Vacaciones de placer - Lori Wilde - E-Book

Vacaciones de placer E-Book

Lori Wilde

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Beschreibung

En los folletos, se decía que viajar con Vacaciones Eros a Inglaterra era disfrutar al estilo isabelino, y prometía a quienes contrataban un viaje con ellos que pasarían dos semanas colmadas de historia, aventuras, lujo... ¡y toda un serie de picantes posibilidades! Desde un encuentro amoroso en un torreón o un romántico paseo en barca, hasta una experiencia ardiente en las mazmorras; todo para satisfacer a sus clientes... Tanto la secretaria Roxie Stanley como Dougal Lockhart, un agente de seguridad encubierto, tenían una misión que cumplir, pero en lo único en lo que podían pensar era en el sexo...

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Seitenzahl: 248

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2011 Lori Wilde

© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Vacaciones de placer, Elit nº 479 - diciembre 2025

Título original: Zero Control

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. N ombres, c aracteres, l u g ares, y s i t u aciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9791370008796

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

—El trabajo es vuestro, pero con una condición.

Taylor Milton Corben, dueña y directora general de Aerolíneas Eros y de Vacaciones de Fantasía y Aventura, se cruzó de brazos y miró a los ojos al ex capitán de las Fuerzas Aéreas Dougal Lockhart. Taylor era una sofisticada pelirroja con mechas rubias, ojos castaños y unas piernas que eran auténtica dinamita, pero también acababa de casarse con su mejor amigo, Daniel Corben.

Dougal se irguió, sosteniéndole la mirada a Taylor. Debería haber sabido que había gato encerrado. Por propia experiencia, sabía que siempre era así.

¿Tendría que ver aquella condición con la razón por la que había dejado el ejército y había fundado su propia agencia de seguridad aérea? Era probable que Daniel le hubiese dicho a su esposa lo que le había ocurrido en Alemania. Dougal se metió la mano en el bolsillo y acarició el fragmento de bala de nueve milímetros que había convertido en llavero para no olvidar, y el recuerdo hizo que sintiera pinchazos en la cicatriz del disparo en su muslo derecho, a la misma altura que el bolsillo.

Dougal se preparó mentalmente para aquella condición, que seguramente no le haría gracia, pero con la que no tendría más remedio que tragar. No estaba en condiciones de ponerse melindroso; necesitaba aquel trabajo. Estaba intentando hacer que su negocio despegara, y no era tarea fácil. El mes anterior se había visto obligado a pedir un préstamo para poder pagar a sus empleados. Claro que había cosas que no haría jamás; por mucho que necesitase el dinero.

—¿Qué condición es ésa? —apretó los puños.

—Quiero que tu equipo y tú trabajéis de incógnito como…

—Siempre lo hacemos.

Ella ignoró su interrupción y continuó:

—… como guías turísticos.

—¿Como guías turísticos?

Eso sí que no se lo había esperado.

—Como guías turísticos —repitió Taylor.

—¿Por qué?

—Porque os necesito a tus hombres y a ti no sólo en nuestros aviones, sino también en nuestros complejos turísticos.

Taylor se echó hacia atrás en su sillón, cruzó las piernas y ladeó la cabeza, como si estuviera escrutándolo.

—Mi agencia se dedica a la seguridad en los aviones, no en complejos turísticos —respondió él.

—¿Significa eso que no quieres el trabajo?

Diablos, claro que quería el trabajo, y ella lo sabía perfectamente. Por lo menos no había mencionado Alemania, ni a Ava. Dougal, que estaba de pie con las piernas abiertas, cambió el peso de un pie a otro y apoyó las manos en las caderas.

Taylor se rió.

—Pareces un sheriff de una película del Oeste a punto de enfrentarte a una banda de forajidos, Dougal. Siéntate y relájate.

Dougal se obligó a dejar caer los brazos y tomó asiento en el sillón de cuero frente al escritorio de madera de caoba de Taylor. Era verdad que tenía cierta tendencia a ponerse a la defensiva aun cuando no hubiera ninguna amenaza.

—¿Y en qué consistiría el trabajo? —inquirió.

—Trabajaríais para mí durante las dos primeras semanas de mayo —contestó Taylor—. Es un tour de catorce días.

Dougal asintió.

—Sin problema.

—Tu hombre y tú recibiréis un cursillo de preparación junto con el resto de nuestros guías. Tengo entendido que dispones de cuatro agentes. Nosotros tenemos cuatros tours nuevos a partir del mes que viene, y quiero agentes de seguridad en todos los aviones y en los complejos turísticos.

—De acuerdo —respondió él con cautela—. ¿Qué más?

—Tendréis que llevar disfraces.

—¿Perdón?

—Lo siento, pero eso no es negociable —le dijo Taylor. Tenía el aspecto de una supermodelo mimada, pero no había duda de que era una ejecutiva agresiva—. De hecho, si aceptáis el trabajo, tendréis que dejaros barba.

—¿Barba? —Dougal se llevó una mano a la mandíbula sin darse cuenta. Nunca se había dejado barba.

—Sí. A ti te tocará hacer del poeta.

—¿Qué poeta?

—Shakespeare.

Dougal frunció el ceño.

—Me parece que no te sigo.

—Creemos que el próximo objetivo del saboteador será nuestro tour «Romance de Britania», y el principal guía de ese tour se viste de Shakespeare. O más bien al estilo de Joseph Fiennes en la película Shakespeare enamorado.

—¿Y cómo estáis tan seguros de que intentará sabotear ese tour en concreto?

Taylor abrió un cajón de su escritorio, sacó una carpeta verde y la empujó hacia él. Dougal la abrió y leyó la carta que había dentro.

 

¿Te parecieron un problema aquellos pequeños incidentes en vuestro complejo turístico de Venecia? Pues aún no has visto nada, zorra. Espera a que uno de tus aviones se estrelle. Eso sí que dará que hablar, ¿eh? ¿Tienes idea de lo vulnerable que es tu pequeña flota? Espera y verás.

 

Junto con aquella carta anónima había un esquema del interior de un Bombardier CRJ200, el tipo de avión que empleaba la compañía de Taylor. En los márgenes, escrito en rojo, había una detallada lista de las numerosas maneras por las cuales podría sabotearse el aparato.

La sangre se le heló en las venas. Alzó la cabeza y miró a Taylor. Por primera vez, vio auténtico miedo en sus ojos, y por algún extraño motivo aquello lo reconfortó. Si tenía miedo, significaba que estaba tomándose aquellas amenazas en serio, y el hecho de que hubiera puesto sus cartas sobre la mesa lo hizo sentirse más calmado de inmediato. No le gustaba adentrarse en la jungla sin antes tener un mapa de las ciénagas de arenas movedizas.

—¿Y qué dijo la policía cuando les enseñaste la carta?

Taylor se pasó una mano por el cabello.

—No se la he enseñado.

—¿Por qué no?

—Porque no quiero más publicidad negativa de la que ya nos han dado. Prefiero que esto no salga de entre estas cuatro paredes.

—Deberíamos hacer que la analicen para ver si tiene marcas de huellas dactilares.

—La envié a un laboratorio privado. Había docenas de huellas en el sobre, pero ninguna en la carta a excepción de las mías y las de una empleada temporal a la que contraté cuando mi secretaria decidió que no iba a volver después de tomarse la baja por maternidad.

—¿Y qué ocurrió en Venecia?

Taylor tragó saliva.

—Hace unos meses se produjeron una serie de… problemas en el complejo turístico que tenemos allí.

—¿Qué clase de problemas?

—Las alarmas antiincendios no funcionaron cuando se declaró un fuego en la lavandería, y sufrimos pérdidas de varios miles de dólares por los daños. Fue bastante sospechoso porque justo la semana anterior habían pasado un control de inspección.

—¿Y la causa del fuego?

—No se pudo determinar.

—Continúa.

—Luego ocurrió que, después de un banquete, varios huéspedes sufrieron una intoxicación alimentaria y hubo que llevarlos al hospital. Y también nos robaron un Renoir. El sistema de seguridad había sido desconectado, y la policía sospechó que debía haber sido un empleado, así que despedí al gerente y contraté a alguien nuevo. Vistos por separado podrían parecer meras coincidencias, pero luego supe que un reportero encubierto estaba siguiéndome.

—¿Te refieres al incidente entre Daniel y tú en España?

—Sí. Cuando aquel reportero publicó su artículo yo creía que todo aquel asunto del sabotaje había terminado. Pero según parece, estaba equivocada —dijo Taylor, señalando con un ademán la carta que Dougal aún sostenía—. Parece que ese tipo simplemente estaba agazapado, esperando en silencio para hacerme creer que el peligro había pasado.

—¿Crees que es un hombre?

Taylor se encogió de hombros.

—¿No son hombres siempre los que suelen hacer ese tipo de cosas?

Dougal pensó en Ava.

—No necesariamente.

Taylor frunció los labios en un gesto pensativo.

—No me había planteado siquiera que pudiera ser una mujer.

—¿Y qué te hace pensar que la persona que está detrás del sabotaje va a atacar el tour Romance de Britania?

—Ese esquema no es el de un Bombardier genérico. Fue arrancado del manual del avión que hace ese tour —Taylor sacó el manual de un cajón de su mesa y se lo arrojó—. Mira en las últimas páginas.

Dougal lo abrió por donde le había indicado. Saltaba a la vista que le había sido arrancada una hoja, y no hacía falta ser un detective para darse cuenta de que era precisamente esa hoja.

—¿Sospechas de alguien?

Taylor sacudió la cabeza.

—Como sabes mi negocio suscita bastante controversia. Por un lado algunos grupos fundamentalistas han intentado boicotear con piquetes nuestros complejos turísticos porque dicen que son una fuente de hedonismo y perversión. Por otro, hay algunos clientes depravados que amenazan con demandarnos porque nos negamos a satisfacer fantasías eróticas que rayan en la ilegalidad —le explicó—. Luego, nuestros competidores nos envidian porque he transformado la flota aérea de mi padre, modernizándola con un servicio que resulta muy rentable. Pero también sé que a algunos de los miembros de la junta directiva no les ha gustado ese giro. Hacerse enemigos es parte del negocio en la industria turística.

—Pues a mí esto me parece más bien algo personal —apuntó Dougal—. Para empezar… ¿cómo consiguió el saboteador tener acceso al manual del avión?

—No lo sé. Ahí es donde entras tú.

—Ya. No sé cómo se tomarán mis hombres eso de tener que disfrazarse y hacerse pasar por guías turísticos.

—Sé que es mucho pedir, pero estoy dispuesta a ser generosa —le dijo Taylor, y le ofreció una cantidad que hizo a Dougal parpadear de incredulidad—. ¿Qué me dices?

Dougal sonrió.

—¿Cómo podría negarme?

Taylor alargó la mano y, poniéndola sobre el brazo de Dougal, le dijo:

—Quiero que atrapéis a esa persona y que nuestros clientes estén a salvo.

—Puedes confiar en nosotros.

Cuando Dougal se levantó, acudió a su mente el recuerdo de lo que había ocurrido en Alemania. Tragó saliva. Podía hacer aquello; tenía que hacerlo. Había aprendido de los errores del pasado y no volvería a dejarse engañar. Miró a Taylor a los ojos y le reiteró:

—No te fallaré, te lo aseguro.

En ese momento llamaron a la puerta. Antes de que Taylor pudiera decir «adelante» se abrió y entró un hombre mayor y corpulento que tiempo atrás había sido el oficial superior de Dougal. Éste se cuadró de inmediato ante él.

—General Miller.

—Por favor, no hay necesidad de eso —dijo el otro hombre agitando la mano—. Los dos estamos retirados.

Dougal relajó su postura.

—¿Cómo estás, tío Chuck? —lo saludó Taylor, yendo a darle un beso en la mejilla.

—Estoy bien, princesa —dijo él, rodeándole la cintura con el brazo.

—¿Y la tía Mitzi?

—Gastándose mi dinero en un día de spa con sus amigas —respondió el general con un sonrisa antes de lanzar una mirada a Dougal—. ¿He interrumpido algo? —le preguntó a su sobrina—. Había pensado invitarte a almorzar para que me contaras eso del sabotaje.

—De hecho, acabo de contratar los servicios de Dougal y su equipo para aumentar nuestro personal de seguridad. Acabo de recibir otra carta con amenazas, y esta vez el objetivo es nuestra flota aérea.

El general dirigió a Dougal una mirada interrogante.

—Ahora tengo una agencia de seguridad aérea, señor —le explicó éste.

—Ah —Miller asintió—. Ya veo; aplicando las lecciones que aprendió sobre seguridad después de lo de Alemania.

Dougal se preguntó si debería interpretar aquello como una pulla. El tono que había empleado el general le hizo contraer el rostro al recordar lo ocurrido.

—Sí. Y voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que no le ocurra nada a Aerolíneas Eros.

—Eso espero —respondió Miller con aspereza—. Eso espero.

 

 

—¡Eh, guapo!, ¿por qué no te acercas por aquí y desenvainas tu espada?

Dougal tuvo que hacer un esfuerzo para no poner los ojos en blanco al oír aquello mientras un grupo de mujeres entraba en el Bombardier CRJ200 entre risitas y se alejaba charlando por el pasillo en busca de sus asientos.

La mayoría eran jóvenes, ricas y atractivas. La pelirroja que le había gritado aquella provocación le lanzó una mirada, se humedeció los labios y murmuró: «ummm» antes de alejarse también.

Claro que aquello era de esperar, caracterizado como estaba de Joseph Fiennes en Shakespeare enamorado, incluida esa ridícula barbita que estaba deseando afeitarse.

A excepción del piloto y el copiloto, que debían rozar ya los sesenta, él era el único empleado del género masculino a bordo. Se sentía como el último trozo de carne de primera en un mercado antes del Cuatro de Julio.

Tendría que hablar con Taylor de aquello. La camisa isabelina de lino y las calzas ajustadas de cuero ya eran demasiado, pero por lo de la barba no pensaba pasar.

Conteniéndose para no rascarse la mandíbula, Dougal saludó a cada una de las pasajeras con la sonrisa de rigor, dándoles la bienvenida a bordo con un afectado acento inglés. Iban a ser dos semanas muuuy largas.

«Piensa en los beneficios añadidos», se dijo. «Hay un buen número de posibilidades de que acabes echando un polvo».

El problema era que sus hombres y él habían firmado una cláusula de moralidad. Se les pedía que flirteasen con las clientas, pero cualquier tipo de contacto sexual estaba totalmente prohibido. Dougal vio pasar a una joven con un trasero estupendo y resopló entre dientes. Maldita cláusula de moralidad…

Fue entonces cuando la vio: la última en embarcar, una joven que parecía fuera de lugar. Destacaba como una rosa roja en medio de un campo de dientes de león, tan elegante y etérea, como si se hubiera escapado de la páginas de un libro de cuentos de los hermanos Grimm. Casi tenía la impresión de que de un momento a oro vería aparecer unicornios, mariposas y pájaros cantores.

Tenía el cabello negro como el azabache, su piel parecía de alabastro, y sus ojos eran de un azul hielo. Debía de llevar lentes de contacto; era imposible que sus ojos fuesen de ese color. Además, se le hacía la boca agua sólo de mirar aquel vestido de tirantes amarillo que llevaba, hecho de una tela vaporosa.

De pronto Dougal se encontró preguntándose qué llevaría debajo de él. ¿Quizá unas braguitas blancas y un sujetador con aros? ¿O tal vez se encontraría con una sorpresa? Quizá llevara algo provocativo, como un bustier y un tanga de color rojo.

Dougal ladeó la cabeza. No, decidió, mejor un culotte de seda rosa y una camiseta de tirantes a juego. Ropa interior dulce pero provocativa. La ropa interior que llevaría una buena chica que ansiaba algo de aventura pero no se atrevía a hacer realidad sus fantasías.

Pero, con todo, lo que la diferenciaba de las otras mujeres era algo más que su belleza etérea, era ese aire de seriedad, lo erguida que iba, lo alta que llevaba la barbilla, como si tuviese algo que demostrar. Era esa perspicacia en su mirada, su paso firme.

Aquélla no era una turista cualquiera, una mujer que simplemente quería pasarlo bien; aquella dama enigmática se había embarcado en aquel viaje con un propósito concreto. Una sirena de alarma se disparó en su cabeza. Hasta que no supiera exactamente cuáles eran sus intenciones, pensaba tenerla bien vigilada.

Otra cosa que no encajaba era el hecho de que viajaba sola. Las demás mujeres que habían embarcado iban acompañadas, pero aquella misteriosa señorita parecía estar sola. No iba con ella un marido, ni un prometido, ni un novio, y tampoco una amiga que fuera charlando con ella, ni una madre, o una hermana o una prima.

Quizá ella también trabajara para Eros; quizá fuera una actriz a la que habían contratado para el tour y aquel fuese su primer día. Desde luego estaría espectacular con ropa de época.

Claro que Taylor no le había dicho que hubiese contratado a ningún empleado o empleada nuevos, y él le había pedido que lo mantuviese al corriente de cualquier cambio.

La joven llegó a lo alto de la escalerilla de metal y sus ojos se encontraron. Bajó la vista a su disfraz, y cuando volvió a mirarlo, una leve sonrisa asomó a las comisuras de sus labios. Se estaba riendo de él.

Dougal enarcó una ceja y le tendió la mano.

—Bienvenida a Aerolíneas Eros, donde lo más importante para nosotros es su satisfacción.

Dougal no sabía por qué le había tendido la mano. No había estrechado la mano de ninguna de las otras mujeres que habían subido a bordo. Debía haber sido un impulso, y eso le preocupó, porque siempre se esforzaba por controlar sus impulsos.

Durante un buen rato, ella no dijo nada. Simplemente se quedó allí plantada, mirando su mano extendida.

—Hola —murmuró finalmente con una voz suave y acariciadora. Y le dio la espalda para alejarse por el pasillo.

—¡Espere! —la llamó poniéndole una mano en el hombro para detenerla—. ¿Cómo se llama?

Ella se volvió y enarcó una ceja.

—¿Para qué quiere saber mi nombre?

¿Y por qué motivo no quería decírselo? ¿Tendría algo que ocultar, o era él, que estaba siendo demasiado suspicaz?

—Es parte del trato personalizado por el que nos distinguimos —respondió con una sonrisa, diciendo lo primero que se le pasó por la cabeza—. No hemos ganado nuestra reputación llamando a nuestros clientes con un «¡eh, tú!».

Ella volvió a esbozar una sonrisilla, como si le pareciese extremadamente cómico.

—Me llamo Roxanne Stanley, pero mis amigos me llaman Roxie.

—Un placer, Roxie —dijo él, tendiéndole su mano de nuevo.

—¿Está dando por hecho que vamos a ser amigos?

—No lo doy por hecho, pero lo espero.

En el instante en que sus palmas se tocaron, Dougal sintió que un cosquilleo eléctrico le recorría la espina dorsal. La intensidad de aquella reacción lo contrarió.

—Estoy aquí para hacer todas sus fantasías realidad —añadió.

—¿Ah, sí? —la sonrisa de Roxie se acentuó, y aparecieron hoyuelos en sus mejillas.

Dios, siempre había sentido debilidad por las mujeres con hoyuelos… «Venga ya, Lockhart, controla tus hormonas», se reprendió. «Estás de servicio».

—Bueno, veamos qué asiento le han asignado —se inclinó hacia ella para hacer como que miraba su tarjeta de embarque, aunque ya sabía dónde iba a sentarse.

Había memorizado la lista de pasajeros con sus asientos. Roxie Stanley tenía un asiento en la primera fila, junto a la ventanilla. Y él justo el asiento contiguo, al lado del pasillo. Una afortunada coincidencia.

Lo que pretendía en realidad al inclinarse hacia ella era ver cómo reaccionaría ante su proximidad, si flirtearía con él como una mujer soltera que viajaba sola, o si se mostraría nerviosa, como quien tramaba algo.

El caso fue que no hizo ni lo uno ni lo otro, sino que lo miró impertérrita, y le dijo en un tono entre meloso y burlón:

—Está bloqueándome el paso, señor donjuán. Si no le importa…

Dougal se hizo a un lado, pero no había mucho sitio, y cuando la joven pasó junto a él para dirigirse a su asiento, su cadera se rozó con el muslo de él. Fue un roce muy leve, pero Dougal sintió que algo se animaba en la bragueta de sus calzas de cuero.

Aquello era una locura; no solía perder el control de esa manera. Inspiró profundamente y trató de calmarse.

«Piensa en otra cosa; lo que sea. Y, hagas lo que hagas, no le mires el trasero cuando se aleje», se dijo.

Pero sus ojos bajaron a esa parte de la anatomía de ella como un misil teledirigido. La joven giró la cabeza y lo pilló mirándola. Luego sus ojos azul hielo se encontraron con los de él, y a Dougal se le cortó el aliento.

De pronto fue como si estuvieran completamente solos en el avión. El runrún de las conversaciones de los otros pasajeros se disiparon, y Dougal la veía sólo a ella.

Las mejillas de la joven se tiñeron de un ligero rubor, y bajó la vista, como azorada. El corazón de Dougal palpitó con fuerza. Ella parecía a la vez fuerte y extremadamente vulnerable, y no pudo volver a preguntarse qué secretos ocultaría.

¿La habría enviado uno de los enemigos de Taylor?, ¿tal vez un competidor o un accionista airado? ¿O podría estar allí por motivos personales, como una venganza contra Taylor? ¿Sería quizá una puritana dispuesta a sabotear los servicios que prestaba Aerolíneas Eros, o estaría equivocándose por completo?

Dougal apretó los dientes para contenerse, pues de repente estaba sintiendo un impulso casi irresistible de ir hasta ella, alzarla en volandas, llevarla a algún lugar discreto del avión, y arrancarle la ropa. Quería tomar sus senos en las palmas de sus manos, deslizar sus dedos por aquella sedosa melena negra, apretar su boca contra esos carnosos labios…

—¿Quería algo? —inquirió Roxie.

«A ti».

—No —respondió él, que casi podía oír los latidos de su corazón.

Detrás de él, la azafata cerró la puerta del avión, pero Dougal no podía apartar los ojos de Roxie.

Finalmente fue ella la que apartó la vista y se dio media vuelta para ir a su asiento, dejando a Dougal con la sensación de estar volando en medio de una tormenta y que de pronto se hubieran dislocado todos los mandos del panel de control.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Era evidente que el jefe de Roxie, Porter Langley, el dueño y fundador de Aerolíneas Escapada, había subestimado seriamente a Taylor Corben. Roxie dudaba que su jefe imaginara la cantidad de dinero que aquella mujer invertía en su negocio, ni que contrataba como guías turísticos a unos hombres que parecían modelos. Claro que ésa era la razón por la que el señor Langley la había enviado a aquel viaje, para obtener información sobre el funcionamiento de Eros. Su jefe ansiaba seguir los pasos de Taylor Corben y abrir su propio complejo turístico en Irlanda, a imagen y semejanza del que Eros tenía en Stratford.

Lo fastuoso que era el avión por dentro era lo primero que pondría en su informe… cuando le dejaran de sudar las manos y el corazón se le calmase. Cuando aquel guaperas vestido de Shakespeare se le había quedado mirando, se había temido que hubiese adivinado su secreto: era una espía.

No se sentía cómoda espiando a la competencia para su jefe, pero el señor Langley le había dado una oportunidad años atrás y se sentía en deuda con él. Además, necesitaba desesperadamente el puesto de relaciones públicas que le había ofrecido como recompensa si aceptaba aquella «misión».

Y no era sólo que fuese justamente la clase de puesto que quería; lo más importante era que el aumento de salario le permitiría pagarle a su hermana pequeña, Stacy, la universidad. No quería que Stacy acabase como ella, que se había visto obligada por las circunstancias y la falta de dinero a renunciar a sus sueños de convertirse en actriz.

Miró por la ventanilla. Aunque trabajaba para una compañía aérea, no le gustaba volar, y la idea de cruzar miles y miles de kilómetros de océano por aire hacía que se le retorciese el estómago.

Inspiró, expiró, y se frotó las palmas de las manos contra los muslos antes de sacar su BlackBerry del bolso para distraerse. Empezó a teclear en un documento de texto sus impresiones sobre el lujoso interior del avión: paneles de madera, una barra de bar en la parte trasera con una reluciente encimera de granito…, pero tuvo que parar cuando vio que el tipo vestido de Shakespeare aparecía, se sentaba justo a su lado, y se ponía a abrocharse el cinturón de seguridad.

Nerviosa, cerró su BlackBerry y volvió a guardarla en el bolso. Al inspirar de nuevo para intentar calmarse, sus fosas nasales se llenaron con el aroma de la colonia de aquel tipo, y sintió que se derretía por dentro.

Se llevó la mano al colgante que llevaba siempre; eso normalmente la ayudaba a tranquilizarse y le daba confianza en sí misma. Era el último regalo que le habían hecho sus padres antes de morir en un accidente justo dos semanas después de que ella cumpliera los dieciocho años, un pequeño colgante de oro y plata con la forma de las máscaras del teatro, una alegre y otra triste.

—Hola de nuevo —dijo el hombre vestido de Shakespeare.

Roxie tragó saliva.

«Compórtate con indiferencia. Eres una espía. Imagínate que eres Mata Hari, o Antonia Ford, o Belle Boyd».

—Hola —respondió sin apenas mirarlo.

—Antes no me he presentado, por cierto —dijo él—. Mi nombre es Dougal Lockhart. Perdona si antes he estado un poco pesado. Es parte de mi oficio de guía. Eros nos pide que flirteemos con las clientes.

—Lo imaginaba. ¿Vas a estar sentado aquí durante todo el vuelo?

Diablos. Su voz había sonado nerviosa, tensa.

—Pues sí. ¿Te perturba el tenerme tan cerca? —inquirió él, como picándola.

—No, es que… Bueno, te advierto que me da miedo volar, así que a lo mejor me pongo un poco nerviosa.

—¿Te da miedo volar y has venido sola?

—Eso parece.

—¿Y sueles viajar sola?

¿Estaba intentando sacarle información? Roxie apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas.

—¿Qué tiene eso de malo?

—Nada. Me parece muy valiente por tu parte.

—Me gusta viajar sola —mintió ella—. Me da libertad para hacer lo que quiera y no tengo que contar con nadie.

—Ya veo —los ojos de él se posaron en su mano izquierda—. Imagino que no estás casada —dijo al ver que no llevaba anillo.

—Astuta conclusión.

—Ah… detecto un ligero sarcasmo —los ojos de Dougal brillaron con humor—. No lo esperaba, pero debo decir que me divierte.

—Me alegra servirte de entretenimiento —Roxie miró la mano de él—. Tú tampoco parece que estés casado.

—Astuta conclusión.

—Y ahora te burlas de mí.

—No, sólo estoy intentando distraerte para que no pienses en el despegue.

—Te agradezco el esfuerzo.

—No hay de qué. Si sirve de algo, puedes agarrarte a mi brazo si quieres —le ofreció Dougal.

Roxie bajó la vista a su antebrazo, que asomaba bajo la manga doblada de su camisa blanca. Era un antebrazo muy sexy: bronceado, musculoso, y cubierto de vello. Tragó saliva y apartó la mirada de él..

—También tengo que advertirte que, cuando me pongo nerviosa, hablo por los codos y digo tonterías.

—No me importa; habla lo que quieras.

—Eres demasiado amable.

—No, si me canso, me pondré los auriculares.

Roxie no pudo evitar reírse. Aunque le parecía extraño poder divertirse en una situación que la aterraba, aquel tipo tenía gracia. El avión empezó a moverse por la pista.

—Deprisa, di algo para distraerme. Los despegues y los aterrizajes son lo que más miedo me dan. Eso, y el mirar por la ventanilla cuando está el mar debajo.

—¿Te da miedo mirar por la ventanilla?

—Sí.

—¿Y por qué has escogido un asiento de ventanilla?

—Porque el tener la ventanilla al lado me hace sentir menos claustrofobia.

—¿También tienes fobia a los espacios cerrados?

—No, sólo cuando me siento atrapada.

Dougal se rió.

—Eres muy graciosa.

—Me alegra que mis miedos te diviertan.

—Bueno, es un vuelo de siete horas; de algún modo tengo que entretenerme —la picó él.

El avión avanzaba cada vez más deprisa por la pista, y pronto el asfalto se convirtió en una mancha borrosa entre gris y negra. Roxie se aferró a los brazos del asiento.

Dougal le tendió la palma de su mano.

—Si lo necesitas, puedes agarrar mi mano.

Agradecida, Roxie la tomó, pero en el momento en que los dedos de él se cerraron sobre los suyos y sintió un cosquilleo que se extendió rápidamente por todo su cuerpo, se dio cuenta de que había cometido un grave error. Y encima estaba el olor de su colonia, mezclado con otro no menos seductor, el olor a cuero de sus pantalones.

En cuestión de segundos, se habían elevado. Estaban volando. Los árboles se veían cada vez más pequeños. Los coches que iban por las carreteras relucían como piedras pulidas. El sol anaranjado de primeras horas de la mañana se recortaba contra las nubes. Roxie apartó la vista de la ventanilla y miró al hombre sentado a su lado.

Una ola de calor la invadió, abrumándola, y se recordó que tenía que respirar. ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué se sentía tan… tan… como se estaba sintiendo?