El último chiste del Gran Jacobi - Eduardo Goldman - E-Book

El último chiste del Gran Jacobi E-Book

Eduardo Goldman

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El último chiste del Gran Jacobi es una novela que entrelaza humor y memoria en un relato profundamente humano. A través de la figura del Gran Jacobi, un personaje carismático cuya vida está marcada por el exilio y la herencia cultural, Eduardo Goldman construye una historia donde el chiste se convierte en acto de supervivencia. La narración recorre episodios del pasado que dialogan con el presente, revelando las cicatrices de la historia y la necesidad de preservar la identidad frente al olvido. Entre ironía y melancolía, la novela explora cómo el humor puede ser una forma de resistencia y cómo las palabras heredadas sostienen la memoria colectiva. Una obra que combina sensibilidad y reflexión, invitando a descubrir el poder transformador de la risa cuando todo parece perdido

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Seitenzahl: 565

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Índice

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El último chiste del Gran Jacobi

 

 

El último chiste del Gran Jacobi

©Eduardo Goldman

 

© Edición: Ediciones Huso, 2018

© Del prólogo: Horacio Convertini

© De las imágenes de cubierta e interiores:

CubiertaSimplicissimus. 1922

© Del autor: Laura Muñoz Hermida

 

EDICIONES HUSO

[ BASTET ARTE Y CULTURA SL]

Paseo Ermita del Santo 40, Local 1 • 28011 Madrid

[email protected]

www.husoeditorial.es

 

Diseño de catálogo: Carril Bustamante

Corrección de estilo y ortotipográfica: Irene Muñoz Serrulla

Colaboración de: Geordany Carcasés

Bajo las sanciones establecidas por la legislación, están rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del titular delcopyright, la reproducción parcial o total de esta obra mediante cualquier procedimiento mecánico o electrónico, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público.

 

ÍNDICE
Prólogo Horacio Convertini
PARTE I
Introducción
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
PARTE II
Paseo del prado
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
PARTE III

Lo cotidiano lo atrapa a uno de tal manera que se termina pensando más en el grifo que pierde en el baño que en el asesinato de millones.

 

A Eduardo Goldman lo conocí hace unos cinco años, en alguno de esos queribles foros de camaradería que reúnen a los escritores del género policial. Por alguna extraña razón, los autores especializados en montar crímenes horrendos para desmontarlos al cabo de doscientas páginas (los más austeros), tienen un gran espíritu gregario: organizan festivales para hablar y beber, no siempre en ese orden. Yo había entrado al club como un impostor: sigilosamente y con miedo a ser descubierto. Sospecho que él también. Y en esas largas mesas en las que la literatura suele vaciarse antes que las botellas de vino, comenzamos una relación de afecto que, en mi caso, también es de curiosidad. Goldman escribe novelas policiales y canciones para niños, pero esta bipolaridad no es lo que más me sorprende de él sino su humor. Siempre tiene a mano una salida graciosa. Miento. No la tiene a mano. La inventa en el momento. Es espontánea. Cómo lo hará, me pregunto siempre.

El último chiste del Gran Jacobi es un drama brutal. Pero tratándose de Goldman, el corazón de la novela es el humor. La trama: a mediados de los 70, un periodista argentino exiliado en Madrid es convocado para que entreviste a un diplomático de Alemania Federal, Erich von Thaler, quien quiere contar, a modo de expiación, la historia de su mejor amigo, el humorista judío Paul Jacobi, al que ha visto por última vez en el campo de exterminio de Auschwitz.

La banalidad del mal, aquel concepto acuñado por Hannah Arendt, aparece con toda su fuerza en esta historia que narra el ascenso y consolidación del nazismo y su impacto en el triángulo amoroso conformado por Erich (hijo renegado de un héroe de la Primera Guerra), Eva (una mujer de izquierda admiradora de Rosa Luxemburgo) y Paul. “No quiero sonar cínico si digo que el ser humano se adapta a todo. Lo cotidiano atrapa a uno de tal manera que se termina pensando más en el grifo que pierde en el baño que en el asesinato de millones”, dirá Erich, frente a las preguntas del periodista argentino.

Goldman trabaja con las reacciones humanas frente al miedo y con los mecanismos de supervivencia material y de supervivencia psicológica que uno desarrolla ante circunstancias de extrema presión.El último chiste del Gran Jacobies una conmovedora novela sobre el Holocausto, sobre la tragedia de la guerra, sobre los Estados asesinos (porque la historia tiene su continuación en la Argentina de la última dictadura), pero su enorme originalidad reside en el humor. Los monólogos de Paul Jacobi son un hallazgo y uno se sorprende riendo, hoy, en pleno siglo XXI, con una tomadura de pelo a Göring o al mismo Hitler. Y tras la carcajada, pensando ya en Goldman, llega la pregunta: ¿cómo lo hará?

 

Horacio Convertini

Buenos Aires, junio de 2017

Parte I

Para colmo de males… acabo de enterarme de que mi gato se ha hecho nazi… Ustedes deben de haber oído hablar de él… Es el famoso Gato con botas…

 

El Gran Jacobi

Introducción

 

El reportaje tuvo lugar hacia fines de junio de 1979 en el hotel Ritz de Madrid. Mi entrevistado, Erich von Thaler, agregado cultural de la embajada de Alemania Federal en España, me había invitado a conversar acerca de sus memorias luego de nuestro casual encuentro en el Pabellón de Cristal de la Casa de Campo, durante la 38ª Feria del Libro.

La agencia internacional de noticias donde yo trabajaba se había instalado en esa feria con un pequeñostandy varias chicas bonitas que repartían folletos y decenas de fotos de actualidad. Pero yo no estaba allí por ese motivo. Uno de los eventos del día estaba dedicado aZama,la novela de Antonio Di Benedetto, mi escritor favorito desde que había caído en mis manosEl silenciero. Aun cuando no era segura su presencia, yo tenía la esperanza de poder verlo en persona ya que desde hacía dos años Di Benedetto vivía exiliado en España. Era casi la hora del coloquio y se había formado una larga fila de curiosos frente al pabellón de actos culturales; fue allí donde me topé con Quique de la Torre, mi jefe y, a la vez, entrañable amigo, de esos que parecen de toda la vida. Quique no perdió un segundo. Me presentó a von Thaler sugiriéndome que hablara con él y escuchara su propuesta. Yo miré al alemán sin entender muy bien qué pasaba. Quique se deshacía en elogios sobre mí. Sospeché que me usaba para sacarse al alemán de encima.

Von Thaler era un hombre elegante, de complexión atlética y rostro de muy pocas arrugas, que no condecía con los sesenta y ocho años que afirmaba tener. Hablaba un aceptable español, con el típico acento característico de los alemanes, utilizando palabras cuidadosamente escogidas, como si quisiera definir sin equívocos lo que deseaba expresar. Desde un principio manifestó gran interés por relatarme sus recuerdos sobre la Segunda Guerra en Europa, un ofrecimiento que se me ocurrió insólito y en cierta medida sospechoso, ya que, curtido por mis años de periodismo, no encontraba verosímil que un diplomático deseara volcar sus experiencias traumáticas en un simple y casual desconocido. Y decidí que esa era una buena manera de empezar el reportaje.

—¿Por qué a mí? —interrogué—. ¿Por qué a un simple periodista argentino exiliado en España?

—Su pregunta es inconducente —respondió von Thaler, arrellanándose en uno de los sillones de la suite—. La pregunta real sería: ¿por qué no a usted? Estoy seguro de que me sentiré más comprendido por usted que por cualquier periodista de mi país. —Se cruzó de piernas, echó la cabeza hacia atrás y sus dedos hicieron un breve ademán de sostener un cigarrillo inexistente, como quien ha abandonado el hábito pero aún conserva ciertos reflejos—. Déjeme explicarle —continuó—. Por largo tiempo los alemanes nos hemos empecinado en olvidar el pasado reciente, obviamente me refiero al régimen que nacionalizó la locura y se consagró al exterminio de millones. Lo que en nosotros ahora es amnesia, en su país es la política oficial.

—¿Está usted comparando a la Alemania nazi con la dictadura militar argentina? —no pude dejar de preguntar.

Él se quedó observándome un instante. Luego desvió la mirada hacia algún punto en la alfombra.

—Muchos piensan que esa maquinaria que condujo al Holocausto era el mal absoluto y que cualquier comparación sería inadmisible. Con franqueza, yo también lo creo así. Pero eso no quita que en su país haya torturas, masacres, desapariciones. Y que usted haya debido marcharse de allí para salvar su vida.

En efecto, yo había logrado huir poco después de que fuera intervenido el periódico donde trabajaba, en mayo de 1977. Un amigo me advirtió de que habían empezado a “desaparecer” algunos de mis colegas de la editorial y decidí buscar refugio fuera del país, mientras pudiera hacerlo. Luego, el dolor del exilio. La añoranza, la desesperación. Hasta que todo fue acomodándose con un trabajo en la agencia de noticias, algo que me era familiar. Después de la caída no queda más remedio que levantarse.

Von Thaler se reclinó sobre una mesa ratona y sirvió dos whiskys. Agregó hielo en mi vaso sin consultarme, para luego acercármelo con gesto amistoso. Su fino bigote blanquecino parecía iluminarse cuando sonreía.

—Si debiera definir con una palabra mis vivencias de la guerra —retomó von Thaler pasándose la mano por el cabello casi totalmente plateado—, esa palabra sería “confusión”. Desde el ascenso de Hitler al poder, los acontecimientos fueron succionándome de manera tal que nunca supe realmente dónde estaba parado. Es por eso que tiempo después de finalizada la guerra me volví un estudioso del tema; necesitaba aclarar en el presente todos los interrogantes de mi juventud.

Sus ojos brillaron y su cara se llenó de color. Supuse que en ese momento von Thaler iba a pedirme que armara un libro con sus memorias y, poco dispuesto a perder mi tiempo, le pregunté sin rodeos si la historia que iba a relatarme era lo bastante novedosa como para despertar el interés de una buena editorial. Él quedó pensativo, la mirada distraída en los dos cubitos de hielo que tintineaban en el vaso debido a un leve temblor en su mano derecha. Luego me miró como regresando de algún lugar. Sus ojos pardos se volvieron inquisitivos.

—¿Ha oído hablar de Paul Jacobi? —preguntó.

Yo no tenía idea de quién podría ser ese tipo y luego de un instante negué con la cabeza. Von Thaler no se vio decepcionado por mi respuesta, todo lo contrario, pareció haberla esperado. Intuí que solo había lanzado un anzuelo con una carnada irresistible para periodistas: la intriga.

—¿Quién es ese Jacobi? —pregunté a mi vez, sabiendo perfectamente que estaba mordiendo el anzuelo con la misma avidez suicida de una trucha.

—El Gran Jacobi, así se hacía llamar en sus presentaciones el muy petulante —comentó von Thaler soltando una sonrisa cómplice, para enseguida asentir con la cabeza—. Pero estaba bien, él era grande de verdad. Le diré, en mi honesta y quizás poco objetiva opinión, él fue el más grande humorista alemán de la preguerra. No digo el más famoso, pero sí el mejor. Cómo explicarle. Paul era una persona mágica. Cuando subía a un escenario capturaba la atención de todo el público y lo hacía reír, reír hasta descostillarse. Hasta los nazis llegaron a reír con él, un poco en secreto, pues Jacobi era judío.

—Veo que lo conoció muy bien —dije reprimiendo el impulso de sacar el pequeño grabador de mi portafolios. Aún no podía definir si la historia realmente valía la pena, o era solo el recuerdo disperso y algo exagerado de un alemán melancólico.

—Paul era mi amigo… —agregó con un tono emotivo que me sorprendió—. Hace más de treinta años que no sé de él, pero fue el mejor amigo que tuve en mi vida, quizás el único que llegó a entenderme.

—¿Dónde se vieron por última vez?

—En Auschwitz.

Auschwitz. Como un pantallazo acudieron a mí las imágenes que habían perturbado mi juventud, los documentales del Holocausto: “los hornos, los cuerpos apilados,Arbeit macht frei,1los crematorios, los soldados rusos acarreando esqueletos vivientes…”. Escenas tantas veces recorridas que de a poco habían adormecido mis sentimientos de compasión, pero que ahora, por su aparición imprevista, parecían recobrar su espanto original.

—Entonces… —murmuré—, ¿ustedes eran prisioneros en Auschwitz?

—No, no. Paul era prisionero en ese campo. Yo no soy judío. Es más… —Se detuvo unos instantes, como quien enfrenta sus miedos antes de hacer una terrible confesión—. Yo no era prisionero en ese infierno, sino un guardia. No sin vergüenza debo admitir que en ese entonces yo era oficial de las SS.

Lo miré sin preocuparme en disimular mi sorpresa. Yo mismo soy judío y encontrarme frente a un alemán que admitía su actuación en las SS y para colmo en Auschwitz era demasiado para mí. Más aún si se decía amigo de un judío.

—¿Le molesta si utilizo mi grabador? —pregunté.

Von Thaler miró a través de mí, lejano, como acomodando las piezas de una historia que había contado muy pocas veces.

Saqué el grabador sin repetir mi pregunta.

 

Damián Sefeld

Capítulo I

Erich von Thaler

 

—La relación con mi padre nunca había sido buena, si es que podía hablarse de relación alguna. Mi padre era el coronel Gustav von Thaler, Cruz de Hierro de primera clase por su actuación en la Primera Guerra, más precisamente en la batalla del Somme. Él no se cansaba de repetirlo ni de plantar su condecoración sobre la chimenea, para exhibirla ante cualquiera que visitara nuestra casa en Dahlem.2

—¿Cómo se sentía usted al ser hijo de un héroe de guerra?

—Recuerdo que ya en mi temprana adolescencia no lo veía como un héroe, sino como lo que en verdad era: un hombrecillo de mostachos a lo káiser, prepotente y envanecido de su apellido aristocrático. Lo de aristocrático, según supe más tarde, había sido fabricado por mi bisabuelo cuando simplemente tomó una pluma y agregó la partícula “von” al apellido Thaler, para darle lustre. Un secreto de familia.

—Las aristocracias nacen de alguna manera, más de una debe haber nacido así. No por nada en Alemania prosperó el arte de falsificar árboles genealógicos.

—Puede ser. Lo único cierto es que ya de cuna vine signado por toda una prosapia militar. Mi bisabuelo, el que agregó la partícula, había peleado contra las fuerzas de Napoleón. Mi abuelo, contra los austríacos y los franceses. Mi padre, ya le he comentado, fue oficial en la Primera Guerra y en el frente francés.

—Queda claro que pelear contra Francia ha sido un hábito de familia.

—De mi familia, sin duda. Y el de cualquier militar alemán. Pero no el mío. Aunque parezca una blasfemia en boca de un prusiano, jamás me interesé por la carrera militar. Mi adolescencia fue encandilada por la estampa de Jack Dempsey más que por la de Federico el Grande. El Martillo de Manassa3aparecía en las primeras planas de todos los periódicos inspirándome a ser boxeador, no un mariscal de campo ni un comandante de tanques, sino un boxeador, lo cual resultó una verdadera desilusión para mi padre. Eso no impidió que el viejo coronel (así llamaba secretamente a mi padre)… pues no le impidió que me hiciera ingresar a la Academia de Cadetes de Berlín, en el año 1927, mediados del 27 para ser exacto. Se había propuesto que yo terminara mis estudios con las más altas calificaciones para que luego se me admitiera en laReichswehr4con el grado de teniente. Y casi lo logra. Llegué a muy poco de conseguirlo, pero tuve la fortuna de fracasar.

—¿Fortuna y fracaso no están en veredas opuestas?

—No necesariamente. Siempre pensé que fracasar es un triunfo pero en otra dirección. Yo me había esforzado en cumplir con el deseo de mi padre y no lograrlo me permitió buscar mi propio camino. En ese entonces, mi temperamento de granito me había obligado a permanecer casi tres años en esa academia, soportando marchas forzadas, castigos, arbitrariedades, hasta que me fue imposible continuar. Y es que llegué al punto de ya no tolerar las órdenes de mis superiores. Bastante había sido vivir bajo las órdenes de mi padre, no quería más. Un buen día exploté y le rompí la cara a un camarada de mi promoción. Se trataba de un muchacho arrogante de Poznan que por estar lejanamente emparentado con el general Ludendorff quería llevarse el mundo por delante. Era el chupamedias de los oficiales y el día que quiso darme órdenes lo demolí a golpes. Oh, sí. Yo boxeaba muy bien. Y dejar en el piso a un Ludendorff fue la satisfacción más grande de mi vida, aunque eso significó para mí un castigo ejemplar. Más marchas forzadas, guardias todas las noches, limpieza de letrinas y, sobre todo, un minucioso maltrato por parte de toda la oficialidad de la academia. Eso fue más de lo que pude soportar. Al poco tiempo escapé. Simplemente me fui, sin llevarme nada de mis pertenencias. Regresé a pie hasta mi hogar con escasa esperanza en cuanto a la reacción de mi padre.

—¿Y cómo reaccionó su padre?

—Como un oficial alemán, claro. El viejo coronel hizo tronar su artillería completa de amonestaciones y gritos. Me llamó desertor. Me arrinconó contra la escalera de mármol mientras me lanzaba palabras como obuses. “Verrat! Schande!” 5 Esas eran sus favoritas. Recuerdo cómo se le hincharon las venas del cuello aquel día. Mi padre estaba furioso, pero eso ya no me asustaba como cuando era niño, muy por el contrario, hasta diría que experimenté cierto placer en haber provocado su ira. Yo tenía diecinueve años y deseaba rebelarme a toda costa, contra todo. El viejo coronel no se dio por vencido y empezó con la vieja historia de su padecimiento en las trincheras de Verdún y con que yo, su hijo, debía tomar su puesto “por la gloria de Alemania, ahora llevada al caos por esos judíos comunistas”. Finalmente amenazó con desheredarme si no volvía a la academia. En otras palabras, me echaba de la casa, de la familia y por poco de Alemania.

 

 

El Gran Jacobi

(un cómico en una calle de Berlín, 1930)

 

“Ahhh… Berlín, Berlín, Berlín… Qué ciudad esta… ¿Existe un lugar más excitante sobre la tierra? Vamos, señoras y señores… siéntanse orgullosos… viven en el sector menos aburrido del planeta… ¿Acaso no es una aventura apasionante caminar por sus calles repletas de manifestaciones y revueltas populares? ¿Qué safari en África se le puede comparar?(Sonrisas).Berlín está viva… su corazón palpita y fluye un torrente de energía que hace estallar los adoquines de cada una de suscalles… sin que el Ayuntamiento mueva un dedo para repararlas…(Risas).Así y todo… hay gente mala que critica nuestro sistema de vida… Dicen que hay millones de desocupados… ¡Mentiras! Solo buscan desacreditar a nuestra querida República… En Alemania no hay desocupados… solo hay gente de vacaciones…(Risas).¡Meses de vacaciones! Esto es más socialismo que la Rusia soviética, señoras y señores… También dicen que en Alemania hay hambre… ¡claro que hay hambre! Pero no por la crisis económica… sino porque hay millones que hacen dieta…(Risas).Están gordos y hacen dieta, ¿qué tiene de malo? Alemania es el país más saludable del mundo… nadie morirá de indigestión…(Risas). Y no digo que no haya problemas aquí… los hay… pero mínimos… un pequeño caos económico, eso es todo…(Risas). Rumores de que quiebra tal o cual banco… Tonteras…(Risas).Les aseguro que si quiebran todos los bancos el pueblo no será afectado… ya que nadie tiene un solo marco para guardar…(Risas)”.

 

 

1930

 

Después del florecimiento económico de los años 1927 y 1928 sobreviene la Gran Depresión en la economía mundial, que estalla con el hundimiento de la Bolsa de New York, el 29 de octubre de 1929. La frágil economía alemana no puede resistir la retirada de los grandes capitales norteamericanos y la falta de créditos internacionales. El comercio exterior se contrae bruscamente y la producción decrece en forma alarmante. Muchas empresas quiebran. Las medidas recesivas tomadas por el canciller Brüning, para frenar la inflación y hacer frente al pago de las reparaciones de guerra (plan Young), agudizan la crisis. Es el año 1930. La desocupación alcanza a tres millones de trabajadores, y sigue en aumento.

 

 

Erich von Thaler

 

—Durante unos meses viví en casa de mi tía Gertrud, hermana mayor de mi madre, quien si bien gozaba de una buena pensión y contaba con algunos ahorros no era mujer de fortuna. Gertrud Brunner era una anciana dulce y silenciosa que siempre me trató como a un hijo, en especial desde que había muerto mi madre cuando yo tenía tan solo siete años. La temprana muerte de mamá siempre estuvo rodeada por un clima de misterio que la hacía aún más dolorosa para mí. Neumonía, me había dicho escuetamente mi padre cierta vez que me atreví a preguntar. Y nunca más se habló del asunto.

La casa era muy pequeña y el cuarto de Erich diminuto, pero todo estaba siempre en impecable y escrupuloso orden. Tía Gertrud y Herda, su obesa y no menos cariñosa sirvienta, se pasaban horas en la cocina para hacer sus platillos favoritos, lo que Erich nunca dejó de agradecer. Según Gertrud, su sobrino era la viva imagen de su madre. Delgado aunque de fuerte contextura, cabello castaño claro y unos ojos pardos que transmitían afecto. El gesto hosco y los puños siempre crispados provenían sin lugar a dudas del coronel, “ese hombre tan desagradable”.

—En esa época intenté por primera vez en mi vida conseguir algún empleo y sin duda fue el peor momento para empezar. La desocupación era calamitosa, había larguísimas filas en las calles por cada puesto que se ofrecía, sin importar lo miserable que fuera la paga. He visto a un ingeniero saltar de felicidad tras conseguir un empleo como lavacopas. Alemania se desintegraba ante mis ojos y yo no podía hacer otra cosa más que hundirme con ella. Pero lo más doloroso fue descubrir que mis viejos amigos se habían alejado de mí, incluso Helga, quien era lo más parecido a “mi novia”. Pronto supe que mi padre había estado haciendo campaña en mi contra entre sus relaciones, es decir, los padres de mis amigos, y eso me cerró muchas puertas. Helga fue la primera en desaparecer, aunque no recuerdo que eso me importara demasiado.

Erich empezó a desesperar. Temía que su padre perjudicara de alguna manera a tía Gertrud al enterarse de que ella lo cobijaba. Por otro lado, había permanecido unos seis meses en casa de su tía sin haber conseguido trabajo y su orgullo no le permitía sostener aquella situación. Volvió a hacer su valija. Salió durante la madrugada para evitar que ella lo escuchase. Le dejó una carta, breve. Luego se lanzó a caminar por un frío Berlín sin saber adónde dirigirse. Una prematura y leve escarcha sobre el piso provocaba de tanto en tanto un crujido helado acompañando sus pasos.

—Caminé calle tras calle, con un nudo en el estómago, hasta que me di cuenta de que había regresado a Dahlem, muy cerca de la casa de mi padre. Lo sé. Es sugestivo, ¿verdad? Creo que en el fondo yo quería hacer las paces con él, incluso si para ello debiera volver a la academia. En ese momento estaba muy confuso. Lo cierto es que me detuve en la esquina y volví sobre mis pasos. Dos calles a la derecha y alcancé la plaza. Conocía esa plaza desde muy niño, ya que allí fue donde primero mi madre y luego la nana me llevaban a jugar con otros niños. Allí fue donde años más tarde compartí los sábados con mis amigos charlando en un banco o jugando con un balón. Era precisamente donde me encontraba ahora, en medio de esa noche gélida, sin saber qué hacer y sin tener lugar adónde ir. Me senté en uno de los bancos y noté que sobre el banco contiguo dormía un hombre tapado con hojas de periódico.

Faltaban unas cuantas horas para el amanecer. Erich dejó vagar la mirada. El reflejo lunar le permitió vislumbrar su viejo universo infantil. A lo lejos, los columpios y el tobogán de madera, más allá, oculto tras un árbol, el banco donde se sentaba su madre para verlo jugar. Pensó en ella, no había hablado de su madre con tía Gertrud ya que no quería importunarla, pero hubiese deseado hacerlo. Pensó en la época más feliz de su niñez, paseando con ella o simplemente mirándola leer un libro junto al fuego. Todavía recordaba el funeral. Su padre contemplaba la fosa con gesto solemne mientras que él se hallaba a unos pasos, empapándose bajo la lluvia; se le acercó desconsolado y buscó tomarse de su mano, pero el coronel lo reprendió con la mirada y le ordenó que volviera a su sitio. El pequeño Erich obedeció. Y por muchos años no dejó de obedecerlo.

—El amanecer me sorprendió en ese banco húmedo con las manos en los bolsillos y tiritando de frío. Tenía las piernas tan entumecidas que casi no podía sentirlas. De pronto escuché que alguien pronunciaba mi nombre. Giré la cabeza y pude ver a un muchacho de uniforme marrón que se había detenido junto a mí. Reconocí a Wilhelm, el hijo del panadero, que vivía a dos calles de la casa de mi padre. Wilhelm se veía de veras sorprendido y sus ojos de huevo duro parecían a punto de saltarme al cuello. Me inquirió acerca de qué diablos hacía yo en la plaza y a esa hora, pero no tuve el menor deseo de responder. Wilhelm nunca me había caído bien.

Wilhelm era un joven robusto, de baja estatura y pelo negro cubierto ahora por la gorra de su uniforme. Era uno de esos individuos que hablaba con el sobreactuado respeto de aquel que envidia a quien se halla en estratos sociales más elevados que el propio. Sus modales delataban cierta rudeza campesina que siempre irritaron a Erich, quien, de momento sin fuerzas para resistir la vehemente insistencia del uniformado, comentó a regañadientes que se había marchado de su casa para no volver. Wilhelm sonrió. De inmediato alzó la valija de Erich y lo invitó a tomar un buen desayuno caliente.

—Era lo que más necesitaba, un desayuno caliente. No tuve voluntad para negarme. Así que me fui con él. Bajamos del tranvía mientras me hablaba con entusiasmo de los nuevos vientos que soplaban en Alemania y, luego de caminar tres calles, nos detuvimos ante un portón de hierro negro custodiado por otro joven de uniforme que saludó sonriente a Wilhelm. Entramos en la casa, pronto supe que se trataba de uno de los albergues de las SA en Berlín. Wilhelm me llevó al comedor, dispuesto a lo largo de un gran patio cubierto por un toldo y donde se desplegaban varias mesas en fila con sus sillas. El lugar estaba vacío. Wilhelm fue a la cocina y al rato regresó con unas cuantas rodajas debutterbrot, mermelada, queso blanco y dos tazas de café caliente. Mientras devorábamos el desayuno se acercaron dos tipos ­corpulentos, uno de los cuales portaba, cruzándole el rostro, una desagradable y profunda cicatriz. Vestían el mismo uniforme marrón, pero a diferencia de Wilhelm, estos parecían dos matones que venían a cobrar una vieja deuda. Por un instante pensé que iban a sacarme a patadas pero, para mi sorpresa, los matones fueron muy amables conmigo. Wilhelm les explicó quién era yo y qué me había sucedido; todos parecían encantados. Me hablaron de Hitler, de Röhm, de la judería internacional, etc. Usted sabe que a los nazis jamás les faltó tema de conversación. Yo escuchaba con una sonrisa pegada a la cara sin prestar demasiada atención a lo que decían, mi única preocupación era saber si habría más queso en la cocina, aunque no pensé que fuera buena idea interrumpirlos con esa inquietud. Luego, mientras brindábamos con aguardiente, me invitaron a unirme a las SA.

Resumiendo, Erich terminó jurando fidelidad a Hitler aunque no por una real conversión al nazismo, sino porque su incorporación al Partido, y particularmente a las Sturmabteilung,6solucionaba al menos de momento, su acuciante problema de supervivencia. Ese uniforme venía con barracas donde dormir para quien lo necesitara, comedor, baño caliente y todo lo que podía precisar para tomarse un tiempo y pensar sin sobresaltos en lo que iba a hacer con su vida.

—Wilhelm me relató una seductora historia acerca de un joven camarada que se había unido al cuerpo no sin ciertas reservas, pero que luego terminó denunciando a su propio padre por hablar mal del NSDAP. A raíz de esto, las SA emboscaron a ese pobre hombre en una calle oscura para acuchillarlo sin miramientos; el joven camarada se ganó una medalla. En los días siguientes, jugué con la idea de denunciar al viejo coronel, y eso me dio una gran sensación de poder.

 

 

El Gran Jacobi (una calle de Berlín)

 

“Señoras y señores… tengo un grave problema y quiero ver si ustedes me ayudan a resolverlo. Mañana es mi cumpleaños y mi deseo es tener una fiesta con toda mi familia. Pero resulta que mi hermana es comunista y está peleada con mi padre, que es socialista. Ya saben que socialistas y comunistas no se pueden ni ver… así que a la fiesta vieneuno o viene el otro… o quizás puedan turnarse… antes de la torta uno y después de la torta el otro…(Risas).Por otra parte, mi madre es admiradora de Alfred Hugenberg,7por lo cual toda mi familia la trata de tarada…(Risas).Esto le ha hecho muy mal a mi madre… la pobre tuvo un ataque de amnesia justo cuando estaba haciendo mi torta de cumpleaños… y todavía no puedo asegurar si va a poder terminarla… O sea que no sé si pondré las velitas sobre una torta o sobre una salchicha…(Risas).También están mis primos… quienes pertenecen cada uno a un partido político pequeño… y como buenos alemanes se detestan entre ellos…(Risas).Imposible reunirlos y que se pongan de acuerdo para cantarme el feliz cumpleaños… Mi padre intercederá para que me canten al menos el Himno Nacional…(Risas).Por último, muy difícilmente venga a la fiesta mi tío Jacob… que es rabino y se odia con mi hermana y mi padre por ser ateos izquierdistas… Mi hermana, que es muy vengativa, acusó al rabino de ser dirigente encubierto de Acción Católica… y esto ha caído muy mal en la sinagoga del barrio…(Risas).Para colmo de males… acabo de enterarme de que mi gato se ha hecho nazi…(Risas).Ustedes deben haber oído hablar de él… es el famoso Gato con botas… (Risas y aplausos)”.

 

 

1931

 

La quiebra del banco austríaco Kredit Anstalt desata el pánico entre los alemanes, que corren a los bancos a retirar sus depósitos. Por temor a quiebras en cadena los bancos permanecen cerrados entre el 13 de julio y el 5 de agosto. La contracción de la demanda hace que el desempleo se eleve a cuatro millones y medio. Los continuos cambios de gabinete sin apoyo parlamentario y las batallas callejeras entre nazis y comunistas socavan la república de Weimar. El presidente Hindenburg recibe a Hitler por primera vez.

 

 

El ascenso

 

Tres jóvenes pasean sus botas mientras reparten volantes a los transeúntes en plena Friedrichstrasse, invitándolos a afiliarse al NSDAP. Hay quienes recogen la propaganda con simpatía por la causa y algunos hasta muestran sus credenciales del partido. Muchos miran con desprecio el afiche de Hitler y la esvástica en los brazaletes, algunos lo ocultan, otros no. Los más, toman el volante simplemente porque no parecen querer problemas. Uno de los uniformados es Erich von Thaler.

El auto se detiene y baja un hombre de la tropa de choque, muy sonriente. Lleva insignias de Truppführer.8 Los SA que están con los volantes se sorprenden al verlo y hacen saludos de Heil Hitler a la vez que chocan talones. Luego de ese trámite, rostros alegres y palmadas en la espalda de hombres que no se han visto durante meses.

—¿De modo que ahora eres sargento? —dice uno.

—Así es —responde Wilhelm exhibiendo las dos pipetas en el cuello de su camisa, y enseguida mira con especial atención a Erich—. Contigo tengo que hablar.

Wilhelm se despide de los otros dos y lleva a Erich hasta una taberna que hay en la esquina. Se sientan junto a la ventana y el sargento ordena cerveza.

—Bueno —arranca Erich—. ¿Me vas a decir dónde has estado todo este tiempo?

Wilhelm pasea la mirada por el lugar antes de volver a centrarla en su interlocutor.

—Röhm —dice simplemente, como una manera obvia de aumentar el suspenso.

—¿Te refieres a Ernst? ¿Ernst Röhm?9

—¿Quién otro? Desde que regresó de Bolivia en enero fui asignado a su Estado Mayor. Viajo constantemente de Berlín a Múnich.

Una hermosa muchacha rubia de melena corta, a la moda, deposita dos jarras de cerveza sobre la mesa. Wilhelm se toma su tiempo para contemplarla y dirigirle una sonrisa provocadora, a la que ella responde con un mohín antes de irse. Por un momento, Erich recuerda al niño tímido que había sido Wilhelm. Recuerda cuando se quedaba parado en la plaza mirando a Erich y a sus amigos jugar al fútbol, demasiado vergonzoso como para preguntar si podía unírseles.

—¿Qué te pasó en la cara? —pregunta el sargento como si mirase a Erich por primera vez.

Erich se pasa la mano por la hinchazón. La dureza vuelve a instalarse en sus ojos.

—Un comunista con una cachiporra, en el enfrentamiento de ayer. —Duda—. No, anteayer.

—Son los gajes del oficio, eh —comenta sonriendo Wilhelm, con el aire superior de quien ya no está bajo ese riesgo sino en cosas más importantes—. Tengo amigos, Erich —continúa. Le da una palmada afectuosa en el brazo—. Influyentes. Y si yo los tengo, tú también.

—¿Qué quieres decir? —se intriga von Thaler agarrando el frío y húmedo mango de la jarra, aunque no atreviéndose a beber hasta que lo haga el sargento. Ignora qué tan amigo es.

Wilhelm se inclina hacia adelante y sigue en tono confidencial.

—Te lo diré. ¿Ves ese uniforme que usas? ¿Sabes de dónde proviene? Pues bien, en 1924 un líder de las SA consiguió un lote muy barato de camisas del ejército imperial sobrantes de la guerra. Hitler las rechazó porque no le gustaba el color marrón. ¿Y sabes lo que hicieron las SA? Las usaron igual. Aprende esto. Somos leales al Führer y daremos nuestra vida por defenderlo, pero ni él ni nadie nos dice a las SA cómo debemos vestirnos.

Erich bebe un trago para disimular su incomodidad. Nadie hasta ahora se había expresado así sobre Hitler, no al menos desde las SA. No sabe si Wilhelm es sincero o está probándolo.

—Hitler aprendió la lección —continúa Wilhelm con voz baja y un quiebre de labios que presagia una ironía—. Es más… La nueva sede del Partido en Múnich fue bautizada por él mismo como la Casa Marrón.

Erich lo mira con una sonrisa de compromiso.

—Aquí está el poder, Erich… no en Goebbels ni en ese gusano de Hess. ¡Somos casi medio millón en toda Alemania! ¡Somos más fuertes que el ejército! ¿Y sabes qué? Hitler está donde está porque lo llevamos nosotros, aunque no se nos reconozca.

Erich siente que debe decir algo, pero trata de ser prudente.

—Bueno… quizás haya habido algunos… malentendidos. Sucede en la política, ¿no? Después de todo, el Führer nos llamó sus leales soldados.

—No te dejes engañar por eso. Es muy astuto y sabe que nos necesita. Tú eres un lobezno en las SA y no conoces algunas cosas. Hace dos años, antes de que tú ingresaras, estábamos tan hartos de darlo todo sin recibir nada a cambio que tomamos la sede nazi en Berlín y la destrozamos. Hitler se hizo en sus calzoncillos y vino a suplicarnos que nos tranquilizáramos. Y nos hizo toda clase de promesas. Algunas las cumplió… otras… en fin.

Erich quiere ya terminar con esta charla, y lo hace de la única manera en que sabe que un nazi puede tolerarlo: con sumisión.

—¿Qué quieres que haga? —dice.

Wilhelm sonríe, como si eso fuera lo que esperaba escuchar.

—Tú solo sigue donde estás e infórmame sobre el estado de ánimo de los hombres. Sé mis oídos en este cuerpo. Puedo asegurarte la pipeta de cabo para un futuro cercano. —Se bebe de golpe lo que quedaba en su jarra—. Subiremos juntos, Erich. Te lo prometo.

Sin decir más, deja un billete y se va. Erich queda tamborileando los dedos sobre el borde de la jarra.

 

 

El Gran Jacobi (una calle de Berlín)

 

“Vamos, señoras y señores… No tengan miedo de gastar… ¿Qué son treinta pfennig hoy día? Estamos en crisis, ¿quién no? Estamos más quebrados que el Kredit Anstalt. Pero ¿qué es esta crisis comparada con la inflación del 23? Eso sí que era una descalabro… ¿Recuerdan? Un paquete de cigarrillos costaba cuatro billones de marcos… ¡Cuatro billones! Miles de turistas venían a Alemania tan solo para ver ese precio y dejar de fumar… (Risas). Fue el lado bueno de la inflación, señores… Nadie fumaba… nadie tosía… Y era bueno no toser porque toser costaba plata… Recuerdo que mi amigo Franz fue a comprar un remedio que costaba veinte marcos… cuando iba a sacar el dinero de su billetera le dio un ataque de tos y eso fue mortal… al terminar de toser el remedio valía cincuenta marcos. (Risas). Mi amigo protestó, claro… Le dijo al farmacéutico: “Pero si acaba de decirme veinte marcos”.

El hombre respondió: “Ya sé que le dije veinte pero aumentó a cincuenta, y ahora pague los ochenta o no compre nada y se ahorra los cien”. (Risas y aplausos).

Así era la Alemania de entonces, señoras y señores. Yo personalmente me enteré de la hiperinflación por el diario. No, no es que lo haya leído allí. Es que cada vez que iba a comprarlo no me alcanzaba la plata que llevaba.(Risas). Para colmo de males, la gente se enfermaba porque estaba lleno de bacterias por todas partes. Uno las encontraba en todos lados. En los basureros, en las cloacas, en las largas colas para el pan. Había bacterias más pequeñas, bacterias más grandes. Vi una tan grande que cuando penetró en el tranvía, para infectar a los pasajeros, le cobraron pasaje.(Risas).Según los médicos existían todo tipo de enfermedades… la gripe… la tuberculosis… la sífilis… el Partido Nazi…(Risas).Vaya con los nazis… de esos no pudimos curarnos… ­resisten toda la farmacopea… ­(Risas).Aun hoy uno puede ver a esas esbeltas tropas de asalto por toda la ciudad… Bueno, al menos los nazis han estimulado una industria nacional… la de las vendas… Por donde pasan los nazis… todo el mundo queda vendado…(Risas)”.

 

 

1932

 

Marzo es un período especialmente activo para los militantes de las SA. Las elecciones presidenciales les han dado trabajo extra, ya que no solo deben redoblar el reparto de volantes y proteger los cada vez más frecuentes mítines del Partido, también tienen que pegar cientos de miles de afiches con el rostro de Hitler sobre un fondo en blanco y negro por toda la nación. La acción propagandística es colosal ya que se distribuyen cerca de ocho millones de folletos y doce millones de periódicos, además de hacerse uso de películas y discos difundidos por medio de altavoces en camiones. Los nazis se alzan con el 30,1 % de los votos. Hindenburg no alcanza la mayoría para ser reelecto y habrá una segunda vuelta. Conocidos los resultados del escrutinio, los líderes de la tropa no están satisfechos ya que en Berlín solo han alcanzado el 23 % de los votos. Sin embargo, grupos de SA se reúnen en varias tabernas para festejar con litros de cerveza el sustancial aumento de los votos nazis y la continuación delFühreren la carrera presidencial.

El tema es festejar y se hace al estilo típico de las SA. Pocas palabras, infinidad de brindis y muchas canciones. Luego vienen las chicas. De madrugada hay orgía en los albergues.

 

 

¡Despierta, Alemania!

 

Erich despierta y se da cuenta de que no se ha sacado las botas. Tiene ganas de vomitar. Reconoce a una de las chicas que está dormida junto a él, desnuda. De alguno de los otros camastros llega la voz de un camarada ebrio que aún trata de entonar “Die Fahne hoch… Die Reihen fest geschlossen…”10Erich se incorpora y va hasta la ventana, trastabillando. La nieve cae en grandes copos y se entrega a observarlos con la mente en blanco. No piensa o no quiere pensar. Ni en su familia, ni en sus amigos. Ni siquiera en Alemania. Poco le importa que su tía y otros miles de burgueses hayan perdido sus ahorros… ni que siguieran quebrando empresas… ni que la desocupación llegase a los cuatro millones y medio de personas. “Cuanto mayor sea la catástrofe, mejor para el Partido”, es lo que machacan los líderes de la tropa. El desastre es lo que precipitará la revolución alemana… Hay que acabar con el sistema… Hay que acabar con la democracia, los comunistas, los judíos… Lo sorprendente para él es que cuando estos pensamientos se filtran en su mente no experimenta la rabia ni la exaltación que parecen dominar a la mayoría de sus camaradas. Ni siquiera un atisbo de convicción. En el fondo nada le importa. Mira el paso de los acontecimientos y sigue órdenes, envuelto en una costra de indiferencia, con la conciencia distante, acallada, incómoda. Es en las reyertas callejeras donde aflora su furia. Es allí, cuando se ve acorralado por navajas y cachiporras, cuando debe pelear contra el enemigo de las bandas comunistas; entonces no le importa cuántos golpes y heridas le infligen, una llamarada de odio se abre paso en su interior y aprieta los dientes y pega con sus puños como garrote, pega y pega hasta horadar la carne con sus golpes, hasta provocar una erupción de sangre salada, busca los gritos de dolor, los ojos desorbitados por el miedo para sentir queese miedo no es el propio sino de aquel bajo sus golpes. Erich abre la ventana justo a tiempo para vomitar.

 

 

El encuentro

 

Erich baja del camión de provisiones en la Wilhelmstrasse; necesita caminar a solas.

El aire todavía frío transforma su aliento en una densa columna de vapor. Ha nevado. Una fina capa blanca se extiende sobre el piso, anegándose poco a poco de agua sucia por efectos del temprano sol primaveral. Erich no se arrepiente de haber traído su capote de invierno. Llega a la esquina y divisa una moderada multitud con banderas nazis frente al hotel Kaiserhof, sin duda Hitler debe de estar alojado en el lugar ya que es su cuartel general cuando viene de Múnich. Sin proponérselo, Erich da media vuelta y sigue caminando en dirección opuesta.

De pronto alguien lo toma del brazo.

—¡Erich! —exclama una voz familiar, ansiosa.

Erich lo mira sorprendido. Lo reconoce. Hans Goldberg. De su gorra asoman varios rulos colorados, algunas pecas siguen adornando su cara. Erich se suelta. Está por decir lo que ha sido instruido para decir en estos casos: “Ya no me relaciono con judíos”. Pero no lo hace.

—¿Qué quieres? —descarga en cambio, resentido.

—¿Estás loco? —responde Hans, visiblemente molesto—. Desapareciste… te alejaste de todos… y de pronto alguien me dice que te vio repartiendo volantes con uniforme de las SA.

Erich sonríe con premeditado cinismo.

—Sin duda fue alguien con buena vista. —Y de inmediato sigue su camino.

Hans lo mira irse, atónito. Lo alcanza y camina junto a él. Erich se esfuerza por ignorarlo, pretende no recordar que fue uno de sus amigos más preciados y leales. Una amistad que fue permitida desde la niñez por el viejo coronel a pesar de no ser devoto de los judíos. El padre del joven, el capitán Alfred Goldberg, había sido un valiente compañero de armas en la guerra, de allí su respeto y el conferido puesto oficial de “mi amigo judío”, con que el coronel se podía dar el lujo de ser un antisemita de etiqueta tan valorado en el ambiente de losJunkers.

—¿Por qué desapareciste? —insiste Hans.

Erich se controla.

—Yo no me fui. Ustedes me abandonaron. ¿O crees que no sé lo que hizo el coronel?

—Mi padre me transmitió fielmente lo que le pidió el tuyo. Me prohibía todo contacto contigo. Pero no me importó. Rolf y yo te buscamos por todos lados, hasta que conseguí el teléfono de tu tía, y siempre que llamé te hiciste negar.

Erich se encierra aún más en sí mismo. Sabe que le están diciendo una verdad. Hans y Rolf fueron los únicos que intentaron llamarlo, pero él se negó a despertar su lástima. Al diablo, ya es tarde para eso. Solo desea que Hans se vaya, desaparezca. Su rabia está apareciendo y no quiere hacerle daño.

—No entiendo… —prosigue el pelirrojo—. ¿Tú en las SA? No tienes nada que ver con esa lacra…

—¿Ah, no? ¿Y cómo lo sabes? —desafía Erich.

—Porque eres buena gente… ¿Cómo puedes siquiera…? No entiendo.

Erich se siente humillado. Sabe que la mayor parte de sus camaradas son rufianes prepotentes que solo atacan en grupo. Hans debía de sentirse muy superior al verlo caer tan bajo. Sin duda, luego irá con los viejos amigos a contar que vio a Erich con su uniforme y todos reirán burlándose. A Erich le hierve la sangre. Para colmo Hans no puede detenerse:

—¿De veras crees que Hitler va a solucionar algo? ¿De veras crees en sus mentiras? Solo te dice lo que quieres escuchar, Erich… A todos… ¿Cómo puedes tragarte eso?

La furia de Erich va en aumento. Hans lo acorrala a preguntas.

—¿No has escuchado sus discursos? ¿Qué propone para salir de la crisis? Nada… no tiene el menor programa… De su boca solo sale odio. ¡Odio! ¡Odio! ¡Odio! ¿Sabes lo que pasó en la escuela donde va mi prima Ruthy? ¡Entraron las Juventudes Hitlerianas a golpear niños judíos! ¿Es lo que quieres para Alemania? ¿Es lo que quieres? ¡Responde!

Actuando por instinto, Erich lo toma violentamente por el cuello del sobretodo, parece a punto de golpearlo. Hans lo enfrenta.

—Vamos… Pega… Es lo que te enseñaron a hacer, ¿no? ¡Golpéame!

Erich duda un instante. Lo suelta, turbado. Hans lo mira con tristeza.

—Aunque no lo creas… —dice Erich, adivinando los pensamientos de su amigo—, jamás le he pegado a un judío… o a alguien indefenso… solo a quienes me atacan… De veras, Hans… Yo no odio a los judíos…

El pelirrojo asiente con un leve movimiento de cabeza.

—Así nunca ascenderás a Führer —dice por fin, como buscando una vieja complicidad.

Erich sonríe apenas y lo mira, como antes, como hace mucho.

—¿Qué andas haciendo?

Hans se encoge de hombros.

—Me voy. Quiero seguir mis estudios en los Estados Unidos. Allá tengo un tío…

—Lo sé… tu tío Manfred. Cuando se marchó tenías diez años y no saliste a jugar porque lloraste todo el día.

Hans sonríe y asiente sorprendido. Luego suspira con gesto amargo.

—Traté de convencer a mis padres de venir conmigo, pero me miran como si estuviera loco. Somos alemanes, dicen. ¿Cómo vamos a salir de Alemania? Es nuestro país, acá tenemos nuestra vida.

Hacen silencio mientras ven pasar un camión repleto de tropas de las SA cantando a viva voz Alemania, despierta, un enmascarado desafío a la veda electoral.11

—Lamento que te vayas —dice Erich, sincero.

—Es que… leí Mein Kampf… leí todo lo que quiere hacer Hitler… Y le creo… Debo ser el único en el mundo… Le creo, Erich…

Erich lo mira sin saber qué decir. Hans sonríe y sus labios tiemblan por un momento.

—Suerte —susurra, para de inmediato seguir su camino.

Erich lo ve alejarse. No realmente a Hans, sino las huellas que va dejando en el barro.

 

 

El Gran Jacobi (una calle de Berlín)

 

“Mi prima Rebecca, quien además de gorda y cuarentona es la solterona de la familia… Les decía que mi prima quedó muy afligida por el resultado de las elecciones del 10 de abril. Desde que supo que Hitler fue derrotado en la segunda vuelta, Rebecca no hizo más que llorar y llorar. La familia preocupada se reunió alrededor de ella para preguntarle por qué quería que ganaran los nazis. Ella respondió bañada en lágrimas:

—¡Por las promesas electorales de Hitler! ¡Por eso!

—No entiendo —se extrañó mi tío Motl—. ¿Qué tienes tú que ver con lo que Hitler les prometió a los obreros, eso de aumentar los salarios y tener mano dura con los empresarios?

—No es eso —sollozó Rebecca.

—Entonces entiendo menos —dijo mi tía Ruth—. ¿En qué te afecta que les haya prometido a los empresarios bajar los salarios y tener mano dura con los obreros?

—No, no y no —se enojó mi prima—. Hitler prometió que si ganaba las elecciones todas las muchachas conseguirían marido. ¡Si él fuera presidente, yo estaría casada!

Mis tíos se miraron.

—Debí votar a Hitler —dijo Motl—. Si lograba casar a Rebecca, acabar con cinco millones de desempleados era un juego de niños… (Risas y aplausos)”.

 

 

Erich von Thaler

 

—Luego de los comicios y a pedido del ministro de Defensa, Wilhelm Groener, el gabinete decidió la prohibición de las SA y las SS. La policía desalojó todos nuestros albergues y centros de reunión, de manera que del día a la noche volví a quedarme en la calle. Pero no por mucho tiempo. Un sargento de vientre hinchado y bigotitos a lo Hitler entró en la barraca cuando varios de nosotros juntábamos nuestras pertenencias y explicó que pasábamos momentáneamente a la clandestinidad, que los que no tuvieran dónde dormir serían albergados por los camaradas que contaran con algún lugar. Él mismo ofreció llevarme junto con tres camaradas. Entre ellos Reinhold, uno de los pocos con quienes había trabado cierta amistad. La casa de Heinrich Grubber, que así se llamaba el sargento, era bastante espaciosa. Además de tres cuartos y dos baños, había un pequeño jardín muy bien cuidado en donde una mesa y varias sillas invitaban a una velada con cerveza. Era obvio que ese hombre tenía una entrada de dinero mucho mayor que las migajas que recibían las SA. Vivía solo en la casa, lo que explicaba por qué acogía a cuatro de nosotros. Al principio, el cambio fue agradable, hasta divertido. Ahora vestíamos todo el tiempo de civil, excepto cuando participábamos en alguna manifestación contra la prohibición de la fuerza. Por las noches me quedaba en el jardín charlando con Reinhold, o más bien, escuchando los relatos de todas sus proezas sexuales sin decidirme a hablar de lo que realmente me inquietaba. Solo una vez le pregunté si de veras creía en todo lo que decía Hitler respecto a los judíos. Recuerdo que Reinhold acarició con su dedo índice un pequeño grano peludo incrustado en su mejilla, cerca de la aleta de la nariz. Luego sonrió con una malicia desconcertante, como lo haría un niño lleno de odio. Cuando se mostró partidario de la teoría racial y del Lebensraum, quiero decir, cuando desnudó su fanatismo exaltado me di cuenta de que se abría un abismo entre él y yo. Hans Goldberg tenía razón después de todo.

Erich se estaba duchando cuando de improviso Heinrich Grubber entró en el baño sin haber golpeado la puerta. Al ver que Erich salía de la ducha se excusó por la intromisión. Luego lo miró a los ojos y le explicó vagamente que se estaba preparando un nuevo sistema de rangos para la tropa y que él mismo podría recomendarlo para un ascenso. Erich asintió incómodo. Se alarmó al ver que el sargento se le acercaba mirándole ávido la entrepierna. Retrocedió impulsivamente hasta quedar cercado por los azulejos fríos y húmedos. Heinrich no dejaba de parlotear, con su voz ronca, agitada, empeñándose en informar que los otros camaradas habían salido y que no había nada que temer. Terminó esta última frase rozando con sus dedos los genitales de Erich; este quedó paralizado ante su superior. Tantos meses entrenándose en el sometimiento y la obediencia habían doblegado su instinto de conservación. Heinrich siguió avanzando hasta arrinconarlo. Erich reaccionó por fin dándole un empellón que no hizo mella en el sargento. Por el contrario, este se lanzó contra el cuerpo del muchacho agarrándolo del cuello con una mano y del trasero con la otra, con dedos gordos y sudorosos que buscaban su orificio anal. Erich sintió que le faltaba el aire, trató de pensar fríamente y aflojó en parte la fuerza que hacían sus brazos para liberarse de la gruesa tenaza que era la mano de Heinrich, simulando que abandonaba la resistencia. El sargento sacó la mano del trasero para empezar a desabrocharse la bragueta con movimientos torpes y febriles. Fue el momento que Erich aguardaba para descargarle un fuerte rodillazo en los testículos. El cuerpo de Heinrich se arqueó un poco mientras sus manos bloqueaban la zona dolorida, y retrocedió, como un hipopótamo aturdido, a la vez que profería toda clase de maldiciones. Erich aprovechó ese espacio para soltar su cross de derecha a la mandíbula y enviarlo al piso. El sargento intentó levantarse de inmediato agarrándose de la cortina, pero el sostén no resistió el peso y fue a caer de lleno en la bañera. Desde allí lanzó una mirada de odio y pasándose la mano por el labio sangrante amenazó a Erich con echarlo a la calle si contaba algo de lo sucedido.

Erich salió a caminar y pasó largo tiempo hasta que dejó de temblarle el cuerpo.

—Yo tenía veintiún años y una personalidad encallecida a fuerza de golpes y desengaños, no podía decirse que me faltara decisión. Llevaba tres grandes deserciones en mi vida: de la academia, de mi hogar y de la casa de tía Gertrud. Quizás fue por eso que no abandoné de inmediato la casa de Heinrich Grubber. No había razón. El sargento había recibido una buena sacudida en el hocico y no se atrevería a intentarlo nuevamente. Podía buscar una manera de vengarse, eso sí, pero no mientras yo me mantuviera con los demás camaradas. Heinrich no se arriesgaría a que se divulgara la humillante posición en la que había quedado en ese baño. Y muy en especial, no desnudaría sus inclinaciones sexuales ya que los mismos nazis perseguían a los homosexuales, aunque muchos de ellos lo fueran, o precisamente porque lo eran.

Un nuevo encuentro con Wilhelm, quien ya era sargento mayor, le insufló nuevos ánimos. No podía decirse que Wilhelm fuera en verdad su amigo, pero ahora se encontraba a gusto con él. Le transmitía la certeza de que se avecinaba un futuro glorioso para ambos. Y esta sensación pareció verse confirmada cuando el nuevo canciller, Franz von Papen, levantó el bando que prohibía a las SA. Los camaradas volvieron a sus reductos para estar más activos que nunca. Ese mes se desató una ola de violencia en Alemania; solo en Prusia hubo casi un centenar de muertos y cerca de mil heridos. Las tropas de asalto fueron lanzadas a una guerra callejera y Erich se entregó de lleno a la pelea, no por la causa, sino por la pelea en sí misma. Necesitaba descargar todo el odio que se acumulaba en su interior. Sin embargo, algo sucedió que puso límite a su furia. Algo que, quizás, él mismo estaba esperando que ocurriese.

 

 

Di Presse Berlín

 

Berlín, 5 de agosto de 1932

 

Hitler reprendido por el presidente del Reich

Sin duda envalentonado por el triunfo en las elecciones parlamentarias del 31 de julio, donde el Partido Nazi obtuviera nada menos que doscientos treinta escaños en el Reichstag, Hitler volvió a reunirse en el día de ayer con el presidente Hindenburg para solicitar el nombramiento de canciller. El gran mariscal no solo desairó al aprendiz de Führer con una negativa, sino que además le propinó una instructiva lección de ética política. ¿Cómo pretende el señor Hitler poner orden en el país si ni siquiera puede controlar a los extremistas de su propio partido?

 

 

El umbral

 

Anochece cuando dos camiones repletos de asesinos uniformados se estacionan tras un violento chirrido de neumáticos frente alDi Presse Berlin, un pequeño periódico situado en la Oranienburgstrasse, a pocas calles de la gran sinagoga. Los SA destrozan la vidriera con bastones de hierro y pisotean los ejemplares allí expuestos enyiddishy alemán, luego fuerzan la puerta para irrumpir como una turba desesperada en el modesto local, al grito de “muerte a los judíos” y vivas a Hitler. Más destrozo de vidrios, quema de imprenta, de muebles, gritos, súplicas, manchas de sangre.

Erich, desolado integrante del pelotón de agresores, no puede ser más que un testigo impotente del infierno que se ha desatado en ese diminuto punto de Berlín. Nunca antes había participado de un acto vandálico contra personas indefensas. Esto no era una pelea justa contra un enemigo en igualdad de condiciones, sino un acto de barbarie, una exhibición vergonzosa de cobardía organizada. Desea que acuda la policía para detenerlos, pero esta no aparece.

Sus camaradas de fiesta y cerveza arrastran hasta la calle a los pocos empleados que han permanecido en el periódico. Un hombre de avanzada edad es jalado por la barba y pasado de mano en mano entre gritos y pullas. Una mujer llora y suplica, y es arrojada sobre un escaparate repleto de vidrios astillados. Otro hombre es golpeado hasta quedar inconsciente sobre riachos de sangre mezclada con el agua sucia de la calle. Los SA festejan como si hubiesen ganado alguna guerra y Erich, conmovido, indignado, no puede refrenar el impulso de dar un fuerte empellón a uno de los uniformados enviándolo al piso. Este se incorpora perplejo para de inmediato soltar una carcajada, como tomándolo a broma. La furia de Erich se aplaca súbitamente. Se siente observado, desnudo. Una punzada de miedo lo sacude. Miedo de que ellos adviertan sus pensamientos, su rebeldía hacia tanta crueldad inútil, su piedad para con las víctimas. Le horroriza la idea de convertirse en una víctima más.

El sargento Grubber sale del local llevando una pila de libros. No deja de dar vivas alFührercon la cara enrojecida. Observa que Erich está inactivo y le ordena a los gritos que entre por más libros. Erich choca irreflexivamente los talones. Casi no tiene conciencia de estar penetrando en el local. Una vez dentro camina aturdido, el paso cada vez más rápido como si quisiera perderse entre las ruinas. Un uniformado se cruza con él cargando otra voluminosa pila de libros y le indica el camino a la biblioteca mientras bromea acerca de tener una velada literaria. Erich llega como un autómata hasta los desperdigados estantes que minutos atrás habían conformado una biblioteca y, sin detenerse a pensar, toma unos cuantos libros para de inmediato dirigirse hacia la calle, deseando que todo termine de una vez. En el camino descubre algo que le hiela la sangre. Uno de los libros que él mismo está cargando. Lo reconoce por el nombre del autor: Heinrich Heine. Se trata de uno de los libros favoritos de su madre y recuerda que en varias ocasiones, después de arroparlo para dormir, ella solía leerle algunos de sus poemas.

 

Voy por la selva, y lloro sin sentirlo:

¡Y así pasan las horas!

Salta de rama en rama el negro mirlo,

Y dice: “¿Por qué lloras?”12

 

Llega a la calle donde los libros arden en una pira. Las voces eufóricas lo alientan a echar sus libros al fuego. Lo hace sin siquiera dudar. Algunas manos palmean su espalda y las voces roncas desafían al mundo con el Horst Wessel Lied. Erich no puede apartar su mirada del libro de Heine, cuya tapa desvencijada empieza a ennegrecerse bajo el bailoteo de las flamas.

 

Cuando de noche pienso en Alemania,

No desciende a mis párpados el sueño;

Mis ojos no se cierran, mas los mojan

Mis lágrimas de fuego.13

 

 

Erich von Thaler

 

—Pocos días después me propuse abandonar los barracones con la excusa de retirar alguna ropa dejada en la casa de mi padre. Reinhold se ofreció a acompañarme con un vehículo. Le dije que prefería ir solo, que ignoraba en qué términos hablaría con mi padre y cuánto tiempo me llevaría. Reinhold insistió alegando que no le importaba esperarme en la calle pero yo me mantuve firme, con algún remordimiento por mentirle a mi camarada más cercano, pero decidido a no agregar obstáculos al plan establecido. Esa misma tarde me aseguré un permiso de salida y traspuse el portón de hierro negro vestido de civil, abandonando mi maleta y mis pocas pertenencias para no levantar la más mínima sospecha acerca de mis intenciones. Fue así que dejé el cuartel dispuesto a no regresar jamás. Era mi discreto retiro de las SA y del NSDAP. Con los pocos marcos que tenía, producto de la raquítica paga por mis servicios en ese “club de idiotas”, pensaba comprar un pasaje a Viena, una ciudad que según tía Gertrud era lo más parecido al paraíso, y que estaba lo suficientemente lejos de Berlín como para pensar en una nueva vida, mucho más tranquila y sin nazis alrededor. No me importaba la reacción de las SA cuando descubriesen mi deserción, no era eso lo que me impulsaba a salir del país. De hecho, excepto por Reinhold, un par más y el sargento amante de mi trasero, nunca se me ocurrió que irían a extrañarme demasiado. Estaban demasiado ocupados con los mítines y las peleas callejeras. Yo no quería más de eso, yo solo quería dejar esa ciudad que para mí guardaba los peores recuerdos. Ya en Viena encontraría un trabajo, cualquiera que fuese, y pasaría mis fines de semana tirado al sol a orillas del Danubio. Era un gran plan. Por supuesto, no ignoraba que podía llevarme un tiempo conseguir trabajo, pero para ese entonces yo había aprendido mucho acerca de la supervivencia. Había charlado con Franz Dohms, un muchacho de Northeim, con quien coincidí varias veces en las guardias nocturnas del cuartel, y supe por él que siempre había alguna manera de sobrevivir en una ciudad. Por ejemplo, si uno pasaba hambre en Berlín podía recurrir al Ejército de Salvación, como el de la Dresdener Strasse. Una buena plegaria en nombre de Jesús y tenía uno cama para la noche y comida en el día sin necesidad de jurar fidelidad a Hitler. Así de sencillo, de haberlo sabido antes me hubiese evitado muchos problemas.