5,99 €
En el quinto libro de la serie Ciudades, Sara Ladrón de Guevara realiza una exhaustiva investigación sobre el desarrollo urbanístico y la grandeza de El Tajín, el centro prehispánico ubicado en el norte de Veracruz que ha servido como documento de una época y como fuente de inspiración de historiadores, intelectuales y artistas. Así, la autora estudia, en cuatro capítulos, la ubicación y el contexto, la ciudad, el arte y la cosmovisión de "la ciudad que adora al dios del trueno". Ilustrado con fotografías en color, mapas y dibujos de los detalles de murales y tableros, el libro es un homenaje a uno de los lugares más bellos y extraordinarios del mundo.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 186
Veröffentlichungsjahr: 2012
SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA Fideicomiso Historia de las AméricasSerie Ciudades
Coordinada por ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ y EDUARDO MATOS MOCTEZUMA
El Tajín
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA EL COLEGIO DE MÉXICO FIDEICOMISO HISTORIA DE LAS AMÉRICAS
Primera edición, 2010 Primera edición electrónica, 2016
Las fotografías fueron tomadas por la autora y son reproducidas con autorización del INAH Dibujos: Juan Pérez Morales Cuidado de la edición: Rosa Casanova
Diseño de portada: Paola Álvarez Baldit Fotografía de portada: Pirámide de los Nichos (www.photos.com)
D. R. © 2010, Fideicomiso Historia de las Américas D. R. © 2010, El Colegio de México Camino al Ajusco, 20; 10740 Ciudad de México
D. R. © 2010, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.
ISBN 978-607-16-4027-7 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
Presentación
Introducción
I. Ubicación y contexto
El medio geográfico, ecológico y de paisaje
El entorno político; la ciudad en los tiempos del Epiclásico
El contexto cultural
La identidad étnica
La herencia teotihuacana. Influencias y divergencias
La relación con los mayas
Los vecinos huastecas
Los antecedentes en el sur de Veracruz
La pintura de Higueras: los vecinos del centro de Veracruz
Los vecinos cercanos
El ocaso
Resumen
II. La ciudad
El proceso civilizatorio
Ciudad-estado
El espacio diferenciado
El espacio sagrado, el centro ceremonial
El espacio de poder, la acrópolis
Las habitaciones del pueblo, los barrios
Resumen
III. El arte
La arquitectura
La Pirámide de los Nichos
La escultura
Escultura en tres dimensiones
Escultura en altorrelieve
Escultura en bajorrelieve
La pintura
En el área ceremonial
En Tajín Chico
La cerámica
Figurillas de cerámica
Otras artes
Resumen
IV. Cosmovisión
La urbe representa al orbe
El plano horizontal
Los niveles superpuestos
La geometría del tiempo
Los dioses
Quetzalcóatl
Dios Dual
Xólotl
Dios del Viento
Tláloc
Mictlantecuhtli
Dios Ave
Dios Tajín
Dios solar
¿Dios Huracán?
Los mitos
El mito de Juan Atzkin
La hilandera
Popol Vuh
Quetzalcóatl-murciélago
Trece Conejo, gobernante, jugador, sacerdote, sacrificado-sacrificador, hombre-dios
Los ritos
El juego de pelota
El sacrificio asociado al juego
El autosacrificio
¿Sacrificio de infantes?
Otras ceremonias
Resumen
Consideraciones finales
Fuentes bibliográficas
POR MÁS DE TRES LUSTROS, el Fideicomiso Historia de las Américas de El Colegio de México ha presentado proyectos de investigación y divulgación de alto nivel, accesibles al estudiante y al gran público. A la fecha hemos publicado en coedición con el Fondo de Cultura Económica cerca de ochenta estudios originales, merecedores de varias reimpresiones, traducciones y aun de premios.
Iniciamos la Serie Ciudades —con la generosa colaboración del doctor Eduardo Matos Moctezuma— porque pensamos que la historia de México no se comprende sin el conocimiento del mundo prehispánico. Elegimos la ciudad como unidad de estudio porque arroja luz en torno al desenvolvimiento y función de las urbes prehispánicas con respecto a su territorio y a otras urbes mesoamericanas.
La ciudad es la expresión evidente de sociedades complejas que llegaron a reunir a miles y miles de personas en un determinado espacio. En ella se asentaban los poderes y se manifestaban la división social y las relaciones que establecían sus habitantes, además de que en su distribución interna se incluían espacios específicos de gobierno, de administración, habitacional, de intercambio, religioso, de vialidad, defensivo.
Desentrañar en lo posible la compleja función de las ciudades como centros religiosos, cabezas de reinos, centros de acopio y tránsito y goznes de grandes redes comunicantes y complementarias con jurisdicción sobre pobladores y amplios territorios es uno de los objetivos de esta serie.
Las urbes seleccionadas poseen diferentes características, determinadas por su lugar de asentamiento: Tenochtitlan es una ciudad lacustre; Teotihuacan se encuentra en medio de un pequeño valle; Monte Albán está en lo alto de cerros cuyas laderas fueron aprovechadas intensivamente; Palenque nace en la selva, Paquimé en el árido norte, El Tajín en los trópicos, vecina al mar; Xochicalco, sobre el cerro, vigila el valle y el cruce de caminos de abasto de las ciudades del valle de México; Tikal y Calakmul se yerguen como ciudades-estado en los extremos del mundo maya; Chichén Itzá en planicies calcáreas, y Tula, en las goteras del valle de México.
Confiamos en que el lector recibirá este nuevo libro, El Tajín. La urbe que representa al orbe, el quinto de la serie, con el mismo entusiasmo que los anteriores.
ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZFundadora y presidenta del FideicomisoHistoria de las Américas
EDUARDO MATOS MOCTEZUMAInstituto Nacional de Antropolgía e Historia
EL TAJÍN, AL IGUAL QUE OTROS centros prehispánicos, ha servido no solamente como documento de una época pasada, sino de fuente de inspiración de intelectuales y artistas y símbolo de identidad étnica y política.
Ubicado al norte del estado de Veracruz, destaca como máximo desarrollo urbanístico y arquitectónico en la costa del Golfo de México; pero el conocimiento de este sitio no procede tan sólo de noticias e informes arqueológicos, sino de las más diversas fuentes. Así, la Pirámide de los Nichos se ha convertido en un icono reiterado en imágenes institucionales, educativas, comerciales y turísticas con propósitos diversos.
Podríamos dividir las noticias sobre El Tajín entre los viajeros, diletantes y estudiosos por un lado, y la información procedente de exploraciones arqueológicas, por el otro. Tan contradictorias unas como otras. Sin pretender la exhaustividad podemos mencionar algunas relevantes. Entre las primeras podemos ubicar la noticia de su hallazgo por parte de Diego Ruiz en 1785, un cabo de ronda que al pasar por el paraje del sitio apreció la Pirámide de los Nichos entre montículos cubiertos de vegetación y pensó que se trataba de una construcción aislada. Le siguieron viajeros de la talla de Alexander von Humboldt, Guillermo Dupaix, Karl Nebel, Francisco del Paso y Troncoso y Eduard Seler, entre otros.
En cuanto a las exploraciones en el siglo XX podemos enlistar nombres de arquitectos, ingenieros, dibujantes, geólogos y, por supuesto, arqueólogos. Entre otros, destacamos los trabajos de Gabriel García Velázquez, Agustín García Vega, Juan Palacios, Enrique Meyer, Agustín Villagra, Román Piña Chan, Ignacio Marquina, Michael Kampen, Alfonso Medellín Zenil, Paula Krotzer, Omar Ruiz Gordillo, Arturo Pascual Soto.
Mención aparte merecen dos arqueólogos que sucesivamente dedicaron su vida y sus esfuerzos a comprender y a dar a conocer el sitio de El Tajín: José García Payón y Juergen Brueggemann.
José García Payón trabajó en varios sitios arqueológicos en nuestro país, pero a El Tajín le dedicó cerca de cuatro décadas, desde 1938 hasta su muerte en 1977. No sólo exploró y restauró numerosos edificios, lo que significó dar a conocer el sitio a nivel nacional e internacional, sino que procuró explicar la ciudad como una unidad. Por una parte, generó un importante número de publicaciones y, por otra, hizo factible la visita a un sitio que antes de sus trabajos constituía apenas una pirámide en ruinas. Hoy su labor puede parecernos criticable en algunos aspectos, pero si consideramos los recursos técnicos y el alcance del conocimiento arqueológico y metodológico de su tiempo, reconocemos en García Payón a un personaje de la talla de Manuel Gamio y Leopoldo Batres en la recuperación y difusión de nuestro pasado prehispánico.
Juergen Brueggemann, por su parte, aunque nacido en Alemania, siguió sus estudios de arqueología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia y luego en la UNAM. Su enorme producción científica revela un interés en los aspectos teóricos y metodológicos de la disciplina arqueológica. En este marco, estudió a profundidad el área de la costa del Golfo de México y, particularmente, El Tajín, sitio al que se dedicó desde 1984 hasta 2004, año de su fallecimiento. No sólo llevó a cabo un magno proyecto que permite hoy tener a la vista alrededor de 50 estructuras piramidales consolidadas en el sitio, sino que procuró, paralelamente a estos quehaceres, generar conocimiento en torno a los problemas cronológicos, al estudio de la organización social y a la discusión en general del florecimiento y el ocaso de esta magnífica ciudad.
Es de destacar que El Tajín ha encontrado vías para su difusión que no corresponden necesariamente a la del conocimiento científico, sino a la de la creación artística, que a menudo tiene mayor alcance que los documentos de circulación restringida entre los especialistas. En efecto, desde su descubrimiento en el siglo XVIII, la imagen de una pirámide llena de nichos motivó la obra de artistas de disciplinas diversas. En este sentido nos referiremos aquí a dos obras mexicanas del siglo XX, productos del genio y la calidad de un poeta y un pintor: Efraín Huerta y Diego Rivera.
Diego Rivera incluyó en el Palacio Nacional un mural titulado Fiestas y ceremonias. Cultura totonaca, realizado hacia 1950, uno de los últimos que pintó en dicho recinto. La información con la que contó para pintar la ciudad colorida, con correctas ubicaciones para la Pirámide de los Nichos con respecto al Juego de Pelota Sur y a Tajín Chico, procede al parecer de un viaje que aparentemente realizó al sitio en los años cuarenta, a instancias de su amigo el escritor y periodista papanteco José de Jesús Núñez y Domínguez.1 Con seguridad se entrevistó entonces con José García Payón y debe de haber realizado bocetos in situ. Esto le permitió pintar fielmente del lado derecho del mural a los tres personajes que aparecen en el tablero noreste del Juego de Pelota Sur, con sus aditamentos para el juego, protectores, rodilleras, caudas y símbolos de ollin y de tocados. Pero, como propone Itzel Rodríguez al estudiar estos murales, “no se conformaba con reproducir el producto de sus investigaciones, sino que aventuraba interpretaciones que se apoyaban en su propia ideología o en sus concepciones metafísicas, así como en la visión del mundo que difundía el nacionalismo de su época. Visto así, el pasado prehispánico era más una ficción que una realidad histórica”.2
Algunas de las propuestas de Rivera son más exitosas que otras. Pinta, por ejemplo, hermosas techumbres de paja con salientes que equilibran la silueta de los edificios, pero agrega un personaje femenino con una carita sonriente, lo que refuerza la idea errada de que corresponde a la misma cultura. Además, los señores de El Tajín son representados frente a comerciantes tenochcas, un error en términos cronológicos, pues el ocaso de esta ciudad ocurre hacia el siglo XII, y la fundación de Tenochtitlan, en 1325. Otra inexactitud de Rivera es agregar anillos a los muros de la cancha del Juego de Pelota, como los conocidos para otras áreas, pero de los que no se encuentra evidencia en El Tajín.
Otro artista que difundió la exquisitez y el carácter del sitio fue Efraín Huerta, quien publicó en 1963 el poema El Tajín, en el que describe de manera sensible su visita al lugar. Esther Hernández Palacios señala que “Huerta reconoce, en la presencia enigmática de la pirámide, el vestigio de una cultura devastada por sí misma, como si éste fuera el destino de todo acontecer humano”.3
He aquí algunos fragmentos del magnífico poema:
EL TAJÍN
A David HuertaA Pepe Gelada
… el nombre de El Tajín le fue dado porlos indígenas totonacas de laregión por la frecuencia con que caían rayos sobre la pirámide…
2
Todo es andar a ciegas, en la fatiga del silencio, cuando ya nada nace y nada vive y ya los muertos dieron vida a sus muertos y los vivos sepultura a los vivos. Entonces cae una espada de este cielo metálico y el paisaje se dora y endurece o bien se ablanda como la miel bajo un espeso sol de mariposas.No hay origen. Sólo los anchos y labrados ojos y las columnas rotas y las plumas agónicas. Todo aquí tiene rumores de aire prisionero, algo de asesinato en el ámbito de todo silencio. Todo aquí tiene la piel de los silencios, la húmeda soledad del tiempo desecado; todo es dolor. No hay un imperio, no hay un reino. Tan sólo el caminar sobre su propia sombra, sobre el cadáver de uno mismo, al tiempo que el tiempo se suspende y una orquesta de fuego y aire herido irrumpe en esta casa de los muertos —y un ave solitaria y un puñal resucitan.4
Si en el mural de Rivera hay una interpretación del sitio en tiempos de su ocupación, Huerta no pretende aludir en su poema al pasado, sino que expresa su enfrentamiento sensible al abandono del sitio, lo que da el tono emotivo, ligado a la soledad y a la muerte reinantes.
Hoy El Tajín es percibido desde puntos de vista e intereses variados. La Pirámide de los Nichos es un icono que sirve lo mismo a comerciantes de todo giro que a instituciones educativas, así como a la misma Universidad Veracruzana, que la incluye en su escudo.
El proyecto arqueológico dirigido por Juergen Brueggemann tuvo la clara intención de incentivar el turismo en la zona, pues la apertura de cerca de cincuenta estructuras posicionó a El Tajín al revelar con más claridad la belleza de su arquitectura. Es verdad que conocer un sitio arqueológico, adentrarse en él, nos permite percibir una utilización del espacio y una estética particular; en ese sentido creemos que la consolidación de estructuras para la recepción de visitantes es valiosa para el mejor conocimiento de nuestras culturas prehispánicas; pero también es cierto que los sitios no fueron construidos para recibir multitudes. Hace ya diez años que se celebran en El Tajín festejos en la semana del equinoccio de primavera; de manera paralela, en nuestro país ocurre un fenómeno de búsquedas espirituales alrededor de las ciudades prehispánicas, en particular durante la celebración de ese evento astronómico. Los adeptos a estos movimientos poco o nada se interesan por el conocimiento científico o histórico de estas ciudades, sino que generan sus propias versiones, y el 21 de marzo (ocurra o no el equinoccio ese día) acuden a esos sitios vestidos de blanco, con la creencia de que esto los llenará de energía.
El Tajín es ya, según cifras del INAH, el segundo lugar, sólo después de Teotihuacan, en número de visitantes en dicha ocasión. Y si esto puede parecer un éxito en términos económicos o políticos, resulta preocupante una gestión que propicia el abigarramiento del sitio en unos cuantos días. Es preferible, en todo espacio arqueológico, procurar distribuir el número de visitantes en un lapso de tiempo más amplio. Si bien es loable la labor de difusión que se ha llevado a cabo, que seguramente ha propiciado una mayor investigación de su ubicación en la historia prehispánica de nuestro territorio, hay que difundir también el cuidado de esos restos que fueron declarados patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 1992.
Lo que sabemos de El Tajín prehispánico procede del conocimiento construido a partir de la evidencia arqueológica y de la comparación con otras culturas mesoamericanas. La temporalidad no dio lugar a encuentros con cronistas, por lo que no contamos con documentos escritos en lenguas europeas que den cuenta de su grandeza, como sí los hay para la gran Tenochtitlan o la zona maya. Así, este libro se suma a los estudios que han procurado dar cuenta de este magnífico desarrollo urbanístico en las tierras de la costa del Golfo de México. Es un peldaño más al que habrán de sumarse los hallazgos que seguramente todavía nos sorprenderán en El Tajín.
1 Conferencia de Mario Román en El Tajín, marzo de 2006.
2 Itzel Rodríguez Mortelano, “La nación mexicana en los murales del Palacio Nacional (1929-1935)”, p. 60.
3 Esther Hernández Palacios, Los espacios pródigos, p. 82. El mismo Octavio Paz felicitó a Huerta por este magnífico poema en su correspondencia personal fechada en 1964: “(…) Hace unos meses leí, no sé si en la Revista de la Universidad o en Siempre!, un hermosísimo poema tuyo sobre El Tajín. Me alegra que hayas vuelto con tal decisión y certeza a la poesía. ¡Te felicito!”, Letras Libres, núm. 4, abril de 1999.
4 Efraín Huerta, Poesía completa, pp. 241-243.
UBICADO ENTRE LAS ACTUALES ciudades de Poza Rica y Papantla, en el norte de lo que hoy es el estado de Veracruz, en las coordenadas 0° 28' 35" de latitud norte y 97° 22' 39" de longitud oeste, El Tajín se construyó en el ambiente húmedo de la costa del Golfo de México, en un paisaje de lomeríos rodeado por dos arroyos y una vegetación exuberante. No lejos de la sierra ni de la costa, el sitio tuvo acceso a productos de la abundante flora y a la fauna de altitudes diversas. La tierra era fértil y los productos agrícolas encontraban el hábitat propicio. El agua no escaseaba, al contrario, había que controlar sus excesos. La costa era cercana, a unos 30 kilómetros en línea recta, y por lo tanto lo eran también sus productos: el pescado, la concha y el caracol para ornamentos e instrumentos musicales. Arroyos proveían de agua dulce corriente y los ríos caudalosos tampoco eran lejanos; el Cazones y el Tecolutla al norte y al sur del sitio, respectivamente, generaron cuencas aún hoy abundantes, que tienden a desbordarse de manera cíclica. Las tierras frías de la sierra tampoco eran muy lejanas, y esta ubicación permitía también el aprovisionamiento de productos como el maguey para las bebidas rituales: el pulque y el aguamiel. Seguramente esto propició el interés de contar allí con un centro subsidiario, Yohualinchan.
La clara piedra arenisca de la región sirvió de esqueleto a estructuras piramidales. Su exigua dureza permitía trabajarla con facilidad, de manera que la representación escultórica de mitos y rituales encontraba en este recubrimiento el mejor lienzo para hacer perdurar y propagar los mitos. La técnica del bajorrelieve permitía además la representación de dimensiones a partir de los juegos de luz y sombra, que tan magistralmente habían desarrollado en la arquitectura. Los muros eran cubiertos de colores brillantes obtenidos de pigmentos minerales, a veces con un solo color, a veces policromados, y en ocasiones finos trazos evocaban a los dioses que allí recibían culto.
Figura 1. Ubicación de El Tajín y sitios aledaños
La orografía que conformaba alturas diferenciales sirvió para definir las áreas dedicadas a las distintas actividades en el centro urbano. Así, la parte baja dio cabida a construcciones para la celebración ritual. Se construyeron allí edificios sólidos, piramidales, que constituían basamentos de templos, conformando plazas o definiendo canchas para el juego de pelota. Los cerros circundantes competían y complementaban el accidentado paisaje de pirámides y elevaciones recubiertas de muros claros del color de la arenisca y coloreados con pigmentos minerales, en rojo, azul, blanco.
El relieve natural del sitio, que desciende en dirección norte-sur variando entre los 200 y los 140 metros sobre el nivel del mar, era también aprovechado simbólicamente para marcar jerarquías. Así, entre más se elevaban las construcciones más restringido era su acceso; seguramente las residencias más altas correspondían a los cargos políticos y religiosos superiores.
El clima es cálido y húmedo, del tipo senegalés AWA según la clasificación de Köppen-Geiger, adecuado para las actividades al aire libre, para vivir cómodamente vistiendo prendas ligeras de algodón y huaraches, como los protagonistas de los bajorrelieves que revisten los muros. Las temperaturas varían entre los siete y los 40°C, con una media anual de 25 grados centígrados.
Las precipitaciones pluviales ocurren durante todo el año, aunque con mayor intensidad de junio a octubre. Esta humedad propicia la exuberante vegetación densa tropical que da el color verde intenso alrededor del sitio. La vegetación original era la selva tropical lluviosa.
Los cultivos que probablemente fueron la base de la alimentación en tiempos prehispánicos, tales como el maíz, el frijol, el chile y la calabaza, actualmente se producen sobre todo para el autoconsumo. Hoy las tierras son utilizadas para la ganadería, las variedades cítricas, la caña de azúcar, la vainilla. La vegetación nativa es de selva mediana subperennifolia, que debió de predominar en la época prehispánica y que aún hoy, cuando se dejan las tierras sin cultivar, vuelve a crecer exuberante, cubriendo tanto los cerros naturales como los montículos artificiales.
Esculpidas en bajorrelieve se encuentran especies de flora y fauna que quizá existieron en el entorno, si bien en la actualidad se encuentren extintas en la región, tales como el árbol de cacao, las guacamayas, los jaguares. También hay representaciones de plantas y animales que proceden de altitudes muy distintas a las de El Tajín, y que en todo caso se habrían elegido como productos simbólicos de prestigio, como la planta del maguey o el águila.
La condición del subsuelo significó y todavía resulta hoy un problema para la buena conservación de la arquitectura: posee una capa de depósitos de arcillas grises de calidad impermeable sobre la cual se encuentran las arcillas amarillas que sirven de asiento a los edificios. Esto da un sustento muy inestable a los cimientos, pues las intensas lluvias de la región suben el nivel freático, aunque son suficientes pocos días sin lluvia para bajarlo de manera importante. Los cambios sucesivos e imprevistos desestabilizan el subsuelo y provocan movimientos que afectan la estabilidad de las estructuras piramidales.
Para ubicarnos cronológicamente, recordemos que El Tajín se desarrolló entre el 800 y el 1200 de nuestra era. Nos referimos aquí al lapso de construcción y ocupación del centro urbano. Teotihuacan se ubica temporalmente en lo que se ha denominado el Periodo Clásico, abarcando un lapso, en términos generales, de 200 a 800 de nuestra era. Hacia el 650 la gran urbe teotihuacana experimentaba un drástico decaimiento poblacional. En este esquema general de temporalidades, al periodo ocurrido aproximadamente entre el 650 y el 1000 de nuestra era se le conoce por un término que no sólo ubica una temporalidad que se extiende desde finales del Clásico hasta principios del Posclásico, sino que caracteriza un momento de transición: el Epiclásico.
