El simulacro - Fiamma Baldasarini - E-Book

El simulacro E-Book

Fiamma Baldasarini

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Beschreibung

La propuesta de un matrimonio para toda la vida no se pudo sostener. Los motivos que llevan a tomar la decisión de compartir el tiempo, los proyectos y los cromosomas son desconocidos o confusos. Fiamma Baldassarini, terapeuta de parejas, nos propone reconocer el camino del desencanto amoroso, que avanza en silencio en muchas uniones que no se hacen preguntas o que se adaptan a vivir en un clima de incomodidad o sufrimiento. Este libro revela numerosas historias de parejas que se acercaron a la consulta para ponerle fin a la angustia y a la renuncia de una vida mejor. El divorcio es la ruptura del proyecto amoroso y también es la mágica libertad para empezar de nuevo. El simulacro es un alto en el camino hacia el divorcio, un ensayo, una evaluación reflexiva destinada a minimizar los daños colaterales que son inevitables cuando el clima de sufrimiento ha invadido el clima cotidiano de bienestar, indispensable para crecer. En un divorcio hay actores principales y otros a quienes se les cambia el escenario sin tener mucha información. Todos merecen ser cuidados. La propuesta de un simulacro previo a un divorcio donde se toman en cuenta, sin abogados ni jueces, todas las variables para las decisiones que luego serán definitivas, es sin duda la invitación a un camino de reflexión y cuidado. Así, se abre un espacio entre el pensar y el actuar que facilita transitar un cambio con características de duelo.

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Seitenzahl: 272

Veröffentlichungsjahr: 2023

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El simulacro

Fiamma Baldassarini

El simulacro

Ensayo para un divorcio

Índice de contenidos
Portadilla
Legales
Agradecimientos
Sinopsis
Prólogo
Introducción
PRIMERA PARTE
La infidelidad de la memoria
El encuentro
Las distintas miradas
Ahora o nunca
Mamanunu
Buscando respuestas
La industria del amor
Romanticismo, enamoramiento
Acuerdos frecuentes
Los confusos, intensos y agotadores años noventa y su continuación
La bacha
SEGUNDA PARTE
El simulacro
Anahí y Fito
Los de adentro y los de afuera
El amor es una UTE
Cumbres borrascosas
La famosa capacidad de amar
Jony y Lola
¿Podemos pensar que sin sexo no hay pareja?
Sebastián y Fabio
Alberto y Julia
TERCERA PARTE
Carlota y el desamor
El desencanto amoroso
Reflexiones sobre la pareja del siglo XXI
Carta al cielo (o La caja azul)
Preguntas frecuentes
Epílogo

Baldassarini, Fiamma

El simulacro : ensayo para un divorcio / Fiamma Baldassarini. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Deldragón, 2023.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-8322-50-6

1. Divorcio. 2. Ambiente Familiar. 3. Psicoterapia de Pareja. I. Título.

CDD 155.643

Diseño de interior y armado de cubierta: Laura Restelli

Diseño de cubierta: Ian Sabanes

Ilustraciones de interior: Julio César Parissi

© 2023, Fiamma Baldassarini

Derechos de edición en castellano reservados para todo el mundo.

© 2023, Ediciones Deldragón

[email protected]

www.edicionesdeldragon.com

@edicionesdeldragon

Primera edición en formato digital: julio de 2023

Versión 1.0

Digitalización: Proyecto451

ISBN edición digital (ePub): 978-987-8322-50-6

Queda hecho el depósito que prevé la ley 11.723

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.

Este libro lo dedico a Carlos León, mi pareja,

con quien aprendí los secretos para ser

socios, amigos y cómplices.

AGRADECIMIENTOS

El primer empujón,

Hernán Firpo.

El compañero que ayuda y sostiene,

Diego Mileo.

El que resuelve todos tus problemas,

Julio César Parissi.

A mis hijos:

Lucas, gracias por la mirada de orgullo

frente a todos mis proyectos.

Moma, gracias por acompañarme

desde tu sensibilidad de artista.

Candela, gracias por tu chispa,

sabiduría y buen humor.

Mariano, tus comentarios de ferviente lector

me ayudaron a retomar caminos.

Gracias a Fabiana por leer que las energías de

los astros acompañaban mi escritura.

Y a Tomy, que es el último que llegó a mi vida

para ocupar un gran espacio en mi corazón.

Las palabras me emocionan. Con este libro quisiera que el lector y yo nos conozcamos dentro de un espacio de descubrimientos donde mi historia, la de mis pacientes y la del propio lector se involucren en la búsqueda de la manera, lo más saludable posible, de vivir lo que nos toque vivir.

El desencanto amoroso es la patología responsable de anular el entusiasmo de uno de los proyectos que da sentido al paso del tiempo, a la formación de nuestra identidad y a poder sobrellevar la idea de la muerte.

El alivio del dolor es el resultado de una comprensión de a dos o de a tres y la construcción conjunta de caminos útiles para crecer en armonía.

La vida no nos permite ensayar la vida, me dije cuando definí el concepto del simulacro, es decir, poder pensar que tenemos la posibilidad de ensayar, con el formato de una herramienta terapéutica y en un ambiente cuidado, una de las experiencias que, por representar un cambio importante, va a alterar y modificar para siempre nuestra vida y la de terceros.

SINOPSIS

En la primera parte del libro me doy a conocer compartiendo mi historia familiar, en lo que se refiere a la construcción del amor y el desencanto amoroso.

La formación académica, el psicoanálisis, la psiquiatría o la “magia” de los psicofármacos en nada se comparan con el aprendizaje que se adquiere escuchando el conflicto del otro desde su propio diseño.

Muchos proyectos de uniones van cambiando de nombre, casi forzadamente, para adquirir actualidad y despegarse del peso del compromiso, sin darnos cuenta de que estar con otro, compartiendo el cuerpo o las ilusiones, siempre es un compromiso. Disfrazado de un touch, de desapego o de juego, buscamos esa compañía que aligera el camino.

La idea directriz de este libro es compartir con el lector mi experiencia como psicoterapeuta de parejas. La invitación permanente es a la reflexión sobre los motivos que generaron el encuentro amoroso, en la necesidad de encontrar en el otro aquello que completa nuestra identidad o nuestro proyecto en la vida, siempre teniendo en cuenta cada historia.

Este camino lo recorro compartiendo mi propia historia, como médica, como madre y como pareja. Todos los colores de la paleta que descubrimos en las terapias con los hombres y mujeres que se acercan atravesados por el dolor de vivir el tiempo sin rumbo o sin sonrisas, son el resultado de quien soy como persona y de mi formación profesional. No me ubico en el lugar del saber, ni de jueza. Reconozco que vivir en pareja es un desafío que muchas veces tomamos a la ligera, con un esperanzado entusiasmo, sin darnos cuenta de que estamos haciendo una inversión con el capital más importante que tenemos: el tiempo.

En una segunda parte, describo una nueva técnica terapéutica, a la que llamé el simulacro. Como todo lo que me fue sucediendo dejó marcas en mi historia y, además, por aquellas experiencias traumáticas que dejaron profundas cicatrices, advertí que, si hubiera podido pensar, reflexionar, ensayar sin presiones que lo inmediato impone, seguramente el daño habría sido menor. El contrato se hizo, la familia se formó, nuestro plan involucró a muchas personas, bienes, ilusiones y proyectos. No sabíamos dónde poner nuestros resentimientos y el divorcio aparecía como la mágica solución.

Vamos a darnos una oportunidad diferente; vamos a probar antes de actuar.

También describo historias de parejas que aceptaron hacer el simulacro de su divorcio. Muchas de ellas lo concretaron, otras lo repitieron o decidieron reanudar la pareja dándose una nueva oportunidad. El eje del tratamiento fue el aprendizaje para hacer acuerdos, conocer los motivos de la unión y compartir las expectativas individuales.

En la tercera parte, la historia de Carlota nos ayuda a comprender el trauma que puede generar el desencanto amoroso y reflexiono sobre las parejas de este nuevo siglo.

Encantada de conocerlos. Quisiera comenzar este encuentro tratando de entender un punto importante del tratamiento. Seguramente han elaborado respuestas muy completas y complejas sobre los motivos que los han llevado a pensar que, frente a un malestar o conflicto, la terapia los puede ayudar. Prefiero comenzar por preguntarles cuáles son los motivos que los han llevado a unirse, a decidir compartir el tiempo de vida con el otro. ¿Por qué están juntos?

PRÓLOGO

El simulacro es un proyecto que toma vida, se adapta y se modifica con cada experiencia. Es un ejercicio de prevención y reflexión guiada que no todas las parejas están dispuestas o tienen las posibilidades de llevar adelante, ya que las resistencias se apoyan, en muchos casos, en situaciones muy comprensibles, como son la necesidad de acelerar la resolución del conflicto, la idea de ponerle fin a la angustia o a las dificultades en la organización que, tarde o temprano, se deberán afrontar. Pero, sobre todo, porque no tenemos el aprendizaje para comprender que los conflictos son determinados por múltiples causas, por lo cual pueden ser abordados y resueltos de variadas maneras. No hay una única solución para un problema, pero sucede que no tenemos tiempo ni entrenamiento para lograr el abordaje de otros caminos. La prevención y los ejercicios de ensayo de situaciones traumáticas es uno de esos caminos, pero hay muchos otros que van apareciendo cuando incorporamos el hábito de pensar en una realidad más amplia que el reproche, el malestar, la incomodidad y el cambio de planes en las relaciones. En todos los casos, el afecto sostiene la continuidad y este —al que también podemos llamar inclinación, deseo o necesidad— se puede alimentar, del mismo modo que se puede destruir o dejar que muera. La continuidad, especialmente en las parejas que tienen el proyecto de formar una familia o de mantener un vínculo amoroso, está ligada a un concepto que podemos discutir. Si recordamos todas las veces que nos sentimos enamorados y, siguiendo nuestro sincero deseo, armamos un proyecto, veremos que nos involucramos en la construcción de una historia que, con el transcurrir del tiempo, se desdibujó o no funcionó como habíamos imaginado.

Entonces, ¿no era amor? Tenemos años, hijos y miles de recuerdos archivados. Quizá fue amor, pero con las características de otra época. Aunque, de todos modos, aquello que llamamos amor debería habernos dejado un saber sobre nuestra manera de amar.

Tener definiciones o ideas aproximadas de cómo queremos vivir y, además, saber que el tiempo nos irá rediseñando los proyectos, es la manera más tolerante y menos omnipotente para definir nuestros sentimientos.

INTRODUCCIÓN

Los misterios de la evolución de las especies y la adaptación del psiquismo para seleccionar las conductas más favorables en pos de la supervivencia atraparon mi interés, aun cuando no había entendido la participación de nuestras decisiones en el desconocido destino.

Para tomar decisiones y planificar hay que pisar terreno firme, saber de qué somos capaces, qué es lo que exactamente queremos conseguir y qué plan B tenemos si no lo logramos.

Me atrevo a decir que a la edad donde debemos tomar las grandes decisiones, no estamos seguros de nada, dado que recién ahí empezamos a construir nuestra identidad. No conocemos nuestros miedos y desestimamos hacer un plan para no sentirnos atados a él, porque preferimos que el plan nos sorprenda, como una manera de considerarnos libres y poder experimentar.

La estructura familiar en la que crecemos también se tambalea, sufre terremotos por arriba de los seis grados o, a veces, en el peor de los casos, los mandatos familiares son asfixiantes y nos vemos obligados a manifestar la rebeldía. De todos modos, el entorno familiar todavía sigue siendo la paleta de colores que elegimos para la obra de arte de nuestra vida. Pero cuando no hay colores, cuando no se sabe qué hacer con los hijos, cuando hay desinterés, caos y confusión, pensar en qué queremos hacer con nuestra vida se torna un imposible.

Vamos creciendo y cambiando, con algunas pocas certezas, con muchas incertidumbres, con preguntas sin respuestas, con la curiosidad de saber qué hay después de crecer y que cuando nos llamen “señor” o “señora” nos preguntaremos si ser como nuestros padres valdrá la pena. Se trata, entonces, de elegir cómo crecer sin tantos daños colaterales.

En mi caso personal —más adelante les contaré mi historia—, como inmigrante italiana que llega a la Argentina junto con el padre y la madre a hacer la América, mi crecimiento fue ciertamente autodefinido por el desinterés de ellos.

Iba pintando mi cuadro, con los colores de mi entorno, y fui dibujando un barco que trataba de llegar a un puerto donde yo pudiera ser útil y ayudar a quienes sufrían. Pero soplaban vientos de discordia y el barco se movía cada vez más, hasta que encalló contra todo un continente y se perdieron en el mar los sueños de familia, el buen humor de mi padre, la voz de mi madre y la tranquilidad de poder volver del colegio a jugar debajo de la mesa donde mi mamá cosía vestidos para sus clientas.

Entonces, decidí estudiar Medicina. Fui inclinándome lentamente hacia la prevención para que, aunque vinieran los huracanes y las trombas marinas, yo estuviera preparada, ensayando todo aquello que podría suceder y provocara daños.

No trato de seguir una explicación lineal para mi inclinación terapéutica sobre la prevención, pero me gusta pensar sobre los motivos que son el motor de mi vida, y hace más de treinta años que la seguridad, basada en el comportamiento, es el eje de mi pensamiento.

Trabajé, durante quince años, en el programa CRM (1) de Aerolíneas Argentinas del cual, en su adaptación a la idiosincrasia de este país, me siento una de las fundadoras. Generé un check-list sobre los factores emocionales que un piloto debe tener en cuenta antes de iniciar el vuelo, no solo en lo técnico, como se valoraba en ese momento, sino también en lo afectivo, es decir, las preocupaciones sobre los hijos, los divorcios o las deudas. El check-list decía que, al hacerse esas preguntas, se tomaba conciencia del conflicto, si los hubiere, ¡y así tendrían el 50 % de la batalla ganada! No es poco para quien tiene la responsabilidad de llevar cuatrocientas almas a destino. Y estamos hablando de muchos años atrás.

Luego llegaron las empresas petroleras y metalúrgicas, donde trabajamos en equipo durante muchos años tratando de prevenir los accidentes, los incidentes, las conductas impulsivas y la conducta irreflexiva.

En mi vida sucedieron cosas que no pude prevenir, y por las cuales volví a sentir el miedo ancestral, ese que no tiene nombre.

Mi consultorio nunca dejaba de funcionar, y la desconfianza en el futuro de las nuevas generaciones, la confusa marca que dejamos los padres en nuestros hijos y el psicoanálisis silvestre y poco entendido hicieron que comenzara el camino de la psicoterapia de parejas, las que, formadas bajo todo tipo de acuerdos, los rompían frente a la primera dificultad, y también parejas constituidas a la antigua, que veían en el divorcio la solución a sus conflictos.

Toda esta problemática estaba enmarcada en movimientos que rompen reglas y estructuras, en protestas necesarias de legítimos cambios y defensas de los derechos de la mujer, y donde la permanencia de las relaciones parentales, para garantizar la supervivencia de la especie, había caído en desuso. Hoy mandan las redes sociales; ellas han tomado el lugar de nuestras verdaderas compañías y amistades. Son las generadoras del poder, de los privilegios y se erigen en el sostén de los encuentros sexuales.

Me di cuenta de que los motivos por los cuales se constituye una pareja resultan desconocidos por ambos integrantes. Las compatibilidades, los proyectos en común, las ideologías o los acuerdos sobre los hijos muy pocas veces se aclaran o discuten. Más bien se van viendo sobre la marcha, se suponen o se niegan. De esta manera, aparecen frases como: “No me di cuenta”, “Antes era distinto/a”, “Un día todo cambió” o “Quiere hacer otra vida”. Nada de todo eso es cierto.

La decisión no contempló todo lo que significa vivir en pareja o formar una familia. Probablemente no se dijo la verdad sobre lo que cada uno espera de la vida ni de cómo quiere vivirla en el trabajo, en la economía, en la educación de los hijos, con las aspiraciones de cada uno, con sus amistades y con las familias, o cuáles son los proyectos. A veces se prioriza la vida sexual, otras veces la comodidad y la tranquilidad de ingresar a un estatus de adultez que servirá como red de contención, pero no se tiene en cuenta que sostener un “nosotros”, en armonía, es una decisión cotidiana. Ser feliz es un compromiso con uno mismo al que le dedicamos poco tiempo de reflexión, y es entonces cuando la fantasía de un cambio de vida se vuelve la llave del paraíso.

“Yo, antes”, dice un paciente refiriéndose a antes del matrimonio, “hacía con mi tiempo lo que quería, no daba explicaciones, no toleraba los amigos que no quería, era dueño de mi dinero, no rendía cuentas sobre lo que ganaba, si quería viajar lo hacía, no tenía que pedir permiso, no tenía que cuidar a los chicos, me divertía, no lloraba… Por eso hemos decidido el divorcio, en paz, de buenas maneras, con respeto”.

¡Qué pena! Con tantas historias de parejas que la vida del planeta ha proporcionado a nuestros ancestros —la literatura, la música, el cine y las telenovelas mexicanas—, ninguno de nosotros pudo planificar, organizar y exigirle a nuestro lóbulo frontal que desarrollara estrategias para aumentar las probabilidades de tener éxito con nuestra pareja.

Las leyes incluyeron la figura de la mediación obligatoria en los juicios, sobre todo en los divorcios. Esta comunicación forzada comenzó a dar sus frutos. Frente a la mediación, no había más remedio que acordar, pactar, resolver, hablar…

Apareció en mi mente la necesidad de darle forma a una herramienta terapéutica que permitiera el ensayo de una de las situaciones traumáticas más importantes de la historia vital de una persona, EL DIVORCIO, que incluye un cambio de estado emocional con características de duelo, una alteración de la identidad social y un perjuicio para terceros, que son actores pasivos y espectadores del conflicto.

Pero la vida, en general, no da la oportunidad de ensayar o de probar el resultado de las decisiones que tomamos. Tenemos que tirarnos primero a la pileta y después comenzar a nadar, sin profesor que nos sostenga y con teorías ajenas.

Por eso, el simulacro es un espacio de reflexión cuidada por un acuerdo terapéutico, donde se ensaya durante tres meses, sin jueces ni abogados, y donde se revisa, una y otra vez, la decisión que cambiará el rumbo, pero con daños colaterales que habrá que minimizar para seguir adelante con el proyecto de nuestra vida de la mejor manera posible.

1. Cockpit Resource Management

PRIMERA PARTE

La infidelidad de la memoria

No olvidar: solo nos contamos la historia de lo vivido que podemos tolerar hoy.

Soy de las personas que miran hacia atrás porque creo que los primeros años de vida son decisivos en la formación de nuestra comprensión del amor, del engaño, del desamor y de lo que después fabricaremos como verdades.

Muchas veces traté de revivir fragmentos del pasado, para comprender el motivo de mis actitudes frente al primer enamoramiento o al primer desencanto.

Voy a compartir un momento donde el inesperado brillo de un pensamiento organizó mi conducta y abrió recursos terapéuticos para comprender, benévolamente, algunos tramos de mi historia.

La madurez no es sinónimo de sabiduría. En la madurez todos elevamos las cejas en señal de traer los recuerdos y creemos —o estamos seguros— de haber vivido muchas experiencias que dejaron un gran aprendizaje, así como también abundantes sufrimientos. Esta categoría de persona con experiencia, o que ha vivido mucho, genera un estatus al estilo de un genio retirado sentado sobre un saber omnipotente. Los recuerdos que vienen a la memoria ya están predigeridos y se refieren a situaciones que respetan solo nuestra verdad, la que podemos sobrellevar a través del tiempo.

No estamos en busca de “La Verdad”; solo es muy ventajoso entender el sistema de creencias que usamos para contarnos las historias que hemos vivido. No es fácil acceder, por ejemplo, a la información sobre la construcción de nuestra autoestima o saber cómo nos amaron nuestros padres. En muchos casos, uno es un extraño ante sí mismo.

A veces ha sido tan fuerte la necesidad de agradar a nuestros padres que, cuando somos adultos, nos volvemos dependientes de la aprobación de la pareja, de los amigos o de los hijos.

Tratando de recordar esos momentos, sus motivos, las explicaciones de actitudes que desencadenaron cambios importantes, situaciones en las que mi desempeño fue confuso y, por consiguiente, me generaron pérdidas, discusiones sin contenido y silencios interminables, me sorprendo sin reconocerme, porque fui capaz de actuar de maneras que, hoy por hoy, no forman parte de mi esquema.

Cuando se trata de la elección de la pareja —es el tema que nos ocupa—, el relato que cada uno tiene acerca de los motivos que generaron esa unión son muy esclarecedores de los motivos por los cuales se encuentran en el consultorio.

La elección de la pareja —novio, esposa, compañero o como el calendario quiera llamarlo—, en un gran número de casos que he tratado como psicoterapeuta, está determinada por una caótica mezcla de ingredientes, la mayoría de ellos desconocidos por los actores que llevan adelante la obra, apoyados en una dosis importante de improvisación. Cada uno se cuenta la historia que puede tolerar.

Pensemos que vamos recortando la realidad, deformándola y agregándole contenidos para poder archivar un recuerdo que pueda comparecer y encajar en nuestra realidad actual. Todo lo que hemos hecho tiene una explicación que, sin sentimientos de culpa, se adecua en el relato, porque en presencia de la culpa o la vergüenza la memoria traiciona a los recuerdos.

Una pareja de adolescentes que llegó a los consultorios externos del Hospital Regional, en Comodoro Rivadavia, me planteó que el embarazo no fue deseado ni buscado y habían pensado, en un comienzo, no seguir adelante con el proyecto de ser padres porque interrumpía y malograba los planes de venir a estudiar a Buenos Aires. Cada uno vivía con sus padres que, seguramente, no aprobarían la unión y tampoco tenían el deseo de comenzar una vida juntos.

Llegados a este punto parecía que la decisión estaba tomada. Pero no te engañes, joven psicoanalista, nada es lo que parece porque todos, en algún momento, necesitamos creer en una historia para apoyar nuestras decisiones.

Ellos se miraron como tomando coraje para hablar y el futuro hombre de la casa —muy delgado, pelo largo castaño, atado en una colita, que muere de ganas de fumar un cigarrillo porque mira el atado sin atreverse a preguntar— explica: “Es que los dos fuimos hijos no deseados. A ella casi la abortan cuando la madre estaba llegando a los cinco meses y a mí me contaron que mi padre no me quería y que por mi culpa se fue, aunque después volvió, pero nunca me quiso.

A ella, una niña que se iba achicando en la incómoda silla de plástico, me bastó mirarla con ternura para que empezara a llorar.

No lograba entender si ellos no querían repetir la historia de sus padres o tenían alguna otra historia que justificara el haber venido a verme.

El relato que se habían contado para justificar el deseo de unirse y de evitar que los padres los separasen fue el de dos sobrevivientes que querían reparar la historia de sus familias y demostrarles que se puede tener hijos y amarlos y seguir juntos. Hasta sentían el deber de hacerlo.

No mentían, decían su verdad, pero era la que construyeron con recortes de alguna historia real.

No importa, a los fines del ejemplo, los diagnósticos posibles ni las historias familiares. Ellos sostenían una verdad sobre la cual construyeron un futuro y tomaron decisiones. Como en muchos casos, cada uno de nosotros ha justificado sus acciones apoyado en trampas y deformaciones de la memoria que, inconscientemente, nos ayudan a asumir las razones de nuestra conducta.

Nos hemos entregado incondicionalmente o no pudimos compartir los monstruos que llevamos dentro. Si tuvimos actitudes irreflexivas, locas y desconsideradas, si engañamos o si esperamos que con nuestro ejemplo o amor las cosas cambien, habremos generado una historia que será reinterpretada a la luz del paso del tiempo y con la comprensión y el orden que da la reflexión. Podemos agregar la tolerancia que nos ofrece el recuerdo sin la crítica.

Recibí construcciones intelectuales múltiples de renombrados psicoanalistas a los que recurrí en busca de ayuda terapéutica y formativa sobre el origen de nuestros miedos, de las actitudes omnipotentes, caprichosas y negadoras o las de descuido absoluto.

Yo recordaba con deformaciones. Una vez, una colega me dijo: “No sé cómo te lo bancás. Tu terapeuta es de los que desangran”.

Viví una época en la que la onda era destruirte el yo y nosotros, que solo necesitábamos entender lo que estaba pasando, estábamos convencidos de que alguien tenía la culpa de estos fracasos, de manera que quedábamos bien fijados a los síntomas por los cuales consultamos al terapeuta.

En el ejercicio de vivir, a nadie le interesa la verdad. Solo buscamos vivir mejor, pensar con más amplitud y no repetir historias dolorosas.

Un paciente, indignado, me dijo:

“¡Ese no fui yo! ¿Por qué no me di cuenta de que ese negocio era demasiado bueno para ser verdad? Perdí dinero y confianza. Tuve una actitud desordenada y autodestructiva que obtuvo una constante búsqueda de alivio de la culpa”.

Los siguientes son “antiinflamatorios” terapéuticos que, con respecto al manejo del dinero, recibí durante algún tiempo. Los cito a modo ilustrativo:

• La hija de un artista bohemio no puede acumular dinero sin traicionar a su padre.

• El dinero te da control y tranquilidad, y esos son valores que no podés permitirte.

• Es la culpa la que nos impide disfrutar y solo buscamos el castigo por tener dinero y darnos los gustos, por eso no pudiste cuidarlo.

Así, el temor a las pérdidas nos acompaña como un fantasma que está en silencio dentro de nosotros y que, en mi caso, me condenaba a una alerta permanente sobre mi conducta tan impulsiva.

Pude organizar, en mis recuerdos, las historias de amor y las de desencanto amoroso. Fui transformando esas certezas absolutas, que me llevaron a amar y a odiar, y a quedarme o irme, en relativos procesos de mi crecimiento, resultados de mi edad, de mis pocos recursos de aquella época y de esa manera particular que tenía de rumiar el disgusto y la disconformidad con la paciencia digna de un monje tibetano. Luego me ausentaba de la escena de conflicto para arrepentirme, con toda calma, de haberlo hecho.

Es misteriosa la urgencia que nos impone el tiempo impulsándonos a tomar grandes decisiones en vidas que recién empiezan a conocerse a sí mismas.

El encuentro

Desde el encuentro hasta la planificación de un futuro juntos hay que poder ser cómplices, amigos y socios.

Es inexplicable, en la mayoría de los casos, la razón que nos une amorosamente a otra persona. Es una decisión que tomamos en un estado que combina el empuje biológico con la necesidad de saltar a otra etapa evolutiva. Decidimos compartir una gran parte del tiempo con el que contamos para llevar adelante planes, proyectos, caminos y deseos, es decir, ideas inventadas en nuestro momento cultural. También decidimos compartir el cuerpo, con los cromosomas incluidos, y en una sorpresiva fusión parental generar la descendencia, esa construcción cultural que busca lograr la completitud.

Los sentimientos amorosos son vivencias determinadas por múltiples factores. Cuando he preguntado a mis pacientes qué les hizo tomar la decisión de unirse al otro, qué cruzó por su mente, cuál fue la tecla que sonó y cambió la melodía, y por qué y de dónde vino esa certeza, recibo respuestas llenas de puerilidad, las que terminan describiendo el armado de un futuro desencanto:

• Es que, al conocerlo, pensé en tener hijos.

• Es una mujer sincera, que es lo que admiro de alguien.

• Lo supe, no lo puedo explicar.

• Es como mi padre, pero mejor.

• Es muy dulce, pero independiente.

Frente a este repertorio de incoherencias se puede pronosticar un camino que garantiza el desamor. Si bien el estar con otro nos ayuda a los seres humanos a defendernos de la idea de la muerte y a llenar el tiempo vacío con proyectos, también es cierto que nos envuelve en una bruma que le quita definición a lo que llamamos la vida de todos los días y, dale que va, perdemos el control. ¿Cuál control? El del tiempo.

El matrimonio, una misteriosa administración

Parece que mi teoría sobre el amor arrasa con el romanticismo, dejando esas emociones mezcladas con la urgencia sexual de los adolescentes.

¿Se puede amar sin pensar? Sí, se puede, y es lo que hacemos con frecuencia.

Quiero aclarar que voy a seguir usando la palabra “amor” porque no estoy en condiciones de redefinir este concepto universal y mucho menos sujetarlo a un proceso de toma de decisiones. Me interesa bajar a la realidad algunas abstracciones que perjudican seriamente la autoestima, tales como los conceptos que, desde hace mucho tiempo, provocan confusión, dolor, muertes, resentimientos y venganzas, y pocas veces observamos que generen uniones perdurables a lo largo del tiempo, ofreciendo bienestar y felicidad. Más bien, todo lo contrario.

El príncipe valiente y la princesa rescatada, los amores prohibidos, las uniones arriesgadas y, a pesar de todo, los amores del silencio, los amores secretos y tantas situaciones como historias hemos generado para completar en el almanaque “la historia de amor de nuestra vida”.

Pablo, 42 años, me explicó los motivos de su sufrimiento amoroso provocado por la falta de confianza de su mujer, Eva. Ella le decía a todos sus amigos que su palabra era, en general, poco creíble y que su forma de ganar dinero era un misterio. Él, además, se sentía muy dolido porque criticaba a sus amigos tachándolos como de dudosa reputación. Por supuesto, ambos coincidían en que la pareja había perdido el rumbo del proyecto original, si es que hubo un proyecto de a dos, pensado y armado con confianza. Yo pienso que esto es falso. Todo falso.

• Eva quería salir de la opresión familiar y se aburría: objetivo cumplido.

• Eva quería estabilidad económica y un poco más: objetivo cumplido.

• Eva quería hijos: objetivo cumplido.

• Pablo quería cambiar su imagen de tiro al aire frente a su familia: objetivo cumplido.

• Pablo quería mucho dinero: objetivo cumplido.

• Pablo quería casa, hijos y una mujer bonita: objetivo cumplido.

¿Qué estaremos discutiendo, entonces? Displacer.

Lo primero que hay que revisar es la historia que cada uno se contó respecto del proyecto amoroso que había comenzado doce años atrás y que, en el momento de la consulta, atravesaba múltiples episodios de displacer y sufrimiento. Por ejemplo, Eva supuso que las características de personalidad de Pablo, como su inquietud, su espíritu aventurero y el amor propio que lo impulsaba a crecer eran pilares tan diferentes a sus inseguridades familiares, que bien valía la pena intentar un proyecto con este hombre que la miraba con adoración. Además, sentía que ella era demasiado para él y eso le encantaba.

El matrimonio es una misteriosa administración, porque se apoya en arenas movedizas y, sin que los protagonistas lo adviertan, van pasando, con la rapidez de un pestañeo, del amor al odio, del “te cuidaré siempre” al “que te jodas”, de “tenemos que compartirlo todo” al “es un perfecto desconocido”.

Con esa misma rapidez, Eva sentía que no era libre, que no era la verdadera dueña del dinero, que Pablo era un rústico que no había pisado ni el patio de una escuela, que era informal y que se había vuelto impresentable. Seguramente, Eva construyó un personaje que no era el Pablo con el que se casó. Pero Pablo seguía siendo el mismo, Eva había cambiado los anteojos.

Pablo estaba desorientado porque, según su apreciación, las cosas le iban bien, tenía una empresa próspera, una casa, varios autos y muchos amigos. Se sentía orgulloso de su crecimiento, pero no lograba ni la admiración ni la satisfacción de Eva ni tampoco el sexo con ella. Se insultaban, uno se quejaba del otro y solían tomar pequeñas venganzas, como las infidelidades o el negarse a hacer el amor y, además, ejercitaban su deporte preferido: hablar mal de la familia del otro.

“Al principio estábamos tan enamorados… Nos reíamos, coincidíamos...”.

Aquí habrá que detenerse y analizar bajo microscopio estas aseveraciones, porque no solamente Pablo y Eva hablan de haber estado enamorados, sino que todo el planeta jura y perjura haber pasado por ese estado y el destino de esos amores han tomado caminos tan insólitos como llenos de lágrimas, sangre, resignación y mucha culpa. En cambio, otros han logrado un acuerdo satisfactorio y obtuvieron paz, independencia y respeto por el deseo de cada uno. Son contadas las excepciones que desvistieron al amor de la palpitante novela mexicana y optaron por una muy saludable amistad.

Las distintas miradas

Nuestra generación entendió que la unión no era para toda la vida y hoy sabemos que es una alianza transitoria de voluntades, acuerdos y deseos.

Es increíble que sean los mismos ojos los que miran un mismo hecho y obtienen conclusiones diferentes, solo por darse el permiso de desconfiar.

Los motivos que llevan a dos personas a formar una pareja, declararse enamorados y, en consecuencia, convivir, para mí han sido una incógnita permanente y, a pesar de que atravieso varias generaciones conociendo los íntimos conflictos de las parejas que llegaron a mi consultorio, he tratado de encontrar respuestas a lo que, de alguna manera, mantiene vivo al planeta.