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El diablo vestido de azul... Gracias a las maquinaciones de sus tías, la tímida Cammie Jo Lockhart había ganado un viaje a Alaska para conocer al hombre de sus sueños. El único problema era que Cammie no se creía lo bastante atrevida como para enfrentarse a la "fauna" de aquel lugar. Hasta que recibió un extraño encantamiento y se convirtió en la sofisticada Camryn Josephine, una mujer fatal dispuesta a demostrarle al chico duro del pueblo que estaban hechos el uno para el otro.
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Seitenzahl: 144
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Laurie Vanzura
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
El talismán del amor, n.º 1349- febrero 2020
Título original: Sexy, Single and Searching
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1328-959-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
SEBUSCAN mujeres atrevidas! ¿Te atreves a convertirte en una esposa de las tierras salvajes?
Cammie Jo Lockhart estaba sentada en la cama con las piernas cruzadas; a un lado descansaba su ordenador portátil y en las manos tenía una revista para mujeres, abierta por la página ciento diez.
Debería estar trabajando, pero las fotos de cuatro atractivos solteros de Alaska, con el torso desnudo, eran mucho más interesantes que su tesis sobre «El papel del ordenador personal en la recuperación de archivos».
Se había sentido fascinada por el número del mes de junio de la revista Metropolitan desde que la recibiera por correo a mediados de mayo. Incluía un concurso de redacción y el premio era una estancia de dos semanas, con todos los gastos pagados en Bear Creek, Alaska.
A Cammie Jo le interesaba el viaje; los atractivos hombres que aparecían en las fotos eran solo un incentivo añadido.
Faltaba poco para que anunciaran a la ganadora del concurso y Cammie Jo suspiró; había sido demasiado cobarde para participar. Miró la foto que disparaba sus fantasías por las noches: Quinn Scofield, guía, Caleb Greenleaf, naturista, Jake Gerard, dueño del pequeño hotel B&B, y por último aunque no menos importante, Mack McCaulley, piloto del pequeño hidroavión que comunicaba Bear Creek con los demás pueblos.
Los cuatro eran increíblemente guapos, pero Cammie Jo no podía dejar de mirar a Mack. ¡Menudo hombre! Era tan seductor que le ardían las manos de solo tocar la página.
Él era todo lo que ella siempre había deseado y nunca había tenido. Tenía un mentón varonil, el pelo corto de color castaño oscuro, las mejillas bronceadas y los ojos de color castaño oscuro. La expresión de su cara era desafiante y parecía decir: no temo a nada ni a nadie.
Había algo en aquella valiente actitud que llamaba la tención de su asustadizo espíritu.
En aquel momento llamaron a la puerta y Cammie Jo se apresuró a guardar la revista bajo las sábanas. No quería que sus tías descubrieran que ella, una seria estudiante universitaria, tenía debilidad por una frívola revista para mujeres, en la cual solo aparecían tontos artículos sobre sexo, amor y romances.
Se colocó las gruesas gafas de pasta negra y se recogió la rubia melena en un moño.
—¡Adelante!
La puerta se abrió y asomaron la cabeza sus tres tías, con las que compartía una casa cerca de la universidad de Texas, en Austin.
—¡Adivina algo! —dijo su tía Coco en tono burlón.
—¡Es muy emocionante! —exclamó su tía Hildergard, y sus azules ojos, del mismo color que los de Cammie Jo, brillaron.
—¡Has ganado! —gritó su tía Kika y aplaudió incapaz de soportar el suspense por más tiempo.
—¿Qué he ganado? —preguntó Cammie Jo.
—El concurso.
—¿Qué concurso?
—El que había en esa revista que te gusta tanto; el de los solteros y las vacaciones pagadas.
—Pero si no llegué a participar —admitió Cammie Jo, al darse cuenta de que la habían descubierto.
Aunque una sensación de preocupación se apoderó de ella, al mismo tiempo sintió que la euforia inundaba su corazón. Pensó en la breve nota que había escrito en un pedazo de papel y después había guardado entre las páginas de la revista, ya que en ningún momento se había planteado enviar aquella redacción de menos de treinta palabras:
Quiero ir a Alaska porque soy muy tímida y lo que más deseo es ser valiente. Si Alaska no me ayuda a superar mi timidez, nada lo hará.
—Encontramos tu redacción y la enviamos junto con la inscripción.
—¡No! —exclamó Cammie Jo.
—¡Sí! —exclamaron sus tías al unísono.
Cammie Jo daría lo que fuera por conocer el lugar de nacimiento de su intrépida madre, pero le daba miedo volar, se ponía nerviosa en presencia de desconocidos, no era capaz de afrontar situaciones nuevas, le asustaban los animales salvajes, no le gustaba estar lejos de casa y le horrorizaba la posibilidad de hacer el ridículo.
—No puedo —afirmó ella.
—Hemos aceptado en tu nombre. Los billetes de avión llegaron en el correo de esta mañana —dijo su tía Kika, mientras le tendía un sobre—. Sales mañana.
—¡No puedo marcharme mañana!
—Claro que sí —intervino Hildergard—. Hemos hecho tus maletas y yo he renovado la receta para tus lentillas.
—Pero si no me gusta llevar lentillas.
—Necesitas mejorar tu imagen. He pedido un color nuevo para que lo pruebes: verde esmeralda.
—No rellené la inscripción para buscar marido. Solo quería conocer Alaska.
—Pues aquí tienes la oportunidad de hacerlo —dijo Kika y le guiñó el ojo—. Estás de vacaciones de verano, así que no tienes excusa.
—Tengo que terminar la tesis.
—Pero tienes de plazo hasta octubre.
Cammie Jo sintió un escalofrío y se metió las manos en los bolsillos del jersey.
—Sabéis que soy demasiado tímida. Por eso no fui capaz de enviar la inscripción yo misma.
—Pero tú quieres ir, ¿verdad? —le animó la tía Hildergard.
La respuesta a aquella pregunta era la gran paradoja de su vida. A pesar de su extremada timidez, de sus reservas cuando estaba con otras personas y a pesar del hecho de que se pasaba los días protegida en el entorno académico, Cammie Jo ansiaba algo de aventura en su vida.
Sus tías intercambiaron miradas significativas.
—Ha llegado el momento de contárselo —dijo Coco.
—¿El qué? —inquirió Cammie Jo.
—Lo del amuleto de los deseos —contestó Hildergard y miró a Coco—. Tienes razón. Tráelo.
Esperaron en silencio mientras Coco iba a buscar el amuleto. Unos minutos más tarde, volvió con una caja de metal gris y una llave.
—Cuando tu madre se dio cuenta de que no iba a vencer al cáncer, nos dio este collar para ti, pero nos hizo prometer que no te lo daríamos hasta que fueras lo suficientemente madura para controlar su poderosa magia —susurró Hildergard.
—¿De qué magia habláis? —preguntó Cammie Jo sin comprender nada
—Abre la caja —le instó Hildergard—. Dentro hay una carta de tu madre para ti.
Las manos de Cammie Jo temblaban mientras abría la caja y miraba el collar de cuentas que había dentro. De él colgaba una espantosa talla como amuleto.
—Vaya… es… —farfulló Cammie Jo—. Es…
—Sí. Es muy vulgar. Pero la ordinariez de la talla no viene al caso —dijo la tía Kika y puso una mano sobre su hombro—. Lee la carta.
Cammie Jo desdobló la carta y el delicado trazo de la escritura de su madre la sorprendió:
Querida hija, cuando leas esta carta habrán pasado muchos años desde la última vez que te abracé. Te dejo el único objeto de valor que poseo. El amuleto de los deseos. Posee unas propiedades mágicas que la mente no alcanza a comprender, pero el poder es real. Les pedí a tus tías que no te lo dieran hasta que tuvieras suficiente edad para conocer el verdadero deseo de tu corazón; sea lo que sea, se hará realidad. Pero está sujeto a ciertas condiciones: solo puedes pedir un deseo, siempre deberás llevar puesto el collar y no debes contarle el secreto a nadie.
Cuando los médicos nos dijeron a tu padre y a mí que no podíamos tener hijos, deseé tener un precioso y sano bebé, y te tuve a ti.
Piensa bien en lo que deseas y pídelo. Créeme, cielo, y el mundo será tuyo. Te quiere, tu madre.
Cammie Jo contuvo las lágrimas mientras leía la carta por tercera vez.
—¡Dios mío! —exclamó mientras daba vueltas al collar en la mano.
Su madre había llevado aquel collar tan extraño y había creído en su magia.
Pues si a su madre le había dado resultado, a ella quizá también le resultara, así que retomó el control de sí misma y se lo puso. El amuleto quedó entre sus pechos y sintió que desprendía un extraño calor, como si hubiera estado al sol en vez de encerrado en una caja durante quince años.
—¿Pido el deseo ahora?
—¡No! —exclamaron sus tías.
—Debes esperar —advirtió Hildergard—, hasta que estés segura de lo que realmente deseas. Una vez que lo pidas, no hay vuelta atrás.
—Recuerda que no puedes hablarle a nadie del amuleto o desaparecerá la magia —dijo Coco, agitando un dedo hacia ella.
—Y no olvides tener cuidado con lo que deseas porque se hará realidad —añadió Kika.
ES LA primera vez que vienes a Alaska? —preguntó Mack McCaulley para entablar conversación.
Eran las tres y media y hacía una tarde espléndida de mediados de junio. Llevaban volando quince minutos y su pasajera no había pronunciado ni una palabra. Mack empezaba a preguntarse si sería muda.
La pequeña mujer que estaba sentada a su lado en el hidroavión asintió con la cabeza.
El exceso de ropa que llevaba: un abrigo con el cuello subido, un jersey de cuello alto y una toquilla de lana le tapaban la cara casi por completo, y lo poco que no estaba tapado, quedaba oculto tras unas gruesas gafas de pasta negra.
Iba abrigada para un invierno en la Antártida, no para pasar unos días de agradable temperatura en Bear Creek. No había forma de saber cómo era su cuerpo debajo de tantas capas de ropa, aunque tampoco le interesaba.
Era más bien el tipo de mujer que le gustaba a Caleb: tranquila, estudiosa e introvertida. Mack sabía con solo echarla un vistazo, que era demasiado tímida para ser una buena esposa en Alaska. Al menos para él.
Mack consideraba que la fortaleza era la cualidad más importante que debía tener su compañera, y aquella mujer no la tenía.
Se había montado en el hidroavión sujetándose a todas las agarraderas posibles, como si pensara que el aparato se fuera a desmoronar bajo su peso. Y cuando él puso una mano sobre su hombro para que no perdiera el equilibrio, ella se sobresaltó.
Desde que despegaron, no había levantado la vista del suelo y apretaba tanto las manos que los nudillos se le habían puesto blancos.
—Sí —susurró ella.
Había tardado tanto en responder que Mack casi había olvidado la pregunta.
Afortunadamente, no todas las mujeres que habían acudido a Bear Creek en respuesta al anuncio en la revista Metropolitan eran tan poco comunicativas. Mack sonrió al recordar a su última pasajera. Una desenfadada pelirroja, con un cuerpo de escándalo, que le había dado su número de teléfono y le había susurrado que la llamara. Ella sí que parecía aventurera.
Mack suspiró. Sus tres amigos y él tenían por delante un excitante verano.
O mejor dicho, sus dos amigos. Quinn ya había seducido y estaba comprometido con la guapa Kay Freemont, la periodista de la revista Metropolitan que había viajado a Bear Creek para escribir el artículo.
Aquella muchacha sentada a su lado, no despertaba ningún interés en él, y estaría mucho más contento cuando la dejara en el hotel de Jake. Después, podría volver a Anchorage a recoger las siguientes pasajeras, que eran integrantes del club femenino de la universidad de Las Vegas. Estaba seguro de que ellas serían mucho más divertidas.
Mack deseaba que su futura compañera fuera alegre. Quería una esposa entusiasta que realmente deseara vivir en Alaska; una mujer a la que le gustaran los largos y oscuros inviernos y los soleados y activos veranos. Quería una amiga.
Para Mack, la valentía era un poderoso afrodisíaco.
En el bolsillo llevaba una lista de las cualidades ideales que debía tener su futura esposa. Aquella lista le recordaba que no debía dejarse embaucar por una cara bonita o un cuerpo seductor, que luego resultara ser todo lo contrario a lo que él buscaba, como ya le había ocurrido en el pasado.
Como último miembro vivo de la familia McCaulley, se había propuesto muy en serio casarse y tener hijos. Y era muy exigente en cuanto a lo que buscaba.
—Pero mi madre nació en Alaska —susurró ella de repente, sobresaltando a Mack—. Era piloto como tú.
—¿De verdad? —preguntó Mack y ella asintió—. ¿De dónde era?
—De Fairbanks.
Aquello explicaba el exceso de ropa. Fairbanks estaba muy cerca del círculo ártico y por lo tanto hacía más frío que en Bear Creek, que estaba en una región costera del sur.
—Así que casi se puede decir que eres de Alaska —dijo él y sonrió.
Mack se compadeció de ella; estaba seguro de que si le gritaba ¡buh!, la chica se desmayaría del susto.
—Supongo que sí.
—¿Y tu madre te ha dejado venir sola hasta aquí? —preguntó él. Estaba seguro de que no tenía más de dieciséis años.
—Mis padres murieron cuando era pequeña.
«Eres un verdadero bocazas, Mack McCaulley», se dijo a sí mismo.
—Lo siento.
Ella se encogió de hombros.
—No te preocupes. No podías saberlo.
—¿Murieron al mismo tiempo?
—No. Mi padre murió en un accidente de coche cuando yo tenía seis años.
—Debió de ser terrible.
—Mi madre entristeció tanto que dejó de cuidarse. Los médicos dijeron que la muerte de mi padre no fue la causa de que su cáncer se extendiera, pero yo sé que sí. Mis padres eran verdaderos compañeros el uno para el otro. Mi madre incluso renunció a vivir en Alaska y a su profesión como piloto, por mi padre.
—Tu madre debió ser una mujer estupenda.
Desgraciadamente, la hija no había heredado el temple de su madre.
—Sí. Lo era.
—¿Así que eres huérfana?
—Me han criado mis tres tías, de manera que nunca me he sentido huérfana. Pero echo de menos a mi madre.
La chica había levantado un poco la voz y Mack se dio cuenta de que tenía un bonito acento. Pensó que quizá fuera de Texas u Oklahoma.
—Eso está bien. Me refiero a que no estás del todo sola.
Afortunadamente, aquella muchacha no era una posible esposa, porque debía de parecer un idiota haciendo aquellos comentarios tan perspicaces.
—¿Tus padres aún viven? —inquirió ella, susurrando de nuevo.
—Mi padre murió el año pasado y mi madre… —dijo él y se encogió de hombros. No quería hablar de su infancia—. Ella nos abandonó a mi padre y a mí cuando yo tenía ocho años. No soportaba los inviernos en Alaska. Ahora vive en Georgia, con su quinto o sexto marido, ya no lo recuerdo.
—¿La ves de vez en cuando?
—No demasiado. Odia Alaska. Dice que la vida salvaje le da miedo —explicó él e hizo un gesto de impaciencia con los ojos—. Además, no se le da bien conservar las relaciones.
—Quizá deberías intentar acercarte a ella. Es posible que se sienta sola.
Mack gruñó.
—Todos los días la invitan a alguna fiesta. No creo que esté sola.
—Cuando se marchó, te hizo mucho daño, ¿verdad?
Mack la miró de reojo.
—¡Qué curioso! —espetó él—. Pareces demasiado tímida para ser tan entrometida.
—No lo soy. Quiero decir… bueno… ¿cuánto queda para llegar a Bear Creek? —murmuró ella.
La había cortado por lo sano. Aquello no había sido demasiado amable por su parte, sobre todo habiéndose dado cuenta de lo que le costaba entablar conversación. Pero no quería hablar sobre su madre.
—Unos treinta minutos —contestó él en un tono más amable.
—Gracias.
—Por cierto, me llamo Mack McCaulley —se presentó él y le ofreció la mano a modo de disculpa por su mala educación.
Ella la miró y dudó un instante antes de estrechársela. Después, la retiró apresuradamente.
¿Acaso tenía bichos en la mano?, se preguntó Mack.
—Sé quién eres. Te he reconocido por la foto en la revista Metropolitan, en la que estáis sentados y sin camisa.
—¡El infame anuncio! —replicó él con sorna.
En aquel momento, ella le miró el pecho fijamente como si estuviera recordando su aspecto en la foto y se sonrojó.
—Pues me llevas ventaja, porque yo solo sé tu apellido —dijo él, dando unos golpes a su diario de vuelo—. ¿Cómo te llamas?
—Cammie Jo.
¿Había dicho Tammie Jo? Mack no estaba seguro, ya que hablaba en un tono de voz muy bajo, pero aquel nombre parecía apropiado para ella. Era anticuado, dulce e ingenuo.
