El último grumete de la Baquedano - Francisco Coloane - E-Book

El último grumete de la Baquedano E-Book

Francisco Coloane

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Por fin llega a los lectores una nueva edición de El último grumete de la Baquedano, el clásico de la literatura nacional. Se trata de una oportunidad para revisitar la obra del destacado autor Juan Francisco Coloane y hacer una relectura más profunda, alejada de miradas superficiales, y de este modo, sumergirnos en su sentido más duradero. "El último grumete de la Baquedano es harto más que el relato infantil que la crítica ha querido ver prácticamente desde que la obra se publicó por primera vez. Muy lejos de eso, yo sostengo que construye, además, una alegoría del Estado, una del Estado nación, y entendido este a la manera moderna, revolucionaria y napoleónica, como el "pueblo en armas", para decirlo con la fórmula que consagra la emergencia en la historia del ciudadano-soldado. El viaje de la vieja corbeta Baquedano en la obra de Coloane puede leerse, en consecuencia, como el viaje de reconocimiento que realiza la patria chilena de la primera mitad del siglo XX por su territorio y por su historia". Grínor Rojo, crítico literario

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Seitenzahl: 138

Veröffentlichungsjahr: 2024

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EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE

Vicerrectoría de Comunicaciones y Extensión Cultural

Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile

[email protected]

lea.uc.cl

EL ÚLTIMO GRUMETE DE LA BAQUEDANO

Francisco Coloane

© Inscripción Nº 2024-A-6084

Derechos reservados

Mayo 2024

ISBN N° 978-956-14-3277-2

ISBN digital 978-956-14-3278-9

Diseño: Carolina Valenzuela

CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile

Coloane, Francisco, 1910-2002, autor.

El último grumete de la Baquedano / Francisco Coloane.

1. Novelas chilenas

I. Tít.

2024 Ch863 + DDC2 RDA

La reproducción total o parcial de esta obra está prohibida por ley. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y respetar el derecho de autor.

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

ÍNDICE

PRESENTACIÓNIgnacio Sánchez D.

EL ÚLTIMO GRUMETE DE LA BAQUEDANOFrancisco Coloane

I.¡Rumbo al Sur!

II.Primera noche

III.¡El último grumete!

IV.¡Tres bultos a estribor!

V.El fantasma del Leonora

VI.Tempestad mar afuera

VII.La caza de ballenas

VIII.Los alacalufes

IX.De Punta Arenas a “la tumba del diablo”

X.Detrás de los témpanos

XI.“El paraíso de las nutrias”

XII.“El avestruz del mar”

XIII.De regreso

XIV.La locura de Escobedo

SOBRE EL ÚLTIMO GRUMETE DE LA BAQUEDANO Y ALGO MÁSGrínor Rojo

Con alegría escribo estas líneas para introducir esta nueva edición de la novela El último grumete de la Baquedano, la que inaugura el trabajo conjunto de la Universidad Católica a través de la Facultad de Letras, del Centro de Estudios de Literatura Chilena (CELICH), Ediciones UC y el archivo patrimonial, –compuesto por más de 200 manuscritos y cuadernos de notas–, donado por la familia del reconocido escritor chileno, Francisco Coloane Cárdenas, uno de los más importantes narradores chilenos del siglo XX. El valioso archivo, que incluye borradores, ideas de textos, reflexiones personales, estudios, anotaciones y diarios de viaje, nos permite conocer en mayor profundidad el trabajo creativo del autor.

Esta novela nos sumerge en ese imaginario de los paisajes del sur de Chile o en la vivencia del ser humano en la inmensidad del mar, dos importantes tópicos de su narrativa. Las aventuras de Alejandro Silva Cáceres, de tan solo 15 años, se desarrollan de manera magistral e inolvidable. El mismo autor nos habla de su fecha de nacimiento en el artículo titulado “Chiloé del niño”, publicado en El Mercurio el 9 de noviembre de 2001: “en una casa construida sobre pilotes de madera alquitranados, mi madre, Humiliana Cárdenas Vera, campesina de Huite, [...], me dio a luz a las cinco y media de la mañana, el 19 de julio de 1910, en Quemchi. En esos días, mi padre, Juan Agustín Coloane Muñoz, andaba navegando de capitán de barco de cabotaje”. Sus primeros años estuvieron marcados por su entorno. Así lo describe en este mismo artículo de su autoría: “La voz de mi madre y el rumor del mar arrullaron mi infancia”. Su vida en la Isla Grande de Chiloé, su experiencia en una estancia en Tierra del Fuego, como peón, ovejero, recorredor de campo y capataz, se manifiestan en gran parte de sus relatos en que la fuente de inspiración son los lugares inexplorados e inhóspitos del sur de Chile.

Francisco Coloane fue reconocido con importantes distinciones. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1964, ejerció como presidente de la Sociedad de Escritores de Chile el año 1966 y en 1980 fue elegido miembro de la Academia Chilena de la Lengua. Francia, en 1996, lo condecora con la medalla de Caballero de la Orden Nacional de Artes y Letras. Su novelas y cuentos han sido traducidos a diferentes idiomas como al inglés, holandés, turco, francés, alemán, griego, italiano, portugués, entre muchos otros. Por la temática que aborda en sus obras, en diferentes artículos ha sido comparado incluso con el francés Julio Verne, el estadounidense Jack London y el polaco Joseph Conrad.

Para la Universidad Católica es una alegría y también una gran responsabilidad recibir el archivo patrimonial que conforma su obra, ya que es un material de gran valor. Agradecemos la confianza y generosidad de la familia, ya que compartimos el interés en la obra de Francisco Coloane, en especial su investigación, difusión y preservación. Queremos que estudiantes y académicos puedan conocer en profundidad el legado del autor, que este sea objeto de reflexión, estudio e investigación. Para ello, la documentación será digitalizada y conservada en la Colección Patrimonial de la Biblioteca de Humanidades en el campus San Joaquín. En la UC nos encontramos desarrollando una agenda activa en el campo del patrimonio cultural, y la recepción del archivo patrimonial de Francisco Coloane se suma a acervos de valor patrimonial de varios destacados escritores y escritoras de nuestro país. De esta manera, queremos poner las capacidades de la Universidad al servicio del resguardo de estos bienes culturales, de su puesta en valor y difusión.

Se agradece de manera especial al hijo del escritor, don Juan Francisco Coloane Rojas, por la confianza que ha depositado en nuestra Universidad para el cuidado de esta colección. Reiteramos nuestro compromiso de resguardar y difundir la obra de su padre poniéndola a disposición de la comunidad de investigadores, estudiantes y lectores.

Ignacio Sánchez D.

Rector, Pontificia Universidad Católica de Chile

I ¡RUMBO AL SUR!

–¡Veinte grados más a babor! –exclamó en voz alta el teniente de guardia en el puente de mando de la corbeta General Baquedano.

–¡Veinte grados más a babor! –repitió, como un eco, el timonel, mientras sus callosas manos daban vigorosas vueltas a las cabillas de la rueda del timón.

Una ráfaga del noroeste recostó a la nave hasta hundir la escora de babor entre las grandes olas, cuyos negros lomos pasaban rondando hacia la oscuridad de la noche; el ulular del viento aumentó entre las jarcias, el velamen hizo crujir la envergadura, y el esbelto buque escuela de la Armada de Chile, blanco como un albatros, puso proa rumbo al sur, empujado a doce millas por hora por la noroesteada que pegaba por la aleta de estribor.

Era el último viaje de este hermoso barco. Después de educar a su bordo a numerosas generaciones de oficiales, suboficiales y marineros para la Marina chilena, la superioridad naval había dispuesto que realizara el último crucero hasta el Cabo de Hornos, para proceder, a su vuelta, al desguazamiento de la nave, en razón de que, envejecida en sus luchas con los mares de todas las latitudes, ya no ofrecía seguridades para la navegación en las peligrosas rutas que tienen que surcar los marinos de guerra.

Con trescientos hombres de tripulación, de comandante a grumete, al caer de una tarde de otoño, levó anclas en la bahía del puerto militar de Talcahuano, pasó con su motor auxiliar la isla Quiriquina, y ya mar afuera, izó todo su velamen y puso proa al Sur, en cumplimiento de esa orden.

Trescientos hombres de tripulación consignaba en sus páginas el libro bitácora el día de su partida; pero, en realidad, iban trescientos uno: ¡Nadie sabía a bordo nada de este último tripulante! En un pañol de proa, bajo el castillo, acurrucado entre los rollos de las jarcias y cadenas, un niño de más o menos quince años permanecía tembloroso entre las sombras, en espera de su incierto destino.

Hacía cerca de tres horas que se encontraba en ese escondite, seguro de que nadie sospecharía su presencia a bordo, pues la vigilante guardia del portalón debía estar cierta de que ningún extraño pasó por esa única entrada a la corbeta en las horas que se preparaba para el zarpe.

Esta seguridad le dio cierta tranquilidad; pero luego pensó en la noche que le esperaba en el pequeño recinto del pañol, que un marinero había cerrado, sin darse cuenta de la permanencia del niño, con una cadena y un candado por fuera.

De vez en cuando un barquinazo lo obligaba a aferrarse de los rollos de jarcias para no ser lanzado violentamente contra las paredes de fierro y luego, cuando la nave parecía recobrar su posición, oía claramente el golpe de las olas contra el casco, casi encima de su cabeza. “¡Caramba –se dijo–, estoy debajo del agua!”.

En realidad, era así; el pañol quedaba bajo la línea de flotación, y cuando la proa montaba una ola y caía al fondo, en el vacío que queda entre una y otra, el golpe de agua resonaba pavorosamente en el casco del buque.

Pronto sintió un pequeño malestar en la cabeza y el estómago, algo así como si le faltara el aire; el malestar se intensificó y violentos vómitos empezaron a sacudir su cuerpo, que ya también estaba siendo víctima del frío.

Se tomó con las manos del borde de un rollo de cabo y vomitó en el interior de él hasta quedar sin nada en el estómago. Disminuyó el dolor de cabeza y quedó más tranquilo y apacible; su contextura de muchacho fuerte había hecho que el mareo, que se apodera de todos los que se embarcan por primera vez, fuera solo un ataque pasajero.

Cansado, se recostó como pudo en el piso y, de pronto, la visión de su madre y de su tibio hogar de Talcahuano le vino a la mente; un atoro, como un nudo duro y amargo, se le subió por la garganta, un dolor agudo le hizo fruncir el entrecejo y…, ya no aguantó más; como quien aprieta un racimo de uvas con la mano, le brotaron gruesas lágrimas; pero sacudió su cabeza, apretó un grueso cabo y la ola de angustia también pasó como el mareo.

Luego recordó al liceo, a sus compañeros de juegos, a su curso, el tercer año B, y a sus profesores, los malos y los buenos: mas, todos eran buenos; le parecía todo aquello tan lejano.

El recuerdo de su madre acongojada era lo que más le conmovía. ¿Qué haría sin su único hijo, a estas horas?

Recordó cuando ella planchaba la ropa de los marinos, mientras él hacía sus tareas en una mesita arrinconada en el cuarto del planchado o soplaba con un cartón el brasero y la poderosa plancha grande, cargada de carbón de espino, como una extraña caldera en forma de barco, cuya arrogante proa navegaba aplanando el arrugado mar de las camisas almidonadas de los comandantes, haciendo relucir los cuellos duros que los tenientes lucirían en los días de parada.

Su madre, doña María, viuda de un marino, tenía fama de ser la mejor lavandera del puerto. Era inútil que le hicieran la competencia en ropa blanca las lavanderías químicas modernas que se habían instalado en el puerto; la novedad le arrebataba algunos clientes, pero al poco tiempo los viejos capitanes volvían a buscarla; su lavado era más blanco que la nieve, y no destruía el tejido de las ropas.

Recordó, con amargura, los lluviosos días de invierno en que la veía agachada en las tinas, lavar y más lavar.

“¡Desde que murió tu padre en el naufragio del Angamos –solía decirle–, no hemos tenido más riquezas que mis buenas manos!”.

“Quedamos huérfanos –continuaba– con tu hermano Manuel. Un día él, viendo que trabajaba demasiado, me dijo: ‘Madre, no quiero seguir estudiando, los pobres no podremos nunca seguir tan largos estudios. Usted trabaja demasiado; yo ya tengo quince años; he conseguido que un barco carbonero me lleve, trabajando el valor de mi pasaje, hasta Magallanes, lejana tierra donde dicen que se gana mucho dinero cazando nutrias, lobos, zorros y otros animales de pieles finas. Me voy, madre; de allá vendré con bastante plata para que usted no trabaje más, y una buena capa de guanaco para ponerla a sus pies en los inviernos’”.

“Así se fue un día y no volvió nunca más, ni he tenido una noticia de él. Seguramente habrá muerto en esos mares, porque de lo contrario hubiera escrito, pues era muy bueno”.

Recordó que siempre en esta parte del relato su madre prorrumpía en llanto.

Él la consolaba entonces: “No llore, mamacita; yo seré grande, marino como mi padre, ganaré dinero para mantenerla y recorreré todos esos mares del Sur hasta encontrar a mi hermano o rastros de él para traérselos”.

Estudió con ahínco en la escuela primaria y en el liceo fue uno de los mejores alumnos; pero su único afán era ingresar a la Escuela de Grumetes de la Armada, y no pudo hacerlo, a pesar de las gestiones que realizó doña María, su madre, ante los jefes navales.

Cuando supo que la corbeta Baquedano iba a efectuar su último viaje de instrucción con los cursos superiores de la Escuela Naval y de Grumetes, después de reflexionar mucho, tomó la decisión de embarcarse a escondidas, a pesar de que había oído decir que castigaban severamente a los que se embarcaban en forma clandestina, y que, en algunos barcos japoneses y chinos, hasta los echaban al mar para no pagar las multas que las policías marítimas aplican a los capitanes que llevan pavos.

No le importaron esas historietas marineras; y, así, escribió dos cartas, una para su madre y otra para el profesor jefe de su curso en el liceo, donde explicaba las razones de su decisión: hacerse hombre y encontrar a su hermano, y pedía perdón por no haber solicitado a su madre y profesores el permiso que, seguramente, le negarían.

Hecho esto, se dispuso a embarcarse, y aquí estaba lo más difícil.

En esta parte de sus recuerdos iba, cuando varias fosforescencias, desde un rincón del pañol en sombras, turbaron su meditación. Pestañeó, entrecerró los ojos y vislumbró tres ratas grandes, colorinas, casi del tamaño de un gato.

Un estremecimiento molesto le recorrió el cuerpo al recordar narraciones en que muchos marinos habían sido devorados por las ratas. En Talcahuano, un niño de dos años había sido muerto una vez por los ratones. En el Far West hay un fuerte que se llama “de las ratas” porque su guarnición, debilitada por el hambre, había sido devorada por estos roedores. En el sur de Chile, en la región de Los Lagos, una invasión de ratas vino de la Argentina, y había devorado ovejas, perros, cerdos y ahuyentado a familias enteras de agricultores.

Los ojos relampagueantes se acercaron; el niño, tambaleándose, buscó el chicote o extremo de una jarcia, pero como no lo hallara suficientemente sólido, avanzó por encima de los rollos y se abalanzó a puntapiés contra las ratas.

Cuál no sería su asombro al ver que, en vez de huir, saltaban como pequeños perros rabiosos, tratando de morderle las piernas; pero apenas una fue alcanzada con un puntazo y azotada contra la pared, huyeron las otras por la oscuridad del rincón.

El niño volvió a descansar sobre las jarcias y notó que cierto debilitamiento empezaba a dominarle: la boca la tenía seca y el estómago vacío. Pronto vendrían el sueño, el hambre y la sed a cerrar esa noche de angustias.

“Resistiré hasta que no pueda más –se dijo–; y, por último, golpearé con fuerza en la puerta de fierro, aunque es difícil que me oigan”.

Empezó a cabecear; el sueño era más poderoso que el hambre y la sed, poco a poco fueron apareciendo de nuevo en el rincón, dos, tres, cinco pares de ojos fosforescentes. Asquerosas rojas y peludas estaban ahí, otra vez, las ratas, para lanzarse en el momento oportuno sobre su víctima. Con gran esfuerzo iba a levantarse a combatirlas de nuevo a puntapiés, cuando la cadena de la puerta produjo un ruido como si hubiera sido tomada por alguien, y la puerta fue tironeada para abrirla.

El niño se escondió tras los rollos. La puerta se abrió, un farol a petróleo alumbró el pañol y cuando el que lo llevaba se disponía a retirarse, un perro policial saltó por sobre el farol y se abalanzó ladrando hacia el lugar del escondite.

Una voz enérgica alcanzó a gritar: “¡Patotolo!”, y el perro, ladrando, volvió de mala gana; una mano lo tomó del collar y la misma voz gritó:

–¿Quién está allí?

–¡Yo: Alejandro Silva! –contestó el niño, con forzada entereza.

El reglamento del buque escuela dispone que todas las noches un oficial, acompañado de un cabo y dos marineros armados, efectúe un recorrido de popa a proa y de la cala al puente, revisando minuciosamente todos los rincones con un potente farol. Este grupo de hombres se denomina la ronda, es comandada generalmente por un guardiamarina, tiene atribuciones especiales y es muy respetada por todos en el buque.

El niño Alejandro, que desconocía los reglamentos de navegación en un buque de guerra, no esperaba esta sorpresiva visita.

–¡Salga! –ordenó al comandante de ronda.

El Patotolo, hermoso perro policial, mascota del buque e infaltable acompañante de la ronda, volvió a ladrar.

Alejandro se levantó de entre los rollos, dos fornidos marineros avanzaron con sus bayonetas caladas y lo tomaron de los brazos.

A la luz del farol apareció un niño de regular estatura, delgado y nervudo, de cara pálida, redonda, nariz un poco aguileña, de ojos grises, acerados, pero bondadosos y dulces; una cabellera color castaño claro completaba la figura de un adolescente atlético, vivaz, fuerte, pero con cierta melancolía en el brillo de sus ojos.