenzó a quitarle la camisa a su amigo y en ese momento, Franco regresó sobre sus pasos y caminó hacia su cuarto, donde permaneció movilizado por lo que acababa de ver.

Pasadas unas horas, Franco había bajado a la piscina, y apenas unos minutos después, aparecía su hermano con el amigo, ambos vistiendo shorts de baño, con sus torsos desnudos y se zambullían en la parte profunda. Franco no entendía como su hermano, un hombre masculino y varonil, que siempre había sido su guía, estaba teniendo sexo con otro hombre, también de aspecto masculino y que, de hecho, jugaba al rugby en el mismo club en el que ellos jugaban y que se sabía, estaba de novio con una de las jugadoras de la primera división de hockey.

En ese momento, Mauricio no solo no había sentido vergüenza alguna por lo que Franco le había contado, sino que se rio frente a la situación, sin reflexionar sobre si el episodio pudiese haber conflictuado a su hermano, más allá de que ambos habían superado los veinticinco años y ya estaban bastante creciditos.

Finalmente, el entendimiento de Franco y su postura de no juzgar, los había llevado a unirse aún más y a ser más compinches.

También recordó que cuando Mauricio apareció en la casa con su novia para presentarla formalmente a la familia, él se había sentido un tanto confundido, ya que no tenía claro para donde estaba yendo su hermano. Lo había visto besándose con un hombre y sabía que habían tenido sexo, y al tiempo aparecía con una mujer con la que supuestamente se iba a casar…

Franco le había planteado el tema a Mauricio, y este le había respondido que estaba experimentando, que quería probar y que no le importaba nada todo lo que les habían metido en la cabeza ni lo que el resto pensara sobre lo que él decidiera hacer con su vida. Yendo aún más lejos, le contó sobre cosas que hacían algunos de sus amigos, incluso padres de sus amigos, y le había dejado una espina clavada cuando le dijo “Quién sabe lo que nuestros padres hacen entre cuatro paredes o si lo hacen con otras personas.”

Esa noche, Franco sintió que se había producido un punto de quiebre dentro de su estructura y que la curiosidad despertaba en él. Lo que tenía claro era que por naturaleza o por razonamiento, era una persona que no se inmiscuía ni juzgaba la vida ajena y que sus límites eran que las cosas estuviesen dentro de la ley.

Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos. La asistente ingresaba con una bandeja que dejó apoyada sobre la mesa ratona frente a los sillones. Franco agradeció y hambriento, se sentó a devorar el sándwich.

Muy a su pesar, en pocos minutos, la maratón de reuniones comenzaría y en eso debía enfocarse.

 

Parte 2 – El muro –

 

C

oncluida la ajetreada mañana en la que había logrado cerrar un par de negocios y luego de ajustar algunos detalles de agenda con su asistente, Franco se encontraba nuevamente solo en su despacho.

La naturaleza llamaba, por lo que se dirigió al baño. Al regresar, se sentó en el sillón frente a su escritorio para leer y responder algunos correos. Levantó la mirada, observó a través de la ventana y notó que el clima estaba realmente extraño. Aflojó el nudo de su corbata, desabrochó los dos primeros botones de su camisa, se quitó los zapatos y se incorporó para caminar hacia los ventanales, donde permaneció parado mirando hacia el río.

El cielo se había encapotado completamente y, como salido de la nada, en cuestión de segundos, un intenso y espeso manto de niebla cubría nuevamente a la ciudad, disminuyendo la visibilidad casi a cero metros.

Franco clavó su mirada en un horizonte que no podía divisar y cerró sus ojos. Su rostro comenzó a distenderse y a reflejar un estado de relajación, de tranquilidad y de paz, como si hubiese alcanzado otro plano de vibración; parecía estar inmerso en una profunda fase de meditación.

De un modo incomprensible y por fuera de la física, el despacho comenzó a desmaterializarse, como si cada punto unido que conformaba el todo, comenzara a disgregarse hasta desaparecer. Franco percibió que las cargas de los mandatos impuestos dejaron de pesar sobre sus hombros. No más pantallas, no más números ni gráficos, no más celulares ni emails; no más reuniones ni obligaciones.

De pronto, Franco abrió los ojos y tuvo que entrecerrarlos para evitar que los rayos de un intenso sol que brillaba sobre un cielo diáfano y profundamente celeste lo lastimaran.

Miró a su entorno y comprendió que estaba parado en una ruta ubicada en el medio de ningún lado. Una ruta que jamás había transitado y que siquiera reconocía. Su primera reacción fue la de apartarse del asfalto y de quedarse parado sobre la polvorienta tierra que oficiaba de banquina.

Miró hacia el suelo y se dio cuenta de que calzaba sus zapatillas de tracking, que vestía bermudas tipo cargo, una camisa de mangas cortas liviana; llevaba sobre su cabeza un gorro con visera y sobre su espalda colgaba su mochila roja y negra.

Hizo lentamente un giro de trescientos sesenta grados para intentar comprender donde estaba y que es lo que había sucedido. Nada hacia atrás; solo a lo lejos, el efecto visible del aire caliente moviéndose sobre el asfalto. Hacia el frente, el mismo efecto y solo la ruta infinita que parecía no tener fin, y que, aparentemente, conducía hacia ningún lado; ni un solo cartel que indicase lugares y distancias.

En ambos laterales, campo abierto y solo eso. Ni animales, ni siembras, ni una casa o molino. Solo la ruta desierta, sin autos ni camiones.

Franco no entendía absolutamente nada. En un abrir y cerrar de ojos, ya no estaba en su despacho, la espesa niebla y las nubes habían desaparecido, como también había desaparecido su traje y el ajetreo de la ciudad.

De manera intuitiva y, curiosamente, sin sentir temor alguno, comenzó a caminar por la banquina de tierra, pensando en que, más cerca o más lejos, finalmente encontraría un pueblo o al menos una casa a la vera del camino, en la que pudiese averiguar dónde estaba y de qué manera regresar, aunque, en verdad, en ese momento, regresar no era un tema que le preocupase.

Pensó en que, más allá de cómo o que fuera que lo hubiese transportado a ese lugar y a esa situación, definitivamente lo había sacado de donde justamente estaba deseando salir.

Franco continuó caminando con paso pausado. Conforme avanzaba, notó que, hacia su derecha, la vegetación empezaba a verse más tupida y que paso a paso, grupos de árboles lucían más frondosos y robustos, y que comenzaban a conformar un espeso bosque que tenía un aspecto más parecido a un ambiente patagónico, que al de un entorno rural.

Luego de media hora de caminata, a la derecha de la ruta, e inesperadamente, apareció un estrecho sendero de tierra que se internaba en el espeso bosque.

Franco pensó que, seguramente, se trataba del acceso a alguna estancia, por lo que decidió cambiar el rumbo para comenzar a transitarlo.

De manera repentina y casi mágica, la ruta solitaria, silenciosa y anodina que estaba dejando detrás, se convertía en un ambiente repleto de sonidos y de colores.

Sobre ambos costados del sendero que se encontraba cubierto de cortezas, entre piedras grises, marrones, blancas y negras, circulaban dos arroyos de agua cristalina. Franco se acercó y se inclinó para tomar con ambas manos un poco de agua que comenzó a beber. Se sentía pura y fresca, como un regalo que le ofrecía la naturaleza en estado virgen.

Buscó dentro de su mochila un par de botellas que solía llevar, vació el contenido y las llenó con el preciado líquido.

Guardó las botellas, se incorporó y miró hacia arriba, observando cómo los rayos del sol apenas podían filtrarse entre las tupidas copas de los árboles, que se entrelazaban unas con otras. Continuó avanzando por el sendero, percibiendo el sonido de los animales que habitaban el lugar, del viento que circulaba entre la espesa vegetación y del agua, que producía un ruido como si estuviese cayendo por un sinfín de cascadas.

A medida que avanzaba, comenzó a encontrar dispersos lo que parecían ser pedazos de piedras y de mampostería, que con el correr de los años, habían sido rodeados e invadidos por la vegetación. Seguramente, eran ruinas de lo que en algún momento fueron construcciones. No lucían como piezas pertenecientes a una típica construcción rural, sino que parecían ser pedazos de una ruina Jesuita, algo que resultaba realmente llamativo en ese entorno.

Todo era tan extraño, que Franco siquiera intentó analizar ni racionalizar nada; simplemente se entregó a lo que estaba viviendo y se enfocó en agudizar sus sentidos.

Continuó avanzando y frente de él, la frondosa vegetación comenzó a ceder espacio, dando lugar a un área más abierta en la que los rayos del sol penetraban fácilmente entre las copas de los árboles.

Extrañamente, en medio del sendero, un enorme portal inserto en un espeso muro, parecía ser el paso natural por donde continuar el recorrido.

Franco detuvo su marcha y permaneció parado frente a la construcción, que comenzó a observar detenidamente. A pesar de las grietas y de algunas piezas faltantes que dejaban asomar bordes de ladrillos, se lo percibía realmente sólido. Su color coral tierra contrastaba con la gama de verdes que lo rodeaba. Un ancho marco de madera permanecía firmemente agarrado en torno al vano, y hacía suponer que, en algún momento, debió existir la hoja de una inmensa puerta que ya no estaba.

Por sobre el vano, creciendo desde dentro del muro, asomaban algunas hojas que parecían ser helechos.

Le llamó la atención que el dintel de madera, si bien formaba un vano rectangular, en la parte superior tenía la forma de un arco de un cuarto punto y la distancia hasta la línea horizontal inferior parecía ser de madera maciza.

Por sobre el vano, tallado en el muro, observó que había una inscripción. Se alejó unos metros para poder ver mejor y pudo leer “El sendero de las sábanas.” Si había algo que faltaba para agregar más misterio a la situación que estaba viviendo, era esa inscripción. ¿Qué significado podía tener esa frase tallada en un muro construido vaya a saber cuándo y dentro de un bosque ubicado en el medio de la nada?

Volvió a acercarse, se sentó sobre la hierba fresca, descolgó la mochila de su espalda, se quitó los zapatos, apoyó la espalda sobre el muro, cerró los ojos y se quedó plácidamente dormido.

Parte 3 – El sendero –

 

F

ranco abrió los ojos sin entender dónde estaba ni lo que había sucedido. Se sintió hambriento y buscó en su mochila algo que pudiese ingerir.

Afortunadamente, encontró unas barras de cereales que solía tener para recargar energías durante sus largas salidas en bicicleta.

Comió los cereales y agarró una de las botellas que había llenado con agua del arroyo y tomó la mitad del contenido. Se puso las zapatillas y se colgó la mochila de sus hombros.

Luego de haberse incorporado, se paró frente al vano por donde continuaba el sendero. Claramente, debía avanzar para encontrar señales de vida, o debería regresar a la ruta, en la que no había nada de nada. Decidido, dio el primer paso y apenas su pie atravesó el umbral, sorpresivamente, una extensa sábana blanca satinada cubrió el sendero, al menos hasta donde Franco llegaba a divisar.

Sorprendido ante lo que estaba viendo, retrocedió sobre su paso y la sábana desapareció. Volvió a avanzar y nuevamente la sábana cubrió el camino que tenía por delante.

Claramente, ahí estaba el significado de la inscripción tallada en el muro sobre la puerta “El sendero de las sábanas.”

Franco pensó que estaba teniendo un sueño extremadamente singular y sumamente creativo, ya que no podía ser que todo esto le estuviese sucediendo.

Continuó con el juego de avanzar y de retroceder, viendo como el manto de tela aparecía y desaparecía una y otra vez. Finalmente, decidió avanzar hacia donde fuese que el sendero lo condujese.

Miró hacia atrás y pudo ver como sus huellas quedaban marcadas sobre la sábana tras cada paso que daba. Pensó que seguramente no debería ser el primero en transitarlo y, aun así, la sábana delante de él se encontraba reluciente.

El sonido de la naturaleza se había intensificado en cantidad y en volumen. Franco comenzó a percibir los diferentes aromas que emanaban de las hiervas y entre ellos, uno muy particular que le resultaba sumamente afrodisiaco y que era casi igual al de una fragancia que solía usar cada vez que sabía que tendría actividad sexual.

Delante y a través de los rayos del sol que se filtraban entre los árboles, pudo ver una especie de garúa que caía tenuemente, casi como si fuese rocío.

Un grupo de colibríes agitaban sus alas y permanecían en el mismo lugar, como suspendidos en el aire y bebiendo esas diminutas gotas que el viento llevaba de aquí para allá.

Definitivamente, Franco no sabía de qué se trataba todo eso, solo que, en su interior, sintió que era precisamente lo que su ser estaba necesitando y que se lo venía reclamando a gritos desde hacía tiempo.

Una inmensa piedra que formaba un túnel, cruzaba de un lado al otro del sendero y en cada lateral, como enmarcando el camino, había una antorcha, desde las que danzaba el fuego.

Definitivamente, alguien debía estar cerca; las antorchas no se encendían solas, pensó Franco, aunque tampoco los caminos se cubrían con sábanas.

Tras haber pasado el túnel de piedra, uno cien metros más adelante, un pequeño y angosto puente de madera sorteaba un vacío por el que pasaba una caudalosa y agitada corriente de agua. Franco se detuvo, con un pie pisó tímidamente para verificar que los tablones estuviesen en buen estado y para asegurarse de que el paso fuese seguro. Aunque con cierto resquemor, avanzó cautelosamente, aferrándose con las manos a las lianas que había en los laterales.

Terminó de cruzar el puente y la sábana que tenía por delante se había convertido en un intenso color borravino oscuro. Giró la cabeza y vio que, del otro lado del puente, cubriendo el tramo que ya había transitado, la sábana continuaba siendo blanca, y que tenía sus huellas estampadas.

El sendero comenzó a hacerse cada vez más estrecho y la vegetación más espesa. En un tramo, Franco apenas pudo caminar sin engancharse con las ramas que invadían el camino y tuvo que agacharse para poder pasar por el último tramo en el que las ramas cruzaban de un lado al otro, entrelazándose y formando un túnel.

Súbitamente, llegó a un claro en el que, a excepción del césped que cubría la superficie del suelo, el resto de la vegetación había desaparecido. Hacia la izquierda del sendero, aguas cristalinas de un pequeño lago acariciaban al césped. Franco se acercó y pudo ver cardúmenes de coloridos peces acercándose a la orilla para alimentarse de insectos que se posaban sobre la superficie del agua. Hacia la derecha, una serie de tótems ubicados sin un patrón específico parecían emerger de debajo de la tierra. A la distancia, pudo percibir una serie de dibujos lineales grabados sobre las piedras.

Franco se aproximó y se paró frente a uno de ellos; un prisma rectangular de piedra rojiza y porosa, con las aristas desgastadas. Sobre una de sus caras, aproximadamente a metro ochenta desde el césped, se veía claramente tallada la imagen de perfil de un cuerpo masculino con el miembro erecto, al que el hombre agarraba con una mano.

Unos cincuenta centímetros por debajo, la imagen de una mujer también de perfil, con una mano sobre uno de sus pechos y la otra entre medio de sus piernas.

En la parte superior de cada dibujo, había un texto tallado sobre la piedra en un idioma que a Franco le resultaba incomprensible. Imaginó el significado de las imágenes, aunque no hacía falta ser un erudito como para entender que se trataba de un hombre y de una mujer que se estaban masturbando.

Franco se ubicó en la cara siguiente del tótem, y en el dibujo superior, vio a un hombre y a una mujer que simbolizaban claramente una escena de fornicación. Debajo, lo que parecía ser la misma pareja, pero en otra postura sexual.

Fue hacia la siguiente cara en la que se veían dos hombres y una mujer; debajo dos mujeres y un hombre. Se paró frente a la última cara en la que estaban tallados dibujos con diferentes situaciones, todas relacionadas con actos sexuales.

Recorrió cada uno de los tótems, que eran más de diez y que parecían contener en conjunto la recopilación de la sexualidad humana. Era un compendio de lo que Franco alguna vez había experimentado, de lo que alguna vez había fantaseado y de lo que en su vida hubiese imaginado que se podía llegar a hacer.